El Comercio
img
Etiquetas de los Posts ‘

Verano

Francisco Primero
Alejandro Carantoña 10-07-2016 | 4:00 | 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

Ver Post >
Más caléxicos
Alejandro Carantoña 17-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aun cuando creíamos haber huido lo suficientemente lejos de la actualidad —hasta los confines de agosto—, nos seguía pisando los talones. Ni siquiera aquí, a orillas de la Costa Verde, hemos logrado sortear durante estos meses de verano la enésima y aburrídisima polémica política: primero fue la Semana Negra; y ahora, como nueva incorporación que va ganando enteros en la clasificación, las declaraciones de Carlos Zúñiga, el empresario de la plaza de toros de El Bibio, de Gijón, que fue a meterse en un berenjenal de órdago por su cuenta y sin ayuda. Muy meritorio: «Las fiestas del Orgullo Gay sí que hacen daño a la vista de los niños», dijo.

Semejante salida de tono provocó un incendio en la planta noble del Ayuntamiento de Gijón, que Zúñiga se ha ido ocupando de apagar con abundante gasolina a lo largo de la semana, hasta darle, así, dimensiones institucionales y políticas de primer orden, manifestaciones, manifiestos y enfrentamientos incluidos.

Este tipo de cosas —los toros, la Semana Negra, la franja azul de la camiseta del Sporting, etc.— parecen ser la sal y la pimienta de los meses de verano, como para no perder la forma polemista en vacaciones. Y, sin embargo, de la arena del debate ha vuelto a quedar excluida, un año más, la cuestión más central y más importante de todas: el modelo de verano que queremos, la forma y diseño que queremos darle, proyectar hacia el exterior y usar como polo de atracción o distracción estival. Nos hemos vuelto a perder en naderías que no merecen mucho más que veinte segundos de atención.

Porque en cambio el concierto de Caléxico del pasado jueves en la Plaza Mayor, abarrotada y quizás insuficiente para la magnitud del evento, dejará un regusto agradabilísimo durante años —sonido redondo, clima clemente, expectativas superadas—. Y todo con un volumen potente y una cerveza en la mano, gravísimos atentados cívicos, ambos dos, permitidos por bula municipal durante las fiestas de la ciudad, como haciendo la vista gorda en honor de la patrona.

Mientras tanto, y a pocos metros, el gobierno municipal ha vuelto a sacar la artillería administrativa para hacer cumplir los horarios de cierre de algunos bares del Centro y de Cimavilla, verificar las licencias de música amplificada y abortar la música en directo espontánea, amén de seguir posponiendo el irresoluble y esquizofrénico problema del consumo callejero de alcohol en esta tierra sidrera.

Así, la forma que adquiere la Semana Grande es la de espacio de libertad o relajación de las normas, como mucho, en el que se polemiza por cuestiones más políticas que culturales. Por lo demás, sigue sin plantearse con claridad y definición qué hacemos con quienes pretenden participar de la Semanona al margen de su programación o plantear alternativas a su oferta. En ningún caso se debe levantar la mano temporalmente con lo diferente; en cambio, está claro que en Asturias en general y en Oviedo, Gijón y Avilés en particular hay una urgencia por hablar de la noche, de los conciertos, de los bares y por llegar a soluciones algo más sutiles que el reparto de denuncias. Es de locos que en un sitio se pueda beber, gritar y corear mientras que a pocos metros y simultáneamente llueven las multas por poner discos o tocar canciones, que las odiosas y nocivas despedidas de soltero puedan campar a sus anchas mientras que la música en directo, y diferente, languidece y perdemos cantera: que los Caléxico —que en mi opinión son ejemplo de proyecto atractivo o, al menos, diferenciador con su presencia en la ciudad—, algún día, también tocaron en un bar.

Ver Post >
El incendio
Alejandro Carantoña 03-08-2015 | 9:00 | 0

Es una de las cosas a las que más derecho queremos tener, en estos tiempos digitales. Y quizás esto se deba a que se trata de la que más nos asusta. Es el incendio en general, pero no un incendio cualquiera, no son solo esas llamas que se están comiendo el suroccidente de Asturias o que se llevaron por delante a ocho personas hace unas semanas en Zaragoza. Es el incendio de la memoria, es el olvido, el abandono, el pánico a no ser recordados —o a que nos recuerden como menos queremos—.

Este tipo de miedo es el que activa, casi siempre, los resortes más emocionales. Así, sin necesidad de remontarnos al espinoso asunto de la memoria histórica, esta misma semana hemos vivido un nuevo episodio de agitación, de puro miedo al olvido, con el cierre del Café Comercial de Madrid: los unos, por pena a que dejase de existir; los otros, por celebración de que al fin cayese una empresa desagradable, poco atenta y que vivía de las rentas culturales de otro tiempo. Y todos tienen razón, al menos, en constatar que el olvido se va llevando un cierto Madrid malasañero: el del pijo Comercial, desde luego, pero también el de El Chamizo, otro cierre de esta semana; o el del Estar café, cuyo anuncio de traspaso trascendió apenas unos días antes de que Javier Krahe, que solía ir allí a jugar al ajedrez, muriese. Y sin que nadie temiese, al menos, que fuese a ser olvidado: es un alivio.

Muchas de las cosas que hacemos, tanto como individuos como ciudanos como colectivo, tienen algo de poso en el recuerdo: las ceremonias, los hitos y las celebraciones están llamadas a escribir con letras más o menos grandes líneas que no se deben olvidar, o que no queremos que se olviden. Veamos: los acontecimientos políticos de este pasado curso son «históricos», el calor o el frío también lo son —siempre—, e incluso la llegada de Riccardo Muti, estos dos pasados días, al Teatro Campoamor de Oviedo ha adquirido tintes de «histórica». A buen seguro, de «inolvidable»: por ahí no hay miedo.

Pero cabe sospechar que todos estos acontecimientos —desde el Comercial a Muti; desde los nuevos partidos a los termómetros explosivos— se ganan su inolvidabilidad por ser centrales, centrales en un contexto y un espacio muy concretos. Así, igual que los asturianos acostumbramos a formar parte del selecto club de grandes olvidados de España, madridcentrista donde las haya, incurrimos ahora en el mismo error al mirar más a la costa, y al centro, que a esos montes verdes, pulmonares y nucleares del Suroccidente que se están convirtiendo en carbón (no subvencionado) pasto de las llamas, de las llamas del incendio, y sobre todo, del incendio del olvido colectivo.

Como en esa esquina oronda del Principado no vive mucha gente y el humo no cubre nuestras ciudades, parece que asistimos con una desolación lejana a los incendios, sin mucha más afectación, cuando en dimensiones no difieren mucho al de Òdena, en Cataluña, o al de Ourense, que sí se han ganado su cuota de Historia.
Para rematar la catástrofe, tenemos a los brigadistas encargados de apagar esos incendios en pie de guerra, y todo porque consideran un abuso el trato por parte de la empresa contratante —adjudicataria del Estado— y quieren atención. ¿Por qué quieren la atención? Efectivamente: porque se consideran olvidados.

Esto del recuerdo nos resulta muy incómodo, y aparte de despertarnos ese lado emocional, también saca lo peor, el egoísmo, el deseo por ser recordados (yo, nosotros, todos) por encima de lo demás. Pero hay cosas, como esos montes apartados, que son importantes, aunque no nos parezcan ni históricas ni inolvidables.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 2 de agosto de 2015.]

Ver Post >
Un euro a la Semana
Alejandro Carantoña 27-07-2015 | 11:56 | 0

Primero, la pelea. Luego, la debacle: ya con la XXVIII Semana Negra cerrada, no merece la pena tratar de escamotear un análisis urgente, y en el que hay que insistir tanto como sea necesario.

Para empezar por lo general, y saludándolo ante todo como un síntoma de la buena salud del verano cultural gijonés, observemos que hemos acabado por tener tantos festivales en verano como carreras populares el resto del año. Y bien sabrá cualquiera que haya salido a contar «runners» por el Muro que no son pocas.

Esta eclosión llegó a su culmen el año pasado cuando, por azar o por inquina, Metrópoli y la Semana Negra coincidieron en fechas. La organización del veterano festival negro, haciendo gala de su característica susceptibilidad, vio en esto un ataque frontal por parte del ayuntamiento forista (según la Semana Negra siempre hay alguien intentando destruirla). Metrópoli y el ayuntamiento lo negaron, pero la espita estaba abierta y, por no perder las buenas costumbres locales, competimos antes que hablamos.

Como las comparaciones son inevitables —aparte de odiosas—, a algunos nos dio por contraponer balances. El resultado fue que el uno no debía temer al otro, más bien al revés: Metrópoli y la Semana Negra son, por naturaleza, festivales lo suficientemente dispares como para poder coexistir, y eso que ambos ofrecen comida, bebida y conciertos. Eso nos hizo preguntarnos si no acabarían por absorberse o fusionarse, habida cuenta de que —tal y como se ha visto este año— no son pocos los hosteleros y músicos que están presentes en ambas citas.

Gracias a la brecha, el hermanamiento ni ha ocurrido ni tiene pinta de ir a ocurrir: Aceptada esta realidad ¿qué podrían, al menos aprender los unos de los otros? Aquí es donde encaja la pelea, y el largo historial de eso que la dirección de la Semana Negra llama «normalidad»: aunque se dice que por la Semana Negra han pasado cinco veces más visitantes que por Metrópoli este año, el caso es que en el festival recién llegado no hay constancia de ninguna pelea, coma, tiroteo o electrocución. Y eso ¿por qué? ¿Por los horarios, porque son más civilizados, porque hay una unidad militar en el recinto?

Sospecho que es por el euro y medio que cuesta la entrada de Metrópoli, frente a la gratuidad de la Semana. Con algo tan nimio (que además difícilmente va a dejar a nadie fuera), se ahorraría (o se reforzaría) el trabajo de toda esa legión de trabajadores desbordados, y cuya situación ha sido denunciada públicamente por varios de ellos en esta edición, como el músico Xabel Vegas, a raíz de la pelea de marras.

Además, con ese euro y medio (¡o un euro: precios populares!) la Semana podría mejorar, y renunciar tanto a los impresentables que van a montar su Vietnam particular como al dinero de algunos hosteleros y feriantes perfectamente prescindibles, por marrulleros, si no directamente por violentos.

Es lo que este incidente revela: que no es menos democrático, menos de izquierdas ni menos combativo evitar que la gentuza dinamite lo que algún día fue un buque insignia, un mascarón cultural y festivo que ha crecido con muchos de nosotros. La Semana Negra necesita alimentar el entusiasmo y la confianza de quien la ha perdido (que no son pocos) y, sobre todo, sobre todo, cerrar la fractura que desde hace años se viene abriendo entre quienes están a favor y quienes están en contra: la Semana Negra, por mucho que insistan los unos, los otros, y los de más allá, no necesita a sus enemigos para existir. Con un euro, bastará.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 26 de julio de 2015.]

Ver Post >
Fin de curso
Alejandro Carantoña 22-06-2015 | 9:00 | 0

Con los últimos rescoldos de junio, y más con todas las ventanas abiertas —hoy empieza el verano— y más con una espicha de fondo y más con San Juan a las puertas, se completa una semana más un ejercicio rutinario: preguntarse dónde estábamos hace siete días y dónde estamos ahora.

Algunos, en Asturias, están en el mismo punto aunque bajo un par de palmos de barro y otros, embarrados y en otro sitio, donde no les gustaría estar: en la oposición. Pero esta semana, esta especialmente, tras el chaparrón premonitorio e higiénico del sábado pasado, ha sido la primera de este accidentado año en la que efectivamente no ha pasado nada en España.

Es posible que se produzca un cortocircuito en el éter si una sola persona más vuelve a escribir las palabras «Twitter», «populismo» o «cambio», porque si ya de septiembre a mayo habían recibido un buen vapuleo, los (irrelevantes) acontecimientos acaecidos desde el domingo pasado con el nuevo no-concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid han provocado que la prensa seria terminase de exprimirles las últimas gotas que les quedaban. Por eso ha sido la semana de abalanzarse sobre claves nuevas y frescas, como «bicicleta» y «metro» y madres limpiadoras de colegios, para hablar sobre no-pactos y alcaldes campechanos. Todo un antes y un después en nuestras vidas.

Tras el chute informativo que fueron las elecciones autonómicas y municipales, quedaba al menos la esperanza de que Mariano Rajoy diese un golpe de efecto en su gobierno el jueves pasado, un gran vuelco dramático con el que llenar unas horas más de tertulia. Y nada. Y ¿en el Consejo de Ministros del viernes? Tampoco.

Otros buscaban, al menos, nuevos patinazos públicos y cibernéticos en el ámbito político. Y más vacío: la realidad se resistía a brindar nuevos materiales, obligaba a, siempre sin levantar la vista del ordenador y la tele y la prensa, tirar de fondo de armario con pestazo a naftalina o bien meterse en osadas extrapolaciones greco-españolas.

Por fin ha llegado el momento de proponer una actualización del repertorio, de lanzar a la hoguera este curso, relevante en sí pero ya prácticamente ahogado, desahuciado. Es el momento de empezar a pensar en libros, en destinos, en terrazas y en merenderos; en sidras frescas, parrilladas, amistades desembarcadas y tardes por venir.

Porque da la impresión, desde que empezó el runrún electoral, de que veníamos esperando una montaña rusa de tal intensidad para acabar el curso que, al quedar huérfanos de auténticos sobresaltos, nos hemos sentido desorientados, ociosos y hambrientos de algo más. Así que en lugar de contar que en realidad no hay (casi) nada que contar, se llenan portadas, horas de radio e informativos enteros con acontecimientos que en menos de un año no pasarán de la anécdota.

Decía el recientemente desaparecido Santiago Castelo, poeta primero y ex subdirector de ABC después, que había que empezar a podar páginas de política de los periódicos, porque nadie acudía a las hemerotecas, al cabo de un siglo, en busca de la reacción del grupo municipal X a la decisión del grupo Y. Acudían, en cambio, en busca de crónicas de viajes, de acontecimientos pequeños, de hitos de esos que escriben la Historia fuera de estas cuatro esquinas. Apaguemos, cerremos, leamos. Salgamos: aquí ya no pasa nada.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.