El Comercio
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Sucedió en una galaxia muy lejana
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Antonio Ochoa | 31-01-2017 | 22:06| 0

El tiempo se desliza a nuestro lado de manera tan sigilosa que no somos conscientes de su paso. Cómodamente instalados en una imagen mental de nosotros mismos que nunca pasa de la treintena, raras veces nos percatamos de su presencia hasta que algún movimiento brusco nos hace girarnos y lo descubrimos tras nosotros, como un enemigo que se ha acercado subrepticiamente. Nos sucede cuando nos damos cuenta de que ese individuo al que acabamos de referirnos como “chaval” y que se sentaba en el pupitre de al lado ha sobrepasado los sesenta y tiene nietos. Nos sucede cuando observamos que los jóvenes en los bares acuden a nosotros para dirimir discusiones sobre hechos pasados y tradiciones, como si fuéramos archivos con patas. Resulta bastante descorazonador cuando esos hechos sucedieron mucho antes de que hubiéramos nacido, pero aún más cuando son cosas de nuestra infancia y nos sentimos impotentes al intentar explicarlas a alguien que no vivió aquella época.
El mundo que conocimos en nuestros primeros años en el pueblo era tan diferente del actual que incluso las palabras que empleamos para intentar describirlo ya no significan lo mismo ahora. Si decimos “fui de compras a Oviedo”, por ejemplo, un joven interlocutor pensará en una tarde aburrida, pero, para nosotros entonces, era una expedición tan emocionante e infrecuente que se comentaba durante largo tiempo. Decimos “no había televisión” y se encogen de angustia imaginando días y días sin conocer los últimos trapos sucios de los famosos. Pero nosotros no hubiéramos entendido que alguien aireara alegremente sus intimidades y, mucho menos, que se hiciera famoso sólo por eso y viviera de ello. Nunca habíamos conocido la tele y no la echábamos de menos. Podíamos divertimos perfectamente sin ella y sin ordenadores, tablets y móviles. De hecho, algunos aún podemos. No era sólo otro tiempo, era otra galaxia tan lejana que sus mismos conceptos básicos son tan extraños para la gente de ahora como los sables láser y las naves espaciales de George Lucas. ¡Que la fuerza nos acompañe!

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Pasado y futuro
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Antonio Ochoa | 14-01-2017 | 10:52| 0

Inevitablemente en estas fechas los comentaristas políticos nos afanamos en recordar lo que ha pasado durante año saliente y en predecir lo que podría acontecer en el entrante. Esto nos permite exhibir dos de nuestras carencias: la capacidad de análisis y la visión de futuro. Lean alguno de los artículos que dieron la bienvenida al año 1992, por ejemplo, y verán cuan equivocados podemos llegar a estar. Porque nosotros, en el Día de los Inocentes nos esforzamos en inventar noticias increíbles, pero la realidad, en los restantes 364 Días de los Culpables, nos demuestra que su imaginación supera ampliamente la nuestra. Cuando los españoles nos enteramos de que los estadounidenses habían elegido a Trump, nos costó creerlo y pensamos que les faltaba un verano. Pero debemos recordar que, cuando nosotros volvimos a votar al PP, ellos (los poquitos que saben que España es un país y no una película) pensaron que a los que faltaba un verano éramos nosotros. Y probablemente ambos estamos más acertados valorando el estado de maduración de los otros que eligiendo Presidente.
Durante el 2016 ha habido multitud de noticias que nunca hubiéramos creído de publicarse un 28 de diciembre. Tomemos, por ejemplo, el golpe de mano dado por la “nobleza de sangre” del PSOE contra los rojos plebeyos que querían hacerse con el control del partido para llevarlo a posiciones un poquito más progresistas. Tomemos, por ejemplo, su posterior alianza con el PP para que éste gobernara y cerrar el paso a la izquierda. Aún hoy, sabiendo que es cierto, me cuesta trabajo creerlo. Menos podría, pues, predecir qué futuro tendrá este pacto. ¿Aceptarán los militantes del PSOE que su partido pase de marxismo al feudalismo sin ningún problema? ¿Se resignarán los españoles a olvidarse de la regeneración democrática después de haberla tenido al alcance de la mano? La verdad es que no tengo ni idea, pero me atrevo a decir que se aproximan tiempos duros para los defensores de la libertad, los derechos de los humildes y el sentido común.

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Espíritu navideño
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Antonio Ochoa | 31-12-2016 | 19:07| 0

Llegó ese momento del año en que uno debe cambiar el limón y la pimienta en sus artículos por azúcar y canela. Así que, en busca de inspiración navideña, enciendo la tele y pongo las noticias. Enfocan a un reportero entrevistando a un vecino en una calle llena de curiosos y luces azules destellantes. Al parecer, una pareja de jóvenes que esperaban un hijo, se habían instalado como okupas en un portal propiedad de un banco (que se lo había embargado a un ganadero asturiano, arruinado por los precios de la leche). La policía ha venido a desahuciarlos, ponerlos a ellos de patitas en la calle (a parir ya los pondrán después los tertulianos afines) y llevarse a los animales a un refugio (como Dios manda). Pero aparecieron para apoyarlos unos pastorcillos convocados por un tal Ángel, que aún no ha sido identificado porque se fue volando, pero que sospechan que es uno de esos enzarzadores de la coleta. Como los pastores llevaban cayados y corderos al hombro, han tenido que traer a los antidisturbios, que han se han empleado con contundencia. En medio de la refriega, han aparecido tres tipos con pinta de refugiados de Oriente Medio preguntado por una tal Estrella, que seguramente será alguna pirada de una ONG de acogida. Al acercarse, han resultado ir cargados de paquetes sospechosos, por lo que se ha avisado a los artificieros y a la unidad antiterrorista. Y, como detrás venían un montón de camellos, han llamado también a la brigada antidrogas. Total, que se ha montado un enorme belén y los pobres vecinos han salido a las ventanas coreando que querían pasar la noche en paz de una buena vez. Al final se han llevado a todos los implicados a comisaría, incluído un ladrón vestido de rojo al que pillaron intentando entrar a robar por una chimenea con un saco. Se le incautaron varios objetos, especialmente juguetes y colonias, y es que ya no se respeta ni la infancia ni la higiene. ¿Qué fue del espíritu navideño?

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Empeñarse en polémicas
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Antonio Ochoa | 31-12-2016 | 19:05| 0

Lo que más me preocupa del lío entre COFECA y Barriga Hubiera sobre la barra de la Romería del Prao L’Molín y la Noche Rock es que se le achaque a la peña “ánimo de lucro”. Los representantes de organismos públicos deberían medir mejor sus palabras, porque, con la crisis galopante que nos asfixia, es probable que muchos emprendedores estén haciendo ahora mismo las maletas para venirse a Cangas, montar una peña y hacerse ricos. Antes de que nos invadan, déjenme que les explique la clase de negocio que es.
Para empezar, contemos los ciento ochenta euros de cuota. Si vendes lotería, añade un recorrido por los bares de la villa talonario en mano, que suele acabar con tu nariz colorada y tu cartera llena de papeletas intercambiadas y vacía de dinero. Además, si como en este caso llevas la barra de un bar de fiesta, cuenta tus consumiciones y las de los amigos que se acerquen, a los que, como anfitrión, estás obligado a invitar. Por fin, pon las cenas, de las que la peña sólo paga, en el mejor de los casos, una o dos. Súmalo todo y tendrás suerte si desfilar orgulloso con la camisa de tu peña (que pagaste tú) detrás de la bandera y la charanga (que pagó la peña) no te cuesta más de treinta euros al mes. ¡Toma ánimo de lucro!
El ayuntamiento de Cangas tiene la inmensa suerte (que muy pocos otros tienen) de que los grandes eventos de unas fiestas cada vez más grandes los organizan y pagan unas asociaciones privadas cuyo único ánimo es arrimar el hombro y divertirse. Por ello, lo mejor que puede hacer es colaborar cuando se lo pidan y, cuando nadie les llame, no estorbar. Y, si sus recursos no llegan para todo, exponer humilde y amablemente las cuentas, explicar los criterios de distribución y no entrar en polémicas estériles. Es fácil empezar una guerra, pero difícil acabarla y, al final, todos los contendientes pierden. Sólo salen ganando los vendedores de armas.

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Pequeñas cosas
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Antonio Ochoa | 31-12-2016 | 19:04| 0

Muchos creen que los de pueblo estamos apegados a la tradición y desdeñamos las novedades, pero no es cierto. Nos gustan las innovaciones, aunque preferimos que las pruebe antes otro. En tiempos no tan lejanos, un experimento fracasado podía condenarte a un invierno muy, muy largo. Afortunadamente, ahora ya sólo pasamos hambre cuando suspendemos los exámenes médicos y nos castigan a verdura y agua. Pero el recuerdo de las dificultades pasadas pervive y nos empuja a ser cautos. Este año, sin ir más lejos, me han convencido para que probase a plantar primero las berzas y echarles luego el cuito. Espero impaciente el resultado. Les parecerá una preocupación significante en estos tiempos tan complicados, pero es porque sus prioridades y las mías difieren. Para mí, el potaje no es asunto trivial.
Sumergidos como estamos en una batahola de noticias, bulos y cotilleos, olvidamos a menudo la importancia de las pequeñas cosas. Nos preocupa la bolsa que sube y baja, los partidos y famosos que ligan y se enfadan y los temas estrella con que nos bombardean los medios. Pero todo eso apenas será mañana un vago recuerdo. Un buen potaje, en cambio, con sus berzas, sus patatas y su compango casero, se puede saborear días y días y nunca te cansa. Te permite apearte por un instante de ese autobús desenfrenado, lleno de ruido, furia y locos en que se ha convertido el mundo actual y te repone las fuerzas físicas y morales para volver a enfrentarte a ellos. Su aroma, al entrar en la cocina, te hace retornar a la infancia y rememorar caras entrañables y paisajes amigos. Seguro que, cuando algún día volvamos la vista atrás, no serán los penaltis de aquel Clásico, ni los ganadores de aquella guerra, ni los resultados de aquellas elecciones lo que nos vendrá a la mente. Serán cosas más sencillas y cercanas. Cosas que no sabemos apreciar ahora, pero que son las que nos mantienen en pié y hacen girar las ruedecillas del mundo, pequeñas cosas, las verdaderamente importantes.

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Consexuar
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Antonio Ochoa | 08-12-2016 | 12:11| 0

Dado que los votantes nos hemos puesto de acuerdo en no dar a ningún partido la mayoría absoluta, a los votados no les queda más remedio que ponerse de acuerdo para poder repartirse el pastel. Por eso, la nueva expresión de moda entre nuestra clase política es “consensuar”, desplazando a la mítica “por el bien de España”. Antes de mucho, a alguien se le ocurrirá unir las dos y será un bombazo. No tardaremos en ver al PSOE y al PP bailando pegaditos el bolero “Tenemos que consensuar por el bien de España” con D. Mariano Rajoy y D. Javier Fernández dando ejemplo en el centro de la pista.
Imbuido lógicamente de ese espíritu, nuestro gobierno autonómico ha presentado unos presupuestos de “consenso” y prácticamente lo han logrado a la primera. Todos los partidos están de acuerdo en que son inaceptables excepto el PSOE, que no acepta esa conclusión. No está mal para empezar. Por lo que se ve, en Asturias aún no gustamos de ritmos melosos. Seguimos siendo “viejos rockeros” (“viejos””, al menos, somos cada día más). Si esto no cambia, podríamos ver los presupuestos prorrogados nuevamente, lo que equivale a tener, en vez de nuevo gobierno, una fotocopia del anterior.
Y no es que las copias sean malas en sí. A veces los originales manuscritos vienen con tantos tachones y faltas que es mejor seguir con lo que había. De todos modos, estamos en los primeros compases y ya se sabe que la noche y el alcohol etílico van diluyendo los escrúpulos éticos y estéticos y uno puede acabar bailando con cualquiera. Es posible que Dña. Mercedes no quiera ser menos que D. Mariano y se anime a dar unas vueltas con D. Javier. Además, está IU, eterno compañero de baile de los gobiernos socialistas. Tanto tiempo juntos tiene que haber dejado un poso de cariño. Esto, como en la célebre película, podría ser el principio de una hermosa amistad. O tal vez siempre han sido amigos y no lo sabíamos. ¿Usted qué cree?

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Colores y sabores
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Antonio Ochoa | 08-12-2016 | 12:10| 0

He recorrido la carretera de Pola a Cangas durante muchos otoños y, a pesar de ello, no dejo de maravillarme con el paisaje. Cuando crees que ya lo has visto todo innumerables veces, una nube repentina o un rayo de sol imprevisto te descubren algo nuevo, un matiz o un aspecto que nunca antes habías percibido. Transitar por el medio del bosque, bajo un dosel de árboles, en esta época del año es como sumergirse en una auténtica borrachera de colores. Rojos, dorados, castaños y verdes se mezclan y se separan, contrastan y se complementan en más maneras de las que el ojo puede percibir y aún la mente puede imaginar. Una orgía de matices y formas que engancha la vista e invita a detenerse para contemplarla. Si alguien está esperando el momento ideal para gozar de la belleza de nuestra comarca, difícilmente podría encontrar otro mejor que éste. Aquellos que han ido al valle del Jerte a ver la naturaleza ataviada con la inocente pureza de la Primera Comunión, tienen la oportunidad de disfrutarla aquí, en su plena madurez, vestida para comerse el mundo.
Y no se deje disuadir por las incertidumbres del clima otoñal o las pocas horas de luz. Las nubes, los jirones de niebla e, incluso, la lluvia no hacen sino realzar el paisaje añadiéndole el “sabor” típico de nuestra tierra. Un cielo plomizo hace más vívidos, más cercanos, los colores recién lavados. Además, una pizca de frío es un condimento ideal para nuestra suculenta gastronomía. Nuestros potes, carnes, butiechos, choscos y demás platos “ligeros” están diseñados expresamente para ayudarnos a superar cualquier inclemencia. Por otro lado, estos atardeceres tempranos invitan a acogerse a alguno de nuestros bares, catar nuestros afamados vinos, probar nuestros pinchos y gozar de una conversación sin prisas. Si tuviera que dibujar el Paraíso, una mesa de un bar con su tapa de embutidos y su vino de Cangas, una tertulia de amigos y el sonido de la lluvia tamborileando contra los cristales oscuros no sería mala imagen.

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De chigres
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Antonio Ochoa | 23-11-2016 | 17:07| 0

Soy afortunado usuario de uno de los últimos chigres de pueblo que van quedando y tengo que decir (sin dármelas de experto) que las referencias al tema en diccionarios y wikipedias son poco explicativas y parciales. Algunos lo definen como “establecimiento donde se venden bebidas”, que es como decir que un huerto es un lugar donde se plantan berzas; es eso y muchísimo más. Otros se empeñan en decir que es un sitio donde se vende sidra, lo que demuestra una vez más el ostracismo al que se ve sometido nuestro occidente vinícola por parte del centro-oriente sidrero. Más atinados están, curiosamente, los que hacen referencia a su significado marinero: “especie de torno con una cabeza que da vueltas y sirve para arrastrar cosas”. Yo he arrastrado allí miles de veces jugando al tute y alguna que otra vez (no miles) me ha dado vueltas la cabeza.
Un chigre es un lugar donde se venden bebidas, zapatillas y latas de sardinas, pero es más que eso, mucho más. Es, junto con la iglesia, lo que convierte un pueblo en una pequeña capital capaz de satisfacer las necesidades del cuerpo y el alma: un lugar donde pecar y un lugar donde arrepentirse. Aquí, donde cada casa es un pequeño reino, es una ONU, un lugar neutral donde negociar tratos y dirimir diferencias. Habrá habido riñas de chigre, sin duda, pero con mayor frecuencia el efecto anestésico del alcohol y el ambiente de camaradería propiciado por el calorcito combinado del vino y la estufa han conseguido cicatrizar muchas heridas que, de otro modo, podrían haber acabado gangrenando la convivencia vecinal.
Mi recuerdo de las largas y oscuras noches invernales no sería tan cálido sin todas aquellas partidas en las que desafiné y todas aquellas canciones en la que cometí renunció. Mi visión del mundo y mi conocimiento de costumbres, tradiciones y leyendas no serían iguales sin todas aquellas veladas en las que compartí barra y tertulia con mis mayores. No puedo (no quiero) imaginar mi pueblo sin su chigre.

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Normas anormales
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Antonio Ochoa | 14-11-2016 | 16:31| 0

El otro día me explicaban que, a partir de siete gallinas, un gallinero doméstico pasaba a ser explotación agraria y tus aves debían tener el código correspondiente. MI primer impulso fue preguntar como en el chiste de las palomas: “¿Mensajeras?”. Pero corría el riesgo de obtener la consabida respuesta: “No te enxagero ni una”. Así que no estoy seguro de si son siete o veinte, pero existe una norma y un número límite. Parece ser que, ocupando nidos de poder en varios gallineros oficiales, hay un buen número de pollos dedicados a sacar normas tan ridículas como esta.
Y no estoy en contra de que haya gente que se gane el pienso usando la pluma, pero si uno no sabe escribir con ella más que leyes absurdas e innecesarias para fastidiar al prójimo, mejor que la dejen secar al sol. Las arcas públicas parecen haberse convertido en ponederos para los contribuyentes y sacaderos para tantos cargos políticos que ya no saben qué hacer para disimular el expolio y no correr el peligro de “desaniciarnos” y que dejemos de poner. Que bastante nos cabrea ya que nos roben los huevos como para que, encima, se dediquen a toqueteárnoslos tontamente.
Tal vez tengamos que poner un collar a las gallinas, sacarlas a pasear y alegar que sólo son mascotas (otras más raras se ven). Ponerles el bozal y la vacuna antirábica no sería problema, ponerles el microchip en la oreja, tal vez sí. Lo mejor, sin embargo, sería dejar de comportarnos como gallinas mojadas y enfrentarnos a todas esas comadrejas que nos rapiñan a diario. Los que ya tenemos espolón sabemos que, para que te respeten, no puedes limitarte a cacarear; tienes que ponerte gallo y bajarles la cresta a todos esos gallitos que vienen de afuera a manosearnos los huevos. Si seguimos permitiendo que las raposas administren el gallinero, los comederos quedarán vacios, nuestros pollitos nacerán con alas para poder volar afuera a buscarse la vida y a nosotros no nos quedarán ni los huesos para hacer caldo.

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Comunicando
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Antonio Ochoa | 14-11-2016 | 16:29| 0

Llevamos tiempo dándole vueltas al Plan del Suroccidente y me temo que queda aún más de media madeja por deshacer. Poco a poco van saliendo cosas; algunas, muy interesantes; otras, no tanto; todas, bastante en el aire. Varios temas me preocupan en lo que voy leyendo. El primero es que el Plan se acabe convirtiendo en una especie de cajón de sastre donde se nos quieran colar gastos corrientes como si fuesen inversiones extraordinarias. Hay que olvidarse de la caza de votos y llamar a cada cosa por su nombre. La conservación de carreteras o de instalaciones sanitarias o educativas no debe incluirse aquí; sólo las mejoras o ampliaciones.
Conviene ir superando el mono de inauguraciones e intentar resolver los problemas más urgentes sin alharacas. Y una de las mayores carencias de nuestra zona rural son las comunicaciones, pero no las viales (que también), sino las de telefonía, Internet, televisión y demás. En ese campo nuestro atraso es enorme. Sin hablar de la fibra óptica (pura ciencia ficción aquí), conseguir una línea de telefonía terrestre para poner ADSL (algo gratuito y rápido en cualquier zona urbana) puede suponer una espera de meses y un coste de miles de euros en muchos pueblos. Hacer una llamada con el móvil requiere habilidad: moverse, primero, para encontrar cobertura y quedarse quieto, después, para no perderla. Las señales de televisión y radio, en cambio, van y vienen solas.
Para fijar población hace falta que la gente quiera vivir aquí y que tenga medios para hacerlo. Pero, en estas condiciones, convencer a la gente joven para que se quede se me antoja complicado y poner en marcha una pequeña empresa que genere empleo, aún más. Mejorar y extender esos servicios de telecomunicaciones debe ser, pues, una prioridad. Ya va siendo hora de apretar las tuercas a todos esos teleoperadores que tan jugosos beneficios obtienen a nuestra costa para que se esfuercen algo en atender a aquellas zonas donde ganan algo menos. Esto es una cuestión no tanto de dinero como de voluntad política.

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