El Comercio
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Fecha: octubre, 2014
Una casta de nicolases
Antonio Ochoa 28-10-2014 | 10:09 | 0

En panorama político tan deprimente como el actual, la aparición de Nicolás ha sido la única nota divertida. Ahora que “la casta” es vituperada en todas partes, él quería formar parte de ella. Quería su coche oficial, su tarjeta oficiosa y sus sobornos extraoficiales. ¿Acaso es eso tan extraño? ¿Cuántos nicolases hay en este país esperando una ocasión semejante? Y, después de todo, ¿por qué no? ¿Acaso toda esa caterva de asesores, consejeros y liberados que nos rodea y nos asfixia es mejor que nuestro Nicolás? ¿Acaso los asesores saben algo para poder asesorar? ¿Acaso los consejeros dan consejos que no lleven a la ruina? ¿Acaso los liberados hacen algo distinto de cobrar por el pelotilleo y la lealtad perruna? ¿Cuántos cargos locales, autonómicos o nacionales pueden presumir de un currículo mínimamente decente anterior a su entrada en política? Y, si a pesar de ello están todos ahí gozando de privilegios sin cuento, ¿por qué otros no?
Nicolás tenía todo lo necesario para ser un político triunfador: desvergüenza, desprecio por las normas, habilidad para hacer la pelota, facilidad para engañar y voluntad de trepar pasando por encima de lo que fuese. Pero también tenía prisa y eso fue lo que lo perdió. Para llegar arriba con veintipocos años hay que ser hijo de la casta. De lo contrario, tienes que recorrer lentamente todo el escalafón desde las juventudes del partido, repartiendo por el camino un buen montón de puñaladas y esquivando muchas más. Careciendo de apellidos y de antigüedad, la cosa no podía durar. Podía, sí, pedir maletines como ellos, pero no podía luego otorgar contratos. Podía alquilar cochazos y guardaespaldas, pero no, cargarlos a la cuenta de la autonomía. Podía organizar fiestas suntuosas, pero no, pagarlas con la tarjeta de la Caja. Podría perfectamente haber sido uno de ellos, pero fue demasiado listo y ambicioso para no destacar entre tanto mediocre.

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Sobre crédulos y quejicas
Antonio Ochoa 24-10-2014 | 7:50 | 0

Dos cosas en las reacciones al caso Villa” me han parecido interesantes y esclarecedoras. En primer lugar, nadie se ha molestado en fingir incredulidad. Todos sus colegas han aceptado sin problemas que era cierto. ¿Por qué? Si a mí me dijeran que Ghandi se dedicaba (por ejemplo) al tráfico de armas, me costaría creerlo. Aun viendo fotos de él con un saco de metralletas a la espalda me costaría. ¿Por qué todo el mundo se lo creyó del Ghandi de las cuencas (centrales) sin necesidad de verlo en la foto con el saco de euros camino de Suiza? ¿Acaso asumen que la mayoría de los políticos son corruptos? Ellos, que son políticos, lo sabrán mejor que nadie; pero, precisamente por ello, sería muy, muy preocupante. ¿O acaso ya lo sabían desde hace mucho, pero, mientras él cortaba el bacalao, comían y callaban? Pues eso daría una imagen de la gente que nos gobierna aún más preocupante.
En segundo lugar, es curiosa la lista de sedicentes damnificados. En una partida, unos ganan y otros se quejan de las cartas. Está muy feo que los que ganan se quejen encima. En este caso, muchos individuos cuya capacidad intelectual y moral sólo puede ser estudiada con microscopio y que llevan viviendo como marajás durante años gracias al señor Villa salen a toda prisa a protestar por los daños que les ha causado. ¡No me fastidien! Si esta fuera una sociedad honesta (sin “Villas”), ellos estarían buscando comida en los contenedores. Si no hablaron con la boca llena, no hablen ahora que tienen llena la barriga. Dejen que los pobres mineros actuales, que trabajan con condiciones y sueldos tercermundistas gracias a ellos, se quejen. Sin duda el miedo a quedarse sin chollo les aterra, pero, cuando uno levanta demasiado las sayas para escapar corriendo, suele quedarse con el trasero al aire.

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Vendimia
Antonio Ochoa 13-10-2014 | 11:46 | 0

Llegó de nuevo a Cangas la Fiesta de la Vendimia. Este evento ha ido ganando prestigio con tal rapidez que se ha convertido en la segunda gran fecha del año cangués, muy poco por detrás de El Carmen. Tiene todas las cosas que nos gustan: buenos amigos, buena conversación, buen vino y buena mesa. Además, está hecha con cariño e ilusión, por gente que realmente cree en lo que hace y con muy escasa interferencia “política”. Es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando la gente se pone a bogar junta en vez de liarse a golpes con los remos. Cierto que en la pasada edición se hubo algunos ecos bélicos. Pero, por suerte, todos parecen haber comprendido que, en las guerras, incluso los que ganan pierden. No se puede pedir a nadie que renuncie a sus principios, pero, para lo demás, el diálogo es una buena receta.
Es un paso en el buen camino y probablemente daríamos muchos más si supiéramos a dónde queremos ir. Hasta ahora hemos ido dando tumbos, esperando acertar por casualidad. Se han despilfarrado montones de dinero en ocurrencias que han quedado en nada y en ideas grandiosas que se vinieron abajo porque no tenían ninguna base. Tal vez sea tiempo de pararnos a pensar cómo podemos sobrevivir juntos en estos tiempos azarosos y, después, empujar todos en esa dirección. Turismo de calidad, vino de cangas y productos naturales parecen unos buenos inicios. Podemos añadir otros, pero no demasiados ni muy dispares.
Así pues, saboreo un buen vaso de vino de Cangas, una buena tapa y hago una pequeña pausa en la conversación para disfrutar del verde paisaje que nos rodea. Mientras, intento decidir si el espectáculo que dan esos mismos que hasta hace poco hacían cola para adorar a Villa pretendiendo ahora lapidarle me divierte, me deprime o me indigna.

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Seguridad
Antonio Ochoa 13-10-2014 | 11:45 | 0

Hace unas noches unos (de momento) desconocidos reventaron el cierre de una joyería de la villa y robaron los artículos del escaparate. Este tipo de sucesos hace que se tambalee la burbuja de seguridad en la que vivimos. Es cierto que el anonimato es más difícil en las pequeñas villas y eso hace que los delincuentes se sientan más incómodos actuando en ellas, pero cualquier aumento en la criminalidad se hará, sin duda, notar aquí y un incremento importante hará que nuestra protectora burbuja estalle en pedazos. Así pues, ¿a dónde vamos a llegar?
Lo que evita que la gente normal robe es, en esencia, la conciencia de que es algo que está mal (no querríamos que nuestros hijos nos vieran haciéndolo) y el temor de ser pillado y tener que sufrir las consecuencias (ir a la cárcel y perder nuestro estatus). Ahora bien, imagínese que es un pobre peón en paro y ve que (por citar un caso) un montón de políticos, sindicalistas y demás se han pulido quince millones (su sueldo de cien años) del dinero de Cajamadrid (nuestro dinero) y ahora se van con una simple “reprimenda”. ¿En qué situación queda su sentido del bien y el mal? Imagine, además, que se le ha terminado la prestación, ha perdido su casa y anda buscando comida en la basura. ¿Puede el miedo a perderlo todo detenerle cuando ya no le queda nada?
Las personas desesperadas toman decisiones desesperadas y pueden ser fácilmente inducidas a cometer actos en otras circunstancias impensables. Las personas privadas de educación son más propensas a cometer crímenes brutales. Del estado del bienestar al estado de la mafia hay una larga bajada que puede recorrerse en poco tiempo. El camino contrario es cuesta arriba y lleva muchísimo más. En estos momentos, el recuperar la justicia social y combatir la miseria no es una cuestión de conciencia, es una cuestión de supervivencia.

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Especies
Antonio Ochoa 01-10-2014 | 10:23 | 0

Leo en una noticia que el Principado se asegurará de que el arreglo de la carretera de Somiedo no cause ninguna molestia a la “población osera”. Se baraja incluso la posibilidad de hacer una chapucilla rápida con cuatro perras para minimizar el impacto, aunque no sirva para nada. Sin duda este especial cuidado en evitar molestias a nuestros vecinos plantígrados incrementará considerablemente las molestias que tendrán que soportar los vecinos humanos, pero nadie parece preocuparse al respecto. Está claro que no todas las especies amenazadas reciben la misma protección y me pregunto qué criterio se utiliza para ello.
No es, desde luego, el mayor peligro de extinción. Un somero estudio de la evolución de los nacimientos durante los últimos años en ambas poblaciones y sus perspectivas de futuro nos confirmará que el paisano rural cantábrico está mucho más cerca de la extinción que el oso. No es, tampoco, el respeto a las leyes. El acceso a la sanidad y a la educación, garantizado en nuestra ley fundamental, se ve dificultado por las malas comunicaciones actuales. No son razones de necesidad. Los osos, si se sienten incómodos con las obras (cosa más que dudosa), tienen kilómetros cuadrados por donde deambular, los paisanos tienen que sufrirlas por narices.
Es triste que una buena idea (la recuperación del oso pardo) se haya convertido en LA IDEA. Las buenas ideas admiten matices, cambios, compromisos; LA IDEA no se discute, o eres creyente o debes ir a la hoguera. Los gurús del culto al oso nunca admitirán que ahora hacen falta menos medidas de protección y más medidas que faciliten la convivencia entre osos y humanos. Para ellos, lo mejor es que los paisanos desaparezcan por fin y, si no lo hacen lo bastante rápido, hacerles la vida lo más miserable posible para que se vayan. Después proscribirán a los visitantes y sólo los verdaderos creyentes tendrán acceso al paraíso osero.

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