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Premios Líricos Teatro Campoamor

El año del suspense
Alejandro Carantoña 02-01-2017 | 4:00 | 0

Unos meses antes de que empezase un 2016 alternativo ya habríamos oído tambores lejanos de un posible relevo en la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón, más o menos al término de la edición de 2015. Luego, ya en primavera, se habrían filtrado prudentemente nombres, habrían trascendido negociaciones y se habrían sometido a la opinión pública las candidaturas. Poco a poco, deslizándonos ya hacia el nuevo festival, se habría consolidado una de las posibilidades. Nacho Carballo, el aún director, habría rehusado hacer comentarios al principio; luego, toda vez que hubiese tomado cuerpo el relevo, se habría puesto a disposición del nuevo equipo y se habría publicado una cordial foto en la sede del Festival de la nueva dirección con la anterior, estrechándose la mano, entregándose carteras o rollos de celuloide o lo que quiera que se intercambie en estos casos, deseándose suerte.

Simultáneamente, durante esos meses del 2016 alternativo, en el Ayuntamiento de Oviedo se habría ido instalando la idea de que no habría Premios Líricos Teatro Campoamor en 2017; que quizás los Princesa encontrarían una reducción en su asignación presupuestaria y, al fin, que el pago de las subvenciones del corriente se retrasarían, dados los vaivenes en las arcas municipales. Esto hubiera ocurrido en julio, a pesar del ruido de las elecciones generales, porque Oviedo hubiera sido lo primero, lo más importante.

Por último, y a pesar de los conflictos, Laboral Centro de Arte habría iniciado 2016 con una nueva cabeza visible, transcurridos once meses desde la destitución de su anterior director, Óscar Abril. La paz habría vuelto, hasta el extremo de que quizás (y solo quizás) la institución hubiera desempeñado algún rol relevante, taimado y colaborador en la configuración de un plan para Tabacalera.

Pero esto ocurrió en un 2016 paralelo, no en el año del suspense: ya nos hemos plantado en 2017 y el Festival de Cine de Gijón sigue sin director —aunque ya sabemos, desde hace una semana, que seguro, seguro, seguro hablará inglés a las mil maravillas—; el Ayuntamiento de Oviedo cambió de parecer hasta en tres ocasiones sobre los diversos Premios de la ciudad, y aún esperó al viernes pasado para abonar la subvención a la Fundación Princesa; Laboral no encontró dirección casi hasta verano (año y medio de desgobierno); y Tabacalera ahí sigue, como gigante dormido que da sombra a la plaza del Lavaderu.

Parecía, hace un año, que todo lo ocurrido en consistorios, plazas y urnas iba a conllevar una mejora o al menos un cambio de rumbo. Era lo que sabíamos, el propósito con el que entramos en 2016. En lugar de eso, los últimos doce meses han tornado en algo catártico, apresurado, improvisado y lamentablemente paralizado en casi todos los estamentos. El volumen de ruido desarrollado y la demostración fehaciente de lo que cuesta ponerse de acuerdo se escenificó en una aprobación generalizada de presupuestos in extremis, la vocación de sobrevivir (y nada más que eso) hasta que escampara en 2017 y una movilización voluntariosa aunque deslavazada de plataformas y asociaciones. La Administración, en bloque, no ha movido un dedo: ni por el más cercano de sus equipamientos ni por Cervantes o Buero Vallejo.

Se ha dejado todo al azar y, así, ha quedado demostrado que con las arcas en mejor estado y los gobiernos en mayoría suficiente no es que las cosas se hicieran mejor, sino que era más fácil salvar los trastos y guardar las apariencias. La lección aprendida, el propósito pendiente, es que no se vuelva a repetir este zarandeo. Que 2017 sea un año, al menos, de certezas.

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Fundido a negro
Alejandro Carantoña 27-11-2016 | 4:00 | 0

Poco importan las siglas políticas cuando la armonía es total: si bien el lunes pasado se certificaba la defunción de los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, sobre los que ya está todo dicho, este jueves se rubricaba en la otra punta de España otro desmán en la misma línea, aunque peor: el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera echará el cierre definitivo el 31 de diciembre, por mor de la no aprobación del presupuesto municipal. Veintisiete trabajadores a la calle y una temporada (modesta, pero temporada) de ópera menos. En Oviedo, la refrescante y horizontalizante iniciativa que democratizará la cultura local se debe al empeño de Somos y al silencio conveniente de PSOE e Izquierda Unida; allá, han sido los votos en contra de Ganemos y del PP al presupuesto municipal los que han refrendado el cerrojazo: las siglas, de nuevo, no importan. La armonía es total.

Así que, por lo pronto, los vientos de cambio que soplan acá y allá solo están sirviendo para que se multipliquen cierres y mermas, bajo toda clase de pretextos. Y vendrán más, seguro, en cuanto tengan que aprobarse unos Presupuestos Generales del Estado que ya se antojan imposibles: en la variedad está el gusto; en el debate, el enriquecimiento; y en esta cosa que se practica últimamente en el ruedo español, la catástrofe. Estas corporaciones de siete cabezas ya deberían tener claro que nuestras arcas públicas tienen mucha menos resistencia a las tomatinas constantes que a una ópera de Bellini.

Antes del «fin del bipartidismo» al Congreso se iba a quejarse y al Ayuntamiento, a empadronarse. Ahora, que se supone que iban a servir de algo más, se han convertido en núcleos de metapolítica, en los que se habla del quién, del cómo y del porqué, pero no se tratan los asuntos en cuestión. Todo esto desemboca en la inoperancia total a la hora de tomar decisiones, en una parálisis que tiene (mucha) pinta de ir a ser bastante más dolorosa que la peor de las crisis y en daños irreparables por la palmaria falta de agilidad y eficacia.

La epítome de esta deriva se produjo el miércoles. Es sintomático del momento en el que estamos que, nada más conocer la noticia del fallecimiento de Rita Barberá, muchos eligiésemos declarar un «black miércoles» de redes sociales y un periodo de ayuno informativo de al menos 24 horas. En efecto, el brevísimo garbeo por el patio a eso de las ocho de la tarde reveló derroches de odio de lado a lado de la trinchera y un debate, que llega hasta hoy, sobre minutos de silencio y culpables y formas. Sobre el fondo —si es que hay fondo en un infarto fulminante— ni una palabra.

Cualquiera con un mínimo de experiencia puede, llegados a este punto, adivinar por dónde van a ir las reacciones a esta o aquella noticia, que ya sin excepción estará sometida al imperio de lo superficial, de lo inmediato. Lejos de hablar más, gritamos más fuerte, y lo que a priori hubiera podido ser un debate fructífero acaba por producir más y más silencio. El resto, se deshecha: quizás la noticia de este viernes —en las páginas de Cultura al menos— hubiese sido que Paul Auster saca nueva novela el año que viene. En cambio, andamos enmarañados en el legado de Roberto Bolaño y en la construcción de un peloteo improductivo sobre adscripciones, afiliaciones y preferencias del universo juntaletras. Y entonces dejamos de entrar al trapo, nos retiramos con prudencia al ver los debates encenderse, lo dejamos estar. Es o eso o consagrar nuestras vidas a tener opinión sobre todo, a ser actores, a cargar de significado hasta unas rebajas de viernes. Ya no hay refugio para el silencio.

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En defensa de los Premios Líricos
Alejandro Carantoña 17-11-2016 | 2:00 | 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.