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Ópera

En defensa de los Premios Líricos
Alejandro Carantoña 17-11-2016 | 2:00 | 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

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Buscando a Buñuel
Alejandro Carantoña 31-07-2016 | 4:00 | 0

El pasado jueves ocurrió algo, algo que en España no ha pasado de la anécdota: el festival de verano de Salzburgo ha acogido el estreno absoluto de El ángel exterminador, la ópera de Thomas Adès basada en la película homónima de Luis Buñuel. La ópera fue encargada por la Royal Opera House de Londres, que a su vez recibirá la producción, dirigida escénicamente por Tom Cairns y musicalmente por el propio Adès, la próxima primavera.

Por poner las cosas en su contexto, Thomas Adès es probablemente el compositor más relevante de su generación (ha muñido títulos tan relevantes como The tempest o la hiperrepresentada, porque ya es un clásico, Powder her face); y Cairns, en su terreno, también. Adès ha revelado, como recogían varios medios en las entrevistas que han precedido el estreno, que lleva más de diez años trabajando en este proyecto.

El equipo, por tanto, es enteramente extranjero; los comisionarios, también; y en el reparto no hay atisbo de un solo español. Tampoco se ha anunciado, de momento, que esta producción vaya a viajar a nuestro país (aunque es de suponer que las grandes casas la acojan en algún momento). ¿Qué pasa, entonces, con Buñuel? Pasa que murió hizo el viernes 33 años, en México. Que su casa de allá está desatendida, sumida en un guirigay administrativo. Que, por increíble que parezca, no existe una monografía o una biografía solvente sobre él. Pasa, también, que quizás el ejercicio más próximo a retratarlo haya sido el de Fermín Solís, que en una de esas estupendas obras gráficas editadas por Astiberri contó cómo había sido el rodaje de Las Hurdes, tierra sin pan. Y hasta aquí, los laureles.

Todo lo demás es de un silencio clamoroso e inexplicable: no se entiende que el que probablemente sea el festival de verano más prestigioso del circuito lírico, y la primera casa de ópera del Reino Unido, se unan para emprender uno de los mayores productos de la temporada (si no de la década) sin que en España nos despeinemos. Buñuel, igual que Dalí, o igual que Lorca, son tan nuestros como Cervantes, y sin embargo no se nos ha pasado por la cabeza celebrarlos como sería preceptivo: nos los están arrebatando.

Algo similar ha estado ocurriendo con el compositor Enrique Granados, de cuya muerte se cumplen cien años este 2016. Granados, que en su época llegó a triunfar en Barcelona, compuso su primera ópera con tan mala suerte el estreno en Europa se vio atropellado por la Primera Guerra Mundial. Sumidos en la contienda, el Metropolitan de Nueva York (ahí es nada) se movilizó de inmediato para llevar el estreno al otro lado del Atlántico, donde Goyescas fue un éxito arrollador. Tanto así, que Granados tuvo que postergar su retorno para tocar en la Casa Blanca. A su vuelta, por un error militar, su barco se hundió y murió antes de poder disfrutar de las mieles del éxito.

Este año, con todo, los fastos en su recuerdo están siendo de lo más discretos, por no decir que han quedado circunscritos a reservarle un hueco en la programación de teatros, auditorios y festivales. (Casi) nadie sabe de la triste historia de Granados, sepultado en los trompicones del año Cervantes y Shakespeare.

Si un siglo después de esta gesta aún no hemos podido celebrarlo, se antoja que el caso de Buñuel puede llegar a ser igual de sangrante: la incapacidad para reivindicar el patrimonio cercano, y la falta de comunicación y medios, nos abocan a vergüenzas como que sea el festival mozartiano por excelencia quien lo festeje por nosotros.

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La Reina y la tortuga
Alejandro Carantoña 24-07-2016 | 4:00 | 0

No hay noticia de si el centenar de personas que se topó la Reina cazaban monarcas o pokémons: su Majestad, a la salida de la inauguración de los cursos de verano de la Fundación que preside con el Rey, en Oviedo, este viernes, tuvo que saludar a decenas «a pesar de la lluvia», narraba la crónica. Como si la lluvia fuese ya un impedimento para nada.

Dentro, habían hablado ella y el violonchelista Asier Polo, en una defensa encendida pero algo derrotista de la música (mal llamada) clásica ante el reguetón que barre el verano. Así, a la salida, se hacía difícil saber qué género consumían esencialmente los viandantes: ¿querían la foto o celebrar su monarquía?

Lo que propusieron, entonces, viene siendo una reivindicación casi atávica en el mundo de la lírica y de la cosa sinfónica, barroca, añeja: llegar a toda esa gente que paga 100 euros por asistir un concierto de Coldplay o de U2 para grabarlo con su teléfono inteligente, pero que encuentra prohibitivo dejarse 50 en ver un buen Verdi. Para colgarlo en Instagram, para relatarlo en Facebook o para ironizar al respecto en Twitter, pero no forzosamente para gozar del espectáculo como se concibió originalmente.

Hace diez días, el Teatro Real se lió la manta a la cabeza y propuso una función de Puritani, con Javier Camarena y Diana Damrau en los roles principales, a través de pantallas gigantes y, por primera vez, de Facebook. Las fotos eran elocuentes: de Viena a Madrid y de Sevilla a México los auditorios rebosaban espectadores quizás temerosos, quizás empobrecidos que no se atrevieron o no pudieron pagarse la butaca.

La iniciativa fue un éxito, sin duda, pero un éxito con matices. Un éxito en la medida en que, como reivindicaba Polo e imploraba la Reina, gente que vive con la cabeza metida en la inmediatez de su teléfono, enamorada del brillo de su pantalla, se detuvo durante tres largas horas a saborear las melodías de Bellini.

Puritani, con todo, es la ópera más anti 2.0 que se pueda concebir: la acción que contiene cabría en un cortometraje de 3 minutos y la parsimonia de sus arias y coros, que parecen interminables, se antoja la pesadilla de cualquier experto en redes sociales. Sin embargo, pasada la pausa, sorbido el vino, se obra el milagro de la ralentización: el cantar atento de Camarena y la teatralidad exacerbada de Damrau se apoderan del escenario, agarran por la solapa y hacen olvidar que estamos incomunicados durante horas, mecidos por partituras inmortales y seducidos por el prodigio de la voz humana.

Se oficia el elogio de lo lento, del «tortuguismo» que tanto parece amenazar a instituciones de rancio abolengo —como la propia Casa del Rey, como la institución del violonchelo— pero que en el fondo las hace imperecederas. Vivimos un tiempo en que el éxito repentino (el de los pokémons, que ha sido más instantáneo que un café soluble) hace, a veces, perder el norte a quien siempre se empeñó en tenerlo: la Reina insistía en que a los jóvenes se llega por los ojos; Polo, en que hay que buscar fórmulas para seducirlos; fuera, los móviles y cámaras enhiestas solo buscaban su souvenir. No hacía falta más: ambos parecían haber olvidado qué han defendido hasta este momento y cuáles han sido sus activos. Quizás por no creer lo suficiente en sus instituciones; quizás por sentirse amenazados por un mundo que corre hasta tropezarse consigo mismo. Quizás, porque no haya que hablar tanto de lo que no tienen como de lo que sí, de lo tangible, de lo mundano. Quizás, porque lo lento también merezca su altar.

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Un factótum parisino
Alejandro Carantoña 15-11-2015 | 4:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay quien culpa a Mozart de la Revolución Francesa, aunque fuese en parte, por haber concebido algo tan provocador como Las bodas de Figaro en los albores del fin de la monarquía gala: en mitad de una comedia ligera, Figaro y Susanna mandan y ordenan sobre la vida de sus señores. Demasiado para 1786.

Ha querido la casualidad que este viernes, 13 de noviembre de 2015, estuviésemos llevando a cabo el ensayo general de esa ópera en el teatro Campoamor en la temporada de Ópera de Oviedo, y que justo mientras que Europa se partía por la mitad nosotros estuviésemos a diez minutos de enfilar el tercer acto. Mientras que el público que nos rodeaba reía en tiempo y forma, y con ganas, con el Mozart más acerado, más picante y emblemático de esta Europa nuestra, ocurría lo impensable.

Durante la hora y media siguiente, más o menos, todos los presentes vivimos en una realidad paralela, en una de criados que saltan por ventanas para no ser tomados por amantes y de arias maravillosas. Estábamos en el teatro, encerrados, ausentes e inconscientes a la cicatriz que nos estaban haciendo en la cara de París: había algo que importaba más, había una música maravillosa que tronaba por encima del ruido.

A medida que íbamos saliendo del teatro adoptátabamos de nuevo el traje de viernes por la noche —y quizás celebrábamos que justo entonces era el aniversario de la muerte de Rossini, ínclito vecino de París y muñidor de la «precuela» de las bodas mozartianas: ¡El barbero!—. Consultábamos distraídamente nuestros móviles, aprendíamos que ya nada volvería a ser igual, nos quedábamos de piedra.

El primer sentimiento para cualquiera que tenga una mínima vinculación con París es de dolor, dolor inmenso e indescriptible. Pero el segundo, que quizás sea más importante que el primero, es el retumbar de esas risas ociosas y ajenas a todo lo que aún no había ocurrido, a todo lo que aún no sabíamos, a todo lo que estaba por venir.

Somos muchos los que en este teatro y en todos, en los cines, salas de exposiciones, editoriales, mesas de trabajo y estudios nos levantamos cada mañana con un fin mucho más efímero y tonto que cambiar el mundo, que es preservar lo que somos: en el fondo de las catacumbas del teatro de la Ópera de París, en el Palais Garnier, justo debajo del escenario, hay un refugio antibombardeos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial para recordárselo a todo el mundo.

Esa misión —la del búnker de subsistencia— se nos olvida con frecuencia, cuando el día a día llama a la puerta con sus tonterías y las insignificancias del cotidiano empiezan a enturbiar el auténtico sentido de lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Por eso es terrible que, desde ayer, permanezcan cerrados todos recintos culturales parisinos: porque han ido a golpear donde más nos duele, que es en la identidad y en la cultura.

Funciones como la de este viernes, que al menos durante unas horas congelan las lágrimas y excluyen el dolor, dan más sentido si cabe al compromiso que muchos tenemos con lo que somos, con nuestro arte, con el puro placer de la sonrisa cuando más falta hace y de la belleza cuando parece que está al borde de la extinción.

Nosotros, al menos, esta misma tarde podremos estrenar. Será la respuesta más contundente y necesaria a un ataque salvaje no al ocio, sino al alimento de una civilización, a aquello en lo que creemos: es aquello, aquel lugar, que tenemos que preservar porque nos habla de lo que somos: Mientras nos siga quedando un Mozart que revivir nos seguirá quedando la esperanza de que podemos con todo. Contra todo.

 

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Un político en la ópera
Alejandro Carantoña 10-08-2015 | 11:05 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Wenceslao López, en calidad de alcalde, eligió llevar traje, disfrutar de la ópera y luego señalar que, así y todo, ese título especial fuera de la temporada regular de ópera carbayona era demasiado caro para la ciudad de Oviedo. Ocupó, junto a Roberto Sánchez Ramos —concejal de Cultura—, el palco municipal del Teatro Campoamor, presidiendo así la primera de las dos funciones de Falstaff, de Verdi, el pasado viernes 31 de julio.

Un espectáculo, dijo a posteriori, impresionante, pero cuyo coste juzgó «excesivo» (se han publicado cifras que superan el medio millón de euros de inversión pública). Aún no se ha hecho público el balance económico definitivo ni la venta de entradas.

El sábado también había algún político en la sala. Aunque en su tiempo libre y, por ello, sin que haya trascendido el gusto (o disgusto) del diputado en cuestión con lo que ocurría sobre el escenario y en el foso, ni tampoco su opinión sobre dineros, políticas, y todo aquello sobre lo que poco o nada hay que decir desde el momento en que Muti alzó su batuta.

Nuestro diputado, vestido de polo y pantalones ligeros, escogió ocupar su asiento —en la zona intermedia del teatro— con una antelación que dejaba entrever una mezcla de ritual y de discreción: ni él ni su acompañante salieron al concurrido y muy sociable vestíbulo del teatro en las dos pausas que incluía la función.

Por eso de querer buscar la discreción, porque era en su tiempo libre y, sobre todo, porque de saber su nombre y siglas quizás el acto se cargaría de connotaciones, no diremos de quién se trataba. Solo que es de izquierdas, que ha acreditado su preocupación por asuntos de índole social y que pagó su entrada. Aplaudió al término y, hasta donde podemos sospechar, disfrutó del espectáculo.

Angela Merkel es conocida en Alemania por haber rechazado, siempre y con un rigor estereotípico, las invitaciones a los teatros de ópera de su país. Siempre paga lo que haya que pagar —es una melómana reconocida— y aguanta estoicamente el tipo en los incómodos asientos del festival de verano de Bayreuth, la meca wagneriana (en la apertura de este año, de hecho, se rompió la silla que ocupaba poco antes del descanso).

Manuela Carmena también salió del armario operístico, al poco de ser elegida alcaldesa de Madrid en las últimas elecciones municipales, tras una reunión con los responsables del Teatro Real de Madrid, en la cual les anunció que el ayuntamiento renunciaba a su palco para que la institución pudiese venderlo e incrementar sus ingresos de taquilla.

Aquí, sin embargo, en este Campoamor que sigue teniendo su palco municipal en una posición que preside más el patio de butacas, la «socialité», que el espectáculo en sí, no son muchos los cargos públicos que se han dejado ver por las lides líricas. Y quienes se han declarado culpables del «guilty pleasure» carbayón por excelencia lo han hecho, casi siempre, por motivos ideológicos o de prestigio social en determinados ámbitos. Pocos por motivos artísticos: otro célebre sindicalista ha sido avistado en butaca de general, en la última planta, entrada pagada y en la mayor de las discreciones, de nuevo.

Sería tremendamente positivo que, por encima del ruido que envuelve a la lírica, algunos de ellos —nuestro diputado, nuestro sindicalista— recogieran el guante y dieran un paso al frente; que lo dijeran, que se significasen. Que quedase claro que la ópera puede acoger a cualquiera. Que dejasen claro que esto es, ante todo, cultura, no política. Música, no ruido. Que se adueñasen de ello.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.