El Comercio
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Fecha: noviembre, 2016
De chigres
Antonio Ochoa 23-11-2016 | 6:07 | 0

Soy afortunado usuario de uno de los últimos chigres de pueblo que van quedando y tengo que decir (sin dármelas de experto) que las referencias al tema en diccionarios y wikipedias son poco explicativas y parciales. Algunos lo definen como “establecimiento donde se venden bebidas”, que es como decir que un huerto es un lugar donde se plantan berzas; es eso y muchísimo más. Otros se empeñan en decir que es un sitio donde se vende sidra, lo que demuestra una vez más el ostracismo al que se ve sometido nuestro occidente vinícola por parte del centro-oriente sidrero. Más atinados están, curiosamente, los que hacen referencia a su significado marinero: “especie de torno con una cabeza que da vueltas y sirve para arrastrar cosas”. Yo he arrastrado allí miles de veces jugando al tute y alguna que otra vez (no miles) me ha dado vueltas la cabeza.
Un chigre es un lugar donde se venden bebidas, zapatillas y latas de sardinas, pero es más que eso, mucho más. Es, junto con la iglesia, lo que convierte un pueblo en una pequeña capital capaz de satisfacer las necesidades del cuerpo y el alma: un lugar donde pecar y un lugar donde arrepentirse. Aquí, donde cada casa es un pequeño reino, es una ONU, un lugar neutral donde negociar tratos y dirimir diferencias. Habrá habido riñas de chigre, sin duda, pero con mayor frecuencia el efecto anestésico del alcohol y el ambiente de camaradería propiciado por el calorcito combinado del vino y la estufa han conseguido cicatrizar muchas heridas que, de otro modo, podrían haber acabado gangrenando la convivencia vecinal.
Mi recuerdo de las largas y oscuras noches invernales no sería tan cálido sin todas aquellas partidas en las que desafiné y todas aquellas canciones en la que cometí renunció. Mi visión del mundo y mi conocimiento de costumbres, tradiciones y leyendas no serían iguales sin todas aquellas veladas en las que compartí barra y tertulia con mis mayores. No puedo (no quiero) imaginar mi pueblo sin su chigre.

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Normas anormales
Antonio Ochoa 14-11-2016 | 5:31 | 0

El otro día me explicaban que, a partir de siete gallinas, un gallinero doméstico pasaba a ser explotación agraria y tus aves debían tener el código correspondiente. MI primer impulso fue preguntar como en el chiste de las palomas: “¿Mensajeras?”. Pero corría el riesgo de obtener la consabida respuesta: “No te enxagero ni una”. Así que no estoy seguro de si son siete o veinte, pero existe una norma y un número límite. Parece ser que, ocupando nidos de poder en varios gallineros oficiales, hay un buen número de pollos dedicados a sacar normas tan ridículas como esta.
Y no estoy en contra de que haya gente que se gane el pienso usando la pluma, pero si uno no sabe escribir con ella más que leyes absurdas e innecesarias para fastidiar al prójimo, mejor que la dejen secar al sol. Las arcas públicas parecen haberse convertido en ponederos para los contribuyentes y sacaderos para tantos cargos políticos que ya no saben qué hacer para disimular el expolio y no correr el peligro de “desaniciarnos” y que dejemos de poner. Que bastante nos cabrea ya que nos roben los huevos como para que, encima, se dediquen a toqueteárnoslos tontamente.
Tal vez tengamos que poner un collar a las gallinas, sacarlas a pasear y alegar que sólo son mascotas (otras más raras se ven). Ponerles el bozal y la vacuna antirábica no sería problema, ponerles el microchip en la oreja, tal vez sí. Lo mejor, sin embargo, sería dejar de comportarnos como gallinas mojadas y enfrentarnos a todas esas comadrejas que nos rapiñan a diario. Los que ya tenemos espolón sabemos que, para que te respeten, no puedes limitarte a cacarear; tienes que ponerte gallo y bajarles la cresta a todos esos gallitos que vienen de afuera a manosearnos los huevos. Si seguimos permitiendo que las raposas administren el gallinero, los comederos quedarán vacios, nuestros pollitos nacerán con alas para poder volar afuera a buscarse la vida y a nosotros no nos quedarán ni los huesos para hacer caldo.

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Comunicando
Antonio Ochoa 14-11-2016 | 5:29 | 0

Llevamos tiempo dándole vueltas al Plan del Suroccidente y me temo que queda aún más de media madeja por deshacer. Poco a poco van saliendo cosas; algunas, muy interesantes; otras, no tanto; todas, bastante en el aire. Varios temas me preocupan en lo que voy leyendo. El primero es que el Plan se acabe convirtiendo en una especie de cajón de sastre donde se nos quieran colar gastos corrientes como si fuesen inversiones extraordinarias. Hay que olvidarse de la caza de votos y llamar a cada cosa por su nombre. La conservación de carreteras o de instalaciones sanitarias o educativas no debe incluirse aquí; sólo las mejoras o ampliaciones.
Conviene ir superando el mono de inauguraciones e intentar resolver los problemas más urgentes sin alharacas. Y una de las mayores carencias de nuestra zona rural son las comunicaciones, pero no las viales (que también), sino las de telefonía, Internet, televisión y demás. En ese campo nuestro atraso es enorme. Sin hablar de la fibra óptica (pura ciencia ficción aquí), conseguir una línea de telefonía terrestre para poner ADSL (algo gratuito y rápido en cualquier zona urbana) puede suponer una espera de meses y un coste de miles de euros en muchos pueblos. Hacer una llamada con el móvil requiere habilidad: moverse, primero, para encontrar cobertura y quedarse quieto, después, para no perderla. Las señales de televisión y radio, en cambio, van y vienen solas.
Para fijar población hace falta que la gente quiera vivir aquí y que tenga medios para hacerlo. Pero, en estas condiciones, convencer a la gente joven para que se quede se me antoja complicado y poner en marcha una pequeña empresa que genere empleo, aún más. Mejorar y extender esos servicios de telecomunicaciones debe ser, pues, una prioridad. Ya va siendo hora de apretar las tuercas a todos esos teleoperadores que tan jugosos beneficios obtienen a nuestra costa para que se esfuercen algo en atender a aquellas zonas donde ganan algo menos. Esto es una cuestión no tanto de dinero como de voluntad política.

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El precio de la dignidad
Antonio Ochoa 14-11-2016 | 5:28 | 0

“España” es un preciosa palabra, con su “ñ” distintiva y desafiante. Es, también, extremadamente flexible ya que, dependiendo del hablante y del contexto, puede significar algo tan general como “el conjunto de los ciudadanos y el territorio a lo largo de la historia”, algo más concreto como “los intereses de mi partido” e, incluso, algo tan específico como “mis cuentas en Panamá”. Por ello, es normal que, cuando el Comité Federal del PSOE decidió facilitarle al PP el gobierno por “el bien de España”, muchos de sus militantes y partidarios no entendieran de qué “España” estaban hablando exactamente y manifestasen su descontento. Porque, seamos serios, si los votantes socialistas pensasen que Rajoy era lo mejor para el país, le hubieran votado a él hace un año y, si creyesen que era lo menos malo, le hubieran votado hace cuatro meses.
Y es que las apelaciones de D. Mariano a la unidad de todos frente a la crisis pueden revolver un poco el estómago a cualquier socialista con memoria suficiente como para recordar cuán fervientemente apoyó el PP a Zapatero cuando empezaron los problemas. Los populares parecen coincidir con el Sr. Trump de los EEUU en que eso de “velar por el interés común” sólo se aplica cuando también es el tuyo particular, en los demás casos se usa lo de “leña al mono”. Por supuesto, desde su punto de vista, la lógica es impecable, pero para cualquier socialista de corazón, es un sapo demasiado grande para tragarlo sin sentir arcadas. No es de extrañar que muchos se planteen largarse dando un portazo, pero para hacer esto necesitas tener otro sitio donde ir o unas convicciones tan firmes que prefieras ir al paro antes de renunciar a ellas. Desgraciadamente, la integridad y la política profesional son muy difícilmente compatibles y algo tan valioso como la dignidad no puede mantenerse sin pagar un alto precio. Ahora es un excelente momento para comprobar cuántos hechos respaldan todas esas bonitas palabras y declaraciones altisonantes que hemos oído últimamente.

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