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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:17

Mientras leía hace poco las noticias locales en El Comercio, una foto captó poderosamente mi atención. Varios empleados y voluntarios colocaban libros procedentes de una donación en la biblioteca de Corias. El lugar y la actividad me retrotrayeron de inmediato casi medio siglo atrás. Yo, lector voraz a mis diez años, entraba en aquella inmensa sala por primera vez y quedaba extasiado ante tanta abundancia. Porque, aunque en mi casa todos éramos aficionados a la lectura y, diseminados por los lugares más inverosímiles, había novelas, comics, revistas y todo tipo de material impreso, nunca había podido imaginar siquiera que pudiera existir un lugar con tantos libros juntos, hilera tras hilera, estante sobre estante, la promesa de un festín de lectura interminable, casi infinito.
Allí pasé algunos de los mejores ratos de mi adolescencia, ajeno a cuanto me rodeaba mientras mi imaginación recorría vastos desiertos y espesas junglas. Allí, aconsejado por profesores y compañeros o inducido por mi propia curiosidad, exploré los más diversos géneros, temas y autores. La selección disponible de unos y otros era incompleta y expurgada, pero nunca dejé de aprender algo con cada libro, aunque sólo fuese a desarrollar mi sentido crítico. Alguna vez, incluso, trepé al pasillo superior cerrado a investigar lo que llamábamos “la zona prohibida” y que, en realidad, contenía libros antiguos, muchos en latín, cuya integridad peligraría en nuestras ávidas manos infantiles.
Cuando visité el parador al poco tiempo de terminar la reforma, me dolió ver los estantes vacíos como tumbas expoliadas y saber que les han devuelto su alma, su razón de ser, me reconforta. En estos tiempos en que nos bombardean y manipulan con imágenes y sonidos, un espacio tranquilo donde leer y pensar es imprescindible. Nosotros, lectores, debemos defender estos reductos de reflexión y calma frente a la invasión de lo inmediato y efímero. Debemos hacer proselitismo del sano vicio de leer, ser “vendedores” de libros, aunque sean electrónicos. Porque un mundo de bibliotecas vacías será un mundo de cabezas vacías y un bien triste lugar para vivir.

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