El Comercio
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Más baile
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Antonio Ochoa | 07-03-2016 | 17:19| 0

Me hacen notar que en mi anterior artículo dejé en el tintero costumbres como “la pava”, que consistía fundamentalmente en ir a quitarles las chicas del pueblo a los forasteros, lo que solía terminar convirtiendo una noche de ligue en una velada de boxeo. Me dicen que, aunque nosotros nos sintiésemos como intrépidos cazadores abriéndose paso en una jungla llena de peligros, ellas nos veían más bien como incautos pececillos pululando en un estanque rodeado de pescadores. Me comentan, además, que no era para tanto, que para cortejo difícil, lo que se dice difícil, el que está teniendo el pobre Pedro Sánchez. Tienen razón en todo, especialmente en lo último.
Y miren que Pedro es un chico guaperas, con pinta de formal, de director de banco al que comprarías unas preferentes sin pensarlo dos veces. Con eso casi debería de bastar. Además, ha sacado a bailar a Albert Rivera, también un chico formal aunque con un toque más tierno (como de colocarte también las preferentes, pero remordiéndole de conciencia). Pues bien, en vez de dejarlos que sean felices y coman perdices (nuestras perdices, por cierto), todos se empeñan en ponerles trabas.
Para empezar, está Pablo, el primo progre de la novia, que, por supuesto, no tenía intención de bailar con Pedro, que lo encuentra soso y poco de fiar, pero está molesto porque no se lo ha pedido primero a él. Luego está Mariano, un antiguo pretendiente algo mayor, pero con posibles, que no deja de pedirle a Pedro “la pava” y de malmeter para que rompan y tener él otra oportunidad. Después están los barones del PSOE, la familia del novio, vigilando alrededor del baile, sin arrimarse ni dejar que los demás se arrimen y que prefieren que su Pedro se quede para vestir santos antes de que les meta en casa a alguien que les estropee el chiringuito. Y, por fin, tenemos al resto de los invitados, esperando a ver si al final hay boda para comerse su trocito de tarta. Complicado cortejo, la verdad.

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Bailes
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Antonio Ochoa | 27-02-2016 | 10:42| 0

Cuando encuentras alguien de tu edad al que no ves desde hace tiempo, dos tópicos recurrentes siguen al repaso a nuestras vidas y a la salud familiar: los cambios en el tiempo y el cambio de los tiempos. Hace poco recordaba (sin nostalgia) con un amigo los bailes y discotecas de los años 70. Explicaré cómo eran para los que no lo vivieron, aun a riesgo de que no me crean.
Entre pieza y pieza, las chicas se alineaban alrededor de la pista y los chicos delante de la barra, unas y otros observándose disimuladamente con una mezcla de esperanza y temor. Entonces, empezaba la canción y el movimiento. Ellas tenían dos opciones: seguir charlando donde estaban o salir a bailar con una amiga. Su elección determinaba la de ellos. Si la chica que te gustaba se quedaba en el burladero, para pedirle que bailara contigo no quedaba más remedio que echarle valor y cruzar la plaza bajo la mirada burlona de los que esperaban verte volver con las orejas gachas.
Tal vez era imaginario, pero, si te decía que no, además del rechazo privado, sufrías la humillación pública y no sabías si te dolía más la herida de amor ajena o la herida en el amor propio. Y, por supuesto, ya podías irte a otra parte, ninguna otra del grupo aceptaría ser “plan B”. Si la chica estaba bailando con otra, era un poco más fácil. Tenías que reclutar a un amigo para que te acompañara y eso multiplicaba por dos el valor y dividía entre dos el precio del fracaso.
Con estos condicionantes, no era de extrañar que la barra fuese un lugar muy frecuentado por el público masculino. Entre los tragos que se tomaban para animarse en la ida y los que se tomaban para consolarse en la vuelta, los tímidos y los menos afortunados podían fácilmente salir tambaleándose. Sólo el inextinguible ardor de la juventud evitó que se extinguiera la especie. No dudo que, en esto al menos, las cosas han cambiado para mejor.

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Pregón de Santiso 2016
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Antonio Ochoa | 04-02-2016 | 21:06| 0

Raramente valoramos las cosas cotidianas. Vamos a la cocina, damos al mando del grifo y sale agua. “¡Naturalmente!”-diremos nosotros. Pero a cualquier turista venido del árido sur le parecerá maravilloso y nos considerará afortunados por ello. Vamos a la bodega, abrimos otro grifo y sale vino. “Bueno, para eso son las bodegas”-diremos nosotros. Pero a cualquier turista venido del norte le parecerá asombroso y nos envidiará por ello. Vamos al salón, damos el mando de la tele y sale lo que sale y a nosotros nos parece ya normal; pero a cualquier turista, venga de donde venga, ver lo que aparece todos los días en esa pantalla y pensar que, a pesar de ello, ambos grifos siguen (todavía) funcionando le parecerá casi imposible y, sólo por ello, nos considerará el país más rico de la tierra.
Pero no he venido aquí a hablar de la tele, que no es día para eso, ni tampoco del agua. Aunque no por menosprecio, como algunos podrían pensar. No es cierto que los bebedores de vino despreciemos el agua. Todo lo contrario: sentimos un respeto tan profundo por ella que muchos intentan llegar al final de sus días sin que sus impuros labios hayan rozado siquiera la superficie de tan preciado líquido. Es más, somos conscientes de lo necesaria que es para la salud; pero consideramos que nuestra bebida favorita, ya sea por la generosidad de la madre naturaleza o por amabilidad del prudente vinatero, ya contiene suficiente agua como para cubrir nuestras necesidades.
De lo que quiero hablar hoy (y no los tendré más en suspenso) es del vino y, más concretamente, de la cultura del vino. Y, cuando digo “cultura del vino”, no me refiero a las piezas pacientemente reunidas en el precioso museo que tengo detrás (aunque también son parte de ella), sino a la dedicación y constancia que fueron necesarias para conseguirlas. No a la moderna tecnología que ha convertido al vino de Cangas en una estrella internacional, sino al inmenso cariño y cuidado de las personas que la manejan. No al estandarte de la Cofradía del Vino ni a las capas y boinas con los que sus componentes pregonan nuestros caldos por el mundo, sino al orgullo y al amor a la tierra que mora en los corazones de los que las portan. No hablo de iniciativas como inventario de prensas de lagar antiguas que David Flórez va a hacer por encargo de Tous pa Tous, sino al deseo de preservar las tradiciones del Concejo que esto demuestra.
Quiero hablar de las cosas intangibles, de costumbres y recuerdos, de sentimientos y emociones, de una manera de entender la vida que surge y crece a la sombra de las vides y las cubas. Porque el vino es, ante todo, una tradición que muestra el camino y una pasión que incita a recorrerlo, un trabajo y un ocio que se comparten con lo gente que nos importa de verdad. El resurgimiento del Vino de Cangas nunca se habría logrado sin esto, sin un profundo deseo de preservar el legado de nuestros ancestros, sin un amor por la viña capaz de superar todos los inconvenientes que su cultivo en nuestra comarca supone y, sobre todo, sin la solidaridad y el esfuerzo común de muchísimos cangueses: los que lo miman en la viña, los que lo engrandecen en la bodega y los que lo paladean en la mesa.
Recuerdo haber asistido fascinado a la frenética actividad de aquellos primeros tiempos. Recuerdo el sentimiento de desafío común, los aprendizajes y descubrimientos que eran rápidamente transmitidos, los desvelos compartidos y el “¡faltaría más, cuenta conmigo” que rara vez fallaba. Mucho de aquello, afortunadamente, pervive todavía. No imaginamos a alguien intentando trabajar o cosechar sus viñas sin la ayuda desinteresada de sus convecinos y no porque esto sea inviable aquí, sino porque sería un delito de lesa amistad, una ofensa a los amigos que están esperando para echar una mano. Si aquí, en temas de viña o vino, no existen recetas secretas no es porque no hagamos descubrimientos, es porque ocultarlos sería una traición a nuestros antepasados y a nuestros colegas que nos enseñaron generosamente todo lo que sabían. Hay oficios y aficiones que dominan la mente de sus adeptos y colorean su conversación, haz tertulia con maestros y saldrás blanco de tiza; con mineros y saldrás negro de carbón, con cazadores, saldrás rojo de sangre y, si son viticultores, saldrás tinto de vino. Y es que, tanto los conocimientos recibidos como los que son fruto de nuestros aciertos y errores parecen agolparse en la boca, ansiosos de ser trasmitidos y valorados y de pasar a formar parte del acervo común.
Y, si el vino nace ya de un esfuerzo compartido, su consumo es también una tarea colectiva. Un vaso de vino pide amigos alrededor, al igual que una reunión de amigos no está completa sin una botella de buen Cangas en medio. De hecho, la unidad básica de consumo es el grupo de amigos; su escenario ideal, el chigre lleno de gente; su banda sonora, el bullicioso entremezclar de conversaciones o el coral sonido de una vieja canción y el único otro complemento que necesita es una generosa procesión de pinchos que lo acompañe en su último tránsito. El calor humano que el vino propicia incita a la confidencia y aleja la soledad, favorece la comprensión y diluye los rencores, aúna voluntades y esfuerzos y permite que numerosos proyectos e iniciativas, unos más serios y otros más festivos, lleguen a ponerse en marcha.
La idiosincrasia canguesa no podría entenderse sin su cultura del vino que es, en fin, ese sentimiento de solidaridad, de amistad, de hermandad, que hace milenios convirtió a un montón de primates desharrapados en seres humanos, algunos de ellos tan afortunados como para haber nacido o haber venido a parar a estas tierras y tener todo esto en su máximo grado y convenientemente regado con los mejores vinos del mundo. ¡Que podamos seguir disfrutándolo muchos años rodeados de las personas que queremos!

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Pescando
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Antonio Ochoa | 04-02-2016 | 21:04| 0

Hace poco paseaba la orilla del Narcea observando las truchas “fregar” en los pedregales. A los pocos pasos (caprichos de la mente ociosa) me sentí transportado casi medio siglo atrás, rodeado de un grupo de bulliciosos adolescentes, pescando a mano por el río de mi pueblo. Entonces los peces abundaban y no tardábamos mucho en reunir suficientes para una alegre merienda alrededor de una fogata. Tres pasos más y me encontré pensando que para pesca, lo que se dice pesca, la de la Comunidad Valenciana donde, cada poco, ves redadas llenas de peces gordos. Resulta sorprendente lo que llegan a proliferar ciertas especies de pescado cuando se las deja en libertad y sin control durante el tiempo suficiente.
Cuatro pasos más allá, empecé a considerar que, comparado con eso, en nuestra Comunidad se rula muy poco, apenas si han salido cuatro o cinco pececillos acá y allá, y esto es sorprendente. Podría, por supuesto, deberse a escasez de pescado, pero no parece haber motivo para ello. Las especies implicadas son básicamente las mismas, el tiempo en el que han estado en total libertad y sin ningún tipo de control ha sido también más que suficiente y la disponibilidad alimentaria, proveniente de fondos mineros, comunitarios, nacionales y locales ha sido enorme. Podría ser cosa del clima, en la fría Dinamarca, por ejemplo, salen muchos menos peces de esos, pero no parece probable.
Detengo el paseo y pienso si no será posible que esta falta de resultados provenga de alguna deficiencia en los medios o en las artes de pesca. Pescar a mano no es tan fácil como parece. Requiere habilidad, paciencia y cierta dosis de valor, porque en el río hay muchos más habitantes que las truchas y nunca sabes qué te puede morder bajo cada piedra. Por eso, si tienes miedo, lo mejor es quedarte en casa y dedicarte a otra cosa. Tal vez deberíamos enviar a nuestros pescadores a hacer un cursillo a Valencia para que vean las Fallas de allí y los fallos de aquí.

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Sobre tocapelotas y sacacuartos
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Antonio Ochoa | 26-01-2016 | 17:38| 0

Cada mandamás que se deja caer por estos rincones se explaya sobre la necesidad de evitar que los pueblos se mueran y que las explotaciones agrarias desaparezcan. Pero, después de acunarnos con discursos, retornan a su cómodo sillón parlamentario, se ponen a legislar y causan más estragos que cien incendios y trece años de sequía. Porque no es que las normas que dictan sean inútiles, al contrario, sirven para algo: para dejar nuestra comarca completamente desierta.Desde luego, nadie espera que esta gente cumplan sus promesas, pero, cuando las acciones y las palabras siguen caminos tan opuestos, resulta sospechoso.
Dos clases de cargos políticos afligen la administración con resultados devastadores: los burócratas inútiles que necesitan una montaña de papeles tras la que ocultar su ineptitud y los corruptos que necesitan un montón de dinero para saciar su codicia. Para satisfacer a unos y otros se promulgan cada día dos tipos de leyes: las “tocapelotas” y las “sacacuartos”. Un ejemplo lo ilustrará mejor. ¿Anda usted resfriado y sale una norma que le exige presentar un certificado médico para poder sonarse por la calle? Eso es claramente “tocapelotas”. En cambio, si tiene que sacar un permiso de mocos, más caro cuanto más espesos y verdosos sean, es puro “sacacuartos” y, si le obligan a pagarse un curso para obtener un carnet de manipulador de narices, es una mezcla de ambas.
Espero no estar dando ideas, porque cosas más absurdas se han visto. ¿Piensan que exagero? ¡Pregunten a cualquiera que haya intentado hacerse una casa en un núcleo rural sobre el calvario que le hicieron pasar y sobre lo que le costó conseguirlo! ¿Todos estos papeles, permisos, requisitos y trámites sirven para evitar que los pueblos desaparezcan o para todo lo contrario? ¡Pregunten a un ganadero sobre la cantidad de cursos, papeles y zarandajas que le obligan a tener! ¿Son tan estrictos con la carne y la leche importadas? ¿Ayuda esto a que nuestras explotaciones sean más competitivas o las empuja al cierre? ¿Daño colateral o propósito? ¡Decidan ustedes!

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Escuelas
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Antonio Ochoa | 26-01-2016 | 17:38| 0

Según un reciente informe, existe gran número de edificios, propiedad de diferentes administraciones, a los que no se da ningún uso y presentan diversos grados de deterioro. El mayor número de ellos corresponde a escuelas rurales y nuestro suroccidente es una de las zonas en las que más abundan. Nada sorprendente, por cierto, porque su destino es un fiel reflejo de la deriva de nuestra comarca. Muchas de ellas fueron hijas de aquella emigración a América que se llevó a tantos jóvenes a buscar una vida mejor en otras tierras y los devolvió después, ya maduros, a intentar traer una vida mejor para la suya. En ellas convivieron las aulas llenas con los estómagos vacíos. Eran tiempos en los que la educación no era vista como una obligación ni como una atadura, sino como un afortunado privilegio que te permitiría liberarte de la miseria.
Sin embargo, la misma emigración que había contribuido a construirlas fue llevándose a la mayoría de la población joven con la consiguiente caída de la natalidad. Y entonces llegó la administración a poner su granito de arena, primero con una política de centralización de servicios catastrófica que se llevó a los niños pequeños de los pueblos, contribuyendo a romper sus vínculos, y, después, con una brutal reconversión agraria y ganadera que se llevó toda esperanza de futuro. Así, con los niños concentrados en la villas y los jóvenes concentrados en las ciudades, los pueblos y sus escuelas fueron languideciendo poco a poco. Nadie se acordó de ellas, porque eran mucho más rentables políticamente y (demasiado a menudo, por desgracia) económicamente las grandes inauguraciones que las pequeñas reformas y todo el mundo buscaba el beneficio inmediato sin pensar más allá. Las consecuencias de todo aquello las tenemos ahora aquí: aquellos grandes proyectos sólo sirven ahora de mausoleo para los millones que allí se enterraron y las escuelas se están cayendo a trozos. No pierdo la esperanza de que algún día despertemos del letargo y pongamos manos a la obra para recuperarlas junto con nuestros pueblos.

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Tiempos y fotos
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Antonio Ochoa | 17-01-2016 | 10:14| 0

Pocas cosas hay que nos hagan más conscientes del rápido paso de los años que los cambios de cifra. Uno se acostumbra a acostarse ayer y levantarse mañana, pero ver cómo, en doce campanadas, pasas del 2015 al 2016 te hace pensar. Te hace darte cuenta de que el tiempo se te escapa de entre las manos y de que hay que vigilarlo estrechamente. Por eso, uno de los regalos publicitarios más típicos de esta época son los calendarios que, al igual que esas máquinas de fichar que hay en la entrada de algunas empresas, sirven para asegurarte de que el año viene a trabajar todos sus días y de que no te escamotea ni uno.
Como cualquier producto de marketing, un calendario ha de llamar la atención al tiempo que hace visible al patrocinador: una imagen del portón de la empresa con el logo y el letrero puede cumplir la segunda función, pero difícilmente la primera. Además, ha de estar adecuado a sus destinatarios: una foto apropiada para un taller mecánico podría no serlo para una tienda de ultramarinos. Por supuesto, esto rige también para las instituciones, como bien parecen saber en el Ayuntamiento de Allande, pues su calendario cumple todos esos requisitos.
Han conseguido huir de las tentaciones de la carne y del autobombo (no hay fotos de ediles macizos ni de inauguraciones) e, incluso, han evitado caer en el tópico del paisaje, centrándose en el paisanaje y su intrahistoria. Maestras, guisanderas y choferes, personas sencillas y queridas que nunca aparecieron en los grandes titulares, pero que dejaron su impronta en el corazón de los allandeses. Conozco (o conocí, ¡ay!) a muchos de los que aparecen en sus hojas: maestras ilusionadas y alumnos curiosos mirando risueños a una cámara muy anterior a las selfies; cocineras de lujo bregando en humildes fogones; héroes del volante de cuando cualquier viaje era una aventura. Ver esas fotos me llena de recuerdos y de agridulce nostalgia y no puedo por menos que aplaudir desde aquí la iniciativa.

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Goteras
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Antonio Ochoa | 08-01-2016 | 10:21| 0

Si el secreto de un buen retejador es hacer una gotera nueva cuando tapa las viejas, nosotros nunca obtendremos el título. El año nuevo empieza con las mismas goteras que el antiguo, convertidas con el tiempo en auténticos boquetes. No hemos echado fuera la crisis. No la notamos tanto porque nos hemos acostumbrado a convivir con ella, como si fuera una más de la familia. Pero ahí sigue, a pesar de las macrocifras maquilladas y las microcifras resignadas, devorando nuestro estado de derecho después de haberse tragado el del bienestar y abriendo un abismo cada vez mayor entre los que tienen y los que no. Un enorme agujero en nuestro techo, cuyas exigencias llevamos demasiado tiempo tolerando mientras esperamos que desaparezca por si sólo.
Tampoco hemos arreglado el tema de Cataluña, que empezó como una pequeña mancha de humedad en nuestra constitución y, décadas de chapuzas después, se ha convertido en una catarata (en ambos sentidos: inunda la actualidad política e impide ver con claridad). El tiempo es quizás un buen médico para los resfriados, pero es un mal dentista y lo de Cataluña no es una gripe, es una caries. Esperar que se cure sólo no hará más que empeorarlo. Esto por supuesto, beneficia electoralmente a los nacionalistas y xenófobos de allí y de aquí, pero no creo que a los ciudadanos corrientes de ambos lados les parezca bien. Probablemente, como sucedió antes en Escocia o en Quebec, el tan anatemizado referéndum podría ser un buen inicio para poner a cada uno en su sitio.
Y tampoco hemos conseguido regenerar la vida pública de nuestro país, expulsando a la parasitaria “clase política” existente y recuperando el control sobre nuestra democracia. Nos ha faltado el coraje para completar esta necesaria “segunda transición” y nos hemos quedado a medio camino, que es lo mismo que en ninguna parte. Espero que en este año nuevo que empieza pongamos manos a la obra para solucionar todas esas goteras que nuestro pobre y querido país soporta, porque nadie las arreglará por nosotros.

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En llamas
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Antonio Ochoa | 29-12-2015 | 19:24| 0

Bromeaba el otro día sobre los efectos del calentamiento global en el clima político sin imaginar que un efecto mucho más letal estaba a punto de manifestarse en toda su crudeza. La combinación de una larga sequía otoñal, un fuerte viento y grandes dosis de locura y maldad convirtió a los montes asturianos en un infierno en llamas. En estas circunstancias, cualquiera que inicia un fuego es un auténtico terrorista y como tal debería ser tratado. No hay justificación posible para un acto que destruye nuestro patrimonio común, deja a familias en la calle y, frecuentemente, acaba costando vidas, como ha sucedido en este caso.
Ahora bien, no debemos permitir que esta condena absoluta nos impida buscar más allá para determinar cómo los incendios han podido alcanzar semejante magnitud. Algo debe fallar en la planificación de nuestra política de montes para que tal cosa suceda y ese algo debe ser identificado y subsanado antes de que el problema se vuelva crónico. Nuestro patrimonio natural no puede ser abandonado como un rehén indefenso en manos de locos y canallas.
Deberíamos, por ejemplo, dejar de buscar el beneficio rápido y empezar a pensar a largo plazo. Durante los últimos años, se ha subvencionado la plantación de pinos y, como consecuencia, ahora somos mucho más vulnerables. En cambio, los castañedos, hayedos o robledales, que forman auténticas barreras contra el fuego, están en recesión. Es hora de cambiar esto. Por otro lado, los responsables políticos y técnicos y los ecologistas de fin de semana deberían dejar de considerarse depositarios de la verdad absoluta y de tratar a los habitantes del medio rural como intrusos en el paraíso. No lo somos, somos sus legítimos dueños y sus guardianes. Nosotros lo hemos creado y conservado y, al pretender ahora arrebatárnoslo, lo están destruyendo. El monte, que era una importante fuente de recursos, es ahora fuente de problemas y conflictos. Sigue siendo nuestro, quizás, pero sólo en el registro; en las leyes, es totalmente ajeno. Es hora de cambiar eso también.

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Calentito
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Antonio Ochoa | 24-12-2015 | 10:58| 0

El cambio climático está derritiendo el permafrosf de la tundra política española. Con ello, salen a la luz gran número de restos corruptos que, hasta ahora, se habían conservado ocultos bajo el hielo. De hecho, es difícil recorrer la prensa diaria sin sentir náuseas por el fuerte olor a descomposición. Toda esa materia orgánica ha hecho brotar aquí y allá movimientos de protesta que, tímidamente al principio y con más fuerza después, volvieron lanzar por los aires gritos largo tiempo congelados (“libertad “, “igualdad”, “democracia”). Poco a poco el paisaje político empezó a cambiar. Los partidos tradicionales, como antiguos glaciares gigantes, empezaron a derretirse y de las semillas de viejos sueños de justicia surgieron nuevos partidos. Hasta el ambiente social huele diferente, aunque, si estamos viviendo un cambio o una primavera fugaz, el tiempo lo dirá.
El efecto invernadero también ha afectado a la campaña electoral. Los contendientes se han empleado con inusual ardor, con entradas por detrás, codazos, provocaciones y ayudas arbitrales. El debate estrella por el título, bajo los buenos modos y el pretendido juego limpio, estuvo calentito, tenso, jugado al límite del reglamento y lleno de agarrones y piscinazos. Hasta el partido amistoso entre Sánchez y Rajoy, destinado a recaudar votos para proteger a políticos en peligro de exclusión parlamentaria, acabó con entradas duras, fueras de juego sin pitar y penaltis dudosos. ¡Qué lejos parecen aquellos tiempos del ” tuya, mía, cabecina y gol”!
Un último efecto del aumento de la temperatura social ha sido la agresión sufrida por D. Mariano. No es la primera vez que la violencia irrumpe en la campaña electoral. El terrorismo doméstico primero y el islamista después han intentando antes condicionar nuestro voto. Cierto que esta vez ha sido sólo un puñetazo, que “más cornás da el hambre” y que siempre habrá locos y fanáticos, pero que haya muchos que les rían la gracia demuestra lo enrarecido que está el clima social y lo necesario que es que se recupere la fe en la justicia y las instituciones.

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