El Comercio
img
Etiquetas de los Posts ‘

Pablo Iglesias

Dientes, dientes
Alejandro Carantoña 11-06-2016 | 4:00 | 0

Los actos en formato eléctrico —con algarabía de estrellas invitadas— de Unidos Podemos llevan por título La sonrisa de un país: así se titulaba el celebrado ayer en Málaga y el que está previsto para el martes en Canarias. Así en toda España. ¿En toda? No, en una irreductible esquina del mapa —Barcelona— donde hoy se celebra uno de estos actos ha querido la alianza que el acto se llame, en cambio, El somriure dels pobles (La sonrisa de los pueblos), una pequeña y risueña pirueta lingüística destinada a descafeinar y blanquear el discurso para no molestar en exceso a futuribles socios.

La sonrisa de la coalición del ‘sorpasso’, así, adquiere una cantidad de dientes y una amplitud forzada que dan una idea de cuán delicado es el hilo del que pende la estabilidad de esta alianza a muchas bandas. Una sonrisa nacional que se va truncando por frentes, y que en apariencia solo se mantiene por aquella posibilidad, alimentada por el CIS de anteayer, de atropellar (o someter) al PSOE y desalojar al PP.

En Asturias lo saben bien: la escalada de declaraciones, dimisiones, réplicas y contrarréplicas en torno a la ya famosa declaración en defensa del carbón ha tornado en una llaga supurante y silenciosa, sobre la cual ya nadie quiere echar más sal. Al menos de momento, habida cuenta de que Izquierda Unida en Asturias acaba de descubrir que, de cumplirse los últimos vaticinios electorales, quedará de nuevo fuera del Congreso de los Diputados. Todo ello con la papeleta añadida de que, encima, la formación está relegada a un tercer puesto en las listas por la organización podemita. No quedarán muchos motivos para exhibir su contento, entonces: no solo perderán representatividad, sino que habrá que buscarse las vueltas para dar marcha atrás al pacto sin perder la sonrisa.

Los dientes, dientes que van apareciendo por el flanco izquierdo del tablero recuerdan cada vez más a dentelladas. También a los dientes, dientes que por su lado tuvieron que exhibir Isidro Martínez Oblanca y Susana López Ares, socios en la coalición PP-Foro, para opacar los gritos de aquella septuagenaria cabreada de Avilés en el inicio de campaña el jueves.

Era de lo más significativo ver a esos cinco asistentes al acto formar, al borde del área de penalti, y aplaudir muy fuerte para evitar una foto con los dos cabezas de cartel —Oblanca hacía malabares con el corazón que Unidos Podemos lleva por emblema— y con aquella señora de fondo. Era todo una muestra de la facilidad para atacar los escándalos de corrupción, las sentencias europeas y/o el déficit de las comunidades autónomas, pero una incapacidad manifiesta para lidiar con una mujer pegando gritos: todos los populares mantuvieron los dientes cuando, en pleno Parque del Retiro, un activista irrumpió a voces en la foto de familia de los candidatos. No obstante, en el siguiente acto del mismo corte —la presentación de candidatos por Madrid, el martes pasado— no se corrieron riesgos parecidos: se celebró en una azotea convenientemente cerrada al público.

Son sonrisas bien entrenadas. Dientes, dientes, plas, plas, pero sonrisas que empiezan a parecerse en exceso entre sí. Quizás no sea posible hacer política sin usarlas, tan opacas como elocuentes. Quizás sea cierto que estemos abocados a otras elecciones, detrás de estas. O que, simplemente, todos estén tan contentos que no puedan contener la sonrisa.

Ver Post >
En sus pantallas
Alejandro Carantoña 07-12-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Primero, el ingeniero de las noches de España frente al televisor fue José Luis Moreno. Quizás Ramón García, o Chiquito. Murcia, qué hermosa eres. Luego, se dieron cuenta de que aquello era demasiado caro, y que podían obtenerse los mismos resultados —si no mejores— con fórmulas más simples: Gran Hermano, Operación Triunfo, algún saborcillo rosa al fondo. Más tarde vino Sálvame; y Belén Esteban, el más lucrativo invento en lo que llevamos de siglo XXI en España.

Han pasado dos décadas desde aquel momento en que se coló, entre gala y gala, un adusto cara a cara entre Felipe González y José María Aznar. Y ¿quién nos iba a decir que el señor que cantaba rancheras en la tele de al lado, ese, sí, Bertín, acabaría por entrevistar (o charlar, o merendar) con los sucesores de ambos?

A dos semanas de las elecciones generales, y con la campaña electoral empezada hace mucho tiempo, ya hemos tenido ocasión de ver a Pedro Sánchez subirse al carro de la política espectáculo para regocijo de los militantes del PP. Tan solo unos meses después de que esos mismos despedazasen a Sánchez por llamar a Jorge Javier Vázquez en directo, tuvieron que tragarse sus palabras de vuelta: Rajoy prefiere irse con Bertín Osborne a abrir mejillones y jugar al futbolín que debatir con otros candidatos —¿qué fue de UPyD?—.

El fenómeno televisivo de moda, inaugurado por Pablo Iglesias, es la política. Los todólogos de barra de bar ya no son solo un público potencial, sino un peligrosísimo público en formación construido a base de soflamas, argumentos sesgados y una falsa apariencia de debate: en realidad, lo que cambia esta nueva manera de comunicar política es una pervertida manera de hacerla, contaminándola y viciándola igual que en su día Operación Triunfo vició el mercado musical y que, poco después, los ‘megashows’ deportivos y rosas viciaron el periodismo. Ahora, ay, le ha tocado el turno a la política de altos vuelos.

Como damiselas desmayadas, casi todos los medios han salido en tromba contra esta forma de espectáculo —especialmente aquellos que se han sentido agraviados porque este o aquel candidato no llena sus cuotas de pantalla—. Y no han querido darse cuenta, hasta ahora que ya es demasiado tarde, de que son ellos quienes han alimentado esta forma pachanguera y gritona de discutir.

De todos ellos, posiblemente Rajoy haya sido el más listo y posiblemente por eso tenga tantísimas papeletas para ganar las elecciones de dentro de dos semanas: si algo hemos aprendido de los fenómenos televisivos es que atraen a un público hambriento de espectáculo y ávido de consumo gratuito, pero que a la hora de gastarse el dinero —extrapolemos: poner un papel en la urna— se vuelve reacio y tacaño.

Así, Rajoy se dosifica y juega, por desesperación o cálculo, a escapar al ruido blanco de las tertulias de sábado noche y a los debates-descuartizamiento. En su lugar prefiere subirse a bancos, patearse pueblos y comer mejillones con el cuñado de España, Bertín, en pos de proyectar una imagen de tipo atareado, tímido y cumplidor.

Sea como fuere, los programas electorales han dejado paso a los programas en hora punta. Esa, se le endilguen las siglas que se le endilguen, es la nueva manera de hacer política. O al menos, de hacer campaña. Pero ¿es la nueva manera de gobernar? Veamos: ¿Es Gran Hermano la nueva manera de relacionarse? ¿El Precio Justo de gestionar la economía? Pues eso.

Ver Post >
Comisión de agradecimiento
Alejandro Carantoña 04-02-2015 | 2:51 | 0

Gracias, muchas gracias: Mariano Rajoy, hace hoy siete días, se paseaba (virtualmente) por las casas de todos los españoles para darnos las gracias por el esfuerzo que estamos haciendo en la salida de la crisis. Por otro lado, ayer, aunque todo sea sospechosamente ambiguo y similar, Podemos y Pablo Iglesias celebraban una no-manifestación que, en el fondo, sirve según ellos mismos para dar las gracias a todas aquellas personas cuyo apoyo ha permitido erigir en tiempo récord un no-partido en la no-oposición con un no-líder como cabeza visible, que es Iglesias.

El pobre Pedro Sánchez, último en llegar a esta orgía de agradecimientos, ha hecho suya la técnica, utilizando el «gracias» indiscriminadamente y a discreción: Sánchez agradece las propuestas, agradece los apoyos y agradece la participación de los de su partido. Así, con la lección bien aprendida, tampoco hacía mucho más que dar las gracias cuando fue mediáticamente atropellado por aquella familia catalana en el programa Salvados. «No me fío de usted», decía el patriarca con el gesto torcido. «n;Gracias», respondía el otro. Gracias, muchas gracias. Siempre gracias.

Las normas de la cortesía fijan aquello de que es de bien nacidos es ser agradecidos, puro pensamiento profundo que a buen seguro habrá calado en los gabinetes de comunicación de todo el país: primero, en el caso del PP. «Y ahora, aparte de devolver la extra por fascículos a los funcionarios, bajar un 2% el IRPF y acabar alguna autopista… ¿Qué hacemos?» Dar las gracias. Estupendo. ¿Gracias de qué, por qué? ¿Gracias porque no haya habido una guerra civil en la útlima lgislatura? ¿Gracias por haber hecho lo único posible, que era aguantar el tirón? ¿Gracias por venir? ¿Gracias? ¿”Gracias”? ¿De verdad?

Sirva Rajoy como cabeza visible, por presidente. Pero nadie se debe librar del dedo acusador del maltratado español (como idioma, digo) cuando el agradecimiento ha sido sometido a semejante vapuleo: está tan generalizado, e injustificado a un tiempo, que se ha convertido en una mera coartada para la incompetencia. Hoy, ahora, se da más las gracias de lo que se pide perdón: es como si en el centenar de casos de corrupción documentados y juzgados en democracia los acusados hubiesen dicho al juez, en un trámite vergonzante —pero aséptico y pasajero—, que gracias por haberles hecho darse cuenta de su error.

Por suerte, esta semana ha ocurrido algo por lo que creo que la mayoría de los ciudadanos, contribuyentes, jóvenes y hastiados en general sí estamos íntimamente agradecidos: es el carrusel de personalidades que está desfilando por la comisión de investigación de la fortuna de Villa en Junta General del Principado. No sabemos muy bien a quién hay que darle las gracias por tan majestuoso espectáculo, porque su auténtico valor reside en el ridículo que están haciendo algunos al negar lo evidente; otros, al tratar de esquivar lo inevitable; y los últimos, y peores, al revolverse como gato panza arriba ante lo obvio.

Es posible que pocos de ellos, al igual que la mayoría de los que hoy dan las gracias puerta por puerta o manifestación por manifestación, acaben sentados ante un juez, pero al menos habrán tenido ocasión de saber lo que se siente al no poder ampararse en el mero desgaste de la lengua, en un perdón muy poco sentido o en las lágrimas de cocodrilo. En que un «gracias» no sea bastante…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de febrero de 2015.]

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.