El Comercio
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¡Gracias, generosos!

Hace poco recibí esa carta donde te explican la subida que experimentará tu pensión. La abrí y quedé un poco perplejo. Los membretes parecían los correctos y el tono del texto era tan farragoso y oscuro como cabría esperar de un mensaje oficial. El contenido, por el contrario, sólo podía ser una falsificación. Nadie en su sano juicio malgastaría toneladas de folios, sobres y tinta y miles de horas y kilómetros de carteros para comunicar una subida netamente inferior a ese gasto. Para asegurarme, hablé con otros jubilados y todos habían recibido una misiva similar. Busqué en Internet y no aparecían referencias a ninguna campaña de mensajes falsos como éste. Por increíble que pareciera, aquello efectivamente era una tomadura de pelo, pero no de algún “simpático” particular, sino del Gobierno de España a todos sus pensionistas.

Ya sé que les cuesta creer que tengan el cuajo de hacer algo así, de decir que no pueden subirnos más porque no fueron capaces de ponerse de acuerdo con los Presupuestos. ¿Alguna vez les ha costado ponerse de acuerdo para subirse sus ya exorbitados sueldos, para otorgarse prebendas y privilegios o para repartirse otros “beneficios” mucho menos claros? Es difícil escuchar sin sentir nauseas a los políticos y a sus opinadores mercenarios justificarse con el déficit de la Seguridad Social después de haber oído grabaciones y declaraciones en las que se reparten millones por la jeta; sabiendo que eso es sólo la punta del iceberg, sabiendo que ese dinero nunca retornará a las arcas públicas, sabiendo que los peces gordos nunca irán a la cárcel y que los chicos irán una temporadita tan corta que al final se habrán sacado diez mil euros por día de prisión.

Duele pertenecer a un colectivo que no sólo permite que se le rían así en la cara, sino que no dudará en apoyarlos otra vez para que se sigan riendo. Por mi parte, nunca olvidaré tamaña generosidad y no dudaré en agradecerla como merece cada vez que el futuro me depare la ocasión.

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A empujones

Dada la proliferación de normas absurdas, ridículas y perniciosas con que continuamente nos afligen, podríamos pensar que los españoles somos líderes continentales indiscutidos en número de legisladores incompetentes y corruptos. Pues tal vez seamos los primeros, pero Bruselas no nos va muy a la zaga en tonterías. No me extraña que Puigdemont haya escogido esa ciudad para vacaciones. Claro que el Parlamento Europeo suele ser el destino final de muchos de nuestros políticos caídos en desgracia y, dado que hasta la fecha no nos han devuelto a ninguno a patadas, seguramente los demás no serán mucho mejores. Y, por si no tuviéramos bastante con los nos caen desde Oviedo y Madrid, los genios de Bruselas han decidido asestarle otro golpe al campo asturiano.

Resulta que el principal peligro para el medio ambiente no son los tubos de escape, ni las chimeneas, ni los residuos radiactivos, ni los plásticos, ni los metales pesados. Son las vacas, esos condenados animales que no paran de contaminar los prados con su orín y sus cacas. Y eso no puede ser. Los sensibles ojos y las delicadas narices de los turistas no deben ser ofendidos por algo tan grosero. Debemos enterrar rápidamente estos residuos para que no se noten. Suele haber mucha competencia para el premio a la Gilipollez del Año, pero en esta edición el jurado lo tendrá fácil.

Algunos iluminados saldrán diciendo que no es tan complicado enterrar el orín y eso es cierto en las llanuras centroeuropeas. El problema es que, para hacerlo aquí, habrá que enterrar también montones de horas de trabajo, millones de euros en maquinaria e instalaciones y, en las zonas de montaña, supondrá en la práctica el abandono de muchos terrenos. Quizás éste sea el objetivo final, quizás les hacemos quedar mal con nuestra carne y leche de calidad y quieran imponer sus filetes producidos en serie o importados de lugares donde los controles de calidad se les hacen a los billetes. Quizás quieran echarnos de nuestra tierra a empujones y éste sea uno más.

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Nos sentimos seguros

Nos explicaba el Delegado del Gobierno hace poco que la tasa de criminalidad en nuestra comarca era menos de la mitad de la media de Asturias que, a su vez, es la mitad de la media española. Es, por supuesto, una buena noticia que influye favorablemente en nuestra calidad de vida y en la imagen que damos de cara al turismo. No tengo duda de que el buen desempeño de los cuerpos de seguridad contribuye a este hecho y de que su cercanía al resto de los vecinos les añade motivación y les ayuda en sus investigaciones. Estoy seguro, también, de que nuestro entorno rural nos ha ayudado a conservar ciertos valores que en zonas más urbanas se han ido perdiendo y, probablemente, los indígenas seamos más respetuosos con lo ajeno y menos dados a la violencia. Pero existen otros motivos para este bajo número de delitos no tan positivos.

No nos roban más porque es poco rentable. Despistar a la policía por las calles de Gijón requiere un conductor experto; hacerlo por la carretera de Genestoso, requiere un genio. Una furgoneta con mercancías y un tractor con rollos de silo pueden tener el mismo valor; pero, entre escapar a cien con una o a treinta con el otro, hay diferencia (aparte de que nos olerían a kilómetros sin necesidad de perros). Las zonas rurales están mayormente habitadas por jubilados de la Agraria y, dadas las “increíbles” pensiones que cobran, si alguien intenta atracar a uno de ellos, debería estudiarse si enviarlo a la cárcel o a un centro especial. Un grupo de individuos en gabardina delante de un banco de Oviedo pasarían desapercibidos, junto a un banco de Tineo atraerían las miradas de todos los transeúntes. Nuestras malas comunicaciones, falta de industrias, bajos ingresos y escasa población contribuyen también a protegernos de la delincuencia. Y, a veces, pienso que no me importaría sentirme un poquito (no demasiado) menos seguro y un poquito (no demasiado) mejor tratado en el reparto de la riqueza y los servicios.

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Esperando

Tiendo a ser amable por naturaleza y porque creo que lo que sembramos a nuestro alrededor es lo que nos rodeará en el futuro. Por eso, cuando una de las App de mi móvil comenzó a hacerme preguntas sobre los lugares que visitaba para ayudar a otros viajeros, no tuve inconveniente en contestar. Algunas veces, sin embargo, me descoloca un poco. Hace un tiempo, por ejemplo, quería conocer los servicios de que disponía la Estación de Autobuses de Celón. Para los que no la conozcan, dicha “Estación” mide algo más de tres metros de largo por dos de alto y uno de fondo, es de madera y suele conocerse por el aristocrático diminutivo de “marquesina”. Aún sonrío cada vez que la veo y me acuerdo.

Días después, sin embargo, iba en coche camino a Cangas, era de noche, llovía y un viento frío te atravesaba. Al llegar al Puente del Infierno, vi enfrente a tres personas, arrebujadas en sus abrigos, esperando el autobús. En aquel lugar y circunstancias, semejaban almas en pena aguardando temerosas después que el pulgar de San Pedro hubiese señalado hacia abajo. Pensé también que, a aquellos pobres viajeros, cualquier refugio, aún uno con un título nobiliario chiquitín, les habría parecido en aquel momento la antesala de cielo. Porque, cuando la Administración hace grandes dotaciones sin tener en cuenta para nada las pequeñas necesidades de los administrados, el paisaje se llena de elementos superfluos que luego se echan de menos donde de verdad serían imprescindibles.

Es este un paraje solitario, pero la confluencia de carreteras hace que, para los habitantes de muchos pueblos de Allande y Cangas, sea la parada más accesible del autobús de Oviedo. Por ello, confío en que alcaldes y consejeros se apiaden de todos los que tienen que esperan en medio de la oscuridad y la intemperie y les faciliten un refugio y una luz. Porque, si un día nos encontramos esperando junto a algún Puente del Infierno (especialmente aquel de dirección única), todos desearemos que alguien nos ofrezca otro tanto.

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Deseos

Los artículos de despedida de año suelen estar dedicados al recuerdo de lo que ha sido y los de bienvenida del siguiente,  a la esperanza de lo que queremos que sea. Por ello, dado que la memoria tiene la curiosa costumbre de ir resumiendo por su cuenta, es relativamente sencillo adaptar los primeros a un tamaño aceptable. Al fin y al cabo, si se pueden meter treinta siglos de historia de España en trecientas páginas, bien se pueden analizar doce meses en una. Los deseos incumplidos, por el contrario, no disminuyen, se acumulan. Si intentásemos detallar todos los anhelos pendientes y las esperanzas frustradas en este país sólo en el último siglo, nos saldrían bastantes más libros que a “Guerra de Tronos” y aún más deprimentes.

Por tanto, me circunscribiré a nuestra comarca y a un solo aspecto: las comunicaciones. Porque nadie duda que las malas comunicaciones fueron y son una de las causas de que la población del Suroccidente esté en caída libre, que es el problema más acuciante al que se nos enfrentamos. No creo, sin embargo, que sean las carreteras el mayor obstáculo. Bienvenidas, por supuesto, todas las obras y mejoras, pero, para cualquier vecino de un pueblo, rebajar de hora y media a hora y cuarto la distancia al Centro no supone una ventaja tan significativa. Ni vamos tantas veces ni tenemos tanta prisa. Hay otras carencias comunicativas muchísimo más graves y urgentes.

Imagínense que, por alguna catástrofe tecnológica, un barrio de Oviedo quedase sin internet y sin cobertura de móvil por tiempo indefinido. ¿Cuánto creen que tardarían en amontonarse las protestas? ¿Horas? ¿Cuánto creen que tardaría en formarse un escándalo político y mediático? ¿Días? ¿Cuánto creen que tardaría el barrio en decaer? ¿Meses? Muchos pueblos de aquí llevan así toda la vida y no se vislumbra que la cosa vaya a mejorar. Ignorar este problema y luego pretender que se está haciendo lo posible por fijar población es pura palabrería. Los jóvenes de hoy en día nunca se plantearán quedarse en estas condiciones.

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Problemas

Como cada diciembre, las ondas y los papeles se llenan de sesudas reflexiones y enciclopédicos resúmenes sobre el año que acaba y no hay duda de que en 2017 el tema estrella será el “problema catalán”. Eso demuestra  hasta qué punto estos tiempos de la posverdad (una manera cursi de decir “falsedad”) nos han afectado. Porque yo no creo que exista tal “problema catalán”. El hecho de que cerca de la mitad de los habitantes de un territorio no acaben de encontrarse a gusto en la España actual no es, para nada, exclusivo de Cataluña. Estoy convencido de que, si preguntamos al resto de los ciudadanos de este país, nos encontraremos con porcentajes similares o superiores. Lo que realmente nos ha traído de cabeza este año (y los anteriores) es, pues, el “problema español”, derivado de una corrupción galopante, un reparto de la riqueza cada vez más injusto y un convencimiento general de que ya no somos todos iguales ante la ley. Es muy difícil sentirse “a gusto” con eso.

Para solucionarlo, los españoles, demostrando nuestra madurez, hemos optado por la negación o la minimización (“No existe”.  “No es para tanto”.), la resignación (“No se puede hacer nada”.), la descarga de responsabilidades en otros (“Alguien tendría que hacer algo”.) o la esperanza en una milagrosa transmutación (“Los partidos que nos han estado robando se van a reformar y van a arreglar las cosas”.).  Los catalanes han hecho lo mismo, añadiéndole un pequeño toque racista (“Los catalanes de verdad no hacen estas cosas”. “Si te roba un catalán, no es tan grave”. “La culpa es del resto de los españoles”. “Convergencia y Ezquerra van a dejar de robar y nos van a salvar”.).  Y lo más divertido del caso es que, si en todas estas frases intercambiamos “catalanes” y “españoles”, tendremos también los eslóganes de los nacionalistas de este lado. Si no dejásemos que nos entretuviesen con el “problema catalán” y pusiéramos manos a la obra para solucionar el verdadero “problema español”, el otro quedaría resuelto al mismo tiempo.

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