El Comercio
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Autor: abochoar_517
Problemas
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Antonio Ochoa | 01-01-2018 | 11:55| 0

Como cada diciembre, las ondas y los papeles se llenan de sesudas reflexiones y enciclopédicos resúmenes sobre el año que acaba y no hay duda de que en 2017 el tema estrella será el “problema catalán”. Eso demuestra  hasta qué punto estos tiempos de la posverdad (una manera cursi de decir “falsedad”) nos han afectado. Porque yo no creo que exista tal “problema catalán”. El hecho de que cerca de la mitad de los habitantes de un territorio no acaben de encontrarse a gusto en la España actual no es, para nada, exclusivo de Cataluña. Estoy convencido de que, si preguntamos al resto de los ciudadanos de este país, nos encontraremos con porcentajes similares o superiores. Lo que realmente nos ha traído de cabeza este año (y los anteriores) es, pues, el “problema español”, derivado de una corrupción galopante, un reparto de la riqueza cada vez más injusto y un convencimiento general de que ya no somos todos iguales ante la ley. Es muy difícil sentirse “a gusto” con eso.

Para solucionarlo, los españoles, demostrando nuestra madurez, hemos optado por la negación o la minimización (“No existe”.  “No es para tanto”.), la resignación (“No se puede hacer nada”.), la descarga de responsabilidades en otros (“Alguien tendría que hacer algo”.) o la esperanza en una milagrosa transmutación (“Los partidos que nos han estado robando se van a reformar y van a arreglar las cosas”.).  Los catalanes han hecho lo mismo, añadiéndole un pequeño toque racista (“Los catalanes de verdad no hacen estas cosas”. “Si te roba un catalán, no es tan grave”. “La culpa es del resto de los españoles”. “Convergencia y Ezquerra van a dejar de robar y nos van a salvar”.).  Y lo más divertido del caso es que, si en todas estas frases intercambiamos “catalanes” y “españoles”, tendremos también los eslóganes de los nacionalistas de este lado. Si no dejásemos que nos entretuviesen con el “problema catalán” y pusiéramos manos a la obra para solucionar el verdadero “problema español”, el otro quedaría resuelto al mismo tiempo.

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Sin palabras
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Antonio Ochoa | 26-12-2017 | 6:16| 0

Llegadas estas fechas, un fino y persistente urbayu de paz, amor y tolerancia nos empapa hasta los huesos, mitiga nuestros fuegos y nubla nuestra visión. Todos esos bípedos ambulantes, que normalmente pululan por ahí estorbándonos, vuelven a parecernos, incluso, humanos. Los miramos atentamente y casi podemos percibir una chispa de inteligencia en sus ojos. Nuestras defensas frente a los demás caen a mínimos y nuestro usual instinto gregario se exacerba. Sentimos la necesidad de reencontrarnos con conocidos y familiares que usualmente tratamos poco o, en algunos casos, evitamos. Queremos acercarnos, abrazarlos, hablar, compartir una copa con ellos y ese es (¡Ah!) uno de los peligros navideños. La palabra es una mercancía delicada, hasta intercambiada entre amigos, peligrosa, entre gente que no se conoce demasiado bien y explosiva, si se mezcla con alcohol.

Debajo de esas frías cenizas y esos rescoldos apagados por la llovizna de amor navideña, siguen ardiendo las brasas que nos han enfrentado todo el resto del año (o toda la vida) y basta un comentario imprudente para atizarlas y que estallen fieras otra vez las llamas del conflicto. El camino por unas fiestas pacíficas está sembrado de trampas y la prudencia no es una opción, es una necesidad. Empezaremos por evitar zonas peligrosas como el fútbol o Cataluña, pero no hay ninguna ruta completamente segura. Si no conocemos el terreno, iremos sondeándolo con cometarios neutrales y, si vemos que la cosa se caldea, cambiaremos inmediatamente de tema. Pero habrá que tener cuidado y ser rápido. A veces, empiezas diciendo algo tan inocuo como: “Hace un día precioso” y acabas discutiendo sobre el cambio climático y los incendios forestales. No deje que los villancicos le engañen, los habitantes de este país hemos pasado mucho más tiempo peleándonos entre nosotros que con los de afuera; por algo será. Lo mejor es siempre hablar poquito, sonreír mucho y asentir pensativamente de cuando en cuando. Todo el mundo le considerará un conversador ameno e inteligente. Es una buena táctica, incluso, para todo el resto del año. Felices fiestas.

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Indios
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Antonio Ochoa | 20-12-2017 | 12:58| 0

Cada vez estoy más convencido de que, dentro del Gobierno regional, existe un departamento secreto, la Oficina de Asuntos Indígenas, que se encarga de gestionar todo lo relativo a las alas rurales asturianas y que funciona según el modelo de las reservas indias americanas del siglo XIX. Sólo así se puede explicar que, vengan de la Consejería que vengan, todas las normativas, disposiciones y leyes nos peguen siempre en el mismo carrillo. Sólo así se puede entender que, en nombre del progreso, nosotros los indígenas, nuestra cultura y tradiciones hayan sido llevados al borde de la extinción en unas cuantas décadas. Nos negamos a adaptarnos a la “modernidad”, a ser “competitivos”. Nos aferramos a nuestros antiguos modos de vida “salvajes” y, por tanto, en beneficio de la “civilización” tenemos que ser eliminados.

Imagine que Pachu, harto de la vida urbana, pretende volver a sus orígenes y recuperar la abandonada casería de sus ancestros. Para empezar, rehabilitar la casa le va a costar una montaña de documentos, fotos, permisos, licencias y trámites anteriores, intermedios y posteriores. Con un buen abogado y un montón de dinero, será afortunado si termina en tres años. Preparada la casa, le tocará prepararse a él. Antes de poder comprar gallinas o limpiar “veras”, deberá acabar la “carrera” de ganadero. Necesitará carnét de conductor de Pascualín, de manejo de animales con psicología, de sulfatador de ortigas, de manipulador de huevos y muchos más, cada uno de ellos con su examen y sus tasas. Después, tendrá que aprenderse tochos enteros de legislación para saber dónde hay que pedir permiso para cortar leña y dónde, para “cavar” un trozo de monte (hay que pedir los dos, sí). Necesitará aprender a evitar los cantaderos de urogallos (aunque nadie haya visto uno allí en siglos) y las molestias a los jabalíes (aunque luego bajen todas las noches al pueblo a echar un pincho), porque ellos son animales y tienen sus derechos y Pachu es ahora un indígena salvaje más de la Reserva, no tiene ninguno y su viacrucis continuará…

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Ayudando
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Antonio Ochoa | 14-12-2017 | 9:42| 0

Algunas noticias y declaraciones en los medios nos llevan casi a concluir que los habitantes de las zonas rurales somos unos locos inconscientes a los que hay que atar corto para que no pongan en peligro la supervivencia del planeta. Me parece terriblemente injusto que olviden lo mucho que aportamos al mantenimiento de la civilización urbana. En estos tiempos en los que la contaminación del aire asfixia las ciudades, nosotros tenemos en marcha dispositivos que capturan miles de toneladas de CO2. Poseemos unos artefactos enormes, llamados “castaños”, que lo atrapan, lo encapsulan en unos nódulos llamados “castañas” y, con ayuda de otros dispositivos llamados “cerdos”, lo convierten en jamón. Hay otros artificios medianos, llamados “viñas”, que lo convierten en vino y millones de otros pequeñitos, llamados “hierbas”, que, con ayuda de unos grandes aparatos ambulantes, llamados “vacas, lo convierten en leche o filetes. Así que, cuando estas navidades se peguen una opípara cena con estos productos, recuerden que eso es CO2 de sus coches reciclado gracias a nosotros.

Y qué decir de esa otra gran preocupación que es la pérdida de biodiversidad debida a la extinción de especies. Mientras muchos se limitan a combatir el problema a base de palabras, nosotros ayudamos con obras. Soltamos cabras, ovejas y vacas al monte para que los lobos y los buitres puedan comer. Tenemos colmenas, cerezos y otros frutales para que los osos se alimenten. Plantamos patatas y maíz para que los jabalíes no pasen hambre. Sembramos huertos para que los topos y los ratones proliferen y las rapaces no desaparezcan. Y todo eso lo hacemos a sabiendas de que no recibiremos nada a cambio, a sabiendas de que las indemnizaciones son una broma, de que tienes que llevar más papeles a la Consejería para que te paguen cien euros por destrozos que al banco para que te presten un millón. Todo esto lo hacemos altruistamente, porque amamos nuestra tierra y porque, si alguien tiene que comerse los frutos de nuestro sudor, preferimos que sea un oso antes que un político.

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Eureka
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Antonio Ochoa | 04-12-2017 | 6:39| 0

Seguramente habrán oído ustedes muchas veces la expresión “acordarse de Santa Bárbara cuando truena” referida a aquellos que no se acuerdan de enfrentar los problemas hasta que ya es tarde. El Gobierno asturiano y los sindicatos mayoritarios la han venido usando como patrón de conducta en el tema del carbón y, ahora, le han dado otra vuelta y, además, han decidido “acordarse de los truenos cuando llega Santa Bárbara”. Reunidos en sesudo cónclave en vísperas de la patrona de los mineros, han llegado a la conclusión que detrás del cierre de las térmicas hay una mano negra y no precisamente la de un picador. No es de extrañar, sin embargo, que hayan tardado tanto enterarse porque, ¿qué saben ellos de manos negras? Dudo que nadie en el gobiernín se haya ensuciado nunca las manos (trabajando, quiero decir) y, si alguno de los líderes sindicales paleó carbón alguna vez, fue hace tanto tiempo que ya ni se acuerdan (ni quieren acordarse).

Pues sí, detrás de la operación de acoso y derribo al carbón nacional hay intereses espurios. Lo hemos venido denunciando muchos desde hace años. Aunque entiendo que nunca nos hayan leído; probablemente no les gustaría lo que decimos. Mucho más guapo es reunirse un día, decir que hay mucha gente mala por el mundo y volver al confortable despacho a seguir cobrando por no hacer nada. Porque eso es exactamente lo que van a hacer después de tan geniales conclusiones. No se pondrán gravámenes ni restricciones al carbón importado que, además de contaminar el aire como el nacional, contamina también la política y la economía del país. No se meterá en cintura a las empresas eléctricas que abusan a placer de los ciudadanos porque, cuando los ministros y consejeros dejen el cargo, ¿dónde van a colocarse? No, no van a hacer nada. Seguirán pasándose la pelota unos a otros o echándole la culpa a Bruselas, que es también muy socorrido. Pero al fin han descubierto que el problema es que hay alguna mano alargada en la sombra. Eureka.

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