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Manuel Vázquez Montalbán

Inédito y original
Alejandro Carantoña 16-04-2017 | 4:00 | 0

Mientras que las colas para ver el Guernica, de Picasso, inundaban el centro de Madrid para volver sobre lo infalible o conocer lo esencial, alguien encontraba otro inédito de algún autor fundamental, añadiendo otra tarea cultural a la lista. Cada semana se alternan los aniversarios, centenarios y efemérides para guardar, como la del famoso cuadro, con los hallazgos de supuestos prodigios hasta ahora desconocidos de nuestros primeras espadas: el último del que tenemos noticia, de este mismo jueves, un libro con treinta y seis poemas de Juan Ramón Jiménez que nunca habían visto la luz. Y así, semana sí y semana también: que si un velázquez por acá, que si un disco de los Beatles por allá…

Pura mercadotecnia, después de todo: apenas se han dado casos en que estas oportunas resurrecciones no hayan beneficiado a algún pariente ocioso y hayan dejado el sabor de la indiferencia en los espectadores, lectores o seguidores. Por lo general, si una obra había pasado a mejor vida o había sido olvidada había buenos motivos para ello.

Sin embargo, en todos los ámbitos de la cultura se hace cada vez más frecuente aferrarse a estos clavos ardiendo, a estos caballos de batalla: el fenómeno va desde esta necesidad por contar, recontar y volver a contar otra vez algún acontecimiento histórico sin aportar muchas novedades al respecto hasta la moda por resucitar series de televisión, cine, cómic o novela para arrastrar a sus seguidores originales y forjar nuevas generaciones detrás.

Es más, hace poco se publicitó que Pepe Carvalho, el esencial personaje del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, va a volver a las librerías el próximo año, pero será merced a la pluma de otro autor. Ya ni siquiera habrá un esfuerzo por maquillar el engaño, sino que se prometerá una refundación de la saga, una continuación prescindible, un reconfortante asidero al pasado,  un ejercicio de estilo que a lo mejor interesa a alguien, pero por motivos que poco tienen que ver con lo genuino y necesario.

Hay quien achaca esta corriente a la falta de ideas del tiempo en el que vivimos, pero en realidad no se debe a nada que no se haya producido siempre: a explotar el miedo (lógico y natural) a lo desconocido, a escapar del riesgo comercial y también, por qué no decirlo, a que ya hayamos aupado a la categoría de «clásicos imprescindibles» tantas cosas que casi hay que dedicarse a ellas a tiempo completo.

Si mezclamos estos tres factores, resulta que antes de poder empezar a contemplar nuevos cuadros o descubrir nuevos autores debemos descubrir y aprehender todo lo de los «clásicos», lo cual ya conlleva un trabajo notable. Si, además, la gallina de los huevos de oro sigue poniendo con un goteo de inéditos o de resurrecciones, la tarea se multiplica: ahora hay que leerse otros treinta y seis textos de Juan Ramón antes de poder permitirse olvidar Platero y yo y pasar a algo más interesante.

No se nos ofrece alternativa ni escapatoria: mientras que grandes empresas sigan copando el panorama e Internet siga suponiendo un factor de competencia añadido para las artes, el riesgo seguirá disminuyendo y esta falta de frescura seguirá ganando terreno, hasta que el refrito se instituya y domine el mundo de una vez por todas.

Son tantos defendiendo y reivindicando tantas cosas, tan diversas, y al mismo tiempo, que se nos ha arrebatado el criterio y se ha proscrito quejarse, por ejemplo, del timo que suponen las vueltas de tuerca anuales a Michael Jackson, al fondo beatle o a tantos y tantos subproductos literarios, amén del estropicio de Star Wars.

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Motivos para leer
Alejandro Carantoña 25-04-2016 | 7:00 | 0

Van apareciendo, por acá y por allá, aquellas novelas de la Serie Carvalho de Vázquez Montalbán, aquellas de portada negra con su nombre, su cara, su título y una foto pequeña. Las del «amigo catalán» al que siempre hay que volver en semanas como esta, la de la reunión de Puigdemont y Rajoy (¿o era al revés?). Casi todas son urgentes, que no descuidadas: El premio es una buena broma, pero Sabotaje olímpico es la guinda de un pastel descacharrante y ácido sobre la megalomanía española de los 90. Escrito a toda prisa sin perder ni un gramo de contundencia. El lector sabía que al poco volvería Carvalho con sus recetas y sus inefables manera.

Entre las clasificaciones de libros más vendidos ayer, día de Sant Jordi, no hay atisbo de nada parecido ni en las listas de ficción ni en las de no ficción: en las primeras, libros superventas en torno a algún asunto conflictivo o de moda: templarios y sectas, asesinatos sin resolver o tiernos paseos por el lado romántico de la vida que olvidaremos antes incluso de haber empezado a leer. Solo descolla un poquito Vargas Llosa, con otra vuelta de tuerca a su Perú. Bueno.

En no ficción mandan la cocina, la autoayuda y el running, las medicinas del alma de nuestro tiempo. Quizás algún ensayo puntual, o una crónica sobre periodismo: quedan atisbos lejanos de Manuel Chaves Nogales o de Ramón J. Sender, que vuelven a estar de moda; alguna relectura pertinente de los clásicos y, aún a falta de datos oficiales, intuyo que un subidón en las adquisiciones de ‘quijotes’ para hacer bonito en la estantería.

Esto en el lado festivo de la vida, en plena calle. En el otro lado, el institucional, don Fernando del Paso lee su discurso en Alcalá de Henares ante el Rey, que ensalza nuestra lengua compartida. La tuna toca para celebrarlo al término del acto, al que acuden académicos, presidentes y personalidades de chaqué.

Y el jueves, en el Congreso de los Diputados, han estado celebrando por su lado a Cervantes. El cantaor Miguel Poveda, unos cuantos actores y música barroca en directo. En concreto, de la suite burlesque de Quixotte de Georg Philipp Telemann, una estupenda elección para exaltar el sentimiento patrio: no en vano, Telemann era oriundo del Imperio Austrohúngaro.

La sensación de molicie, la falta de frescura. La de que otro año más es todo más bien igual o de que podría ser más animado, menos previsible. Que a la vista de una portada no supiésemos ya cómo va a terminar la novela en la que estamos a punto de gastar más de veinte euros (con un diez por ciento de descuento); que el Quijote adquiriese movimiento y vida y relevancia hoy (ojalá Terry Gilliam consiga terminar su ansiada película al respecto); que las ceremonias y actos institucionales fuesen bien visibles y bien compactos, bien variados y bien actuales. Que todo fuese, en definitiva, algo relevante y festivo y necesario.

Quizás sea mucho pedir, o quizás se prefiera descartar la nostalgia antes de dejarse vencer por ella. Quizás no sea posible pedir que vuelvan aquellos días en los que las editoriales no tenían miedo ni de editar libros que no fuesen a vender por cientos de miles. Aquellos días en que los lectores (que, estos sí, se contaban por cientos de miles) exigían su dosis perpetua de escritura —no de tuits, ni de columnas deslavazadas, ni de blogs— para entender mejor el mundo que les rodeaba. A los grandes talentos se les pedía a un tiempo que coronasen de prestigio las editoriales, pero también que fuesen críticos, exigentes y, caramba, que ejerciesen su oficio. ¡Por ellos!

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 24 de abril de 2016.

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Manolo, el catalán
Alejandro Carantoña 28-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Bastó con que Pemán escribiese Mis almuerzos con gente importante para que a Manuel Vázquez Montalbán, tiempo después y ya en plena democracia —en los primeros 80—, le diese por crear esa genialidad que es Mis almuerzos con gente inquietante, reverso irónico y mucho más interesante. El libro de Montalbán, que todo periodista debería leer, es un paseo gastronómico razonado por una amplia colección de personajes que le inquietan y un bofetón elegante a la escritura institucionalizada y dócil. Es decir, Bibi Andersen, el duque de Alba, Jesús Quintero, etcétera. Y es, contra todo pronóstico, fascinante. Es una foto fija (y quizás involuntaria) de la Cataluña inmediatamente posterior a la Transición.

Igual que ese libro descolla entre los demás cada cierto tiempo, resulta que también van apareciendo, desperdigadas, novelas de la serie Carvalho oportunamente: El premio, Los mares del sur… Desapercibidos, humildes pero constantes, los libros de Montalbán, como una gota malaya: la foto fija (y de involuntaria no tiene nada) de todas las cataluñas posibles, hasta llegar a esta. La de este domingo.

Cuando era realmente muy pequeño me hice una foto con Manuel Vázquez Montalbán en la Feria del Libro de Madrid. Y lo cuento solo con la reverencia de quien ha podido pasar cerca de un héroe desaparecido, y no con la intención de escribir lo que queda de esta columna refiriéndome a él como «Manolo», que es lo que hacen esos aduladores que alguna vez se lo han cruzado comprando el pan y a los que les ajustaría las cuentas, debidamente, en novelas como ‘El premio’.

El caso es que aquel señor tan grande y que siempre ha escrito tan claro y ha comido tan bien era, en aquellos tiempos y en los inmediatamente siguientes a su muerte (en 2003) el tipo de faro y referente catalán que está en vías de extinción: Josep Pla hace tiempo que calló; las viñetas de Bruguera son, como mucho, un acto de nostalgia; Marsé sigue recluido en su rincón; Vila-Matas ya ha cumplido con su deber; y así se dibuja un largo etcétera de silencios o de relevos generacionales que, puede que simbólicamente, ha culminado esta semana con la defunción de Carmen Balcells.

La colección de personajes variopintos, e inquietantes como diría Montalbán, han dejado su plaza a un paisaje de voces mucho más uniforme y superficial. Los columnistas se han vuelto cortoplacistas y despreocupados; los autores, salvo contadísimas excepciones, nos han dejado huérfanos de opiniones contundentes y transparentes, y han perdido el nervio identitario para sobreponerse al ruido.

Ocurra lo que ocurra hoy en las urnas, la cosa es esperpéntica y el grado de manipulación del discurso se ha vuelto casi insoportable. No desde una perspectiva política, ojo, ni siquiera retórica: simplemente intelectual y literaria. Hace tiempo que cuesta disentir de un punto de vista, de una línea editorial, sin perderle el respeto a quien esté detrás.

Cabía la posibilidad de que esa decencia, esa coherencia casi suicida, fuese recogida por quienes alguna vez, en su juventud, pudieron tener a Montalbán por maestro e incluso hubiesen recibido bula para llamarle Manolo. Que hubiesen sido investidos para tomar las riendas (intelectuales, se entiende) de todo lo que estaba ocurriendo y estaba por ocurrir. Pero no ha sido así: solo de este modo se explica que hayamos llegado a esas bochornosas peleas de banderas y esperpentos varios. Solo se explica por haber perdido (y hay que volver a él) a Manolo, el catalán.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.