El Comercio
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Reflexiones de oro
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Antonio Ochoa | 27-05-2017 | 09:07| 0

Hace poco compartía con mi familia mesa y mantel para celebrar las bodas de oro de dos de mis primos (aunque nadie lo diría viéndolos). Allí, por supuesto,  como el resto de los “chavales” de mi edad, me dediqué a comer y charlar sin tasa, a beber y bailar con mucha más moderación y, en general, a pasar un día inolvidable. No hay muchas ocasiones en las que se reúnan cuatro generaciones de una familia y esas pocas merecen una buena celebración. Al recordarlo ahora, pasada la fecha, además de una sensación cálida, me vienen a la mente algunas reflexiones.

La primera es que, por más que digan que vamos perdiendo el sentido del gusto con el tiempo, el sabor del reencuentro se va haciendo más intenso con cada año que pasa. Quizás porque cada vez son más los recuerdos que compartimos, quizás porque cada vez es menos el tiempo que dedicamos a hacerlo, cuando los remolinos del río de la vida nos juntan nos dejan en la boca un gusto agradable y un deseo de reunirnos más a menudo que, desdichadamente, la pereza y el ajetreo cotidiano acaban dejando en simples intenciones. Tendríamos que hacer un alto en el torbellino de nuestra vida, examinar cuidadosamente nuestras prioridades y calcular cuánto tiempo dedicamos a la gente que queremos y cuánto, a cosas que realmente no necesitamos.

Sin embargo, tendremos que buscar otro motivo para juntarnos ya que las bodas de oro se van a ir convirtiendo en eventos infrecuentes. Nuestros padres se casaron jóvenes y llegaron en muchos casos a ellas. Para nosotros, que nos casamos cerca de los treinta, será más difícil y para nuestros hijos, que esperan casi a los cuarenta, será algo excepcional. Entre esas cuatro generaciones que estábamos allí reunidas hubo un salto abismal en cuanto a nivel y calidad de vida. Pasamos de la miseria, el atraso y el aislamiento de principios del siglo pasado a un mundo moderno mucho mejor, pero no sin pagar por ello un alto precio demográfico.

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Desmemoria
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Antonio Ochoa | 27-05-2017 | 09:06| 0

Repasemos un poco la historia reciente. En las últimas elecciones generales el PP se encontró con que, para poder asumir el gobierno, tendría que contar con el apoyo del PSOE (o su abstención, que es lo mismo). El entonces Secretario General socialista, Pedro Sánchez, no estaba por la labor, manteniéndose en la idea de que la oposición está precisamente para oponerse, no para bajarse los pantalones a la primera. Pero un golpe palaciego encabezado por la casta noble del PSOE lo depuso e instauró una Gestora que se apresuró a aupar al señor Rajoy a la Moncloa. Es decir, D. Mariano es Presidente del Gobierno gracias a estas personas que no dudaron en llevar al PSOE al borde de la ruptura para conseguirlo.

Una de los barones que participó en la operación, asumiendo de paso la Presidencia de la Gestora, fue nuestro Presidente autonómico, pero nadie se lo imaginaría oyéndolo. Día sí, día también, sale en los medios quejándose de que el gobierno central discrimina a nuestra región, pero ni una sola vez ha reconocido que ese gobierno está ahí gracias, precisamente, a él. Nunca ha reconocido que, si lo hacen mal, él se equivocó al apoyarlos y le corresponde parte de la responsabilidad. Se ve que aquel “clásico” de “sostenella y no enmendalla” se ha convertido en el lema de nuestra “clásica” clase política. Y se ve que les funciona, o no estarían ahí.

Aunque todo podría deberse a problemas de memoria; a todos nos pasa con el tiempo. Quizás sea por eso que el Sr. Fernández vota un día “azul” en el Parlamento y se define al día siguiente como “rojo” en la tele. O puede ser que D. Javier carezca de habilidades como negociador y D. Mariano se aproveche y lo líe. Si es así, debería hacer un curso en el País Vasco. Ellos si saben negociar y, por eso, cada poco les da el Gobierno en pleno un buen concierto, mientras que a nosotros, todo lo más, viene algún ministro a tocarnos la gaita.

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Nos hemos quedado helados
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Antonio Ochoa | 27-05-2017 | 08:58| 0

Han bastado tres noches para despertarnos de nuestro sueño veraniego y demostrarnos que aun estamos lejos del estío. Tres gélidas noches que han devuelto los bañadores a los arcones y destruido buena parte de los cultivos. Tres noches de helada que, allí donde pegó de pleno, marchitó los brotes de las viñas y dejó las huertas como un solar; los efectos sobre los frutales están aun por ver. Ahora sólo nos queda evaluar los daños, salvar lo que quedó, replantar lo que se pueda, resignarnos con las pérdidas y extraer de esto una lección para el futuro.

La naturaleza no es una maestra amable y no conviene irritarla porque sus admoniciones no suelen ser cariñosas. Durante semanas nos hemos dedicado a calentar el ambiente a base de incendios. Se ve que ella se ha cansado y ha decidido enfriar los ánimos y recordarnos quién manda. Y no está de más que lo haga porque, a veces, la locura destructiva parece apoderarse de la gente y la búsqueda del beneficio a corto plazo nos hace olvidar que la Tierra es nuestra casa común y la atmósfera nuestro tejado. Si socavamos sus cimientos, caerá sobre nuestras cabezas y ni el dinero ni el poder ni ninguna otra cosa podrá salvarnos.

Parece que, entre la polilla guatemalteca y frío polar, este año las patatas de casa van a ser escasas y las compradas no saben igual. No sé hasta que punto afectará a la cosecha de uva, pero, si además de las patatas bravas nos falla el vino, el próximo invierno será largo y triste. Rogemos a los cielos que, por lo menos, “no nos venga por el ganao” porque, si el tercero de los pilares básicos de nuestra gastronomía se tambalea, para enero tendremos todos un tipito envidiable y sólo nos quedará el consuelo que pedir que abran la Presa del Molín para ir allí a lucirlo. Pero, en fin, ya saben, el humor es el único azúcar capaz de endulzar los tragos amargos, así que “a mal tiempo …”

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Cenizas
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Antonio Ochoa | 01-05-2017 | 16:49| 0

Por fin la lluvia (¡bendita lluvia!) ha aparecido para apagar los últimos rescoldos de los incendios que han asolado Asturias y, en especial, nuestra comarca los pasados días. El paisaje que queda detrás es absolutamente desolador y el futuro por delante muy incierto, incluso a corto plazo, el agua que ha caído sólo ha aliviado temporalmente la sequía y, si ésta persiste, el peligro volverá enseguida. Porque hemos controlado las llamas, pero estamos muy lejos de controlar la barbarie que hay detrás de ellas. Los desalmados/descerebrados causantes de los fuegos intencionados siguen libres e impunes y esperan, como terroristas ocultos, con la cerilla preparada para la próxima ocasión.
Y es que, teniendo en cuenta las vidas que se pierden, las pérdidas materiales que causan y su efecto sobre la sociedad, los incendios intencionados deberían ser considerados como una forma de terrorismo y combatidos con la misma firmeza y unidad que las otras formas. Los pirómanos son, por supuesto, los únicos culpables de los daños producidos. No hay justificación posible para semejante destrucción y, menos aun, míseros intereses económicos que, en el mejor de los casos, acabarán siendo pan para hoy y hambre para mañana. Pero no dejemos que eso nos haga olvidar nuestra responsabilidad en evitar que lo puedan volver a hacer. El rechazo social y la colaboración ciudadana han de ser el primer paso para acabar con esta lacra.
El segundo paso corresponde a los dirigentes políticos, sindicales y de asociaciones, directamente implicados. Y lo primero que hay que exigirles, como con el terrorismo, es unidad. Este tema debe de ser dejado fuera de la lucha partidista. El espectáculo que hemos tenido que soportar estos días viéndolos correr detrás de los micrófonos para intentar arrimar el ascua a su sardina mientras la gente sufría viendo peligrar su sustento ha sido lamentable y no debería repetirse. Consenso y no palabrería es lo que hace falta. La lluvia (¡bendita lluvia!) puede apagar los fuegos, pero no puede lavar nuestros pecados, aun los de omisión, ni evitarnos una larga penitencia.

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Jabalíes urbanos
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Antonio Ochoa | 01-05-2017 | 16:49| 0

Cuando aparecieron en medios y redes sociales las primeras imágenes de animales salvajes paseándose por zonas urbanas del centro de la región, se consideraron algo gracioso, casi entrañable, pero, cuando los jabalíes comenzaron a pulular por los jardines de las urbanizaciones dejando tras si las huellas de su paso, empezaron las quejas y los llamamientos al control de la situación. Parece ser que los pobres animalitos “vistos en persona” pierden mucho y no resultan tan simpáticos como en la tele; que, detrás de esa apariencia bonachona que exhiben en los medios, se esconden unos vándalos “destrozones” y que, cuando te los encuentras de frente con esos colmillos, se te sube una cosa a la garganta. (¡Jejeje! ¡Perdón!)
Por lo visto, la última tendencia en ecologismo dominguero consiste en proteger las especies en la casa del vecino y echarlas de la tuya. Como reparto solidario, es genial: nosotros cargamos con las molestias de la crianza de los bichos y los chorizos se van a comer en Oviedo(1). Estoy seguro de que los ganaderos de esta zona, que llevan tiempo quejándose de los destrozos y siendo tachados de protestones, están terriblemente apenados al ver el estado en que quedan esos jardines ovetenses antaño impolutos.
Esto forma parte de la evolución demográfica de Asturias. Jabalíes y paisanos han convivido durante generaciones. Que el paisano se va a vivir a La Corredoria, pues el jabalí hace las maletas y se va también. Es más, dentro de poco la añoranza afectará a corzos, lobos y osos, que dejarán atrás estos pueblos abandonados y se irán a vivir al centro como todo el mundo. Espero que allí los traten con la misma delicadeza con que pretendían que los tratásemos nosotros, nada de ruidos fuertes ni luces potentes y, si una osa se pone a criar en la entrada del Parlamentín, quiero ver a los diputados reunirse en la Escandalera (y sin gritos).
(1) Me refiero a los chorizos que comes; los que te comen a tí siempre han tenido querencia por la capital.

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Recuperar
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:28| 0

Analizaba en mis anteriores artículos el desplome demográfico de nuestra comarca y decía que la única solución pasaba por mantener, recobrar y atraer. Exponía que no era necesario convencer a los que estamos para que nos quedemos, basta con que la Administración deje de fastidiarnos para que nos marchemos. Pero un simple vistazo a la pirámide de edades de la población y un sencillo cálculo aritmético nos demuestra que eso no será suficiente. Sin otras medidas, en una década y por simple (de)crecimiento vegetativo habremos quedado en la mitad y en dos décadas habremos desaparecido. Mantener no basta y es imprescindible abrir las otras dos vías.
Intentar recobrar parte de lo que se fue debería ser el primer paso, porque la motivación está ya ahí. Somos y hemos sido siempre tierra de emigrantes. Pero cada uno de ellos, sereno en Madrid, dependiente en La Habana, obrero en Frankfurt o ingeniero en Massachusetts, han conservado en el fondo de su corazón sus raíces y la idea del retorno. Algunos de los jóvenes que terminan su formación y se buscan la vida fuera llevan dentro de sí una idea, un proyecto, que podrían y desearían desarrollar aquí si se les animara y ayudara. Es por ahí por donde hay que empezar, hay que recoger esas semillas de futuro, mimarlas, protegerlas y empujarlas para que puedan crecer en una tierra empresarial tan árida como es la nuestra actualmente. Porque, si permitimos que, como hasta ahora, la mayoría de esas iniciativas se pierdan o tengan que ir a florecer a otro lado, no habrá esperanza.
Vivimos en un pequeño paraíso. Un lugar donde, en poco tiempo, uno puede pasar del bullicio de bares y terrazas a la paz del bosque, sin más ruidos que el rumor de tus pasos y el susurro del viento en las hojas y sin más voces que las de los pájaros, un lugar donde los niños pueden tener libertad para explorar sin peligro, un lugar donde los mayores son personas y no obstáculos urbanos. No lo perdamos.

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Conservación
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:27| 0

Hablaba la semana pasada de la hemorragia demográfica que ha ido drenando la vida de nuestra comarca hasta llevarla cerca de la desaparición​. Las cifras no pueden ser más claras ni más preocupantes. Tanto, que muchos se preguntarán si existe solución viable a estas alturas, pero, para responder a esa cuestión, hace falta antes contestar a otra: ¿Existe voluntad firme de enfrentar el problema? Porque la situación es crítica y no se arreglará con palabras cálidas y medidas tibias. Ahora mismo, el paisano cantábrico corre más peligro de extinción en la zona que el oso cantábrico. Pero eso también abre una puerta a la esperanza. Lo que se hizo con unos se puede hacer con los otros (descartando, claro, medidas poco constitucionales como la eugenesia o la cría en cautividad).
Los pasos son claros: conservar lo que hay, recuperar lo que perdimos e introducir savia nueva. Para ello, antes que nada, hay que conseguir que esas personas quieran vivir aquí, pero también, que puedan hacerlo. En realidad, los actuales habitantes ya queremos quedarnos, no necesitan convencernos, basta con que dejen de intentar desalentarnos para que nos vayamos. Porque, de momento y a nivel legislativo, por cada abrazo que recibimos nos caen nueve patadas. Si esta proporción no cambia, no habrá nada que hacer. La conservación de los escasos humanos que quedan en esta comarca debe tener un nivel de prioridad igual al menos a la de los animales, plantas o yacimientos arqueológicos. Todos somos igualmente importantes y todos estamos igualmente amenazados por la implacable presión del mundo exterior.
Cuando la Administración deje de tocar las narices (arraigado hábito, difícil de erradicar), podremos hablar, por ejemplo, de hacer que la gente se sienta cómoda aquí. Y, para ello, habrán de contar con unas comunicaciones y unos servicios suficientes. No pretendemos tener una escuela para cada crío y una autopista para cada pueblo, pero no podemos resignarnos a vivir en condiciones tercermundistas. No siempre podremos tener lo que es deseable, pero nunca debemos dejar de exigir lo que es justo.

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Desierto
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:26| 0

Aunque los números han sido empleados con frecuencia para contar mentiras, cuando los datos son objetivos y no manipulados por algún interés espurio, son una poderosa herramienta para analizar la realidad. Varias veces he compartido con ustedes mi preocupación por el progresivo despoblamiento que sufre nuestra comarca suroccidental. Pero ahora tengo en mis manos un reflejo de ello en cifras, datos actuales de Allande, mi tierra natal,que sus elaboradores han compartido conmigo y verlo así, negro (muy negro) sobre blanco, impresiona. El número de personas que vive realmente en el concejo apenas pasa de las mil cuatrocientas, menos de la mitad de las que había hace un cuarto de siglo. Esto supone una densidad de poco más de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado. Para que se hagan una idea, la densidad del Desierto de los Monegros pasa de los siete.
Los datos caen como losas sobre cualquier conato de optimismo: dos docenas de pueblos vacíos, otra docena con una o dos personas, en toda mi parroquia hay menos gente ahora que la que había sólo en mi pueblo cuando yo era un crío (y hablamos de la parte más poblada y mejor comunicada). Añadamos a esto la pirámide de edades, con casi un tercio de mayores de ochenta años y un colegio semivacío; consideremos el número de personas que trabajan fuera de la Administración Pública y el panorama futuro no puede ser más desalentador. Aquel discurso político sobre combatir el despoblamiento (muchas palabras, pocos hechos) ya ha quedado atrás, hemos entrado en caída libre poblacional y estamos en vías de extinción.
Agradezco el esfuerzo a las personas que han llevado a cabo desinteresadamente este completo estudio. Buenos datos y no buenas palabras es lo que nos hará falta si queremos hacer algo; no será suficiente, pero es un principio. Porque, antes de nada, tenemos que ser conscientes nosotros mismos de la gravedad de la situación y de la urgencia de aplicar soluciones. Después tendremos que exigirlas y colaborar en ellas, pero eso tendrá que quedar para otro artículo.

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Sin cambios
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:25| 0

Recuerdo aquellos días de vino y rosas cuando Aznar, con sus pies sobre la mesita de Bush, nos aseguraba que los mercados eran nuestros ángeles guardianes y, si se les dejábamos actuar libremente, nos harían ricos y felices a todos. Sólo se equivocó en lo de “todos”, a él y a algunos más sí que los hicieron. Recuerdo también los días de resaca y espinos que siguieron a aquella borrachera colectiva y recuerdo a Zapatero contándonos que los mercados eran demonios que devastaban nuestro país y que eran ellos y no lo mucho que habíamos bebido los culpables de nuestros dolores de cabeza.
Pero lo grave no es que ellos lo dijeran, es que nos lo creímos y, aun peor, que sigamos creyendo las milongas que nos cuentan. Y es que los españoles, enfrentados a un problema colectivo, tendemos más a buscar culpables y recetas mágicas que a asumir responsabilidades. Preferimos echar la culpa al gato y esperar que papá lo arregle. Por eso llevan tantos años engañándonos. Cuando se han pasado expoliando y la cosa va mal, aparece un salvador con un remedio sencillísimo y que no requiere ningún esfuerzo. Lo compramos, no funciona, sale otro mejor, lo compramos, sigue sin funcionar, nos ponemos enfurruñados y entonces sacan algún cabeza de turco para que nos desahogemos lanzándole piedras. Mientras tanto, o bien la cosa se ha arreglado sola, o bien ya no tiene remedio y nos hemos acostumbrado a vivir así. El caso es que los verdaderos culpables se van de rositas y pueden seguir viviendo a nuestra costa.
Nadie nos dirá que nuestros problemas son culpa nuestra y que su solución depende exclusivamente de nosotros. Nadie lo dirá porque eso no da votos y nadie quiere oírlo porque es más fácil creer en panaceas universales y en enemigos imaginarios. Es duro ponerse manos a la obra, asumir responsabilidades y empezar por cambiar nuestra propia actitud para poder cambiar la sociedad. Pero ese es el único camino y, cuanto más tardemos en tomarlo, más duro será.

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Patas arriba
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:17| 0

Tengo la sensación de que el famoso cambio que prometió Felipe González allá por el 82 está llegando ahora, después de tanto esperarlo. Este país ya (como decía el Sr Guerra) “no lo conoce ni la madre que lo parió” y no me refiero sólo a los millones de desempleos que se han creado desde entonces. Es que todo está patas arriba. Hasta los meteorólogos (gente seria) parecen haber colocado las nubes y los soles al revés en el mapa del tiempo, que ves esas imágenes de nieve en las carreteras de allá abajo​ y de gente de aquí en la playa en marzo y tienes que frotarte lo ojos.
Y es que, ¡cómo ha cambiado el Levante! Tantos años haciendo manifestaciones en demanda de trasvases de agua y siendo un bastión del PP y, de repente, los cielos se abren diluvio tras diluvio y riadas de agua y lodo se llevan por delante décadas de sequía, coches, puentes y chamizos. Y, por si esto fuera poco, el subsuelo político se abre también escándalo tras escándalo y riadas de desvergüenza y corrupción se llevan por delante décadas de mayorías, presidencias, alcaldías y chiringuitos. No es de extrañar que, con la que está cayendo, las empresas que aspiran a trabajar para la Administración ya no regalen trajes; ahora regalan chubasqueros.
¡Qué diferencia con nuestra Asturias! Aquí asistimos impasibles y resignados a nuestra decadencia. Preferimos marchitarnos y desparecer antes que arriesgarnos a cambiar. Nosotros, “antiguos revolucionarios”, somos ahora el más firme sostén de la vieja España del pelotazo y el “tuya-mía”. Aquí los cielos se cierran y las cloacas se tapan. Apenas unas pocas lloviznas esporádicas alivian la sed de un suelo cada vez más necesitado de agua y unos pocos procesos judiciales menores alivian la sed de una ciudadanía cada vez más necesitada de justicia. Dejamos, incluso, que las alas de nuestra región se atrofien como las de las gallinas y es lógico. ¿Para que las queremos si ya no nos queda valor para intentar levantar el vuelo?

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