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Política

Levy y los líos
Alejandro Carantoña 13-08-2017 | 7:00 | 0

Alguien que sabe de lo que habla dijo una vez con ironía que, en lo respectivo a cultura, prefería mil veces un Gobierno de derechas que uno de izquierdas. Según su razonamiento, era posible que a la derecha le importase menos la Cultura y más las materias «serias», pero que precisamente por eso se entrometía mucho menos en los actos de creación.

A la izquierda le atribuía un mayor interés y más dotación presupuestaria, pero también y por ese motivo un intervencionismo extremo y perjudicial.
Dijo todo esto en voz muy baja y dejó claro que era mejor no repetirlo, seguramente consciente como era de que se trata de una generalización de trazo grueso y consecuencias imprevisibles. Esta conversación se produjo hace años, cuando la cultura ya se estaba convirtiendo en un ring de límites definidos y en un terreno de juego político evidente, claro. Cuando en las secciones de Cultura de los periódicos ya se iba dejando de hablar, paulatinamente, de los lanzamientos y novedades por su calidad y se guardaba la política para la sección del ramo. Cuando se empezaron a preñar de ideología y de cargas de profundidad las reseñas y la música ya necesitaba manual de instrucciones, que es justo en lo que ahora andamos.

La cuestión es que en las últimas dos semanas, en la revista literaria Zenda han aparecido sendas entrevistas a Eduardo Madina, ex socialista desde unos días antes, y a Andrea Levy, del Partido Popular. Hablaban sobre libros y literatura con ese tono distendido que es habitual en los políticos que no sean Mariano Rajoy (envarado e incómodo en estas lides). Madina no decía demasiado, no había revelaciones más allá de que empezó leyendo a Roald Dahl y que Cortázar le gusta mucho. Hasta cierto punto, esa entrevista pasó desapercibida.

Una semana después le tocó el turno a Levy. Aquí se le ocurrió decir que Lorca la había hecho revolucionaria, literalmente, y a partir de ese punto la cosa se desmadró. La llamaron de todo, pero sobre todo caló el mensaje de que alguien del PP no podía leer a Lorca, mucho menos admirarlo y, evidentemente, carecía de la potestad para sentirse así ante sus escritos. Huelga decir que poco se habló del resto de autores, entre los cuales se encontraba John Fante, un tipo fascinante y aún no lo suficientemente leído en España.

Todo esto lo dejó dicho en una finísima columna Alberto Olmos al poco tiempo, mientras que en algún recóndito lugar de las ideologías torcidas se afilaban los cuchillos para contraatacar con otra polémica estival. Esta vez, el titular era que el Instituto Vasco de la Mujer quería prohibir ciertas canciones machistas: en apariencia, un buen chorro de gasolina a la hoguera de las ideologizaciones interesadas.

Al cabo, se descubrió que lo único que había hecho el Instituto era una lista en Spotify de canciones recomendadas: ni rastro de torvas intenciones. Sin embargo, ya había nacido una ocasión demasiado jugosa como para dejarla pasar, para asignarles planes de dominación mundial y así cimentar este ambiente de paranoia cultural.

La cuestión es que aquella frivolidad sobre las izquierdas, las derechas y la cultura ha ido adquiriendo un nuevo sentido: casi seguro que de ser un tuit se tomaría demasiado en serio e incluso le podría servir hoy de base a algún ocioso para una teoría más amplia, a una que explique quiénes somos, qué hacemos, sentimos y pretendemos por el simple y otrora inocente acto de consumir lecturas, películas, discos y obras de teatro. Incluso, qué osadía, por que nos gusten o conmuevan antes de pasarles varios algodones ideológicos. ¿Estamos en guerra?

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Dudamel de perfil
Alejandro Carantoña 07-05-2017 | 3:22 | 0

Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.

El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.

A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.

Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.

Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.

Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»

Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.

Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.

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Variante tabacalera
Alejandro Carantoña 23-04-2017 | 4:00 | 0

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

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We are screwed
Alejandro Carantoña 09-11-2016 | 3:03 | 0

En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.

En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.

Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.

Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.

No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.

Pobres los que van a sufrir las consecuencias.

Pobre Estados Unidos.

No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.

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Cervantes en la ruina
Alejandro Carantoña 09-10-2016 | 4:00 | 0

Tiene gracia que, justo en el cuarto centenario de Miguel de Cervantes, sea probable que no se falle el premio que lleva su nombre. Sería la primera vez en sus cuarenta años de historia que ocurre. Ni ese, ni el resto de Premios Nacionales: según el Ministerio de Hacienda, porque al de Cultura se le ha olvidado solicitar los fondos; según el de Cultura, porque esto nunca ha hecho falta y hay mala fe por parte de Montoro y sus secuaces.

En realidad, poco importa: nadie se va a enterar. Esta semana, también se ha publicado el último barómetro del CIS, que revelaba que a un 42% de españoles no le gusta leer. El 36 % no lo hace nunca o casi nunca. Así que ¿qué más dará que no se entreguen los premios a la Cultura más prestigiosos del país si nadie los va a consumir?

Ocurre con estas pequeñas rencillas —que han ido creciendo en intensidad a medida que crecía la incertidumbre en el seno del Gobierno en (eternas) funciones— que despojan a la Administración, al Estado y al Gobierno de cualquier clase de autoridad, ya mermada de por sí, en la cosa lectora y cultural. Es absolutamente imposible que se promueva el consumo de lo uno y de lo otro, que está por los suelos, si no es posible ofrecer una imagen monolítica, firme y autorizada sobre la relevancia que tienen los museos, teatros y librerías en nuestro día a día. Esa imagen nunca va a terminar de cuajar cuando el premio más importante de las letras españolas anda pendiente de un quítame allá ese burofax.

Por completar el panorama, a mediados de la última semana de septiembre nos llegaba otro titular no menos interesante: la mitad de los actores profesionales de España cobra menos de 3.000 euros al año por su trabajo; y solo un 8,17% vive de él —entendiendo por «vivir de él» cobrar 12.000 o más euros al año—. Estos, que tampoco son forzosamente la «gauche divine» que se deja ver por los sitios de moda de Madrid y Barcelona, viven sumidos en un vacío de atención tremendo, que es directamente proporcional a la que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el de Hacienda le dispensan a sus respectivos gremios y el asco que la Seguridad Social —de esto hace bien poco— les profesa a artistas jubilados o en vías de hacerlo.

Posiblemente no valga la pena siquiera preguntarse quién tiene la culpa. Cómo es posible que no uno, sino dos ministerios, con sus sedes, sus secretarías, sus boes y sus alarmas en el móvil hayan podido incurrir en semejante error. No pocos querrán achacar todo lo anterior a un Gobierno concreto o a un partido en particular, pero lo peor de todo es que la respuesta ni siquiera reside ahí: lo peor de todo es que, de momento, solo caben dos opciones posibles cuando hablamos de gestión y fomento de la cultura. Primera: recorte y orillamiento, porque no es algo ni importante, ni estratégico, ni crucial, aunque sí bastante decorativo. Segunda: ministerios solo para cultura, con profusión de altos cargos para llevar con mano firme el timón de las artes y alimentar el espíritu de toda una nación.

Ni la una ni la otra, que se acaban ensimismando ora en pequeñeces administrativas, ora en elevados debates sobre el devenir de la narrativa mundial, poseen la respuesta. Todo debería ser más tranquilo, más sencillo y por supuesto, más natural: que siquiera se siembre la duda sobre la posibilidad de que no haya Cervantes ya supone un daño irreparable.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.