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Traducción

Traductores y delincuentes
Alejandro Carantoña 11-09-2016 | 4:00 | 0

Hace casi diez años, saltó un escándalo que sigue sin ser tal para la opinión pública: el Ministerio del Interior tenía contratadas, para tareas de traducción con cierto grado de seguridad, a personas con antecedentes penales. Esta semana, al fin, la Defensora del Pueblo ha admitido a trámite una queja presentada en julio por varias asociaciones de profesionales del ramo: en muchos juzgados de España (Asturias, entre ellos) no está garantizada la prestación del servicio de traducción por personal cualificado.

Coincide esta reclamación con el retorno del curso literario, en el cual predominan, en la sombra, no pocos traductores: sin ir más lejos, Volar en círculos, las memorias de John Le Carré, han aparecido esta semana en España simultáneamente a su lanzamiento mundial —y suponen el pistoletazo de salida a una jugosa selección de títulos extranjeros—. Cualquiera de los innumerables estudios realizados sobre este ámbito en España es desolador: el precio medio de la traducción literaria se sitúa en unos 3,6 céntimos por palabra, una cantidad irrisoria. Y en el caso de la especializada —la mejor remunerada, como la de los juzgados por la que ahora se lamentan las asociaciones—, los precios finales son muy superiores pero también hiperpoblados de intermediarios, con el consiguiente perjuicio para usuarios y profesionales. Al final, resulta que apenas la mitad de los traductores profesionales de España viven exclusivamente de su trabajo. Y un número elevadísimo no declara sus ingresos, dicen que por escasos.

Muchas voces, incluyendo el Ministerio de Cultura (que en 2010 publicó un Libro Blanco de la Traducción en España), lo achacan a la falta de visibilidad del trabajo: en la crítica nunca se comentan las traducciones salvo que sean una catástrofe; y en el caso de la ópera o del teatro, tan solo el crítico Luis Gago (que es, a la sazón, traductor) desliza algún comentario sobre los sobretítulos en sus textos. En general, de nuevo, cuando contienen errores.

Como oficio, es casi tan desagradecido como el de periodista o árbitro de fútbol: la labor se da por supuesta y solo se vuelve visible cuando se cometen fallos. El grado de tolerancia a la chapuza es, sin embargo, altísimo en España, donde se aceptan resultados mediocres siempre y cuando el precio sea más bajo; y donde, no nos engañemos, la cultura crítica sobre la traducción está en pañales: un número enorme de lectores cree que muchos de sus libros favoritos fueron escritos originalmente en español.

Esta deriva, infinita, ha terminado por alcanzar a las facultades (hasta hace apenas cinco años nos «regalaban» la acreditación de traductor jurado con la Licenciatura) y ha embarrancado, inevitablemente, en juzgados y servicios públicos: tan solo algunas instituciones de primer orden cuentan con traductores propios, mientras que la inmensa mayoría subcontratan el servicio sin supervisión efectiva en el mejor de los casos; y se lo encargan al mejor postor, en el peor.

Que esta queja sea aceptada a trámite es tan solo un pequeñísimo paso, pero sin duda uno que merece ser reivindicado y destacado a bombo y platillo: solo así es posible que desde quien se compra una lavadora y necesita consultar las instrucciones hasta el inmigrante que busca reconstruir su historial médico puedan tener garantizadas cosas que, de tan básicas, se dan por hechas. Y, justo por ese motivo conviene no olvidar que su existencia y buen hacer no se deben a la intervención divina, sino a un esfuerzo perpetuo y excesivo de una generación que aún espera ser reconocida.

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Un chagall en la oficina
Alejandro Carantoña 29-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Dmitry Ryboloblev era un oligarca ruso, millonario como un estereotipo, que se mudó a Suiza hace veinte años. Cuenta la anécdota, recogida por el New Yorker, que cuando se compró la mansión correspondiente en el mejor barrio de Ginebra descubrió que el anterior propietario la había acondicionado para su colección de arte. Por eso, ya que había unos apliques en la pared, estimó que era el momento de comprar alguna cosita para que le diese la luz y no desperdiciarlos. Como no tenía mucha idea, acudió a la esposa del dentista de su mujer para que le hiciese las gestiones oportunas. Al punto, se decantó no por un póster de alguna película de Tarantino o por una marina de tres al cuarto, no: Aunque no le sonaba ni de oídas, acababa de adquirir Le Cirque, de Chagall, por seis millones de dólares para que hiciese bonito en el salón.

Nadie duda de lo que un chagall puede costar, pero en este caso resulta bastante obvio que gastarse seis millones en él equivale a hacerse una tortilla con caviar y regarla con kétchup. Sobre esto mismo reflexiona un estupendo documental de 2006, Who the fuck is Jackson Pollock? (¿Quién coño es Jackson Pollock?): esa es precisamente la pregunta con la que arranca la historia de una camionera que, por accidente, acaba teniendo lo que quizás sea un pollock en el salón. Por cinco dólares. A partir de ahí, una cruzada por saber si las manchas sobre el lienzo son genuinas o imitaciones, sin método científico que valga para acreditarlo y sin más argumentos que los aportados por expertos en Historia del Arte. A la buena señora, en cualquier caso, le parecía un horror.

Así, el mercado del arte es el mejor para ejemplificar un mal endémico, y uno que últimamente tiene contra las cuerdas judiciales a no pocos políticos españoles: que si aeropuertos, que si loterías, que si obras de arte, que si sobrecostes… El último, ayer mismo, cuando en las páginas de este periódico Ana Moriyón devolvía al primer plano el misterioso caso de la web electoral de Isabel Pérez-Espinosa, del PP, para su campaña de 2011: con motivo de la declaración de Mercedes Fernández en el juicio por el caso Pokémon, recordamos que una empresa de comunicación facturó 25.000 euros por hacer esta página, mientras que off-the-record se reconocía que no valía ni una octava parte.

Aunque en este asunto concreto las sombras de corrupción son evidentes, tenemos otros casos de servicios artísticos, creativos o literarios de dudosa tarificación a mansalva, o, al menos, poco establecidos. Por ejemplo, cuando en 2009 el Principado sacó a concurso la traducción al asturiano y al inglés de su portal informativo, lo hizo con un presupuesto tope de 600.000 euros (IVA excluido), a razón de 200.000 euros al año, a razón de 547 euros al día. (El presupuesto adjudicado para los servicios de traducción jurídica al español para toda la administración de justicia asturiana otorgado en 2015 es casi una cuarta parte.)

El problema de todo este maremágnum poco regulado y sin colegios de ninguna clase (solo los periodistas han hecho un esfuerzo en este sentido) es que resulta en una liberalización desbocada, opaca y sin apenas criterios técnicos que establezcan qué, cómo o por qué contratar a un traductor, comprar un cuadro o subvencionar un concierto de rocanrol, tanto en la esfera pública como en la privada: no sabemos cuánto cuesta nada porque tan pronto una web vale 3.000 como vale 25.000; y traducirla, cinco veces lo que costó hacerla. Y salvo debacle, viaje subvencionado o causa judicial, así seguimos. Y seguiremos.

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Eco en un seto
Alejandro Carantoña 22-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

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Una furtiva voz
Alejandro Carantoña 18-05-2015 | 9:00 | 0

Dijo que en veinte años de escritura en prensa nunca había despertado semejante animosidad, como sin entender por qué: le estaban lloviendo palos de los traductores en bloque. Qué injusticia, qué suspicacia contra el protagonista —el escritor Juan Gómez-Jurado— cuando él «solo» había firmado las siguientes líneas en su columna de ABC, referentes al doblaje de las películas: «Consumiendo productos para idiotas que no quieren esforzarse, conseguimos convertirnos precisamente en eso. […] Doblar es robarle al actor su voz, al espectador miles de matices y violar el producto final. Y no creo que nadie quiera presumir de tener los mejores ladrones y violadores del mundo.»

Esto ocurrió el fin de semana pasado. Las aguas ya bajaban revueltas, en este sentido, desde el estreno de Refugiados, la nueva serie coproducida entre Antena 3 y la BBC, rodada en inglés y doblada. La crítica la ha despedazado y algunos espectadores achacan, en parte, la pobre impresión que les causó el estreno al doblaje. Conclusión: Hay que acabar con la traducción audiovisual, que es un atavismo franquista.

El runrún de que el doblaje de las películas lo inventó Franco como herramienta de control es más falso que un euro de madera —es anterior, de tiempos de la República—; igual que lo es que somos el único país en el que se doblan las películas. Se hace en toda Europa. Pero a gente como Gómez-Jurado les ocurre que de pronto ven Los Vengadores en inglés y entienden los chistes porque saben inglés y descubren el machaque de la traducción porque saben inglés y escriben artículos porque saben inglés. Es la cruz de la traducción audiovisual, que siempre hay uno en la sala que sabe inglés, italiano, alemán o francés y caza a los traductores, ignorantes, en un renuncio.

No obstante, aún oigo crujir las butacas del Campoamor cuando, durante treinta segundos, falló el sobretitulado de El castillo de Barbazul la temporada pasada, la ópera de Béla Bartók —en húngaro—, ante la perspectiva de que la siguiente hora de música se desarrollase en ese idioma tan hermoso como impenetrable.

O aquella mujer, tan entrañable, que salía emocionada de ver un Elisir d’amore sobretitulado —el enésimo de su trayectoria como espectadora, el primero traducido— epatada porque ella siempre había creído que cuando Nemorino profiere aquello de «M’ama. Si, m’ama, lo vedo» no estaba cantando al amor, sino llamando a su madre desesperadamente.

La gran injusticia de la traducción es, en realidad, esta: que no se trata de una cuestión de vagancia o de asfaltar el camino al analfabetismo lingüístico, sino una propuesta de acercamiento, una posibilidad de volcado que, en el mejor de los casos, ayuda a disfrutar de cualquier producto en nuestro idioma y en toda su amplitud —cultural, intelectual—. Quizás nos hayamos pasado —una encuesta desvelaba, hace unos años, que la mitad de los lectores creían que los libros se escribían en español, siempre—, y quizás falte educación lingüística, como nos recuerdan permanentemente nuestros líderes. Pero eso en ningún caso es culpa de la traducción o del doblaje, ni remotamente: es culpa de un hambre mal despertada y de un déficit de curiosidad palpable: porque ¿cuántos ciudadanos japoneses, australianos, alemanes o canadienses abarrotan las escuelas de español para leer a Gómez-Jurado?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 17 de mayo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.