El Comercio
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Fecha: febrero, 2016
Bailes
Antonio Ochoa 27-02-2016 | 11:42 | 0

Cuando encuentras alguien de tu edad al que no ves desde hace tiempo, dos tópicos recurrentes siguen al repaso a nuestras vidas y a la salud familiar: los cambios en el tiempo y el cambio de los tiempos. Hace poco recordaba (sin nostalgia) con un amigo los bailes y discotecas de los años 70. Explicaré cómo eran para los que no lo vivieron, aun a riesgo de que no me crean.
Entre pieza y pieza, las chicas se alineaban alrededor de la pista y los chicos delante de la barra, unas y otros observándose disimuladamente con una mezcla de esperanza y temor. Entonces, empezaba la canción y el movimiento. Ellas tenían dos opciones: seguir charlando donde estaban o salir a bailar con una amiga. Su elección determinaba la de ellos. Si la chica que te gustaba se quedaba en el burladero, para pedirle que bailara contigo no quedaba más remedio que echarle valor y cruzar la plaza bajo la mirada burlona de los que esperaban verte volver con las orejas gachas.
Tal vez era imaginario, pero, si te decía que no, además del rechazo privado, sufrías la humillación pública y no sabías si te dolía más la herida de amor ajena o la herida en el amor propio. Y, por supuesto, ya podías irte a otra parte, ninguna otra del grupo aceptaría ser “plan B”. Si la chica estaba bailando con otra, era un poco más fácil. Tenías que reclutar a un amigo para que te acompañara y eso multiplicaba por dos el valor y dividía entre dos el precio del fracaso.
Con estos condicionantes, no era de extrañar que la barra fuese un lugar muy frecuentado por el público masculino. Entre los tragos que se tomaban para animarse en la ida y los que se tomaban para consolarse en la vuelta, los tímidos y los menos afortunados podían fácilmente salir tambaleándose. Sólo el inextinguible ardor de la juventud evitó que se extinguiera la especie. No dudo que, en esto al menos, las cosas han cambiado para mejor.

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Pregón de Santiso 2016
Antonio Ochoa 04-02-2016 | 10:06 | 0

Raramente valoramos las cosas cotidianas. Vamos a la cocina, damos al mando del grifo y sale agua. “¡Naturalmente!”-diremos nosotros. Pero a cualquier turista venido del árido sur le parecerá maravilloso y nos considerará afortunados por ello. Vamos a la bodega, abrimos otro grifo y sale vino. “Bueno, para eso son las bodegas”-diremos nosotros. Pero a cualquier turista venido del norte le parecerá asombroso y nos envidiará por ello. Vamos al salón, damos el mando de la tele y sale lo que sale y a nosotros nos parece ya normal; pero a cualquier turista, venga de donde venga, ver lo que aparece todos los días en esa pantalla y pensar que, a pesar de ello, ambos grifos siguen (todavía) funcionando le parecerá casi imposible y, sólo por ello, nos considerará el país más rico de la tierra.
Pero no he venido aquí a hablar de la tele, que no es día para eso, ni tampoco del agua. Aunque no por menosprecio, como algunos podrían pensar. No es cierto que los bebedores de vino despreciemos el agua. Todo lo contrario: sentimos un respeto tan profundo por ella que muchos intentan llegar al final de sus días sin que sus impuros labios hayan rozado siquiera la superficie de tan preciado líquido. Es más, somos conscientes de lo necesaria que es para la salud; pero consideramos que nuestra bebida favorita, ya sea por la generosidad de la madre naturaleza o por amabilidad del prudente vinatero, ya contiene suficiente agua como para cubrir nuestras necesidades.
De lo que quiero hablar hoy (y no los tendré más en suspenso) es del vino y, más concretamente, de la cultura del vino. Y, cuando digo “cultura del vino”, no me refiero a las piezas pacientemente reunidas en el precioso museo que tengo detrás (aunque también son parte de ella), sino a la dedicación y constancia que fueron necesarias para conseguirlas. No a la moderna tecnología que ha convertido al vino de Cangas en una estrella internacional, sino al inmenso cariño y cuidado de las personas que la manejan. No al estandarte de la Cofradía del Vino ni a las capas y boinas con los que sus componentes pregonan nuestros caldos por el mundo, sino al orgullo y al amor a la tierra que mora en los corazones de los que las portan. No hablo de iniciativas como inventario de prensas de lagar antiguas que David Flórez va a hacer por encargo de Tous pa Tous, sino al deseo de preservar las tradiciones del Concejo que esto demuestra.
Quiero hablar de las cosas intangibles, de costumbres y recuerdos, de sentimientos y emociones, de una manera de entender la vida que surge y crece a la sombra de las vides y las cubas. Porque el vino es, ante todo, una tradición que muestra el camino y una pasión que incita a recorrerlo, un trabajo y un ocio que se comparten con lo gente que nos importa de verdad. El resurgimiento del Vino de Cangas nunca se habría logrado sin esto, sin un profundo deseo de preservar el legado de nuestros ancestros, sin un amor por la viña capaz de superar todos los inconvenientes que su cultivo en nuestra comarca supone y, sobre todo, sin la solidaridad y el esfuerzo común de muchísimos cangueses: los que lo miman en la viña, los que lo engrandecen en la bodega y los que lo paladean en la mesa.
Recuerdo haber asistido fascinado a la frenética actividad de aquellos primeros tiempos. Recuerdo el sentimiento de desafío común, los aprendizajes y descubrimientos que eran rápidamente transmitidos, los desvelos compartidos y el “¡faltaría más, cuenta conmigo” que rara vez fallaba. Mucho de aquello, afortunadamente, pervive todavía. No imaginamos a alguien intentando trabajar o cosechar sus viñas sin la ayuda desinteresada de sus convecinos y no porque esto sea inviable aquí, sino porque sería un delito de lesa amistad, una ofensa a los amigos que están esperando para echar una mano. Si aquí, en temas de viña o vino, no existen recetas secretas no es porque no hagamos descubrimientos, es porque ocultarlos sería una traición a nuestros antepasados y a nuestros colegas que nos enseñaron generosamente todo lo que sabían. Hay oficios y aficiones que dominan la mente de sus adeptos y colorean su conversación, haz tertulia con maestros y saldrás blanco de tiza; con mineros y saldrás negro de carbón, con cazadores, saldrás rojo de sangre y, si son viticultores, saldrás tinto de vino. Y es que, tanto los conocimientos recibidos como los que son fruto de nuestros aciertos y errores parecen agolparse en la boca, ansiosos de ser trasmitidos y valorados y de pasar a formar parte del acervo común.
Y, si el vino nace ya de un esfuerzo compartido, su consumo es también una tarea colectiva. Un vaso de vino pide amigos alrededor, al igual que una reunión de amigos no está completa sin una botella de buen Cangas en medio. De hecho, la unidad básica de consumo es el grupo de amigos; su escenario ideal, el chigre lleno de gente; su banda sonora, el bullicioso entremezclar de conversaciones o el coral sonido de una vieja canción y el único otro complemento que necesita es una generosa procesión de pinchos que lo acompañe en su último tránsito. El calor humano que el vino propicia incita a la confidencia y aleja la soledad, favorece la comprensión y diluye los rencores, aúna voluntades y esfuerzos y permite que numerosos proyectos e iniciativas, unos más serios y otros más festivos, lleguen a ponerse en marcha.
La idiosincrasia canguesa no podría entenderse sin su cultura del vino que es, en fin, ese sentimiento de solidaridad, de amistad, de hermandad, que hace milenios convirtió a un montón de primates desharrapados en seres humanos, algunos de ellos tan afortunados como para haber nacido o haber venido a parar a estas tierras y tener todo esto en su máximo grado y convenientemente regado con los mejores vinos del mundo. ¡Que podamos seguir disfrutándolo muchos años rodeados de las personas que queremos!

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Pescando
Antonio Ochoa 04-02-2016 | 10:04 | 0

Hace poco paseaba la orilla del Narcea observando las truchas “fregar” en los pedregales. A los pocos pasos (caprichos de la mente ociosa) me sentí transportado casi medio siglo atrás, rodeado de un grupo de bulliciosos adolescentes, pescando a mano por el río de mi pueblo. Entonces los peces abundaban y no tardábamos mucho en reunir suficientes para una alegre merienda alrededor de una fogata. Tres pasos más y me encontré pensando que para pesca, lo que se dice pesca, la de la Comunidad Valenciana donde, cada poco, ves redadas llenas de peces gordos. Resulta sorprendente lo que llegan a proliferar ciertas especies de pescado cuando se las deja en libertad y sin control durante el tiempo suficiente.
Cuatro pasos más allá, empecé a considerar que, comparado con eso, en nuestra Comunidad se rula muy poco, apenas si han salido cuatro o cinco pececillos acá y allá, y esto es sorprendente. Podría, por supuesto, deberse a escasez de pescado, pero no parece haber motivo para ello. Las especies implicadas son básicamente las mismas, el tiempo en el que han estado en total libertad y sin ningún tipo de control ha sido también más que suficiente y la disponibilidad alimentaria, proveniente de fondos mineros, comunitarios, nacionales y locales ha sido enorme. Podría ser cosa del clima, en la fría Dinamarca, por ejemplo, salen muchos menos peces de esos, pero no parece probable.
Detengo el paseo y pienso si no será posible que esta falta de resultados provenga de alguna deficiencia en los medios o en las artes de pesca. Pescar a mano no es tan fácil como parece. Requiere habilidad, paciencia y cierta dosis de valor, porque en el río hay muchos más habitantes que las truchas y nunca sabes qué te puede morder bajo cada piedra. Por eso, si tienes miedo, lo mejor es quedarte en casa y dedicarte a otra cosa. Tal vez deberíamos enviar a nuestros pescadores a hacer un cursillo a Valencia para que vean las Fallas de allí y los fallos de aquí.

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