El Comercio
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Motos de carbón
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Antonio Ochoa | 16-11-2015 | 06:45| 0

Hay cosas difíciles de explicar. Imaginen que compran un coche a buen precio, levantan el capó y no hay motor. Seguramente pondrían el grito en el cielo. Ahora imaginen que, al cabo de un año o dos, intentan colarles de nuevo el mismo coche. ¿Lo comprarían? ¿No? Pues nuestros partidos gobernantes nos han estado vendiendo una y otra vez la misma moto falsa y una y otra vez la hemos comprado.
Con las elecciones vuelven los vendedores de motos y la del carbón estará en todos los catálogos, porque la situación del sector es ahora mismo terminal. Aquellos que temían por su futuro más allá del 2018 han pecado de optimistas. Probablemente desaparecerá mucho antes. Demasiadas promesas olvidadas y demasiados acuerdos incumplido. Muchos de los que se comprometieron a trabajar por el futuro del carbón y terminaron trabajando por el suyo propio volverán ahora a pedirnos el voto. ¿Les compraremos otra vez la moto?
El problema no es ecológico. ¿Que ecologista honesto puede sostener que es menos dañino para el medio ambiente el carbón importado, extraído sin ningún control, que el nacional, cuyas empresas han de respetar las normas de protección de la naturaleza? Tampoco es económico. ¿Que economista honesto puede sostener que es más rentable para el país darles el dinero a los tratantes de esclavos extranjeros que a los trabajadores nacionales? ¿Existe acaso algún sector que, respetando las leyes españolas, pueda competir con lugares donde las empresas explotan a sus obreros y producen sin ningún control? ¿Hemos de resignarnos y volvernos como ellos o cerrar todo para ser “competitivos”?
El problema es la especulación de las empresas eléctricas tolerada por este gobierno y los anteriores. Son esos vasos comunicantes que llevan a los políticos desde los ministerios a los consejos de administración y viceversa. Son los interese espurios de aquellos a los que no les importa que España se vaya al garete con tal de hacerse ricos. Y, por supuesto, somos nosotros que se lo permitimos.

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Familia
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Antonio Ochoa | 03-11-2015 | 06:49| 0

Más allá de caravanas, flores, ceremonias y reencuentros, Todos los Santos nos permite apreciar hasta que punto la importancia de la familia en la sociedad española ha resistido los embates de los tiempos modernos. Ni la escasez de espacio en los pisos ha impedido que siempre quepa uno más ni la distancia a la que la emigración nos exilia impide que volvamos regularmente a ver a los nuestros. De hecho, los atascos que se forman en las proximidades de los cementerios demuestran que aun aquellos que ya no están conservan un lugar en nuestro afecto.
En el desarrollo de la actual crisis, la familia ha tenido un papel preponderante, aunque ambivalente. Por un lado, el exceso de cariño que nuestros gobernantes sienten por sus parientes, en especial a la hora de repartir cargos y contratos, ha sido una de sus causas. Aunque la atención mediática recaiga ahora sobre los Pujol, miles de pujolitos enchufados a dedo pululan por todas las administraciones y cientos de empresas de pujolitos reciben por la cara millones de euros. Si algo está claro en el caso Pujol es que los catalanes son, aún a su pesar, tan españoles como el que más.
Por otro lado, sin embargo, la solidaridad familiar ha permitido paliar los graves efectos de la crisis. Sin esto, muchas más personas se hubieran visto abocadas al hambre y a la marginación y la probabilidad de un violento estallido social hubiera sido muy alta. Estos duros tiempos nos han hecho darnos cuenta de que el oro de ley dura menos que el cariño de ley y que a los que en los tiempos de bonanza acumularon afectos les fue mucho mejor que a los que sólo acumularon cosas.
La crisis nos ha enseñado que todos los españoles somos una gran familia y que, cuando las cosas les empiezan a ir mal a unos, al final nos van mal a todos. ¡Ah! Y que el grado de parentesco es muy importante también, debemos ser todos hermanos, no unos hermanos y otros primos.

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Tiempo de castañas
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Antonio Ochoa | 03-11-2015 | 06:48| 0

Con el ecuador del otoño llegan las castañas. Convertida en tapa típica en bares, producto reclamo en escaparates y materia prima en la alta cocina, esta humilde hija de los montes asturianos ha alcanzado el estrellato. Y, como a todas las estrellas, conviene recordarle de cuando en cuando sus orígenes. Porque no siempre fue así. Antes de visitar los fogones de los más prestigiosos restaurantes, se arrimaba el fuego de las chariegas y, antes de exhibirse rodeada de “delicatessen” en las tiendas de “gourmets”, descansaba en los corredores de las paneras. El ahora producto típico fue un día artículo de primera necesidad cuyo advenimiento significaba un alivio (temporal) para el hambre(1) de personas y cerdos (con perdón(2)). No era un delicioso complemento de la comida, era la comida misma y la rebusca(3) no era una divertida actividad de fin de semana, sino un asunto de vida o muerte. La propiedad de cada castaño estaba perfectamente delimitada y se vigilaba que nadie se acercara a ellos en esta época. Por eso, la próxima vez que coja una humilde castaña recuerde de cuán poquita cosa dependió la supervivencia de nuestros ancestros y con qué placer debieron sostener un puñado de ellas entre sus manos. Le sabrá mejor.
Glosario para lectores jóvenes:
(1) “Hambre” aquí no hace referencia a lo que sentimos cuando la comida se retrasa, sino a un vacío casi permanente en el estómago, sólo saciado en raras ocasiones como las fiestas o las matanzas.
(2) La conversación de aquellos tiempos estaba salpicadas de fórmulas de cortesía; algunas casi olvidadas como “con perdón” o “mejorando lo presente”, que nunca debían ser confundidas, y otras hoy en desuso como “por favor” y “gracias”.
(3) “Rebusca” puede parecer un término excesivo para lo que sólo es agacharse y coger las castañas mas gordas en caminos y carreteras. Pero es que antes se cogían todas, incluso en los sitios más inaccesibles, buscando de sol a sol entre las hojas y abriendo los erizos para no dejar ninguna.

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Procesamiento del embutido
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Antonio Ochoa | 26-10-2015 | 06:42| 0

Se queja la fiscalía asturiana de que el número de chorizos que las diferentes administraciones de nuestra comunidad producen es tan grande que ellos, que son los encargados de procesarlos y ponerlos a orear en la fresquera, no dan abasto. Es un problema muy grave, porque la acumulación de embutidos que no cumplen las normas de higiene (moral) puede tener consecuencias fatales para nuestra salud (política). Los chorizos no curados pronto empiezan a acumular capas y capas de moho verde o morado (emitido por el Banco Central Europeo y sacado de nuestros impuestos). Si el elemento en mal estado no es aislado rápidamente, la contaminación puede extenderse a todos los que están a su alrededor, de manera que un sólo chorizo puede acabar obligándote a examinar con lupa un departamento entero para asegurarte de que nadie más tenga los dedos manchados de moho. Recientemente hemos sufrido una marea de ejemplos de este comportamiento epidémico.
Hace mal nuestro presidente autonómico en alegar motivos económicos para no solucionar el asunto. Si los (aún presuntos) embutidos deteriorados del Muselón, del Hospitalón, del Calatravón y de muchos otros “ones” que no voy a enumerar hubieran sido metidos a tiempo en la fresquera, las arcas públicas hubieran ahorrado dinero suficiente para contratar a decenas de jueces y fiscales y a centenares de auxiliares, todos equipados con ordenadores de última generación y conectados a una red mejor que la de los bancos. D. Javier, que a lo largo de su dilatada carrera sindical y política ha tenido que sufrir la proximidad de muchos chorizos, debería saber el daño que puede causar su procesamiento tardío y la tremenda sombra de sospecha que cae sobre todos los que estuvieron a su alrededor cuando se produce.
Una justicia lenta es poco más que una injusticia y la falta de medios termina abocándola a ello. La corrupción está en la raíz de la mayoría de los problemas que padecemos y de nada sirve intentar paliar estos sin erradicar antes aquella.

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En torno al vino (II)
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Antonio Ochoa | 16-10-2015 | 05:37| 0

Siguiendo con la cultura del vino, en plena Fiesta de la Vendimia, hablemos de su consumo. Y no me refiero a distinguir los aldehídos de los aldeanos. Me refiero a las costumbres, tradiciones y ritos asociados a él. Apreciar el vino no consiste en tenerlo continuamente en los labios, sino en dejarlo que siga su curso natural, deleitando los ojos con sus reflejos, la nariz, con su aroma, el paladar, con su sabor y el estómago con su calor.
El consumo de vino es un acto eminentemente social que se realiza en pandillas. Un bebedor solitario es un ser desamparado, fuera de lugar o de tiempo, y cualquier grupo cercano le ofrecerá asilo hasta que encuentre a sus colegas. Porque las pandillas de vinos son enormemente flexibles. Alrededor del núcleo inicial de habituales van uniéndose el resto, pudiendo variar su número e identidad en función de cosas como los deberes (personales) y los resultados de los exámenes (médicos). Eso no importa pues los ausentes tienen su sitio reservado en el afecto y en la mesa y, hayan pasado semanas o años, cuando retornan, vuelven a integrarse como si hubiera sido ayer.
Tampoco son círculos cerrados. Cualquier miembro de otra pandilla o espontáneo ocasional que esté siguiendo una conversación (cosa fácil de hacer, porque suelen oírse, incluso, desde la calle) puede meter baza (educadamente) en tono didáctico, argumentativo o burlón sin provocar extrañeza ni rechazo. Porque una ruta de vinos no es sino una conversación que alterna (o simultanea) la actualidad, los recuerdos, los deportes, la gastronomía y cualquier otro tema que surja, deteniéndose sólo para refrescar la garganta con un trago o fortalecer el ánimo con un pincho. Es, además, una discusión peregrina y no por el tema (aunque, en ocasiones, también), sino porque va recorriendo sucesivos santuarios y ,si alguna vez se salta uno, no es por falta de devoción, ni por demérito de su santo patrono o patrona, sino por los límites que la debilidad humana impone a la capacidad de carga. Los que vengan a la Vendimia podrán apreciarlo.

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Distracción
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Antonio Ochoa | 06-10-2015 | 05:45| 0

Como bien saben los que viven de engañar al prójimo a pequeña escala, como rateros y estafadores, para poder desplumar a alguien sin que se entere, hay que decirle siempre lo que quiere oír e inventar algo que lo tenga distraído mientras le robas. Los que viven de explotar al prójimo a gran escala, como publicistas y políticos, saben que el sistema es el mismo y que nadie diga que esto no funciona con él. ¿A quién no le han robado nunca el bolso o el voto? ¿A quién no le han vendido nunca una “estampita” o un “cambio”?
A mayor robo, por supuesto, mayor distracción; y aquí es donde entra la figura de “el enemigo”. Éste debe ser, necesariamente, imaginario y débil. Imaginario, porque los enemigos reales suelen tener sus propios planes, generalmente desagradables, y son muy difíciles de manipular. Débil, porque … bien, imagínese que llega a la cena de los Óscar y no encuentra mesa. Se acerca un individuo sentado sólo y le dice: “En la entrada estaba X diciendo que eres un imbécil”. Cambie X por Dani de Vito y el tipo saldrá disparado a darle unas tortas, dejándole el sitio. Cambie X por Chuck Norris y el tipo no se moverá de su silla en toda la noche. Es fácil movilizar a la gente contra enemigos imaginarios y débiles, los grandes y fuertes dan miedo.
Ahora sólo falta decirles lo que quieren oír. Ni se le ocurra insinuarles que la mayoría de sus problemas derivan de sus propios errores y que, si quieren mejorar, tienen que dejar de quejarse y poner manos a la obra. No, dígales que son una raza superior y que, si no han alcanzado el paraíso, es por culpa de sus malvados enemigos. Fueron los judíos en Alemania, son el resto de los españoles en Cataluña y podrían ser, incluso, los de Tineo en Navelgas. Una vez los tengas concentrados en esto, puedes robarles hasta la ropa interior sin que se enteren.

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En torno al vino
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Antonio Ochoa | 30-09-2015 | 16:38| 0

Las cosas artesanales tienen indudables ventajas. La leña traída del monte, por ejemplo, es uno de los combustibles más eficaces porque te calienta cuando la tronzas, cuando la transportas, cuando la partes y cuando la quemas. Lo mismo sucede con el vino de Cangas, producto artesanal que no sólo calienta el cuerpo y el alma, sino que sirve, además, como inmejorable elemento de cohesión social que, en todas sus etapas, aglutina a la gente en torno suyo.
El vino es trabajo comunitario. En nuestra montañosa comarca, la mayoría de las tareas han de realizarse a mano. Por ello, sería imposible atender una extensión viable de viñas con unos costes razonables sin la colaboración desinteresada de familiares y amigos. Cuando toca cavar o podar, siempre hay alguien que echa una mano. Pero el momento en que más se aprecia esta unión es durante la vendimia. Aquí, el número de participantes se cuenta por decenas. De hecho, suelen hacerse en fin de semana para permitir que acuda todo el mundo, algunos desde bastante lejos. No diré que es una pura diversión, porque acarrear todo el día “goxos” llenos de uvas por las empinadas laderas le saca el óxido a cualquiera, pero el ambiente de camaradería, la alegría que se respira y, por supuesto, la “folixa” que se espera al final de la jornada hacen el esfuerzo más llevadero.
El vino es sabiduría compartida. Dondequiera que dos viticultores se reúnan, ya posean una sola parra o una gran bodega, se habla de tiempos y de modos, de innovaciones y de tradiciones, de experimentos y de experiencias. No hay cultura menos egoísta ni gente más dispuesta a ayudar a los demás que ésta. El gran avance en calidad que el vino de Cangas experimentó en pocos años no hubiera podido lograrse sin esta unión. Una unión a la que nos sumamos el resto de los habitante de esta comarca, como promotores, embajadores de sus excelencias y, desde luego, como consumidores, pero eso lo dejaremos para otro día.

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Cien días
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Antonio Ochoa | 22-09-2015 | 05:49| 0

Ya se les terminan a los gobiernos locales los cien días de gracia que, por tradición, suelen concedérseles. Para los no entendidos, eso no quiere decir que haya que reírles todos los chistes durante ese periodo, para eso ya cuentan en plantilla con pelotilleros y estómagos agradecidos. Tampoco quiere decir que ellos sólo puedan reírse libremente de nosotros durante esos días, pueden seguir haciéndolo (y de hecho lo hacen) todo lo que quieran. No, lo que quiere decir es que hemos de darles ese tiempo para que puedan meter la pata hasta el fondo antes de empezar a criticarles.
El problema es que la política local se danza al compás de la caja y ahora está tan vacía que, cuando la tocan, produce un sonido lúgubre, como el de una pandereta sin sonajas, que no invita al baile. Al principio, intentaron suplir esta carencia a base de vocalistas, entonando gobierno y oposición a canon sus mutuas acusaciones. Para los no entendidos, “a canon” es cuando una mitad de la mesa empieza la canción un poco más tarde que la otra y siguen así hasta el final, todos cantando lo mismo, pero en momentos diferentes. Bien conjuntado, suena genial, sobre todo en música religiosa, pero no anima mucho. Por eso, la cosa fue languideciendo.
Así que, sin dinero para contratar un agujero donde meter la pata ni controversias donde meter la lengua, nuestros gobernantes están desaparecidos y los columnistas apenas tenemos dónde meter la pluma. Continúan ahí, lo sabemos porque siguen cobrando a fin de mes, pero no asoman en los medios. Sólo la foto de alguna inauguración que no dio tiempo a hacer al anterior equipo o de algún acto protocolario sirven de fe de vida. Hace una temporada salieron tan indignados con la parálisis de la autovía del suroccidente que casi esperaba que fuesen a Madrid a coger a Rajoy por la pechera. Sigo esperando. Claro que también esperaba que abuchearan a Pepiño cuando vino a pararla y le aplaudieron. La política es desesperanzadora.

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Un viaje
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Antonio Ochoa | 15-09-2015 | 16:08| 0

Una de esas tardes ociosas de final de verano en las que los pies se vuelven inquietos y te impulsan a pisar el monte (si eres deportista) o el acelerador (si no lo eres), salí con el coche desde Celón en dirección a San Martín y Prada, para retornar por Cereceda y Tamuño a Riovena. Es una ruta preciosa que no transitaba desde hace mucho y, por ello, me ha resultado aleccionador observar como han evolucionado las cosas. Porque los cambios paulatinos que te pasan desapercibidos en el día a día destacan cuando los ves de golpe.
Note que el paisaje se ha vuelto más agreste. Las tierras de labor que un día se agolparon en las laderas han quedado reducidas a su mínima expresión y los prados mas empinados han ido degenerando en matorral o, plantados de árboles, se han incorporado al bosque. Muchos de los caminos que se entrecruzaban como venas uniéndolo todo con el corazón, que era el pueblo, se han vuelto intransitables y terminarán desapareciendo.
Este abandono, sin embargo, no afecta por igual a los núcleos habitados. Acá y allá, las casas se yerguen orgullosas luciendo tejados nuevos y fachadas remozadas. Pero es sólo apariencia. Ni las risas de los niños ni las tertulias de los mayores rompen el silencio casi fantasmagórico de los pueblos. Sólo el sonido lejano de algún tractor delata actividad. Cada vez son menos las casas ocupadas todo el año y muy poca gente joven vive en ellas. Recuerdo el tiempo en el que los cultivos dieron paso a los pastos. Ahora, pocas ganaderías quedan en cada pueblo. La mayoría de nosotros trabajamos fuera y nos hemos convertido en visitantes esporádicos, turistas de nuestra infancia que cada verano se reúnen para saborear en su memoria las cerezas robadas de árboles tiempo ha desaparecidos. Los que nacimos aquí conservaremos siempre la casa y los recuerdos, porque las raíces que se echan en la tierra son muy profundas, pero lo que pasará con la siguiente generación es una incógnita.

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Aquí (también) hay tomates
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Antonio Ochoa | 08-09-2015 | 10:15| 0

Los paseantes callejeros del atardecer cangués se encontraron el pasado miércoles con un espectáculo curioso: la gente se arremolinaba ante el Bar Blanco, repartiendo su atención entre una larga mesa repleta de apetitosos tomates y otra, situada enfrente, donde un grupo de expertos se dedicaba a probarlos. Era el VII Festival del Tomate de la Huerta de Cangas, evento que en tan pocas ediciones se ha convertido en un clásico del fin del verano.
Es inevitable referencia la Tomatina de Buñol. El producto base es el mismo, pero el tratamiento que se le da no puede ser más dispar y esta diferencia tiene raíces muy profundas. Allá triunfa la cantidad, el uso del tomate como arma festiva que pinta de rojo a personas y calles en una exhibición de despilfarro. Las rivalidades se resuelven por la fuerza bruta de los tomatazos, dando más importancia a la puntería del lanzador que a la calidad del proyectil. Son tomates anónimos, carentes de personalidad, fabricados en serie para ser destruidos en masa.
No es así en Cangas. Aquí, por miles de docenas, solo tiramos voladores; no enredamos con las cosas de comer. Sólo sesenta y cinco hortelanos fueron admitidos a concurso, porque lo que se busca no es la fuerza del número, sino la del sabor; calidad, no cantidad. No son productos industriales, sino el fruto de un trabajo laborioso y artesanal, frutos del amor con nombre propio, criados para ser disfrutados uno a uno, un lujo para nuestra mesa y un regalo para nuestros amigos. También aquí hay rivalidades, ese fue el origen de este evento, y también se resuelven con tomatazos, pero no los que se tiran, sino los que se comen, tomates enormes en tamaño, aspecto y sabor. Porque la victoria no se obtiene con violencia, ni siquiera festiva, sino ganándose a jurado y público a través del deleite de los sentidos. Mi enhorabuena a aquellos que han sido capaces de convertir una discusión de bar en una fiesta para todos.

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