El Comercio
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Fecha: septiembre, 2015
En torno al vino
Antonio Ochoa 30-09-2015 | 6:38 | 0

Las cosas artesanales tienen indudables ventajas. La leña traída del monte, por ejemplo, es uno de los combustibles más eficaces porque te calienta cuando la tronzas, cuando la transportas, cuando la partes y cuando la quemas. Lo mismo sucede con el vino de Cangas, producto artesanal que no sólo calienta el cuerpo y el alma, sino que sirve, además, como inmejorable elemento de cohesión social que, en todas sus etapas, aglutina a la gente en torno suyo.
El vino es trabajo comunitario. En nuestra montañosa comarca, la mayoría de las tareas han de realizarse a mano. Por ello, sería imposible atender una extensión viable de viñas con unos costes razonables sin la colaboración desinteresada de familiares y amigos. Cuando toca cavar o podar, siempre hay alguien que echa una mano. Pero el momento en que más se aprecia esta unión es durante la vendimia. Aquí, el número de participantes se cuenta por decenas. De hecho, suelen hacerse en fin de semana para permitir que acuda todo el mundo, algunos desde bastante lejos. No diré que es una pura diversión, porque acarrear todo el día “goxos” llenos de uvas por las empinadas laderas le saca el óxido a cualquiera, pero el ambiente de camaradería, la alegría que se respira y, por supuesto, la “folixa” que se espera al final de la jornada hacen el esfuerzo más llevadero.
El vino es sabiduría compartida. Dondequiera que dos viticultores se reúnan, ya posean una sola parra o una gran bodega, se habla de tiempos y de modos, de innovaciones y de tradiciones, de experimentos y de experiencias. No hay cultura menos egoísta ni gente más dispuesta a ayudar a los demás que ésta. El gran avance en calidad que el vino de Cangas experimentó en pocos años no hubiera podido lograrse sin esta unión. Una unión a la que nos sumamos el resto de los habitante de esta comarca, como promotores, embajadores de sus excelencias y, desde luego, como consumidores, pero eso lo dejaremos para otro día.

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Cien días
Antonio Ochoa 22-09-2015 | 7:49 | 0

Ya se les terminan a los gobiernos locales los cien días de gracia que, por tradición, suelen concedérseles. Para los no entendidos, eso no quiere decir que haya que reírles todos los chistes durante ese periodo, para eso ya cuentan en plantilla con pelotilleros y estómagos agradecidos. Tampoco quiere decir que ellos sólo puedan reírse libremente de nosotros durante esos días, pueden seguir haciéndolo (y de hecho lo hacen) todo lo que quieran. No, lo que quiere decir es que hemos de darles ese tiempo para que puedan meter la pata hasta el fondo antes de empezar a criticarles.
El problema es que la política local se danza al compás de la caja y ahora está tan vacía que, cuando la tocan, produce un sonido lúgubre, como el de una pandereta sin sonajas, que no invita al baile. Al principio, intentaron suplir esta carencia a base de vocalistas, entonando gobierno y oposición a canon sus mutuas acusaciones. Para los no entendidos, “a canon” es cuando una mitad de la mesa empieza la canción un poco más tarde que la otra y siguen así hasta el final, todos cantando lo mismo, pero en momentos diferentes. Bien conjuntado, suena genial, sobre todo en música religiosa, pero no anima mucho. Por eso, la cosa fue languideciendo.
Así que, sin dinero para contratar un agujero donde meter la pata ni controversias donde meter la lengua, nuestros gobernantes están desaparecidos y los columnistas apenas tenemos dónde meter la pluma. Continúan ahí, lo sabemos porque siguen cobrando a fin de mes, pero no asoman en los medios. Sólo la foto de alguna inauguración que no dio tiempo a hacer al anterior equipo o de algún acto protocolario sirven de fe de vida. Hace una temporada salieron tan indignados con la parálisis de la autovía del suroccidente que casi esperaba que fuesen a Madrid a coger a Rajoy por la pechera. Sigo esperando. Claro que también esperaba que abuchearan a Pepiño cuando vino a pararla y le aplaudieron. La política es desesperanzadora.

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Un viaje
Antonio Ochoa 15-09-2015 | 6:08 | 0

Una de esas tardes ociosas de final de verano en las que los pies se vuelven inquietos y te impulsan a pisar el monte (si eres deportista) o el acelerador (si no lo eres), salí con el coche desde Celón en dirección a San Martín y Prada, para retornar por Cereceda y Tamuño a Riovena. Es una ruta preciosa que no transitaba desde hace mucho y, por ello, me ha resultado aleccionador observar como han evolucionado las cosas. Porque los cambios paulatinos que te pasan desapercibidos en el día a día destacan cuando los ves de golpe.
Note que el paisaje se ha vuelto más agreste. Las tierras de labor que un día se agolparon en las laderas han quedado reducidas a su mínima expresión y los prados mas empinados han ido degenerando en matorral o, plantados de árboles, se han incorporado al bosque. Muchos de los caminos que se entrecruzaban como venas uniéndolo todo con el corazón, que era el pueblo, se han vuelto intransitables y terminarán desapareciendo.
Este abandono, sin embargo, no afecta por igual a los núcleos habitados. Acá y allá, las casas se yerguen orgullosas luciendo tejados nuevos y fachadas remozadas. Pero es sólo apariencia. Ni las risas de los niños ni las tertulias de los mayores rompen el silencio casi fantasmagórico de los pueblos. Sólo el sonido lejano de algún tractor delata actividad. Cada vez son menos las casas ocupadas todo el año y muy poca gente joven vive en ellas. Recuerdo el tiempo en el que los cultivos dieron paso a los pastos. Ahora, pocas ganaderías quedan en cada pueblo. La mayoría de nosotros trabajamos fuera y nos hemos convertido en visitantes esporádicos, turistas de nuestra infancia que cada verano se reúnen para saborear en su memoria las cerezas robadas de árboles tiempo ha desaparecidos. Los que nacimos aquí conservaremos siempre la casa y los recuerdos, porque las raíces que se echan en la tierra son muy profundas, pero lo que pasará con la siguiente generación es una incógnita.

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Aquí (también) hay tomates
Antonio Ochoa 08-09-2015 | 12:15 | 0

Los paseantes callejeros del atardecer cangués se encontraron el pasado miércoles con un espectáculo curioso: la gente se arremolinaba ante el Bar Blanco, repartiendo su atención entre una larga mesa repleta de apetitosos tomates y otra, situada enfrente, donde un grupo de expertos se dedicaba a probarlos. Era el VII Festival del Tomate de la Huerta de Cangas, evento que en tan pocas ediciones se ha convertido en un clásico del fin del verano.
Es inevitable referencia la Tomatina de Buñol. El producto base es el mismo, pero el tratamiento que se le da no puede ser más dispar y esta diferencia tiene raíces muy profundas. Allá triunfa la cantidad, el uso del tomate como arma festiva que pinta de rojo a personas y calles en una exhibición de despilfarro. Las rivalidades se resuelven por la fuerza bruta de los tomatazos, dando más importancia a la puntería del lanzador que a la calidad del proyectil. Son tomates anónimos, carentes de personalidad, fabricados en serie para ser destruidos en masa.
No es así en Cangas. Aquí, por miles de docenas, solo tiramos voladores; no enredamos con las cosas de comer. Sólo sesenta y cinco hortelanos fueron admitidos a concurso, porque lo que se busca no es la fuerza del número, sino la del sabor; calidad, no cantidad. No son productos industriales, sino el fruto de un trabajo laborioso y artesanal, frutos del amor con nombre propio, criados para ser disfrutados uno a uno, un lujo para nuestra mesa y un regalo para nuestros amigos. También aquí hay rivalidades, ese fue el origen de este evento, y también se resuelven con tomatazos, pero no los que se tiran, sino los que se comen, tomates enormes en tamaño, aspecto y sabor. Porque la victoria no se obtiene con violencia, ni siquiera festiva, sino ganándose a jurado y público a través del deleite de los sentidos. Mi enhorabuena a aquellos que han sido capaces de convertir una discusión de bar en una fiesta para todos.

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Turismo
Antonio Ochoa 04-09-2015 | 8:57 | 0

Haciendo un pequeño balance de estas vacaciones, una de las cosas que más se ha notado en nuestra comarca es el notable incremento de turistas. Aun recuerdo aquellos tiempos no tan lejanos cuando los bares cerraban por vacaciones en el mes de agosto. En la última década el crecimiento del número de visitantes ha sido sorprendente. En unos momentos como los actuales en los que la minería, la ganadería y otros sectores económicos de nuestra zona pasan por dificultades, esta fuente de ingresos es aun más importante. Por ello es vital que se le preste la debida atención.
La inauguración del Parador de Corias ha supuesto un punto de inflexión y no sólo por la gente que se hospeda allí. La publicidad y el prestigio que genera ayudan a que otros muchos se acerquen a nuestra comarca, aunque sea para alojarse en otros lugares. Nuestra oferta turística, sin embargo, ha estado hasta ahora al albur de iniciativas particulares. Y no es que lo hayan hecho mal. Al contrario, el sector ha demostrado bastante inventiva y sentido común y ha centrado sus esfuerzos en vender naturaleza y productos naturales. Así es, sin duda, como debe ser.
Es el momento de coordinar todos estos esfuerzos, corregir errores, evitar desfases y mejorar servicios e infraestructuras. Para ello, hará falta un muy amplio consenso político y social. Nuestro desarrollo turístico no puede ser objeto de batalla electoral ni generar rechazo en sectores que se sientan perjudicados. Todos los implicados deben poder exponer sus ideas. El turismo genera riqueza, pero también molestias. No debe tenerse la sensación de que unos se llevan la primera y otros se quedan con las segundas. De un modo u otro, todos podemos salir ganando. La apertura y limpieza de sendas, el adecentamiento de lugares importantes, la mejora de comunicaciones y la creación de empleo servirán de compensación por atascos y bocinazos. En el otro extremo de Asturias podemos aprender lo que debemos intentar conseguir y lo que hemos de evitar a toda costa.

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