El Comercio
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Autor: abochoar_517
Gota fría
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Antonio Ochoa | 04-09-2017 | 10:04| 0

Ha sucedido otra vez. Aquella excepcional granizada que azotó la comarca hace algo más de un año ha resultado no ser una excepción. De nuevo la piedra ha asolado las zonas donde ha caído, dejando huertas y viñas completamente destrozadas. Mucho me temo que la famosa gota fría que solía visitar el Levante en estas fechas ha emigrado al Norte y le ha tomado gusto. Todo ello, como culminación de un año extraordinariamente seco y caluroso que ha dejado las reservas de agua bajo mínimos. El clima está cambiando y no para mejor. Las noticias de ciclones, inundaciones y otros desastres naturales relacionados empiezan a ser tan habituales que pronto dejarán casi de ser noticia. A estas alturas, incluso aquellos políticos ultraliberales que hace un par de décadas decían que lo del calentamiento global era un bulo de los ecologistas intentan borrar sus palabras de las hemerotecas. Por lo que sé, sólo el Sr. Trump afirma que no es para tanto y, después de lo de Texas, quizás ni él.

Un cuarto de siglo tarde, lo hemos reconocido. Era necesario, importante, pero, por sí sólo, no sirve para nada. Si dedicamos otros veinticinco años a pensar que hacer, probablemente no tendrá solución. Es necesario tomar medidas ya y éstas han de ser enérgicas, planificadas a largo plazo y afectar a todo el planeta. Desdichadamente, los únicos que pueden hacerlo, nuestros líderes mundiales, no se caracterizan, precisamente, por su grandeza de miras. Se mueven remolonamente entre la presión de la opinión pública (que es la que les sostiene) y los intereses de las multinacionales (que son las que les pagan), procurando contentar a los primeros con palabras y gestos y a las segundas, con hechos y beneficios. Incluso los acuerdos más nimios son rechazados o incumplidos. Sospecho que sólo cuando la situación se vuelva insostenible, se intentará poner remedio. Por mi parte, no me siento muy optimista. Les recomiendo que se vayan preparando. Yo, de hecho, estoy buscando por Internet a ver si Noé dejó planos del Arca.

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Aire nuevo
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Antonio Ochoa | 28-08-2017 | 11:54| 0

Durante mucho tiempo (demasiado) el suroccidente ha ido languideciendo, decayendo, encaminándose, aparentemente resignado, a la extinción. Pero ahora, por fin, algo está cambiando. Al principio fue sólo una vaga sensación, como esa diferencia de luminosidad y esa súbita ráfaga de aire que preludian la lluvia. Pero las gotas han empezado a caer copiosas y ya nadie puede dudar de que una nueva época se avecina. Hemos abandonado atrás la autocompasión, hemos dejado de esperar a que nos salven, nos hemos arremangado y puesto manos a la obra. Por doquier surgen iniciativas, se fortalecen las antiguas asociaciones y se crean nuevas, queremos hacer algo, hemos empezado a creer en nosotros mismos, nos atrevemos a intentarlo y lo vamos consiguiendo.

Hay razones para el optimismo, sí, pero apenas hemos empezado a recorrer el camino. Siglos de abandono no se revierten en pocos años, debemos ser pacientes y tenaces. Tampoco debemos esperar soluciones mágicas. No se trata de encontrar la panacea universal que nos salve, sino de crear muchas cosas pequeñas para que todas juntas hagan una grande. Por eso es muy importante que cada iniciativa sume y no reste a otras. Es muy importante que nos coordinemos y nos apoyemos unos a otros, más allá de colores o localismos. Somos un auténtico paraíso natural lleno de gente natural y productos naturales. Dejemos que ese sea nuestro mensaje unitario al exterior.

Y, aunque nosotros debemos ser los principales artífices de este cambio, no por ello deja de ser bienvenida la ayuda exterior. Ahí están, como he señalado muchas veces, nuestras deficiencias en telecomunicaciones que deben ser resueltas cuanto antes, porque lastran nuestras posibilidades de desarrollo. Pero el apoyo externo no tiene por qué ser sólo material, el apoyo moral es también a veces importante. Está a punto de fallarse el premio de Pueblo Ejemplar de Asturias y la allandesa Asociación de Mujeres Río Nisón opta a él. Su concesión sí que sería un claro mensaje de apoyo a todos los que luchan por sacar a flote este rincón de Asturias.

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Fiestas
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Antonio Ochoa | 28-08-2017 | 11:46| 0

Todo el que se cría en un pueblo desarrolla unos fuertes vínculos con su terruño que no son habituales en otros entornos. Un piso no es más que una caja de aire rodeada de ladrillos y amueblada. Se puede vender sin apenas una pizca de nostalgia. Pero una casa de pueblo hunde sus raíces en la tierra, fue levantada con el sudor de tus ancestros y su memoria la impregna totalmente. Venderla es cómo vender tu propia historia y tu identidad, una ruptura dolorosa que sólo la extrema necesidad podría excusar. La distancia no hace sino reforzar este apego, que sólo el tiempo y la ausencia pueden erosionar. Por ello, el retorno periódico es vital para renovar esos lazos y recuperar esa parte de tu yo infantil que el ajetreo de la vida diaria va desgastando.

Y la mejor ocasión para ese regreso es la fiesta patronal. Esta celebración, que tradicionalmente servía para reforzar los vínculos con la familia y los vecinos, es más importante ahora que trabajos comunales como las matanzas, mayadas y otros han  casi desaparecido. Durante los días anteriores, los caminos, generalmente solitarios, vuelven a sentir los pasos de los que los recorrieron de niños y en los cruces se retoman amistades, se intercambian novedades, se rememoran anécdotas y se ultiman preparativos. Las casas cerradas se abren, las habitaciones vacías se ocupan y, por un tiempo, el pueblo recobra parte de la vida que había perdido.

La fiesta del pueblo es mucho más que una simple noche de baile, de hecho, eso es lo menos importante. Es volver a estar rodeado de las personas con las que creciste, es hacer planes, trabajar y divertirse otra vez juntos. Es retomar el contacto y saber que el tiempo no ha traído el olvido. Es sentir que, vivas donde vivas, siempre te sentirás vecino de tus vecinos. La fiesta ayuda a mantener vivo el pueblo y a renovar los lazos de los que están afuera con él y entre sí y, por ello, nunca debe permitirse que desaparezca.

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Picaresca y drama
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Antonio Ochoa | 14-08-2017 | 5:35| 0

Hace poco los medios de comunicación se hacían eco de que el “empresario minero” Rodolfo Cachero se encontraba en busca y captura. No sé si, a la hora de escribir esto, la policía sigue con lo primero o ya ha llegado a lo segundo. Tampoco es que importe más allá de la anécdota. El daño ya está hecho. La liquidación de la minería asturiana ha dejado de ser un drama humano para convertirse en un culebrón judicial. La amargura de miles de familias, la tragedia de comarcas enteras, queda oculta tras este ir y venir de pícaros entre sus palacetes y el de Justicia, con pocas o ninguna parada en la cárcel.

Para todos los que han conocido a empresarios ejemplares como D. Efrén Cires, que siempre intentaron y siguen intentando luchar por su empresa y por sus trabajadores, el contraste no es sólo brutal, es doloroso; doloroso por lo que fue y lo que es ahora, doloroso porque, con gente como Cachero o Alonso al cargo, dentro de poco ya no será nada. Gente que trata a los trabajadores como esclavos y a sus familias, como rehenes, gente que va de lío en lío y de conflicto en conflicto es apropiada para destruir, no para conservar. Probablemente éste era el objetivo desde el principio y, desde luego, éste será el resultado final.

Porque todo esto no da la sensación de ser fruto de la fatalidad ni una plaga bíblica que nos haya caído aleatoriamente del cielo. Todo esto se acomoda demasiado bien a los intereses de las poderosas empresas eléctricas para creer que ha sido simple casualidad; demasiados políticos que participaron en las decisiones acabaron trabajando para ellas, demasiados puntos oscuros en la actuación de los sindicatos. Puede que Victorino Alonso,  Rodolfo Cachero y José Ángel Villa aparezcan ahora como los villanos de esta telenovela que nos quieren contar, pero en la historia real no fueron los únicos ni los más decisivos. Sin importantes apoyos políticos y financieros nunca hubieran podido hacer lo que hicieron.

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Filosofía panieguera
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Antonio Ochoa | 12-08-2017 | 6:23| 0

Cualquiera se imaginará que pasarse las vacaciones en una casa de pueblo en la que ya no hay  labranza es una especie de paraíso soñado para vagos, lleno de desayunos tardíos, perezosos paseos y largas siestas. Nada más lejos de la realidad. El paisaje asturiano fue creado con el sudor de nuestros antepasados y ese espíritu laborioso ha embebido cada centímetro de esta tierra, que intenta por todos los medios evitar que sus descendientes nos abandonemos a la molicie. Cada hierbajo o animalejo del entorno, cada piedra, cada pared, conspira contra ti. Te ven llegar, te miran con aire desdeñoso y se lanzan a la reconquista del terreno que les ganaron nuestros abuelos.

Hace poco me tocó librar una pequeña batalla en esa guerra interminable. Las paniegas habían invadido (una vez más) la finca pegada a casa, así que, armado con una azada, me lancé a la lucha por el honor de la familia. Las paniegas tienen una raíz profunda; si tiras de ellas, rompen por  el tallo y vuelven a salir enseguida. Has de cavar con la azada para poder erradicarlas. Es una tarea fatigosa y monótona en la que, además de sudar y maldecir, sólo puedes ocupar la mente en compadecerte de ti mismo o en filosofar. Como yo soy más bien de lo segundo, ya que no pude compartir la tarea, comparto, al menos, las conclusiones.

Recuerdo a mi padre haciendo esa tarea. Él me enseñó a mí a hacerlo como mi abuelo le había enseñado a él, decenas de generaciones de mi familia peleándole el terreno a  centenares de la suya. Año tras año, manos encallecidas y espaldas dobladas, perseverancia e ingenio contra resistencia y número. Hemos pasado del hierro a las armas modernas y aun así la balanza sigue indecisa. Yo creo que la naturaleza creó las paniegas para que los humanos aprendieran los valores de la tenacidad y la humildad y, mientras la estirpe de los antiguos paisanos y paisanas camine por estas tierras, las paniegas seguirán ahí combatiéndonos y enseñándonos.

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