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Periodismo

Almodóvar
Alejandro Carantoña 18-12-2016 | 4:00 | 0

Este viernes se supo que Julieta, la última película de Pedro Almodóvar, había quedado fuera de la carrera por los Oscar: resucitaron los papeles de Panamá y todo aquel guirigay; se filtraba la maldad en no pocas piezas que informaban del «fracaso».

Hace dos semanas, D.T. Max le dedicó un extenso perfil en el New Yorker al director manchego, más explicando por qué la película no arrasaría que como anticipación de un triunfo en los Oscar: el Almodóvar que aquí se pinta es bastante desconocido en España, porque por algún motivo muy difícil de entender (o no) a los periodistas del New Yorker se les brinda acceso a lugares que, hasta la fecha, pocos periodistas españoles han transitado. Incluso y sobre todo en lo tocante a nuestro propio país: por ejemplo, fue el primer medio en informar en condiciones sobre Monzer Al-Kassar, el mayor traficante de armas de la segunda mitad del siglo XX, y su detención en Marbella en 2010.

Quizás la mayor revelación de fondo sea que Almodóvar rechazó en 1992 dirigir Sister Act; la más curiosa, que Susan Sontag le riño por permitir que La flor de mi secreto se tradujese al español como Flower of My Secret («Pedro, la próxima vez que traduzcas un título, pregúntame, porque en inglés no puedes decir ‘El algo del algo’ porque no significa nada»); pero la más comprometedora, seguro, es la intimidad del director.

Max accede a casa de Almodóvar. Desliza que vive cerca de Malasaña, como cuando era joven, pero que ahora tiene chófer, asistente y cocinero. También le acompaña en su cumpleaños, en un restaurante del barrio de Salamanca, con buena parte de sus actores y actrices fetiche. También ve cómo le hacen fotos, cómo anda por la calle, su mesa de trabajo.

El perfil resultante, que crece por la cantidad de palabras de que dispone el reportero, muestra a un Almodóvar atribulado, pero entusiasmado con su trabajo. Ansioso incluso por compartirlo, pero con un amargor de fondo que le ha mantenido, en general, extraordinariamente prudente a la hora de conceder entrevistas o manifestarse públicamente: y es porque, como bien explica Max, esta vida más bien cómoda, este «aburguesamiento» (como escribe), choca con la imagen pública que supuestamente proyecta su cine.

No obstante, coloca esos ladrillos en el fondo de su retrato, y no en el primer plano. A pesar de que incluso explicita su falta de sintonía con Adriana Ugarte, coprotagonista de Julieta, y con Gael García Bernal, protagonista de La mala educación, y que incide mucho en el carácter «autoritario» que el propio cineasta se reconoce, el resultado tiene mucho más que ver con una lección de cine que con una semblanza maliciosa o cotilla del personaje en cuestión.

Dan ganas de ver sus películas, aunque sea para aborrecerlas, tras haberse colocado frente a un texto así: es esclarecedor, busca el entendimiento y la comprensión, los miedos, la angustia y, caramba, habla sobre cine antes que sobre Trueba, Cataluña, la ceja, patrimonios ocultos y habladurías varias.

Es posible que en esta dicotomía —la del respeto para con un cineasta de renombre internacional y la pura gana de enredar— estribe la explicación a muchos de nuestros vicios corrientes: Almodóvar podrá gustar más, menos, o regular, pero llama poderosamente la atención que tenga que ser un medio estadounidense quien se centre más en su cine que en su figura; en su proceso creativo que en su imagen pública. En explicar sus fracasos antes que en celebrarlos.

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De la verdad
Alejandro Carantoña 11-12-2016 | 4:00 | 0

Aún no hemos logrado entender qué y cómo pudo fallar para que fuese dada por buena la historia de Nadia, la niña con una enfermedad rara cuyos padres han estafado miles de euros en su nombre, cuando surge un nuevo misterio: de qué lugar se han escapado los periodistas que, aún hoy, justifican los deslices y desmanes profesionales de los colegas que han permitido que la historia cuajase.

El peor de los artífices originales es un conocido cronista que le dedicó una sentida y extensa pieza al caso de Nadia, haciendo dejación de funciones no ya en la inexistente comprobación de lo que le contaron, sino en el acto de hacer suyos los datos que una sola fuente, y encima interesada, le habían proporcionado. Podría haber salido a disculparse —como hizo— de haber empleado al menos las comillas, pero eso no deja de ser un tecnicismo: la cosa, cuando se está pidiendo dinero abiertamente, clama al cielo.

No es cuestión de rasgarse las vestiduras —errores cometemos todos—, sino de examinar la sintomática relación que hemos entablado con la verdad últimamente. Pareciera que la verdad, en estos tiempos de redes y prisas, requiere de un envoltorio refulgente y de una plantilla que ofrezca garantías: la verdad debe encajar en uno de los cajones que tenemos programados y acotados para «llegar al lector», para «obtener audiencia», para afianzar «la conversación», para tantos y tantos eufemismos que camuflan lo único cierto: que nos estamos acostumbrando a unas verdades de baratillo, superficiales e ilusorias.

En la introducción a sus recientes memorias, John Le Carré escribió: «Para el abogado, la verdad son los hechos sin ambages; que esos datos sean averiguables es otro asunto. Para el escritor creativo, los hechos son la materia prima —no una guía, sino un instrumento— y su trabajo consiste en hacerlos cantar. La auténtica verdad reside, si es que reside en algún sitio, no en los hechos, sino en los matices».

Esta gran reflexión resta mucho hierro al hecho de que, bajo escrutinio, esas memorias de Le Carré contengan discrepancias entre algunos pasajes y hechos contrastados en biografías: por ejemplo, Le Carré escribe que Yasir Arafat le llamaba por su nombre real (David), mientras que ha quedado acreditado que en realidad lo llamaba por su pseudónimo. Es decir, que no lo sentía con tanta familiaridad como el propio Le Carré defiende o recuerda.

En la lectura, con todo, esto importa poco: el propio autor confiesa antes de empezar su relato que está a punto de fiarse de su memoria; que lo importante no es el quién o el cuándo y, así, queda establecido el pacto. Las reglas del juego.

El miedo cerval que se ha instalado a incomodar al lector, si no la confusión directa entre la información, la opinión y la manipulación llana y simple, ha confundido las profesiones de cronista, de escritor, de redactor, de autor de ciencia ficción y de trilero sin miramientos hasta hacerlas indiscernibles a ojos de quienes leen. Uno opina, pero eso no significa que se suba a un púlpito y vomite lo que le venga en gana; uno informa, pero no significa que busque el enfoque más adecuado a la idea que se traía puesta de casa. Uno, toda vez que se ha plantado en casa de Nadia, tiene todo el derecho (y el deber) de dar media vuelta y posponer su historia si no está completamente convencido. Es decir, que Le Carré pueda mentir (o no) es una cosa, porque ha establecido un pacto atípico y valiente con su lector, un pacto abierto y sincero y que encierra más verdad que mucho de lo lanzado a las fauces de las redes sociales. Que ocurra con algo tran grave como el caso de Nadia es, en cambio, una vergüenza indefendible: el daño es enorme.

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Realidad o ficción
Alejandro Carantoña 03-07-2016 | 4:00 | 0

Se dice de Gay Talese que, a sus 84 años, sigue escribiendo reportajes en los cartones que le meten dentro de los trajes en la tintorería. Los recorta con cuidado y toma nota de todo lo que le acontece para escribir alguna cosa, como contaban con admiración, celo y orgullo quienes le entrevistaron en su última visita a España.

Fue antes de publicar su nuevo libro, que se edita la semana que viene y del que ya ha dicho que no piensa hacer promoción. Ha sido culpa de una revelación ocurrida esta semana: el libro, en el que Talese acompaña y narra las andanzas de un propietario de motel que se dedicaba a espiar a sus huéspedes, corre el riesgo de ser absolutamente falso.

Tras haber aparecido un extenso fragmento en el New Yorker, el escrutinio del libro completo ha revelado —a resultas de una investigación propia del Washington Post— que el propietario en cuestión mintió a Talese en bastantes extremos de los que aparecen relatados. Talese ha dicho, al respecto, que no debería haber creído una palabra de lo que le contó. Se apoyó en su credibilidad y, al parecer, el hombre le engañó con no se sabe qué fines. Así, toda la obra ha quedado teñida de duda.

Igual que la política ha estado tan de moda en los últimos tiempos, el periodismo y la no ficción también han gozado de salud de hierro. Es más, no son pocos los autores que han decidido abandonar por completo la creación literaria para pasarse a «lo de verdad», con resultados desiguales pero tan brillantes, a veces, como los de Javier Cercas.

Hace seis años ya que el periodista polaco Artur Domoslawski saltó a la fama por algo parecido, quizás inaugurando esta tendencia que anega las estanterías de novedades: en su biografía del eminente Ryszard Kapuscisnki demostraba que el reportero entre reporteros se había inventado diálogos enteros, en pos de una mayor eficacia narrativa pero orillando, así, el compromiso con la verdad factual que tiene la profesión. «Solo digo que hay que cambiarlo de estantería, de la no ficción a la ficción», repetía.

Al parecer Talese, la penúltima vaca sagrada del oficio de trascender las meras invenciones, acaba de ingresar en el mismo club —muy a su pesar—. Quedan huérfanos, así, los fanáticos de la exactitud de lo concreto y enemigos, o condescendientes al menos, para con el imperio del relato que transmite y transpira humanidad.

Ahora que Ramón J. Sender ha vuelto a la palestra, con la reciente reedición de La aldea del crimen, la discusión puede volver al interior de nuestras fronteras: es imposible que todo lo allí contado sea exacto, faltan fuentes y, al igual que le ocurre al no menos famoso Manuel Chaves Nogales, se intuyen ciertas licencias incompatibles con el periodismo quirúrgico, documental.

Con todo, la obra de estos cinco autores —y de otros muchísimos— tiene el valor de la verosimilitud y el poso del reflejo acerado, de la buena literatura, aunque hayan perdido la guerra de los datos. Posiblemente, esa veracidad de la que tanto se precian allende los mares y que obsesiona a cada vez más jóvenes sea sencillamente imposible: porque eso implicaría objetividad y porque la objetividad, amén de imposible, ni siquiera es sana. Anula las pulsiones, pervierte las pasiones y agua las ambiciones cuando de dar cuenta del espíritu humano se trata. Talese no pretendía más que eso con su nuevo libro, pero cometió el error de envolverlo en la fe que tenía en su fuente: ahora, que ya no queda nada —y eso que el libro ni siquiera está en las librerías— una historia insuperable ha quedado derruida.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Comunicación y Humanidades 2016] El impertinente necesario
Alejandro Carantoña 20-05-2016 | 4:00 | 0

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 20 de mayo de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Cuando la gente termina de estudiar Periodismo suele querer hacer tres cosas: presentar los deportes, firmar reportajes memorables o cubrir una guerra. Lo primero requiere cierta paciencia; lo segundo requiere bastante esfuerzo y lo tercero requiere paciencia, esfuerzo y algo de olfato para que no te maten.

El perfil impecable—bien afeitado en mitad de un genocidio—, sereno e impertinente de James Nachtwey viene a ser un faro imprescindible para cualquiera que se asome al oficio periodístico (probablemente sea uno de los más periodistas de cuantos han sido premiados con el Princesa de Comunicación y Humanidades), y también para iluminar los tiempos que corren.

Nachtwey, fotógrafo autodidacta (un detalle importantísimo entre tanta trayectoria trillada de antemano) y rodado por medio mundo, se ha definido a menudo con la misma contundencia que exhiben sus fotografías: «Hago imágenes a nivel del suelo para humanizar aquello que de otro modo no serían sino abstracciones o estadísticas», declaró en 1997. «En cierto sentido», relataba en el documental sobre su figura nominado al Oscar en 2002, «si una persona asume el riesgo de colocarse en mitad de una guerra para comunicar al mundo lo que ocurre, está tratando de negociar la paz».

Sin alharacas, define con esa sencillez la esencia de un oficio en horas bajas. La institucionalización del sensacionalismo; el hambre de vísceras sin deontología ni sentido; la carga ideológica de los conflictos globales: todos son males que aquejan a una profesión peligrosa y amenazada —los conflictos llaman hoy a nuestras puertas: ya no son guerras ajenas, hay que enfangarse en ellas—. Hacerlo desde esa perspectiva serena es un acto de valor en sí mismo.

Sin embargo, el discurso de Nachtwey encarnaría, en otras coordenadas (incluyendo las españolas) una insportable blancura, un no mojarse que no es en absoluto cierto. Ocurre, con estos gigantes, que no libran las batallas desde el partidismo, sino desde un humanismo que bien merece ser recompensado, reivindicado y, esperemos, desarrollado y patrocinado a raíz de este Premio.

El jurado le reconoce «compromiso», «lucidez» y «magisterio» en una trayectoria de tres décadas largas, revistiendo el Premio del consabido prestigio del que tanto gustan los jurados. Sin embargo en este caso, igual que en el del Princesa de las Artes de la semana pasada —otorgado a Núria Espert—, se le añaden al galardón algunas notas novedosas y de cierto riesgo: Nachtwey tendrá mucho que decir, con ocasión del Premio, sobre las diversas crisis actuales que atañen a su negociado (refugiados, terrorismo, libertad de expresión). Lo hará con una autoridad y un discurso que no son en absoluto previsibles, sino fraguados en la historia viva del mundo de los últimos cuarenta años, y que a buen seguro le aportarán altura y frescura a la mera corrección institucional. A veces, el simple chasquido de un obturador o la contundencia de una palabra certera son el mejor bálsamo entre el ruido, el humo y la convulsión.

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Paseos y preguntas
Alejandro Carantoña 11-04-2016 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

No hay periodista que se precie que no tenga ganas de un buen Watergate o de irse a una guerra. En cambio, suelen darle más pereza las tareas rutinarias y pesadas, pero que acaban por volverse imprescindibles: por ejemplo, recorrer la calle Uría de Oviedo contando hidrantes. Averiguando si funcionan, cuál es el protocolo de actuación, qué puede salir mal y qué es imposible salvo negligencia palmaria. Parece que la muerte del bombero Eloy Palacio en el incendio del jueves fue perfectamente evitable. Parece, a tenor de las informaciones que van saliendo a la luz, que es muy probable que se produjesen negligencias graves.

El periodismo sirve para plantear dudas y lanzar cuestiones, y también sirve para evitar circunstancias como estas a veces: aparte de todo lo sucedido, alguien dejó de hacerse esas preguntas; el último filtro de control sobre la realidad (que es el que ejerce el periodismo) falló. Nadie dio un paseo por la calle y se hizo la pregunta oportuna en el momento concreto; a nadie, en todos estos años, se le ocurrió plantearse: «¿Y si hubiese un incendio en la calle Uría?»

Sin embargo, en estos tiempos de pactos y ordenadores destruidos, (cierto) periodismo parece estar rabioso por haberse perdido su Watergate, su guerra, su escándalo de la década. Ese periodismo de paseos y preguntas está en horas bajas, ante el mucho más seductor periodismo de datos que empezó con Wikileaks, se hizo mayor con Falciani, maduró con Snowden y ahora envida con los papeles de Panamá, revelados hace una semana tras meses de trabajo.

El equipo ahí inmerso, en la vertiente española, lleva un año encerrado en dos sedes en polígonos industriales a las afueras de Madrid, rebuscando entre datos obtenidos de una fuente anónima y proponiéndonos historias más o menos relevantes (en España, salvo para Montoro, aún no ha aflorado ninguna auténticamente escandalosa).

Tienen el continente, y el contenido, que son datos aportados por una parte interesada (no hay filtración desinteresada) y además los van a filtrar según un criterio de «protección de la fuente» y de la «privacidad de los implicados». Es decir, este nuevo periodismo obtiene once millones de documentos de un bufete de abogados panameño por vía anónima (quizás seleccionados, por tanto); los selecciona y filtra a su vez y nos los presenta como lo último en periodismo y salud democrática.

Obviamente es un trabajo necesario, relevante, y jugoso; pero también lo es que no hay que confundir el periodismo de filtraciones —esto es, que un señor misterioso te abra conversación por Internet y te envié dos terabytes de información—, que se centra en verificar, ordenar, presentar y comunicar un material bruto de proporciones gigantescas con el periodismo, insisto, de paseo y pregunta.

Ese es el periodismo más cansado, trabajoso y por ende caro: ese es el periodismo que implica tener a redactores leyendo los boletines oficiales a diario, preguntando y recontrapreguntando en registros, almacenes y parlamentos hasta hacer saltar la liebre. Es, quizás, el periodismo menos glamuroso y «global» —no es tendencia en Twitter, no derroca gobiernos— pero es una de las formas más nobles y relevantes de información: porque es la que descubre, en un momento dado, que si se produjese un incendio en un edificio de madera de la calle Uría de Oviedo no habría fuentes de agua cerca para sofocarlo. Es un suponer, uno remoto, de eso que «nunca pasa». Que no es noticia. Que no importa. Hasta que importa demasiado.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.