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Libertad de expresión

Libertad de tuiteo
Alejandro Carantoña 02-04-2017 | 3:00 | 0

La guarnición es una sentencia de la Audiencia Nacional contra una tuitera por bromear con el atentado que mató a Carrero Blanco; y el filete, el símbolo que ha nacido: una chica de 21 años a la que, según ha declarado estos días, le han «arruinado la vida» con este proceso. No ha rechazado ninguna petición de entrevistas, no ha escatimado en calificativos para con la sentencia y, así, ha contribuido involuntariamente a alimentar un rifirrafe ya desvirtuado, desnortado y enquistado. Ha completado el plato que unos y otros necesitaban para alimentar el griterío una semana más.

Una condena como esta es de lo peor que le podría haber ocurrido. Ahora bien, a partir del momento en que su nombre saltó a la palestra ha empezado el otro juicio, que casi es peor: en las últimas horas hemos podido leer análisis que van desde el «se lo merecía» hasta una oscurísima conspiración transfóbica en las altas esferas de la judicatura, cuando lo que ocurre es que la libertad de expresión y el Código Penal son asuntos tan complejos y llenos de matices que resulta complicado enfocar el debate e intercambiar opiniones con algún fundamento. (Huelga decir que prácticamente nadie se ha leído la sentencia.)

No obstante, se antoja muy difícil compartir que en España sea posible semejante dureza y semejante condena. A partir de ese punto, y con eso claro, solo cabe intentar que algo así no vuelva a suceder. Y de todos los caminos posibles para lograrlo —se entiende que ese es el objetivo de la tuitera condenada a partir de este momento—, posiblemente el peor de todos sea dejarse retratar con un líder político (sea quien sea: esta vez, el más rápido ha sido Pablo Iglesias) y alimentar la inquina: o bien se sabe muy bien en qué liga y con qué oponentes se está jugando, o bien aceptar el grado de exposición que le han propuesto a Cassandra Vera conduce únicamente a abundar en el daño causado.

El jueves, por ejemplo, a las pocas horas de ser condenada, Carlos Alsina la entrevistaba en la radio. Y, toda vez que había dejado clara su oposición a la sentencia, le preguntó a la tuitera si acostumbraba a desear la muerte de quien no pensaba como ella, al hilo de un supuesto tuit en el que deseaba que a Cristina Cifuentes le clavasen un piolet en la cabeza (dijo que no recordaba haberlo escrito, que seguramente era falso). Terminada la entrevista, Vera presentó en su Twitter la pregunta como afirmación y, por tanto, puso en boca del periodista una afirmación. Este le respondió por el mismo medio, pidiéndole que reconociera que le había hecho una pregunta y no una acusación, ante lo que ella volvió a arremeter con que estaba «fuera de lugar y basada en rumores».

Al cabo de pocas horas, la tuitera en cuestión dejó de negar tan categóricamente que nunca hubiese escrito aquel mensaje, y en su lugar se enzarzó en un duelo dialéctico con Cifuentes acusándola de transfóbica. El tuit sobre la entrevista de Alsina ha desaparecido.
Total, que ninguno de estos dos episodios restan un ápice de injusticia a lo que le ha ocurrido pero, visto y aclarado que el otro juicio se ha desatado ahora, es posible que esta forma de conducirse (a medio camino entre la mentira, el olvido y el desorden) no haga sino brindar argumentos a quienes ya la tienen en su punto de mira; obstaculice una movilización social unánime, firme y clara contra la sentencia y a favor de su indulto; y en último término no sirva sino para agravar la situación.

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Libertad de charla
Alejandro Carantoña 22-01-2017 | 4:00 | 0

Este artículo podría tratar sobre el doble rasero que se aplicó en Gijón a la hora de lamentar el veto a Albert Pla cuando se canceló su actuación en la ciudad por decir que le daba asco ser español, por un lado, y a la hora de celebrar idénticas medidas cuando se evitó la actuación de Jorge Cremades por machista, hace pocas semanas. De denostar alguno de ambos actos de censura, a lo mejor alguien propondría que la violencia machista es una lacra que no se debe fomentar y que Pla, por su lado, se pasó de la raya; a lo peor, que quien esto escribe es un machista sin remedio o un antiespañol, según la opción elegida. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.

También podría poner el grito en el cielo por los peligros para con la libertad de expresión que supone la condena reciente al cantante César Strawberry por bromear con el terrorismo en una red social, o por el contrario, podría lamentar la no menos reciente absolución de los titiriteros madrileños por pasarse de la raya, por jugar con el fuego del terrorismo ahora que parece apagado. En el primer caso unos podrían tildarme de apologeta; en el segundo, de fascista. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.
Hace poco, Lorena Maldonado le preguntó a Darío Adanti, uno de los fundadores de la irreverente revista Mongolia, si haría chistes sobre Mahoma. Claro, dijo. Pero advirtió que nunca lo dibujaría ni, mucho menos, lo pondría en la portada de la revista. ¿Por respeto al islam? No: «No quiero morir». Concretamente, hablaba de «miedo».

El sentimiento que mueve a cada vez más gente a dejar de decir según qué cosas en según qué sitios no es tan extremo, pero el hecho es que los mueve a dejar de hacer cosas. Eso se llama «autocensura». Ni siquiera es importante el fondo o el porqué; es que se ha instalado la cándida idea de que lo no dicho, lo no oído, lo no visto ha dejado de existir. La realidad, sin embargo, es que todo lo callado se enquista, y en lugar de solucionarse, se agrava: ni debería ser un acto de valentía expresar una opinión, un parecer o incluso una secuencia de hechos, ni debería ser un acto de cobardía callarlos. Pero paulatinamente callar es cada vez más cómodo, más recomendable, menos malo.

Uno escribe, compone o sube vídeos a internet con el fin de agradar cierto número de personas. Los opinadores (en especial los agitadores), suelen buscar el respaldo de unos y, como atajo hacia el estrellato, la inquina de otros tantos. Atrás, lejos, quedaron los valores de la serenidad, la persuasión o el debate; en su lugar, se ha convertido este circo en un sitio de etiquetas peligrosas y de bandos necesarios (o conmigo o contra mí).

Los mayores damnificados por esta tendencia no son ni nuestra sufrida Constitución ni quienes sufren censura de cualquier tipo a toro pasado: son todas aquellas voces que se están viendo abocadas a callar por miedo (ahora sí: miedo) a ser linchadas socialmente, a perder su trabajo o incluso a ser condenadas; son todas aquellas voces que creen que las cosas solo se pueden decir con absoluta contundencia, sin sombra de duda, arropadas por una gran masa en previsión de la tormenta que a continuación se desatará.
Si a todo ello se suma la ligereza con que se adjudican carnés o se arrogan verdades, queda un estrechísimo margen para seguir charlando. Y perder eso, la mera charla, sí es un riesgo notable.

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Humor o naufragio
Alejandro Carantoña 21-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

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Metaintolerancia
Alejandro Carantoña 24-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lo hemos visto ocurrir infinidad de veces. Es como un efecto mariposa ideológico: alguien dice —o piensa, o ambas cosas— algo y el aleteo de sus neuronas acaba por desencadenar aquello que se vende como desencuentro, pero que no tiene otro nombre más que censura; y censura, encima, de la peor clase: la ideológica.

Le ha ocurrido (y des-ocurrido) al artista estadounidense de origen israelí Matisyahu, cuya participación estaba anunciada para el festival Rototom, que se celebra este fin de semana en Castellón. La fecha se acercaba y empezaba a tomar cuerpo la presión ejercida por el grupo BDS (Boicot, desinversión y sanción a Israel) en la región. Muchas gestiones y cinco cancelaciones de otros artistas después, la organización del Rototom optó por supeditar la participación de Matisyahu a que este emitiese un comunicado condenando las acciones militares israelíes en Gaza y reconociendo el estado palestino. Matisyahu ni siquiera contestó. Fue descartado. A pocos días de empezar el festival, el Rototom se disculpó y dio marcha atrás. Al cierre de esta columna, estaba previsto que actuase en el festival, después de todo.

Lo ocurrido con Matisyahu no es nuevo —más bien frecuente en los últimos tiempos—, y precisamente en un reportaje publicado en The New Yorker esta misma semana le ponían nombre al fenómeno. Kelefa Sanneh, que firmaba la pieza, recogía el término propuesto por Kirsten Powers: quedaba bautizado como «metaintolerancia», un (peligroso) mecanismo lógico según el cual la intolerancia es aceptable cuando está dirigida contra alguna forma de intolerancia.

Es de lo más dañino porque, como relata Sanneh, se trata de un sistema de censura y condena pública que está al margen de las leyes, y que se sirve solo de la publicidad y de la acción (a veces del escarnio) para hacer valer un punto de vista determinado.
Aquí lo hemos visto en tiempos recientes: en octubre de 2013, Albert Pla dijo a ese periódico: «A mí siempre me ha dado asco ser español […]. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiase el catalán por cojones.» A renglón seguido, el equipo de gobierno de Foro decidió rescindir el contrato de alquiler del Teatro Jovellanos (cuando Pla, encima, iba a taquilla, conque el consistorio ni siquiera se estaba jugando los dineros en la operación). Intolerancia contra el intolerante.
Pocos meses después, la Policía acabó cargando contra una manifestación convocada a las puertas del mismo teatro para boicotear a la compañía de danza israelí Sheketak. Y protestaban por el mero hecho de que los bailarines fuesen israelíes —o sea, intolerantes—, según reconoció al día siguiente de los altercados el portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Gijón, Francisco Santianes: «No tenemos nada en contra de ese grupo, ni sabemos qué pensamientos tiene», reconocía en este periódico el 26 de julio de 2014, antes de justificar el boicot.

En los tres casos, alguien se apropia de la razón, y lo hace sin basarse en ningún precepto recogido en nuestro ordenamiento jurídico, sino en aquellas convicciones que estiman correctas. Actúan en consecuencia, siempre dentro de la legalidad, pero bordeando la frontera de la censura y poniéndole algunos palos en la rueda a la libertad de expresión de los unos, de los otros y, sin saberlo, a la suya propia.

Entre tanto ruido, al final, fue el representante de Pla quien fue a dar el clavo con el diagnóstico más preciso: «Las gentes del teatro», dijo, «tienen derecho a desvariar». Y casi, casi, tienen el deber de hacerlo. Aunque no nos guste.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.