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Los hermanos Espolita, pintores
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Alberto del Río Legazpi | 21-03-2017 | 06:14| 0

            Mientras daba las últimas pinceladas, toques maestros, el pintor levantaba la vista del lienzo dirigiéndola hacia el abogado Justo Ureña, quien a su lado contemplaba ensimismado el final del proceso creativo de aquella marina de la playa del Cuerno de Salinas, preguntándole con un hilo de voz:

'Avilés nevada'. Gonzalo Espolita.

            –Chacho ¿quedará mejor así?…

              Lo contaba Justo hablando de una de sus muchas visitas a Gonzalo Pérez Espolita. Justo Ureña Hevia, recordado Cronista Oficial de la Villa, también pintaba e iba ‘a aprender’ a la fuente clara, o sea al estudio que Espolita tenía en su domicilio de la calle San Francisco, donde vivía con su esposa María Olvido García Menéndez (con quien se había casado el 9 marzo de 1943) y sus dos hijos.

              Gonzalo Pérez Espolita era el benjamín de cinco hermanos, hijos del matrimonio formado por Juan Pérez (oriundo de Sabugo) y Joaquina Espolita (de Valduno, concejo de Las Regueras). Establecieron su domicilio en la plaza Álvarez Acebal, donde nacieron sus cinco hijos: Ramón, Juan de la Cruz, Paulina, José María y Gonzalo.

            El apellido materno (Espolita) era de procedencia italiana (Spolita, de Génova parece ser) y fue utilizado por sus hijos, al menos por los dos que se dedicaron por completo a las artes plásticas (Gonzalo y Juan de la Cruz); aunque los otros (con la excepción de Paulina) dejaron algunas muestras de sus dotes en la materia. Una saga artística local parecida, aunque en tono menor, a la de los Hermanos Soria (ver LA VOZ DE AVILÉS del 17 febrero de 2013 ‘La insólita factoría cultural familiar de los Soria’).

              Del mayor, Ramón Pérez Espolita (1890-1969), que se ganó la vida como  oficial de notaría en Avilés se pueden ver magníficos dibujos a lápiz en el Hotel Ferrera, formando parte de la excelente colección que de pintores locales tiene este establecimiento, donde la más numerosa (láminas de Ramón y José, doce óleos de Juan y veintiocho de Gonzalo) es la de los hermanos Espolita o Spolita.

Juan P. Espolita (1894-1960).

          Juan de la Cruz Pérez Espolita (1894-1960) se dedicó plenamente, al igual que su hermano Gonzalo, a la pintura. Ambos realizaron juntos estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, hay que decir que con el apoyo económico de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés, entidad cultural privada que es un episodio aparte. Hay coincidencia de opiniones en la brillantez de este pintor que se centró exclusivamente en temática avilesina. Como su hermano, Gonzalo, acudió a pocas exposiciones pero en una de ellas (de artistas asturianos en Madrid) organizada por el diario ‘El Heraldo’, le tengo leído al crítico Villa Pastur que uno de sus cuadros (un paisaje de Miranda) arrancó grandes elogios del escritor Ramón María del Valle Inclán. Corta vida como pintor tuvo Juan que atravesó por graves problemas mentales que obligaron a internarlo, durante años, en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo.

            José María Pérez Espolita (1895- 1934) fue el cuarto hermano, después de Paulina, y de él hay pocos conocimientos a pesar de que por algunos testimonios se sabe que estaba muy bien dotado para el arte. Pero su legado artístico es muy corto, un óleo, algunos bocetos, apuntes y dibujos de modelos en escayola.

Gonzalo P. Espolita (1901-1966)

            Gonzalo Pérez Espolita (1901-1966). Es el más famoso de esta familia y será tratado en episodio aparte. Vivió plenamente dedicado a la pintura reflejando multitud de rincones de Avilés y alrededores por lo que muchos lo consideran como ‘el pintor tradicional de Avilés’. Sus cotizados, al menos hace años, cuadros cuelgan en bastantes hogares de su ciudad, pero lo que es desconocido por mucha gente es su obra religiosa expuesta en tres iglesias: San Nicolás de Bari (iglesia y sacristía), San Antonio (los murales laterales del altar) y la decoración del templo Sagrado Corazón de Villalegre, deteriorada por la humedad del edificio.

            Gonzalo fue un pintor muy popular en Avilés y su fama ‘tiró’ por sus hermanos, tanto que desde 1985 una calle de la zona alta de la ciudad está dedicada a los Hermanos Espolita. ¡Velay!

 

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Soportales a la carta
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Alberto del Río Legazpi | 12-03-2017 | 11:41| 0

Los pórticos avilesinos conforman un paisaje urbano impactante, un panorama mágico, del que muy pocas ciudades pueden presumir.

            Escritores de todo tipo –aparte de Palacio Valdés que es como de casa– aluden, como hizo Luigi Salandra en 1797, a los soportales de aquel «pueblo que está al fondo de una ría y tiene una gran calle en cuesta, toda con soportales (cordonata coperta). Hay varios palacios, algunos magníficos, un gran convento y una iglesia antiquísima muy interesante. De Avilés es uno de los conquistadores de América» informa el italiano.

            El escritor Antonio J. Onieva (1886-1977) recomienda que «para darse cuenta de la belleza típica de Avilés, deben recorrerse la calle de Galiana, el Rivero y la Herrería, con sus curiosos soportales, que le prestan un carácter ancestral de sumo interés».

(Foto: Luis Alfonso del Río Legazpi)

            Aurelio de Llano (1868–1936) considera a los soportales avilesinos como «seña de identidad de la villa». Y no sigo porque en el fondo casi todas las citas coinciden en el soportal como símbolo arquitectónico insoslayable de Avilés.

            Una marca urbana perdurable a través de los siglos. Unidos todos pasan de tres kilómetros de longitud. Los anteriores al siglo XIX suman 900 metros y los del XIX y principios del XX casi llegan a 600 m. El resto se construyó, no sé si por tradición si por negocio inmobiliario, en la segunda mitad del XX.

            Los hay a la carta, de todas las clases y para todos los gustos. Están los largos y majestuosos del palacio municipal y los cortos del de Llano Ponte, cine Marta y María hasta hace poco. Los de San Francisco son tan espectaculares como los edificios de los que forman parte. En la plaza del Mercado están conformados por elegantes columnas de hierro fundido y una destacada labor de rejería.

            Pero son los más antiguos los que tienen un hechizo especialmente apreciable en determinadas condiciones horarias y meteorológicas. Por ejemplo los de la plaza de España (o El Parche) exigen estar bañados por el sol veraniego que cambiante en su recorrido va ofreciendo una visión espectacular del perímetro porticado.

            Los de La Ferrería y Sabugo adquieren de noche un tono conmovedor y tienen su ración de misterio con la calle mojada. Los de Galiana son caso aparte, pues contemplados en su inicio (desde la plaza Álvarez Acebal) componen una galería serpenteante de 252 metros que se pierde a la vista; en invierno, cuando el sol sesgado los riega, se produce un embrujo visual mágico.

            Tiran a paisaje urbano de película. «¡Son de cine porque en el teatro no caben! ¡coño!» me dijo Fernando Fernán Gómez, pasando del genio al mal genio mientras paseábamos por Rivero un día del invierno del 82.

            En cualquier caso son la sal arquitectónica de Avilés. Su gracia.

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Avilés, una historia de cien mil años
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Alberto del Río Legazpi | 05-03-2017 | 18:28| 0

Se cumplen diez años del hallazgo de muestras prehistóricas en pleno centro de Avilés, a menos de 100 metros del Ayuntamiento de la ciudad, toda una historia de la prehistoria.

          Hay gente que cree que la prehistoria es una especie de carrito de supermercado cargado de muñecos de los Picapiedra y videojuegos de dinosaurios.

          Los años que nos separan de aquellos tiempos, son miles, millones; están tan condenadamente lejos que es difícil hacerse una idea. Hay aproximaciones ficcionadas que nos llegan por alguna película tipo ‘Parque jurásico’ de Steven Spielberg y no muchas más, pues la Prehistoria –término empleado para definir el periodo de la historia transcurrido desde el inicio del proceso de la evolución humana hasta la aparición de testimonios escritos– es uno de los temas menos representados en el cine de ficción.

Marcado con una X el edificio de la calle La Cámara en cuyo solar tuvo lugar el prehistórico hallazgo.

          Pero dejémonos de películas y pasemos a la realidad que supone el hecho de que en este mes de marzo se cumplen diez años de un descubrimiento fundamental para esta tierra llamada Avilés que poblamos, enriquecemos, gozamos y maltratamos.

          Fue en marzo de 2007 cuando el equipo de la arqueóloga Cristina Arca Migueláñez fue contratado para cumplir con la ley de Patrimonio que obliga cuando se edifica un solar en casco urbano y sobre toda en zona de asentamiento histórico, como el caso de Avilés, investigar el suelo del mismo.

          Ocurrió que al vaciar (solo quedó en pie la fachada original de 1920) el edificio en cuestión, situado en la calle de La Cámara, para adecuarlo a nuevas viviendas, y habiendo quedado por tanto descubierto el solar para iniciar la obra de reconstrucción, se pusieron la investigadora mierense y su equipo a la tarea de excavar el terreno en cuestión siendo premiados con una lotería arqueológica consistente en piezas prehistóricas de una antigüedad 100.000 mil años. Cifra, para estos lares, de quitar el hipo.

          Desde entonces la prehistoria en Avilés–centro urbano está domiciliada en el solar donde se levanta el edificio número 5 de la calle de La Cámara.

          En dicho terreno, de 242 metros cuadrados, y a muy poca profundidad, se hallaron 19 piezas del Paleolítico (asócienlo a Edad de Piedra). Eran hachas bifaces (o sea talladas por ambos lados de la piedra), lascas y núcleos (trozos bastos de piedra), todos ellos herramientas asociadas a la caza.

          Este hallazgo no es que sea algo extraordinario en Asturias pero es descomunal en el centro urbano de Avilés y más si está ‘arrimado’ a su casco antiguo buena parte del cual está declarado Conjunto Histórico Artístico desde 1955.

          El resultado del descubrimiento lo plasmó Cristina Arca en un informe, a la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, acompañado de un estudio geológico dirigido por el profesor universitario Germán Flor que determinó que el edificio donde aparecieron los restos prehistóricos, se levantó sobre una terraza fluvial que vendría de Miranda, parroquia de la zona alta de Avilés. Las piezas encontradas se guardan en el Museo Arqueológico de Asturias.

          De campañas arqueológicas programadas está muy necesitado el casco histórico avilesino para seguir buceando en un pasado que ahora se antoja inmenso, mucho, muchísimo más allá de los tiempos medievales de los que conservamos signos palpables en forma de iglesias (San Antonio de Padua, San Nicolás de Bari, Santo Tomás de Canterbury) palacio (Valdecarzana) y capilla (Las Alas).

          Y de repente los orígenes de Avilés han pegado un salto inmenso hacia atrás en el tiempo llenando parte de un vacío con las evidencias ciertas que suponen esas piezas prehistóricas halladas en La Cámara. Los tiempos de poblamiento de lo que hoy es Avilés han retrocedido meteóricamente.

          En todas las edades históricas los animales han mirado al cielo. Y los racionales tan fascinados quedaron por la inmensidad del espacio galáctico que establecieron paraísos en él. Si eres bueno vas al cielo.

          Pero de poco tiempo acá hemos dejado de mirar a las estrellas y estamos construyendo un mundo virtual que ha conseguido agilipollarnos a pasos agigantados y en vez de atender a la exhibición celeste y ovacionar el maravilloso espectáculo –libre de impuestos– que hay allá arriba, ahora miramos hacia abajo encorvándonos sobre pantallas cada vez más pequeñas –de pago obligado y obligada cobertura– tan diminutas que nos caben no ya en un bolsillo sino en la esfera de un reloj de muñeca, donde se pueden ver dinosaurios de película dándose cera de lo lindo pues esa es la visión estándar que tenemos de los tiempos paleolíticos.

          Ahora sabemos que Avilés estaba poblada mucho antes de lo que creíamos merced al hallazgo de herramientas de piedra talladas por manos humanas, hace 100.000 años, en la moderna calle La Cámara, tan abundante ella en ópticas o en perfumerías y que de golpe se ha convertido en paleolítica.

          Por tanto Avilés no es antigua ¡es antiquísima! Demostrado ha quedado que somos más arcaicos, más viejos. Más prehistóricos.

 

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El renacimiento de Adolfo de Soignie
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Alberto del Río Legazpi | 26-02-2017 | 10:54| 0

Nacido en Bélgica desarrolló su labor en España siendo un hombre clave en la industrialización de Avilés y de Asturias.

            Él vino en un barco de nombre extranjero que zarpó de Amberes el mes de septiembre de 1838 con destino a Asturias.

            Desembarcó en Avilés la ‘víspera del Cristo de Candás’, como dejó escrito en un manuscrito encontrado hace poco por su descendiente, la avilesina Mercedes De Soignie, que se empeñó en sacar a flote vida y obra de su tatarabuelo –el ciudadano belga Adolphe Desoignie– consiguiendo trasladarla con éxito al libro titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’. Algo que la historia avilesina y asturiana le agradecerán.

            El ingeniero Adolphe Desoignie Silez nacido en 1816 cerca de Mons en la región valona de Bélgica, de familia humilde, logró cursar la carrera de ingeniero en Lieja donde comenzó a trabajar con tanto éxito que su patrón, Adolphe Lesoinne, le ofreció la dirección de un complejo minero que tenía en el norte de España. Y Adolphe se embarcó para Avilés. Quizá haya que hablar de regreso ya que sus abuelos maternos fueron aragoneses emigrantes en Bélgica.

            El yacimiento explotado por la Real Compañía Asturiana de Minas, nombre de la empresa de Lesoinne en Arnao (Castrillón), marcó época y Soignie tuvo mucho que ver con que fuera pionera tanto en la industrialización de Asturias, y de Avilés en particular, como en la extracción vertical y submarina de carbón.

            El castillete (un clásico de la minería española) hoy con un abrigo de zinc, es el buque insignia del actual Museo de la Mina de Arnao y su silueta se recorta triunfante en el horizonte de la costa central de Asturias.

            Que Adolphe Desoignie había venido para quedarse comenzó a quedar claro cuando se casó, en 1849, con Matilde de las Alas Pumariño estableciendo su domicilio en la [hoy] calle de La Estación donde nacieron los diez hijos del matrimonio. Y el Adolphe belga se disolvió en el Adolfo español y su primer apellido, Desoignie, se divorció quedando a la moda en De Soignie, que algunos hasta convirtieron en Desuañí.

            Después de diecisiete años abandonó, con amargura, la Real Compañía por divergencias con la empresa metiéndose de lleno en otros proyectos de ámbito regional relacionados con la minería y el ferrocarril. En el interregno fue reclamado por el Ayuntamiento de Avilés donde también haría historia.

            En los libros de Actas municipales, que van de 1860 a 1867, constan los proyectos, algunos revolucionarios, del ingeniero (el primero con ese título en la historia municipal avilesina) Adolfo De Soignie.

            De su labor municipal destaco la modernización, por ejemplo del Avilés urbano, al ‘inventar’ las aceras con un proyecto redactado el 17 de enero de 1861 para la construcción de bordes peatonales en aquellas calles de la Villa que tuvieran el suficiente ancho que las justificase. Ahí empezó la adecuación de Avilés a las normas viarias de las ciudades más modernas de España.

Adolfo De Soignie en foto tomada en 1896.

             Se atrevió a ponerle el cascabel al gato de los sillares carcomidos de las columnas del Ayuntamiento, edificio inaugurado en 1677 y por tanto con cimientos de mírame y no me toques que temblequeaba. Soignie lo puso firme.

            Diseñó, en 1861, una nueva plaza (popularmente conocida como la ‘del Pescado’) hoy muy frecuentada por ser punto céntrico del acceso peatonal a la margen derecha de la Ría.

            Y luego está lo de meter el agua en casa a los avilesinos. Comenzó el 5 de septiembre de 1863 cuando expuso públicamente la planificación de una nueva red de abastecimiento de aguas que sustituiría las frágiles cañerías de barro por otras de hierro. Fue una de las obras públicas más señaladas de la historia avilesina, ejecutada en 1865 bajo su dirección, con el feliz resultado de que a partir de entonces el agua empezó subir a bastantes  viviendas de la ciudad naciendo así los cuartos de baño. Aquello fue la repanocha higiénica. Un hito social.

            Se integró, el ingeniero Adolfo de Soignie, en la vida social de Avilés, siendo un importante miembro de la Sociedad Artística local. Y hoy figura junto a Cástor Álvarez, Estanislao Sánchez-Calvo y Galo Somines entre otros, todos ellos impulsores del primer periódico de la historia avilesina: ‘El Eco de Avilés’, proyecto dirigido y ejecutado por el tipógrafo ovetense Antonio María Pruneda, el Gutemberg local, en su imprenta de la plaza de Carlos Lobo.

            De Soignie aparece por cualquier latitud pues también es notorio su protagonismo en el nacimiento y desarrollo de Salinas que fue posible en gran medida merced a la implicación, de una y otra forma, de directivos de la Real Compañía Asturiana: Soignie, Hauzeur, Ferrer, Acha, Riera, Laloux,  Sitges o Treillard.

            Falleció en 1898 dejando obra escrita sobre puertos marítimos, vías férreas y emigración. Su nombre ha quedado ligado históricamente a la mina de Arnao, al Ayuntamiento de Avilés y a una selecta lista de profesionales europeos (Schulz, Tartiere y otros) que tuvieron un protagonismo crucial en la industrialización asturiana del siglo XIX.

            Hay coincidencia en que De Soignie fue persona intachable, de carácter muy suyo y trabajador infatigable. Acertó el Gobierno de España condecorándolo con la Cruz de Carlos III. Luego está su faceta diplomática, pues resulta que fue nombrado cónsul de Bélgica por la reina Isabel II de España ¿Qué mejor embajador de Bélgica en Avilés que este avilesino de Bélgica?

            Ha renacido Adolfo De Soignie Silez figura clave en la industrialización asturiana y hoy ya sabemos más que ayer sobre nuestro antes de ayer. 

 

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El Camino de Santiago traspasa el casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 19-02-2017 | 11:26| 0

            Hubo una vez un reino de Asturias, cuando aún éramos más grandones que ahora, que ocupaba toda la cornisa cantábrica.

            Uno de los reyes asturianos, de nombre Alfonso II, mandó construir una iglesia ‘de porte asturiano’ allá cerca del fin del mundo –lo que se llamaba Finisterre, porque se creía que más allá solo había mar– en el lugar conocido como Compostela, para que acogiera las reliquias recién descubiertas del apóstol Santiago, reimpulsando así una antigua costumbre de peregrinaje de fieles hacia la tumba del discípulo de Jesucristo delatada ya anteriormente, según cuenta la tradición, por los fulgores de estrellas bajadas del cielo hacia aquel lugar desde entonces conocido como ‘Campus Stellae’ que derivaría con el tiempo en el  vocablo Compostela.

            No le faltó tiempo a Alfonso II (760–842) para potenciar la noticia del milagro sideral por la Europa cristiana con lo que el monarca asturiano consiguió que desde entonces y a lo largo de siglos, guiados desde los cielos por La Vía Láctea, llegaran a Compostela multitud de creyentes generando una gran vitalidad económica, social y cultural por los lugares de paso. A cambio se pagó un desolador peaje sanitario en forma de epidemias.

            En uno de los Caminos que conducen a Compostela, el costero, una de las villas que ofrecen parada y fonda a los viajeros es Avilés que ya en 1515 construyó (los albergues locales son episodio aparte) un edificio ex profeso que acogiera a los peregrinos que recorrían aquella espectacular ‘autopista’ cultural. Goethe escribió que Europa se hizo peregrinando a Compostela.

            El Hospital de Peregrinos estaba fuera de la muralla en el entonces arrabal del Ribero y cuando la incuria lo destruyó (en 1948) Avilés construyó otro albergue más modesto, pues la sociedad había ido cambiando y ya no peregrinaban tantos a ganar indulgencias divinas. Actualmente ha vuelto a tomar un gran auge cultural.

              Tal como está estructurado el Camino –hablo del costero y en dirección este a oeste– una de las etapas trae a los peregrinos desde Oviedo o Gijón, según, hasta Avilés donde hacen noche, para continuar frescos a Soto de Luiña buscando la meta de Santiago de Compostela.

              Lo hacen cruzando la ciudad siguiendo el recorrido tradicional por lo que traspasan gran parte del casco histórico avilesino ayudados por señales de tráfico especiales con el símbolo del peregrino compostelano, o sea una concha (interpreten este vocablo, los sudamericanos que leen este episodio, en el mejor de los sentidos que se le da en España o sea caparazón de carbonato cálcico de los moluscos).

              Así que salen del Albergue situado frente al final de Rivero, calle que recorren en su totalidad, enterándose que fue urbanizada en el siglo XVII y que junto con Galiana son dos de las más espectaculares de una villa que tiene kilómetros de soportales, entre antiguos y modernos.

              Tendrán más al llegar a la plaza de España, sensacional Parche arquitectónico, y continuarán camino por la calle de La Ferrería, como marca la concha (sigan conteniéndose la mayoría de los lectores en habla hispana del continente americano) al inicio de esa vía.

A la izquierda Concha indicadora del Camino de Santiago en la calle La Ferrería.

              Se trata de la que fue calle mayor de Avilés durante siglos, y por tanto atesora destacados monumentos como un palacio gótico, edificado en torno al siglo XIV por un rico mercader para servir de lonja comercial y de vivienda familiar. Más adelante y cuando la calle comienza su descenso hacia el parque del Muelle pasarán ante un complejo religioso formado por la iglesia, hoy de San Antonio (siglo XII) y la capilla de Las Alas del siglo XIV.

              Al llegar al parque (donde durante siglos se encontraban los peregrinos con los muelles del tradicional puerto de Avilés) deben dirigirse al barrio de Sabugo; antiguamente lo hacían pasando el puente que comunicaba la villa amurallada con aquel barrio marinero. Hoy lo hacen yendo a un costado de la fachada norte del palacio de Camposagrado y luego de la plaza del Mercado (oficialmente Hnos. Orbón) hasta alcanzar la calle de La Estación.

            Antiguamente conocida como calle D’Alante es una de las tres históricas de Sabugo junto con la D’Atrás (Bances Candamo) y la D’Enmedio (Carreño Miranda). La de La Estación, es recorrida por la persona viajera a Santiago de Compostela, justo hasta divisar el ábside de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (siglo XIII) donde habrán de girar hacia la plaza del Carbayo.

            Luego saliendo hacia la calle Marcos del Torniello tomarán la Avenida de Alemania e irán subiendo, dejando el barrio de Pescadores (o Nodo) a la derecha, por la empinada carretera de San Cristóbal para desde allí introducirse por caminos del territorio municipal de Castrillón.

            ¡Buen Camino!… Es la tradicional despedida al peregrino. 

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Lo que el tiempo se llevó
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Alberto del Río Legazpi | 05-02-2017 | 10:49| 0

Si uno echa la vista atrás y ve lo que el tiempo se llevó de Avilés  quizás se sorprenda de la categoría histórica de la villa asturiana.

             Decía Mario Benedetti que «cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo». Tiene razón el escritor uruguayo, y es que el tiempo parece la repanocha de la relatividad.

            En Avilés trajo muchas cosas, pero también se llevó otras importantes como, por ejemplo: el Fuero, la muralla, un convento, dos tranvías, una Ensidesa y todos los cines que había.

            Hoy es un sueño histórico aquel Fuero que tuvo Avilés en tiempos medievales, cuando era la segunda población de Asturias y la categoría de su puerto era máxima. Tal jerarquía era cosa a cuidar por los reyes así que concedieron un Fuero (siglos XI y XII) a los avilesinos que les garantizaba unos derechos singulares, de los que carecían otras villas. Aquel privilegio duró siglos hasta que el poder central comenzó a unificar la legislación de todas las poblaciones y los fueros se fueron difuminando… «Vasallos del tiempo» que decía Quevedo.

            Cuando el Fuero se fue, la villa aún tenía una muralla que la defendía  (con ese propósito se había construido hará unos mil años) de todo lo que viniera por mar, especialmente piratas vikingos y árabes. Con un perímetro de 800 metros de longitud abarcaba una superficie de unos 47.000 metros cuadrados (imagínense la mitad del parque Ferrera) donde destacaban cuatro calles (La Fruta, Ferrería, El Sol y San Bernardo)… Decía Cervantes que «al tiempo no hay barranco que lo detenga», al igual que la codicia de algunos ‘ilustres’ avilesinos, de principios del siglo XIX, no se contuvo hasta que derribaron la muralla con fines inmobiliarios amparados en una ley que retorcieron para sus fines.

            Así que la muralla a tomar por el saco y al mismo sitio –aprovechando el viaje– también se fue la residencia de las monjas Bernardas (convento, claustro y capilla) construida en 1552 en las inmediaciones de la calle San Bernardo. Con una presteza municipal asombrosa, por infrecuente, fue derrumbado en un pispás el complejo religioso y sus ruinas destinadas a servir de relleno para un nuevo parque que se planeaba construir en un terreno marismeño que hoy conocemos como Las Meanas.

            El tiempo también se vendimió los dos tranvías comarcales que funcionaron en Avilés, uno movido por máquina de vapor y el otro por electricidad. La Chocolatera, que así se conocía popularmente al de vapor cubría el tramo Avilés–Salinas circulando, a partir de 1893 por la margen derecha de la carretera general que iba a Galicia. El eléctrico, puesto en marcha en 1921, comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando Avilés por Rivero, plaza de España, La Cámara, La Muralla, parque del Muelle y siguiendo (por la carretera de la margen izquierda de la Ría) a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

            Cuando desapareció el tranvía eléctrico, y eso fue el último día del año 1960, Avilés contaba con más de 48.000 habitantes más del doble de los que tenía diez años antes cuando afloró por obra y gracia del Estado español, en la margen derecha de la Ría y en dirección hacia Llaranes y Trasona, una de las mayores siderúrgica de Europa. El rumor de su construcción se extendió por España y miles de personas llegaron hasta Avilés (un nuevo El Dorado) originando la mayor transformación –y también confusión–  social y urbana de su historia.

            Las chimeneas de la empresa o de la factoría (que por estos dos términos conocían a Ensidesa la mayoría de sus trabajadores y no como la fabricona) estuvieron echando humo contaminante hasta finales del siglo XX que fue cuando dinamitaron y achatarraron su industria de cabecera (hornos altos, acerías, central térmica, etc.) y fue clausurado hasta el nombre de Ensidesa, sin haber cumplido los 55 años, quedando el resto de las instalaciones (fundamentalmente laminaciones y una nueva acería) entre Llaranes y Tabaza, en poder del capital privado.

            Lo de Ensidesa fue de cine en una ciudad que llegó a contar en aquellos tiempos tan ricos en pesetas como contaminados en porquería –por tierra, mar y aire– con trece salas cinematográficas (Almirante, Canciller, Chaplin, Clarín, Florida, Iris, Llaranes, María Alicia, Marta y María, Palacio Valdés, Patagonia, Ráfaga y Victoria) solo en el término municipal de Avilés. Hoy, no queda ni una.

            Citaba a Benedetti al principio y ahora caigo en que también se tardan unos cinco minutos en leer este episodio con mediano detenimiento. Aunque más se tardaba en visionar películas que pedían gran pantalla, como por ejemplo ‘Lo que el viento se llevó’ cosa que, como ya decía, el tiempo se llevó de Avilés.

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Ciudadano Balsera
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Alberto del Río Legazpi | 29-01-2017 | 07:58| 1

            Avilés fue ciudad de marinos, comerciantes, artesanos, algún título nobiliario y abundantes hidalgos de medio pelo. Los pertenecientes a las dos primeras categorías se llevan la palma.

            Entre los comerciantes históricos avilesinos es amplia la relación de profesionales destacados y sus referentes máximos son, desde tiempo medievales, el famoso Gómez Arias (ver el episodio ‘El mercader de Avilés’ de 1 de mayo de 2016 ) hasta Victoriano Fernández Balsera, figura del poderío comercial local de comienzos del siglo XX.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina.

           Victoriano fue una persona cuyo tiempo de vida se puede ‘milimetrar al minuto’ pues consta (Archivo Parroquial de Sabugo, Libro de Bautismos 1838–1859 , página 220 vuelta) que nació el27 de junio de 1859 ‘a las dos y media de la mañana’ Victoriano Marcelino hijo de Félix Fernández (natural de Avilés) y Josefa Balsera (Soto de Luiña) y su fallecimiento ocurrido el8 de junio de 1942 tuvo lugar ‘a las once de la mañana’, según informaba la esquela publicada en LA VOZ DE AVILÉS del día siguiente.

            De familia humilde tuvo que trabajar desde muy joven. Era un tipo tan avispado, currante y emprendedor que consiguió abrir una modesta tienda de ultramarinos en la céntrica calle de La Muralla que fue un éxito. También es verdad que tuvo la suerte de tener un cuñado generoso como Antonio Gutiérrez Herrero, que se la financió.

            Es curiosa la excelente relación que tuvieron estos dos hombres y su coincidencia en diversos aspectos como cuando Balsera construyó su palacete lo hizo al lado de la mansión de su cuñado (que habitó el inmueble número 2 de la plaza de San Francisco, adqui­rido en 1994 por la Policlínica Rozona para reconvertirlo en clínica) o que a ambos les fue concedida a la vez –en la misma sesión municipal del 1 de junio–una calle con sus nombres respectivos.

            Al comprar un gran solar –Gutiérrez Herrero, a su muerte, le había dejado parte de sus bienes en herencia– a orillas de la Ría e instalar allí tres imponentes naves, con muelle propio para el transporte marítimo frente a la fachada principal y muelle ferroviario en la parte trasera, Victoriano se convirtió en uno de los más importantes comerciantes del norte de España. Y siguió creciendo. El negocio era, principalmente, importación de productos ultramarinos procedentes de Cuba y México y exportación de productos asturianos.

Interior palacio de Balsera.

            Detalles de su trayectoria empresarial se pueden leer en los episodios ‘Las naves de Balsera atracadas en el Ría de Avilés’ de 7 de abril de 2013 y el titulado ‘Palacio de Balsera’ del15 de junio de 2014. Resta otro episodio dedicado tanto a la avenida que lleva su nombre como a su familia desde su hija Josefina a su biznieta Elena Sendón Balsera, actriz teatral residente actualmente en Buenos Aires.

            Todo lo que construyó Victoriano sigue brillando hoy. Sus famosas naves, actualmente cerradas y sin uso, están consideradas una joya del Patrimonio Industrial y el palacete que levantó en el casco histórico de Avilés, como domicilio familiar, está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y actualmente es la sede del Conservatorio Municipal de Música.

            Allí vivió con su esposa Herminia Gutiérrez de la Campa y sus dos hijos, Álvaro y Josefina. La familia había estado domiciliada antes en el número 12 de Rui Pérez al lado del arco de entrada a la plaza del mercado que tiene esa calle.

            Aquel tendero humilde fue uno de los fundadores  –y luego presidente– de la Cámara de Comercio de Avilés al igual que de la Junta de Obras del Puerto (hoy Autoridad Portuaria), socio fundador de la Compañía de Tranvía Eléctrico, consignatario de buques…  El sello ‘Avilés’ en sus productos comerciales circuló por medio mundo y eso hace 100 años era la pera. Cuando se estudie la trayectoria de la ‘Marca Avilés’ Balsera es referencia máxima.

            Hombre habilidoso y cordial, fue simpatizante político del republicano José Manuel Pedregal. El periodista avilesino Luis Muñiz Suárez es quien mejor retrató al gran comerciante.

            A mí, Balsera, se me antoja personaje novelesco y cinematográfico. Para que no falte nada, en su ‘ostentórea’ (que diría Jesús Gil) mansión de Avilés, ‘habita’ un fantasma que es aireado cada poco en medios de comunicación nacionales.

            La trayectoria vital de Victoriano Fernández Balsera me recuerda una frase de la película ‘Ciudadano Kane’ de Orson Welles, aquella que dice «Creo que ninguna palabra basta para explicar la vida de un hombre».

            Ciudadano Balsera. 

Árbol genealógico de Balsera en el que figuran seis generaciones, desde sus abuelos a su biznieta. (Autor: LUIS MUÑIZ SUÁREZ)

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Ensaladas onomásticas en algunas plazas de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 22-01-2017 | 08:08| 1

          Por regla general el callejero de una población es directamente proporcional al sistema político gobernante en el territorio nacional donde se asienta.

          En Avilés el ejemplo más claro es su actual calle principal. Urbanizada entre siglos XIX y XX y que discurría por el lugar donde estuvo ubicada la fuente medieval conocida como La Cámara, llevó sucesivamente los nombres de un político monárquico (García San Miguel) otro republicano (José Manuel Pedregal) más tarde el de un dictador (General Franco) hasta que el 18 de julio de 1979, con la llegada de los Ayuntamientos democráticos, recuperó su nombre.

          Recuerdo una pintada anónima vista hace años en un paredón de Rivero ‘La política pasa en la calle’. En algunas de Avilés –y de la mayoría de las poblaciones– eso ocurre en su callejero. Tiene escrito Luis Coloma, padre literario del Ratoncito Pérez, que «Por la calle del después se llega a la plaza de nunca».

          De algunas calles avilesinas que tan manoseadas tienen la placa tengo algo escrito, hoy lo hago de algunas plazas que han corrido igual suerte volandera, como es el caso de la plaza de La Merced que ocupa un espacio dominado en gran parte por la iglesia nueva de Sabugo (1903). Durante siglos este lugar formó parte del Campo de Caín (para otros Caguín), pero el 15 de enero de 1892 se la bautizó oficialmente como La Merced en recuerdo del desaparecido convento de tal nombre, que se levantó en este lugar. Aunque el 2 de enero 1924 pasa a ser del General Primo de Rivera que había alcanzado la jefatura del Gobierno español mediante un golpe de estado. Pocos años más tarde la placa fue cambiada por otra donde se leía plaza de la República y ya se imaginarán el porqué. Pero el 4 de marzo de 1938, ya tomado el Avilés republicano por las tropas de Franco, el rótulo fue sustituido por el de plaza de Italia, en inequívoco homenaje a la Italia de Mussolini aliado de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, conflicto que perdieron por lo que el 26 de julio de 1946 la plaza se puso a nombre de Fernández–Ladreda ministro franquista que solucionó el problema del abastecimiento de aguas de Avilés. Aquello de ‘La calle es mía’ que le atribuyen a Manuel Fraga es práctica habitual de políticos de variada ideología.  Por fin el 18 de julio de 1979 volvió a recuperar el de plaza de La Merced.

          Otra que tal baila es la, oficialmente, plaza de Santiago López y que casi nadie sabe dónde está aún siendo actualmente una de las más transitadas de la ciudad ya que de ella parte la pasarela del Niemeyer que permite salvar las vías ferroviarias y acceder peatonalmente, después de cruzar la ría por el puente de San Sebastián, al centro cultural internacional.

          Tuvo una historia accidentada. De antiguo era conocida como Alameda Vieja, un pequeño bosque en las afueras de la población que el ingeniero municipal Adolfo De Soignie diseñó como plaza; pero no fue hasta el 15 de enero de 1892 cuando se la bautizó, con todas las de la ley, como de San Sebastián por su proximidad con el puente cercano. En 1929 la renombran pomposamente como plaza de La Reina Doña María Cristina, aunque la gente ya la llamaba ‘plaza del Pescado’ por el pabellón construido ex profeso unos años antes, para venta principalmente de pescadería, y fue ese el nombre que le quedó aunque el 9 de diciembre de 1938 desapareciese el de la reina y fuese sustituido por el del marqués de Casa Quijano, Santiago López, nombre oficial que sigue conservando. Y toda esta novela para que el personal siga, erre que erre, llamándola plaza del Pescado.

          Otra es la plaza oficialmente conocida como Hermanos Orbón que también se ha llamado Plaza Nueva, de las Aceñas, del Mercado, de Abastos y de Julián Orbón; aunque todo el mundo para referirse a ella sigue diciendo ‘la Plaza’, a secas. La suma sale que es plaza de siete nombres.

          Más ordenada en los cambios es la plaza de España, o sea El Parche, que ha sido Plaza Mayor, plaza de la Constitución (en 1869) placa todavía se puede ver en los arcos de entrada al palacio municipal. Desde el 4 de marzo de 1938 fue bautizada como plaza de España. Y es muy curioso que lugar tan espectacular, con tres palacios cosidos entre sí por casas porticadas, sea conocido con nombre tan despectivo –hoy es todo lo contrario– que tuvo su origen cuando en 1893 el Ayuntamiento decidió cambiar parte del suelo empedrado, por una capa de cemento. Algo tan funcional urbanísticamente como el suelo liso no funcionó para buena parte de avilesinos que lo tacharon de chapuza y dictaminaron que aquello era un parche. Hoy El Parche es un término cariñoso con que se conoce al corazón del casco histórico local. Por otro lado es muy difícil que haya por el mundo parches urbanos tan artísticos como este de Avilés. 

          Si desde El Parche subimos por la calle San Francisco (que antes fue llamada sucesivamente La Canal, General Lucuce y José Antonio Primo de Rivera), cruzamos la plaza Álvarez Acebal (antes San Francisco) y ascendemos por Galiana (durante años calle Palacio Valdés) llegaremos a la plaza del Carbayedo que siempre se ha llamado así.

          Parece un milagro después de lo que dejamos atrás en esta caminata por Avilés, pero no olvidemos que la plaza del Carbayedo está situada en un lugar de la villa donde al mismísimo Jesucristo se le conoce como Jesusín. 

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El histórico mercado de los lunes
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Alberto del Río Legazpi | 15-01-2017 | 11:23| 0

(El 15 de enero de 1479, hace hoy 538 años, los Reyes Católicos concedieron a Avilés el privilegio de un mercado semanal libre de impuestos).

          Por la presente transcribo –con algunos retoques gramaticales para mayor comprensión– parte del texto del documento dado en la Edad Media por los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón).

          «Don Fernando e Doña Isabel por la graçia de Dios Rey y Reyna de Castilla, de León, de Toledo, de Siçilia, de Portugal, de Galizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jahén, de los Algarves, de Algezira, de Gibral­tar, Prínçipes de Aragón y señores de Vizcaya e de Molina.

          Por quanto nos avuemos sído informados  (…) cómo la villa de Avi­lés que es en el nuestro Prinçipado e Quatro Sacadas de Asturias de Oviedo se quemó e está quemada, o la mayor parte della, de guisa que en ella non quedó nin queda poblaçión ninguna (…)».

          Y es que Avilés había sufrido un incendio que se calcula destruyó dos tercios de la villa, unas cincuenta casas y que algunos historiadores mantienen  que fue intencionado. Por aquel entonces un incendio podía hacer arder las poblaciones como la yesca dado que muchas casas estaban construidas con madera mezclada en ocasiones con barro y los tejados se hacían con ramas vegetales sobre maderos. Se salvaron solo las pocas casas construidas con piedra, entre ellas palacios e iglesias.

LA VOZ DE AVILÉS. Página 12.

          Los Reyes Católicos acuden en ayuda de Avilés concediéndole un mercado libre del impuesto real (llamado alcabala) como medida que animase a que la gente acudiera nuevamente a poblar la villa marinera.

          «(…)en adelante en cada un año para siempre jamás aya en la dicha villa un mercado franco de alcavala de todas las mercaderías e ganados e bestias e otras cosas que en qualquier manera se compraren e vendieren e trocaren e cambiaren, e traxieren a vender e vendieren qualesquier personas de qualquier ley o estado o condiçión, preheminençia o dignidad que sean o ser puedan, así vezinos e moradores de la dicha villa de Avilés y su conçejo, como de otras cualesquier partes de nuestros Reynos y señoríos que al dicho mercado vinieren(…)».

          De la importancia de Avilés da cuenta el hecho de que mandaron pregonar la iniciativa mercantil por todas las ciudades, villas y lugares del Reino.

          Y fijan los lunes como fecha de celebración « (…) El qual dicho mercado se faga y pueda fazer en la dicha villa, e en sus arrabales, e en las dos plaças y mercados, de la dicha villa e sus arrabales que son la plaça del Cay y de la Çima de villa, el día de lunes de cada semana, desde el sol salido fasta ser puesto (…)».

          La plaza del Cay era zona portuaria y que además separaba la villa amurallada del pueblo de Sabugo; y la Çima de villa (Cimadevilla) el lugar formado por la conjunción de las, hoy, calle de La Fruta y plaza de España entonces lugar despoblado, idóneo para mercadear.

          Luego, con el tiempo, el mercado de los lunes se fue extendiendo por el centro de la villa, excepto el del ganado que se hacía en El Carbayedo. En el último tercio del siglo XIX se fijó el mercado de productos de la huerta y alimentos en la recién construida Plaza Nueva (así se llamó en origen), hoy conocida como Hermanos Orbón y siempre como Plaza del Mercado.

          Considerando que Avilés había sufrido el incendio en noviembre de 1478, los reyes actuaron con extrema diligencia para aquellos tiempos de noticias llevadas y traídas a galope de caballos. Dos meses fue el tiempo transcurrido entre la tragedia y el remedio para la misma lo que es una prueba de la importancia de Avilés –entonces segunda población de Asturias– y su puerto, entonces uno de los más importantes del norte peninsular.

          En el documento se fijan normas y procedimientos de un mercado semanal, libre de impuestos, que buscaba el renacimiento de Avilés y que lo consiguió aunque se calcula que tardó un siglo en hacerlo.

          Son 1471 (mil cuatrocientas setenta y una) las palabras, encajadas en nueve párrafos, que tiene el mandato real. El antepenúltimo párrafo especifica que fue «Dado en la puebla de Guadalupe a quinze días de Henero, año del Nascimiento del Nuestro Señor Ihesu Christo de mill y quatroçientos y seten­ta y nueve años». lo que sirve para poner punto final al presente episodio, publicado el quince de enero del año dos mil diecisiete en la ciudad de Avilés, donde los lunes se sigue celebrando, siguiendo el mandato real de «en cada un año para siempre jamás», el mercado semanal más concurrido de Asturias. 

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Patrimonio industrial, habas contadas
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Alberto del Río Legazpi | 08-01-2017 | 16:50| 0

(Antiguos y destacados edificios industriales de Avilés la mayoría de los cuales han sido rehabilitados y aprovechados para otros usos).

              Mi amigo Ángel García Carreño, gestor cultural ejerciente en Pamplona y que es sufridor (por sabedor) del abandono del patrimonio industrial avilesino, me hace llegar un libro sobre el de Navarra que resume las ponencias de un  simposio celebrado allí bajo la coordinación de Víctor Manuel Egia Astibia.

La Curtidora

              Excepcional publicación y excepción que confirma la regla del patrimonio industrial como el gran ignorado siendo como es protagonista, por ejemplo, de buena parte del paisaje de Asturias, región muy valorada a nivel internacional por la arquitectura que han generado las industrias del carbón, siderurgia e hidroeléctricas.

              Buena parte de ese patrimonio (el 33%) está en la comarca de Avilés y en algunos de estos episodios nos hemos referido a él para señalar que desgraciadamente apenas quedan raspas de la industria de cabecera de Ensidesa donde volaron, a ritmo de goma–dos, valiosas arquitecturas incluidas joyas del gótico industrial (ni un Horno Alto quedó en pie) o una catedral del barroco fabril (Central Térmica),edificio único en España que terminó derrumbado y achatarrado entre protestas de todo tipo de organismos, desde colegios de ingenieros y arquitectos de Asturias hasta la mismísima UNESCO.  Le tengo leído a Celestino García Braña, decano del Colegio de Arquitectos de Galicia, que «algunas factorías diseñadas en el siglo XX son una singularidad de su tiempo tal y como las catedrales lo fueron antes».

Antigua Fábrica El Águila

              De aquel baile dinamitero que destruyó el valioso instrumental del heavy metal siderúrgico avilesino solo restan unas baterías de rock. Quiero decir de cok.

              Todo eso ocurrió en la margen derecha de la Ría mientras en la izquierda, donde se asienta la zona urbana avilesina, las cosas pintaron mejor pues se conservaron –y en la mayoría de los casos rehabilitaron– algunas instalaciones industriales construidas hace más de cien años cuando los indianos regresaron de Cuba con el fajo lleno de billetes, justo cuando la perla de las Antillas dejó de ser provincia ultramarina de España y pasó a ser un país independiente excepto para Estados Unidos, por supuesto.

              Por ejemplo La Curtidora, sita en la calle Gutiérrez Herrero (un indiano por cierto) levantada en 1903 para la familia Maribona por el ingeniero Primault siguiendo planos del arquitecto Tomás Acha. La antigua fábrica de curtidos está compuesta por tres naves de muy vistosa decoración de ladrillos rojos y sillares de piedra blancos que hoy, con chimenea emblemática incluida, se ha rehabilitado y convertido en hotel de empresas.

Antigua Ferretería, en Sabugo

              En la misma calle se levantó, en 1893, la fábrica de harinas El Águila que llegó a alcanzar una producción anual de 7.000 toneladas partiendo de trigos de Castilla, Rusia y Estados Unidos. Cerrado el negocio se conservó el edificio principal, una fachada de tres alturas coronado con un águila metálica, así como una nave anexa que sirvieron durante años de cuartel de bomberos. Hoy el inmueble, propiedad municipal, acoge escuelas–taller de formación profesional.

              En el barrio de Sabugo y con fachadas a sus tres calles históricas (La Estación, Carreño Miranda y Bances Candamo) se conserva buena parte de un complejo ferretero (García Fernández y Cia) construido en 1923 siguiendo planos del arquitecto Francisco Casariego. Es un llamativo ejemplo de art déco en un barrio de traza medieval como es Sabugo y es muy discutible que se hubiese permitido su construcción en este lugar. El caso es que se ha conservado y hoy en día el inmueble, de distinta propiedad, se dedica a labores formativas de medicina y a albergue municipal de transeúntes.

Naves de Balsera (izquierda)

              Capitulo aparte son las Naves de Balsera, mandadas edificar a principios del siglo XX por Victoriano Fernández Balsera en terrenos marismeños entre la estación de ferrocarril y los nuevos muelles de la Ría. En solar tan estratégico se levantaron unas grandes y vistosas naves, diseño de reconocido valor patrimonial obra del arquitecto Antonio Alonso Jorge, como almacenes dedicados al comercio ultramarino.

               Clausurado el negocio, las naves llevan años cerradas. Recientemente el exterior de la fachada ha recibido un lavado de cara, pero siguen llevando la cruz del  deterioro por desuso –y sin pares sueltos– en el interior.

              El Gobierno ha declarado, a principios de 2017, a Avilés como uno de los cien paisajes culturales más destacados de España. Que nos conste –y que les conste a las autoridades– que también  tenemos uno industrial, a pesar del destrozo hecho, y que ojalá seamos capaces algún día de valorar también como paisaje cultural, tal y como ha hecho Castrillón con el suyo.

              Quizá con el tiempo, una caña y algo más.

 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta