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Literatura

De la verdad
Alejandro Carantoña 11-12-2016 | 4:00 | 0

Aún no hemos logrado entender qué y cómo pudo fallar para que fuese dada por buena la historia de Nadia, la niña con una enfermedad rara cuyos padres han estafado miles de euros en su nombre, cuando surge un nuevo misterio: de qué lugar se han escapado los periodistas que, aún hoy, justifican los deslices y desmanes profesionales de los colegas que han permitido que la historia cuajase.

El peor de los artífices originales es un conocido cronista que le dedicó una sentida y extensa pieza al caso de Nadia, haciendo dejación de funciones no ya en la inexistente comprobación de lo que le contaron, sino en el acto de hacer suyos los datos que una sola fuente, y encima interesada, le habían proporcionado. Podría haber salido a disculparse —como hizo— de haber empleado al menos las comillas, pero eso no deja de ser un tecnicismo: la cosa, cuando se está pidiendo dinero abiertamente, clama al cielo.

No es cuestión de rasgarse las vestiduras —errores cometemos todos—, sino de examinar la sintomática relación que hemos entablado con la verdad últimamente. Pareciera que la verdad, en estos tiempos de redes y prisas, requiere de un envoltorio refulgente y de una plantilla que ofrezca garantías: la verdad debe encajar en uno de los cajones que tenemos programados y acotados para «llegar al lector», para «obtener audiencia», para afianzar «la conversación», para tantos y tantos eufemismos que camuflan lo único cierto: que nos estamos acostumbrando a unas verdades de baratillo, superficiales e ilusorias.

En la introducción a sus recientes memorias, John Le Carré escribió: «Para el abogado, la verdad son los hechos sin ambages; que esos datos sean averiguables es otro asunto. Para el escritor creativo, los hechos son la materia prima —no una guía, sino un instrumento— y su trabajo consiste en hacerlos cantar. La auténtica verdad reside, si es que reside en algún sitio, no en los hechos, sino en los matices».

Esta gran reflexión resta mucho hierro al hecho de que, bajo escrutinio, esas memorias de Le Carré contengan discrepancias entre algunos pasajes y hechos contrastados en biografías: por ejemplo, Le Carré escribe que Yasir Arafat le llamaba por su nombre real (David), mientras que ha quedado acreditado que en realidad lo llamaba por su pseudónimo. Es decir, que no lo sentía con tanta familiaridad como el propio Le Carré defiende o recuerda.

En la lectura, con todo, esto importa poco: el propio autor confiesa antes de empezar su relato que está a punto de fiarse de su memoria; que lo importante no es el quién o el cuándo y, así, queda establecido el pacto. Las reglas del juego.

El miedo cerval que se ha instalado a incomodar al lector, si no la confusión directa entre la información, la opinión y la manipulación llana y simple, ha confundido las profesiones de cronista, de escritor, de redactor, de autor de ciencia ficción y de trilero sin miramientos hasta hacerlas indiscernibles a ojos de quienes leen. Uno opina, pero eso no significa que se suba a un púlpito y vomite lo que le venga en gana; uno informa, pero no significa que busque el enfoque más adecuado a la idea que se traía puesta de casa. Uno, toda vez que se ha plantado en casa de Nadia, tiene todo el derecho (y el deber) de dar media vuelta y posponer su historia si no está completamente convencido. Es decir, que Le Carré pueda mentir (o no) es una cosa, porque ha establecido un pacto atípico y valiente con su lector, un pacto abierto y sincero y que encierra más verdad que mucho de lo lanzado a las fauces de las redes sociales. Que ocurra con algo tran grave como el caso de Nadia es, en cambio, una vergüenza indefendible: el daño es enorme.

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Palabras entre los dedos (en la muerte de Leonard Cohen)
Alejandro Carantoña 13-11-2016 | 4:00 | 0

Más allá de la textura (musical, técnica) de sus canciones, lo más prodigioso de la producción de Leonard Cohen es, precisamente, su textura literaria. Igual que ha ocurrido con Dylan, que lleva algo más de andamiaje musical, o con cualquiera de sus coetáneos, el poder reside en la palabra hablada. Es el motor a menudo, pero en otras ocasiones parece que la inercia del texto ha acabado por hacer aflorar nuevas palabras, como si se autocompletase.

La voz grave y la postura monolítica hacían que cada verbo retumbase como si no hubiese otro: exactamente, en la precisión poética y vital de Leonard Cohen hay algo de inquietante, hay una solidez a la que pocos creadores han tenido acceso. Hay un libro espléndido, ‘Conversaciones con un superviviente’, que escribió su traductor al español, Alberto Manzano, y que lo subraya en las charlas que corresponde a los años más misteriosos de Cohen, que al mismo tiempo son los que tienen más luz. La luz del Mediterráneo que alumbró a Lorca y, de rebote, a él mismo; y sobre todo, la luz de la isla griega de Hydra.

En ese contexto, en el año 1988 aparecía una conversación entre Manzano y Cohen en la revista ‘Ajoblanco’. El traductor le pregunta a bocajarro por ‘First we take Manhattan’ —concretamente sobre el verso «me guía la belleza de nuestras armas»—, y Cohen le contesta, sencillamente: «No serviría a los intereses de nuestra estrategia revelar la naturaleza de nuestras armas.»

Ese tipo de sentencia lacónica, bañada por un sentido del humor impenetrable, forman parte de un personaje al que pocos han podido acercarse. Con toda la intención, y lejos de los traumas que el propio Dylan ha exhibido siempre, en este caso Cohen se convierte en esquivo para preservar sus canciones, para «vivir para siempre», como dejó dicho hace apenas dos meses.

En el perfil que hace menos de un mes le dedicó el ‘New Yorker’, firmado por su director, David Remnick, Cohen también hablaba con serenidad (y desgarro) de la muerte de Marianne, sí, esa Marianne. Cuando este verano la musa de Cohen murió, hubo un pequeño intercambio de correos electrónicos que se hicieron inmensamente populares muy deprisa. Remnick no puede dejar de preguntarle por qué permitió que trascendiese algo tan personal: «Porque está unido a una canción», le dijo Cohen. Y por eso, le parecía bonito y necesario.

Todo lo demás es serenidad y un traje impecable: de ese perfil sobresalen dos detalles que confirman todas las intuiciones sobre el cantautor. Primera, que «tenía muy claro qué público quería» antes de tenerlo. Segunda, que ya de muy joven «aprendió a doblar los trajes para que no se arrugasen» en los viajes y giras.

Así es como se erige una figura, y una voz, puestas al servicio de la palabra. No solo con el fin de realzar los versos obsesivos (‘Hallelujah’ le costó cinco años de trabajo), sino de seducir a públicos —y al sexo opuesto en particular— de una manera insólita, pero tan honda que hoy todos le lloran.

No se trata de tristezas y melancolías, sino todo lo contrario: de hecho, él nunca se ha regodeado en la inmensa dificultad de lo escrito, leído y cantado, sino que ha barrido bajo la alfombra de sus canciones, libros y dibujos todo el «desorden» y «suciedad» —palabras suyas, en Oviedo en 2011— que escondían detrás. Eso se lo lleva con él. Quedan, pues, las palabras entre los dedos: tersas y, probablemente, inmortales.

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Otro premio insólito
Alejandro Carantoña 31-10-2016 | 4:00 | 0

El titular de hoy es que Bob Dylan ha aceptado su Nobel de Literatura: vamos camino del serial. Hoy, hace diecisiete días que le fue otorgado y 48 horas desde que la Academia Sueca dijo que había dicho que se había quedado sin palabras.

Vamos camino del serial porque esta semana, otra vez, está protagonizada por un premio insólito: si el de Dylan ha sido inédito en el historial de nobeles de Literatura, el del ampliamente desconocido Paul Beatty lo ha sido en el prestigioso Man Booker. Este galardón, que fundó hace 48 años una editorial británica y que es el más codiciado en el Reino Unido, ha sido concedido por primera vez a un escritor estadounidense, apenas tres años después de que las bases fueran cambiadas para incluir a todo el ámbito de las letras anglófonas y no solo a la Commonwealth y a algunas colonias británicas.

Pero es que encima —aquí viene lo más sorprendente— Paul Beatty tiene más de cincuenta años, menos de seis libros publicados (ninguno en español) y de su biografía en Wikipedia —a todas luces obra de su agente o editorial— lo que más refulge es un artículo que escribió en el New York Times hace casi dos décadas. Por todo ello, o quizás precisamente por eso, fue rechazado por dieciocho editoriales hasta recalar en un pequeño sello independiente que le ha granjeado la entrada al olimpo de las letras. Además con una novela, al parecer, «difícil de digerir», según sus propias palabras, en la que su protagonista compra esclavos en el siglo XXI.

Completemos el asombro: la no menos desconocida editorial en cuestión, Oneworld, es tan humilde que ha tenido serios problemas para satisfacer la demanda de ejemplares premiados… por segundo año consecutivo. Según contaba el Guardian ya en julio, cuando se anunció la lista de novelas finalistas, las pequeñas editoriales estaban completamente desbordadas por un repentino salto a la palestra propiciado por el Booker y hasta entonces reservado, en general, a las grandes firmas.

De todos los nombres que integraron aquella lista, al igual que la inmensa mayoría de los que han ganado el premio hasta ahora, casi todos son desconocidos para el público hispanohablante. Y para el anglosajón también: nadie se explica esta repentina huida hacia lo pequeño, lo recoleto, lo independiente, si no es por voluntad de abrir públicos y diferenciarse o de arrearles un pescozón a las grandes y conservadoras editoriales.

Cualquiera de las dos explicaciones es tan misteriosa como que la Academia Sueca se decidiese por Bob Dylan: como ya se han encargado de repetir hasta la náusea todos los opinadores habidos y por haber, no tenían ninguna necesidad de concederle un Nobel de Literatura. Y precisamente por eso, añadimos unos cuantos, es por lo que conviene ser cautos ante el fallo y respetarlo.

Que el Man Booker Prize haya elegido, en fechas recientes, renunciar a las mieles de la consolidación y a marcarse como prestigioso refrendo de los éxitos de ventas también supone un manotazo en la mesa, un cambio de paradigma. Supone que en estos tiempos que corren poco importan ya los escaparates inflados o los despliegues de prensa promovidos por una buena agencia, sino un trabajo bien hecho, resistente a los años, que brilla con luz propia y atrae a lectores despojados de prejuicios.

Por todas partes salen autores y directores que afirman haber recibido respuestas positivas acompañadas de un elegante «pero no es vendible», hasta que un premio de renombre mundial los lanza a la estratosfera. Entonces, sí, venden por palés. ¿Por qué será?

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A bofetadas
Alejandro Carantoña 23-10-2016 | 4:00 | 0

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

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Hablar literatura
Alejandro Carantoña 16-10-2016 | 4:00 | 0

Quizás en una semana como esta procedería llevarse las manos a la cabeza por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, pero no merece la pena. Primero, porque ya está entregado. Y segundo, porque ya se ha dicho bastante más de lo que había que decir al respecto.

Sin embargo, conviene reparar en que las violentas reacciones que han seguido al fallo han venido a unirse a un coro, uniforme y cacofónico, de griteríos literarios que han marcado este principio de curso editorial. Poco se ha dicho y reseñado sobre algunos títulos estupendos, pero sí han corrido ríos de tinta con los, incluyendo el caso Dylan, cuatro culebrones librescos del último mes.

Empecemos: Alfaguara ha empezado a publicar, tras una sonada pugna de derechos, la obra completa de Roberto Bolaño, de la que se había ocupado la editorial Anagrama desde que su editor, Jorge Herralde, descubriese a Bolaño. A raíz de este acontecimiento, que al lector medio no le interesa en exceso, Ignacio Echevarría, amigo y colaborador de Bolaño, escribió un durísimo artículo en un suplemento cultural contra la viuda del autor chileno. A partir de ahí, las ascuas de una disputa que dura ya tres lustros se reavivaron, para solaz de no pocos blogueros, columnistas y colegas de profesión.

Seguimos: Ya en octubre, un periodista de investigación logró desbrozar una pila de cuentas económicas, descubrió algunos movimientos inmobiliarios y, al fin, consiguió desvelar la identidad de Elena Ferrante. Ferrante, una autora de éxito internacional, no era más que un pseudónimo hasta entonces, y un gran misterio. Con todo, en sus contadas comparecencias y declaraciones públicas había justificado su decisión escudándose en la importancia que quería dar a la obra y no a su rostro, a su nombre real. Efectivamente, como modo de protesta contra la crítica actual, a la que acusa de estar más condicionada por el nombre del autor impreso en la portada que por el contenido de las obras. Una semana más, columna hecha.

Por fin, en tercer y penúltimo lugar, prácticamente el mismo día en que estallaba el caso Ferrante, encontramos la consabida novela de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. La novela, que es tal y que, se advierte por doquier, es pura ficción, lleva a la fallecida García Morales hasta en el título, lo cual provocó la furia de su ex pareja superviviente, Víctor Erice. Este escribió un texto en el que se fajaba con el libro, con Navarro y de refilón con buena parte de los medios de comunicación españoles.

Parecía que ya podíamos pasar a hablar de otros asuntos con calma cuando se destapó que quizás no haya premio Cervantes el próximo año por la torpeza administrativa y la inquina política de dos ministerios y, antes de poder volver a tomar resuello, resulta que la Academia decide concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Solo falta que el por lo demás prudente Ildefonso Falcones, que está promocionando su último éxito de ventas en potencia, se descuelgue con alguna frase sobre Rajoy o sobre Cataluña, o que a Donald Trump le dé por publicar unas memorias, para que nos plantemos cómodamente en Navidad hablando de literatura sin necesidad de haber abierto un solo libro: con el gusto y las alegrías que nos iban dejando en las librerías, qué ganas de enzarzarse en más debates sin fondo, en más cuchicheos sin demasiado recorrido. Algo pasa en las letras cuando, al paso al que vamos, se habla más que se escucha; se escribe (bastante) más que se lee.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.