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Teatro

Los públicos notorios
Alejandro Carantoña 15-01-2018 | 8:20 | 0

Cuentan que lo vivido este fin de semana en los Teatros del Canal fue irrepetible: el director belga Jan Fabre traía a Madrid su comentado espectáculo Mount Olympus, que entrevera treinta y tres tragedias griegas, dura veinticuatro horas y contiene toda clase de prácticas sexuales, de esas que siguen asustando e incitando titulares ruborizados. Cualquiera de los tres ganchos sería bastante, pero si se le suma lo limitado del aforo (ochocientas plazas agotadas hace meses), lo heroico de la proeza y lo inevitable de la polémica —o de las ganas de encontrarla, en fin— estaba garantizada la talla de acontecimiento desde hacía tiempo.

Mount Olympus, de Jan Fabre

Ahora bien, lo más llamativo ha sido que, desde el sofá de casa y entre la tarde del viernes y la del sábado ha sido posible seguirlo, y no precisamente por que se estuviese retransmitiendo en directo: es que no hubo un solo espectador que no nos deleitase con su llegada, estancia y partida en las redes sociales.

Muy especialmente las celebridades del mundillo actoral y teatral de la villa y corte, que anticipándose a alguna crítica deslizaron, en sus mensajes, no solo elogios sino excusas para abandonar el barco antes de tiempo. Del resto se encargaron los entusiastas cronistas teatrales: allí estaban todos.

El caso es que Fabre —lo había advertido el jueves— pretende con esta pieza llevar al espectador al trance, sumirlo en la duermevela y someterlo, por tanto, a un recorrido similar al de sus actores. Y se pregunta uno qué trance es posible, qué trascendencia absoluta, si existe la total libertad para ir a tomarse un cruasán durante la función o a lo peor contarle por WhatsApp al vecino qué tal va el partido. Al parecer, hubo muy pocos que se dejaran caer en los brazos de Fabre sin miramientos, sin red.

Decían que era una locura presentar un espectáculo de estas proporciones, que Fabre era un loco aventurero; pero lo cierto es que lo rompedor hubiese sido pedir al respetable que prestase atención durante el tiempo que duraba el invento: pedirles que se despojasen de sus teléfonos durante la representación. Eso sí que no se ha atrevido a hacerlo nadie.

Porque este hito ha coincidido con la gira de Daniel Barenboim por España, quien allá a donde ha ido —empezando por Oviedo— no ha tenido empacho en reñir a su público por las continuas y tísicas toses. En Barcelona, incluso, se fue durante un momento a recuperar la concentración.

Esto ha provocado muchas reacciones, muy variadas: el director y clavecinista Aarón Zapico se ha manifestado públicamente en contra de que los intérpretes hagan este tipo de aspavientos; la actriz Clara Sanchís Mira, por su lado, dedicó esta semana en La Vanguardia una carta al espectador del caramelo estruendoso. (No precisamente amable.)

Los ejemplos son interminables y el acuerdo, imposible. Siempre hay alguien en algún sitio que estorba al resto por su estatura, movimientos, ruidos o esfínteres; incluso (y muy especialmente) a los propios intérpretes, que merecen un respeto mínimo, un decoro y etiqueta básicos que se les supone (y casualmente observan sin falta) quienes han pagado una entrada para ver un espectáculo.

Sucede que suelen montar los guirigays los invitados o viandantes o, mejor dicho, quienes montan los guirigays suelen ser invitados y viandantes: es decir, el problema no solo es de educación colectiva, de respeto y de sensibilidad, sino de refalfio y desinterés.

Contaban quienes vieron a Barenboim que había, en el auditorio, un número insólito de gente que no sabía ni a lo que iba; y en Mount Olympus, visto lo visto, a lo mejor el aliciente era, tristemente, otro. Que no era el teatro.

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Valor añadido
Alejandro Carantoña 02-07-2017 | 4:00 | 0

Nadie dejó de aplaudir cuando hace una temporada se presentó el Teatro Kamikaze, una iniciativa enteramente privada que ha resucitado el madrileño teatro Pavón: sus impulsores supieron rodearse, supieron programar, llenar, vender y promocionarse. Han sabido hacerlo todo bien, todo lo bien que se pueda hacer algo así sin ayudas públicas, y por eso esta semana han presentado su nueva temporada.

Esta, sin embargo, solo llega hasta enero. El director de escena Miguel del Arco, uno de los nombres propios tras el proyecto, reconocía que es porque el proyecto «no es sostenible». Luego, añadió un eslogan que explica casi todas las iniciativas culturales racionales y duraderas: «Somos kamikazes, no gilipollas.»

Quiere decirse con esto que están dispuestos a jugar fuerte y al margen, pero que no por ello van a arruinarse ni a dejar de saltar al hueco de lo que el público busca. Es lo que se espera de un proyecto, y lo que la muy economicista y mucho economicista lógica imperante impone: en un mundo ideal, se espera de editoriales, teatros y orquestas que sean rentables, inmaculados, que no cuesten nada al contribuyente. Los kamikazes, que lo tenían todo para encajar en ese perfil, son la prueba de que ese modelo no es ni deseable ni posible: No es deseable porque de alguna forma condiciona su programación (deberán llenar con títulos sobre seguro para subsistir) y no es posible, evidentemente, porque si ellos no ganan dinero con el proyecto es que nadie o casi nadie puede hacerlo.
Al parecer, incluso el Gobierno se ha dado cuenta del problema: también esta semana ha entrado en vigor la increíble (porque nadie lo creía posible) bajada del IVA a la Cultura, del 21% al 10%, excluido el cine. Hay quien ve en el gesto una palmadita condescendiente y poco dolorosa para el orgullo fiscal, pero estos días algunos analistas han apuntado a una explicación más plausible: Montoro se ha dado cuenta de que por ahí poco iba a recaudar.

Conque, desde una perspectiva estrictamente ministerial, la creación allende lo conocido y lo establecido es un apéndice sobrante, fofo: por sí mismo no se sostiene; por la vía fiscal no es rentable para las arcas. Y entonces ¿qué futuro tiene?

No sería complicado argumentar mil y un razones por las que la Cultura es la base de nuestra civilización y el último bastión ante la barbarie, pero estos años de crisis y cuitas ya nos han enseñado que esos argumentos de poco sirven. Una vez enfangados en rescates bancarios y metidos en la harina del fin de la Sanidad, poco hay que decir sobre teatros y museos.
Sin embargo, siempre podremos subrayar algo que kamikazes e impuestos han dejado claro esta semana: que la Cultura tiene un enorme valor añadido, inconmensurable, pero que este solo sale a relucir cuando se ponen medios suficientes y se crea una base de trabajo amplia. Sin eso, limitados a exigir rentabilidad urgente, no hay nada que pueda prosperar.

Se requiere tiempo, formación (de profesionales y de público) para que todo ello aflore. De otro modo, buscando tan solo un puñado de impuestos y sometidos al dictado diario de la audiencia, la mirada se acorta y los horizontes se encogen. Cuando esto sucede, el arte se resiente y el público huye; pero sobre todo ocurre que la sostenibilidad salta por la ventana. Con ella marchan, obviamente, las probabilidades de que en el largo plazo se puedan tener instituciones solventes y profesionales de renombre. También se evapora la posibilidad de contar con grandes volúmenes de público y jugosos impuestos: no seamos gilipollas… Solo un poco kamikazes.

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Menos es más
Alejandro Carantoña 20-02-2017 | 11:18 | 0

Entre vientos racheados de desmanes culturales y con riesgo de precipitaciones sobre alguna que otra infraestructura transatlántica, celebremos que escampe un poco: Este viernes terminó la vigésimo sexta edición de FETEN con récord de espectadores, cobertura mediática nacional y —todo sea dicho— una presencia de cartelería por Gijón algo más escasa que en ediciones anteriores. Pero de récord a fin de cuentas, con un nivel que supera con creces el mero divertimento infantil.

Coincide con el fin de semana en que la compañía Cheek by Jowl llenó de Shakespeare Avilés y con unas Golondrinas, de Usandizaga, que han colmado de gran ópera española el Teatro Campoamor de Oviedo. Por seguir con la racha, además, hace un par de semanas el consistorio carabayón presentaba otra envidiable iniciativa: el Teatro Filarmónica servirá, los jueves y domingos, de cine (comercial, incluso), en una oferta que se promete popular y apetecible.

Sin echar aún las campanas al vuelo, conviene aprovechar semanas como esta —en las que todo funciona, la contraprogramación entre ciudades se atenúa y la oferta atrae— para preguntarnos merced a qué milagro se ha conseguido este equilibrio, esta oferta suculenta y suficiente. La primera razón estriba, probablemente, en que estemos en temporada baja. Paradójicamente, con todos los ayuntamientos volcados en los próximos carnavales o con el ojo ya puesto en montar el enésimo festival veraniego, las semanas grises nos brindan programaciones igualmente aseadas, pero asequibles en cuanto a agenda y atractivas, gustosas. Es casi todo lo que se puede pedir. Y aún podría ser mejor: imaginemos que, al término, tuviéramos en las tres grandes ciudades sendas salas de conciertos en las que elegir un grupo, tomarnos una cerveza y comentar lo recién visto con un concierto de fondo. Con una coordinación de ordenanzas municipales, una negociación pausada, una reflexión adecuada y una obsesión algo menos acentuada por las jornadas gastronómicas de todo pelaje y condición se podría hacer. Como hace no tanto. Simplemente, con aflojar la presión y ordenar el tráfico, la oferta cultural privada estallaría por las costuras y nos saldría por las orejas. Ni siquiera tendrían que hacer nada. Solo enunciar, pensar, definir qué tenemos y qué pretendemos tener y dejar a quienes aguardan en toriles que hicieran lo suyo.

Justo en este punto se cruzan las malas noticias: una tendencia nada encubierta de amplificar, de festejar, de recrearse en nuestros presuntos grandes activos (léanse las infraestructuras transatlánticas, lo grandón) orillando la más pura esencia. Esa esencia es la que se decanta en los meses valle: en estos, en semanas parecidas a la que acabamos de dejar atrás, es cuando se nos ofrecen los espectáculos más sorprendentes, los conciertos más inopinados y cuando se descubren más cosas. También con algún que otro atracón puntual, pero mirando hacia afuera, hacia arriba y hacia delante.

Luego (parece que así volverá a ser en 2017) llega el verano, o la Semana Santa, o las Navidades. En ese momento, las miradas se vuelven hacia adentro, hacia abajo y hacia atrás: es cuando, salvo honrosísimas excepciones, se programa como pensando únicamente en señalar las grandezas, en apuntalar que «no hay nada que envidiar» a nadie, en las toneladas de pólvora quemada bajo un manto de niebla.

No se nos olvide que eso arde rápido y quema poco. Lo memorable, normalmente, se esconde en lugares insospechados y en citas indescifrables, a las que alguien con criterio nos invita a acudir. Es justo eso —no hace falta liarse con eventos enormes—, una voz clara y un criterio unívoco, todo lo que hace falta. Menos es más: con escuchar y dejar hacer, a veces, basta.

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Buero y un colegio
Alejandro Carantoña 02-10-2016 | 4:00 | 0

Esta semana hizo cien años que nació Antonio Buero Vallejo. La cosa no parece haber causado gran conmoción, salvo por algunos entusiastas actos organizados aquí y allá y la en extremo interesante recuperación de su discurso de ingreso en la Real Academia, publicado en su página web con pompa y boato. Hasta aquí, los fastos.

Quizás esta falta de atención institucional se deba al desconocimiento del personaje y su obra, eficazmente promovido desde los propios currículos escolares: siendo, como es, obligatorio estudiarlo, todos los esbozos biográficos que existen del autor en Internet están orientados a aprobar el examen de turno, pero no se acercan ni de lejos al tamaño de su obra y a la necesidad, acuciante, de volver a ella cada poco tiempo.

Puede que su costumbrismo esté superado, y que hoy en día el teatro quiera más sangre, pero hace más falta que nunca leerlo y representarlo desde la base, desde los principios más elementales del teatro. En los libros de texto se suele circunscribir la obra a un par de fechas y listados de datos («reproduce el habla popular», «sorteó la censura», en fin) y, sin embargo, cuando se lo toma en serio remueve conciencias.

Hace años, en el colegio Clarín de Gijón, a alguien se le ocurrió que hiciésemos una función de Historia de una escalera, precisamente. Un fulgurante reparto de niños y niñas de no más de once años interpretábamos todos los papeles (algunos, doblábamos: a servidor le tocaron Urbano y Fernando), y una voluntariosa parte del profesorado adaptó el texto y construyó una escenografía con placas de porexpán, cinta carrocera y tiras de papel que hacían las veces de puertas. La versión apenas debía de durar media hora, pero fue un reto enorme y gratificante.

Ya se había hecho alguna aproximación teatral, pero aquel era el primer texto «serio» y «adulto» a cuyo estreno fueron invitados, incluso, «los mayores», que como mucho tendrían trece años. Gustó mucho: se hicieron dos funciones y ¡vino TeleGijón!

Aquel despliegue marcó a todos los implicados, probablemente porque era la primera vez en nuestra vida que los niños no nos sentíamos tratados como tales, sino que se daba un esfuerzo por que entendiésemos que en el entorno inmediato existían las mismas cosas de las que Buero Vallejo hablaba en su texto. Fue una revelación, nunca suficientemente agradecida al profesorado que echándole cuajo y horas montó aquel acontecimiento.

Lo más probable es que aquella actividad surgiese más de la iniciativa del claustro que de algún planteamiento académico reglado, porque en cuanto salimos de allí, el teatro saltó por la ventana. Eran los mismos tiempos en que abundaban visitas a la desaparecida sala Quiquilimón, y en que la toma de contacto con las artes escénicas estaba revestida de la inteligencia, de la seducción de proponer lo más cercano e inmediato primero y los grandes clásicos, insondables en sus ediciones ajadas, después.

La semana pasada, la viuda de Buero declaraba en una entrevista a ABC que era incapaz de encontrar financiación para poner en pie sus obras. Por mucho que otros hayan afirmado que el autor está salvado del olvido, lo más probable es que poco a poco se vaya sumiendo en él, para siempre. Y que la culpa no sea de nadie más que de la blandura, institucionalizada y fofa, de una administración de las artes que lo va consintiendo: que su superviviencia dependa de la buena voluntad de unos pocos, a los que siempre estaremos agradecidos, no es ni justo ni sano.

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Todo nos parece bien
Alejandro Carantoña 18-09-2016 | 4:00 | 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.