El Comercio
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Fecha: octubre, 2017
Sesenta años
Antonio Ochoa 31-10-2017 | 7:22 | 0

El tiempo es un excelente rasero que va colocando a cada uno en su sitio. Hay instituciones que suben como cohetes, iluminan el cielo rutilantes por un instante y desaparecen en un parpadeo. Otras, más humildes, pero de luz más constante, permanecen y terminan por convertirse en una referencia. El restaurante La Allandesa, que ha celebrado este octubre su sexagésimo aniversario, pertenece a este segundo grupo. En innumerables ocasiones, decirle a alguien que yo era de Allande era escuchar la consabida respuesta: “¡Ah, La Allandesa! ¡Que bien se come allí!”, antes de referirse a otras bellezas de la zona. Los españoles tenemos una estupenda memoria gastronómica. Un estómago satisfecho nos hace verlo todo con mejores ojos y tiñe nuestros recuerdos de felicidad. Por eso, esta  comunión entre concejo y establecimiento ha sido muy beneficiosa para ambas partes.

Esta fama no ha sido fruto de la casualidad, sino resultado de décadas de esfuerzo y dedicacion. Quizás uno de sus platos emblemáticos, el pote de berzas, sea el que mejor simboliza esto. Porque, como bien sabemos los asturianos, por sencilla que parezca su receta, su preparación no lo es tanto. Conseguir un nivel de excelencia que pueda resistir la comparación con aquel que hacía la abuela en nuestra infancia (añoranza) requiere tiempo, cocina de leña, cariño y materia prima de primera calidad. Ese ha sido desde siempre el secreto del éxito de La Allandesa: productos de la tierra, generalmente cultivados o elaborados con sus propias manos, y unas cocineras que han dedicado una vida entera y un montón de amor a conservar nuestros platos tradicionales, nada más y nada menos.

En estos tiempos de la deconstrucción y de los recipientes enormes con mucho adorno y raciones diminutas, poder saborear el honesto potaje de siempre y poder repetir cuanto desees hasta la saciedad resulta tremendamente refrescante. Por ello, porque forman parte de mis recuerdos lejanos de aquellos mercados que eran mercados y por haberse convertido en una leyenda en estas seis décadas, vayan desde aquí mi agradecimiento y mi felicitación.

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En tinieblas
Antonio Ochoa 24-10-2017 | 6:10 | 0

Hubo un día en el que no amaneció. Un día en el que el sol se negó a salir, a iluminar el desastre causado por la barbarie y la locura de los seres humanos. Hubo una vez una mañana que fue noche para ocultar nuestro llanto culpable, nuestras lágrimas grises de humo e impotencia, nuestras lágrimas negras de ceniza y desolación, nuestras lágrimas rojas de fuego y rabia. Y no está de más llorar, porque es posible que esto sea un avance que la naturaleza ha querido ofrecernos de lo que nos espera, de que todas esas cosas que consideramos tan seguras y eternas como el amanecer pueden igualmente desaparecer un día.

Confiemos en que la lluvia que ha ayudado a extinguir los incendios no apague igual de rápido el fuego de nuestra indignación. Porque no sólo los bosques han quedado quemados, ha ardido un modelo completo de protección de la naturaleza elaborado de espaldas a los ciudadanos de la zona y basado en la demagogia, la burocracia y el chupeteo. Con hectáreas de departamentos inútiles dedicados a mover papeles innecesarios y decenas de “ecololistos” (cuya única aportación es oponerse a cualquier iniciativa que mejore la vida de los paisanos) viviendo del cuento a base de subvenciones, no puede quedar dinero para el personal y los medios que realmente sirven para algo.

Y, para rematar, los responsables intentan evadir su culpa achacándola a las circunstancias meteorológicas y a los pirómanos. Me preguntó cuál de las dos cosas les cogió por sorpresa: que el planeta se está calentando o que hay mucho desalmado. Porque, si es lo primero, leen poco sobre ecología “real” y, si es lo segundo, leen poco sobre política. El cambio climático no va a detenerse de momento ni los locos, ir a menos. Nuestros bosques no pueden ser rehenes de la incompetencia de nuestros políticos, ardiendo otoño tras otoño hasta que no quede nada. Si no saben qué hacer, ya es hora de que se larguen. Aquí no los vamos a echar de menos.

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Problemas cercanos
Antonio Ochoa 18-10-2017 | 5:42 | 0

Esta temporada estamos los ciudadanos tan entretenidos mirando al Este que los políticos del Oeste no pueden resistir la tentación de colarnos alguna jugarreta. Y es cierto que el espectáculo a orillas del bajo Ebro es sorprendente. Que uno pone la tele y no sabe si está viendo las noticias, una comedia americana de enredo, un culebrón venezolano o un anuncio español de propaganda electoral pagado a medias por el PP y Convergencia. Lo malo es que, cada vez que te echas las manos a la cabeza, alguien aprovecha el descuido para meter las suyas en tus pertenencias. Por eso, conviene administrar sabiamente nuestra indignación y no gastarla toda en Puigdemont. Aquí hay gente que también merece una poca.

Fíjense en el asuntillo de La Cortina en Cangas. Hace ya unos añitos, el gobierno local (PSOE e IU) decidió expropiar y derribar una zona para construir un nuevo centro de salud y, de paso, abrir Obanca como zona de expansión de la villa (de risa, teniendo en cuenta la caída de población). La parte destructiva se llevó a cabo rápida e implacablemente, la constructiva aun está esperando. La siguiente corporación (IU y PP) no quiso ser menos y cerró el aparcamiento de camiones que había en El Reguerón para construir una residencia de mayores. La excavación se hizo enseguida, los muros sólo se levantaron en el papel (mojado). Dos agujeros y ninguno de los tan necesarios equipamientos; perdimos cero a dos y nadie asumió nunca responsabilidades.

Ahora, la consejera del ramo, en un arranque de genialidad, ha decidido unificar los dos problemas y trasladar el proyecto de residencia a La Cortina. Hay quien se queja de que la nueva tiene menos plazas. ¡Santa inocencia! En una residencia imaginaria caben millones de ancianos imaginarios, es al colocar los ladrillos cuando hay que preocuparse y eso no es para pronto. De momento seguimos con promesas y proyectos. Así que, por muy mal que nos caiga Junqueras, los políticos que más nos perjudican no son los catalanes, son los asturianos.

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Cataluña
Antonio Ochoa 10-10-2017 | 9:51 | 0

Cataluña monopoliza el interés de todos los españoles (incluidos los catalanes). Gracias a ello, la corrupción va quedando relegada al olvido para alivio de nuestra clase política. Sin embargo, ambos temas están relacionados. Todos los presidentes de gobierno españoles de Suárez para acá han contado con el apoyo y beneplácito de CIU. Unos robaban de Fraga (municipio) para allá, los otros de Fraga para acá y todos contentos. Pero llegó la crisis, la (tardía) indignación popular, empezó a ir gente a la cárcel y los políticos españoles (incluidos los catalanes) vieron amenazada su patria, que no es España (ni Cataluña), sino Suiza, y el pánico les empujó a soluciones extremas.

Así pues, a lo que ahora asistimos es a un conflicto entre dos facciones suizas, librado en suelo español por dos ejércitos indígenas formados por fanáticos y mercenarios. En España (Cataluña incluida) abundan unos y otros. Pongan la tele, sintonicen tertulias y los programas de deportes y verán un montón. Fíjense en esos individuos que van a la concentración de la Selección a gritar: “Piqué, catalán, vete de España”. Eso exactamente lo que predica Junqueras y, si creyeron que  no podía haber alguien tan tonto como para salir con pancartas a gritar las consignas del enemigo, es que subestimaron la estupidez humana.

Por supuesto, estos enfrentamientos entre romanos y cartagineses suelen acabar con los numantinos quemados. Pero eso a nuestros dirigentes les importa un bledo. Ellos tienen un palacete esperándolos junto al Lago de los Cuatro Cantones para cuando todo termine. De momento, Rajoy, en vez de arengar a sus partidarios en Cataluña, ha cometido la torpeza de enviarles la Guardia Civil, lo que ha permitido al Govern sacar sus huestes a la calle y tomar ventaja. Pero los ejércitos, una vez movilizados, han de alcanzar rápidamente sus objetivos o los reclutas se cansarán de desfiles y escaramuzas, empezarán a añorar la comida calentita y desertarán masivamente. Lamentablemente, su objetivo es el País de Fantasía y ese no puede ser conquistado con la fuerza, sólo con la inocencia.

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Física política
Antonio Ochoa 02-10-2017 | 10:01 | 0

Pensaba hablar otro ratito más del tema catalán, haciendo incluso un poco de futurología al respecto, pero me he dado cuenta de que no puedo. Aquellos que nos adentramos en el conocimiento del mundo de la mano de la Enciclopedia Álvarez seguimos los senderos de la física clásica, la de Newton y su ley de la gravitación. Creemos que, sabiendo con precisión la posición y movimiento de un objeto en este momento, siempre podremos saber dónde estará en el futuro. Craso error, nos perdimos la revolución de la física cuántica y no entendemos cómo funciona realmente el mundo. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, es imposible determinar al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula y eso es lo que nos pasa con Puigdemont. Ni él mismo sabe dónde acabará. Cuando se detiene para situarse, no sabe hacia dónde va y, cuando sigue moviéndose, no sabe dónde está. No es culpa suya, es culpa de Heisenberg.

Y no crean que el día dos lo sabremos. Hay un famoso experimento de Schrödinger (experimento imaginario, no se me mosqueen los animalistas) donde un gato es encerrado en una caja sellada, con un frasco de gas venenoso que se abrirá o no dependiendo de que una partícula subatómica, que tiene un 50% de posibilidades de desintegrarse, lo haga. Ustedes pensarán que, al cabo de un rato, el minino estará vivo o muerto, pero, según la física moderna, en realidad estará 50% vivo y 50% muerto y no estará del todo ni uno ni otro hasta que alguien abra la caja y mire. En cierta medida, es el observador el que mata o salva la pobre felino. Podrá parecerle absurdo, pero millones de dispositivos se basan en ese principio. Por eso, el día dos habrá habido 50% de referéndum y 50% de no-referéndum dependiendo de quién abra la caja. Y continuaremos en la incertidumbre, porque somos un país completamente cuántico y kafkiano (de Kafka, otro germano al que gustaba tanto narrar absurdos como a los españoles vivirlos)

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