El Comercio
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Autor: abochoar_517
Viene el señorito
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Antonio Ochoa | 27-11-2014 | 7:49| 0

Ciertas costumbres políticas muy antiguas se resisten a desaparecer. Una de ellas es la visita del señorito. Esa parafernalia del coche oficial, la escolta de las fuerzas vivas locales, la foto de prensa, las promesas… es demasiado golosa para resistir la tentación. El otro día vino a vernos el Director General de Infraestructuras (o así) y la imagen de la noticia no sólo era idéntica a otras que vi yo en pantalón corto, era idéntica a otras que vio mi tatarabuelo. Nada cambia porque nosotros no cambiamos. El hombre llegó, soltó su rollo y nadie pareció sorprendido de que, entre las pocas preguntas que le hicieron, no estuviera la única importante: ¿Qué ha venido usted a hacer aquí exactamente?
Están arreglando una carretera, cierto. ¿Y qué? ¿No ha visto nunca ese señor cómo se hace una carretera? Un poco tarde para aprender, al final de su mandato. ¿No se fía de sus técnicos? Un poco tarde, también. ¿Quiere enterarse de qué les parece a los indígenas la obra? ¡Estupendo, pero otra vez un poco tarde. Ofrecer ahora soluciones a fallos que se hubieran evitado preguntando a los afectados sólo demuestra prepotencia, improvisación y despilfarro de recursos. Los cargos políticos son “servidores” públicos, no “amos”. El dinero que usan es de todos y su obligación es dar explicaciones de cómo lo administran y no pretender hacernos “regalos” con él.
Claro que, con mucha mayor probabilidad, la finalidad del viaje era ganar votos y disfrutar de la gastronomía canguesa. Por supuesto, comparto totalmente la conveniencia de lo segundo y comprendo la necesidad política de lo primero, Lo que no me parece nada bien es que ni uno ni otro se hagan con nuestros impuestos. Ya va siendo hora de que el dinero gastado corresponda a los fines: fines particulares, dinero particular; fines del partido, dinero del partido; fines realmente públicos (e imprescindibles), dinero público.

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Adjetivos
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Antonio Ochoa | 19-11-2014 | 8:01| 0

La ex alcaldesa de Vegadeo, Servanda García, afirma en una entrevista que “la gente está defraudada, pero los primeros indignados somos los políticos”. Se ve que tiene problemas con los adjetivos. “Defraudados” estamos cuando no nos toca la primitiva o nuestro equipo pierde. Cuando nos roban nuestros ahorros, ponen en peligro nuestras pensiones, destrozan nuestra sanidad y condenan a nuestros jóvenes al exilio laboral lo que estamos es furiosos, hartos y asqueados, pero no “defraudados”. Porque el problema no es sólo que se hayan llevado el dinero, es que, para conseguirlo, no dudaron en destrozarnos la casa. El peor problema no fueron los camiones que entraban por una puerta del Musel y salían por otra sin descargar; no fueron las subvenciones que entraban en caja y salían en maletines; fue esa regasificadora que no ha llegado a ponerse en marcha y ese macropuerto que no seremos capaces de mantener.
Me pregunto de qué están “indignados” los políticos. ¿Cuántos de ellos nunca aceptaron regalos, aprovecharon el dinero público para lujos privados, favorecieron a la empresa de un allegado o colocaron a un familiar? Y, de esos seres excepcionales, ¿cuántos no sabían lo que estaba pasando? ¿Creían quizás que los parientes de los políticos eran más listos y por eso se colocaban mejor; que cuando la empresa del “amigo” era la mejor y por eso se llevaba todas las adjudicaciones; que sus colegas se hacían ricos a base de “herencias”? ¿Quieren que creamos que son Los Santos Inocentes o creen que los inocentes somos nosotros? Pues los ciudadanos de este país han superado, afortunadamente, la edad de la inocencia. ¿Y, saben? Creo que eso es lo que indigna a los políticos: que ya no nos dejemos engañar con el “y tu más”, que ya no traguemos lo que nos echen, que tengan que ir al juzgado como cualquier otro delincuente. ¿Y, saben? Cuanto más indignados están ellos, más contentos estamos nosotros.

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Juntos
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Antonio Ochoa | 11-11-2014 | 7:41| 0

Este fin de semana la Asociación Cultural “El Arbedeiro” de Navelgas ha entregado su Panoya de Oro a la Sociedad de Artesanos “Nuestra Señora del Carmen” de Cangas del Narcea. Este acto de hermanamiento entre dos grupos de personas, próximas en el espacio y cercanas en el sentimiento de defensa de las tradiciones, me ha hecho pensar una vez más en lo importante que el movimiento asociativo ha sido y es en la defensa y conservación de nuestra identidad cultural y de las cosas importantes de nuestro entorno. Por separado somos como briznas de paja que cualquiera puede romper o voladores sueltos en una tarde de verano, a los que nadie hace caso. Pero, cuando nos juntamos, nos convertimos en una riestra que puede sostener un peso enorme, en una Descarga que atruena el cielo.
Es una verdadera pena que esa unión que demostramos en lo que toca a nuestra tierra chica no la sigamos demostrando en otros aspectos de la vida pública. Hubo un tiempo en que juntos cambiamos este país. Por desgracia, nos dejamos convencer de que la labor ya estaba hecha y de que podíamos dejar la administración de nuestras conquistas sociales en mano de políticos y sindicalistas. Fue un terrible error que hemos tenido que lamentar amargamente. Todo el esfuerzo de varias generaciones ha sido dilapidado. Ahora mismo, las cotas de democracia, justicia social y honestidad pública no son sensiblemente superiores a las de 1974; de hecho, en el último aspecto, probablemente sean peores.
Así que tendremos que volver a poner manos a la obra, dejar de llorar por las esquinas, juntarnos y empezar otra vez a recuperar nuestros derechos. Los mayores tal vez se acuerden de cómo se hace. Los más jóvenes están aprendiendo (a la fuerza) a toda velocidad. Nos queda por delante otra Transición y a ver si esta vez, de verdad, hemos aprendido de los errores del pasado.

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Matadero
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Antonio Ochoa | 06-11-2014 | 4:50| 0

Las primeras nieves sobre los picos de las montañas anuncian la llegada del invierno y las últimas noticias sobre el matadero de Cangas anuncian la llegada de las elecciones locales. El actual es el tercer intento que recuerdo y perdónenme si no estoy convencido de que sea el último. Por alguna extraña coincidencia, tanto ahora como antes, siempre se presentó como proyecto estrella para un “siguiente” mandato que luego no llegaba.
En tiempos del Sr. Cuervo, se ponía en duda su rentabilidad. En aquellos años se creaban montones de empresas municipales “rentables”, si consideramos que rentabilidad quiere decir dar beneficios a los administradores y pérdidas a los ciudadanos. Y, claro, un matadero sería todo lo contrario. En Cangas, saliendo del juzgado (un edificio que muchos políticos visitan hoy en día y muchos más no visitan, pero deberían) en dirección a Oviedo, podrán ver dos buenos ejemplos de inversiones “rentables”. Un agujero para un Centro de Salud y otro agujero para un Centro de la Tercera Edad que nunca llegaron a nada, obra de los anteriores alcaldes, ambos tan costosos como “rentables”. No son, por supuesto, los únicos ejemplos. Repartidos por nuestro entorno podrán ver centros de interpretación, museos y demás cerrados y condenados al derrumbe, muros de cincuenta metros que costaron más que la Gran Muralla y vías asfaltadas con un diseño tan eficiente que pasan por delante de las casas de todos los amigos sin acercarse a ninguna de los adversarios.
Un tema como el matadero en un concejo ganadero como Cangas debería ser un “tema de concejo” para todos los partidos y gozar de un absoluto consenso. El hecho de que no haya sido así demuestra que la “rentabilidad” que han buscado siempre está muy lejos de ser la que beneficia a los ciudadanos. El otro hecho (más que probable) de que ahora unos intenten colgarse medallas y otros tirarlo por tierra demuestra que todo sigue igual.

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Una casta de nicolases
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Antonio Ochoa | 28-10-2014 | 10:09| 0

En panorama político tan deprimente como el actual, la aparición de Nicolás ha sido la única nota divertida. Ahora que “la casta” es vituperada en todas partes, él quería formar parte de ella. Quería su coche oficial, su tarjeta oficiosa y sus sobornos extraoficiales. ¿Acaso es eso tan extraño? ¿Cuántos nicolases hay en este país esperando una ocasión semejante? Y, después de todo, ¿por qué no? ¿Acaso toda esa caterva de asesores, consejeros y liberados que nos rodea y nos asfixia es mejor que nuestro Nicolás? ¿Acaso los asesores saben algo para poder asesorar? ¿Acaso los consejeros dan consejos que no lleven a la ruina? ¿Acaso los liberados hacen algo distinto de cobrar por el pelotilleo y la lealtad perruna? ¿Cuántos cargos locales, autonómicos o nacionales pueden presumir de un currículo mínimamente decente anterior a su entrada en política? Y, si a pesar de ello están todos ahí gozando de privilegios sin cuento, ¿por qué otros no?
Nicolás tenía todo lo necesario para ser un político triunfador: desvergüenza, desprecio por las normas, habilidad para hacer la pelota, facilidad para engañar y voluntad de trepar pasando por encima de lo que fuese. Pero también tenía prisa y eso fue lo que lo perdió. Para llegar arriba con veintipocos años hay que ser hijo de la casta. De lo contrario, tienes que recorrer lentamente todo el escalafón desde las juventudes del partido, repartiendo por el camino un buen montón de puñaladas y esquivando muchas más. Careciendo de apellidos y de antigüedad, la cosa no podía durar. Podía, sí, pedir maletines como ellos, pero no podía luego otorgar contratos. Podía alquilar cochazos y guardaespaldas, pero no, cargarlos a la cuenta de la autonomía. Podía organizar fiestas suntuosas, pero no, pagarlas con la tarjeta de la Caja. Podría perfectamente haber sido uno de ellos, pero fue demasiado listo y ambicioso para no destacar entre tanto mediocre.

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