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Política cultural

Variante tabacalera
Alejandro Carantoña 23-04-2017 | 4:00 | 0

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

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Por un IVA cultural del 35%
Alejandro Carantoña 26-03-2017 | 4:00 | 0

La travesía por el desierto ha terminado: cinco años después de multiplicar el IVA a la Cultura prácticamente por tres (hasta el 21%), el Gobierno ha anunciado este jueves que en 2017 lo bajará otra vez al 10%. En los presupuestos generales que verán la luz en menos de una semana ya vendrá reflejado; así como —esto aún no está confirmado— una subida en la dotación cultural.

En estos cinco años ha dado tiempo a que cayesen multitud de proyectos por la imposibilidad de absorber el pelotazo a cualquier previsión que supuso aquella subida. Los que han sobrevivido salen reforzados, y pueden celebrar, pero lo más probable es que esta reducción no se note en el bolsillo del espectador hasta que hayan recompuesto sus finanzas por completo. Y van a tardar.

La Cultura ha sido, durante estos cinco años, una vaca bastante cómoda a la que ordeñar. Ahora, se le agradecen al sector los servicios prestados con una ventaja fiscal, con algo más de dinero y con la crucial negociación de un Estatuto del Artista —que no costaba dinero, solo esfuerzo—. Cuando nuestros ojos vean todas estas contrapartidas, lo que queda de la Cultura en España estallará de júbilo, y podremos seguir con nuestras apacibles vidas de diletantismo y creación.

Sin embargo, con las ventajas van a volver también las críticas, el sambenito del privilegio y las palabras cargadas contra esta o aquella manifestación artística. En este sentido, igual que en otros muchos, casi sería más deseable que el ministro Méndez de Vigo saliese a saludar con entusiasmo no una bajada, sino una nueva subida que colocase el IVA a la Cultura en el 35%.

Bienvenido fuera el tipo impositivo más alto del mundo si con eso la Cultura se garantizase, por ejemplo, un régimen contributivo a la Seguridad Social y a Hacienda ajustado a los ingresos, respetuoso con los meses valle de cualquier ejercicio creativo, si con ello los escritores pasasen a existir en el repertorio de actividades económicas del Ministerio de Hacienda y si así quedasen cubiertas las bajas laborales del mundo de la danza. Ojalá un IVA del 35% reinvertido en parte en facilitar la educación cultural desde Primaria, y no solo en cosméticas salidas del aula y hueros programas de acercamiento; ojalá, si los conservatorios fueran templos con las ventanas abiertas de par en par y fábricas de excelencia.

Con qué gusto se recibiría el sablazo si eso garantizase, por tanto, que iba a haber público en cantidades industriales y que las artes y oficios afines podrían ser una carrera académica y profesional como cualquier otra. Que subiese el IVA al 40% si con ello se barriera la casa, escampasen las injerencias y el futuro se abriese.

En lugar de todo eso, el IVA vuelve prácticamente a su cauce previo crisis, y la Cultura respira aliviada. Podemos volver a ser quienes éramos antes porque esto no ha sido nada más que un mal sueño, un dardo lanzado por Cristóbal Montoro que ahora alguien nos quita de la espalda. El mundo se equivocaba y nosotros, artistas, teníamos razón: si esta idea cala, corremos el riesgo de volver atrás con todo lo bueno que había; también con todo lo malo. Ojalá no tenga que subir el IVA otra vez, más incluso, para que entendamos la importancia de la lección que nos han dado estos años: que toda prudencia es poca; que toda osadía es riesgo; que no hay en quien confiar; y, sobre todo, que si se quiere que esto no vuelva a ocurrir no se puede esperar al siguiente susto para cambiar.

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Los misterios de Laboral
Alejandro Carantoña 24-03-2017 | 1:28 | 0

Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.

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El pentágono
Alejandro Carantoña 26-02-2017 | 4:00 | 0

Circula, con motivo de la feria de arte contemporáneo ARCO que estos días se celebra en Madrid, una nota que reza en su encabezado: «El Pentágono del Arte», con todas esas mayúsculas. El documento nos informa de que la viceconsejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias promovió, hace exactamente un año, la creación de una «comisión de coordinación de equipamientos artísticos del Principado de Asturias», que lleva desde entonces reuniéndose mensualmente «para tratar problemáticas comunes y promover proyectos conjuntos».

Concita, aprendemos, al propio viceconsejero y a los responsables de los cinco equipamientos artísticos que dependen «directamente o principalmente del gobierno autonómico», esto es, el Museo de Bellas Artes, la Sala Borrón, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer. Se celebra en ARCO, así, el primer cumpleaños de esta comisión, que por otro lado lleva doce meses trabajando en una aparente clandestinidad: tirando de hemeroteca, la última referencia a su existencia data del 18 de febrero de 2016, al día siguiente de su reunión inaugural.

A partir de entonces, la nada: buscando en Internet primero y en la web del Principado después no aparecen documentos, conclusiones, fotografías, informes, actas, nada que deje rastro de los furtivos encuentros del flamante pentágono. La siguiente noticia es esta: que están en ARCO, hombro con hombro. Por lo demás, se sabe que los centros hablan entre sí (fantásticas noticias), que han coproducido o se han prestado o se han rotado algunas piezas y que en otoño de 2016 se promovió una suerte de intercambio de artistas jóvenes con la Comunidad de Madrid. Es decir, lo habitual. El resto es un misterio.

Tanto la nota como la comisión en sí —que aparentemente no tiene forma o entidad jurídica o administrativa— lo aguantan todo sobre el papel, pero se antojan más bien envoltorios refulgentes y cosméticos para los cometidos habituales de cualquier consejería. Porque ¿cuál es la diferencia de estos cónclaves de aires ministeriales con respecto a las reuniones corrientes y molientes, rutinarias, que se presuponen al día a día del gobierno? ¿Qué es el «Pentágono del Arte» sino un nombre aparente? ¿Una marca sin logo? ¿Un comité sin oficina? ¿Una oficina sin dotación? ¿Una constatación geométrica?

La redacción de la nota resulta aún más elocuente en su retorcida y catastrófica versión inglesa (¿quién la ha traducido?), en la que se informa de que la creación de la comisión procede directamente del «Viceministerio de Cultura y Deporte», así tal cual, sin aludir a su carácter autonómico. Aunque sea por error, es significativo del panorama artificial que trata de venderse.

La oposición no ha tardado en criticar a la viceconsejería por todo esto, pero no le ha quedado más remedio que hacerlo con la boca pequeña. Porque nadie en Asturias está libre de este vicio de inflar las expectativas y lustrar las vergüenzas para, toda vez que se le critica, esgrimir recortes, conspiraciones, ataques, partidismos y oscuros intereses: flaco favor nos estamos haciendo al ponerle nombres largos y abstrusos a una mera reunión; al regodearnos en lo nominal sin entrar a fondo en el fondo; al insistir en que hay un plan y en que todo está medido cuando la improvisación es la reina.

Es evidente que las intenciones son las mejores pero, por desgracia, en un sitio como ARCO las intenciones no son lo que cuenta. Cuentan la solvencia, la entidad, la garra, el colmillo incluso. Lo demás puede que tenga algún valor intramuros, que suponga un consuelo para algunos. Pero, a efectos prácticos, no sirve para nada más.

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Menos es más
Alejandro Carantoña 20-02-2017 | 11:18 | 0

Entre vientos racheados de desmanes culturales y con riesgo de precipitaciones sobre alguna que otra infraestructura transatlántica, celebremos que escampe un poco: Este viernes terminó la vigésimo sexta edición de FETEN con récord de espectadores, cobertura mediática nacional y —todo sea dicho— una presencia de cartelería por Gijón algo más escasa que en ediciones anteriores. Pero de récord a fin de cuentas, con un nivel que supera con creces el mero divertimento infantil.

Coincide con el fin de semana en que la compañía Cheek by Jowl llenó de Shakespeare Avilés y con unas Golondrinas, de Usandizaga, que han colmado de gran ópera española el Teatro Campoamor de Oviedo. Por seguir con la racha, además, hace un par de semanas el consistorio carabayón presentaba otra envidiable iniciativa: el Teatro Filarmónica servirá, los jueves y domingos, de cine (comercial, incluso), en una oferta que se promete popular y apetecible.

Sin echar aún las campanas al vuelo, conviene aprovechar semanas como esta —en las que todo funciona, la contraprogramación entre ciudades se atenúa y la oferta atrae— para preguntarnos merced a qué milagro se ha conseguido este equilibrio, esta oferta suculenta y suficiente. La primera razón estriba, probablemente, en que estemos en temporada baja. Paradójicamente, con todos los ayuntamientos volcados en los próximos carnavales o con el ojo ya puesto en montar el enésimo festival veraniego, las semanas grises nos brindan programaciones igualmente aseadas, pero asequibles en cuanto a agenda y atractivas, gustosas. Es casi todo lo que se puede pedir. Y aún podría ser mejor: imaginemos que, al término, tuviéramos en las tres grandes ciudades sendas salas de conciertos en las que elegir un grupo, tomarnos una cerveza y comentar lo recién visto con un concierto de fondo. Con una coordinación de ordenanzas municipales, una negociación pausada, una reflexión adecuada y una obsesión algo menos acentuada por las jornadas gastronómicas de todo pelaje y condición se podría hacer. Como hace no tanto. Simplemente, con aflojar la presión y ordenar el tráfico, la oferta cultural privada estallaría por las costuras y nos saldría por las orejas. Ni siquiera tendrían que hacer nada. Solo enunciar, pensar, definir qué tenemos y qué pretendemos tener y dejar a quienes aguardan en toriles que hicieran lo suyo.

Justo en este punto se cruzan las malas noticias: una tendencia nada encubierta de amplificar, de festejar, de recrearse en nuestros presuntos grandes activos (léanse las infraestructuras transatlánticas, lo grandón) orillando la más pura esencia. Esa esencia es la que se decanta en los meses valle: en estos, en semanas parecidas a la que acabamos de dejar atrás, es cuando se nos ofrecen los espectáculos más sorprendentes, los conciertos más inopinados y cuando se descubren más cosas. También con algún que otro atracón puntual, pero mirando hacia afuera, hacia arriba y hacia delante.

Luego (parece que así volverá a ser en 2017) llega el verano, o la Semana Santa, o las Navidades. En ese momento, las miradas se vuelven hacia adentro, hacia abajo y hacia atrás: es cuando, salvo honrosísimas excepciones, se programa como pensando únicamente en señalar las grandezas, en apuntalar que «no hay nada que envidiar» a nadie, en las toneladas de pólvora quemada bajo un manto de niebla.

No se nos olvide que eso arde rápido y quema poco. Lo memorable, normalmente, se esconde en lugares insospechados y en citas indescifrables, a las que alguien con criterio nos invita a acudir. Es justo eso —no hace falta liarse con eventos enormes—, una voz clara y un criterio unívoco, todo lo que hace falta. Menos es más: con escuchar y dejar hacer, a veces, basta.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.