El Comercio
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Fecha: diciembre, 2014
Lotería
Antonio Ochoa 25-12-2014 | 1:42 | 0

Pasado el sorteo de Navidad, se acaba la etapa de las ilusiones y hay que volver a enfrentarse a la realidad. Eso sí, no olvide hacer un cuidadoso recuento de todos esos sueños que tuvo estos días, meter el veinte por ciento de ellos en un sobre y enviarlo al Sr. Montoro en el Ministerio de Hacienda para evitar problemas. Una clara muestra del poco respeto que el Gobierno siente por nuestra inteligencia es que se sigan anunciando las cantidades de los premios como si este descuento no existiese y que se insista en llamar impuesto a este expolio de esos escasos golpes de fortuna a los que los ciudadanos normales pueden aspirar.
Además de este sorteo en el que participamos individual y voluntariamente, existe otro colectivo, el de los Presupuestos Generales nacionales y autonómicos, en el que también, queramos o no, nos jugamos mucho. Desdichadamente, tampoco en este hemos sido últimamente muy afortunados. En el número de la finalización de la autovía hasta La Espina, por ejemplo, apenas conseguimos el reintegro y el de su ampliación hasta la Meseta ni siquiera entró en el bombo. Aquí en Cangas le cayó una pedrea al número del matadero, pero estamos tan escarmentados de tantas primeras piedras que nunca llegaron a conocer la segunda que dudamos de que al final nos toque.
La gente corriente siempre confió en la suerte para cumplir algunos de sus sueños particulares más locos. Por desgracia, muchos ya no juegan para poder comprar un yate con el que pasear a la familia sino comida con la que alimentarla. Y, por desgracia, la solución a acuciantes problemas colectivos de nuestra comarca se ve sometida también a vaivenes políticos no menos aleatorios que el sorteo tradicional, aunque aquí lo que gira no son bombos sino intereses y corruptelas. Son cosas que debemos cambiar porque el azar nunca fue un buen sustituto de la justicia. De todos modos, ¡suerte!

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Recuerdos
Antonio Ochoa 16-12-2014 | 7:33 | 0

En aquellos tiempos no tan lejanos en los que las casas de los pueblos tenían que ser casi autosuficientes, dos cosas medían su riqueza: el tamaño de la mayada y el tamaño de la matanza. Ambas determinaban el status social de cada casa y la cantidad de días del año en los que sus miembros tenían que ir a la cama con las tripas protestado. No es de extrañar, pues, que cada casa del pueblo los celebrara con un pequeño festejo en el que los vecinos y familiares que colaboraban en el trabajo compartían pitanza y jolgorio.
Las mayadas desparecieron hace tanto tiempo que sólo los que sobrepasan la cuarentena recuerdan haber participado en alguna. Quizás ese es el problema del comunismo actual: los jóvenes no sólo no conocen una sociedad sin consumo, tampoco conocen las herramientas de su bandera. Claro que, aun recordando con nostalgia aquellos días de trabajo y diversión compartida, no añoro ni a Stalin ni el cultivo minifundista de cereales, consecuencia ambos de épocas de miseria que espero seamos capaces de evitar que vuelvan.
Las matanzas, en cambio, resistieron, porque el embutido casero no admite comparación con ningún otro y, una vez probado, es difícil prescindir de él. No es seguro, sin embargo, que este hecho incontestable que permitió su supervivencia frente al avance de los tiempos pueda hacerlo frente al avance de las edades. En primer lugar, pasada la cincuentena y una vez que te han convencido para que dejes de fumar y beber, el siguiente vicio que te piden que sacrifiques en aras de alcanzar el siglo es la carne de cerdo (tan adictiva como los anteriores). En segundo lugar, la gente que realmente domina todos los pasos de ese proceso mágico que va del gochu adulto a la ristra de chorizos es cada vez más mayor y está para menos trotes. O los jóvenes toman el relevo o esto se acaba.

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Bajo capas de papel
Antonio Ochoa 09-12-2014 | 7:23 | 0

“La muerte de uno es una tragedia, la muerte de millones es estadística” Iosif Stalin
Una de las desventajas de esta Sociedad de la Información es que el continuo bombardeo de noticias hace que cada una de ellas por separado parezca insignificante. Desde el comienzo de la crisis, los medios de comunicación han ido llevando día a día la crónica de las caídas en desgracia de diversos colectivos, abocados a un futuro incierto por el paro, la explotación o los abusos de los poderosos. Despido a despido, estafa a estafa, un considerable sector de la antigua clase media española ha pasado a engrosar las filas de los parias, mientras otros engordaban con su miseria. Y los periódicos han ido poniendo cara a sus desdichas, voz a sus protestas, gemido a sus quejas. Pero, al día siguiente, llegaban nuevos diarios con nuevas caras, voces y gemidos que iban enterrando los anteriores bajo una gruesa capa de papel y olvido; números en una estadística de sufrimientos nacionales, aun a medias de escribir.
Tenemos que resistirnos a caer en esta dinámica deshumanizadora. No debemos permitir que los rostros se difuminen en nuestra memoria y la solidaridad se apague en nuestros corazones. Tenemos que rescatar de su tumba de papel a aquellos que una vez suscitaron nuestro apoyo. Cuando, como ahora, nos indignemos con los trabajadores de Alcoa, abandonados a la codicia de las empresas eléctricas, hemos de recordar también a otras víctimas anteriores, como los mineros de nuestra zona que tanto tiempo llevan sufriendo en el limbo judicial y laboral al que empresa, gobierno y sindicatos les han condenado. No dejemos que nuestra rabia ante las injusticias se enfríe. No nos resignemos a que nuestros ministros dediquen su mandato a hacer méritos para ingresar en los consejo de administración de las eléctricas o, como en el caso del Sr. Soria, méritos incluso para presidirlos.

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Chapuzas
Antonio Ochoa 03-12-2014 | 5:27 | 0

Hablaba el otro día de esas visitillas preelectorales de prebostes que, a partir de ahora, empezarán a proliferar. Por supuesto, todos los políticos participan en ese juego, pero los que están en el poder tienen dos ventajas: viajan en coche oficial y, además de muchas promesas, pueden hacer inauguraciones. Claro que, en estos tiempos en que la corrupción ha dejado (y sigue dejando) secas las arcas públicas, ya no hay tanto dinero para hormigón y asfalto; pero eso no es obstáculo. La picaresca nacional es capaz de hacer milagros multiplicadores. Además de el “ir a inspeccionar las obras” del que ya hablamos, están las inauguraciones por fases (recuerden el HUCA), con lo que de una sola obra se pueden sacar montones de fotos electorales.
Tenemos también la multiplicación de obras merced a otro clásico español, la chapuza, mucho más dañino aún que lo anterior. En vez emplear el dinero que hay en unos pocos proyectos serios que realmente solucionen problemas, se despilfarra en multitud de chapucillas que no son (en el mejor de los casos) más que parches temporales. La carretera de Villalar, de la que hablamos, es un claro ejemplo. Es estrecha, con curvas muy cerradas y firme deplorable. Necesita, pues, eliminar las curvas más problemáticas, ensanchar con una cuneta transitable y asfaltar. Sólo se está haciendo esto último. ¿Consecuencias? La elevación del nivel de la calzada hará imposible aprovechar el exterior para cruzarse con otros vehículos, con lo que acabará siendo aún más estrecha y peligrosa. Pero claro, así, con el mismo dinero, se podrán inaugurar unas cuantas carreteritas estrechas y peligrosas más; hacerse muchas más fotos y ganar un montón de votos. Luego, cuando lleguen los problemas, quedarán cuatro años de chollo asegurados y, en ese tiempo, la gente olvida. Durante décadas este sistema ha funcionado. Hay quien asegura que los ciudadanos ya no tragan, pero eso sólo el tiempo lo dirá.

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