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Televisión

Millones ajenos
Alejandro Carantoña 09-05-2016 | 7:00 | 0

Bertín Osborne ganó el martes, sin esperarlo, unos 35.000 euros. Dicen. Y nos parece mal: a pesar de la bruma que envolvió la salida de su programa-espectáculo de Televisión Española a principios de este año, sabemos que ahora Telecinco le paga mucho más por episodio. Da igual cuánto. También sabemos que por cada décima de audiencia sobre cierto límite que obtenga su programa, se lleva mil euros. Y nos parece mal, aunque también da igual cuánto: es mucho.

Mucho ha debido de ser también lo que han cobrado Imanol Arias o Ana Duato por aparecer en ‘Cuéntame’, visto el escándalo por los tres millones de euros que la Fiscalía Anticorrupción sospecha que han defraudado, y del que se ha tenido noticia esta semana. Por tercera vez, da igual: nos parece mal. La sola mención a los tres millones de euros nos indigna.

En realidad, casi cualquier cifra que supere los ingresos propios (o aquellos considerados razonables) sientan mal, cuando el lunes estábamos cálidamente acurrucados disfrutando del portento periodístico que es Bertín Osborne y, el jueves, tratando de asumir los giros de guión de los Alcántara y familia. Lo mismo sucedió con el perenne Jordi Hurtado cuando trascendió su caché en ‘Saber y ganar’ —el sueldo más alto de Televisión Española—, y tantos y tantos y tantos otros casos agravados por la crisis y rematados por la querencia al cotilleo que hemos desarrollado.

Bertín Osborne podría embolsarse el PIB de Suiza, si Telecinco estuviese dispuesta a pagárselo, que no sería merecedor más que de aplauso: algo tiene que tener muy popular, muy familiar, para poder sentar frente al televisor a casi cuatro millones de personas a verle charlar amigablemente repatingado en un sofá.

El asunto se complica cuando estos datos se confunden con lo que Televisión Española paga o deja de pagar, que a fin de cuentas viene a ser lo que pagamos todos, y que a un tiempo todo ello se mezcle en esa enorme olla que es el (presunto) fraude fiscal: a efectos de opinión pública, no hay más mal en la solución definitiva de esta crisis que el defraudador millonario. Haberse acogido a la amnistía fiscal trampa de 2012 —a este paso, en poco tiempo conoceremos a todos los contribuyentes que acudieron a ella— y aparecer en los papeles de Panamá mete en el mismo equipo a Pedro Almodóvar y a José Manuel Soria; a José Ángel Fernández Villa y a Bertín Osborne.

Se ha producido un debate de baja intensidad sobre si pagamos demasiados impuestos o demasiados pocos pero, sobre todo, se ha cimentado la muy extendida y confortable idea de que existe una élite inaccesible y poderosa, una élite que vive allende los despachos y parlamentos, encerrada en el televisor. Resulta muy confortable creer que todos ellos son ricos: hace unos meses, se filtraba —y nadie confirmaba ni desmentía— que la mayoría de caras de la televisión privada rondan los cuatro millones de euros anuales. Y para qué volver sobre los sueldos de sus señorías, los diputados y senadores; sobre las indemnizaciones a los grandes ejecutivos; o sobre los líos salariales que se traen los grandes equipos de fútbol.

No se trata aquí de censurar o de justificar los sueldos de nadie —salvo que los paguemos todos, claro está—, sino de contemplar la sospechosa actitud combativa para con estos sueldos cuando muchos, la mayoría, no tendría empacho en aceptarlos si les lloviesen del cielo. Pero estos millones, que son millones ajenos, son mucho más golosos: precisamente, porque son de otros.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 8 de mayo de 2016.

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Denunciados a primera vista
Alejandro Carantoña 14-03-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando el drama por el drama empezó a no ser suficiente, lo mejor fue llevarlo a los tribunales. Así que no contentos con tirarse los trastos a la cabeza, los colaboradores y tertulianos de los programas de Telecinco establecieron un nuevo campamento base en los juzgados de Plaza de Castilla o en el Supremo para aderezar las insulsas tardes de nuestras grises vidas. Solo relacionadas con la cadena de Vasile, y en una búsqueda veloz, encuentro seis sentencias dictadas por alguna de las salas del Tribunal Supremo en el año 2015, todas relacionadas con intromisión en el honor o en la intimidad, injurias, etc.

Porque incluso a la casa de Gran Hermano VIP ha llegado la moda judicial: el pequeño Nicolás, ese picaruelo por excelencia reconvertido a personaje chusco, participaba hace unas semanas en el reality de Telecinco cuando le tocó ir al plató de Plaza de Castilla a declarar por la famosa comida en Ribadeo con Jorge Cosmen. Pues nada, se le saca de la casa, se le transporta, declara y vuelve. Y todo ello, convenientemente radiado por las ondas.

Y antes de entrar en terreno escabroso, una última joya del mestizaje jurídico-popular brindada por Telecinco: aquella cosa llamada De buena ley en la que un señor o una señora vestidos con toga y con un pequeño martillito dirimían, con aires judiciales, los conflictos entre parejas, vecinos o jefes y empleados. El público también intervenía y daba su opinión, y al final el «juez» emitía un veredicto que la bienintencionada audiencia daba por buena. Hasta el punto de creerse que la justicia, en efecto, era eso.

De todos estos polvos llegan los lodos, los lodos más feos posibles: acaba de concluir la emisión del programa Casados a primera vista, que consiste en casar a desconocidos y luego comprobar si se llevan bien. Una de las concursantes ha denunciado a su pareja por violencia de género. Hasta aquí, el titular. Ahora, la verdad impenetrable: el mensaje publicado por esta buena mujer en una red social, a través de la cual lleva semanas dedicándose a insultarse con su ya ex marido, es de todo menos discreto, es de una redacción cuando menos exacerbada y, tanto en su forma como en su fondo, se parece sospechosamente a los guirigáis mediáticos que cada tarde se organizan en Sálvame. Es algo extremadamente delicado como para dirimir, como mezquinamente están haciendo muchos medios de comunicación, si la denuncia es cierta o falsa; si existe o si es otra vuelta de tuerca al drama escenificado. Pero precisamente por eso —porque el tema es lo suficientemente grave como para tomarlo a la ligera— no debería ser algo digno de redes sociales, capturas de pantalla y platós incendiados, sino de juzgado de guardia.

Eso abre la puerta a la mercantilización de los sentimientos, de los miedos y de las causas. Ese meter el dedito y a ver qué pasa, ese bordear la denuncia pero no pero sí pero a ver y todo se arregla en prime time. Ese enseñar a nuestros chavales que los problemas se arreglan así, gritando mucho y organizando un circo, tiene consecuencias nefastas. En concreto, hace ya casi diez años una mujer fue asesinada por su ex pareja, que había acudido a un programa de telerrealidad a pedirle perdón en directo. Ella no lo aceptó (tampoco dijo al programa que había antecedentes judiciales por medio) y, a los cuatro días de la emisión del espacio, la mató. La cadena dijo que lo había controlado todo, que no sabía cómo había podido pasar. El equipo del programa, devastado. Y el debate sobre dónde se puede y no se puede hurgar, hoy, enterrado. Hasta que vuelva a ocurrir algo igual y volvamos a preguntarnos qué ha podido ocurrir.

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Tiempo de documentales
Alejandro Carantoña 07-03-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hacía mucho tiempo que era realmente difícil emocionarse viendo televisión en España. No emocionarse por imaginar, empatizar o por reconocer situaciones. Emocionarse porque habría que estar hecho de hielo para no hacerlo.

Obviamente, los tiros no van por el ridículo atroz del debate de investidura: La Sexta emitió, hace un par de semanas, un documental sobre un grupo de voluntarios españoles que se fueron a Lesbos el año pasado. Se llama ‘To Kyma’ y muestra a personas —por centenares— intentando evitar morir ahogadas en el Egeo, y a aquel puñado de voluntarios voluntariosos intentando no ser arrastrados, ellos mismos, por las olas, mientras que lamentan que Europa dé la espalda a semejante catástrofe. «Para que este mar sea una zona segura para ti, la tierra tiene que ser un infierno.»

Nunca llegamos a ver qué hay al otro lado del mar; tampoco oímos qué tiene Europa, efectivamente, que decir al respecto: el documental es un testimonio necesario de algo que está ocurriendo a nuestras puertas y a nuestras espaldas; y ha servido —si no para hacer una tarea periodística como tal— al menos para que Óscar Camps y sus voluntarios hayan recibido medios y dinero para seguir salvando a gente.

«El documental es el nuevo cine», decía el otro día un colega —que siempre tiene razón—. Nos lanzamos y acabamos hablando de los últimos grandes éxitos, que siempre son series o, más recientemente, documentales. O series documentales, el último pelotazo estadounidense: ‘Making a murderer’, que en diez episodios desmenuza los juicios contra Steve Avery, ha revolucionado el sistema judicial y policial yanqui. Hasta el punto de que Barack Obama se ha visto obligado a pronunciarse sobre el contenido de la serie; pero hasta el punto, también, de que al tratarse de un género que deambula entre realidad y ficción toma partido de manera sutil, sutil pero clara. Por ejemplo, se contaba a posteriori que fue tal indignación que causó en su primera emisión que llegaron riadas de cartas a la oficina de la policía de Manitowoc, cuando los dardos iban dirigidos a la oficina del sheriff de Manitowoc —que nada tiene que ver con el otro cuerpo—.

Por eso allí se ha suscitado cierto debate en torno al poder que atesora la imagen; al poder que tienen estos documentales y sus realizadores. Es el peligro que entraña una presentación cinematográfica: que uno puede ser un Michael Moore, aquel sesgado azote de Bush, y que así todo le tomen por aséptico y justo.

Otros documentales de los últimos diez años se han convertido, allí, en documentos imprescindibles: The Cove ganó un Oscar en 2010 y paró en seco la caza salvaje de delfines en Japón; Blackfish puso el foco sobre las orcas asesinas en cautividad —entre otras, la que mató a un joven en Canarias, en Loro Parque—; The Jinx desveló la mente de un criminal inopinado; Cartel Land nos mostró cómo Peña Nieto financiaba a los cárteles de Michoacán sin contemplaciones; y Seré asesinado nos servía en bandeja el aparataje que rodeó a la muerte del abogado guatemalteco Rodrigo Rosenberg.

Todos ellos descubren temas indignantes, relevantes y que, a veces, dirigen nuestra percepción. A veces, y solo a veces, da un poco de vértigo que un documental pueda movilizar a semejantes masas; pero también es cierto que si experiencias como las de To Kima sirven para algo, se puede pagar el precio. Lo único imprescindible, ahora, es que el único documentalista de prime time de este país no sea Jordi Évole, que atina tanto como pontifica, y que esfuerzos como este, en el Egeo, no dependan solo de los ahorros y la voluntariedad de unos pocos: necesitamos más frescura y más espectáculo. ¡Aire!

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En sus pantallas
Alejandro Carantoña 07-12-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Primero, el ingeniero de las noches de España frente al televisor fue José Luis Moreno. Quizás Ramón García, o Chiquito. Murcia, qué hermosa eres. Luego, se dieron cuenta de que aquello era demasiado caro, y que podían obtenerse los mismos resultados —si no mejores— con fórmulas más simples: Gran Hermano, Operación Triunfo, algún saborcillo rosa al fondo. Más tarde vino Sálvame; y Belén Esteban, el más lucrativo invento en lo que llevamos de siglo XXI en España.

Han pasado dos décadas desde aquel momento en que se coló, entre gala y gala, un adusto cara a cara entre Felipe González y José María Aznar. Y ¿quién nos iba a decir que el señor que cantaba rancheras en la tele de al lado, ese, sí, Bertín, acabaría por entrevistar (o charlar, o merendar) con los sucesores de ambos?

A dos semanas de las elecciones generales, y con la campaña electoral empezada hace mucho tiempo, ya hemos tenido ocasión de ver a Pedro Sánchez subirse al carro de la política espectáculo para regocijo de los militantes del PP. Tan solo unos meses después de que esos mismos despedazasen a Sánchez por llamar a Jorge Javier Vázquez en directo, tuvieron que tragarse sus palabras de vuelta: Rajoy prefiere irse con Bertín Osborne a abrir mejillones y jugar al futbolín que debatir con otros candidatos —¿qué fue de UPyD?—.

El fenómeno televisivo de moda, inaugurado por Pablo Iglesias, es la política. Los todólogos de barra de bar ya no son solo un público potencial, sino un peligrosísimo público en formación construido a base de soflamas, argumentos sesgados y una falsa apariencia de debate: en realidad, lo que cambia esta nueva manera de comunicar política es una pervertida manera de hacerla, contaminándola y viciándola igual que en su día Operación Triunfo vició el mercado musical y que, poco después, los ‘megashows’ deportivos y rosas viciaron el periodismo. Ahora, ay, le ha tocado el turno a la política de altos vuelos.

Como damiselas desmayadas, casi todos los medios han salido en tromba contra esta forma de espectáculo —especialmente aquellos que se han sentido agraviados porque este o aquel candidato no llena sus cuotas de pantalla—. Y no han querido darse cuenta, hasta ahora que ya es demasiado tarde, de que son ellos quienes han alimentado esta forma pachanguera y gritona de discutir.

De todos ellos, posiblemente Rajoy haya sido el más listo y posiblemente por eso tenga tantísimas papeletas para ganar las elecciones de dentro de dos semanas: si algo hemos aprendido de los fenómenos televisivos es que atraen a un público hambriento de espectáculo y ávido de consumo gratuito, pero que a la hora de gastarse el dinero —extrapolemos: poner un papel en la urna— se vuelve reacio y tacaño.

Así, Rajoy se dosifica y juega, por desesperación o cálculo, a escapar al ruido blanco de las tertulias de sábado noche y a los debates-descuartizamiento. En su lugar prefiere subirse a bancos, patearse pueblos y comer mejillones con el cuñado de España, Bertín, en pos de proyectar una imagen de tipo atareado, tímido y cumplidor.

Sea como fuere, los programas electorales han dejado paso a los programas en hora punta. Esa, se le endilguen las siglas que se le endilguen, es la nueva manera de hacer política. O al menos, de hacer campaña. Pero ¿es la nueva manera de gobernar? Veamos: ¿Es Gran Hermano la nueva manera de relacionarse? ¿El Precio Justo de gestionar la economía? Pues eso.

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Todo es política
Alejandro Carantoña 01-06-2015 | 10:00 | 0

Algo muy raro ocurrió el domingo pasado, el día en que «el miedo iba a cambiar de bando» (que solía decir Pablo Iglesias antes de volverse moderado) y no fue en las urnas. Porque si bien la participación apenas se movió con respecto a la de las elecciones de 2011 y los resultados fueron más o menos previsibles, la audiencia televisiva sí se movilizó. Y además, a lo grande y de manera imprevisible.

Las cadenas generalistas se pegaron un batacazo notable en cuanto a audiencias —especialmente Televisión Española—, mientras que La Sexta, con el tan anunciado «periodismo incómodo» de Antonio García Ferreras y Ana Pastor servido en abundancia, acaparó un espectacular 16% de cuota de pantalla, que es más del doble de lo que acostumbra a registrar. La televisión pública certificaba así una caída en picado, que la semana anterior había vivido su episodio —y fracaso— más polémico a costa del nuevo programa de Ernesto Sáenz de Buruaga. Buruaga, en efecto, firma un formato de la más vieja de las escuelas, lleno de ideología subterránea y prefabricada y del cual poco, o nada, se puede salvar en términos periodísticos.

Esto provocó una rabieta por parte del presidente de TVE, José Antonio Sánchez, contra La Sexta, a la que llamó «cadena de segunda», mientras que defendía al jurásico Buruaga. Y así, el crítico Ferreras se lanzó en tromba contra Sánchez el mismo lunes llamándole en antena «mamporrero del PP».

Ese mismo día, como ha ocurrido el resto de la semana, El Gran Wyoming batía sus propios récords con el «análisis» de las elecciones, siempre en La Sexta, que vino a ser su acostumbrada leña al PP y amables entrevistas a las tres caras del cambio: Manuela Carmena, Ada Colau y Mónica Oltra.

Durante el resto de la semana esta tónica se ha ido extendiendo por el resto de medios de comunicación, porque lo que está pasando es «sexy» y, a todas luces, vende. Le está yendo mejor a quien apostó por Podemos de antemano, pero nunca es tarde si la audiencia está —y lo está— hambrienta de ilusión, de catarsis y de nuevos aires.

Así, durante los últimos siete días hemos asistido a cómo el «periodismo incómodo», marca registrada, se iba diluyendo en una cosa mucho más complaciente. Está muy claro que, una vez iniciado el cambio, al periodismo le toca cambiar radicalmente de posición y empezar a cuestionarlo todo —que no deja de ser el trabajo de cualquier periodista—. Se supone que el poder siempre encontrará escrutinio y contrapunto en la prensa. Y ahora, que la opción opuesta a lo tradicional ya ha tocado poder… ¿A quién tiene enfrente? ¿A Buruaga? ¿Confiamos tanto como para dejarles sin vigilancia periodística?

El culmen de este peculiar fenómeno llegó el miércoles, en una sola imagen, una muy elocuente: una revista digital de nuevo cuño y contenidos potentes sacaba a la venta tres camisetas con las caras de Colau, Carmena y Oltra. Y rezaba su eslógan: «Compra tu camiseta y ayuda a financiar el periodismo libre». Pero ¿es que nadie ve que el periodismo está siendo, así, menos libre que nadie?

La objetividad no existe, nunca ha existido. Pero el punto hasta el que ha calado aquella máxima de que «todo es política» está haciendo que, gracias a esa RTVE tomada al asalto por el PP y esa Sexta vendida al «cambio», ya casi no tengamos un parlamento y una prensa crítica, sino dos parlamentos: uno en la caja de votar y otro, en la caja tonta.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 31 de mayo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.