El Comercio
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Autor: abochoar_517
Cenizas
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Antonio Ochoa | 01-05-2017 | 6:49| 0

Por fin la lluvia (¡bendita lluvia!) ha aparecido para apagar los últimos rescoldos de los incendios que han asolado Asturias y, en especial, nuestra comarca los pasados días. El paisaje que queda detrás es absolutamente desolador y el futuro por delante muy incierto, incluso a corto plazo, el agua que ha caído sólo ha aliviado temporalmente la sequía y, si ésta persiste, el peligro volverá enseguida. Porque hemos controlado las llamas, pero estamos muy lejos de controlar la barbarie que hay detrás de ellas. Los desalmados/descerebrados causantes de los fuegos intencionados siguen libres e impunes y esperan, como terroristas ocultos, con la cerilla preparada para la próxima ocasión.
Y es que, teniendo en cuenta las vidas que se pierden, las pérdidas materiales que causan y su efecto sobre la sociedad, los incendios intencionados deberían ser considerados como una forma de terrorismo y combatidos con la misma firmeza y unidad que las otras formas. Los pirómanos son, por supuesto, los únicos culpables de los daños producidos. No hay justificación posible para semejante destrucción y, menos aun, míseros intereses económicos que, en el mejor de los casos, acabarán siendo pan para hoy y hambre para mañana. Pero no dejemos que eso nos haga olvidar nuestra responsabilidad en evitar que lo puedan volver a hacer. El rechazo social y la colaboración ciudadana han de ser el primer paso para acabar con esta lacra.
El segundo paso corresponde a los dirigentes políticos, sindicales y de asociaciones, directamente implicados. Y lo primero que hay que exigirles, como con el terrorismo, es unidad. Este tema debe de ser dejado fuera de la lucha partidista. El espectáculo que hemos tenido que soportar estos días viéndolos correr detrás de los micrófonos para intentar arrimar el ascua a su sardina mientras la gente sufría viendo peligrar su sustento ha sido lamentable y no debería repetirse. Consenso y no palabrería es lo que hace falta. La lluvia (¡bendita lluvia!) puede apagar los fuegos, pero no puede lavar nuestros pecados, aun los de omisión, ni evitarnos una larga penitencia.

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Jabalíes urbanos
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Antonio Ochoa | 01-05-2017 | 6:49| 0

Cuando aparecieron en medios y redes sociales las primeras imágenes de animales salvajes paseándose por zonas urbanas del centro de la región, se consideraron algo gracioso, casi entrañable, pero, cuando los jabalíes comenzaron a pulular por los jardines de las urbanizaciones dejando tras si las huellas de su paso, empezaron las quejas y los llamamientos al control de la situación. Parece ser que los pobres animalitos “vistos en persona” pierden mucho y no resultan tan simpáticos como en la tele; que, detrás de esa apariencia bonachona que exhiben en los medios, se esconden unos vándalos “destrozones” y que, cuando te los encuentras de frente con esos colmillos, se te sube una cosa a la garganta. (¡Jejeje! ¡Perdón!)
Por lo visto, la última tendencia en ecologismo dominguero consiste en proteger las especies en la casa del vecino y echarlas de la tuya. Como reparto solidario, es genial: nosotros cargamos con las molestias de la crianza de los bichos y los chorizos se van a comer en Oviedo(1). Estoy seguro de que los ganaderos de esta zona, que llevan tiempo quejándose de los destrozos y siendo tachados de protestones, están terriblemente apenados al ver el estado en que quedan esos jardines ovetenses antaño impolutos.
Esto forma parte de la evolución demográfica de Asturias. Jabalíes y paisanos han convivido durante generaciones. Que el paisano se va a vivir a La Corredoria, pues el jabalí hace las maletas y se va también. Es más, dentro de poco la añoranza afectará a corzos, lobos y osos, que dejarán atrás estos pueblos abandonados y se irán a vivir al centro como todo el mundo. Espero que allí los traten con la misma delicadeza con que pretendían que los tratásemos nosotros, nada de ruidos fuertes ni luces potentes y, si una osa se pone a criar en la entrada del Parlamentín, quiero ver a los diputados reunirse en la Escandalera (y sin gritos).
(1) Me refiero a los chorizos que comes; los que te comen a tí siempre han tenido querencia por la capital.

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Recuperar
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 11:28| 0

Analizaba en mis anteriores artículos el desplome demográfico de nuestra comarca y decía que la única solución pasaba por mantener, recobrar y atraer. Exponía que no era necesario convencer a los que estamos para que nos quedemos, basta con que la Administración deje de fastidiarnos para que nos marchemos. Pero un simple vistazo a la pirámide de edades de la población y un sencillo cálculo aritmético nos demuestra que eso no será suficiente. Sin otras medidas, en una década y por simple (de)crecimiento vegetativo habremos quedado en la mitad y en dos décadas habremos desaparecido. Mantener no basta y es imprescindible abrir las otras dos vías.
Intentar recobrar parte de lo que se fue debería ser el primer paso, porque la motivación está ya ahí. Somos y hemos sido siempre tierra de emigrantes. Pero cada uno de ellos, sereno en Madrid, dependiente en La Habana, obrero en Frankfurt o ingeniero en Massachusetts, han conservado en el fondo de su corazón sus raíces y la idea del retorno. Algunos de los jóvenes que terminan su formación y se buscan la vida fuera llevan dentro de sí una idea, un proyecto, que podrían y desearían desarrollar aquí si se les animara y ayudara. Es por ahí por donde hay que empezar, hay que recoger esas semillas de futuro, mimarlas, protegerlas y empujarlas para que puedan crecer en una tierra empresarial tan árida como es la nuestra actualmente. Porque, si permitimos que, como hasta ahora, la mayoría de esas iniciativas se pierdan o tengan que ir a florecer a otro lado, no habrá esperanza.
Vivimos en un pequeño paraíso. Un lugar donde, en poco tiempo, uno puede pasar del bullicio de bares y terrazas a la paz del bosque, sin más ruidos que el rumor de tus pasos y el susurro del viento en las hojas y sin más voces que las de los pájaros, un lugar donde los niños pueden tener libertad para explorar sin peligro, un lugar donde los mayores son personas y no obstáculos urbanos. No lo perdamos.

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Conservación
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 11:27| 0

Hablaba la semana pasada de la hemorragia demográfica que ha ido drenando la vida de nuestra comarca hasta llevarla cerca de la desaparición​. Las cifras no pueden ser más claras ni más preocupantes. Tanto, que muchos se preguntarán si existe solución viable a estas alturas, pero, para responder a esa cuestión, hace falta antes contestar a otra: ¿Existe voluntad firme de enfrentar el problema? Porque la situación es crítica y no se arreglará con palabras cálidas y medidas tibias. Ahora mismo, el paisano cantábrico corre más peligro de extinción en la zona que el oso cantábrico. Pero eso también abre una puerta a la esperanza. Lo que se hizo con unos se puede hacer con los otros (descartando, claro, medidas poco constitucionales como la eugenesia o la cría en cautividad).
Los pasos son claros: conservar lo que hay, recuperar lo que perdimos e introducir savia nueva. Para ello, antes que nada, hay que conseguir que esas personas quieran vivir aquí, pero también, que puedan hacerlo. En realidad, los actuales habitantes ya queremos quedarnos, no necesitan convencernos, basta con que dejen de intentar desalentarnos para que nos vayamos. Porque, de momento y a nivel legislativo, por cada abrazo que recibimos nos caen nueve patadas. Si esta proporción no cambia, no habrá nada que hacer. La conservación de los escasos humanos que quedan en esta comarca debe tener un nivel de prioridad igual al menos a la de los animales, plantas o yacimientos arqueológicos. Todos somos igualmente importantes y todos estamos igualmente amenazados por la implacable presión del mundo exterior.
Cuando la Administración deje de tocar las narices (arraigado hábito, difícil de erradicar), podremos hablar, por ejemplo, de hacer que la gente se sienta cómoda aquí. Y, para ello, habrán de contar con unas comunicaciones y unos servicios suficientes. No pretendemos tener una escuela para cada crío y una autopista para cada pueblo, pero no podemos resignarnos a vivir en condiciones tercermundistas. No siempre podremos tener lo que es deseable, pero nunca debemos dejar de exigir lo que es justo.

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Desierto
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 11:26| 0

Aunque los números han sido empleados con frecuencia para contar mentiras, cuando los datos son objetivos y no manipulados por algún interés espurio, son una poderosa herramienta para analizar la realidad. Varias veces he compartido con ustedes mi preocupación por el progresivo despoblamiento que sufre nuestra comarca suroccidental. Pero ahora tengo en mis manos un reflejo de ello en cifras, datos actuales de Allande, mi tierra natal,que sus elaboradores han compartido conmigo y verlo así, negro (muy negro) sobre blanco, impresiona. El número de personas que vive realmente en el concejo apenas pasa de las mil cuatrocientas, menos de la mitad de las que había hace un cuarto de siglo. Esto supone una densidad de poco más de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado. Para que se hagan una idea, la densidad del Desierto de los Monegros pasa de los siete.
Los datos caen como losas sobre cualquier conato de optimismo: dos docenas de pueblos vacíos, otra docena con una o dos personas, en toda mi parroquia hay menos gente ahora que la que había sólo en mi pueblo cuando yo era un crío (y hablamos de la parte más poblada y mejor comunicada). Añadamos a esto la pirámide de edades, con casi un tercio de mayores de ochenta años y un colegio semivacío; consideremos el número de personas que trabajan fuera de la Administración Pública y el panorama futuro no puede ser más desalentador. Aquel discurso político sobre combatir el despoblamiento (muchas palabras, pocos hechos) ya ha quedado atrás, hemos entrado en caída libre poblacional y estamos en vías de extinción.
Agradezco el esfuerzo a las personas que han llevado a cabo desinteresadamente este completo estudio. Buenos datos y no buenas palabras es lo que nos hará falta si queremos hacer algo; no será suficiente, pero es un principio. Porque, antes de nada, tenemos que ser conscientes nosotros mismos de la gravedad de la situación y de la urgencia de aplicar soluciones. Después tendremos que exigirlas y colaborar en ellas, pero eso tendrá que quedar para otro artículo.

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