El Comercio

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El histórico mercado de los lunes
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Alberto del Río Legazpi | 15-01-2017 | 11:23| 0

(El 15 de enero de 1479, hace hoy 538 años, los Reyes Católicos concedieron a Avilés el privilegio de un mercado semanal libre de impuestos).

          Por la presente transcribo –con algunos retoques gramaticales para mayor comprensión– parte del texto del documento dado en la Edad Media por los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón).

          «Don Fernando e Doña Isabel por la graçia de Dios Rey y Reyna de Castilla, de León, de Toledo, de Siçilia, de Portugal, de Galizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jahén, de los Algarves, de Algezira, de Gibral­tar, Prínçipes de Aragón y señores de Vizcaya e de Molina.

          Por quanto nos avuemos sído informados  (…) cómo la villa de Avi­lés que es en el nuestro Prinçipado e Quatro Sacadas de Asturias de Oviedo se quemó e está quemada, o la mayor parte della, de guisa que en ella non quedó nin queda poblaçión ninguna (…)».

          Y es que Avilés había sufrido un incendio que se calcula destruyó dos tercios de la villa, unas cincuenta casas y que algunos historiadores mantienen  que fue intencionado. Por aquel entonces un incendio podía hacer arder las poblaciones como la yesca dado que muchas casas estaban construidas con madera mezclada en ocasiones con barro y los tejados se hacían con ramas vegetales sobre maderos. Se salvaron solo las pocas casas construidas con piedra, entre ellas palacios e iglesias.

LA VOZ DE AVILÉS. Página 12.

          Los Reyes Católicos acuden en ayuda de Avilés concediéndole un mercado libre del impuesto real (llamado alcabala) como medida que animase a que la gente acudiera nuevamente a poblar la villa marinera.

          «(…)en adelante en cada un año para siempre jamás aya en la dicha villa un mercado franco de alcavala de todas las mercaderías e ganados e bestias e otras cosas que en qualquier manera se compraren e vendieren e trocaren e cambiaren, e traxieren a vender e vendieren qualesquier personas de qualquier ley o estado o condiçión, preheminençia o dignidad que sean o ser puedan, así vezinos e moradores de la dicha villa de Avilés y su conçejo, como de otras cualesquier partes de nuestros Reynos y señoríos que al dicho mercado vinieren(…)».

          De la importancia de Avilés da cuenta el hecho de que mandaron pregonar la iniciativa mercantil por todas las ciudades, villas y lugares del Reino.

          Y fijan los lunes como fecha de celebración « (…) El qual dicho mercado se faga y pueda fazer en la dicha villa, e en sus arrabales, e en las dos plaças y mercados, de la dicha villa e sus arrabales que son la plaça del Cay y de la Çima de villa, el día de lunes de cada semana, desde el sol salido fasta ser puesto (…)».

          La plaza del Cay era zona portuaria y que además separaba la villa amurallada del pueblo de Sabugo; y la Çima de villa (Cimadevilla) el lugar formado por la conjunción de las, hoy, calle de La Fruta y plaza de España entonces lugar despoblado, idóneo para mercadear.

          Luego, con el tiempo, el mercado de los lunes se fue extendiendo por el centro de la villa, excepto el del ganado que se hacía en El Carbayedo. En el último tercio del siglo XIX se fijó el mercado de productos de la huerta y alimentos en la recién construida Plaza Nueva (así se llamó en origen), hoy conocida como Hermanos Orbón y siempre como Plaza del Mercado.

          Considerando que Avilés había sufrido el incendio en noviembre de 1478, los reyes actuaron con extrema diligencia para aquellos tiempos de noticias llevadas y traídas a galope de caballos. Dos meses fue el tiempo transcurrido entre la tragedia y el remedio para la misma lo que es una prueba de la importancia de Avilés –entonces segunda población de Asturias– y su puerto, entonces uno de los más importantes del norte peninsular.

          En el documento se fijan normas y procedimientos de un mercado semanal, libre de impuestos, que buscaba el renacimiento de Avilés y que lo consiguió aunque se calcula que tardó un siglo en hacerlo.

          Son 1471 (mil cuatrocientas setenta y una) las palabras, encajadas en nueve párrafos, que tiene el mandato real. El antepenúltimo párrafo especifica que fue «Dado en la puebla de Guadalupe a quinze días de Henero, año del Nascimiento del Nuestro Señor Ihesu Christo de mill y quatroçientos y seten­ta y nueve años». lo que sirve para poner punto final al presente episodio, publicado el quince de enero del año dos mil diecisiete en la ciudad de Avilés, donde los lunes se sigue celebrando, siguiendo el mandato real de «en cada un año para siempre jamás», el mercado semanal más concurrido de Asturias. 

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Patrimonio industrial, habas contadas
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Alberto del Río Legazpi | 08-01-2017 | 16:50| 0

(Antiguos y destacados edificios industriales de Avilés la mayoría de los cuales han sido rehabilitados y aprovechados para otros usos).

              Mi amigo Ángel García Carreño, gestor cultural ejerciente en Pamplona y que es sufridor (por sabedor) del abandono del patrimonio industrial avilesino, me hace llegar un libro sobre el de Navarra que resume las ponencias de un  simposio celebrado allí bajo la coordinación de Víctor Manuel Egia Astibia.

La Curtidora

              Excepcional publicación y excepción que confirma la regla del patrimonio industrial como el gran ignorado siendo como es protagonista, por ejemplo, de buena parte del paisaje de Asturias, región muy valorada a nivel internacional por la arquitectura que han generado las industrias del carbón, siderurgia e hidroeléctricas.

              Buena parte de ese patrimonio (el 33%) está en la comarca de Avilés y en algunos de estos episodios nos hemos referido a él para señalar que desgraciadamente apenas quedan raspas de la industria de cabecera de Ensidesa donde volaron, a ritmo de goma–dos, valiosas arquitecturas incluidas joyas del gótico industrial (ni un Horno Alto quedó en pie) o una catedral del barroco fabril (Central Térmica),edificio único en España que terminó derrumbado y achatarrado entre protestas de todo tipo de organismos, desde colegios de ingenieros y arquitectos de Asturias hasta la mismísima UNESCO.  Le tengo leído a Celestino García Braña, decano del Colegio de Arquitectos de Galicia, que «algunas factorías diseñadas en el siglo XX son una singularidad de su tiempo tal y como las catedrales lo fueron antes».

Antigua Fábrica El Águila

              De aquel baile dinamitero que destruyó el valioso instrumental del heavy metal siderúrgico avilesino solo restan unas baterías de rock. Quiero decir de cok.

              Todo eso ocurrió en la margen derecha de la Ría mientras en la izquierda, donde se asienta la zona urbana avilesina, las cosas pintaron mejor pues se conservaron –y en la mayoría de los casos rehabilitaron– algunas instalaciones industriales construidas hace más de cien años cuando los indianos regresaron de Cuba con el fajo lleno de billetes, justo cuando la perla de las Antillas dejó de ser provincia ultramarina de España y pasó a ser un país independiente excepto para Estados Unidos, por supuesto.

              Por ejemplo La Curtidora, sita en la calle Gutiérrez Herrero (un indiano por cierto) levantada en 1903 para la familia Maribona por el ingeniero Primault siguiendo planos del arquitecto Tomás Acha. La antigua fábrica de curtidos está compuesta por tres naves de muy vistosa decoración de ladrillos rojos y sillares de piedra blancos que hoy, con chimenea emblemática incluida, se ha rehabilitado y convertido en hotel de empresas.

Antigua Ferretería, en Sabugo

              En la misma calle se levantó, en 1893, la fábrica de harinas El Águila que llegó a alcanzar una producción anual de 7.000 toneladas partiendo de trigos de Castilla, Rusia y Estados Unidos. Cerrado el negocio se conservó el edificio principal, una fachada de tres alturas coronado con un águila metálica, así como una nave anexa que sirvieron durante años de cuartel de bomberos. Hoy el inmueble, propiedad municipal, acoge escuelas–taller de formación profesional.

              En el barrio de Sabugo y con fachadas a sus tres calles históricas (La Estación, Carreño Miranda y Bances Candamo) se conserva buena parte de un complejo ferretero (García Fernández y Cia) construido en 1923 siguiendo planos del arquitecto Francisco Casariego. Es un llamativo ejemplo de art déco en un barrio de traza medieval como es Sabugo y es muy discutible que se hubiese permitido su construcción en este lugar. El caso es que se ha conservado y hoy en día el inmueble, de distinta propiedad, se dedica a labores formativas de medicina y a albergue municipal de transeúntes.

Naves de Balsera (izquierda)

              Capitulo aparte son las Naves de Balsera, mandadas edificar a principios del siglo XX por Victoriano Fernández Balsera en terrenos marismeños entre la estación de ferrocarril y los nuevos muelles de la Ría. En solar tan estratégico se levantaron unas grandes y vistosas naves, diseño de reconocido valor patrimonial obra del arquitecto Antonio Alonso Jorge, como almacenes dedicados al comercio ultramarino.

               Clausurado el negocio, las naves llevan años cerradas. Recientemente el exterior de la fachada ha recibido un lavado de cara, pero siguen llevando la cruz del  deterioro por desuso –y sin pares sueltos– en el interior.

              El Gobierno ha declarado, a principios de 2017, a Avilés como uno de los cien paisajes culturales más destacados de España. Que nos conste –y que les conste a las autoridades– que también  tenemos uno industrial, a pesar del destrozo hecho, y que ojalá seamos capaces algún día de valorar también como paisaje cultural, tal y como ha hecho Castrillón con el suyo.

              Quizá con el tiempo, una caña y algo más.

 

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Cristóbal Colón partió de Avilés para descubrir América
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Alberto del Río Legazpi | 28-12-2016 | 09:16| 0

(Edición especial 28 diciembre 2016)

      «Así las cosas, llegó el año mil y tan­tos, cuando Fernando é Isabel (a) Los Católicos, ocuparon el trono, viniendo á Avilés á los cuatro meses, seis días y ocho horas de ser elegidos, con el ob­jeto de pasar aquí el verano. Con tal motivo preparáronse grandes fiestas y regocijos públicos (Grandes fiestas de San Agustín, 1490) en honor de tan ilustres huéspedes, como carreras de velocípedos, regatas en el Tuluergo, iluminaciones, carreras de burros, cu­cañas, etc.

      El festejo que más llamó la atención, sin duda alguna, fué las grandes carreras de caballos que se ce­lebraron en la carretera de Salinas, re­vistiendo gran importancia por haber tomado parte en ellas los monarcas, que tenían verdadera fama de jinetes consumados, dejando tamañitos á to­dos los de aquella época. La tal fies­ta fué presenciada por numeroso pú­blico.

      Dióse la señal por medio de gruesos palenques. Salieron á disputarse el premio, consistente en un reloj de nikel y una cesta de pavías de Candamo, el rey en persona y un hijo del país llamado Valeriano. Montaba el primero un fogoso caballo andaluz y el segundo una soberbia mula, saliendo vencedor el monarca que llegó á la meta trein­ta minutos antes que su contrincante, siendo el soberano aclamado por el pueblo, y obsequiado con un pasaca­lle por una banda militar (‘Pan y Toros’ Marcha de la Manolería) contra­tada para las fiestas.

      Tocóle luego el turno á doña Isabel, que por no ser menos que su esposo, quiso también tomar parte en aquel sport, dejando á su contrincante á mi­tad de camino. El entusiasmo del pue­blo, no reconoció entonces límites, prorrumpiendo en vítores y aplausos hacia los monarcas, reconociéndoseles como los mejores jinetes de aquella época, viniendo desde entonces aque­llas célebres frases: ‘Tanto monta, monta tanto, Isabel, como Fernando.’ Si bien la mayoría del pueblo era partidaria de que montaba más el rey.

      Mientras permanecieron Los Católi­cos en la villa, todo eran fiestas y jol­gorios, teniendo el Ayuntamiento de entonces que hacer un empréstito para pagar tanta juerga.

      Una calurosa tarde de Julio estando los soberanos en su hermoso palacio de Santa María del Mar (del que ya no queda ni rastro) oyeron á la puer­ta principal dos fuertes aldabonazos. (Algunos historiadores los hacen su­bir á cuatro, pero está probado que sólo fueron dos… sin repique). Acudió presuroso un paje, en­contrándose con un desconocido cu­bierto de polvo y jadeante, que re­sultó ser nada menos que Cristóbal Colón, que á todo trance quería cele­brar una interviú con los Reyes. Pa­sado á la sala de recibir, donde fué bien recibido por la bondadosa doña Isabel, ésta le preguntó el objeto de la visita, y el bueno de don Cristóbal la manifestó que se le había metido en­tre ceja y ceja descubrir lejanas tie­rras, allende los mares.

      La reina entonces, y viendo la terquedad de aquel forastero, decidió el protejerle, dándo­le carta blanca para todo aquello que necesitase, pero pareciéndole luego exorbitante la cantidad que aquel hombre necesitaba, para su proyecto, decidió empeñar todas sus alhajas á un prestamista que por aquel entonces había en la calle del Sol, consultando antes el caso con su marido, que accedió á los deseos de su regia compañera.

      Una vez decididos ambos á dar su protección a Colón, para que pudiese pasar el ‘Golfo de las yeguas,’ diéronse las órdenes necesarias para que sin pérdida de tiempo empezaran á construirse, tres grandes embarcacio­nes llamadas ‘Carabelas,’ a las que después de terminadas se les pusieron los nombres de ‘Pinta,’ ‘Niña’ (llamada así por ser la más pequeña) y ‘Santa María’ (por haber sido construida en Santa María del Mar).

      Una vez listas ocupóse el bueno de Colón en buscar gente que las tripulase. Envió un expresivo telegrama urgente, con contes­tación pagada á los hermanos Alfon­so y Paco, más conocidos por el apodo de los Pinzones (llamados así por la gran disposición que tenían para amaestrar la clase de pája­ros que lleva este nombre), ricos navieros andaluces y constructores de gabarras marca ‘Giralda’. Sin titubear, los dos gemelos aceptaron gustosos las pro­posiciones que Colón les hacía, que eran las siguientes:

      Viaje en tercera de ida y vuelta, siete pesetas diarias y un traje á la medida. Una vez hallado todo el per­sonal necesario para aquel arriesgado viaje, encomendó Colón á los Pinzones el mando de la ‘Pinta’ y ‘La Niña’ embarcándose él en ‘La Santa María’ como almirante y jefe de la expedición.

      Eran las tres y minutos de una tar­de de verano. La carretera de San Juan hallábase atestada de curiosos, que en crecido número acudían á la dársena para despedir á Colón. A las seis de la tarde dióse la señal de partida. Abandonaron las ca­rabelas los que no tenían pasaje, y aquellas tres embarcaciones se desli­zaron majestuosamente sobre la tersa y húmeda superficie. Ondearon en el aire miles de pañuelos, más ó menos limpios, y se oyeron mil aclamacio­nes.

      Los monarcas salieron en uno de los vapores dedicados á la pesca hasta fuera de barra, para despedir de este modo á aquel hombre especial».

 

(Texto de José Martín Fernández, rescatado el 28 de diciembre de 2016, fiesta de los Santos Inocentes, de la ‘Historia Cómica de Avilés’ publicación editada en 1894 y de la que también son autores: José Villalaín, Joaquín Graña, Alfredo García Sánchez, Marcos del Torniello, Alberto Solís. Horacio A. Mesa y F. Talens y Ramírez).

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Galé & Galé navegando por el mundo
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Alberto del Río Legazpi | 18-12-2016 | 16:30| 0

La profesión de Jesús Teodoro y su hijo Juan les llevó a viajar por los mares Mediterráneo, Rojo y de la China; así como por los Océanos Atlántico, Pacífico e Índico.

          En 1914 y por el centro de París se podía ver, en las tardes soleadas, a Jesús Teodoro Galé paseando con su perro por el centro de la ciudad. Componían una estampa causante del asombro, cuando no de las risas, de muchos viandantes por la discordancia que ofrecía la muy notable envergadura de aquel hombre comparada con la del extraño y diminuto perro. Nunca se había visto can igual, Galé lo había traído de China, lo llamaba Tien-Sin y dicen que fue el primer perro pekinés auténtico que ‘conquistó’ París.

Portada de la expo del Museu del Pueblu d'Asturies de Gijón. Todas las fotos aquí publicadas son de gentileza del Museu.

         Jesús Teodoro Galé Pérez había nacido en Avilés el 15 de abril de 1877 y era hijo del aragonés (natural de Siresa. Huesca) Manuel Galé Gán que se había establecido en la ciudad asturiana, casado con Amelia Pérez Miranda y abierto (1876) en la calle de La Cámara una confitería que pronto se haría famosa en toda la región por la calidad de sus pasteles.

         Jesús Teodoro fue el primogénito de los 13 hijos que tuvo el matrimonio. Su padre lo mandó a estudiar a Alemania, a un colegio cuya dirección constaba en un cartel colgado del cuello del joven no fuese que se extraviara por alguna estación.

         Pero no había nada que temer, era más listo que el hambre. Su progreso fue meteórico, cumplidos los 23 años ya había estado en Inglaterra y Estados Unidos, todo un prólogo de sus grandes viajes intercontinentales. Recuerde el lector que en aquella época el personal utilizaba, para sus traslados, el tren y el barco. Se viajaba con la maleta y la aventura.

         Al comenzar el siglo XX Jesús Teodoro se establece en París como comerciante internacional. Representaba los intereses de dos grandes firmas francesas: la farmacéutica Grimault & CO y la cosmética Rigaud. Se casó con Reneé Moureau, hija de un diplomático francés, con la que tuvo un hijo: Juan Galé Moureau, al que llamaban ‘Xan’ y que seguiría, profesionalmente, el camino del padre.

         El trabajo principal de los Galé era principalmente la representación internacional de las firmas mencionadas viajando a sitios tan lejanos y desconocidos, para los europeos, como los países africanos y fundamentalmente casi todos los del continente asiático, especialmente India, China, Indochina (Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam), Filipinas, Singapur, Indonesia (isla de Java) y Japón.

Jesús Teodoro y Juan, en Bombay (India)

          Sobrepasó la veintena el número de viajes, no exentos de riesgo físico, que hicieron y duraban meses e incluso uno llegó al año. A la vuelta traían pinturas, grabados, telas, cerámicas, filatelia… Llegando a ser pioneros importantes en los nacientes circuitos mercantiles de productos asiáticos, especialmente de los japoneses, entonces de moda (‘el japonismo’) en Europa a raíz de las Exposiciones Universales.

          Vendían los productos orientales a terceros y también en sus tiendas de Avilés, Tenerife y San Sebastián. Jesús Teodoro murió en Marsella, puerto donde solía iniciar sus viajes, en 1927.

          Su hijo Juan, ‘Xan’, (Paris, 1900–Luanco 1975), vino a casarse a Avilés con su prima Isabel Carreño Galé, natural de Santiago de Ambiedes donde su padre Alberto Carreño ejercía como médico en los pueblos de la zona del Cabo Peñas. Juan e Isabel no tuvieron descendencia y tiempo después de la muerte del patriarca, en Marsella, se trasladaron a vivir a Avilés y posteriormente a Luanco.

           ‘Xan’ había incorporado a las expediciones mercantiles de su padre una novedosa cámara de fotos portátil Kodak con trípode, instrumento fabuloso que serviría para que los Galé trajeran atrapadas en sus maletas imágenes de pueblos, ciudades y costumbres asiáticas, en especial japonesas.

         Yo empecé a conocer algo de la vida y obra de Jesús Teodoro gracias Ramón Vega Piniella, que un día apareció por el Archivo Histórico de Avilés a la busca y captura de datos del Galé protagonista de la tesis doctoral que estaba preparando. Automáticamente me sentí hechizado por lo que me contó sobre este desconocido peregrino mercantil por los océanos, un Marco Polo asturiano, chocante además por cuanto en Avilés el apellido Galé estaba ligado generalmente al mundo confitado.

Ruta de uno de los viajes.

         Luego, con el tiempo, fui testigo del progreso en la difusión de la obra de padre e hijo, en una exposición celebrada en 2014 en el Museu del Pueblu d’Asturies en Gijón, realizada principalmente gracias a los conocimientos que Ramón Vega, Yayoi Kawamura e Ignacio Pando tenían sobre dichos personajes. Estaba centrada tanto en las fotografías hechas por los marchantes en sus viajes como en las que adquirieron en las exóticas tierras asiáticas y que hoy es un tesoro de ‘imágenes con un interés histórico, antropológico y social sin parangón’ dicen los expertos.

         Galé & Galé exploradores de corbata, pajarita y salacot, no permanecieron sentados a la sombra de la vida. De eso nada. Salieron al sol, zarparon y se pusieron el mundo por montera. 

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Los BIC de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 11-12-2016 | 10:12| 0

          Si hablo de BIC no me estoy refiriendo a los populares bolígrafos y encendedores, ni a un histórico equipo ciclista cuyo líder era Luis Ocaña ganador de un Tour de Francia y de una Vuelta a España, ni tampoco –que lo haré otro día– al dibujante avilesino Edgar Bic Álvarez.

          Cuando hablo de BIC me refiero al acrónimo de Bienes de Interés Cultural que son aquellos «bienes más relevantes del Patrimonio Cultural de Asturias que, por su valor singular, se declaren como tales mediante Decreto del Consejo de  Gobierno del Principado de Asturias».

Calle y teatro Palacio Valdés.

          La declaración de un elemento como Bien de Interés Cultural (BIC) supone fundamentalmente que el mismo pasa a estar automáticamente protegido, o sea que se mira pero no se toca, a no ser que se cuente con el permiso, aparte del municipal, del Principado de Asturias que es en este tema quien tiene la sartén por el mango y el mango también.

          El 27 de mayo de 1955 el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó un Decreto por el que se declaraba buena parte del casco antiguo de Avilés como Conjunto Histórico–Artístico. Aquel Decreto blindó jurídicamente determinadas calles y plazas avilesinas y muchos de sus monumentos principales, palacios e iglesias. Pero hubo omisiones lamentables como fue el caso del barrio de Sabugo que resultó muy perjudicado patrimonialmente al no ser incluidas sus tres calles históricas (Carreño Miranda, Bances Candamo y La Estación), algo que hoy ya es irreparable.

          Otros olvidos ha podido ir remediándolos el tiempo al traer nuevas leyes en las que  viajaron los BIC (en plan VIP patrimoniales) y que a fecha de diciembre de 2016, en Avilés, son siete. Insuficientes a mi juicio.

          De todos ellos se viene escribiendo en Los Episodios Avilesinos (serie dominical de LA VOZ DE AVILÉS que en 2017 cumplirá 6 años) y pueden consultarse tanto en la Hemeroteca del periódico como en la capilla virtual de San Google de Internet.

          La relación de BIC avilesinos la inicia, por orden cronológico, el «Conjunto Histórico de Avilés. Zonas de la villa» que no es otro que el Decreto de 1955, del que hemos venido hablando hasta ahora.

Palacio de Maqua.

          Le sigue el «Teatro Palacio Valdés» que fue declarado BIC el 28 de diciembre de 1982. Un espléndido edificio que a pesar de su corta vida, fue inaugurado en 1920, pasó por el trance de ser rescatado, por el Ayuntamiento, de la ruina y restaurado. Un drama que terminó en ópera de Bances Candamo cuando fue reinaugurado en 1992.

          El «Palacio de Balsera», BIC desde el 3 de octubre 1991, es uno de los más llamativos edificios de Avilés. Construido por el comerciante Victoriano Fernández Balsera para residencia familiar es actualmente propiedad del Ayuntamiento que lo ha reconvertido en sede del Conservatorio de Música.

          En igual fecha que el Balsera también fue declarado BIC el «Palacio de Maqua» que ennoblece arquitectónicamente La Cámara, principal calle de la ciudad. También propiedad municipal, conserva actualmente cerradas la mayor parte de sus dependencias.

          La «Capilla de Las Alas» declarada BIC el 31 de Octubre de 1991 está considerada la muestra más relevante de capilla funeraria de estilo gótico. Hace no mucho ha sido parcialmente rehabilitada, aunque su entrada sigue siendo un patio de luces, tendales incluidos, de los edificios que la cercan, acogotan y estrangulan.

          La plaza del Mercado avilesina fue declarada BIC el 27 de enero de 1993 bajo la denominación de «Conjunto Histórico de la plaza del Mercado de Avilés». Es tan singular espacio arquitectónico como triunfal solución urbanística al haber conseguido soldar dos zonas medievales (antigua Villa amurallada y barrio de Sabugo) separadas durante siglos por el agua –la dulce del río Tuluergo y la salada de las marismas– logrando el ensanche y expansión de la ciudad. Una pasada.

Palacio de Balsera.

          «Santo Tomas de Canterbury, antigua iglesia de Sabugo» fue declarada BIC el 29 de junio de 2006, en medio de bastantes aleluyas por ser templo de gran significación histórica local y arquitectónicamente el monumento medieval que mejor se ha sabido, o podido, conservar en Avilés.

          Dice, una amiga mía, que un BIC para una ciudad viene a ser lo que un VIP en la sociedad «apenas hay diferencia, pues si VIP significa Very Important Person, BIC puede ser perfectamente Bery Important City». Profesora de inglés en Florencia (Italia) está chiflada por el Casco Histórico de Avilés y convencida de que debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad, justo como el propio Ayuntamiento de Avilés se había propuesto hacer y así está recogido en el Plan General de Ordenación Urbana de julio de 2006. Pero desde entonces no ha hecho ni gesto ni gestión, ante la UNESCO, para cumplirlo. Lo que me recuerda un cartel visto en un bar: ‘Se prohibe cantar y ser grandón’.

          Ocurren estas cosas cuando resulta que hay más brocha que pincel. 

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El otoño del patriarca Menéndez
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Alberto del Río Legazpi | 04-12-2016 | 10:48| 0

          Pedro Menéndez nació en invierno, murió en verano y últimamente se le recuerda en otoño porque en estas fechas (en concreto el cuarto jueves de noviembre) se celebra en los Estados Unidos de América el Día de Acción de Gracias, una de las tradiciones más populares de dicho país tan ayuno de ellas por descaradamente joven.

          En tal día conocido como «Thanksgiving Day», las familias se reúnen en una comida especial para dar  gracias por todo lo recibido a lo largo del año.

          Un festejo que viene siendo cada vez más discutido que fuera ‘inventado’ por los colonos ingleses en 1621 en la colonia de Plymouth, en el actual estado de Massachusetts, al desembarcar (básicamente explicado) del ‘Mayflower’ y compartir sus alimentos con los nativos.

‘Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565’ (en el centro Pedro Menéndez). Florida Museum of Natural History

          Porque tal acto de fraternidad entre civilizaciones ya habría ocurrido 56 años antes en las costas de Florida cuando desembarcaron los españoles al mando de Pedro Menéndez de Avilés. Tesis expuesta, hace años, por el profesor de la Universidad de Florida, Michael Gannon, que cada otoño gana más partidarios.

          La semana pasada los medios se hicieron eco de que los  arqueólogos del Florida Museum of Natural History daban por hecho que no fueron los peregrinos ingleses quienes celebraron el primer Día de Acción de Gracias, sino la expedición española al mando del marino asturiano.

          De sus investigaciones se deduce que los españoles asistieron a una misa especial «para dar gracias a Dios», tal como solían hacer al llegar a un nuevo territorio, y acto seguido se sentaron a comer invitando a los nativos americanos ‘en lo que constituyó toda una fiesta de acción de gracias’, manifestó Kathleen Deagan, comisaria de investigación de Arqueología Histórica de dicho museo.

          Y nada de pavo como hicieron los colonos ingleses en Plymouth, sino jamón curado y otros productos típicos españoles como vino tinto, aceitunas y garbanzos.

          Datos que derrumban la historia de los orígenes de uno de las tradiciones norteamericanas más populares, que hasta ahora había sido vista exclusivamente desde el prisma británico que le dieron los historiadores ingleses empeñados en leyendas negras.

          Paralelamente cada vez cobra más valor el protagonismo de la expedición española muy poco conocida en su composición.

          Eugene Lyon en su libro ‘Florida Entreprise’ (aún por publicar la versión española, que sabe Dios cuando) relata algunas de las personas y oficios que se embarcaron (las naves salieron de Avilés, Gijón, Santander y Cádiz proyectando reunirse en las Canarias para continuar a América) en aquella aventura de 1565 y donde estaban representados virtualmente todos los oficios de la España del siglo XVI.

          Escribe Lyon que «había 10 canteros, 15 carpinteros, 21 sastres, 10 zapateros, 8 herreros, 5 barberos y 2 cirujanos. Había fabricantes de calzas, fundidores de metales, fabricantes de telas y esquiladores. Dos especialistas en la fabricación de cal y argamasa estaban a bordo, además de curtidores, herradores, cardadores, un sombrerero, un librero y un bordador. Había expertos en armas en las personas de tres espaderos, un armero y un ballestero. Había toneleros, panaderos, jardineros, un traficante de sedas, un fabricante de mantas y dos hombres especializados en fabricar lino. Un boticario y un cervecero (…). Un escribano público, notario que registraría todas las acciones formales junto con 24 resmas de papel y una cantidad de tinta. Además, 117 soldados estaban en la lista como labradores o granjeros; estos hombres estaban preparados para trabajar la tierra cuando sus deberes militares lo permitiesen. 26 de ellos llevaban a sus esposas e hijos».

          Toda una planificación para transferir la civilización española.

          En una ocasión escribí que el marino avilesino, de acuerdo con su biografía, puede que sea un ejemplo de manual de hombre hecho a sí mismo y que por tanto no tendría nada de extraño que llevara a los USA la semilla del ‘Self Made Man’.

          En un cuadro que se expone en el citado museo de Florida se puede ver al patriarca Menéndez presidiendo la primera comida de Acción de Gracias celebrada en Norteamérica con menú a base de jamón, productos de la huerta española y vino. De Rioja, matizan los norteamericanos.

          El otoño del patriarca Menéndez es un brindis a la Historia.
 

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Los Telares, avenida
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Alberto del Río Legazpi | 27-11-2016 | 10:26| 0

Una calle que cuenta con una instalación viajera que tienen muy pocas ciudades de España.

          Los Telares es avenida de límites singulares y contenido difícil  de ver en cualquier otro sitio, no solo de Avilés sino de Asturias y en España habría que ver cuántas. Me estoy refiriendo a la conocida como estación intermodal.        

          La avenida comienza, en su margen derecha, con una elegante mansión (Casa de Larrañaga) y termina en un restaurante (San Félix) facedor de una lubina al champán de chuparse los dedos. Por la acera izquierda empieza con sidra (Casa Lín) y termina con agua que mana en una fuente–lavadero de 1925, hoy remozado y única muestra de los que hubo antaño por la villa.

          En el siglo XIX la industria se instaló en esta Los Telares y en Llano Ponte, porque eran calles nuevas hechas a la carta para levantar naves por ejemplo de fabricación de telares tan importantes como para bautizar al barrio con esta actividad industrial textil. Los Telares también es nombre de una cadena comercial hoy desaparecida, de momento, con tiendas en toda España por obra y gracia de Julián Rus Cañibano uno de los empresarios más comprometidos socialmente con Avilés, mérito que nadie le podrá quitar.

          También se estableció aquí, en 1883, una vidriera (la de Ibarra, Galán y Compañía) que complementaba la producción de otra (propiedad de Antonio Orobio) situada al final de Llano Ponte al lado del popular Arbolón. En esta de Sabugo, instalada frente a la actual estación, al cesar el negocio sus naves fueron aprovechadas durante años (hoy se levanta en el solar una manzana de viviendas) por la firma García Fernández distribuidora de artículos ferreteros,  cuyos dueños tenían lazos de parentesco con el famosa comercio de ‘Los Castros’ incrustado en el palacio de Camposagrado, hoy Escuela Superior de Arte del Principado. Lo que son las cosas.

          Pero fue la llegada del tren, el 6 de julio de 1890, la que acabó dándole rango singular a la avenida al instalar en ella la estación de aquel revolucionario invento que vino por caminos de hierro. Ciento seis años más tarde, en 1996, se le añadió una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (Feve). El conjunto es llamado estación intermodal algo que, como ya dije, se ve en muy pocas poblaciones y que además añade un espectacular mural del artista Carlos Suárez titulado ‘El bosque encantado’ ganador de un concurso convocado en 2001 al efecto por el Rotary Club de Avilés. Los veinte paneles del mural, de 3,5 por 5 metros cada uno, delimitan la estación. Tela.

          La estación avilesina con el tiempo tuvo, y tiene, una cantina como pocas en España. Arsenio Fernández ‘Tito’ hizo posible que durante una época (el último tercio del pasado siglo) tuviera un restaurante de mucho postín; me acuerdo de ver allí al presidente del Real Madrid, entonces Ramón Mendoza, acompañado de gente como Gento, mito del fútbol español. Hoy, como el que tuvo retuvo, es uno de los establecimientos hosteleros más frecuentados de la ciudad.

          En aquel año de cuando el tren, de 1890, Manuel Solís Solís, al que los conocidos llamaban Manolín y sus amigos más cercanos ‘Lin’ puso en marcha un negocio hostelero que con el tiempo se convirtió en un clásico en la lista de sidrerías asturianas tradicionales. En Lin se tiene visto escanciar culinos (dicho sea en el mejor de los sentidos) a estrellas cinematográficas como los actores Brad Pitt o Kevin Spacey.

          Y casi frente a Casa Lin, y antes de que terminara aquel siglo XIX, el Ayuntamiento avilesino concedió al ingeniero y empresario vasco Carlos Larrañaga Onzalo, director de buena parte de las obras de canalización de la Ría, licencia para construir su casa.

          Larrañaga vivió literalmente entre vías, pues les pasaban por delante, por detrás y por un costado. El tren por un lado y el tranvía llamado La Chocolatera por el otro ya que salía del parque del Muelle e iba por la actual avenida de Los Telares hasta Raíces donde se desviaba a Salinas. Este tranvía a vapor convivió varios años con el eléctrico que, procedente de Villalegre y atravesando Avilés, pasaba también por un lateral de la mansión para cruzar el paso a nivel –que hoy lleva el nombre del empresario vasco– y enfilar a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

          Estando en una ciudad como Avilés milagro sería que no hubiera por aquí algún rastro medieval. Estaba en el solar hoy ocupado por la estación y era conocido como Campo de Bogaz, donce trabajaban los carpinteros de ribera (astilleros artesanales) fabricantes de naves con las que se ganaba la vida la gente de Sabugo. Tela marinera.

          La avenida actual, fue antiguamente Camino de Pravia, pero cuando los tiempos le trajeron urbanización fue rebautizada como Carretera de Pravia y más tarde Los Telares, por la industrialización antes citada. En 1937, en plena guerra civil, y para agradecerle a la ciudad de Lugo sus ayudas  a la población de Avilés (alimentos y ropa) fue oficializada como Avenida de Lugo la que discurría entre el paso a nivel de Larrañaga y Raíces, población que marca por carretera el final del concejo avilesino e inicios del de Castrillón. En 1979 al tramo de la avenida que va desde el paso a nivel citado hasta la fuente–lavadero volvió a recuperar el nombre de Los Telares y el resto hasta Raíces siguió con el de Lugo.

          Tela la de Los Telares.

 

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Un Carreño en Bermudas
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Alberto del Río Legazpi | 20-11-2016 | 12:16| 0

Bermudas territorio británico en alta mar, a mil kilómetros de la costa este de Estados Unidos, fue explorado por primera vez por el marino avilesino Bartolomé Carreño hace cerca de 500 años.

          Bermudas viene de Bermúdez, apellido de un marino andaluz natural de Palos de la Frontera en la provincia de Huelva.

          Este Bermúdez, de nombre Juan, parece que ya había formado parte de la histórica expedición que, en 1492, al mando de Cristóbal Colón y financiada por los Reyes Católicos de España descubrió América para los europeos.

          Después de aquella legendaria aventura el pionero Juan Bermúdez se dedicó al transporte marítimo de personal, vituallas y aprovisionamientos entre el nuevo continente y España, lo que se llamó Carrera de Indias.

          En uno de estos viajes y al regresar a Sevilla, habiendo partido de la isla La Española (donde hoy se asientan la República Dominicana y Haití) parece que su nave fue desviada de su rumbo habitual por un tremendo vendaval que la arrastró hacia el norte (frente a la costa este de los, hoy, Estados Unidos) topándose con una isla tan desconocida, para la navegación de entonces, como considerable. Estaba rodeada de peligrosos arrecifes y los marinos españoles rendidos por la tormenta no desembarcaron, pero el aplicado capitán Bermúdez tomó nota del hallazgo y bautizó al nuevo territorio como ‘La Garza’ que era el nombre de su barco. De poco le sirvió porque la autoridad competente, a la que dio cuenta una vez llegado a puerto español, a la isla descubierta por Bermúdez decidió que ni Garza ni leches, que era más fácil llamarla Bermuda constando así por primera vez –y ya para siempre– en la ‘Legatio Babylonica’ obra y cartografía publicada en 1511 por Pedro Mártir de Anglería, cronista de Indias.

          Pero si Juan Bermúdez nunca puso un pie en la isla que descubrió, quien sí lo hizo fue el marino asturiano Bartolomé Carreño, capitán de una expedición que por mar y tierra exploró aquella Bermuda en 1538. Salvando los endiablados arrecifes, desembarcó y estudió durante cerca de un mes el territorio descubriendo que no era una sola, sino que había 149 Bermudas más. El archipiélago está formado por tan considerable número de islas e islotes, de las cuales sólo seis cobran mayor importancia: Bermuda o isla Main; Somerset; Ireland; Saint George’s; Saint Davids, y Boaz.

          Todo lo que descubrió lo plasmó en un Memorial titulado ‘Descripción de la isla de la Bermuda y sus puertos y de las islas y bajos circunvecinos a ella’ que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla.

          El diccionario geográfico de Antonio de Alcedo (Madrid, 1789) afirma entre otras cosas que en Bermudas casi todo el año es primavera… que se recogen dos cosechas de frutos al año… pero que los relámpagos y truenos cuando hay tempestades son tan terribles como los huracanes… aunque el clima es tan sano que rara vez se ve morir allí ninguna persona que no sea de vejez.

          Hoy Islas Bermudas es territorio británico y sus cerca de 70.000 habitantes tienen uno de los mayores índices de renta per cápita del mundo. Viven en uno de los más conocidos paraísos fiscales y en ese aspecto toca el cielo monetario, pero desciende a los infiernos con el asunto del famoso Triángulo de las Bermudas (del que es uno de los vértices junto con Miami y Puerto Rico), una especie de inquietante agujero negro que para algunos succiona naves y aviones y también base de extraterrestres. Este virtual triángulo ciertamente inquietante, al menos climatológicamente, fue inventado en 1953 por varios escritores y desde entonces goza de gran éxito en la literatura y medios de comunicación amarillistas.

          Bartolomé Carreño había nacido en Avilés, en fecha imprecisa, hacia el año 1503 y ya de niño se buscó la vida, Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574) haría pocos años después algo parecido. Una publicación de la Historia Naval de España dice de Bartolomé Carreño que «Muy joven y atrevido, abandonó su casa paterna y viajó por sus medios, que no eran muchos, hasta la ciudad de Sevilla donde se embarcó, teniendo datos de hacerlo por primera vez en el año de 1514». Que se sepa nunca volvería a Avilés, muriendo hacia 1568 en Sevilla donde residía cuando no estaba en América o navegando.

          Bartolomé es un marino tan desconocido en su tierra natal donde poco se habla de él, hasta el enciclopédico Constantino Suárez ‘Españolito’ reconoce no tener aportaciones propias. Entre los historiadores actuales a Helena Carretero Suárez sí que la he oido hablar de este Carreño marino a propósito de la nobleza avilesina en los siglos XVI y XVII, en una magnífica conferencia, donde criticaba con acierto que en lo tocante a los siglos en cuestión todo se limita, prácticamente, a Pedro Menéndez de Avilés.

          Sin embargo Bartolomé no paraba. Era hiperactivo. Combatía a los corsarios franceses que atacaban naos españolas en aguas caribeñas; sometía con severidad a los indios caribes, caníbales ellos que se merendaban españoles a las primeras de cambio, y nada menos que 33 viajes efectuó entre la península ibérica y las islas del Caribe. Fue ascendiendo en rango hasta llegar, en 1552, a hacerse cargo de la flota de la Carrera de Indias compuesta por seis barcos de guerra.

          Pero tuvo que reclamarle al monarca, en otros dos Memoriales, pues que no veía una perra (entonces ducados eran las monedas) por sus servicios a la corona «habiendo servido padres, hijos, abuelos y antecesores a S.M. sin haberles hecho meced alguna hasta entonces».

          Los reyes de la dinastía Austria, en especial Carlos I y Felipe II, eran tacaños, ya lo cantaba Luis de Góngora en su famoso poema: «Cruzados hacen cruzados, Escudos pintan escudos, y tahúres muy desnudos, con dados ganan condados, Ducados dejan ducados, y coronas Majestad, ¡Verdad, verdad!». 

          Generalmente y en todas sus aventuras y desaventuras, mercantiles o guerreras, Bartolomé se hizo acompañar de su hijo mayor Francisco Carreño –un episodio aparte– que llegaría a ser Gobernador de Cuba y que fue uno de los capitanes que envió a la Amazonía, el rey Felipe II, a reprimir el sarao sangriento montado por Lope de Aguirre y sus cimarrones, que tanto juego literario y cinematográfico ha dado posteriormente.

          Cuando escuche, que lo hará a espuertas, el término Bermudas asociado a paraíso fiscal o a triángulo geográfico pavoroso, acuérdese de que el marino avilesino Bartolomé Carreño fue quien primero exploró las islas Bermudas y las dio a conocer. El término va a asociado históricamente a él.

          Además, y esa es otra, ¿quién no tiene unas bermudas como prenda de vestir para navegar en los veranos de las calles de Nueva York, París, Singapur o Piedras Blancas? Solo una minoría que no va con las modas triunfantes.

          No somos nada.

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La vuelta a Avilés en 80 minutos
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Alberto del Río Legazpi | 13-11-2016 | 11:13| 0

La expo de Julio Verne plantada en el Niemeyer da pie, dicho sea en todos los sentidos, a recorrer el casco histórico de Avilés en una hora y veinte minutos.

      En ‘La vuelta al mundo en ochenta días’ Julio Verne narra las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout para ganar una apuesta consistente en dar la vuelta al mundo en ochenta días del año 1872.

      En este otoño de 2016 el espíritu del escritor francés debería teñir Avilés de proyectos fantásticos o de aventuras visionarias.

      Autor de novelas como la citada o del ‘Viaje al centro de la tierra’ la expo de Verne puede ser una excusa para partiendo del centro del casco histórico avilesino dar una vuelta al mismo en ochenta minutos.

Calle de La Ferrería.

      Se puede lograr partiendo de la plaza de España (El Parche), centro del casco histórico avilesino, para trasladarnos ala Edad Media, o sea a La Ferrería calle de viejos soportales y casas gastadas por el tiempo que ha trabajado borrando de alguna de sus fachadas escudos nobiliarios. También es residencia del palacio gótico de Valdecarzana y aledaña a la capilla de igual estilo de la familia de Las Alas, aunque todavía más antigua (siglo XII) es la portada románica de la iglesia de San Antonio, conocida hasta el otro día como la de Los Padres.

      Esta calle desemboca en lo que fue durante siglos puerto de Avilés y hoy es un parque modernista con un semillero de estatuas copias de originales expuestos en el Louvre. Atravesado este jardín se regresa a tiempos medievales en Sabugo, antaño pueblo de pescadores, donde manda su pequeña iglesia del siglo XIII presidiendo una plaza encantadora.

      Tomando una estrecha calle de gastadas columnas dedicada al escritor y dramaturgo Bances Candamo, nacido en ella y muerto en Lezuza, se llega a la antigua zona veneciana de la villa, donde se edificó la plaza del mercado, espacio muy singular con cuatro entradas y perímetro completamente rodeado de galerías sostenidas por columnas de hierro adornadas con rejería; fue construido en 1873, año de publicación de ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne.

      Pero de ahí –el tiempo apremia– viajamos, subiendo por la Cuesta La Molinera, hasta 1696 para quedar pasmados ante la fachada sur del palacio de Camposagrado, un monumental retablo barroco. Cuando compatriotas de Julio Verne, entonces al mando de Napoleón Bonaparte, invadieron sangrientamente la ciudad en el siglo XIX, lo convirtieron en su cuartel general.

      Desde aquí volvemos, aunque sea en espíritu, ala Edad Media por la calle de La Fruta, hoy totalmente modernizada y en la que ya no se ven soportales, cosa rara en Avilés. Por esta rúa llegamos a la plaza de España, lo que supone un nuevo regreso al siglo XVII ya que fue entonces cuando en este espacio se levantaron los palacios de Ferrera, el municipal y el de Gª Pumarino (o Llano Ponte). Las mansiones se fueron cosiendo entre si por viviendas con soportales hasta formar una plaza que es hoy uno de los parches más artísticos del mundo.

      De él se sale a la calle San Francisco, un catálogo al natural de edificios modernistas de distintas escuelas arquitectónicas europeas de principios del siglo XX. Pero aquí hay un nuevo retroceso para viajar a tiempos medievales propiciado por la iglesia de San Nicolás de Bari (siglo XIII) antiguo convento franciscano que tiene a sus pies una hermosa fuente del siglo XVII conocida como Los Caños de San Francisco, parcialmente escoñada al haberle sido capados los caños, con permiso municipal eso sí.

Calle Galiana.

      Pero no se distraiga y siga ascendiendo para llegar a la plaza de Álvarez Acebal compuesta mayormente por muestras culturales que van desde un claustro renacentista de finales del siglo XVI a un palacio modernista –hoy sede del conservatorio local de música– pasando por la Casa Municipal de Cultura (siglo XX) más importante de Asturias y una Escuela de Artes y Oficios del siglo XIX.

      Sin pausa hay que volver a descender al siglo XVII justo en el momento en el que ascendemos por Galiana, calle construida por entonces y dotada de una increíble zona soportalada de 220 metros, una ‘cordonata coperta’ que dejó hechizado al ingeniero italiano Luigi Salandra en el siglo XVIII cuando visitó la villa, al igual que poco antes había hecho el médico inglés Joseph Townsend (ver LA VOZ DE AVILÉS de 7 de junio de 2015).

      Calle serpenteante con piso con dos firmes inundado de barriles vacíos, chocante con sitio tan pródigo en locales expendedores de líquidos espirituosos. Las centenarias columnas de sus soportales tamizando la luz en días de sol sesgado es un triunfal y prodigioso espectáculo que demuestra que ‘la poesía viene de un lugar que nadie controla y nadie conquista’ como nos dijo, hace cinco años en Oviedo, Leonard Cohen. 

      Por Galiana ingresas en un gran bosque colonizado por un jardín inglés y también por otro francés que lo han transfigurado en el llamado parque Ferrera, bendición vegetal de uso público en pleno centro de la ciudad industrial.

      Atravesándolo llegas a Rivero calle del siglo XVII también porticada –el soportal es la filosofía arquitectónica del casco histórico de Avilés– muy transitada y con un rincón de carboncillo, acuarela y óleo, donde se mezclan árboles, galerías, porches, fuente y capilla. Recorriendo Rivero hacia su inicio llegas a la mansión de Gª Pumarino, antes citada, aledaños de la plaza de España. Es un elegante edificio hasta hace poco disfrazado de cine donde se proyectaron películas como ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ o ‘La vuelta al mundo en 80 días’.

      Se han cumplido 80 minutos de caminata dando la vuelta al casco antiguo de Avilés después de subir y bajar por los siglos de su historia. A unos metros del antiguo cine desciende una calle que lleva –se divisa al fondo– al Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer donde estos días se puede conocer, con detenimiento, la obra de monsieur Jules Gabriel Verne.

      Y sanseacabó. 

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El de Teverga, aquel marqués del progreso de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 05-11-2016 | 23:32| 0

         En 1856 por primera vez después de mucho tiempo, el marqués de Ferrera dejó de ser el tipo más rico de Avilés. Aquel año, las cifras cantaron que el industrial naval José García San Miguel había sobrepasado al terrateniente local en poderío económico.          

           Pocos años después, la situación rozó lo inaudito cuando el naviero se iguala, en condición social, con el de Ferrera.

          Y todo por no invitar, éste, a su palacio, -como tradicionalmente hacía con los monarcas de apellido Borbón- al entonces rey de España, Amadeo I de Saboya, cuando visitó Avilés el 15 de agosto de 1872. San Miguel anduvo listo y le ofreció su mansión, situada en la esquina de las calles La Cámara con La Muralla. Y así fue, primordialmente, como le cayó un título de marqués a José García San Miguel, de origen campesino y nacido en Quiloño (Castrillón).          

Julián García San Miguel. (Óleo de D. Fierros)

          Los nuevos ricos -incluidos los indianos- le ganaron la partida a la amojamada nobleza tradicional, hasta entonces propietaria del ordeno y mando. Y el poder local cambió de manos.          

          El industrial José San Miguel -también alcalde de Avilés en dos ocasiones- había amasado una considerable fortuna con su flota de barcos. El negocio estaba basado en el transporte, por entonces en lamentables condiciones de riadas de emigrantes con destino a Cuba y México y en aprovechar el regreso con las bodegas llenas de productos americanos. Comercio ultramarino, le decían.

En la esquina de La Cámara con La Muralla, estuvo la casa de los marqueses de Teverga.

            Su hijo Julián, heredó título y negocio en 1885. Más avispado culturalmente que su padre José, el nuevo marqués navega fortuna en popa y a toda vela por la procelosa política estatal terminando anclado -en el Gobierno del liberal Sagasta- como ministro de Gracia y Justicia, en 1902.          

         En su larga carrera política, Julián García San Miguel, estuvo vinculado a empresas y proyectos asturianos, pero sobre todo a la llegada del ferrocarril a Avilés en 1890, ala canalización y dragado dela Ría(donde también jugó un importante papel Estanislao Suárez-Inclán, ver LA VOZ DE AVILÉS del 7 de febrero de 2016) y a la construcción de la dársena de San Juan de Nieva. Gigantescas obras para la ciudad.

          Aunaba teoría y práctica, que dicen que era cosa bendita verlo. Uno de sus libros ‘Avilés: Noticias históricas’ (reeditado por el Ayuntamiento avilesino en 2011) aireó la historia avilesina hasta entonces bajo las siete llaves de la ignorancia, con la excepción de los ‘Anales de Avilés’ de Simón Fernández Perdones. Aunque para ello contó con abundantes datos, cosa que reconoció el marqués, del impagable estudio que por entonces David Arias García había realizado, pero no publicado.          

         Julián García San Miguel fue diputado a Cortes por el distrito de Avilés, desde 1869 hasta 1907, y senador vitalicio hasta su muerte en 1911 en Olmedo (Valladolid) cuando contaba setenta años de edad.    

      El largo monopolio electoral del marqués fue pudriendo la situación en sus filas políticas, apareciendo esas desgracias del caciquismo y corruptelas al por mayor. Aquello fue el acabóse político de San Miguel.  

        En la defunción política, también tuvo que ver la aparición de otros brillantes personajes públicos de apellido Pedregal –un episodio aparte- que le merendaron la empanada liberal.          

          Pero en el cómputo general hay que reconocer el protagonismo de Julián García San Miguel en el progreso de Avilés.          

          Aquel marqués.

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 15 de julio  de 2012)

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta