El Comercio
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La Serrana
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Alberto del Río Legazpi | 16-09-2017 | 22:27| 0

(Serrana Gutiérrez-Pumarino fundó el más tradicional establecimiento de hospedaje avilesino,  actualmente considerado como una de las referencias hoteleras históricas de Asturias).

      Cuando en Avilés comenzó a ser realidad la industrialización, allá por el siglo XIX, la ciudad se colmó de gente foránea, necesitada de comida y cobijo. Y surgieron las primeras fondas.

      Fue, aquel, un periodo febril de obras y sonados acontecimientos, premonitorio del que se viviría -unos cien años más tarde- cuando nos cayó ENSIDESA encima.

Serrana Gutiérrez-Pumarino Martinez.

Serrana Gutiérrez-Pumarino Martínez.

      Entre las fondas que nacieron en Avilés, una de las más afamadas era ‘La Celesta’ (que ocupaba el número 8 de calle de Adelante, hoy La Estación) propiedad de Celesta Martínez, que procedente de Manzaneda había montado el negocio en Sabugo, ayudada por su sobrina, también gozoniega, Serrana Gutiérrez-Pumarino Martínez.
Serrana estaba casada con José González-Posada, más conocido por Pepe ‘El de las Huelgas’, capataz en las obras de canalización de la Ría, lo que hizo que gran parte del cuerpo técnico que trabajaba en el estuario se hospedara en la fonda, haciendo de ella un próspero negocio.
      A la muerte de Celesta, Serrana se hizo cargo de la empresa familiar, que ya demandaba una expansión, por lo que en 1867 fundó -en un edificio situado entre el palacio de Camposagrado y el final de la calle de La Ferrería- la ‘Fonda La Serrana’.
      Y allí se plantó, tan serrana, la Serrana. En el lugar más histórico de la Villa, a pie del famoso puerto avilesino, en el solar donde, durante siglos, estuvo la fortaleza de la poderosa familia de Las Alas.

El Hotel La Serrana codo con codo con el palacio de Camposagrado. Una imagen que hoy ya no se puede ver.

El Hotel La Serrana codo con codo con el palacio Camposagrado. Una imagen, en la calle La Muralla, que hoy ya no se puede ver.

      El suyo fue el primer establecimiento hotelero, a la espera del progreso que podría traer el esperado ferrocarril (vendría en 1890) y la modernización que entonces experimentaba la ciudad -y de lo que ya hemos hablado en episodios anteriores- atravesada por una espectacular transformación urbana e industrial.
      Por eso no fue, nunca, ‘La Serrana’ una fonda al uso. Plantada frente al Paseo del Bombé (antecedente del parque de El Muelle) sus salones empezaron a acoger todo tipo de reuniones sociales. Y a nadie extrañó que -en 1917- pasase a denominarse ‘Hotel La Serrana’, justo cuando al otro lado del -entonces ya construido- parque de El Muelle (esquina entre las calles Carreño Miranda y Emile Robin) abría sus puertas ‘El Gran Hotel’, un espectacular edificio, que fracasó, al poco, como albergue de lujo.
      Mientras tanto no hacía más que aumentar el prestigio de ‘La Serrana’, hasta el punto de figurar en la ‘guía Michelín’ de la época: el libro de viajes de Alfonso Pérez-Nieva. En él está escrito que: «Avilés tiene dos notas que no deben olvidarse. Una antigua y otra moderna. La antigua es el Fuero o Carta puebla, precioso documento, el primero escrito en romance. Y ‘La Serrana’, donde se almuerza como en el ‘Lhardy’ de Madrid. Instruir… comiendo».
      En el establecimiento se alojaron multitud de personajes famosos de paso por Avilés. Entonces no era conocido, localmente, por su nombre comercial: ‘La Serrana’, sino como ‘el hotel’, bastante definitorio (le hizo sombra, poco tiempo, el ‘Iberia’)
      Desde uno de sus balcones se leyó, el 2 de abril de 1893, el primer pregón de las fiestas de ‘El Bollo’, que había fundado uno de los huéspedes fijos del hotel: el médico Claudio Fernández Luanco.
      Y hasta fue residencia, continuada, de los primeros directivos de aquella enorme ENSIDESA, una de las mayores siderúrgicas del mundo, que instaló sus primeras oficinas en el número 29 de la vecina calle La Ferrería.22-serrana-hotel-la-serrana-sello-fb-koldo
      A finales de la década de los sesenta, del pasado siglo XX, los sucesores del negocio (Serrana había fallecido, trabajando claro, el 16 de julio de 1916), se trasladan a la calle de La Fruta después de haber comprado el nuevo ‘Hotel Luzana’, más céntrico y con mayor capacidad.
      Pero el restaurante y la cafetería siguieron llevando -durante años- el histórico nombre de ‘La Serrana’ y manteniendo las virtudes que le procuraron fama y premios: cocina excelente y esa gran categoría profesional que siempre caracterizó a sus empleados.
      Hoy, ‘La Serrana’ da un débil destello -de su gloria pasada- en un luminoso que anuncia una cafetería en La Fruta. Pero en la Historia local, resplandece Serrana Gutiérrez-Pumarino, pionera del Avilés de parada y fonda.
      Persona de talante y talento. Un lujo.
(Reedición del Episodio publicado en el diario LA VOZ DE AVILÉS de 18 de diciembre de 2011)
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Los kilométricos y generalmente artísticos soportales de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 10-09-2017 | 08:36| 0

    En rigurosa descripción académica, soportal es un espacio exterior cubierto, construido junto a un edificio, cuya estructura se sujeta con columnas y precede a las entradas principales; generalmente rodea una plaza o recorre una calle.
    El soportal permitía, cuando no había electricidad, trabajar a los artesanos delante de sus talleres, resguardados de lluvia o sol. Lo mismo que a los vendedores de productos del campo, cuando el mercado de Avilés se desparramaba por todo el casco histórico de la ciudadela amurallada.222.SAN FRANCISCO. SOPORTALES GRANDES HORIZAONTAL.Img_4451
    Nuestro mérito, contra lo que ha ocurrido en otros lados, está en haber sabido, querido y podido, conservarlos, a lo largo de los siglos.
    Un paseo por calles y plazas de Avilés demuestra la calidad y cantidad de los soportales que hemos recibido -colosal herencia- de tiempos pasados y que seguimos incrementando.
    Suman más de tres kilómetros, entre antiguos y modernos. Y adoptan gran cantidad de formas, colores y estilos.
    Los más antiguos son los que pertenecen a las calles de La Ferrería, Bances Candamo, Galiana, Rivero, plaza de España, y Carbayedo. Algunos, situados en la calle Bances Candamo, en el barrio de Sabugo, puede que sean incluso anteriores al siglo XVII, que fue cuando Avilés empezó a crecer fuera de la murallas, lo que dio origen a la plaza de España y las calles de Rivero y Galiana. Un apoteósico conjunto soportalado.
     Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Avilés dio otro estirón urbano muy notable. De entonces son los de la calle San Francisco -cuyos edificios son un magnífico muestrario arquitectónico- donde algunas de las columnas, de los soportales son de una notable singularidad, como los que imitan la garra de un ave rapaz.
    También de este periodo son los soportales de la plaza del mercado (plaza Hermanos Orbón) característicos de la arquitectura del hierro. O los de la esquina de la plaza Pedro Menéndez y La Muralla (conocida como la del antiguo Café Colón) y que remite directamente al barrio viejo de la ciudad norteamericana de Nueva Orleans o a la plaza de Armas de Iquitos, en Perú.
    Los soportales de Avilés, artísticamente, atrapan. Si no que se lo pregunten a directores de cine desde Gonzalo Suárez o José Luis Garci hasta llegar Woody Allen, que realizó varias tomas en Galiana, aunque finalmente no las incluyó en su película ‘Vicky Cristina Barcelona’.22.casco historico. FOTO PARA BLOG. IMG_9570 TRIS
    Con Fernando Fernán-Gómez, anduve subiendo y bajando Galiana y llaneando por Rivero, repetidamente. Siempre bajo soportales, que para él eran como enormes decorados teatrales errantes por el tiempo.
    -Estamos caminando por un siglo cambiado, Alberto, y eso es muy grande.
    Recuerdo otra ocasión, con Eusebi Casanelles, presidente, entonces, del poderoso Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (Ticcih). Fue un paseo mañanero y lluvioso que nos obligó a comprar paraguas, porque Casanelles, fascinado, se negaba al refugio (lógica meteorológica) del soportal con el criterio de que entonces no podría admirar el soportal (lógica estética).
    En Avilés, de tanto convivir con ellos, olvidamos que son un referente emblemático, una suerte arquitectónica singular que cose casas en calles y plazas.
    Son la sal del Avilés monumental.

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(Reedición del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 31 de julio de 2011)

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Federico García Lorca en El Parche
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Alberto del Río Legazpi | 03-09-2017 | 19:20| 0

(Hace hoy 85 años, un 3 de septiembre de 1932, actuó en la plaza de  España de Avilés (popularmente conocida como El Parche) la mítica compañía de teatro universitario La Barraca, dirigida por el poeta andaluz, en medio de la confusión mediática e incidentes habidos durante la representación).

              El escritor andaluz Federico García Lorca director artístico del Grupo de Teatro Universitario ‘La Barraca’, orgullo del ministerio de Instrucción Pública de la Segunda República española, le confesó al diario ‘Región’ que de Asturias le gustaban mucho los verdes tan cambiantes de su paisaje así como la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. Adrede o no, se guardó lo que más le fascinaba: el folklore popular asturiano, especialmente las nanas, en las que ya lo había iniciado, años antes en Madrid –cuando ambos coincidieron en la Residencia de Estudiantes de la Institución Libre de Enseñanza– Eduardo Martínez Torner quien con el tiempo sería famoso musicólogo, compositor y concertista.

Sobre foto original de Luis del Río Legazpi, se ha reaalizado una figuración informática.

Sobre foto original de Luis del Río Legazpi, se ha realizado una figuración informática.

              Cuando las dos camionetas y el pequeño autobús del grupo teatral formado por universitarios en vacaciones de verano y dirigida por escritores (García Lorca y Eduardo Ugarte) llegaron, en el verano de 1932 procedente de Galicia a Grado, enfilaron directamente a la casa de un amigo de García Lorca, y gran desconocido para asturianos y españoles en general. Hablo de Valentín Andrés Álvarez autor, entre muchas cosas más, de ‘La guía espiritual de Asturias’. En su casa se alojó la compañía. No me extrañaría un ápice que el lugar programado de las actuaciones (siempre al aire libre) de La Barraca en Asturias (en Grado la plaza de Ponte, en Avilés El Parche, en Oviedo El Fontán y en Cangas de Onís el patio del Instituto) fueran ‘insinuadas’ anteriormente por Valentín Andrés al poeta granadino. El gran humanista moscón conocía el resorte cultural de las poblaciones asturianas.

              Después de descansar, los teatreros ­con monos azules ellos y con vestidos de cuellos redondos blancos ellas­ descargaron los camiones, armaron el escenario, se quitaron el uniforme, se vistieron de teatro y escenificaron su repertorio de piezas cortas de teatro clásico español. Finalizada la función se fueron todos a cenar a una sidrería de Grado con Valentín Andrés Álvarez y Prudencio Merino ‘Polenchu’, famoso cantante de tonadas; por tanto la cosa terminó a las tantas.

              Boni Ortiz en su obra ‘El teatro en Asturias durante la República y la Guerra Civil’ hace un excelente relato sobre esta gira de La Barraca, pero quisiera complementar lo ocurrido en Avilés, con la ayuda de la información aparecida entonces en el periódico local.

Componentes de La Barraca. En la fila inferior, sentado a la izquierda García Lorca.

Componentes de La Barraca. En la fila inferior, sentado a la izquierda García Lorca.

              El 2 de septiembre el diario LA VOZ DE AVILÉS destacaba en primera página el acontecimiento de la representación de La Barraca al día siguiente en Avilés «patrocinada por la Biblioteca Popular Circulante y con la ayuda de varios entusiastas de la cultura» enfatizando que «dirige el cuadro artístico el gran poeta Federico García Lorca, lo que nos releva de todo encomio» y terminaba reconociendo desconocer (increíblemente) tanto el lugar de la representación como el programa de la misma, aventurando que serían autos de Calderón de la Barca, cuando en realidad serían obras de Cervantes las ofrecidas por La Barraca.

              Esto fue el prólogo a una desdichada representación que tuvo lugar al día siguiente, el sábado 3 de septiembre de 1932. Ese día el periódico avilesino amaneció informando en un tono, claramente molesto, que «anoche han llegado los estudiantes que constituyen el grupo artístico (…) esperábamos se nos informase acerca de la hora de la función y obra u obras a representar, pero al cerrar la presente edición no había llegado a nosotros noticia alguna para trasladarla al público».

              Al día siguiente, domingo, se puede leer en LA VOZ DE AVILÉS que la actuación de La Barraca tuvo lugar en la plaza de la Constitución (El Parche) «ante un inmenso gentío» y que las obras representadas de Miguel de Cervantes fueron ‘La cueva de Salamanca’, ‘Los dos habladores’ y ‘La guarda cuidadosa’ conquistando muchos aplausos. Pero… «Ha sido verdadera lástima que una gran parte, la mayor parte del público, dejase de saborear las bellezas de dichas obras clásicas y apreciar todo el valer de los artistas, debido al egoísmo y desaprensión de unos cuantos concurrentes que, encaramándose en las sillas, privaron de ver las escenas a muchísima gente, provocando a la vez ruidosas protestas de la misma…».

              Un desastre. Primero la falta de información más elemental (lugar de representación, hora de inicio y obras a representar). Y segundo los incidentes a cargo de personas que reventaron –premeditadamente o no– el espectáculo, pues hay que entender que tuvieron que ser espectadores situados en las primeras filas ya que privaron de ver la función a la mayoría.

              No sabemos de la reacción de la compañía ante los incidentes, ni tampoco la del propio García Lorca. Desconocemos también donde cenaron, se alojaron y se ignora si fueron recibidos, como era costumbre allá por donde iban, por la Corporación local que en Avilés, entonces, estaba presidida por David Arias Rodríguez del Valle a quien hay que suponer irritado por estos incidentes y la repercusión que los mismos pudieran tener en la ‘imagen cultural’ que tenía Avilés.

Federico García Lorca (dibujo de Elías+Santamarina)

Federico García Lorca (dibujo de Elías+ Santamarina)

              Además todo esto ocurrió en la ciudad donde vivía (compartiendo residencia con Madrid) uno de los políticos republicanos más prestigiosos de Asturias, y para algunos también de España, como era el ex ministro José Manuel Pedregal, que había sido en 1917 presidente de la Institución Libre de Enseñanza un organismo donde la obra y la influencia de hombres y mujeres formados en él ha sido de una importancia incalculable para España. Precisamente cuando José Manuel Pedregal fue presidente de dicha Institución y en uno de sus organismos dependientes (la Residencia de Estudiantes) ya estaba instalado el aragonés Luís Buñuel y al poco tiempo llegarían, como alumnos, el granadino Federico García Lorca y el catalán Salvador Dalí.

              Buñuel murió en su exilio de México, García Lorca sigue enterrado en lugar desconocido desde que fue asesinado en los inicios de la Guerra Civil. Y a Dalí lo desenterraron hace poco, por mandato judicial, de la tumba que tiene en su museo de Figueras (Gerona), algo tan surrealista que ni hubiera imaginado el Salvador.

              El teatro es una escuela de llanto y de risa, dejó escrito García Lorca.

              Como la vida misma.

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Anita Arias que fue Ana de Valle
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Alberto del Río Legazpi | 27-08-2017 | 09:16| 0

(Es una de las mujeres más honradas por homenajes y recuerdos de la historia de Avilés).

      Fue al bueno de Eugenio Bueno, poeta y maestro de profesión, a quien debo los primeros detalles, complementados luego por los escritos de Marian Suárez y José Manuel Feito, sobre la niña nacida en el agosto de 1900 y cuyo nombre en la partida de bautismo de San Nicolás de Bari ha quedado registrado como Anita (sic) Casilda Arias Iglesias pero a quien todo el mundo conoce hoy como Ana de Valle.

Ana de Valle (1900-1983)

Ana de Valle (1900-1983)

      Era una de los tres hijos (los otros fueron Celestino y Nieves) del matrimonio formado por Francisco Arias, afilador y jornalero,  y María Iglesias, maestra de Sabugo.

      Anita vive infancia y juventud en Avilés y se casa en julio de 1921 con Eladio García Valle, del que adoptaría más tarde el segundo apellido para uso literario (Ana de Valle) y con quien compartiría también labores artesanales en su taller de encuadernación de la plaza de Álvarez Acebal, contiguo al primer arco de Galiana, donde hoy se puede ver una lápida que recuerda a la poeta.

      Publicó sus primeros poemas en el diario LA VOZ DE AVILÉS en 1924, colaborando después en distintas revistas y publicaciones hasta que en 1932 ve la luz su primer libro ‘Pájaro Azul’.

      Hace deporte (velocidad y salto) en la Asociación Atlética Avilesina y también ingresa en el PSOE donde desarrolla una intensa actividad en pro de la emancipación de la mujer, pero no deja de seguir publicando poesía en distintos medios, hasta que en octubre de 1937, próximas a entrar en la ciudad las tropas de Franco, Anita Arias (Ana de Valle como firmaba sus trabajos poéticos) sale de Avilés (su marido estaba en el frente combatiendo en el bando republicano) con sus padres y sus tres hijas (Ana María, Margarita y Rosario) con destino a Barcelona. Será el inicio hacia el exilio.

Algunos componentes del grupo poético ‘Jueves Literarios’. En la primera fila, Eugenio Bueno, María Dolores Fernández, Marian Suárez, Ana de Valle, María Eugenia Hernández, Herme G. Donis y Jose Manuel Feito. Detrás en segunda fila, José María Chamorro y Enrique Santos.

Algunos componentes del grupo poético ‘Jueves Literarios’. En la primera fila, Eugenio Bueno, María Dolores Fernández, Marian Suárez, Ana de Valle, María Eugenia Hernández, Herme G. Donis y Jose Manuel Feito. Detrás en segunda fila, José María Chamorro y Enrique Santos.

      Es en la capital catalana donde el estallido de un bombardeo sobre la ciudad dispersará por años a la familia. Fue algo terrible. A Ana y a su padre las explosiones los pilló mientras guardaban cola para retirar alimentos, el padre resulta herido y Anita lo acompaña al hospital donde nada pueden hacer por él los médicos. Al regresar al domicilio familiar lo encuentra vacío pues su madre y sus hijas, ante la tardanza de Ana y temiéndose lo peor, huyen hacia Francia como miles de personas en la estampida originada por el citado bombardeo y la aproximación de las tropas de Franco. Ana, en solitario, se ve obligada también a cruzar la frontera, hay que suponer que en un lamentable estado de ánimo. Mientras, su marido Eladio, ignorante de todos estos hechos regresaba a Avilés poco después de finalizada la contienda civil.

      Estalla la segunda Guerra Mundial y Francia es invadida por los nazis. Anita Arias, que no sale de una para entrar en otra, pasará trece años en el exilio, primero en Narbona y luego en Gierp, pequeño pueblo minero, ganándose la vida en un taller de costura. A sus hijas, después de una agotadora búsqueda las acaba encontrando acogidas por un matrimonio belga y otro francés. Tiene que esperar hasta 1952 para volver a Avilés ella sola –pues con el tiempo sus hijas echarán raíces en Francia, dos de ellas y en Bélgica la otra– y rehacer su vida junto a su marido.

Dos hijas, en el centro, de la poeta invitadas a la celebración del centenario de su madre en 2000. Al fondo el domicilio de Ana de Valle.

Dos hijas, en el centro, de la poeta invitadas a la celebración del centenario de su madre en 2000. Al fondo el que fue domicilio de Ana de Valle y el taller de encuadernación.

      Esta mujer fue una gran persona de esas que agradeces conocer y de la que guardas memoria. Comprometida políticamente en tiempos difíciles se enfrentó a ellos con trabajo, sencillez, fortaleza y por supuesto con poesía, que no es poco. Recuerdo su particular Padrenuestro: «Hoy te diría, Señor, / Padre nuestro que estás/ entre todos/ ¡tan cercano y tan lejano!/ líbranos un poco de nosotros/ mismos/ y de los otros también, / por los siglos de los siglos/ amén».

      Pero lo admirable de ella fue ese caminar con delicada sencillez por la vida, donde quienes la conocieron nunca la oyeron hablar con rencor en lo que se refiere al drama personal que llevó a cuestas, ni tampoco mostrar odio o resentimiento en tiempos feroces; le tengo leído a José Luis García Martín que «fue una escritora a la que el miedo no dejó crecer».

      Ana de Valle está en ‘stand by’ vital, a la espera, buscándose, como confiesa en un poema escrito a los 80 años: «Traspasada estoy/ por un puñal certero/ y todavía me espero… Qué importa el tiempo/ si cada día que pasa/ hay más luz dentro».

      Volvería a la burbuja familiar, a Bélgica, con una de sus hijas, donde fallecería en 1983. Su marido Eladio había muerto, en 1975, durante unas vacaciones en Llanes.

Desde la izquierda: Luis Antonio de Villena, Ana de Valle y Enrique Molina Campos.

Desde la izquierda: Luis Antonio de Villena, Ana de Valle y Enrique Molina Campos.

      Ana de Valle tiene dedicada una calle en Avilés, una placa en la casa donde vivió, un premio nacional de poesía que lleva su nombre y muchos homenajes. Su obra literaria es episodio aparte, como también aparte fue esta mujer de espíritu juvenil y tacón alto, de tan menuda apariencia física como mayúscula categoría humana.

      Soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi estatura, decía el gran Fernando Pessoa. Como anillo al dedo le queda eso a Ana de Valle.

 

 

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Casco Histórico de Avilés ¿Patrimonio de la Humanidad?
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Alberto del Río Legazpi | 22-08-2017 | 22:33| 0

Avilés que tiene gran calidad patrimonial ¿tendrá madurez, política y social, para intentar acceder a esta categoría mundial?

Hace unos veranos Armando Sirvent Palacio-Valdés, biznieto de Armando Palacio Valdés y residente en Copenhague, me envió un reportaje publicado, el 17 de Febrero de 2005, en el ‘Berlingske’, periódico danés, sobre Asturias y que terminaba tal que así: «Y Avilés, por donde mucha gente pasa de largo pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, tiene un centro de la ciudad que es un perla, y que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO»

El ‘Berlingske’ no es un diario cualquiera. Es un medio muy respetado, en Europa, por su rigor y seriedad informativa, aparte de ser uno de los diez periódicos más antiguos de mundo.

Y ésta, del Casco Histórico de Avilés como Patrimonio de la Humanidad, es una cuestión que, algunos, hemos planteado en el pasado.

Por ejemplo Carlos Ferrán Alfaro, arquitecto del Plan Especial del casco histórico avilesino, que había sido premiado anteriormente por su Plan Especial de reforma interior de Alcalá de Henares, ciudad que posterior­mente fue declarada por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’.

Ferrán, afirmaba que ‘en algunos aspectos, el casco histórico de Avilés tiene incluso más importancia que el de Oviedo’. Y argumentaba que la Villa avilesina estaría en condiciones de ser declarada, por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad, como Alcalá de Henares o Salamanca, porque ‘si bien Avilés no tiene tantos monumentos como estas dos ciudades, su núcleo histórico cuenta con mayor extensión y una mejor configuración’

Gran parte del casco antiguo de Avilés, está declarado desde 1955, por el Estado español, ‘Conjunto Histórico Artístico’, y de él siempre ha sido un admirador Federico Mayor Zaragoza, destacada personalidad internacional que, entre otras cosas, fue Director General de la UNESCO desde 1987 a 1999

En una su visita suya (en 2001) y durante una comida en Salinas, le preguntamos abiertamente sobre las posibilidades que tendría Avilés para acceder al máximo título internacional en materia patrimonial. Sorprendentemente afirmó que nuestras posibilidades no eran remotas, como muchos pensarán, exponiendo luego la filosofía que utilizaba UNESCO para la concesión de estos galardones.

De su explicación saqué en consecuencia que la opción de Avilés se aglutinaría, sobre todo, en torno a nuestra ‘ciudad barroca’: un conjunto, urbanísticamente articulado, de cuatro palacios, dos plazas y dos calles (Rivero y Galiana).Comida en la Calle El Bollo 2016 Avilés ©Foto Marieta

Por todo lo cual, vengo en dar a preguntar: ¿Porqué demonios no se plantean las autoridades locales ésta cuestión o sea el inicio de trámites -y las acciones necesarias- para solicitar, a la UNESCO, la candidatura de Avilés a ser Patrimonio de la Humanidad?

¿Qué tenemos que perder?

En la vida, en la política, una pizca de osadía puede tener consecuencias grandiosas. Ocurre pocas veces, pero ocurre. Aunque para eso, antes hay que atreverse, hay que dar la cara, hay que osar. O sea.

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Muralla de Avilés y sidra asturiana
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Alberto del Río Legazpi | 20-08-2017 | 18:13| 0

             De poco acá se viene mostrando un afán reivindicativo en cuanto a la resurrección, por así decir, de elementos arqueológicos  del pasado, tal es el caso de la muralla de Avilés.

             Recuerdo que en una conversación informal, hace poco más de diez años con Ignacio Ruíz de la Peña sobre las visitas guiadas que en Avilés hacíamos por el casco histórico, el recordado catedrático de la Universidad de Oviedo excelente conocedor del pasado medieval avilesino, se mostraba entusiasmado por el hecho de que participaran en ellas escolares de la ciudad. También era partidario, Nacho, de señalizar para conocimiento de toda la población el perímetro octogonal, decía, de la muralla de Avilés. E incluso de –si se daba la posibilidad urbanística– reconstruir fragmentos de la derruida cerca medieval.

Dibujo sobre teórica fragmento de muralla entre calles El Muelle y La Muralla.

Dibujo sobre teórico fragmento de muralla entre calles El Muelle y La Muralla.

             Alguien, en este caso la Asociación de Vecinos Pedro Menéndez, propuso esto último hace unos tres años y el Ayuntamiento parece que recogió el guante. Desde entonces el proyecto de recuperación sigue latiendo.

              Hubo un tiempo, en el siglo XXI, en que la única forma de ver la muralla levantada en el siglo XII y que el Ayuntamiento derribó en el siglo XIX, era ir a una sidrería de La Muralla, calle así llamada desde el siglo XX. Pido perdón al lector por este mareo secular y le advierto sobre las enigmáticas relaciones entre la fenecida muralla de piedra de Avilés y la sidra asturiana. Ojo.

            Hay que aclarar que lo que se veía en dicha sidrería eran restos perfectamente conservados de la cerca situados en el subsuelo del establecimiento y protegidos por vidrio blindado. El caso es que mientras echabas la sidra, mirabas hacia el vaso y veías, allá abajo, la muralla de Avilés. Algo milagroso este vistazo aéreo sin haber bebido ni un solo ‘culín’, aunque una vez se me mareó un amigo arqueólogo al que llevé a ver el hechizo. El local, actualmente cerrado era conocido como ‘Casa Moisés’ y llamo la atención sobre el nombre bíblico del propietario.

'Mirador' sobre la muralla, en el suelo de la Sidrería Moises.

‘Mirador’ sobre la muralla, en el suelo de la antigua Casa Moisés.

           Por otro lado es un hecho –viene en los libros de texto– que hace menos de mil años, pero más de novecientos, los reyes de Castilla concedieron un Fuero a Avilés que es hoy referencia histórica sobre la antigüedad de la villa avilesina y también de su progreso. Una medida de esto último es que antes del Fuero las casas se construían con arcilla y barro, después del Fuero con argamasa y piedra.

           La concesión real le procuró a la villa avilesina no solo una condición jurídica y económica de primer orden, es que además descendía a detalles puntuales como la hoy llamada defensa del consumidor. Me refiero a la clausula 27 del Fuero de Avilés que dice que «El hombre que venda sidra y use medidas falsas, al saberlo el Municipio envíe al merino a su casa, préndalo y rómpale las medidas una vez comparadas con las usadas por el Concejo. El estafador pague además cinco sueldos al merino».

           El Concejo (hoy Ayuntamiento) a cargo del merino (funcionario municipal) castigaba a quien jugase con las cosas del beber.

           Hablando de ellas recuerdo que La Parra, local actualmente cerrado, conservaba en su almacén pequeños tramos de la muralla. Me llevó allí mi amigo Isaac Martínez que conocía a los dueños del local y nos dejaron ver aquella reliquia arqueológica envuelta en cajas de sidra, algo patético. No lo era tanto el nombre bíblico de mi amigo.

Desde un edificio de la calle Ruiz-Gómez se puede ver, a la derecha de árbol y arbustos, una pared de colores pardo y rosa que ocultan el mayor lienzo ‘conservado’ de la muralla.

Desde un edificio de la calle Ruiz-Gómez se puede ver, a la derecha de árbol y arbustos, una pared de colores pardo y rosa (trasera de lo que fue Casa Angelín) que ocultan el mayor lienzo ‘conservado’ de la muralla.

           El edificio de la sidrería Angelín, que estuvo en la calle del Muelle hasta su cierre, está apoyado constructivamente en la muralla y su parte trasera (que hoy se puede ver desde un patio al que se accede por el edificio de servicios múltiples del Principado) es el mayor lienzo de la cerca medieval que se conserva, aunque disfrazado. Muchos iban a Casa Angelín porque tenía sidra muy buscada de las bodegas de Trabanco, cuyo nombre (bíblico) era Samuel.

           Casa Alvarín, es una sidrería situada en la calle Las Alas en los bajos de un edificio construido en el solar donde estuvo durante siglos el alcázar de la muralla medieval y al mando –de la sidrería por supuesto– de Ismael Rodríguez, nombre de acusadas resonancias bíblicas.

           No voy a seguir porque me estoy mareando. Pero por las razones aquí expuestas no hace falta ser persona espabilada para deducir que por misteriosas circunstancias dignas de un guión televisivo de Nic Pizzolatto, la muralla de Avilés pide y pidió sidra, ese oro claro é hirviente que decía Rubén Darío. Y luego está el hecho de todas esas sidrerías diseminadas por los lugares donde se asentó la cerca medieval, algo que puede dar lugar a enrevesadas cábalas históricas, religiosas y sociales que tan solo de pensarlo marean, a pesar de que la sidra ande por los cinco grados de alcohol.

           Tantos como puertas tuvo la muralla.

 

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Misteriosos enigmas en un convento de Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 14-08-2017 | 08:53| 0

          Esa iglesia de San Nicolás de Bari tan bien plantada hoy en el centro de la ciudad y que mira por un lado a la monumental y encantadora calle Galiana y por otro a ese plató de cine que es la calle San Francisco y también hacia el artístico Parche arquitectónico llamado  plaza de España. Esa iglesia que tiene a un costado un antiguo palacio, parada y fonda de reyes, reinas y príncipes, una tan interesada como cierta vocación hospitalaria que ha terminado por convertirlo en hotel, de cinco estrellas, claro. Esa iglesia, decía, fue durante cinco siglos (de 1384 a 1849) convento de los monjes franciscanos.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

          Avilés tuvo a lo largo de su historia (dejando aparte el complejo religioso de Raíces, al lado del castillo de Gauzón) tres conventos: el de las monjas bernardas que daba a la calle de San Bernardo hasta que fue derribado en 1868, el  de La Merced (monjes mercedarios) que estuvo plantado hasta 1895 en buena parte del terreno que hoy ocupa la iglesia nueva de Sabugo y el de San Francisco del Monte que acogía a los franciscanos y cuyo edificio se ha reconvertido en iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

          Este templo, de probado temple histórico, acumula importantes testimonios del pasado, a pesar de haber sufrido durante siglos mandobles ocasionados por terremotos inesperados o esperadas chapuzas e incendios cuando anda por el medio la condición humana.

          A pesar de eso conserva todavía una notable riqueza histórico–artística con un extenso catálogo bien datado excepto tres piezas cuyo origen sigue siendo un misterio.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

          Es el caso de un hermoso capitel corintio de mármol blanco –ejerciente hoy como pila bautismal del templo– cuyo origen es desconocido y cuya antigüedad se estima en 1.800 años. Unos se lo adjudican a un ciudadano romano llamado Abilius  que instaló sus reales por aquí y sobre el que descansa, según esos unos, el honor de haber dado nombre a Avilés (que según esta teoría viene derivado del tal  Abilius o Avilius). Lo que es seguro es que el capitel no es asturiano porque aquí no hay canteras de mármol blanco y a día de hoy sigue siendo un misterio el lugar de donde vino así como el por qué y para qué. Este asunto traía de cabeza al mismísimo Gaspar Melchor de Jovellanos que cada vez, de las pocas, que venía a Avilés acudía al convento a contemplar esta vistosa pieza pagana donde hoy se bautiza a los cristianos avilesinos.

El cancel del claustro.

El cancel del claustro.

          En segundo lugar, e incrustado en la pared del claustro de San Nicolás de Bari, hay otro enigma en forma de fragmento de cancel visigodo que hace sospechar que hubo un templo prerrománico anterior en este mismo lugar, uno de los dos a los que alude en su testamento el rey asturiano Alfonso III el Magno (848–910). Afirma Fermín Canella (1849–1924) que el cancel fue hallado en 1808 en el transcurso de unas obras en el convento. He aquí, perdida y hallada en el templo, una seña más del inexplorado DNI de Avilés, un desconocimiento que de acuerdo con Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’, debería resolver la Arqueología.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

          Tampoco se queda atrás, en lo que a misterio se refiere, un enigmático fresco de resonancias románicas hallado por el sacerdote e historiador Ángel Garralda, quien seguía tan de cerca las obras de reforma (por el solicitada en 1960) en el antiguo convento que descubrió varios elementos de los que no se tenían constancia. Por ejemplo al descascarillar los obreros una pared observó lo que parecía un figura dibujada de la misma, se ralentizó el raspado del muro y fue apareciendo un fresco que ocasionó el asombro de historiador y operarios; era una Última Cena que el estudioso Magín Berenguer (1918–2000) calificaría como «del siglo XIII y de muy buena mano artística» aunque se ignora casi todo de ella, autor incluido. El artista avilesino Cástor González (1913–2001) calcó el dibujo aparecido en su integridad y su reproducción se conserva en la parroquia.

          Son tres casos envueltos en ese misterio que sigue oculto en el interior del enigma existente sobre la fundación de Avilés.

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La plaza de las Siete Calles
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Alberto del Río Legazpi | 06-08-2017 | 17:04| 0

La plaza de España actúa como repartidor de buena parte de las calles del casco antiguo de la histórica villa asturiana.

          Los que saben la anécdota suelen contar que esta plaza, pequeña Puerta del Sol avilesina, es también conocida como El Parche porque en 1893 a la corporación municipal de entonces le dio por modernizar parte del suelo empedrado de la misma echando una capa de cemento Portland (una novedad entonces) que favoreciera tanto el pisar de peatones (especialmente de señoras ‘entaconadas’) como el asiento firme de las sillas de los músicos de la banda municipal que delante del Ayuntamiento ofrecía conciertos matinales los domingos y fiestas de guardar. Al personal que suele ser muy suyo para según qué cosas esto tan funcional del terreno alisado le pareció una cataplasma, un pegote y, en fin, un parche. Y Parche le quedó a la plaza, aunque hoy para la mayoría de la población avilesina no sea este un término sinónimo de algo degenerativo sino regenerativo y más aún, oiga, de plaza monumental.

Foto Nardo Villaboy en el libro 'Asturias desde el aire.'

Foto Nardo Villaboy en el libro ‘Asturias desde el aire.’

          Entre las virtudes –muchas de ellas cantadas y contadas en estos episodios– que tiene es que aparte de su singularidad histórico-artística o de ser el kilómetro cero de Avilés y también corazón de su casco histórico, es que es un excepcional repartidor de vías urbanas, pues nada menos que siete calles nacen aquí y seis de ellas están entre las más importantes de la ciudad.

          Las hay de casi todas las épocas y para todos los gustos. Por orden cronológico habría que citar primero a las de origen medieval, o sea La Fruta, La Ferrería y Las Alas. Las dos primeras fueron calles principales dentro del recinto amurallado y de su importancia da cuenta el hecho de que contaban con una puerta, de las cinco que tenía la muralla de Avilés.

Inicio calles Ferrería, al fondo, y Las Alas a la derecha.

Inicio calles Ferrería, al fondo, y Las Alas a la derecha.

          La Fruta a lo largo de la historia llevó también los nombres de  Cimadevilla, Rua Nueva/calle Oscura (cuando estuvo dividida en dos) y Suárez–Inclán. La Ferrería la calle más importante del Avilés medieval respondió también a los nombres de Calle Mayor, San Nicolás, La Herrería y Marqués de Pinar del Río. Menos importancia tuvo Las Alas que durante siglos fue calleja (llamada de Moclín) antes que calle.

          Es en el siglo XVII cuando comienza a nacer la plaza actual (hasta entonces lugar arbolado con cuatro casas llamado Plaza de Fuera de la Villa) al construir allí tres palacios (el Ferrera, el municipal o Ayuntamiento y el de García Pumarino luego Llano–Ponte). Tal urbanización trajo consigo también la de los arrabales, surgiendo las porticadas calles de Rivero y Galiana que paliaron la escasez de viviendas que había dentro del recinto amurallado. Con el tiempo surgiría San Francisco una calle de cine, y si no que lo pregunten Woody Allen o a José Luis Garci, que es actual enlace de la plaza de España con Galiana.

Calle San Francisco.

Calle San Francisco.

          Rivero, San Francisco y Galiana son calles espectaculares con zonas soportaladas que causan el asombro entre los viajeros que cada vez en mayor número nos visitan por lo que no es extraño que estén bien surtidas de locales hosteleros. A Rivero nunca la cambiaron el nombre cosa que no ocurrió con Galiana que durante 27 años llevó el de Palacio Valdés. La de San Francisco fue anteriormente llamada calle de La Canal y luego General Lucuce.

          Las dos calles restantes, de las siete que parten de la plaza, son las más modernas en cuanto a su urbanización. Por ejemplo La Cámara que cruza buena parte del centro de Avilés actuando de eje comercial de la ciudad es calle que en sus 760 metros de longitud baja, llanea (justo a la altura de la plaza del mercado a la que llamo Plaza de los Siete Nombres porque por tal cantidad de términos ha sido conocida), sube y vuelve a descender hasta terminar muy cerca del actual poblado de pescadores. Esta calle llevó también los nombres de García San Miguel, José Manuel Pedregal y Generalísimo Franco.

Calles La Cámara, a la izquierda, y La Fruta.

Calles La Cámara, a la izquierda, y La Fruta.

          La de Ruiz–Gómez (popularmente conocida como calle La Cárcel por haber estado allí tiempo atrás la cárcel del partido judicial de Avilés) comunica en línea recta la plaza de España  (arquitectura barroca del siglo XVII) con el Centro Niemeyer (arquitectura vanguardista del siglo XX) plantada hace muy poco en la margen derecha del estuario avilesino y al que se llega, andando desde la plaza de las siete calles, en menos de diez minutos.

          Aparte de esto de las siete calles, también tenemos otras cosas en común con Bilbao, como el haber sido ambas ciudades capitales siderúrgicas, tener una ría tan elegante como importante y también un centro cultural de nombre extranjero con programación de proyección internacional. Aunque el de ellos no lo frenó nadie.

          Carpe diem.

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Walt Whitman y José Martí, poetas americanos en Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 30-07-2017 | 10:23| 0

Dos grandes poetas americanos, el estadounidense Walt Whitman y el cubano José Martí, están homenajeados en Avilés.

 

            Hay en una esquina en Avilés peatonalmente homicida, presuntamente al menos. Desnuda de edificaciones, sus aristas de cemento son una terrorífica solución de remate urbanístico para el peatón que ha de gestionar un caos de escalones desiguales en alto y ancho.

'Celebración' de Ignacio Bernardo.

‘Celebración’ de Ignacio Bernardo.

            La esquina se forma por la conjunción de tres vías urbanas: calles de Doctor Graiño y Jardines con la avenida Fernández Balsera. En la acera de la esquina en cuestión, con descarada forma de puñal veneciano, no son pocas las caídas de todo tipo, abundando la torcedura tobillera. Lo extraño, es un decir, es que sin embargo la gente no caiga en unos versos, que andan por allí, del norteamericano Walt Whitman. Titulados ‘Canto a uno mismo’ los transcribo «Me celebro a mi mismo / Cuanto asumo tú asumirás / porque cada átomo que me pertenece / te pertenece también a ti».

            Son del libro ‘Hojas de hierba’, por muchos considerado una obra maestra. En Avilés se pueden leer esos versos desde el verano de 2006 pues están grabados en una placa anclada en el paredón que forma parte de la desquiciada esquina y que soporta la peana de una original escultura que tiene luz las 24 horas del día, pues cuando le falta la del sol la suple la eléctrica, que lleva luciendo en Avilés desde que un indiano cubano nacido en la calle La Ferrería –y devenido en marqués de Pinar del Río por el rey de España Alfonso XIII– le regaló una ‘Fábrica de Luz’ a su ciudad natal a finales del siglo XIX.

            Porque es justo en la noche con la eléctrica, cuando la escultura más destaca por su luz, respondiendo así a la intención de su creador que es el artista avilesino Ignacio Bernardo.

Atardecer en plaza José Martí. Avilés.

Atardecer en plaza José Martí. Avilés.

            Su obra está colocada en la esquina de la que venimos hablando y es el único elemento que la ennoblece. La escultura adopta una forma cilíndrica de 7 metros de altura y el material utilizado en su realización es acero fundido con un interior de pintura reflectante pues la pieza (cuenta con iluminación exterior e interior) sugiere una llama que luce en la noche de la ciudad al pie del parque de Las Meanas y que viene a simbolizar la alegría de vivir. De ahí la cita poética, que luce la estatua, del exuberante Walt Whitman (1819-1892) aquel que dejó escrito haber sido poeta, enfermero voluntario, ensayista, periodista y humanista declarado.

          En una publicación de la Universidad de Oviedo, de 2011, cuya autora es Elisa Pérez Pando titulada ‘Arte público en Avilés’, se describe la compleja realización técnica de esta obra que le encargó, a Ignacio Bernardo, una empresa constructora local.

          Y dejamos al norteamericano Walt Whitman, aquel cuya voz corrió como el viento que lo removió todo,  alumbrando con sus versos el bosque ciudadano de Las Meanas y nos vamos al encuentro de un gran poeta cubano a quien Avilés rinde homenaje casi al otro extremo de la ciudad. Caminando por la calle Doctor Graiño subimos por el lugar por donde estuvo la medieval fuente de La Cámara y que hoy es calle que ejerce de eje comercial de la ciudad. Atravesando la monumental plaza de España (donde estuvo el fan de Whitman, Federico García Lorca, en septiembre de 1932, dirigiendo a su grupo teatral La Barraca) nos introducimos  en ese túnel del tiempo de lanzas y murallas que es la calle La Ferrería. Doblando por la ella hay un original espacio urbano convertido en plaza, dominado por un bosque artístico de murales (titulados ‘Pasionarias’ y ‘Cubavilés’) obra del artista, también avilesino, Ramón Rodríguez y que es episodio aparte.

Walt Withman

Walt Whitman

            Es plaza joven en el antiguo casco de Avilés y lleva el nombre de José Martí según consta en la placa colocada en la parte trasera de un edificio de 1845, que fue cárcel del partido judicial de Avilés y hoy es oficina municipal de turismo. Un busto del poeta cubano colocado sobre peana viene a certificar visualmente de quien es la plaza.

 

          La figura de José Martí (1853–1895) coetáneo del modernismo, destaca por su relieve político y literario. Cuando Isabel Allende, embajadora de Cuba en España,  visitó la plaza en 2003 me reconvino «que antes que nada Martí era el padre de la patria cubana» en respuesta a mi comentario de que el homenaje avilesino dándole una plaza a Martí estaba más en la faceta literaria del prócer cubano, y sobre todo en algunos de sus ‘Versos sencillos’. Valiéndose de ellos el compositor avilesino Julián Orbón, residente en La Habana, compuso la versión más popular de la canción ‘Guantanamera’, que pasa por ser una de las más universales en lengua castellana. Con decir que hasta aparece, como música de fondo, en una secuencia de la película El Padrino 2, de Francis Ford Coppola, está todo dicho. Detalle éste que sorprendió, gestualmente, a Isabel Allende.

José Martí.

José Martí.

          «…Mi verso es de un verde claro/ y de un carmín encendido/ mi verso es un ciervo herido/ que busca en el monte amparo/ Guantamera, guajira guantamera…».

            El busto de José Martí en su plaza del casco histórico y los versos de Walt Whitman en el parque de Las Meanas son santo y seña de la poesía americana en Avilés. Y en Asturias.

            Y no sigo.

 

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Quevedo, Cronista Oficial de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 23-07-2017 | 10:30| 0

            Puede leerse, en alguna de las muchas antologías de literatura española, aquel trueno de verso que dejó escrito Francisco de Quevedo para decirle al mundo que «Parióme adrede mi madre, / ¡ojalá no me pariera!, / aunque estaba cuando me hizo, / de gorja naturaleza. / Dos maravedís de luna/ alumbraban a la tierra, /que por ser yo el que nacía, o quiso que un cuarto fuera. / Nací tarde, porque el sol/ tuvo de verme vergüenza, / en una noche templada/ entre clara y entre yema (…)».
            También puede leerse en LA VOZ DE AVILÉS del  17 de agosto de 1927 una humorística semblanza sobre un Quevedo avilesino que dice: «Cual Francisco de Quevedo, es poeta y humorista / que domina guapamente el castellano / y supera en donosura de bablista / al Quevedo, su pariente más cercano. / Quien le vea con bufanda no se asombre / pues el vate es de tal modo friolero / que en el mes señalado en su nombre / estornuda de igual suerte que en enero. / Pasa el día entero escribe que te escribe / ya coplas o ya números con verdadero afán. / Tiene las gafas gordas y el habla delgadina, / nunca queda fartuco de estivas romerías / y siempre saca en verso alguna rapacina (…)».22-quevedo-sentado-en-un-prao

            Y si una de las figuras más importantes de la literatura española como era Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (Madrid, 1580–Villanueva de los Infantes, 1645) mudó su nombre a Francisco de Quevedo, a secas, también Julio García Fernández–Quevedo (Madrid 1877–Avilés, 1957) quedó en Julio García Quevedo y más tarde adelgazó a Julio G. Quevedo hasta dar en Y***, que tal parece la raspa de un pescado, pero que es pseudónimo con el que firmó muchos de sus escritos.

            Julio fue uno de los hijos del matrimonio formado por María Fernández–Quevedo González –Llanos y el médico Julio García Zabala, residentes en Madrid y que al poco de su nacimiento se trasladó a vivir a Avilés. Por cierto, no quiero que se me escape, que Paquita hija también de este matrimonio, y por tanto hermana de Julio, sería años después ‘pretendida’ por Leopoldo Alas. Y dicen, quienes de ello saben, que faltó el canto de un duro para que ‘Clarín’ cambiara Avilés por Vetusta.

            Estudió, Julio, primero en el Colegio de La Merced y luego en la Escuela de Comercio para optar a un puesto en la Compañía Arrendataria de Tabacos. A punto de hacerse con él, en 1896, le ofrecieron un trabajo –que acepta sin dudar pues significaba quedarse en Avilés– en la administración del Sindicato Minero, organismo adjunto al puerto de Avilés, fundado y dirigido por Carlos Larrañaga, que tenía sus oficinas en San Juan de Nieva y que más tarde se integraría en la Junta de Obras del Puerto (actual Autoridad Portuaria) donde trabajaría García Quevedo más de medio siglo. Al jubilarse lo hizo, según tiene escrito Venancio Ovies, como Comisario de Muelles.

Calle Rivero.

Calle Rivero.

            Esa fue la vida laboral de este escritor, que se casó en 1906 con Higinia  Suárez–Puerta Rodríguez –matrimonio que no tuvo descendencia– y que vivió en la calle Rivero.

            Lo literario fue algo que, a Julio, le inculcaron desde niño dos personas cercanas como  Bonifacio de las Alas Sabugo, más conocido como ‘Carbayedos’, pero sobre todo su tío José Fernández–Quevedo (Ferroñes, 1850–Oviedo, 1911) que tal era el nombre oficial del celebrado poeta Pepín Quevedo quien aparte de haber sido un histórico Secretario General de la Universidad de Oviedo es uno de los más destacados poetas en asturiano, hasta el punto de que el mismísimo Rubén Darío –que chifló con el bable cuando Pérez de Ayala lo convenció para que viniera a veranear a la desembocadura del Nalón– señala a Pepín como «el aedo (cantor épico) del humorismo y gracia de la poesía asturiana».

            Con tales enseñantes Julio G. Quevedo comenzó escribiendo de niño y ya no paró. A lo largo de su vida utilizó, generalmente, el bable para tratar temas humorísticos y festivos; para sus trabajos en prosa, manejó el castellano.

            No tiene publicado ningún libro. Su obra está dispersa y hay que buscarla en revistas y periódicos, fundamentalmente en LA VOZ DE AVILÉS donde tuvo varias secciones fijas entre las que destacan ‘Dominguerías’ en las que resumía la semana o ‘Quisicosas’ donde ejercía una crítica de espectáculos incluida la cinematográfica, entonces naciente como ese mismo arte, donde encontramos a un escritor muy suelto y desenfadado.22-quevedo-foto-clasica-menos-clara

            Una muestra de su estilo mordaz está, por ejemplo, en un poema leído durante un homenaje a su amigo Marcos del Torniello: «Un poeta ye un babayo, un pelegrin sin cascares que tien el corazón como mantega, que non puede ver llastimes, que cuando sal la luna, y les  estrelles sobre el negro del cielo hechen guella­des, olvidase de todo, de la muyer, los fios y los padres enfilando n’el auto cuatro copies mientres que pierde por manguán les fabes».

            El 6 de agosto de 1943 el Ayuntamiento nombra, a propuesta de  Junta de Monumentos Históricos y Artísticos de Oviedo, a Julio García de Quevedo (sic) Cronista Oficial de Avilés. Antes de producirse la votación para el nombramiento se ausentó (está reflejado en el acta) el alcalde Román Suarez–Puerta Rodríguez –cuñado del escritor (esto lo reflejo yo)– reintegrándose nuevamente al salón de plenos cuando terminó de debatirse este asunto.

            Julio G. Quevedo pasó a ocupar tal cargo honorífico vacante desde la muerte, el 4 de noviembre de 1942, del primer cronista oficial que tuvo Avilés y que fue el sacerdote José Fernández, cuyo nombre lleva una tan céntrica, como mínima en longitud, calle de Avilés que une las de Pedregal y López–Ocaña (termino antes diciendo que es la calle donde está, entre otros negocios, el ‘My Friend’ una de las cafeterías más frecuentadas de Avilés). Volviendo a García Quevedo decir que conservó el título de Cronista hasta su muerte ocurrida el 30 de enero de 1957 y desde tal fecha volvió a permanecer vacante dicho título hasta el 21 de marzo de 1991 en el que fue nombrado Justo Ureña para ocuparlo.

            Así que «Lector: si no tienes una pena muy grande sobre el corazón, que te impida hacerlo, manipula con la alegría (…) Hora que marcha no vuelve, aprovéchalas. Fíjate como los carniceros están gordos y rollizos. Estudia el porqué (…) Goza honestamente de la vida; a su fin tanto han de darte por haber reído como por haber llorado».

            Tales cosas quevedescas dejó escritas Julio García Fernández–Quevedo.22-quevedo-la-voz-de-aviles-bis

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta