El Comercio
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Carbón
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Antonio Ochoa | 10-09-2014 | 21:51| 0

Hace sesenta años, los mineros cangueses salían de sus casas en plena noche para llegar andando al tajo, donde les esperaban jornadas extenuantes, seguridad nula y sueldos míseros. Quedan muy pocos que recuerden aquello. Gracias a la lucha y al sacrificio de muchos, cuando la mayoría de los ahora jubilados entró en la mina, las condiciones eran muy otras. Los que siguen en activo, en cambio, no necesitan recordar, pueden vivirlo de primera mano. Gracias a los abusos de algunas empresas mineras y eléctricas con la complicidad de nuestros sucesivos gobernantes y la traición de los que decían defender a los trabajadores mientras se vendían a los otros, muchos de nuestros mineros viven ahora más cerca de los años 50 que de los 80. Esto, sin embargo, no les parece suficientemente sudafricano (ellos dicen competitivo) y han hecho lo posible por cerrar las minas para importar el carbón de allí.
Se podría pensar que tienen manía a las minas en general, pero, si sigues el tema de Salave o Salas, ves que el trato que se da a las de oro es muy distinto. ¿O acaso es menos venenoso el cianuro que el CO2? Además, aquí tenemos un montón de plantas de absorción de dióxido de carbono, se llaman árboles y los hay por todos lados. ¿Deben los árboles de nuestro paraíso natural absorber el CO2 sudafricano para favorecer a los propietarios de empresas eléctricas con nombre español y capital chino y de políticos con nombre español y capital suizo? ¿Es más rentable el carbón extranjero? Para unos pocos sin duda que sí, o esto no estaría pasando; pero, para el país, el coste de empobrecer comarcas enteras, aumentar el paro y perder divisas es absolutamente ruinoso. Y, en cuanto a subvenciones, pregunten cuántas se dan a las renovables y quién se las lleva. En este país, por desgracia, aun hay muchos capaces de cegar para que otro no vea; el resto, conviene que vayamos abriendo los ojos.

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Descentrados
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Antonio Ochoa | 02-09-2014 | 18:06| 0

Durante la transición se nos vendió la idea de que la descentralización acercaría la administración a los ciudadanos y viceversa. Lo primero fue cierto a medias. La parte recaudatoria si que se nos acercó, tanto que podemos sentir continuamente sus manos en nuestros bolsillos; la atención al ciudadano, por el contrario, se hizo cada vez más distante. Igual sucedió con la “viceversa”. Los que tenían vínculos familiares o políticos con los que mandaban dentro si que se acercaron a la administración, tanto que incluso consiguieron entrar en ella. Al resto nos han alejado lo suficiente para que no les molestemos, pero no tanto como para no poder seguir exprimiéndonos.
Una administración tan grande, tan “familiar” y tan próxima (a nuestras carteras) ha resultado ser un lujo excesivo para nosotros y nos ha dejado empeñados hasta las cejas. Y, cuanto más cercana, peor. Como se está demostrando (por si alguien no se había enterado aun) los ayuntamientos se han convertido en cortijos donde los señoritos de turno hacen y deshacen a su antojo.
Es necesario un cambio, pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? Especialmente, cuando es un gato gordo que se ha acomodado en la poltrona y está dispuesto a defender con uñas y dientes su chollo. Por supuesto, hay gatos de su misma camada u otras que estarían encantados de defenestrarlo y ocupar su sitio, pero no creo que cambiar un gato por otro sea solución. Si queremos que nuestros ayuntamientos adelgacen, se “desfamiliaricen” y nos dejen respirar, necesitaremos otra clase de ocupantes. Tal vez deberíamos encargar a los ingenieros genéticos un híbrido que no sólo sea capaz de trabajar como un burro, sino también de defenderse como un jabalí y de ahuyentar a los ladrones como un perro guardián, porque no es probable que los que han comido tan regaladamente hasta ahora se resignen con facilidad a cambiar de dieta.

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Intrusos en el paraíso
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Antonio Ochoa | 27-08-2014 | 11:33| 0

Todo el mundo sabe que no tienen la misma credibilidad las predicciones astronómicas que las astrológicas. Con la ecología, en cambio, no sucede lo mismo. Nos referimos por igual a la ciencia, importantísima para la supervivencia de la especie humana, donde cada día se descubren nuevos hechos y se cuestionan viejas teorías, que a ciertos tipos de “ecologismo” sectario donde los conocimientos se sustituyen por artículos de fe y las dudas son pecado mortal. Por ello, los que estudian el equilibrio natural para comprenderlo y preservarlo y los que pretenden conservar un mundo ideal que sólo existe en su imaginación se confunden bajo la misma etiqueta. Y como el conocimiento y el estudio no son valores que cuenten mucho para ascender en política, casi todos los “ecologistas” que dictan las leyes pertenecen al segundo tipo y confunden “proteger del abuso” con “prohibir el uso”.
Cada prado y cada bosque de nuestro privilegiado paisaje son fruto de la interacción del hombre con su entorno. Sin embargo, nuestro “ecológicos” mandamases creen que conservar es evitar que nadie toque ni un arbusto. Los paisanos son tratados como ocupas en las tierras de sus antepasados e intrusos sospechosos en el paisaje que ayudaron a forjar. Los bosques que plantaron sus abuelos y las casas que levantaron sus padres son suyos sólo de nombre y para pagar impuestos. Para cualquier otra cosa que quieran hacer han de pedir permiso y pasar más trámites y pagar más tasas que para abrir una discoteca en los bajos de un hospital. Y no hablemos de una pareja joven que quiera hacerse una casa en el pueblo. Mas sencillo y barato les saldría hacer un chalet en primera línea de playa. Con estas premisas, no puede extrañarnos que los pueblos queden abandonados y que nuestro equilibrio ecológico, privado de la mano que lo ha modelado, se pierda irremisiblemente.

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En el ojo ajeno
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Antonio Ochoa | 20-08-2014 | 10:01| 0

Últimamente los políticos son noticia más por sus comparecencias en sede judicial que en sede parlamentaria. Por supuesto, todos los que son llevados ante el juez son absolutamente inocentes, confían en la labor de la justicia (en que sea tan lenta e ineficiente que puedan salir impunes, supongo), son víctimas de una persecución política que se va a aclarar enseguida y, por supuesto, ni se les pasa por la cabeza dimitir. Aunque esto es de esperar de unos presuntos delincuentes que, en la mayoría de los casos, son mucho más lo segundo que lo primero.
Mientras, los compañeros de partido piden dejar trabajar a la justicia (para que pase el tiempo y se olvide), los socios de gobierno intentan disimular y pasar desapercibidos (no sea que se rompa el pacto y se queden sin chollo) y la oposición se rasga las vestiduras y pide cabezas. Claro que este furor anticorrupción sería más creíble si, al mismo tiempo que señalan con dedo acusador al corrupto ajeno, no usaran la otra mano para tapar las vergüenzas propias.
Por ese motivo no me creo que los partidos tradicionales (los que han ocupado sillones de gobierno) quieran de verdad luchar contra la corrupción. ¿Alguna vez han salido de sus labios expresiones de condena contra un correligionario, aun después de que haya sido condenado? Y, lo que es más importante, ¿alguna vez ha sido un político procesado por denuncias de su propio partido? Eso sí que probaría que se quiere de verdad cambiar las cosas.
Así que, ¡menos demagogia y más honestidad! Si realmente pretendemos regenerar la vida pública, además de abuchear a los corruptos de la oposición (que también es necesario), empecemos por destapar los trapos sucios de los partidos propios, que los hay y muchos y los de dentro son los que mejor los conocen. Mientras esto no suceda, todas sus condenas sonarán a palabrería y los ciudadanos les volverán cada vez más la espalda.

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Retornos y abandonos
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Antonio Ochoa | 20-08-2014 | 10:00| 0

Los pueblos asturianos se han vuelto como esos pastos árticos que sólo despiertan de su letargo durante un breve periodo de verano. Por unos días, las casas cerradas resucitan, abren sus puertas y ventanas y se calientan de nuevo al fuego del hogar. Los caminos, hasta ahora solitarios, se pueblan de caras amigas y los cruces se llenan de palabras que evocan recuerdos de la infancia. Nos rodea un ambiente de celebración continuada y cualquier escusa es buena para sentarse alrededor de una mesa bien provista. Pero todo tiene también un aire efímero, una urgencia de días contados, de tiempo prestado en un paraíso al que ya no pertenecemos y que no sabemos cuánto durará. Porque cada verano son más las sillas que quedan vacantes y las casas que ya no se abren. Porque cada invierno son menos las chimeneas que echan humo.
La emigración causada por la burbuja del ladrillo ha sido el último episodio de una sangría humana que, durante décadas, ha vaciado nuestros pueblos. Los jóvenes se marcharon impulsados por sueños de prosperidad que, en algunos casos, la crisis convirtió en pesadillas. Pero también se marcharon expulsados por unos precios agrícolas hundidos y unos costes inflados para beneficio de intermediarios y especuladores. El precio al que se le paga la carne al productor hoy es el mismo que hace treinta años, el de la maquinaria, los combustibles, la electricidad y demás, creo que no. A esto hemos de sumar los impuestos, tasas, licencias, permisos y todo tipo de exacciones con las que contribuimos a mantener unos servicios públicos menguantes y unas fortunas privadas crecientes. El campo asturiano se muere y, cuando algún CSI del futuro le haga la autopsia, encontrará sin duda delatoras huellas en su cuello y concluirá que no murió por causas naturales, sino asfixiado con premeditación y alevosía.

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