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Premios Princesa de Asturias 2016

[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2016] Un servicio público
Alejandro Carantoña 07-09-2016 | 8:00 | 0


Cuando hace cuatro años los Bancos de Alimentos recibieron el Premio Príncipe de la Concordia se esforzaron en dejar muy clara una idea: ellos ayudan a la gente, no hacen política. Venía esto al hilo de que, en plena cresta de la crisis y con la mayoría del PP recién instalada, resultaba muy goloso conseguir que la organización emitiese algún titular en torno al latigazo de los recortes a los más desfavorecidos. No lo hicieron, por una sencilla razón explicitada por ellos mismos en la semana de la ceremonia de entrega: el objetivo tan solo era conseguir sumar. No querían pisar ningún callo.

Con Aldeas Infantiles, a la que ayer se otorgó el Premio Princesa de la Concordia 2016, posiblemente ocurra algo similar. El jurado ha tenido a bien otorgar el galardón a la matriz internacional, y no a la asociación española. En caso de que hubiera sido así, el foco podría desplazarse hacia un lugar bastante más espinoso que la pura celebración de la solidaridad: en España, Aldeas Infantiles es, en gran medida, un servicio público externalizado.

Presente en siete comunidades autónomas (entre las cuales no se encuentra Asturias), la organización cuenta con ocho «aldeas», esto es, enclaves en los que se crean entornos familiares para niños que, por cualquier motivo, carecen de ellos. Lo hacen siguiendo una serie de principios fundacionales y comunes a todas las Aldeas del mundo, pero lo hacen, también, siguiendo una mecánica muy particular: Aldeas Infantiles no elige a los niños a los que ayuda, sino que provienen derivados de los organismos públicos del lugar en el que trabajan. Así, como explican en su página web, son los servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente los que detentan la tutela de los niños, mientras que Aldeas Infantiles asume la guardia y custodia.

Esto se concreta en que la organización tiene suscritos los respectivos convenios, según los cuales el gobierno autonómico paga una cantidad determinada a cambio del «servicio» que prestan las Aldeas. De este dinero, la organización destina un 76% a su actividad directa, un 5% a su administración y el 19% restante a captación de fondos, socios, voluntarios, etc.

Es decir, la labor que aquí se premia es una espinosa, valiente y de especial relevancia en los tiempos en que vivimos —tal y como destaca el jurado—, dada la importancia del cuidado de los niños en situaciones de conflicto, catástrofe o crisis. El hecho, con todo, es que en España estas acciones se concretan tras el paso por el filtro de lo público, después de que la Administración haya priorizado y derivado a quienes más lo necesitan hacia la organización que mejor pueda atenderlos.

Igual que ocurre con otras muchas asociaciones que trabajan con otros muchos colectivos, hay que advertir (y aplaudir) el valor que tiene un trabajo en apariencia independiente y privado, pero que viene a cubrir las necesidades que el sistema no puede, no quiere o no sabe soportar. El debate está servido y, esperemos, avivado con este galardón.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2016] Poco cambio
Alejandro Carantoña 23-06-2016 | 11:21 | 0

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Hay que tener en cuenta que cuando se celebró la cumbre de Rio, también se celebraba la Expo en Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona. De aquello se van a cumplir 25 años en 2017. En todo este tiempo han ocurrido algunos de los acontecimientos más significativos de todos los tiempos, pero también fracasos palmarios que algunos se han empeñado en vestir de éxitos: la lucha contra el cambio climático es, probablemente, el principal de esos fracasos.

Estados Unidos es el país que más contradicciones internas ha sufrido: la lista de científicos que se han posicionado a favor y en contra de los dictámenes del IPCC (el grupo científico de la ONU de lucha contra el cambio climático) es interminable, y el grado de encarnizamiento en el debate es altísimo. Francia no ha sido menos: el ex ministro Claude Allègre es uno de los mayores azotes que existen contra el IPCC y la bienintencionada lucha contra el cambio climático. Sus argumentos son, como poco, peregrinos (que la subida del nivel de los océanos es una estupidez porque cuando se disuelve un hielo en un vaso de agua el nivel de este no sube, sino que se mantiene, le leí en un librito).

Los Premios Princesa, con todo, han decidido premiar a la ONU por haber logrado parir, a finales del año pasado, un acuerdo vinculante entre naciones para ponerle freno al cambio climático. Este es el motivo de celebración, pero uno de trayectoria excesiva: si se escruta con algo más de detenimiento qué hay detrás de los acuerdos y las biografías, resulta que apenas se ha conseguido cimentar el principio de un camino que debería haberse emprendido hace décadas. Y, sin embargo, es ahora cuando los mecanismos sancionadores y financieros empiezan a dar sus frutos en el caso de las grandes naciones y las buenas intenciones, a transformarse en hechos.

La imposibilidad que todos han exhibido para ponerse de acuerdo en nada, y menos aún en lo importante, convierte a la convención de la ONU y a los acuerdos de París en un motivo de celebración, pero no de orgullo: este es solo el foro de encuentro, el lugar en el que se entrechocan las espadas sin llegar a ninguna parte. Quizás, quien merecía más aplauso y menos cordialidad institucional es alguna de las figuras en la sombra que han posibilitado este paso, y no tanto la recua de naciones y de equipos negociadores que llevan poniéndose la zancadilla tanto tiempo.

No obstante, este Premio podría y debería servir para despojar a la lucha contra el cambio climático de todas sus implicaciones políticas, sociales, culturales e incluso de tendencias —se pone de moda, de cuando en cuando—, para auparla al lugar que siempre debió ocupar.

El debate es global y el reto, magnífico. Por eso no se puede tratar con cargas de ninguna clase. Por eso, también, ha interesado que hasta ahora hubiese poco cambio.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016] A la americana
Alejandro Carantoña 16-06-2016 | 11:14 | 0

 

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Más o menos cada cuatro años desde que empezó este siglo, los Premios Princesa de las Letras lo vuelven a intentar: dar con la gran novela americana, con la voz unívoca y única que, desde esa tradición cada vez más arraigada, explica nuestro mundo. Siempre con el mismo patrón, ese que rige el canon narrativo anglosajón desde mediados del siglo pasado y que pretende consolidarlo en el mundo entero: historias pequeñas pero extensas, amplias pero concretas, minuciosas pero grandiosas.

Así empezó todo, con el Premio a Arthur Miller en 2002. Luego, han ido desfilando Susan Sontag (2003), Paul Auster (2006), Margaret Atwood (2008), Philip Roth (2012) y, ahora, Richard Ford. Por el camino, el jurado ha orbitado en torno a cierta manera de mirar: es el caso de Muñoz Molina, de John Banville o de Amin Maalouf, que guardan más parentesco literario del que a priori se podría suponer.

Ford es, por su lado, un heredero del «realismo sucio» que se revuelve como gato panza arriba contra la etiqueta, y hace bien: desde que hace justo ahora cuarenta años debutase como escritor (a los treinta y dos de edad), se ha ido consolidando al otro lado del Atlántico una literatura que bebe, como hizo Ford, del costumbrismo bien entendido, expansivo y grande. Hunde sus raíces en John Fante, al que siempre se le cuelga el sambenito de padre del «realismo sucio» por haber apadrinado literariamente a Charles Bukowski, cuando es, en cambio, un narrador tierno y emotivo y sin querencia alguna por la sordidez gratuita. Ford también puede servir de antecedente a otros autores mucho más pretenciosos y obsesivos, como Jonathan Franzen: su manera de explicar el mundo a través de realidades muy concretas entronca directamente con esta nueva hornada de autores.

Sin embargo, los Premios de las Letras no siempre tuvieron la mirada tan clavada en esta manera de escribir, y de entender la literatura. Hubo un tiempo, desde la institución de los galardones en 1981 hasta el fin de siglo (1999), en que nunca se le otorgó el de las Letras a ningún autor que no escribiese en lengua española. El primero fue Günter Grass, que es a su vez el primero y único de acervo lingüístico y literario netamente alemán que ha recibido el Premio.

Desde entonces, solo algunas concesiones, como Leonardo Padura en la edición anterior, han compensado la preponderancia de una mirada de calidad, precisión y relevancia, pero necesariamente ajena a la tradición latinoamericana que, al parecer, ya apenas se ocupa de premiar el Cervantes.

Richard Ford es un autor monumental, sin duda de lo más premiable, pero cuyo encuadre dentro de literaria universal de nuestro tiempo es mucho más difícil de comprender que en los casos de Philip Roth, de Amin Maalouf, de Miguel Delibes o de Franisco Umbral, por decir solo algunos nombres.

Hay, en España y en Latinoamérica, una necesidad de cimentar las voces para el siglo que entra. Esto es responsabilidad de los lectores, pero también de los premiadores: sin eso, nos vamos a quedar sin clásicos.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2016] En conjunto
Alejandro Carantoña 09-06-2016 | 4:00 | 0

 

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 9 de junio  de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

 

 

Treinta señores de cien kilos son difíciles de ubicar en un escenario como el del Campoamor: quizás, por eso, el jurado del Premio Princesa de los Deportes haya preferido elegir solo a uno que en fuerza, potencia y determinación parece contenerlos a todos. Y que, encima, es español. Se trata del triatleta Javier Gómez Noya, que ayer se impuso a la selección neozelandesa de rugby y a otras dieciocho candidaturas y que, por tanto, rubricó el carácter eminentemente patrio que tiene este galardón.

Con este fallo el jurado, no sin polémica, ha preferido en exactamente el 50% de los 30 casos candidaturas españolas sobre otras, extranjeras. Quizás porque somos los mejores del mundo —o lo hemos sido— en disciplinas varias, o quizás porque el lobby deportivo es mucho más poderoso que cualquier otro.

Pero seguramente sea porque Gómez Noya es uno de los personajes más premiables del panorama actual, preñado por lo demás de campañas publicitarias y distracciones diversas (¿o acaso, de haber estado más cuajada la afición al rugby en nuestro país no hubiéramos tenido haka en el campo San Francisco?). Noya, por su lado empezó peleando por el mero hecho de poder competir debido a las discrepancias médicas sobre su anomalía cardíaca y ha acabado siendo el máximo exponente del triatlón mundial, sin grandes alharacas. Hasta esta, y bien merecida, por todos aquellos olvidados o rotos en la durísima vida del deportista de élite en España.

Su premio también supone, en alguna medida, un reconocimiento a la mesura y al conjunto, tan poco de moda: al tiempo que su disciplina, el triatlón, se convertía en deporte olímpico en el año 2000, los Premios Príncipe ensalzaban la figura de un perfil excesivo, casi imposible, como era el de Lance Armstrong (que, por cierto, no acudió a Oviedo a por su escultura de Miró). Es decir, por una vez se ha orillado el carácter hipermediático de este premio (Selección Española de Fútbol, hermanos Gasol, etcétera) para otorgarlo a un perfil discreto pero rompedor, potente pero equilibrado.

Ojalá, si no es mucho desear, se diesen las condiciones oportunas para que el resto de categorías más individuales, o ad hominem (Artes, Letras, Ciencias Sociales…) tuviesen en su palmarés a más españoles. A los deportistas hay que premiarlos deprisa, antes de que se retiren, y con la ventaja que aporta la objetividad de los campeonatos ganados; pero en el resto de casos, la cosa se complica y exige de baremos mucho más flexibles.

Es entonces, cuando no queda otra más que asirse a las largas trayectorias o al prestigio internacional, cuando los jurados empiezan a mirar allende nuestras fronteras y terminan por premiar talentos indudables, pero que no necesariamente rebasan a los nuestros. El de Deportes, sin embargo, no necesita más que del fulgurante palmarés patrio para justificarse: ojalá más como Noya en más disciplinas, que inspiren e infundan en otros campos lo que él ha provocado en el triatlón.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Investigación Científica y Técnica 2016] Más que Roma
Alejandro Carantoña 02-06-2016 | 4:00 | 0

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 2 de junio  de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Hace dos años, Hugh Herr se preguntaba «cómo puede ser que los zapatos nos sigan causando ampollas». Lo hacía en una charla, encaramado a sus piernas biónicas: treinta años antes había perdido las suyas. Las biológicas (porque distingue, en todas sus intervenciones, entre los componentes biológicos y los biónicos de un cuerpo, como si todo fuera uno).

Quizás su metálico y mecánico tren inferior y su trayectoria, nacida de un consabido accidente de escalada a muy corta edad, hayan sido el principal sustento del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de 2016. Pero Hugh Herr va bastante más allá de la discapacidad y plantea, a través de sus hallazgos, un futuro que no es fácil adivinar si sabremos digerir adecuadamente. Porque es un futuro luminoso pero que, en las manos equivocadas, puede volverse en contra demasiado deprisa.

Aquello de las ampollas es parte del trabajo que desarrolla su grupo en el MIT. No deja de ser una contribución a un mundo algo más confortable, una pequeña parte del total: cuando sigue desarrollando ideas, aparece el exoesqueleto. Concretamente, artilugios prodigiosos que unidos al cuerpo (biológico) de personas sanas pueden llegar a hacer que las piernas no experimenten cansancio al caminar o al correr, y que el consumo metabólico se reduzca considerablemente. Eso ya existe, ya está pasando: no quedan demasiados años para que sea posible andar sin andar.

Las apliaciones militares del invento son evidentes e inquietantes; casi en la misma medida en que resultan esperanzadoras y positivas en el terreno médico y fisioterapéutico. (Lo de las ampollas, por supuesto, no deja de ser una bendición.)

No obstante, esa escueta frase final del fallo del jurado («Ha desarrollado exoesqueletos que […] permiten potenciar las capacidades físicas humanas») deja un regusto futurista, uno de esos de ciencia ficción que de pronto se ha hecho verdad.

Así, la contribución de Herr es indudablemente valiosa, enorme, pero también tiene un reverso —¿cuánto necesitamos «mejorar? ¿qué es «potenciar», exactamente, y hasta dónde?— tan fascinante como merecedor de una reflexión pausada y honda.

Hace unas semanas, Eythor Bender, otro promotor y visionario de las prótesis estadounidense asentado en el meollo tecnológico, afirmaba en Madrid que en 2025 no quedarán personas con discapacidad. Que la tecnología biónica, convenientemente desarrollada, será «mejor que la que traemos de serie». Herr tampoco escatima imágenes de las posibilidades que le ha abierto como escalador el desarrollo de las prótesis, desde hace años: pies finos y duros como el acero para las grietas; piolets en lugar de dedos para el hielo.

Es decir, hay una delgada línea de la que aún no nos han hablado: la de dónde termina la enorme funcionalidad, merecedora sin duda del Premio y esperanzadora para miles de personas, y dónde comienza la perversión de lo imprescindible. La tecnología nos curará, dicen: luego, nos hará mejores. ¿Hasta dónde necesitaremos mejorar y, sobre todo, cuán peor será el resto?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.