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Miguel del Arco

Valor añadido
Alejandro Carantoña 02-07-2017 | 4:00 | 0

Nadie dejó de aplaudir cuando hace una temporada se presentó el Teatro Kamikaze, una iniciativa enteramente privada que ha resucitado el madrileño teatro Pavón: sus impulsores supieron rodearse, supieron programar, llenar, vender y promocionarse. Han sabido hacerlo todo bien, todo lo bien que se pueda hacer algo así sin ayudas públicas, y por eso esta semana han presentado su nueva temporada.

Esta, sin embargo, solo llega hasta enero. El director de escena Miguel del Arco, uno de los nombres propios tras el proyecto, reconocía que es porque el proyecto «no es sostenible». Luego, añadió un eslogan que explica casi todas las iniciativas culturales racionales y duraderas: «Somos kamikazes, no gilipollas.»

Quiere decirse con esto que están dispuestos a jugar fuerte y al margen, pero que no por ello van a arruinarse ni a dejar de saltar al hueco de lo que el público busca. Es lo que se espera de un proyecto, y lo que la muy economicista y mucho economicista lógica imperante impone: en un mundo ideal, se espera de editoriales, teatros y orquestas que sean rentables, inmaculados, que no cuesten nada al contribuyente. Los kamikazes, que lo tenían todo para encajar en ese perfil, son la prueba de que ese modelo no es ni deseable ni posible: No es deseable porque de alguna forma condiciona su programación (deberán llenar con títulos sobre seguro para subsistir) y no es posible, evidentemente, porque si ellos no ganan dinero con el proyecto es que nadie o casi nadie puede hacerlo.
Al parecer, incluso el Gobierno se ha dado cuenta del problema: también esta semana ha entrado en vigor la increíble (porque nadie lo creía posible) bajada del IVA a la Cultura, del 21% al 10%, excluido el cine. Hay quien ve en el gesto una palmadita condescendiente y poco dolorosa para el orgullo fiscal, pero estos días algunos analistas han apuntado a una explicación más plausible: Montoro se ha dado cuenta de que por ahí poco iba a recaudar.

Conque, desde una perspectiva estrictamente ministerial, la creación allende lo conocido y lo establecido es un apéndice sobrante, fofo: por sí mismo no se sostiene; por la vía fiscal no es rentable para las arcas. Y entonces ¿qué futuro tiene?

No sería complicado argumentar mil y un razones por las que la Cultura es la base de nuestra civilización y el último bastión ante la barbarie, pero estos años de crisis y cuitas ya nos han enseñado que esos argumentos de poco sirven. Una vez enfangados en rescates bancarios y metidos en la harina del fin de la Sanidad, poco hay que decir sobre teatros y museos.
Sin embargo, siempre podremos subrayar algo que kamikazes e impuestos han dejado claro esta semana: que la Cultura tiene un enorme valor añadido, inconmensurable, pero que este solo sale a relucir cuando se ponen medios suficientes y se crea una base de trabajo amplia. Sin eso, limitados a exigir rentabilidad urgente, no hay nada que pueda prosperar.

Se requiere tiempo, formación (de profesionales y de público) para que todo ello aflore. De otro modo, buscando tan solo un puñado de impuestos y sometidos al dictado diario de la audiencia, la mirada se acorta y los horizontes se encogen. Cuando esto sucede, el arte se resiente y el público huye; pero sobre todo ocurre que la sostenibilidad salta por la ventana. Con ella marchan, obviamente, las probabilidades de que en el largo plazo se puedan tener instituciones solventes y profesionales de renombre. También se evapora la posibilidad de contar con grandes volúmenes de público y jugosos impuestos: no seamos gilipollas… Solo un poco kamikazes.

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Todo nos parece bien
Alejandro Carantoña 18-09-2016 | 4:00 | 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

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De justicia y venganza
Alejandro Carantoña 12-06-2016 | 4:00 | 0

Hace diez días que Rafael Fernández perdió un empleo, pero ganó un mordisco de fama: el escritor afincado en Asturias, que ocupaba la contraportada de este periódico el miércoles pasado, acababa de rechazar un trabajo ruinoso en Madrid.

Le habían ofrecido mil euros al mes por escribir para alguien o algo —no ha trascendido con quién mantenía la entrevista— y, siempre según él, se alzó pidiendo cinco veces esa cantidad por renunciar a sus sueños, sus libros, sus entradas en la bitácora que mantiene, etcétera. A partir de ahí, la explosión. La entrada en la que relata el episodio camina con paso firme hacia los 400.000 visionados.

Seguramente venderá algunos libros más a raíz de este relato —Fernández se autoedita—, pero lo más probable es que no tantos como gente ha aupado su historia. Porque, leyendo los comentarios y apostillas de quienes lo han compartido, el aplauso no tiene (casi) nada que ver con lo que Fernández escribe, sino con la realización de ese sueño, tan extendido, de mandar a paseo al impresentable de turno.

Es probable que, como él mismo reconocía, el fenómeno adquiera estas dimensiones precisamente por las dificultades que juntaletras en ciernes e incluso autores consagrados tienen para reunir mil euros de estipendio seguro —pelotazos aparte—. Que alguien pueda rechazarlos, quiera hacerlo y encima lo cuente es un caramelo demasiado apetitoso.

Así es como Fernández se ha convertido en el pequeño héroe del mes, en la mota de esperanza que envalentona o consuela, por turnos, a quien sueña con poder hacer lo mismo que él pero no puede, no quiere o sencillamente no se atreve (o sabe que los escándalos, a la larga, nunca son buena idea).

A Fernández se le va a apagar esta llama en breves instantes, porque la provocación no era calculada. Le ha venido de golpe y no es seguro que vaya a rentabilizarla: de hecho, no tiene mucho que ver con la esencia de su actividad. Sin embargo, también esta semana, se ha producido en el Teatro de la Zarzuela otro escándalo. Pero esta vez, es uno de esos episodios que hacen época: porque, esta vez, sí tenía que ver con el núcleo de la zarzuela a la que envolvía —que es, en sí misma, pura provocación—.

Ha sido en ¡Cómo está Madriz!, el espectáculo dirigido por Miguel del Arco, con Paco León como protagonista, que reúne y recicla La Gran Vía y El año pasado por agua. De carga política obvia (para algunos críticos, excesiva), ya desde su estreno levantó algún revuelo, pero esta semana la tensión llegó al extremo de tener que detener la función. León y Del Arco, que son bien listos, han sabido recoger la actitud matona de los espectadores que organizaron el barullo y transformarla en un impulso publicitario de los que no tienen precio. El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, que acogerá la producción dentro de unas semanas, ya se frota la manos por el éxito de público que supondrá esta agitación.

En los dos casos está al otro lado un público, el español, que de un modo u otro busca y necesita héroes así, héroes de los que pasean calle arriba y calle abajo y uno se puede encontrar en cualquier momento. Héroes de los que administran justicia por quien no sabe, puede o quiere y, de vez en cuando —y solo de vez en cuando— también un poquito de venganza, que alivia y reconduce los malos sentimientos. Eso contenía ¡Cómo está Madriz! y eso reposa en el relato de Fernández. Al parecer, eso es lo que anhelamos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.