El Comercio
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En el ojo ajeno
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Antonio Ochoa | 20-08-2014 | 10:01| 0

Últimamente los políticos son noticia más por sus comparecencias en sede judicial que en sede parlamentaria. Por supuesto, todos los que son llevados ante el juez son absolutamente inocentes, confían en la labor de la justicia (en que sea tan lenta e ineficiente que puedan salir impunes, supongo), son víctimas de una persecución política que se va a aclarar enseguida y, por supuesto, ni se les pasa por la cabeza dimitir. Aunque esto es de esperar de unos presuntos delincuentes que, en la mayoría de los casos, son mucho más lo segundo que lo primero.
Mientras, los compañeros de partido piden dejar trabajar a la justicia (para que pase el tiempo y se olvide), los socios de gobierno intentan disimular y pasar desapercibidos (no sea que se rompa el pacto y se queden sin chollo) y la oposición se rasga las vestiduras y pide cabezas. Claro que este furor anticorrupción sería más creíble si, al mismo tiempo que señalan con dedo acusador al corrupto ajeno, no usaran la otra mano para tapar las vergüenzas propias.
Por ese motivo no me creo que los partidos tradicionales (los que han ocupado sillones de gobierno) quieran de verdad luchar contra la corrupción. ¿Alguna vez han salido de sus labios expresiones de condena contra un correligionario, aun después de que haya sido condenado? Y, lo que es más importante, ¿alguna vez ha sido un político procesado por denuncias de su propio partido? Eso sí que probaría que se quiere de verdad cambiar las cosas.
Así que, ¡menos demagogia y más honestidad! Si realmente pretendemos regenerar la vida pública, además de abuchear a los corruptos de la oposición (que también es necesario), empecemos por destapar los trapos sucios de los partidos propios, que los hay y muchos y los de dentro son los que mejor los conocen. Mientras esto no suceda, todas sus condenas sonarán a palabrería y los ciudadanos les volverán cada vez más la espalda.

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Retornos y abandonos
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Antonio Ochoa | 20-08-2014 | 10:00| 0

Los pueblos asturianos se han vuelto como esos pastos árticos que sólo despiertan de su letargo durante un breve periodo de verano. Por unos días, las casas cerradas resucitan, abren sus puertas y ventanas y se calientan de nuevo al fuego del hogar. Los caminos, hasta ahora solitarios, se pueblan de caras amigas y los cruces se llenan de palabras que evocan recuerdos de la infancia. Nos rodea un ambiente de celebración continuada y cualquier escusa es buena para sentarse alrededor de una mesa bien provista. Pero todo tiene también un aire efímero, una urgencia de días contados, de tiempo prestado en un paraíso al que ya no pertenecemos y que no sabemos cuánto durará. Porque cada verano son más las sillas que quedan vacantes y las casas que ya no se abren. Porque cada invierno son menos las chimeneas que echan humo.
La emigración causada por la burbuja del ladrillo ha sido el último episodio de una sangría humana que, durante décadas, ha vaciado nuestros pueblos. Los jóvenes se marcharon impulsados por sueños de prosperidad que, en algunos casos, la crisis convirtió en pesadillas. Pero también se marcharon expulsados por unos precios agrícolas hundidos y unos costes inflados para beneficio de intermediarios y especuladores. El precio al que se le paga la carne al productor hoy es el mismo que hace treinta años, el de la maquinaria, los combustibles, la electricidad y demás, creo que no. A esto hemos de sumar los impuestos, tasas, licencias, permisos y todo tipo de exacciones con las que contribuimos a mantener unos servicios públicos menguantes y unas fortunas privadas crecientes. El campo asturiano se muere y, cuando algún CSI del futuro le haga la autopsia, encontrará sin duda delatoras huellas en su cuello y concluirá que no murió por causas naturales, sino asfixiado con premeditación y alevosía.

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