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Fecha: noviembre, 2015
La cizaña
Antonio Ochoa 30-11-2015 | 6:30 | 0

En este patio de banderas que es el mundo, las del amor, la solidaridad, la tolerancia y el respeto están muchas veces desguarnecidas, pero la del odio siempre está rodeada de fieles. Ésta es una de las más tristes características de los seres humanos: todos tenemos un rescoldo de odio en el fondo de nuestros corazones esperando un soplido que lo haga alzarse en llamas. Es importante asumir este hecho, pues sin él no podríamos interpretar la mayoría de los acontecimientos que ahora mismo nos sacuden. La diferencia es que algunas personas tienen una barrera de sensatez y tolerancia alrededor de las brasas y otras sólo tienen yesca.
Los sucesos de París han sido un ejemplo extremo de este hecho, pero su relevancia y magnitud no debe engañarnos haciéndonos creer que sus autores son ajenos e ininteligibles. Los sentimientos que los empujan a cometer estos actos aberrantes están también dentro de nosotros y debemos empezar por reconocerlo y ponerles freno si queremos extirpar esta lacra del mundo. El odio se alimenta del miedo a los que son diferentes (aunque la diferencia sea nimia) y de la necesidad de buscar culpables para nuestros problemas, que son sentimientos profundamente enraizados en el alma humana. Por ello, al igual que la cizaña, no puede ser erradicado completamente. Pero puede ser arrancado cuando intenta levantar su cabeza, puede evitarse que se extienda y, sobre todo, puede perseguirse implacablemente a los sembradores de cizaña.
Pensemos (más cerca de nosotros) en el tema de Cataluña. Observemos cómo el odio va creciendo en ambos lados. Podemos sentirlo a nuestro alrededor y en nuestro interior. Y, sin embargo, ¿qué nos diferencia? ¿Acaso podríamos distinguir a un catalán de un asturiano en un chiringuito playero? Y, sin embargo, ¿de qué nos acusamos? ¿Acaso no fueron los políticos catalanes los que robaron en Cataluña y los asturianos los que se lucraron aquí? ¿Quién nos está azuzando a unos contra otros y con qué objetivos? ¿Acabaremos matándonos entre nosotros para que los sembradores de cizaña engorden?

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Orgullo, satisfacción y gratitud
Antonio Ochoa 16-11-2015 | 7:46 | 0

Soy consciente de que, en muchos aspectos, estoy chapado a la antigua. Supongo que uno adquiere sus valores en la infancia y luego es muy difícil cambiarlos. Una de las cosas que me inculcaron es que para crear una persona cabal hay que poner varias tazas de humildad por cada cucharada de orgullo. Es más, me insistieron mucho en que éste último debía ser legítimo, pues el falso siempre lo estropea todo. Desdichadamente, tengo la sensación de que tanto la diferencia entre ambos como la receta están cayendo en el olvido por lo que no estará de más darles un repaso.
El orgullo legítimo debe crecer en el interior de las personas, regado con su sudor y abonado con su sacrificio. Sólo así puede justificarse. Nadie debería erguir la cabeza ondeando logros que no proceden de su propio esfuerzo. Por eso, cuando en la actual tesitura muchos se declaran orgullosos de ser catalanes o españoles, están equivocando completamente el concepto. Pueden, si quieren, sentirse satisfechos de haber nacido en un sitio u otro; incluso, si creen que han sido especialmente afortunados con su lugar de nacimiento, pueden sentirse agradecidos, pero no orgullosos. ¿Qué contribuciones han hecho a la grandeza de su tierra natal? ¿Qué esfuerzos o sacrificios alegan?
Me siento humildemente agradecido de ser español; de haber nacido en un país donde la vida no termina al salir del trabajo, sino que empieza ahí; donde el calor de los demás nos hace sentir cómodos, incluso en los peores días. Pero soy consciente de que mi contribución a todo esto es muy, muy pequeña y de que, si hubiera nacido en Finlandia, sería feliz con los renos y la nieve. En todo este conflicto de Cataluña sobran toneladas de orgullo injustificado y falta humildad. Cuando miras a los demás por encima del hombro, te sientes como un dios observando gusanos; pero, si te giras y los miras a los ojos, te das cuenta de que los seres humanos tenemos muchas más cosas en común que diferencias.

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Motos de carbón
Antonio Ochoa 16-11-2015 | 7:45 | 0

Hay cosas difíciles de explicar. Imaginen que compran un coche a buen precio, levantan el capó y no hay motor. Seguramente pondrían el grito en el cielo. Ahora imaginen que, al cabo de un año o dos, intentan colarles de nuevo el mismo coche. ¿Lo comprarían? ¿No? Pues nuestros partidos gobernantes nos han estado vendiendo una y otra vez la misma moto falsa y una y otra vez la hemos comprado.
Con las elecciones vuelven los vendedores de motos y la del carbón estará en todos los catálogos, porque la situación del sector es ahora mismo terminal. Aquellos que temían por su futuro más allá del 2018 han pecado de optimistas. Probablemente desaparecerá mucho antes. Demasiadas promesas olvidadas y demasiados acuerdos incumplido. Muchos de los que se comprometieron a trabajar por el futuro del carbón y terminaron trabajando por el suyo propio volverán ahora a pedirnos el voto. ¿Les compraremos otra vez la moto?
El problema no es ecológico. ¿Que ecologista honesto puede sostener que es menos dañino para el medio ambiente el carbón importado, extraído sin ningún control, que el nacional, cuyas empresas han de respetar las normas de protección de la naturaleza? Tampoco es económico. ¿Que economista honesto puede sostener que es más rentable para el país darles el dinero a los tratantes de esclavos extranjeros que a los trabajadores nacionales? ¿Existe acaso algún sector que, respetando las leyes españolas, pueda competir con lugares donde las empresas explotan a sus obreros y producen sin ningún control? ¿Hemos de resignarnos y volvernos como ellos o cerrar todo para ser “competitivos”?
El problema es la especulación de las empresas eléctricas tolerada por este gobierno y los anteriores. Son esos vasos comunicantes que llevan a los políticos desde los ministerios a los consejos de administración y viceversa. Son los interese espurios de aquellos a los que no les importa que España se vaya al garete con tal de hacerse ricos. Y, por supuesto, somos nosotros que se lo permitimos.

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Familia
Antonio Ochoa 03-11-2015 | 7:49 | 0

Más allá de caravanas, flores, ceremonias y reencuentros, Todos los Santos nos permite apreciar hasta que punto la importancia de la familia en la sociedad española ha resistido los embates de los tiempos modernos. Ni la escasez de espacio en los pisos ha impedido que siempre quepa uno más ni la distancia a la que la emigración nos exilia impide que volvamos regularmente a ver a los nuestros. De hecho, los atascos que se forman en las proximidades de los cementerios demuestran que aun aquellos que ya no están conservan un lugar en nuestro afecto.
En el desarrollo de la actual crisis, la familia ha tenido un papel preponderante, aunque ambivalente. Por un lado, el exceso de cariño que nuestros gobernantes sienten por sus parientes, en especial a la hora de repartir cargos y contratos, ha sido una de sus causas. Aunque la atención mediática recaiga ahora sobre los Pujol, miles de pujolitos enchufados a dedo pululan por todas las administraciones y cientos de empresas de pujolitos reciben por la cara millones de euros. Si algo está claro en el caso Pujol es que los catalanes son, aún a su pesar, tan españoles como el que más.
Por otro lado, sin embargo, la solidaridad familiar ha permitido paliar los graves efectos de la crisis. Sin esto, muchas más personas se hubieran visto abocadas al hambre y a la marginación y la probabilidad de un violento estallido social hubiera sido muy alta. Estos duros tiempos nos han hecho darnos cuenta de que el oro de ley dura menos que el cariño de ley y que a los que en los tiempos de bonanza acumularon afectos les fue mucho mejor que a los que sólo acumularon cosas.
La crisis nos ha enseñado que todos los españoles somos una gran familia y que, cuando las cosas les empiezan a ir mal a unos, al final nos van mal a todos. ¡Ah! Y que el grado de parentesco es muy importante también, debemos ser todos hermanos, no unos hermanos y otros primos.

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Tiempo de castañas
Antonio Ochoa 03-11-2015 | 7:48 | 0

Con el ecuador del otoño llegan las castañas. Convertida en tapa típica en bares, producto reclamo en escaparates y materia prima en la alta cocina, esta humilde hija de los montes asturianos ha alcanzado el estrellato. Y, como a todas las estrellas, conviene recordarle de cuando en cuando sus orígenes. Porque no siempre fue así. Antes de visitar los fogones de los más prestigiosos restaurantes, se arrimaba el fuego de las chariegas y, antes de exhibirse rodeada de “delicatessen” en las tiendas de “gourmets”, descansaba en los corredores de las paneras. El ahora producto típico fue un día artículo de primera necesidad cuyo advenimiento significaba un alivio (temporal) para el hambre(1) de personas y cerdos (con perdón(2)). No era un delicioso complemento de la comida, era la comida misma y la rebusca(3) no era una divertida actividad de fin de semana, sino un asunto de vida o muerte. La propiedad de cada castaño estaba perfectamente delimitada y se vigilaba que nadie se acercara a ellos en esta época. Por eso, la próxima vez que coja una humilde castaña recuerde de cuán poquita cosa dependió la supervivencia de nuestros ancestros y con qué placer debieron sostener un puñado de ellas entre sus manos. Le sabrá mejor.
Glosario para lectores jóvenes:
(1) “Hambre” aquí no hace referencia a lo que sentimos cuando la comida se retrasa, sino a un vacío casi permanente en el estómago, sólo saciado en raras ocasiones como las fiestas o las matanzas.
(2) La conversación de aquellos tiempos estaba salpicadas de fórmulas de cortesía; algunas casi olvidadas como “con perdón” o “mejorando lo presente”, que nunca debían ser confundidas, y otras hoy en desuso como “por favor” y “gracias”.
(3) “Rebusca” puede parecer un término excesivo para lo que sólo es agacharse y coger las castañas mas gordas en caminos y carreteras. Pero es que antes se cogían todas, incluso en los sitios más inaccesibles, buscando de sol a sol entre las hojas y abriendo los erizos para no dejar ninguna.

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