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Históricas invasiones de ingleses, franceses, belgas y ‘coreanos’
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Alberto del Río Legazpi | 23-04-2017 | 16:19| 0

            Avilés fue invadida por marinos de la Armada inglesa. Años después por la caballería de Napoleón Bonaparte. Más tarde –y por fortuna– por ciudadanos belgas que dominaban la técnica del carbón, del zinc y del vidrio y hace 60 años por una avalancha  de miles de españoles a los que algunos avilesinos, llamaron ‘coreanos’. Hoy eso es Historia.

              Una invasión es la acción y efecto de invadir que, a su vez y según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (estos días tengo en reparación el María Moliner) tiene varias acepciones. Yo las interpreto libremente desde aquella en la que invadir es entrar por la fuerza hasta la que toma la invasión de forma más pacífica, o sea entrar y propagarse en un lugar. 

Ruinas del castillo de San Juan de Nieva. (Dibujo de Cástor)

               Lo de irrumpir por la fuerza lo hicieron los ingleses en 1762 en el castillo de San Juan de Nieva y en 1809 tropas francesas en toda la comarca de Avilés. Luego está la otra invasión, entre comillas, la de entrar y propagarse por Avilés. De esa tenemos otros dos casos: la de ciudadanos belgas en el siglo XIX y, un siglo más tarde, la de miles de ciudadanos españoles, a los que algunos avilesinos, otros dicen que bastantes, les adjudicaron el nombre de ‘coreanos’.

              Fueron unas horas pero están en la Historia porque consta que reinando desde sus islas, al este de Europa y tal, la Majestad británica de Jorge III del Reino Unido y en España Su Católica Majestad Carlos III ocurrió que la Armada del primer monarca ocupó una pequeña parte de la península de Nieva (Avilés) territorio del segundo soberano. El hecho ocurrió en el verano de 1762 y en el trascurso de una pequeña batalla naval librada a la entrada de la Ría (mayúscula ella) de Avilés donde un galeón ‘San Joseph’ de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, con cargamento de cacao, es atacado, y posteriormente hundido por un buque de la marina inglesa, que fue más allá desembarcando tropas que tomaron el castillo de San Juan de Nieva (fortaleza defensiva de Avilés) durante unas horas hasta que refuerzos venidos de la villa, unidos a los habitantes de Nieva, les obligaron a hacerse a la mar de nuevo. El relato detallado de estos hechos fue publicado en LA VOZ DE AVILÉS del 8 de mayo de 2016 en el episodio titulado ‘El castillo de San Juan y la invasión inglesa de Avilés’.

              Pero ya gravísimo fue lo ocurrido el 21 de mayo de 1809 durante la Guerra de la Independencia, cuando advertida la población que llegarán a Avilés procedentes de Luanco tropas francesas, cerca de mil avilesinos con poco y flojo armamento suben hasta Los Carbayedos en los altos de Valliniello, con la intención –gravísimo error estratégico– de repeler con apenas armamento a la caballería francesa compuesta por soldados profesionales curtidos en cien batallas, que cargando contra ellos terminaron matando más de 200 personas lo que constituye una de las mayores tragedias (entre las conocidas) de la historia local. A continuación las tropas de Napoleón Bonaparte cruzan a galope el puente [entonces de piedra] de San Sebastián y entrando por la puerta del Puente (una de las cinco que tenía la muralla de Avilés) se adueñan de la ciudad, eligiendo como cuartel general el palacio de Camposagrado izando la bandera tricolor que allí estuvo ondeando hasta 1811, año en el que evacuaron sus tropas de la villa. Un episodio aparte.

Tropas francesas ante el palacio de Camposagrado. (Dibujo de Gaspar Meana)

              Por fortuna veinte años más tarde comenzó la pacífica ‘invasión’ de ciudadanos belgas en la comarca de Avilés. Tal hecho ocurrió a partir de 1833 cuando una empresa de capital belga, con técnicos de aquella nacionalidad, abrió la primera explotación minera subterránea de Asturias, y submarina de España, en la localidad de Arnao, término municipal de Castrillón. De igual forma cuando se pusieron en marcha las dos primeras vidrieras avilesinas (ver en LA VOZ DE AVILÉS de 19 abril de 2015 el episodio ‘Avilés de cristal’) en El Arbolón (en 1844) y en Sabugo (1883) vinieron a trabajar especialistas también de nacionalidad belga que dominaban la técnica del soplado. Sobre la estancia de los belgas en Avilés (amistades, diversiones, lugares de reuniones que frecuentaban, etc.) corre un tupido e inexplicable velo de ignorancia con la excepción de Adolfo de Soignie que se integraría en la vida social y cultural avilesina, casándose aquí, donde siguen viviendo muchos de sus descendientes.

              Precisamente una biznieta de este ingeniero belga, Mercedes de Soignie (compañera literaria en LA VOZ DE AVILÉS), ha editado hace unos meses un exitoso libro, ya va por la segunda edición, titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’ donde expone su asombro e indignación al enterarse, siendo estudiante en el Instituto, que los miles de emigrantes llegados en trenes y camiones de toda España (Asturias incluida) ‘invadiendo’ Avilés para trabajar en una nueva y enorme siderúrgica (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 2 de agosto de 2015 el episodio ‘La década furiosa’) llamada Ensidesa eran conocidos por ‘los de Avilés de toda la vida’ como ‘coreanos’. Nombre, según relata Juan Antonio Cabezas en su libro ‘Asturias. Biografía de una región’ «que [en Avilés] les dan a los inmigrantes porque eran los días de la guerra en aquella pequeña y lejana península del Extremo Oriente».

            Término que terminó haciendo historia, y tanta que merece un episodio aparte.

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Cástor, el músico que pintaba
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Alberto del Río Legazpi | 16-04-2017 | 12:32| 0

Fue una persona fuera de norma que vivió intensamente su pasión por el arte tanto siendo músico, como pintor, librero o profesor.

            Cuando a Ana de Valle le preguntaron, en una entrevista, que donde centraba su vida en Avilés respondió que «iba del Rivero de Lumen a la Herrería de Castor y del Sabugo de Marcos del Torniello a la calle Galiana que es la mía».

Castor y su esposa Josefina Ovies, en el trasatlántico 'Iripinia' rumbo a América.

            La histórica poeta avilesina veía una figura literaria en cada una de las –para ella– más emblemáticas calles de la villa, en la Herrería (La Ferrería, hoy) ‘mandaba’ Cástor, no por pintor ni músico, sino por la original librería que montó en dicha calle.

            Por lo demás fue en Rivero donde Cástor González Álvarez nació el 11 de noviembre de 1913 y luego fue viviendo –hasta su fallecimiento en la de Llano Ponte el 9 de marzo de 2001– por más de medio Avilés: calleja Los Cuernos, Galiana (cuando esta se llamó Palacio Valdés) o San Bernardo. No es de extrañar que haya compuesto una ‘Suite avilesina’ pieza musical que lleva los títulos de Galiana, Rivero y Sabugo.

            Cástor fue alguien que pudiendo ser personaje, en vida, prefirió ser persona. Ocurre que el tiempo, con la perspectiva que da, nos lo rebota ahora convertido en un personaje o sea en persona singular y peculiar.

            Ramón Rodríguez, en su excelente libro ‘Cástor. Una sinfonía’ escribe que podía considerársele tanto «un músico que pintaba como un pintor que hacía música».

            Quizá por eso, en personaje tan polifacético como Cástor, yo empiezo resaltando su faceta musical que debió nacer con él pero que se la afinaron en el Conservatorio de Música de Oviedo. Nunca le abandonaría, tocando generalmente el piano y el violín, pero también otros instrumentos como lo demuestra el que durante años fue viola primero en la Orquesta Provincial de Cá­mara, antecedente de la Sinfónica del Principado de Asturias y que fue miembro, como compositor musical, de la Sociedad de Autores. Y también, claro, profesor de música en el Instituto.

            Pero escarbando descubres que también tocó en orquestas de bailables, lo mismo que en un sexteto (tocando el violín) que ponía voz musical en las salas de cine cuando las películas eran mudas.

            Decía, a las claras, que «con la música he sentido muchas veces crispárseme los nervios de emoción y con la pintura nunca me han ocurrido esas cosas». Su vida estuvo atravesada, como la de tantos millones, por la trágica Guerra Civil española. Formó parte de un batallón del bando republicano vencido en 1938, y Cástor fue internado en varios centros de reclusión hasta llegar al Campo de Concentración de San Marcos, en León, donde estuvo preso cerca de dos años.

            Y ni en aquellas lamentables condiciones, el artista avilesino dejó de ejercer música y pintura.

            Pero Castor más que como músico es conocido como pintor. Un campo donde había empezado destacando ya desde muy joven y con el tiempo mostrando su obra en exposiciones individuales (Avilés, Gijón y León) y colectivas (Avilés, Oviedo, Madrid,  Santa Cruz de Tenerife y Cuba obteniendo diversos premios). Dibujo, acuarela, óleo, caricatura…

'Ría de Avilés'

            Abundan estampas y rincones tradicionales de su ciudad hasta que un día, de 1974, da un giro radical a su obra cuando le encargan una exposición que ilustre un ciclo sobre brujería que se iba a celebrar en la Casa de Cultura. Fue un éxito de crítica y de felicitaciones variadas empezando por dos de los conferenciantes de aquel ciclo: Pío Caro Baroja y Álvaro Cunqueiro.

'Desde El Parche'

            Para la posteridad dejó unos excelentes murales en la factoría de zinc de Arnao.

            Para el recuerdo su exquisita librería instalada, bajo soportales, en el número 8 en la calle de Marqués de Pinar del Río, que es como se llamó un tiempo la calle de La Ferrería. Funcionó entre 1958 y 1987 y le dio un toque de exotismo modernista impagable a la calle medieval, por excelencia, de Avilés. Estaba complementada por un pequeño salón de exposiciones y tengo escrito que fue la viva representación de la modernidad cultural en el Avilés de entonces. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo ya que, entre otras joyas literaria, exhibía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina recopilación de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

            Cumpliéndose, en 2013, el centenario del nacimiento del artista se celebró una exposición comisariada por Ramón Rodríguez y Cástor G. Ovies,  hijo del músico–pintor–librero y guardián de la memoria de su padre con especial incidencia en las redes sociales. La inauguración fue un acontecimiento multitudinario como no recuerdo haber visto en ninguna otra muestra celebrada en Avilés.

              Cástor. El pintor que hacía música.

 

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El marqués que iluminó Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 11-04-2017 | 21:07| 0

Fue una década prodigiosa, aquella de 1890 a 1900, porque llegaron casi al tiempo, pisándose el protagonismo unos a otros, el tren, el tranvía a vapor, el nuevo puerto (dársena de San Juan de Nieva), el teléfono, unas  fiestas nuevas que llamaban del Bollo, algunos etcéteras más y el alumbrado eléctrico.

Ningún acontecimiento expresa mejor –al menos para el gobierno local de entonces– la modernización de Avilés que la instalación de luz eléctrica, pública y privada en la ciudad. Aparte de ser un avance, es que era algo que no tenían ni Oviedo ni Gijón y eso manda calao. Encima no costó ni un duro. Gratis total. Pagó el marqués de Pinar del Río, empresario tabaquero ejerciente en Cuba pero que había nacido en la avilesina calle La Ferrería el 29 de mayo de 1838 y quedó registrado a efectos civiles y religiosos como Leopoldo González–Carbajal Zaldúa. Haría historia.

Después de terminar estudios en la Universidad de Oviedo hizo las maletas y se marchó a Cuba en primera clase. No era un emigrante al uso, pues procedía de familia de comerciantes y navieros lo que en el Avilés de entonces equivalía a decir millonarios.

En la provincia española de ultramar se integró en la fábrica de tabacos de su tío Manuel González-Carbajal. Era un tipo, Leopoldo, brillante para los negocios (había crecido a gatas entre ellos) así que pronto comenzó a ascender de manera fulgurante en el mundo empresarial americano, más tarde lo haría en diversos ámbitos, incluido el político (senador del Reino de España por La Habana) y el militar con el grado de coronel de un batallón de voluntarios contra los independentistas cubanos.

Entre una cosa y otra se casó con su prima carnal Carmen, hija de su tío Manuel y de María Jesús Cabañas, cuyo padre era un terrateniente de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba y donde se asentaba el 80 % de la industria tabaquera cubana. Cabañas, mítico fabricante de cigarros puros, dejó al morir toda su fortuna a su hija, o sea a la suegra de Leopoldo. Del matrimonio de Leopoldo y Carmen nacieron dos hijos: Jorge y Manuel.

Multimillonario ya, Leopoldo establece su residencia en un edificio neoclásico de la zona noble de La Habana. Sin embargo no era bien visto por sus vecinos, los de pedigrí nobiliario, que no aceptaban –actitud que bien se libraban de mostrar en público– a aquel asturiano que multiplicaba dinero por un tubo. Lo llamaban despectivamente ‘El Tabaquero’. Cuenta Ciro Bianci –en el periódico cubano ‘Juventud Rebelde’– que su vecino frente por frente en la habanera Calzada del Cerro era el conde de Fernandina, grande de España, el hombre, y como tal tenía emplazados dos leones a la entrada de su casa. A Leopoldo le gustó el adorno y encargó unos iguales colocándolos a la entrada de su domicilio. Fernandina experimentó tal cabreo por el atrevimiento del ‘Tabaquero’ que mandó retirar los suyos y trasladarlos al interior de su residencia a fin de que no sufrieran la humillación de los leones espurios del industrial avilesino.

Es 'DE PINAR DEL RIO' y no 'DEL PINAR DEL RÍO'

No sabía aquel pobre grande de España con quien se jugaba los cuartos. Si la fortuna fue generosa con Leopoldo, él fue un ‘tipo a raudales’ repartiendo pesos y pesetas a diestro y siniestro. Una de sus donaciones, muy considerable, fue a parar al Estado español que le ‘pagó’ con un título nobiliario: marqués de Pinar del Río.

Entre sus millonarias dádivas algunas alcanzaron a su ciudad natal. Destaco la siguiente: Compró un solar en la calle González Abarca (hace años desaparecido al ser borrado para trazar la calle de José Manuel Pedregal) e instaló allí una nave que albergó un complejo industrial que comenzó a generar luz eléctrica a farolas instaladas en las calles más céntricas. A renglón seguido donó todo el tinglado, solar y ‘fábrica de luz’ –así la llamaba la gente en Avilés– al Ayuntamiento local.

Aquel ‘gratis et amore’ de modernidad luminosa encendió el entusiasmo de la Corporación local de una forma que no veas. El Ayuntamiento proclamó ‘hijo ilustre y predilecto de esta villa’ al marqués de Pinar del Río y cambió el nombre de la calle con más solera de la villa, la de La Herrería (La Ferrería) por el de Marqués de Pinar del Río (en sesión de 8 de julio de 1891) «en recuerdo de haber hecho a Avilés el magnífico y espléndido regalo de dotar a la población de luz eléctrica y para el alumbrado público».

En otra ocasión enterados los munícipes de una nueva visita del marqués, acordaron oficialmente el 5 de julio de 1893 «Que el Señor Secretario y una comisión nombrada al efecto lo esperen en Villabona y en esta Villa [lo hagan] el señor Alcalde-Presidente y demás concejales con la banda de música lo esperen en la estación del ferrocarril, disparándose cohetes en el momento de la llegada del tren y que por la noche se le dé una serenata por la expresada banda de música».

Berlanga y su ‘Bienvenido Míster Marshall’ se quedaron cortos. Y lo de la serenata quedará en los anales de homenajes y lisonjas varias de la historia local.

Ya digo que alcalde y concejales tan estaban pasados como pasmados con lo de la luz eléctrica. La cosa llegó al punto de que enterados, basándose en lo que decían malas lenguas de que Leopoldo González-Carbajal juzgaba que le quedaba corto el título de marqués, solicitaron al Gobierno de Su Majestad, el 24 de mayo de 1893, el título de Conde de Avilés para el marqués. Y como estaba ocupado por otra persona (que cosas) pues rebajaron la solicitud a Marqués de Avilés que mira tu, vaya por Dios, también estaba ocupado. Razón por la que entre voy y vengo de expedientes cargado y para que el asunto no quedara en falso se les ocurrió solicitar el título de Marquesa de Avilés (y le fue concedido) para su esposa Carmen a la que un cronista, frenéticamente cursi, describió como «Una hija del ardiente sol de los trópicos» por su condición de cubana. La marquesa de Avilés participó en 1900, junto con Leopoldo Alas ‘Clarín’ y otras personalidades, en la ceremonia de colocación de la primera piedra del que sería el teatro Palacio Valdés.

En 1909 falleció en La Habana Leopoldo González–Carbajal Zaldúa, aquel marqués de Pinar del Río que encendió la luz en Avilés pero le apagaron, en 1979, la calle con más solera de la ciudad que alumbraba su nombre. Y le dieron una calle chata (tres portales) y extraña pues une en ángulo recto dos calles: Quirinal y Uría. Para más inri el rótulo de dicha vía adolece de una errata. Parece como si a efectos municipales la historia del marqués fuese eléctricamente de una histórica serenata a una sonada errata.

 Tal parece una confabulación que quisiera hacer buena la infame coplilla medieval de «No hagas nada por los pueblos, ni nada a los pobres des, ni tengas tratos con putas, porque te joden los tres».

Total que a dos velas, del callejero, se quedó aquel marqués que iluminó Avilés.

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El Bollo, la comilona y El Guinness
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Alberto del Río Legazpi | 02-04-2017 | 14:52| 0

Las fiestas del Bollo de Avilés, declaradas de Interés Turístico Nacional, buscarán este año pasar al libro Guinness por el record  participativo de la Comida en la Calle del lunes de Pascua.

           Al mediodía de aquel lluvioso domingo,2 de abril de 1893, solo los pocos que no llevaban paraguas, pudieron aplaudir cuando el escritor y periodista Antonio María Valdés (‘Aneroyde’) desde uno de los balcones centrales del Hotel La Serrana, al lado del palacio de Camposagrado, terminó de leer su discurso con un ¡Viva la fiesta del Bollo!

            El remate de ‘Aneroyde’ sonó un tanto cómico a algunos de los asistentes, pero no a los miembros de la nueva Cofradía del Bollo formada con la pretensión de organizar una fiesta donde participase toda la población avilesina, enganchando al personal con lo que siempre funciona (comida y bebida) aunque fuera tan elemental como un bollo mantecado y una botella de vino blanco.

            La cofradía estaba compuesta por gente de diversa ideología y procedencia y presidida por el médico castropolense Claudio Luanco, simpatizante del Partido Progresista, que ha pasado a la historia local –quien se lo iba a decir a algunos estirados de casino y sacristía que tanto lo despreciaron– como un personaje destacado de la misma (ver ‘La historia de Claudio Luanco, un médico que inyectó alegría y cultura’ en LA VOZ DE AVILÉS del 1 abril de 2013, o buscar en Google).

            La Cofradía, según tiene publicado el periodista Venancio Ovies, estaba formada, aparte de Luanco, por Wenceslao Carreño (coronel de artillería, fascinante personaje descrito en ‘El coronel si tiene quien le escriba’ ver en LA VOZ DE AVILÉS 18 enero de 2015, o en Google), Bernardino Ca­brera, Javier Carreño, Pío Arines (Vista de Aduanas destinado en Avilés), Luis Solís, Ramón Car­cedo (Ingeniero industrial gijonés), Florentino Guardado, Francisco Rodríguez Maribona, Federico Trapa y Joviniano R. Pumariega. Y como ‘adjuntos’ sin querer figurar pero sí trabajar: Armando Fernández Cueto (autor del diseño arquitectónico de destacados edificios avilesinos, ver ‘Por sus obras lo conoceréis’ en LA VOZ DE AVILÉS del 2 abril de 2014, o en Google), el poeta ‘Marcos del Torniello’, (ver ‘El popular y bienquisto poeta Marcos del Torniello’ en LA VOZ DE AVILÉS del 10 febrero de 2014, o en Google) y el ya citado Antonio María Valdés.

          Claudio Luanco se basó en el festejo ovetense de La Balesquida para poner en marcha el del Bollo «una fiesta que olvi­dara las abstinencias, ayunos y vigilias de la Cuaresma, para entregarse en la Pascua de Resurrección a festejar el sabroso cabri­to».

          Y aquello que comenzó casi como una broma se fue convirtiendo en un festejo multitudinario cuyo plato fuerte, dicho sea en todos los sentidos, es actualmente ‘La Comida en la Calle’ en la que miles de participantes ocupan miles de metros de mesas, sentados en miles de sillas de tijera, a lo largo de calles y plazas del Casco Histórico para dar cuenta del menú que traen preparado de sus domicilios.

          Comilona popular donde las haya, fue ‘instituida’ en 1993 por Mariví Monteserín (actual alcaldesa) y concejala [entonces] de la Corporación presidida por el socialista Santiago Rodríguez Vega.

            Fue un triunfo clamoroso. El Bollo había dado un salto cualitativo importantísimo más allá del desfile de carrozas y el folklore, que sigue siendo lo clásico de la fiesta.

Entrega del Bollo en el parque del Retiro (hoy Las Meanas).Foto hecha hace más de 100 años.

            La participación en la banquete callejero es tan espectacular que se quiere medir oficialmente (en el cómputo se excluirán a los comensales del parque Ferrera, si es que el Ayuntamiento autoriza –imprudentemente creo yo– la Comida en el parque), este año de 2017, para entrar en el Guinness World Records, que es como se conoce ahora El libro Guinness de los Récords.

            Y todo esto ocurre 124 años después de la fundación de una fiesta del Bollo a la que muchos miraron de reojo cuando nació, actitud repetida cuando se creó La Comida en la Calle.

            La Balesquida ovetense es tradición de ‘bollo preñao’ y botella de vino en un Martes de Campo. El Bollo avilesino es una tradición que ha progresado desde un bollo mantecado y vino a comida multitudinaria al aire libre que va camino de figurar en el Guinness.

            Convengamos que en Avilés una tradición, al menos en el caso del Bollo, ha resultado un progreso.

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Misterio palaciego en Asturias
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Alberto del Río Legazpi | 26-03-2017 | 19:41| 0

(Es el originado por los numerosos palacios de Avilés comunicados todos ellos visualmente entre si).

          Que el mejor palacio de Avilés, desde el punto de vista arquitectónico, sea el de Camposagrado no es ningún misterio. Decía Oscar Wilde –extravagante escritor, genial o gilipollas según quien lo juzgue– que «el verdadero misterio del mundo es lo visible no lo invisible».

          Según tal sentencia del literato irlandés, en Avilés está por desvelar el misterio que supone que sus palacios se comuniquen visualmente entre sí, algo que llama la atención. Y esto ocurre en una villa que ya reúne la singularidad de que los de estilo barroco estén escoltados por establecimientos farmacéuticos, movimiento arquitectónico conocido como Barroco Boticario (véase LA VOZ DE AVILÉS del 13 noviembre de 2011: ‘El pasmoso caso del barroco boticario de Avilés’).

            Y ahora descubrimos otra originalidad palaciega visual que afecta a los de todos los estilos. Comienza la cosa desde un balcón del de Camposagrado, hoy escuela de enseñanza artística, donde se ve al fondo el palacio de Ferrera, cuyos dos escudos nobiliarios migraron a cinco estrellas de hotel lujoso.

          La distancia, una línea recta de poco más de 200 metros que atraviesa la calle de La Fruta, tan abundante en excelentes edificios como en establecimientos hoteleros, uno de los cuales tiene un cliente perpetuo llamado Pedro Menéndez de Avilés, guerrero del siglo XVI protagonista en América, que permanece sentado y contemplando esta calle que allá por tiempos medievales era (en su final) tan estrecha que la conocían como la calle oscura, pues había zonas donde una persona tocaba, con los brazos en cruz, los muros de las casas de ambos márgenes. Pues ni por calibres callejeros tan ridículos jamás dejaron de mirarse ambos palacios, un idilio de más trescientos años.

            En el palacio de Ferrera continúa la trayectoria visual porque puedes ver enfrente el panorámico palacio municipal, construido en el siglo XVII, cuando a la ciudad le reventó el corsé demográfico y tuvo que salirse de las murallas para levantar más casas y mansiones como estas dos citadas, más una tercera –la del indiano Gª Pumarino, luego de Llano Ponte y últimamente cine ‘Marta y María’– conectada visualmente con el palacio municipal, donde también y desde su campanario relojero se puede ver parte del palacio de Valdecarzana construido, para negocio y vivienda, por un mercader hacia el siglo XIV; luego tuvo varios dueños uno de los cuales fue el marqués cuyo nombre lleva el palacio.

            También, a un costado del Ferrera se divisa a cien metros, atravesando la calle San Francisco, el palacio Balsera construido como vivienda, hace casi un siglo, por otro comerciante así apellidado y hoy sede del Conservatorio de Música que lleva el nombre de Julián Orbón, músico nacido en Avilés y crecido como autor en América donde compuso notables sinfonías; pero la fama le vino al musicar un poema del cubano José Martí, convirtiendo la pieza en la [quizás] más universal de las canciones en lengua hispana: ‘Guantanamera’. Que por sonar hasta lo hace en la segunda parte de El Padrino, obra maestra cinematográfica, en una secuencia donde los hermanos Michael y Fredo Corleone charlan en una terraza de La Habana con el son guantanamero de Julián Orbón de fondo musical.

Línea visual desde el palacio Ferrera al Balsera.

            Desde el Balsera se ve la trasera del palacio de Maqua, palmera incluida, en la calle Cabruñana. El primer marqués de San Juan de Nieva, Francisco Javier de Maqua Pozo, nieto de un Maqua comerciante (otro más) indiano de origen navarro, fue quien encargó en 1855 la construcción de esta casa–palacio actualmente propiedad del Ayuntamiento que parece no saber qué hacer con él, salvo venderlo.

            Hace tiempo frente al palacio de Maqua estuvo el del marqués de Teverga, un edificio que daba a las calles San Bernardo, La Cámara y La Muralla y cuyo solar ocupa hoy una manzana (mejor decir calabaza) de viviendas. Del palacio del marqués de Teverga –José García San Miguel, poderoso naviero y comerciante reconvertido en noble por el rey Amadeo de Saboya quien le pagó así el cobijo que le dio en su casa ante el desaire del marqués de Ferrera que le cerró las puertas de su mansión por ser de Saboya y no Borbón– hoy solo queda el antiguo pabellón de baile, bello edificio de breve altura tan encajonado como acojonado entre dos inmuebles de varias plantas. Reliquia arquitectónica modernista achuchada.

            Volviendo al palacio de Maqua hay que decir que desde poco más arriba del lateral de ésta mansión en la calle Cabruñana, justo al lado de un bar llamado ‘Punto de Encuentro’ (no me digan…) se encuentran visualmente los palacios de Maqua y Camposagrado y cuanto más retrocedes en la empinada calle, hasta el número 22, más ganas en la visión de las últimas plantas de ambos.

          Camposagrado es, como recordarán, donde comenzó y ahora termina, el recorrido aéreo palaciego por Avilés. Un enigma de comunicación visual que tiene ritmo musical si se le buscan las cosquillas.

          Puede ser el glorioso misterio de un rigodón que termina en sinfonía. O una versión de un famoso bolero que nos cuenta cantando, con la voz de Lucho Gatica o Chavela Vargas, que solo son palacios ‘frente a frente y nada más’.

          Pero, eso sí, de Avilés.

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Los hermanos Espolita, pintores
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Alberto del Río Legazpi | 21-03-2017 | 06:14| 0

            Mientras daba las últimas pinceladas, toques maestros, el pintor levantaba la vista del lienzo dirigiéndola hacia el abogado Justo Ureña, quien a su lado contemplaba ensimismado el final del proceso creativo de aquella marina de la playa del Cuerno de Salinas, preguntándole con un hilo de voz:

'Avilés nevada'. Gonzalo Espolita.

            –Chacho ¿quedará mejor así?…

              Lo contaba Justo hablando de una de sus muchas visitas a Gonzalo Pérez Espolita. Justo Ureña Hevia, recordado Cronista Oficial de la Villa, también pintaba e iba ‘a aprender’ a la fuente clara, o sea al estudio que Espolita tenía en su domicilio de la calle San Francisco, donde vivía con su esposa María Olvido García Menéndez (con quien se había casado el 9 marzo de 1943) y sus dos hijos.

              Gonzalo Pérez Espolita era el benjamín de cinco hermanos, hijos del matrimonio formado por Juan Pérez (oriundo de Sabugo) y Joaquina Espolita (de Valduno, concejo de Las Regueras). Establecieron su domicilio en la plaza Álvarez Acebal, donde nacieron sus cinco hijos: Ramón, Juan de la Cruz, Paulina, José María y Gonzalo.

            El apellido materno (Espolita) era de procedencia italiana (Spolita, de Génova parece ser) y fue utilizado por sus hijos, al menos por los dos que se dedicaron por completo a las artes plásticas (Gonzalo y Juan de la Cruz); aunque los otros (con la excepción de Paulina) dejaron algunas muestras de sus dotes en la materia. Una saga artística local parecida, aunque en tono menor, a la de los Hermanos Soria (ver LA VOZ DE AVILÉS del 17 febrero de 2013 ‘La insólita factoría cultural familiar de los Soria’).

              Del mayor, Ramón Pérez Espolita (1890-1969), que se ganó la vida como  oficial de notaría en Avilés se pueden ver magníficos dibujos a lápiz en el Hotel Ferrera, formando parte de la excelente colección que de pintores locales tiene este establecimiento, donde la más numerosa (láminas de Ramón y José, doce óleos de Juan y veintiocho de Gonzalo) es la de los hermanos Espolita o Spolita.

Juan P. Espolita (1894-1960).

          Juan de la Cruz Pérez Espolita (1894-1960) se dedicó plenamente, al igual que su hermano Gonzalo, a la pintura. Ambos realizaron juntos estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, hay que decir que con el apoyo económico de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés, entidad cultural privada que es un episodio aparte. Hay coincidencia de opiniones en la brillantez de este pintor que se centró exclusivamente en temática avilesina. Como su hermano, Gonzalo, acudió a pocas exposiciones pero en una de ellas (de artistas asturianos en Madrid) organizada por el diario ‘El Heraldo’, le tengo leído al crítico Villa Pastur que uno de sus cuadros (un paisaje de Miranda) arrancó grandes elogios del escritor Ramón María del Valle Inclán. Corta vida como pintor tuvo Juan que atravesó por graves problemas mentales que obligaron a internarlo, durante años, en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo.

            José María Pérez Espolita (1895- 1934) fue el cuarto hermano, después de Paulina, y de él hay pocos conocimientos a pesar de que por algunos testimonios se sabe que estaba muy bien dotado para el arte. Pero su legado artístico es muy corto, un óleo, algunos bocetos, apuntes y dibujos de modelos en escayola.

Gonzalo P. Espolita (1901-1966)

            Gonzalo Pérez Espolita (1901-1966). Es el más famoso de esta familia y será tratado en episodio aparte. Vivió plenamente dedicado a la pintura reflejando multitud de rincones de Avilés y alrededores por lo que muchos lo consideran como ‘el pintor tradicional de Avilés’. Sus cotizados, al menos hace años, cuadros cuelgan en bastantes hogares de su ciudad, pero lo que es desconocido por mucha gente es su obra religiosa expuesta en tres iglesias: San Nicolás de Bari (iglesia y sacristía), San Antonio (los murales laterales del altar) y la decoración del templo Sagrado Corazón de Villalegre, deteriorada por la humedad del edificio.

            Gonzalo fue un pintor muy popular en Avilés y su fama ‘tiró’ por sus hermanos, tanto que desde 1985 una calle de la zona alta de la ciudad está dedicada a los Hermanos Espolita. ¡Velay!

 

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Soportales a la carta
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Alberto del Río Legazpi | 12-03-2017 | 11:41| 0

Los pórticos avilesinos conforman un paisaje urbano impactante, un panorama mágico, del que muy pocas ciudades pueden presumir.

            Escritores de todo tipo –aparte de Palacio Valdés que es como de casa– aluden, como hizo Luigi Salandra en 1797, a los soportales de aquel «pueblo que está al fondo de una ría y tiene una gran calle en cuesta, toda con soportales (cordonata coperta). Hay varios palacios, algunos magníficos, un gran convento y una iglesia antiquísima muy interesante. De Avilés es uno de los conquistadores de América» informa el italiano.

            El escritor Antonio J. Onieva (1886-1977) recomienda que «para darse cuenta de la belleza típica de Avilés, deben recorrerse la calle de Galiana, el Rivero y la Herrería, con sus curiosos soportales, que le prestan un carácter ancestral de sumo interés».

(Foto: Luis Alfonso del Río Legazpi)

            Aurelio de Llano (1868–1936) considera a los soportales avilesinos como «seña de identidad de la villa». Y no sigo porque en el fondo casi todas las citas coinciden en el soportal como símbolo arquitectónico insoslayable de Avilés.

            Una marca urbana perdurable a través de los siglos. Unidos todos pasan de tres kilómetros de longitud. Los anteriores al siglo XIX suman 900 metros y los del XIX y principios del XX casi llegan a 600 m. El resto se construyó, no sé si por tradición si por negocio inmobiliario, en la segunda mitad del XX.

            Los hay a la carta, de todas las clases y para todos los gustos. Están los largos y majestuosos del palacio municipal y los cortos del de Llano Ponte, cine Marta y María hasta hace poco. Los de San Francisco son tan espectaculares como los edificios de los que forman parte. En la plaza del Mercado están conformados por elegantes columnas de hierro fundido y una destacada labor de rejería.

            Pero son los más antiguos los que tienen un hechizo especialmente apreciable en determinadas condiciones horarias y meteorológicas. Por ejemplo los de la plaza de España (o El Parche) exigen estar bañados por el sol veraniego que cambiante en su recorrido va ofreciendo una visión espectacular del perímetro porticado.

            Los de La Ferrería y Sabugo adquieren de noche un tono conmovedor y tienen su ración de misterio con la calle mojada. Los de Galiana son caso aparte, pues contemplados en su inicio (desde la plaza Álvarez Acebal) componen una galería serpenteante de 252 metros que se pierde a la vista; en invierno, cuando el sol sesgado los riega, se produce un embrujo visual mágico.

            Tiran a paisaje urbano de película. «¡Son de cine porque en el teatro no caben! ¡coño!» me dijo Fernando Fernán Gómez, pasando del genio al mal genio mientras paseábamos por Rivero un día del invierno del 82.

            En cualquier caso son la sal arquitectónica de Avilés. Su gracia.

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Avilés, una historia de cien mil años
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Alberto del Río Legazpi | 05-03-2017 | 18:28| 0

Se cumplen diez años del hallazgo de muestras prehistóricas en pleno centro de Avilés, a menos de 100 metros del Ayuntamiento de la ciudad, toda una historia de la prehistoria.

          Hay gente que cree que la prehistoria es una especie de carrito de supermercado cargado de muñecos de los Picapiedra y videojuegos de dinosaurios.

          Los años que nos separan de aquellos tiempos, son miles, millones; están tan condenadamente lejos que es difícil hacerse una idea. Hay aproximaciones ficcionadas que nos llegan por alguna película tipo ‘Parque jurásico’ de Steven Spielberg y no muchas más, pues la Prehistoria –término empleado para definir el periodo de la historia transcurrido desde el inicio del proceso de la evolución humana hasta la aparición de testimonios escritos– es uno de los temas menos representados en el cine de ficción.

Marcado con una X el edificio de la calle La Cámara en cuyo solar tuvo lugar el prehistórico hallazgo.

          Pero dejémonos de películas y pasemos a la realidad que supone el hecho de que en este mes de marzo se cumplen diez años de un descubrimiento fundamental para esta tierra llamada Avilés que poblamos, enriquecemos, gozamos y maltratamos.

          Fue en marzo de 2007 cuando el equipo de la arqueóloga Cristina Arca Migueláñez fue contratado para cumplir con la ley de Patrimonio que obliga cuando se edifica un solar en casco urbano y sobre toda en zona de asentamiento histórico, como el caso de Avilés, investigar el suelo del mismo.

          Ocurrió que al vaciar (solo quedó en pie la fachada original de 1920) el edificio en cuestión, situado en la calle de La Cámara, para adecuarlo a nuevas viviendas, y habiendo quedado por tanto descubierto el solar para iniciar la obra de reconstrucción, se pusieron la investigadora mierense y su equipo a la tarea de excavar el terreno en cuestión siendo premiados con una lotería arqueológica consistente en piezas prehistóricas de una antigüedad 100.000 mil años. Cifra, para estos lares, de quitar el hipo.

          Desde entonces la prehistoria en Avilés–centro urbano está domiciliada en el solar donde se levanta el edificio número 5 de la calle de La Cámara.

          En dicho terreno, de 242 metros cuadrados, y a muy poca profundidad, se hallaron 19 piezas del Paleolítico (asócienlo a Edad de Piedra). Eran hachas bifaces (o sea talladas por ambos lados de la piedra), lascas y núcleos (trozos bastos de piedra), todos ellos herramientas asociadas a la caza.

          Este hallazgo no es que sea algo extraordinario en Asturias pero es descomunal en el centro urbano de Avilés y más si está ‘arrimado’ a su casco antiguo buena parte del cual está declarado Conjunto Histórico Artístico desde 1955.

          El resultado del descubrimiento lo plasmó Cristina Arca en un informe, a la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, acompañado de un estudio geológico dirigido por el profesor universitario Germán Flor que determinó que el edificio donde aparecieron los restos prehistóricos, se levantó sobre una terraza fluvial que vendría de Miranda, parroquia de la zona alta de Avilés. Las piezas encontradas se guardan en el Museo Arqueológico de Asturias.

          De campañas arqueológicas programadas está muy necesitado el casco histórico avilesino para seguir buceando en un pasado que ahora se antoja inmenso, mucho, muchísimo más allá de los tiempos medievales de los que conservamos signos palpables en forma de iglesias (San Antonio de Padua, San Nicolás de Bari, Santo Tomás de Canterbury) palacio (Valdecarzana) y capilla (Las Alas).

          Y de repente los orígenes de Avilés han pegado un salto inmenso hacia atrás en el tiempo llenando parte de un vacío con las evidencias ciertas que suponen esas piezas prehistóricas halladas en La Cámara. Los tiempos de poblamiento de lo que hoy es Avilés han retrocedido meteóricamente.

          En todas las edades históricas los animales han mirado al cielo. Y los racionales tan fascinados quedaron por la inmensidad del espacio galáctico que establecieron paraísos en él. Si eres bueno vas al cielo.

          Pero de poco tiempo acá hemos dejado de mirar a las estrellas y estamos construyendo un mundo virtual que ha conseguido agilipollarnos a pasos agigantados y en vez de atender a la exhibición celeste y ovacionar el maravilloso espectáculo –libre de impuestos– que hay allá arriba, ahora miramos hacia abajo encorvándonos sobre pantallas cada vez más pequeñas –de pago obligado y obligada cobertura– tan diminutas que nos caben no ya en un bolsillo sino en la esfera de un reloj de muñeca, donde se pueden ver dinosaurios de película dándose cera de lo lindo pues esa es la visión estándar que tenemos de los tiempos paleolíticos.

          Ahora sabemos que Avilés estaba poblada mucho antes de lo que creíamos merced al hallazgo de herramientas de piedra talladas por manos humanas, hace 100.000 años, en la moderna calle La Cámara, tan abundante ella en ópticas o en perfumerías y que de golpe se ha convertido en paleolítica.

          Por tanto Avilés no es antigua ¡es antiquísima! Demostrado ha quedado que somos más arcaicos, más viejos. Más prehistóricos.

 

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El renacimiento de Adolfo de Soignie
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Alberto del Río Legazpi | 26-02-2017 | 10:54| 0

Nacido en Bélgica desarrolló su labor en España siendo un hombre clave en la industrialización de Avilés y de Asturias.

            Él vino en un barco de nombre extranjero que zarpó de Amberes el mes de septiembre de 1838 con destino a Asturias.

            Desembarcó en Avilés la ‘víspera del Cristo de Candás’, como dejó escrito en un manuscrito encontrado hace poco por su descendiente, la avilesina Mercedes De Soignie, que se empeñó en sacar a flote vida y obra de su tatarabuelo –el ciudadano belga Adolphe Desoignie– consiguiendo trasladarla con éxito al libro titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’. Algo que la historia avilesina y asturiana le agradecerán.

            El ingeniero Adolphe Desoignie Silez nacido en 1816 cerca de Mons en la región valona de Bélgica, de familia humilde, logró cursar la carrera de ingeniero en Lieja donde comenzó a trabajar con tanto éxito que su patrón, Adolphe Lesoinne, le ofreció la dirección de un complejo minero que tenía en el norte de España. Y Adolphe se embarcó para Avilés. Quizá haya que hablar de regreso ya que sus abuelos maternos fueron aragoneses emigrantes en Bélgica.

            El yacimiento explotado por la Real Compañía Asturiana de Minas, nombre de la empresa de Lesoinne en Arnao (Castrillón), marcó época y Soignie tuvo mucho que ver con que fuera pionera tanto en la industrialización de Asturias, y de Avilés en particular, como en la extracción vertical y submarina de carbón.

            El castillete (un clásico de la minería española) hoy con un abrigo de zinc, es el buque insignia del actual Museo de la Mina de Arnao y su silueta se recorta triunfante en el horizonte de la costa central de Asturias.

            Que Adolphe Desoignie había venido para quedarse comenzó a quedar claro cuando se casó, en 1849, con Matilde de las Alas Pumariño estableciendo su domicilio en la [hoy] calle de La Estación donde nacieron los diez hijos del matrimonio. Y el Adolphe belga se disolvió en el Adolfo español y su primer apellido, Desoignie, se divorció quedando a la moda en De Soignie, que algunos hasta convirtieron en Desuañí.

            Después de diecisiete años abandonó, con amargura, la Real Compañía por divergencias con la empresa metiéndose de lleno en otros proyectos de ámbito regional relacionados con la minería y el ferrocarril. En el interregno fue reclamado por el Ayuntamiento de Avilés donde también haría historia.

            En los libros de Actas municipales, que van de 1860 a 1867, constan los proyectos, algunos revolucionarios, del ingeniero (el primero con ese título en la historia municipal avilesina) Adolfo De Soignie.

            De su labor municipal destaco la modernización, por ejemplo del Avilés urbano, al ‘inventar’ las aceras con un proyecto redactado el 17 de enero de 1861 para la construcción de bordes peatonales en aquellas calles de la Villa que tuvieran el suficiente ancho que las justificase. Ahí empezó la adecuación de Avilés a las normas viarias de las ciudades más modernas de España.

Adolfo De Soignie en foto tomada en 1896.

             Se atrevió a ponerle el cascabel al gato de los sillares carcomidos de las columnas del Ayuntamiento, edificio inaugurado en 1677 y por tanto con cimientos de mírame y no me toques que temblequeaba. Soignie lo puso firme.

            Diseñó, en 1861, una nueva plaza (popularmente conocida como la ‘del Pescado’) hoy muy frecuentada por ser punto céntrico del acceso peatonal a la margen derecha de la Ría.

            Y luego está lo de meter el agua en casa a los avilesinos. Comenzó el 5 de septiembre de 1863 cuando expuso públicamente la planificación de una nueva red de abastecimiento de aguas que sustituiría las frágiles cañerías de barro por otras de hierro. Fue una de las obras públicas más señaladas de la historia avilesina, ejecutada en 1865 bajo su dirección, con el feliz resultado de que a partir de entonces el agua empezó subir a bastantes  viviendas de la ciudad naciendo así los cuartos de baño. Aquello fue la repanocha higiénica. Un hito social.

            Se integró, el ingeniero Adolfo de Soignie, en la vida social de Avilés, siendo un importante miembro de la Sociedad Artística local. Y hoy figura junto a Cástor Álvarez, Estanislao Sánchez-Calvo y Galo Somines entre otros, todos ellos impulsores del primer periódico de la historia avilesina: ‘El Eco de Avilés’, proyecto dirigido y ejecutado por el tipógrafo ovetense Antonio María Pruneda, el Gutemberg local, en su imprenta de la plaza de Carlos Lobo.

            De Soignie aparece por cualquier latitud pues también es notorio su protagonismo en el nacimiento y desarrollo de Salinas que fue posible en gran medida merced a la implicación, de una y otra forma, de directivos de la Real Compañía Asturiana: Soignie, Hauzeur, Ferrer, Acha, Riera, Laloux,  Sitges o Treillard.

            Falleció en 1898 dejando obra escrita sobre puertos marítimos, vías férreas y emigración. Su nombre ha quedado ligado históricamente a la mina de Arnao, al Ayuntamiento de Avilés y a una selecta lista de profesionales europeos (Schulz, Tartiere y otros) que tuvieron un protagonismo crucial en la industrialización asturiana del siglo XIX.

            Hay coincidencia en que De Soignie fue persona intachable, de carácter muy suyo y trabajador infatigable. Acertó el Gobierno de España condecorándolo con la Cruz de Carlos III. Luego está su faceta diplomática, pues resulta que fue nombrado cónsul de Bélgica por la reina Isabel II de España ¿Qué mejor embajador de Bélgica en Avilés que este avilesino de Bélgica?

            Ha renacido Adolfo De Soignie Silez figura clave en la industrialización asturiana y hoy ya sabemos más que ayer sobre nuestro antes de ayer. 

 

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El Camino de Santiago traspasa el casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 19-02-2017 | 11:26| 0

            Hubo una vez un reino de Asturias, cuando aún éramos más grandones que ahora, que ocupaba toda la cornisa cantábrica.

            Uno de los reyes asturianos, de nombre Alfonso II, mandó construir una iglesia ‘de porte asturiano’ allá cerca del fin del mundo –lo que se llamaba Finisterre, porque se creía que más allá solo había mar– en el lugar conocido como Compostela, para que acogiera las reliquias recién descubiertas del apóstol Santiago, reimpulsando así una antigua costumbre de peregrinaje de fieles hacia la tumba del discípulo de Jesucristo delatada ya anteriormente, según cuenta la tradición, por los fulgores de estrellas bajadas del cielo hacia aquel lugar desde entonces conocido como ‘Campus Stellae’ que derivaría con el tiempo en el  vocablo Compostela.

            No le faltó tiempo a Alfonso II (760–842) para potenciar la noticia del milagro sideral por la Europa cristiana con lo que el monarca asturiano consiguió que desde entonces y a lo largo de siglos, guiados desde los cielos por La Vía Láctea, llegaran a Compostela multitud de creyentes generando una gran vitalidad económica, social y cultural por los lugares de paso. A cambio se pagó un desolador peaje sanitario en forma de epidemias.

            En uno de los Caminos que conducen a Compostela, el costero, una de las villas que ofrecen parada y fonda a los viajeros es Avilés que ya en 1515 construyó (los albergues locales son episodio aparte) un edificio ex profeso que acogiera a los peregrinos que recorrían aquella espectacular ‘autopista’ cultural. Goethe escribió que Europa se hizo peregrinando a Compostela.

            El Hospital de Peregrinos estaba fuera de la muralla en el entonces arrabal del Ribero y cuando la incuria lo destruyó (en 1948) Avilés construyó otro albergue más modesto, pues la sociedad había ido cambiando y ya no peregrinaban tantos a ganar indulgencias divinas. Actualmente ha vuelto a tomar un gran auge cultural.

              Tal como está estructurado el Camino –hablo del costero y en dirección este a oeste– una de las etapas trae a los peregrinos desde Oviedo o Gijón, según, hasta Avilés donde hacen noche, para continuar frescos a Soto de Luiña buscando la meta de Santiago de Compostela.

              Lo hacen cruzando la ciudad siguiendo el recorrido tradicional por lo que traspasan gran parte del casco histórico avilesino ayudados por señales de tráfico especiales con el símbolo del peregrino compostelano, o sea una concha (interpreten este vocablo, los sudamericanos que leen este episodio, en el mejor de los sentidos que se le da en España o sea caparazón de carbonato cálcico de los moluscos).

              Así que salen del Albergue situado frente al final de Rivero, calle que recorren en su totalidad, enterándose que fue urbanizada en el siglo XVII y que junto con Galiana son dos de las más espectaculares de una villa que tiene kilómetros de soportales, entre antiguos y modernos.

              Tendrán más al llegar a la plaza de España, sensacional Parche arquitectónico, y continuarán camino por la calle de La Ferrería, como marca la concha (sigan conteniéndose la mayoría de los lectores en habla hispana del continente americano) al inicio de esa vía.

A la izquierda Concha indicadora del Camino de Santiago en la calle La Ferrería.

              Se trata de la que fue calle mayor de Avilés durante siglos, y por tanto atesora destacados monumentos como un palacio gótico, edificado en torno al siglo XIV por un rico mercader para servir de lonja comercial y de vivienda familiar. Más adelante y cuando la calle comienza su descenso hacia el parque del Muelle pasarán ante un complejo religioso formado por la iglesia, hoy de San Antonio (siglo XII) y la capilla de Las Alas del siglo XIV.

              Al llegar al parque (donde durante siglos se encontraban los peregrinos con los muelles del tradicional puerto de Avilés) deben dirigirse al barrio de Sabugo; antiguamente lo hacían pasando el puente que comunicaba la villa amurallada con aquel barrio marinero. Hoy lo hacen yendo a un costado de la fachada norte del palacio de Camposagrado y luego de la plaza del Mercado (oficialmente Hnos. Orbón) hasta alcanzar la calle de La Estación.

            Antiguamente conocida como calle D’Alante es una de las tres históricas de Sabugo junto con la D’Atrás (Bances Candamo) y la D’Enmedio (Carreño Miranda). La de La Estación, es recorrida por la persona viajera a Santiago de Compostela, justo hasta divisar el ábside de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (siglo XIII) donde habrán de girar hacia la plaza del Carbayo.

            Luego saliendo hacia la calle Marcos del Torniello tomarán la Avenida de Alemania e irán subiendo, dejando el barrio de Pescadores (o Nodo) a la derecha, por la empinada carretera de San Cristóbal para desde allí introducirse por caminos del territorio municipal de Castrillón.

            ¡Buen Camino!… Es la tradicional despedida al peregrino. 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta