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Verano

Leer en público
Alejandro Carantoña 06-08-2017 | 8:00 | 0

Cuando se vean cabezas cernidas sobre algo, sujeto entre las manos, en una terraza, barra, chiringuito o toalla lo más probable es que sea un móvil. Quizás una tableta, pero rara vez un libro, una revista o un quintal de periódicos, como hace no tanto era frecuente ver.

Hay quien escoge el teléfono para leer, pero este acto no deja de ser el mismo, aproximadamente, que forrar la lectura de turno para no estropear la tapa primero y para que nadie supiese qué se estaba leyendo, después.

En las últimas semanas, en este Gijón invadido y saturado, me propuse observar y contar a personas que estuviesen leyendo un libro en público. Han sido poquísimas, pero lo más llamativo es que todas han sido (creo) extranjeras: los datos señalan que cada vez se lee más, que el sector editorial está recobrando el vuelo y que las ventas de libros electrónicos se han estancado, mientras que las de libros físicos crecen. Entonces ¿dónde están todos esos libros?

Aparentemente, en casa: es más que probable que la lectura se haya convertido en un acto privado y oculto, sin que su prestigio haya retrocedido un ápice pero, después de todo, circunscrito al ámbito doméstico. Ya no paseamos tanto los libros, ya no necesitamos un bocado de buena literatura a la hora de un almuerzo solitario o en los ratos muertos: nos basta con un vistazo al Facebook y un garbeo por la prensa digital para llenar el hueco. Solo en invierno, siguiendo con la observación, se ve el hábito entre quienes tienen que hacer trayectos tediosos a diario, y que llevan integrada la rutina de la lectura en el autobús o en el tren.

Lo ha observado un novelista, Joël Dicker, esta misma semana, aunque paradójicamente fuese a contarlo en forma de carta, en frases cortas, en un texto brevísimo orientado a orientar al lector apresurado. A ese que, a continuación, va a tuitear el artículo con una lamentación rápida de lo incultos que nos estamos volviendo.

Ese no es el caso. De nuevo, no es la lectura o la cultura lo que está en franco retroceso, sino la calma y la paz de antaño para encaramarse a novelones interminables y a textos absorbentes, de esos que si se llevan de paseo por el mundo es porque no apetece dejar de leer. Porque cualquier ocasión es buena para un párrafo, o para un atracón.

Una de las parejas que sí leía en público eran turistas de pelo cano y cena temprana. Durante los días que duraron sus vacaciones asturianas, después de comer algo, ocupaban la misma mesa del mismo sitio a la misma hora y pedían una cerveza gustosa y una copa de vino. Aquellas bebidas les duraban una eternidad, se quedaban tan quietos que nadie parecía reparar en ellos al cabo de unos minutos. Al punto, alguien los miraba con curiosidad o extrañeza, y probablemente también con envidia: «¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?»

El acto de leer en público no tiene nada que ver con montar el bodegón después, retratarlo y compartirlo en Instagram (y quedar más pendiente de las reacciones a la imagen que a la propia lectura), sino con encontrar islotes e incluso suscitar interés en otros. Otro experimento: dejar sobre una mesa o pasear un libro con el título y la tapa hacia afuera, y luego repetir el proceso ocultando el libro. En el primer caso, se observará que los ojos se van sin disimulo a ver qué es eso tan interesante; en el segundo, se pasa de largo. Se pierde una oportunidad, se comparte menos.

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En el desierto
Alejandro Carantoña 23-07-2017 | 4:00 | 0

Es muy difícil que sesenta y ocho novelas, todas ellas, sean indignas de ser publicadas. Pero así ha sido: esta semana, los organizadores del Certamen Internacional de Novela Histórica Ciudad de Úbeda han decidido declarar desierto el premio que iban a conceder, al no considerar ninguna de ellas merecedora del galardón.

Muy grave tiene que ser el caso para llegar a este extremo: pocas veces ha ocurrido algo así. Aunque el premio carece de dotación económica, conlleva la publicación y distribución de la novela ganadora bajo el marchamo de una editorial importante (Ediciones B), así como la consabida cesión y entrega por los siglos de los siglos del libro en cuestión. Con todo, las cinco ediciones que este año se cumplen son suficiente motivo para que cualquiera se lance a enviarla o, al menos, a intentar que la vocación soñada se sustancie en libro.

Durante muchos años, los premios han significado otra cosa. Concretamente, un modo de vida: un autor de los de segunda fila, curtido en el oficio y provecto churrero literario, tenía junto al material de escritura un listado de los certámenes financiados por cajas de ahorros y ayuntamientos ociosos, y a base de relatos remozados y poesías de corto alcance logró vivir en Madrid durante al menos dos décadas. (Muy bien, por otra parte.)

Todo eso se acabó, pero las secuelas no han desaparecido. Juan Marsé denunció en 2005 que el suculento Premio Planeta estaba dado de antemano; Caballero Bonald, que solo los pequeños carecen de apaños; y según publicó un periódico nacional en una filípica empresarial en febrero de este año, fuera de nuestro país a los galardones no se les da valor alguno. Superan el millar con creces.

La pátina de prestigio para el patrocinador y para el patrocinado es evidente, pero hace muchos años que ganar un premio literario no significa lo suficiente. Ya lo contó Vázquez Montalbán en aquella entrega de Carvalho en la que un crimen retenía a la crème de la crème en una entrega, hace más de veinte años: que, al final, solo los menos mediáticos, fallados por caras conocidas para el lector más próximo o interesado, tienen un valor seguro.

Le acaba de suceder a Miguel Barrero, que con su La tinta del calamar y el mito de Rambal ha ganado el premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra casi por sorpresa: competía con una historia también negra, también asturiana, pero firmada por Manuel Jabois (premiable a más no poder). Sin embargo, y tal y como subrayó el director del certamen Ángel de la Calle, muchos de los apoyos recibidos para aupar la historia de Rambal han venido de fuera de Gijón, de fuera de Asturias: es de suponer que de lectores entusiastas.

Así que aunque en España se lea poquísimo (más o menos el 35% de personas no lee jamás, y a mucha honra), lo mismo se lee cada ve mejor, y por tanto las maniobras publicitarias que tengan algo que ver con plantarle un enorme premio en la faja ya no sirvan de mucho.

Los últimos dos mayores éxitos editoriales de nuestro país, dicho está, han nacido y crecido a partir del boca a boca: Patria, de Fernando Aramburu, solo ha logrado el reconocimiento de los premios tiempo después de ser publicada; y el sugerente ensayo La España vacía, de Sergio del Molino, que se acerca a su décima edición, erige su base de lectores sobre un pertinaz goteo de recomendaciones.

Quizás el público, saturado en un desierto de publicaciones, busque cada vez más la guía. Ahora bien, ya sabemos que el premio por el premio no sirve. Hoy, tiene que ser merecido.

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Viva la diferencia
Alejandro Carantoña 16-07-2017 | 3:00 | 0

Barcelona nunca perderá su mar y Madrid nunca perderá su esencia, pero desde aquella llegan noticias preocupantes y, desde esta, amenazas insospechadas. Cuentan algunos corresponsales de fiar que en Barcelona, estos días, sortear turistas es misión imposible; Madrid, por su lado, recibe con un abrazo que de cálido roza el exceso, además de presentar una uniformidad inquietante en el centro otrora variado. Diferente.

Lo más fácil al mediodía es tomar asiento en algún pequeño local con mesas de madera lijada, platillos multicolores y sillas de metal gastadas. A la noche, tomar una cerveza a la luz de una barra servida por barbas impecables: el esquema se repite por doquier. El Café Comercial ha recuperado la vida, remozado en un «concepto» que recuerda demasiado al de la siguiente esquina, y al de la otra, y al de la otra.

La música se parece cada vez más la una a la otra; los barrios, sin dejar de ser irreductibles, se van nivelando. Se están fraguando dos ciudades monocromas, mecidas por tendencias, movidas por el cosmopolitismo entrepreneur y visionario.

Desde aquí, y desde allá, algunos aportan perspectiva sobre lo mucho que hay que envidiar al lejano Norte. No solo el clima ni la comida, ya se sabe, sino el buen sabor que algunos se han traído de la Semana Negra que hoy termina o de la ristra de festivales y romerías en las que ya llevamos sumidos un mes largo (y a la que le quedan otros dos).

Pasear por un Madrid grande y que no deja de respirar siempre ofrece sorpresas, como que no deje de mutar de aspecto, pero también está sometido a virajes bruscos y unívocos que a los lugareños les incomodan sobremanera. Por eso, en cierto modo, nos envidian el inmovilismo o anclaje en la tradición (según se quiera ver).

Ocurre que les fascina esto de montar una feria bulliciosa con libros en un astillero, incluso a pesar de que el invento vaya a cumplir los treinta con algún que otro achaque; admiran nuestra facilidad para invadir un prao; abrazan la sorprendente variedad de ofertas en un espacio tan reducido. Nosotros, en cambio, nos descubrimos contestando demasiado rápido que sí pero que angosta, o a lo mejor explicando todas esas rencillas que a diario nos mantienen ocupados.

A menudo los asturianos, de natural torpe para exaltar lo propio o excesivos en la celebración, necesitamos de un paseo por otras latitudes para descubrir nuestras ventajas, y también para aprender de las ajenas. De Barcelona bien podríamos importar no pocos teatros, autores, vanguardias y orgullos propios; de Madrid, la mezcla, la autenticidad, la identidad compartida y el crisol de biografías.

Todo esto no significa ni que las grandes urbes sean la meca ni que la tierrina sea la panacea; tan solo que en estas últimas semanas ya hemos asistido en Asturias a un par de conatos de boicot, a no pocas opiniones contundentes sobre una opción de divertimento o la otra o incluso a una larga lista de explicaciones —casi como pidiendo disculpas, anulando futuribles ataques— antes de inaugurar desde un festival de música hasta una corderada en un pueblo perdido.

Pero no solemos hablar de lo bueno. Y si algo bueno tenemos, precisamente, es la diferencia de poder cambiar de ambiente, de plan, de ciudad, de paisaje, ¡de música! o de chigre. Se deba a lo que se deba, es un valor que alimenta bibliotecas y llena cancioneros, y que no solemos subrayar. Así se escribe la historia, el movimiento: con esta tensión nuestra, tan incómoda a veces, tan ruidosa, se mantiene la diferencia.

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Francisco Primero
Alejandro Carantoña 10-07-2016 | 4:00 | 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

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Más caléxicos
Alejandro Carantoña 17-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aun cuando creíamos haber huido lo suficientemente lejos de la actualidad —hasta los confines de agosto—, nos seguía pisando los talones. Ni siquiera aquí, a orillas de la Costa Verde, hemos logrado sortear durante estos meses de verano la enésima y aburrídisima polémica política: primero fue la Semana Negra; y ahora, como nueva incorporación que va ganando enteros en la clasificación, las declaraciones de Carlos Zúñiga, el empresario de la plaza de toros de El Bibio, de Gijón, que fue a meterse en un berenjenal de órdago por su cuenta y sin ayuda. Muy meritorio: «Las fiestas del Orgullo Gay sí que hacen daño a la vista de los niños», dijo.

Semejante salida de tono provocó un incendio en la planta noble del Ayuntamiento de Gijón, que Zúñiga se ha ido ocupando de apagar con abundante gasolina a lo largo de la semana, hasta darle, así, dimensiones institucionales y políticas de primer orden, manifestaciones, manifiestos y enfrentamientos incluidos.

Este tipo de cosas —los toros, la Semana Negra, la franja azul de la camiseta del Sporting, etc.— parecen ser la sal y la pimienta de los meses de verano, como para no perder la forma polemista en vacaciones. Y, sin embargo, de la arena del debate ha vuelto a quedar excluida, un año más, la cuestión más central y más importante de todas: el modelo de verano que queremos, la forma y diseño que queremos darle, proyectar hacia el exterior y usar como polo de atracción o distracción estival. Nos hemos vuelto a perder en naderías que no merecen mucho más que veinte segundos de atención.

Porque en cambio el concierto de Caléxico del pasado jueves en la Plaza Mayor, abarrotada y quizás insuficiente para la magnitud del evento, dejará un regusto agradabilísimo durante años —sonido redondo, clima clemente, expectativas superadas—. Y todo con un volumen potente y una cerveza en la mano, gravísimos atentados cívicos, ambos dos, permitidos por bula municipal durante las fiestas de la ciudad, como haciendo la vista gorda en honor de la patrona.

Mientras tanto, y a pocos metros, el gobierno municipal ha vuelto a sacar la artillería administrativa para hacer cumplir los horarios de cierre de algunos bares del Centro y de Cimavilla, verificar las licencias de música amplificada y abortar la música en directo espontánea, amén de seguir posponiendo el irresoluble y esquizofrénico problema del consumo callejero de alcohol en esta tierra sidrera.

Así, la forma que adquiere la Semana Grande es la de espacio de libertad o relajación de las normas, como mucho, en el que se polemiza por cuestiones más políticas que culturales. Por lo demás, sigue sin plantearse con claridad y definición qué hacemos con quienes pretenden participar de la Semanona al margen de su programación o plantear alternativas a su oferta. En ningún caso se debe levantar la mano temporalmente con lo diferente; en cambio, está claro que en Asturias en general y en Oviedo, Gijón y Avilés en particular hay una urgencia por hablar de la noche, de los conciertos, de los bares y por llegar a soluciones algo más sutiles que el reparto de denuncias. Es de locos que en un sitio se pueda beber, gritar y corear mientras que a pocos metros y simultáneamente llueven las multas por poner discos o tocar canciones, que las odiosas y nocivas despedidas de soltero puedan campar a sus anchas mientras que la música en directo, y diferente, languidece y perdemos cantera: que los Caléxico —que en mi opinión son ejemplo de proyecto atractivo o, al menos, diferenciador con su presencia en la ciudad—, algún día, también tocaron en un bar.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.