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Medios de comunicación

¿Quién es Gustavo Dudamel?
Alejandro Carantoña 08-01-2017 | 4:00 | 0

Ante esta pregunta, una más que notable cantidad de gente respondería: «ese director de orquesta venezolano» o «el de el Sistema» o «el de los rizos que baila tanto». El que el pasado domingo dirigió el concierto de Año Nuevo en Viena, en fin. No obstante, para la doble sorpresa de quienes lo conocen como músico, muchas revistas y periódicos españoles se refirieron a él como «el novio de la actriz María Valverde»: doble porque no sabíamos que tuviese una relación con la muchacha, por un lado, y por que ese fuera el más notable elemento de su biografía, por otro.

Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es el extremo celo ante este tipo de detalles. En Internet, sobre todo, donde una barrabasada dicha a destiempo o una referencia inconsciente y desatinada puede desatar la mayor de las furias contra cualquiera. Si en lugar de esto —lo hemos visto ocurrir mucho últimamente— se hubiese deslizado un «la mujer del director de orquesta Pablo Heras-Casado presenta las campanadas en Televisión Española», por cierto que fuera (y es), la cosa hubiera acabado en demolición colectiva.
Así que supongamos que este problema, traído muy por los rizados pelos de Gustavo Dudamel, entronca con el consabido vestido de Cristina Pedroche en las mismas fechas: el tropiezo es evidente.

Pero supongamos, ahora, que la intención al titular de este modo no era otra que clarificar a los lectores quién ocupaba el podio del más prestigioso concierto del año: el problema que se revela es distinto, pero es problema en cualquier caso. En ese supuesto, lo que ocurre es que en las secciones de Cultura (como ocurrió en todos los grandes diarios, que de hecho enviaron a cronistas ex profeso a cubrir la actuación) era posible referirse al director como «Dudamel», sin más que el apellido, suponiendo que los lectores conocían quién era; mientras que dos páginas más allá, en las de sociedad, o corazón, o vida, o comoquiera que las quieran llamar, se hizo necesario unir un nombre conocido en circuitos culturales al de una cara familiar patria para hacerlo identificable.

Dudamel no es precisamente un oscuro investigador de tendencias compositivas contemporáneas, sino la cabeza visible de un extensísimo sistema de orquestas populares en su país, Venezuela, que le ha granjeado auditorios llenos por todo el mundo: en principio, el caso debería ser de sobra conocido.

Así es como recalamos en la otra cara, que ha dado pie al tercero de los desmanes en torno a la figura de Dudamel y su participación en el concierto: esas orquestas están sustentadas por el gobierno de Venezuela. Huelga decir que también por ahí le han caído pescozones, en un flagrante caso de confusión entre velocidad y tocino, entre política y cultura y, en definitiva, entre partidismos y humanidad pura.

Por si todo esto fuera poco, dicen los que más saben de esto que el concierto no fue especialmente bueno: Dudamel, habitualmente guasón y relajado en su prestación, se vio superado por la magnitud de la cita y de la orquesta que pusieron en sus manos. El resultado fue «superficial» por momentos y carente de la «chispa necesaria», como escribió el crítico Pablo Rodríguez. Así que ahí estaban el resto de lenguas afiladas para unir esto con aquello y lo otro con lo uno. El resultado, mediáticamente hablando, es un engrudo de difícil digestión. Hace suponer que algo se está haciendo rematadamente mal si estas son las fichas en el tablero: de todo menos lo supuestamente relevante. ¡La música!

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Fundido a negro
Alejandro Carantoña 27-11-2016 | 4:00 | 0

Poco importan las siglas políticas cuando la armonía es total: si bien el lunes pasado se certificaba la defunción de los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, sobre los que ya está todo dicho, este jueves se rubricaba en la otra punta de España otro desmán en la misma línea, aunque peor: el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera echará el cierre definitivo el 31 de diciembre, por mor de la no aprobación del presupuesto municipal. Veintisiete trabajadores a la calle y una temporada (modesta, pero temporada) de ópera menos. En Oviedo, la refrescante y horizontalizante iniciativa que democratizará la cultura local se debe al empeño de Somos y al silencio conveniente de PSOE e Izquierda Unida; allá, han sido los votos en contra de Ganemos y del PP al presupuesto municipal los que han refrendado el cerrojazo: las siglas, de nuevo, no importan. La armonía es total.

Así que, por lo pronto, los vientos de cambio que soplan acá y allá solo están sirviendo para que se multipliquen cierres y mermas, bajo toda clase de pretextos. Y vendrán más, seguro, en cuanto tengan que aprobarse unos Presupuestos Generales del Estado que ya se antojan imposibles: en la variedad está el gusto; en el debate, el enriquecimiento; y en esta cosa que se practica últimamente en el ruedo español, la catástrofe. Estas corporaciones de siete cabezas ya deberían tener claro que nuestras arcas públicas tienen mucha menos resistencia a las tomatinas constantes que a una ópera de Bellini.

Antes del «fin del bipartidismo» al Congreso se iba a quejarse y al Ayuntamiento, a empadronarse. Ahora, que se supone que iban a servir de algo más, se han convertido en núcleos de metapolítica, en los que se habla del quién, del cómo y del porqué, pero no se tratan los asuntos en cuestión. Todo esto desemboca en la inoperancia total a la hora de tomar decisiones, en una parálisis que tiene (mucha) pinta de ir a ser bastante más dolorosa que la peor de las crisis y en daños irreparables por la palmaria falta de agilidad y eficacia.

La epítome de esta deriva se produjo el miércoles. Es sintomático del momento en el que estamos que, nada más conocer la noticia del fallecimiento de Rita Barberá, muchos eligiésemos declarar un «black miércoles» de redes sociales y un periodo de ayuno informativo de al menos 24 horas. En efecto, el brevísimo garbeo por el patio a eso de las ocho de la tarde reveló derroches de odio de lado a lado de la trinchera y un debate, que llega hasta hoy, sobre minutos de silencio y culpables y formas. Sobre el fondo —si es que hay fondo en un infarto fulminante— ni una palabra.

Cualquiera con un mínimo de experiencia puede, llegados a este punto, adivinar por dónde van a ir las reacciones a esta o aquella noticia, que ya sin excepción estará sometida al imperio de lo superficial, de lo inmediato. Lejos de hablar más, gritamos más fuerte, y lo que a priori hubiera podido ser un debate fructífero acaba por producir más y más silencio. El resto, se deshecha: quizás la noticia de este viernes —en las páginas de Cultura al menos— hubiese sido que Paul Auster saca nueva novela el año que viene. En cambio, andamos enmarañados en el legado de Roberto Bolaño y en la construcción de un peloteo improductivo sobre adscripciones, afiliaciones y preferencias del universo juntaletras. Y entonces dejamos de entrar al trapo, nos retiramos con prudencia al ver los debates encenderse, lo dejamos estar. Es o eso o consagrar nuestras vidas a tener opinión sobre todo, a ser actores, a cargar de significado hasta unas rebajas de viernes. Ya no hay refugio para el silencio.

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Leña al youtuber
Alejandro Carantoña 04-09-2016 | 4:00 | 0

En febrero de este año, al ya famoso usuario de Youtube ElRubius le hicieron un no menos famoso perfil en un diario nacional. Enviaron a realizar la operación a un redactor destacado que no usa las redes sociales, como explicaba en el propio texto. El resultado estaba esencialmente centrado en las percepciones personales del redactor, lo cual provocó un cabreo monumental por parte del autor de los vídeos en cuestión y, como derivada, acusaciones (reiteradas) de conspiración por parte de los medios de comunicación contra él y contra el resto de autores de estos vídeos, que atesoran millones de espectadores —muchos de ellos, dicen, jóvenes que ya no ven la televisión: es el nuevo nicho audiovisual—.

Luego llegó una madre de Tenerife y declaró que el espectáculo en directo de otro youtuber era una apología de la pederastia, con otro circo monumental. El último escándalo, en los estertores de este verano, ha sido un clamor (?) de varias empresas madereras, que acusan a dos youtubers (uno de ellos, el de Tenerife, etcétera) de azuzar unas bromas telefónicas que los tienen colapsados, debido a la proliferación de imitadores.

En la televisión pública andaluza se cubrió la noticia dando por buena la versión de algunos empresarios: que se ha promovido una campaña de acoso y derribo contra ellos, como si los adolescentes de este país fueran un lobby antimaderero de primer orden. Los youtubers, por su lado, se han defendido diciendo que en su broma original no revelaban la identidad de los empresarios; que les habían pedido permiso para publicar las bromas; y que no es su culpa que el mundo esté lleno de gente ociosa. Y, por supuesto, añaden que hay un complot de los medios de comunicación.

La teoría de la conspiración cunde sin parar entre estos nuevos ídolos digitales y entre sus seguidores, que han empezado a sustituir los medios de información convencionales que en teoría van a por ellos por otros supuestamente independientes, democráticos y horizontales (o sea, redes sociales).

Probablemente la explicación sea menos retorcida y bastante más simple: que las dos facciones viven en una confusión de dimensiones bíblicas. Aún este viernes, a la hora de la cena, al menos una televisión nacional aprovechaba que ha pasado un año de la foto del niño muerto en una playa mediterránea para repetir las imágenes hasta en cinco ocasiones y desde todos los ángulos. Podrán excusarse en que así se sensibiliza sobre el problema; pero no podrán ocultar que, a a la vez, la justificación deontológica les ayuda a trabar piezas sensacionalistas, impactantes y brutales.

Así, que ciertos programas sigan copando las parrillas y que las noticias televisadas se alimenten, bajo el epígrafe de «curiosidades», de vídeos absurdos en una calidad infame podrían ser la respuesta, en lugar de pensar que los nuevos líderes de opinión son unos terroristas catódicos. Sin embargo, el común de los informadores encuentra más cómodo hacer leña del árbol caído, y cubrir una historia que no se sostiene (que estos youtubers tienen algo contra la industria maderera) como si estos chavales fueran un demonio de cola puntiaguda. Resulta que lo más conveniente para los unos es afirmar que existe un complot informativo contra ellos y, para los otros, que ElRubius, Wismichu y demás fauna están fundando la primera gran secta del siglo XXI. Profundizar en lo uno, o en lo otro, no es una opción, al menos de momento. Y sigue la barrena.

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Millones ajenos
Alejandro Carantoña 09-05-2016 | 7:00 | 0

Bertín Osborne ganó el martes, sin esperarlo, unos 35.000 euros. Dicen. Y nos parece mal: a pesar de la bruma que envolvió la salida de su programa-espectáculo de Televisión Española a principios de este año, sabemos que ahora Telecinco le paga mucho más por episodio. Da igual cuánto. También sabemos que por cada décima de audiencia sobre cierto límite que obtenga su programa, se lleva mil euros. Y nos parece mal, aunque también da igual cuánto: es mucho.

Mucho ha debido de ser también lo que han cobrado Imanol Arias o Ana Duato por aparecer en ‘Cuéntame’, visto el escándalo por los tres millones de euros que la Fiscalía Anticorrupción sospecha que han defraudado, y del que se ha tenido noticia esta semana. Por tercera vez, da igual: nos parece mal. La sola mención a los tres millones de euros nos indigna.

En realidad, casi cualquier cifra que supere los ingresos propios (o aquellos considerados razonables) sientan mal, cuando el lunes estábamos cálidamente acurrucados disfrutando del portento periodístico que es Bertín Osborne y, el jueves, tratando de asumir los giros de guión de los Alcántara y familia. Lo mismo sucedió con el perenne Jordi Hurtado cuando trascendió su caché en ‘Saber y ganar’ —el sueldo más alto de Televisión Española—, y tantos y tantos y tantos otros casos agravados por la crisis y rematados por la querencia al cotilleo que hemos desarrollado.

Bertín Osborne podría embolsarse el PIB de Suiza, si Telecinco estuviese dispuesta a pagárselo, que no sería merecedor más que de aplauso: algo tiene que tener muy popular, muy familiar, para poder sentar frente al televisor a casi cuatro millones de personas a verle charlar amigablemente repatingado en un sofá.

El asunto se complica cuando estos datos se confunden con lo que Televisión Española paga o deja de pagar, que a fin de cuentas viene a ser lo que pagamos todos, y que a un tiempo todo ello se mezcle en esa enorme olla que es el (presunto) fraude fiscal: a efectos de opinión pública, no hay más mal en la solución definitiva de esta crisis que el defraudador millonario. Haberse acogido a la amnistía fiscal trampa de 2012 —a este paso, en poco tiempo conoceremos a todos los contribuyentes que acudieron a ella— y aparecer en los papeles de Panamá mete en el mismo equipo a Pedro Almodóvar y a José Manuel Soria; a José Ángel Fernández Villa y a Bertín Osborne.

Se ha producido un debate de baja intensidad sobre si pagamos demasiados impuestos o demasiados pocos pero, sobre todo, se ha cimentado la muy extendida y confortable idea de que existe una élite inaccesible y poderosa, una élite que vive allende los despachos y parlamentos, encerrada en el televisor. Resulta muy confortable creer que todos ellos son ricos: hace unos meses, se filtraba —y nadie confirmaba ni desmentía— que la mayoría de caras de la televisión privada rondan los cuatro millones de euros anuales. Y para qué volver sobre los sueldos de sus señorías, los diputados y senadores; sobre las indemnizaciones a los grandes ejecutivos; o sobre los líos salariales que se traen los grandes equipos de fútbol.

No se trata aquí de censurar o de justificar los sueldos de nadie —salvo que los paguemos todos, claro está—, sino de contemplar la sospechosa actitud combativa para con estos sueldos cuando muchos, la mayoría, no tendría empacho en aceptarlos si les lloviesen del cielo. Pero estos millones, que son millones ajenos, son mucho más golosos: precisamente, porque son de otros.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 8 de mayo de 2016.

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Alejandro Carantoña 18-04-2016 | 7:00 | 0

A Jessica Valenti le gusta ser la primera. «Cuando descubres que eres la mejor en algo, habitualmente te sientes feliz», escribió en el diario británico Guardian este jueves. «Pero no creo que ese sea el caso», proseguía, «cuando en lo que sobresales es en ser la más odiada».

El periódico se ha embarcado en un ambicioso e interesantísimo proyecto sobre el acoso en Internet. Para ello, ha encargado un estudio estadístico de alrededor de 70 millones de comentarios escritos por los lectores entre los años 1999 y 2016 en su página web, de los cuales un 2% (en torno a 1,4 millones de textos) fueron eliminados o rechazados por los moderadores. Aquí viene lo interesante: al cruzar esos datos con los periodistas o autores a los que iban dirigidos insultos e invectivas, resultó que los diez menos atacados eran hombres. Y que de los diez más odiados, ocho son mujeres. Valenti, que escribe sobre cuestiones de género, la primera. Y todavía hay más: los dos hombres restantes son negros.

Con los datos en la mano, se hace algo complicado afirmar que los dardos son gratuitos o aleatorios: lo que este estudio revela, en cambio, es que la comodidad del anonimato y la distancia que provoca la pantalla sacan lo peor de alguna gente (poca en términos relativos; mucha en términos absolutos). Valenti va más allá: si a esta hoguera se suman las redes sociales, el resultado es extenuante. «Estoy harta de reírme del asunto y hacer caso omiso», dice. No es la única: en su despliegue, el periódico británico recoge otros muchos casos de periodistas, profesionales o sencillamente personas corrientes que por un motivo u otro se convierten en el blanco perfecto para las redes sociales y los comentarios hirientes.

Todo este potaje nació como una herramienta participativa, pero se ha ido deformando hasta convertirse en un instrumento que a menudo resta más valor del que aporta y que pervierte más que ilumina. Como medidas de choque, quizás las del New York Times sean las más eficaces: los hilos para dejar comentarios solo están abiertos durante 24 horas y están controlados por moderadores humanos; los comentarios más valiosos por su contenido se premian y ensalzan; y, por supuesto, el insulto o el ataque no están permitidos. Así, han conseguido dirigir y crear conversaciones.

De esta manera, lo que hace tan solo diez años era coto para algunos ociosos camuflados entre gente más serena ha ido tornando en algo extremadamente más peligroso para los jóvenes: el ciberacoso. Como recuerda el especial, en 2008 se celebró el primer juicio en Estados Unidos; en 2009 un adolescente fue condenado en Reino Unido. Etcétera: quizás no haga falta recordar lo que ocurrió hace justo ahora tres años en Gijón, con una alumna de 14 años que sufría acoso en el colegio.

Concluye Valenti que ella, al menos, tiene la fortuna de escribir sobre lo que le importa y contribuir de un modo u otro a mejorar su sociedad. Que hace tiempo que dejó de leer lo que se decía sobre ella en la sombra porque, como bien recordaba el editorial del Guardian, no hay que olvidar que la inmensa mayoría de lo que se vierte con bilis desde detrás de un teclado nunca ocurre en la vida «real». Pero poco a poco se ha ido infiltrando, se ha ido convirtiendo en moneda de cambio: en Twitter ya solo descollan los «zascas» —respuestas ingeniosas, autosuficientes y ácidas—; en Facebook casi siempre hay algo (alguien) de lo que reírse; y en los comentarios y blogs vale más un buen zurriagazo urgente («Es como hablan los jóvenes») que la calma y la mesura.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 17 de abril de 2016.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.