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Redes sociales

Fundido a negro
Alejandro Carantoña 27-11-2016 | 4:00 | 0

Poco importan las siglas políticas cuando la armonía es total: si bien el lunes pasado se certificaba la defunción de los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, sobre los que ya está todo dicho, este jueves se rubricaba en la otra punta de España otro desmán en la misma línea, aunque peor: el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera echará el cierre definitivo el 31 de diciembre, por mor de la no aprobación del presupuesto municipal. Veintisiete trabajadores a la calle y una temporada (modesta, pero temporada) de ópera menos. En Oviedo, la refrescante y horizontalizante iniciativa que democratizará la cultura local se debe al empeño de Somos y al silencio conveniente de PSOE e Izquierda Unida; allá, han sido los votos en contra de Ganemos y del PP al presupuesto municipal los que han refrendado el cerrojazo: las siglas, de nuevo, no importan. La armonía es total.

Así que, por lo pronto, los vientos de cambio que soplan acá y allá solo están sirviendo para que se multipliquen cierres y mermas, bajo toda clase de pretextos. Y vendrán más, seguro, en cuanto tengan que aprobarse unos Presupuestos Generales del Estado que ya se antojan imposibles: en la variedad está el gusto; en el debate, el enriquecimiento; y en esta cosa que se practica últimamente en el ruedo español, la catástrofe. Estas corporaciones de siete cabezas ya deberían tener claro que nuestras arcas públicas tienen mucha menos resistencia a las tomatinas constantes que a una ópera de Bellini.

Antes del «fin del bipartidismo» al Congreso se iba a quejarse y al Ayuntamiento, a empadronarse. Ahora, que se supone que iban a servir de algo más, se han convertido en núcleos de metapolítica, en los que se habla del quién, del cómo y del porqué, pero no se tratan los asuntos en cuestión. Todo esto desemboca en la inoperancia total a la hora de tomar decisiones, en una parálisis que tiene (mucha) pinta de ir a ser bastante más dolorosa que la peor de las crisis y en daños irreparables por la palmaria falta de agilidad y eficacia.

La epítome de esta deriva se produjo el miércoles. Es sintomático del momento en el que estamos que, nada más conocer la noticia del fallecimiento de Rita Barberá, muchos eligiésemos declarar un «black miércoles» de redes sociales y un periodo de ayuno informativo de al menos 24 horas. En efecto, el brevísimo garbeo por el patio a eso de las ocho de la tarde reveló derroches de odio de lado a lado de la trinchera y un debate, que llega hasta hoy, sobre minutos de silencio y culpables y formas. Sobre el fondo —si es que hay fondo en un infarto fulminante— ni una palabra.

Cualquiera con un mínimo de experiencia puede, llegados a este punto, adivinar por dónde van a ir las reacciones a esta o aquella noticia, que ya sin excepción estará sometida al imperio de lo superficial, de lo inmediato. Lejos de hablar más, gritamos más fuerte, y lo que a priori hubiera podido ser un debate fructífero acaba por producir más y más silencio. El resto, se deshecha: quizás la noticia de este viernes —en las páginas de Cultura al menos— hubiese sido que Paul Auster saca nueva novela el año que viene. En cambio, andamos enmarañados en el legado de Roberto Bolaño y en la construcción de un peloteo improductivo sobre adscripciones, afiliaciones y preferencias del universo juntaletras. Y entonces dejamos de entrar al trapo, nos retiramos con prudencia al ver los debates encenderse, lo dejamos estar. Es o eso o consagrar nuestras vidas a tener opinión sobre todo, a ser actores, a cargar de significado hasta unas rebajas de viernes. Ya no hay refugio para el silencio.

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Leña al youtuber
Alejandro Carantoña 04-09-2016 | 4:00 | 0

En febrero de este año, al ya famoso usuario de Youtube ElRubius le hicieron un no menos famoso perfil en un diario nacional. Enviaron a realizar la operación a un redactor destacado que no usa las redes sociales, como explicaba en el propio texto. El resultado estaba esencialmente centrado en las percepciones personales del redactor, lo cual provocó un cabreo monumental por parte del autor de los vídeos en cuestión y, como derivada, acusaciones (reiteradas) de conspiración por parte de los medios de comunicación contra él y contra el resto de autores de estos vídeos, que atesoran millones de espectadores —muchos de ellos, dicen, jóvenes que ya no ven la televisión: es el nuevo nicho audiovisual—.

Luego llegó una madre de Tenerife y declaró que el espectáculo en directo de otro youtuber era una apología de la pederastia, con otro circo monumental. El último escándalo, en los estertores de este verano, ha sido un clamor (?) de varias empresas madereras, que acusan a dos youtubers (uno de ellos, el de Tenerife, etcétera) de azuzar unas bromas telefónicas que los tienen colapsados, debido a la proliferación de imitadores.

En la televisión pública andaluza se cubrió la noticia dando por buena la versión de algunos empresarios: que se ha promovido una campaña de acoso y derribo contra ellos, como si los adolescentes de este país fueran un lobby antimaderero de primer orden. Los youtubers, por su lado, se han defendido diciendo que en su broma original no revelaban la identidad de los empresarios; que les habían pedido permiso para publicar las bromas; y que no es su culpa que el mundo esté lleno de gente ociosa. Y, por supuesto, añaden que hay un complot de los medios de comunicación.

La teoría de la conspiración cunde sin parar entre estos nuevos ídolos digitales y entre sus seguidores, que han empezado a sustituir los medios de información convencionales que en teoría van a por ellos por otros supuestamente independientes, democráticos y horizontales (o sea, redes sociales).

Probablemente la explicación sea menos retorcida y bastante más simple: que las dos facciones viven en una confusión de dimensiones bíblicas. Aún este viernes, a la hora de la cena, al menos una televisión nacional aprovechaba que ha pasado un año de la foto del niño muerto en una playa mediterránea para repetir las imágenes hasta en cinco ocasiones y desde todos los ángulos. Podrán excusarse en que así se sensibiliza sobre el problema; pero no podrán ocultar que, a a la vez, la justificación deontológica les ayuda a trabar piezas sensacionalistas, impactantes y brutales.

Así, que ciertos programas sigan copando las parrillas y que las noticias televisadas se alimenten, bajo el epígrafe de «curiosidades», de vídeos absurdos en una calidad infame podrían ser la respuesta, en lugar de pensar que los nuevos líderes de opinión son unos terroristas catódicos. Sin embargo, el común de los informadores encuentra más cómodo hacer leña del árbol caído, y cubrir una historia que no se sostiene (que estos youtubers tienen algo contra la industria maderera) como si estos chavales fueran un demonio de cola puntiaguda. Resulta que lo más conveniente para los unos es afirmar que existe un complot informativo contra ellos y, para los otros, que ElRubius, Wismichu y demás fauna están fundando la primera gran secta del siglo XXI. Profundizar en lo uno, o en lo otro, no es una opción, al menos de momento. Y sigue la barrena.

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La Reina y la tortuga
Alejandro Carantoña 24-07-2016 | 4:00 | 0

No hay noticia de si el centenar de personas que se topó la Reina cazaban monarcas o pokémons: su Majestad, a la salida de la inauguración de los cursos de verano de la Fundación que preside con el Rey, en Oviedo, este viernes, tuvo que saludar a decenas «a pesar de la lluvia», narraba la crónica. Como si la lluvia fuese ya un impedimento para nada.

Dentro, habían hablado ella y el violonchelista Asier Polo, en una defensa encendida pero algo derrotista de la música (mal llamada) clásica ante el reguetón que barre el verano. Así, a la salida, se hacía difícil saber qué género consumían esencialmente los viandantes: ¿querían la foto o celebrar su monarquía?

Lo que propusieron, entonces, viene siendo una reivindicación casi atávica en el mundo de la lírica y de la cosa sinfónica, barroca, añeja: llegar a toda esa gente que paga 100 euros por asistir un concierto de Coldplay o de U2 para grabarlo con su teléfono inteligente, pero que encuentra prohibitivo dejarse 50 en ver un buen Verdi. Para colgarlo en Instagram, para relatarlo en Facebook o para ironizar al respecto en Twitter, pero no forzosamente para gozar del espectáculo como se concibió originalmente.

Hace diez días, el Teatro Real se lió la manta a la cabeza y propuso una función de Puritani, con Javier Camarena y Diana Damrau en los roles principales, a través de pantallas gigantes y, por primera vez, de Facebook. Las fotos eran elocuentes: de Viena a Madrid y de Sevilla a México los auditorios rebosaban espectadores quizás temerosos, quizás empobrecidos que no se atrevieron o no pudieron pagarse la butaca.

La iniciativa fue un éxito, sin duda, pero un éxito con matices. Un éxito en la medida en que, como reivindicaba Polo e imploraba la Reina, gente que vive con la cabeza metida en la inmediatez de su teléfono, enamorada del brillo de su pantalla, se detuvo durante tres largas horas a saborear las melodías de Bellini.

Puritani, con todo, es la ópera más anti 2.0 que se pueda concebir: la acción que contiene cabría en un cortometraje de 3 minutos y la parsimonia de sus arias y coros, que parecen interminables, se antoja la pesadilla de cualquier experto en redes sociales. Sin embargo, pasada la pausa, sorbido el vino, se obra el milagro de la ralentización: el cantar atento de Camarena y la teatralidad exacerbada de Damrau se apoderan del escenario, agarran por la solapa y hacen olvidar que estamos incomunicados durante horas, mecidos por partituras inmortales y seducidos por el prodigio de la voz humana.

Se oficia el elogio de lo lento, del «tortuguismo» que tanto parece amenazar a instituciones de rancio abolengo —como la propia Casa del Rey, como la institución del violonchelo— pero que en el fondo las hace imperecederas. Vivimos un tiempo en que el éxito repentino (el de los pokémons, que ha sido más instantáneo que un café soluble) hace, a veces, perder el norte a quien siempre se empeñó en tenerlo: la Reina insistía en que a los jóvenes se llega por los ojos; Polo, en que hay que buscar fórmulas para seducirlos; fuera, los móviles y cámaras enhiestas solo buscaban su souvenir. No hacía falta más: ambos parecían haber olvidado qué han defendido hasta este momento y cuáles han sido sus activos. Quizás por no creer lo suficiente en sus instituciones; quizás por sentirse amenazados por un mundo que corre hasta tropezarse consigo mismo. Quizás, porque no haya que hablar tanto de lo que no tienen como de lo que sí, de lo tangible, de lo mundano. Quizás, porque lo lento también merezca su altar.

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Alejandro Carantoña 18-04-2016 | 7:00 | 0

A Jessica Valenti le gusta ser la primera. «Cuando descubres que eres la mejor en algo, habitualmente te sientes feliz», escribió en el diario británico Guardian este jueves. «Pero no creo que ese sea el caso», proseguía, «cuando en lo que sobresales es en ser la más odiada».

El periódico se ha embarcado en un ambicioso e interesantísimo proyecto sobre el acoso en Internet. Para ello, ha encargado un estudio estadístico de alrededor de 70 millones de comentarios escritos por los lectores entre los años 1999 y 2016 en su página web, de los cuales un 2% (en torno a 1,4 millones de textos) fueron eliminados o rechazados por los moderadores. Aquí viene lo interesante: al cruzar esos datos con los periodistas o autores a los que iban dirigidos insultos e invectivas, resultó que los diez menos atacados eran hombres. Y que de los diez más odiados, ocho son mujeres. Valenti, que escribe sobre cuestiones de género, la primera. Y todavía hay más: los dos hombres restantes son negros.

Con los datos en la mano, se hace algo complicado afirmar que los dardos son gratuitos o aleatorios: lo que este estudio revela, en cambio, es que la comodidad del anonimato y la distancia que provoca la pantalla sacan lo peor de alguna gente (poca en términos relativos; mucha en términos absolutos). Valenti va más allá: si a esta hoguera se suman las redes sociales, el resultado es extenuante. «Estoy harta de reírme del asunto y hacer caso omiso», dice. No es la única: en su despliegue, el periódico británico recoge otros muchos casos de periodistas, profesionales o sencillamente personas corrientes que por un motivo u otro se convierten en el blanco perfecto para las redes sociales y los comentarios hirientes.

Todo este potaje nació como una herramienta participativa, pero se ha ido deformando hasta convertirse en un instrumento que a menudo resta más valor del que aporta y que pervierte más que ilumina. Como medidas de choque, quizás las del New York Times sean las más eficaces: los hilos para dejar comentarios solo están abiertos durante 24 horas y están controlados por moderadores humanos; los comentarios más valiosos por su contenido se premian y ensalzan; y, por supuesto, el insulto o el ataque no están permitidos. Así, han conseguido dirigir y crear conversaciones.

De esta manera, lo que hace tan solo diez años era coto para algunos ociosos camuflados entre gente más serena ha ido tornando en algo extremadamente más peligroso para los jóvenes: el ciberacoso. Como recuerda el especial, en 2008 se celebró el primer juicio en Estados Unidos; en 2009 un adolescente fue condenado en Reino Unido. Etcétera: quizás no haga falta recordar lo que ocurrió hace justo ahora tres años en Gijón, con una alumna de 14 años que sufría acoso en el colegio.

Concluye Valenti que ella, al menos, tiene la fortuna de escribir sobre lo que le importa y contribuir de un modo u otro a mejorar su sociedad. Que hace tiempo que dejó de leer lo que se decía sobre ella en la sombra porque, como bien recordaba el editorial del Guardian, no hay que olvidar que la inmensa mayoría de lo que se vierte con bilis desde detrás de un teclado nunca ocurre en la vida «real». Pero poco a poco se ha ido infiltrando, se ha ido convirtiendo en moneda de cambio: en Twitter ya solo descollan los «zascas» —respuestas ingeniosas, autosuficientes y ácidas—; en Facebook casi siempre hay algo (alguien) de lo que reírse; y en los comentarios y blogs vale más un buen zurriagazo urgente («Es como hablan los jóvenes») que la calma y la mesura.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 17 de abril de 2016.

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Yo estuve allí
Alejandro Carantoña 26-10-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

La arruga en la chaqueta, esa arruga cincelada por horas de avión, por el jet-lag y el cansancio. Eso sí es tradición de los Premios Princesa. El campeón de este año, con un surco de dos dedos de hondo en la espalda, ha sido Francis Ford Coppola. Se bajó del coche, escuchó una gaita tocando el tema principal de El Padrino, percibió el desembarco de masas eufóricas en la entrada del hotel Reconquista y empezó a bizquear. Cuando ya iba a refugiarse a su madriguera ovetense para los siguientes días, la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, le invita a hacerse unas fotos. Suspira.

Casi todos los premiados que han venido a Oviedo son lo suficientemente venerables como para que les incomoden sobremanera los tumultos improvisados: ahí han estado Lledó, Duflo, Padura o el propio Coppola, entregados a la causa en los homenajes, clases, tertulias, entrevistas o galas, pero visiblemente más encorsetados cuando la cosa iba de atender lo mejor posible a una marabunta inopinada, hambrienta de fotografías, autógrafos o guiños a cada rincón. De titulares, de frases: de motivos, de bocados que han servido para atestiguar, a lo largo de esta semana, que yo estuve allí. Yo participé, yo le toqué, yo me lo crucé en un pasillo y todos deberíais saberlo. Y lo sabréis porque me tenéis en Facebook, en Instagram y en Twitter. Yo estuve allí: no importa el qué, el cómo o el para qué; importa el quién.

Al hilo de este fenómeno, decía otro de los premiados, Jimmy Wales, el cabecilla de Wikipedia, que Internet no es el peligro en sí mismo, sino el uso que hagamos de él. «Cuando era pequeño teníamos la televisión. Mi padre me decía: “Deja la televisión y sal a jugar”». Y «padres», en este sentido, no tenemos: posiblemente, mientras que Lledó advertía del riesgo que corre este mundo nuestro de hiperpoblarse de imbéciles, estábamos demasiado ocupados grabándolo en vídeo para escucharlo después o colgarlo en Youtube.

Esta capa abusiva, mitómana, es la causante de que en Oviedo sea complicado salir a la calle sin topar con una estatua (unos extranjeros de visita, recientemente, fascinados, paseaban exclamando: «¡Un perro! ¡Mafalda! ¡Un señor con maleta! ¡Un culo!»); y de que en Gijón nos vayan creciendo símbolos, carne de estudio fotográfico, por las esquinas.

A priori todo esto no tiene nada de malo. Pero, ahora que van pasando los años con nuestras cámaras de fotos en los bolsillos, sí empieza a resultar preocupante cómo la urgencia por preservar y compartir con los más allegados ha dado paso al exhibicionismo más descerebrado e invasivo.

Por no ofender: esta misma semana, el miércoles 21 de octubre de 2015, era el día que aparecía en Regreso al futuro para el viaje en el tiempo desde 1985. Bien, pues tanto el miércoles como el martes, en que apareció el último adelanto de la nueva entrega de La guerra de las galaxias, es de suponer que muchos nos entusiasmamos con estos dos guiños «pop» de otro tiempo; disfrutamos; lo vimos. Lo recordaremos.

No obstante, miles o millones de contactos que pueblan las redes sociales han sentido una necesidad imperiosa (y no siempre entusiasta, que aún lo explicaría) de repetir el chiste, de buscar un chascarrillo, de arrogarse un triunfo reciclando el prestigio ajeno. De colgarse del cuello de un premiado, o de un rey, solo para poder decir: «Yo estuve allí». Y no escuchar nada, y no aprender nada, y apenas recordar quién es ese señor. Quizás, si les escuchásemos, no nos quedaría duda alguna de la importancia de que estén aquí.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.