El Comercio
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Fecha: junio, 2016
Reflexiones para la jornada
Antonio Ochoa 25-06-2016 | 11:05 | 0

Llega la jornada de reflexión, divertida ocurrencia aunque lleve implícita la insultante presunción de que el resto del tiempo los votantes sólo usamos el cerebro para rellenar la cabeza. Y seguramente los que crearon este día estaban convencidos de que nadie la utilizaría para reflexionar, de lo contrario, no se hubieran arriesgado a perder el chollo. Aquí, precisamente, está la principal diferencia entre las campañas de los partidos: los nuevos se han esforzado en ofrecer datos, argumentos y razonamientos para que los ciudadanos se paren a pensar y reconsideren su voto y los tradicionales se han prodigado en consignas, demagogias y distracciones para que la gente no piense y los vote a ellos, como siempre.
Si cree que ya es hora de iniciarse en el mundo del pensamiento, no le vendrá mal una pequeña guía. Porque, digan lo que digan, razonar es difícil y doloroso. No es como recordar las trastadas de la infancia o como soñar despierto. Requiere esfuerzo y concentración y las conclusiones no siempre son agradables. Hubo quien se puso a pensar una mañana y por la tarde ya estaba corriendo por la pista finlandesa como penitencia por las tonterías que había hecho en la vida. Si quiere seguir, ya sabe a lo que se arriesga.
Para empezar, necesitará un sitio tranquilo y una alarma que suene cada media hora. ¡Siéntese, cierre los ojos e intente reflexionar sobre la política española! ¡Riiinnngg! Se había quedado dormido. No se preocupe, nos pasa a todos las primeras veces. ¡Vuelva a intentarlo! ¡Riiinnnggg! Esta vez algo rondaba su mente justo antes de quedarse dormido. Vamos mejorando. ¡Otra vez! ¡Riiinnnggg! Se ha despertado gritando: “¡Sinvergüenzas! ¡Chorizos! ¡Os va a votar Rita!”. ¡Perfecto! Tres intentos nada más, una hora y media, y ya ha dado sus primeros pasos para convertirse en un ciudadano consciente. Ahora sólo tiene que perseverar en ese camino. Seguramente le dolerá un poco cuando se de cuenta de las muchas veces que le han chuleado, pero no se preocupe. También eso nos pasa a todos.

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Pastor eléctrico
Antonio Ochoa 25-06-2016 | 11:03 | 0

Hace poco me tocó cumplir con la rutina anual de colocar un pastor eléctrico para proteger la huerta de comensales nocturnos. No tengo inconveniente en que haya jabalíes en medio de mis patatas, pero quiero que ambas cosas estén convenientemente guisadas, porque un grupo de jabalíes crudos suele causar serios desaguisados en cualquier huerta. Y no hablo de oídas. Confiando en que la tierra estaba justo debajo de casa, en medio del pueblo, y en que los “conservacionistas” del Principado decían que los animales salvajes eran tímidos y se sobresaltan con las luces y los ruidos (hubo gente multada por eso), descuidé tomar medidas defensivas hasta que dos visitas de estos simpáticos bichitos acabaron con mi sembrado y con mi fe en los “expertos”, consiguiendo, de paso, algo que sus congéneres con patatinas nunca habían logrado: dejarme con mal sabor de boca. Se ve que a los de aquí nos han cogido confianza y ya sabemos lo que pasa con la confianza.
El trabajo de cercado es tedioso, al cordón le encanta hacerse nudos y todos los hierbajos se empeñan en rozarlo, pero yo tengo cierta experiencia de cuando había ganado en casa. Claro que entonces su misión era la contraria: impedir que los animales salieran, no que entraran. Al fin y al cabo, las reses eran mías y mía la responsabilidad de evitar que causaran daños en las fincas ajenas. La propiedad de los jabalíes es, en cambio, algo mucho más difuso y necesita urgentemente clarificación. Porque, a la hora de crear normas tontas y poner multas, parecen ser del Principado; a la hora de aprovecharlos cinegéticamente, de las sociedades de cazadores; a la hora de hablar de Paraíso Natural, del sector turístico; sin embargo, cuando se trata de clavar postes y pagar pilas, parecen ser míos. Y este último extremo me interesa especialmente aclararlo, porque, si son míos, tal vez me convenga cambiar de táctica y, en vez de impedirles entrar, sea más provechoso impedirles salir. Ya que vienen voluntariamente junto a las fabas …

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Exportación
Antonio Ochoa 25-06-2016 | 11:01 | 0

Esperaba la repetición de las elecciones con el mismo entusiasmo con el que esperaba el plato de pollo semidesplumado que nos ponían en el colegio: mismo cuidado en la elaboración por su parte, mismo apetito por la mía. Me equivocaba. Ya en la precampaña ha habido una innovación genial. Porque, para sobrevivir a esta crisis (que ya no es una crisis, sino un nuevo estilo de vida), es imprescindible exportar. ¿Y qué tenemos en España en abundancia que no echaríamos de menos? Pues, como todo el mundo sabe, tenemos un excedente de políticos tan grande que somos incapaces de colocarlos sin saturar nuestros centros penitenciarios. Es un material ideal para la exportación y, afortunadamente, ya han empezado a salir. De momento, unos cuantos de ellos se fueron a hacer precampaña a Venezuela.
Algunas almas sensibles se preguntarán qué nos han hecho los venezolanos. La verdad es que primero, Maduro, luego, las inundaciones y, después, Zapatero parece demasiado para un país sólo. Pero en esto del comercio internacional no puedes andarte con sensiblerías. ¿Acaso no nos están endilgando a nosotros carbón extranjero mientras nuestras comarcas mineras se hunden en la miseria? Además, Zapatero fue el primer presidente español que tuvo que enfrentarse a las dificultades económicas derivadas de la crisis y todos hemos recogido los frutos de su gestión. Lo único que tienen que hacer los venezolanos para salir de la miseria es escuchar con mucha atención lo que dice Zapatero y hacer exactamente lo contrario de lo que él aconseja.
Confío en que esta feliz iniciativa continúe y se amplíe a otros países. Ahí están, por ejemplo, Argentina y Brasil donde las denuncias de corrupción hacen estremecerse a sus dirigentes. Aquí tenemos políticos que han tragado miles de sapos como esos en su partido sin que se les moviera ni un pelo de la barba. ¡Enviémosles a asesorarles! Ignoren a los que dicen que usar a Venezuela como coco es un insulto a nuestra inteligencia. Quizás sólo sea una acertada estimación de la misma. Las urnas lo dirán.

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Tiempos y recuerdos
Antonio Ochoa 25-06-2016 | 10:53 | 0

Los datos en nuestra mente están organizados de una manera bastante peculiar, casi aleatoria. Tienden a esconderse cuando los buscamos y a aflorar de repente, conjurados por cualquier circunstancia con la que, aparentemente, no tienen ninguna relación. Y muy pocos de ellos llevan una etiqueta con la fecha o, tan siquiera, con el año. Por eso, el recorrido temático de las tertulias puede parecer caótico a cualquiera que lo observe desde afuera, pasando del presente al pasado, de las historias menudas a los grandes acontecimientos, siguiendo los vaivenes de la memoria individual o colectiva.
El otro día, por ejemplo, hablábamos (no me pregunten por qué) de las verbenas del paseo y de cuándo dejaron de celebrarse y nadie pudo precisar la fecha. Nuestra mejor aproximación fue principios de los 70. Tal vez les parezca un hecho baladí. Muchos no vivieron aquellos años en que una de las verbenas de El Carmen se hacía en medio de la carretera, delante del parque de La Reguerala. Ahora nos parece inimaginable, pero entonces los coches escaseaban, los propietarios sabían lo que había y estaban en el baile y los pocos despistados que aparecían cruzaban lentamente al compás de la amabilidad de las parejas y del pasodoble que tocaba la orquesta. En aquel momento nos pareció lógico el traslado, no le dimos importancia y tal vez en sí mismo no la tenía, pero representaba un cambio de época. Simbolizaba el final del Tiempo de las Personas y el principio del Tiempo de las Máquinas.
Me pregunto cuántos acontecimientos aparentemente baladíes, aparcados en el fondo de nuestra mente sin etiqueta de fecha, acabaremos por ver algún día como hitos históricos. ¿Se acuerdan de la primera vez que el banco, en vez de pagarles por su dinero, les cobró por tenerlo allí? ¿De la primera vez que votaron a alguien a pesar de saber que no era trigo limpio? ¿Qué recuerdo creen que simbolizará un día el final del Tiempo de los Ciudadanos y el principio del Tiempo de las Grandes Empresas?

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Tiempo de exámenes
Antonio Ochoa 11-06-2016 | 9:50 | 0

La llegada de junio dispara la temperatura en las aulas. La conjunción de las hormonas acumuladas a lo largo de la primavera, los calores que anuncian la proximidad del verano y los sofocos que preceden a los exámenes finales (irónico calificativo para algo que nunca termina) vuelve locos los termostatos de los adolescentes y convierte está época del año en una dura prueba para ellos y, en consecuencia, para los que les rodean. Cualquier pequeño roce hace saltar chispas y la paciencia de los adultos deja de ser una opción para convertirse en una necesidad absoluta, porque pedirles tranquilidad a los alumnos es equivocarse completamente de árbol.
Es curioso cuán corta y caprichosa es la memoria humana. Hace dos días éramos unos cachorrillos tan asustados como ellos y ahora creemos que un abismo de sabiduría nos separa. Aunque algunas personas usan sus años como peldaños de una atalaya desde la que observar las cosas con perspectiva, para muchos son como árboles de un bosque que les impiden ver más allá de sus narices. Olvidan que la vida es, después de todo, una sucesión de exámenes y que podemos considerarnos afortunados si conseguimos aprobar la mitad de ellos. Por eso, en vez de ponernos en plan sabio y liarnos a repartir consejos “ex cáthedra”, nos conviene recordar que un poco de empatía y humildad les ayudará mejor a ellos a enfrentarse a sus retos y, probablemente, a nosotros a enfrentarnos a los muchos que nos quedan.
El día que ya no consigamos recordar con agridulce nostalgia los sofocos de los primeros roces primaverales, el calor de los primeros veranos adolescentes y la angustia de los primeros exámenes finales habremos permitido que nuestro corazón se congele. No puedo evitar pensar que, como generación, hemos dejado para septiembre demasiadas asignaturas, tal vez porque en algún recodo del camino, quedó atrás olvidado aquel pequeñajo rebelde que caminaba hacia el instituto con una mochila cargada de esperanzas y temores demasiado grande para su espalda. Quizás no sea aún tarde para recuperarlo.

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