El Comercio
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Cuesta de la Molinera
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Alberto del Río Legazpi | 22-06-2017 | 04:53| 0

      En la segunda mitad del siglo XIX calles y plazas que habían estado protegidas por la muralla –donde hoy se concentra gran parte del casco histórico de Avilés– estaban saturadas tanto de edificaciones como de personal.

Calle Cuesta de la Molinera (Foto Luz Villasana)

Calle Cuesta de la Molinera (Foto Luz Villasana)

      Había que pinchar el globo que suponía el taponamiento de la calle de La Fruta (entonces más corta que hoy) originado por el jardín–huerta que rodeaban parte del palacio del marqués de Camposagrado que no entraba en razones a pesar de las peticiones del Ayuntamiento (en 1860) para que La Fruta pudiera tener salida hacia la hoy calle La Muralla, siguiendo el modelo de la calle de La Ferrería.

      Hubo que esperar a 1876 cuando el inmueble cambió de dueño para derribar el dichoso paredón.

      Surgieron, entonces, la nueva plaza de Camposagrado y una pequeña calle de notable desnivel que fue bautizada oficialmente como La Unión, por motivos obvios, aunque no tardó mucho el personal en adjudicarle extraoficialmente el de Cuesta de la Molinera, nombre que unos asocian a un pequeño negocio de venta de harina –situado al resguardo de la fachada del palacio– gestionado por la propietaria de un molino de Arlós conocida popularmente como ‘La Molinera’. Otros dicen que lo que se montó allí fue un pequeño bar, muy popular, llamado La Molinera.22-molinera-la-molinera-img_7925-bis-copia

      La calle nació con un solo portal (cifra que nunca se movió) que ejercía de entrada lateral al palacio. Cuenta Luis Muñiz Suárez en su libro ‘Historia de La Voz de Avilés (1908–2008)’que el periódico local tenía en sus primeros tiempos dos puntos de venta al público, uno en las arcadas del Ayuntamiento y el otro en La Cuesta de la Molinera.

      Yo también recuerdo que en esta pronunciada subida dio sus últimos pasos el 16 de julio de 1916, víctima de un infarto, una de las primeras (que se sepa) grandes empresarias de la historia local, hablo de Serrana Gutiérrez Pumarino, más conocida como La Serrana, nombre también de su famoso hotel entonces casi pegado a Camposagrado.

      El tiempo sigue avanzando y nos plantamos en el 4 de marzo de 1938, fecha en que se aprueba un nuevo callejero al poco de la entrada de las tropas franquistas en Avilés. La Cuesta de La Molinera pasó entonces a llamarse calle del Comandante Caballero.

El dirigente nazi alemán Heinrich Himmler, en el centro de la foto, durante su visita a España en 1940. A la derecha, también con gafas, Gerardo Caballero.

El dirigente nazi alemán Heinrich Himmler, en el centro de la foto, durante su visita a España en 1940. A la derecha, también con gafas, Gerardo Caballero.

      Gerardo Caballero Olabézar (Vitoria, 1890–Madrid, 1980) fue un comandante que jugó un controvertido papel en julio de 1936, durante la rebelión franquista en Oviedo. Al año siguiente el comandante Caballero es nombrado Gobernador Civil de Asturias y quizá esa sea la principal razón para dedicarle una calle en Avilés.

      Posteriormente tuvo distintos destinos por toda España llegando a alcanzar el grado de teniente General. Hay una foto histórica en la que Gerardo Caballero aparece formando parte de la comitiva que acompañó al alemán Heinrich Himmler en su visita a España en 1940. Himmler fue uno de los más destacados nazis del régimen de Hitler, donde ocupó varios cargos entre ellos el de supervisor de los campos de concentración, repartidos por Europa y Rusia, en los que murieron asesinadas –por motivos mayormente étnicos e ideológicos– entre 11 y 12 millones de personas (once y doce millones, repito porque se dice muy pronto) durante la Segunda Guerra Mundial de los cuales más de la mitad eran judíos. Una de las peores tragedias de la humanidad que se tiende a olvidar cuando no a esconder. «Son odiosos e ignorantes quienes aún niegan el Holocausto» dijo hace poco el ex presidente norteamericano Barack Obama.

      Regresamos a Avilés, donde el 18 de julio de 1979 y entre los acuerdos, tomados por la primera Corporación democrática para variar el callejero, figura el de darle a la calle del Comandante Caballero el nombre de Cuesta de La Molinera.

La Cuesta (señalada con flecha) en plano parcial de dibujo de Miguel Solís Santos ‘Puerto de Avilés 1870’

La Cuesta cuando era un jardín (señalada con flecha) en plano parcial de un dibujo de Miguel Solís Santos ‘Puerto de Avilés 1870’

      Por lo demás es ésta la vía más corta (25 metros) del centro urbano, pero la única donde se puede asistir a una exposición permanente sobre aquella muralla medieval que durante siglos defendió a Avilés; en la Cuesta de La Molinera un corte vertical de la misma –encastrado en el palacio de Camposagrado– nos muestra la altura que tenía, al igual que en el pavimento una zona sombreada señala el ancho que ocupaba la cerca defensiva.

      Justo en el centro está instalado un bolardo, cilindro metálico que entra y sale constantemente del suelo, obedeciendo órdenes informáticas de control del tráfico rodado en zona monumental. Es la muralla que, por lo del bolardo, algunos le dicen erótica donde hay que escribir electrónica y que sustituye a la medieval derrumbada cincuenta años antes de que naciera esta Cuesta de La Molinera, hoy un verso urbano suelto en el casco histórico de Avilés.

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Telefónica historia
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Alberto del Río Legazpi | 11-06-2017 | 09:59| 0

(Historia del teléfono en Avilés incluido el móvil que todo lo movilizó).

            La calle de San Bernardo se convirtió a finales del siglo XIX en sede de buena parte de las maravillas tecnológicas que por entonces modernizaron Avilés. Por ejemplo, allí tuvo lugar en el verano de 1896 la primera sesión cinematográfica, aquel embrollo de imágenes en movimiento que daba miedo de ver porque se te venían encima. Pero antes –en 1890– ya había llegado el teléfono, aparato milagroso que permitía a una persona escuchar a otra situada a kilómetros de distancia, algo que parecía sacado de un libro de Julio Verne. 

Primera central telefónica, 1924. Calle La Muralla.

Primera central telefónica, 1924. Calle La Muralla.

            Llegó a Avilés de la mano de la Sociedad Industrial Asturiana que dirigía el ingeniero José Tartiere Lenegre uno de los patriarcas de la modernización de Asturias.

            El servicio telefónico que comprendía la red Oviedo–Gijón–Avilés comenzó a plantar postes y tender cables y la cosa fue progresando hasta el 2 de enero de 1911, fecha en la que Avilés pasó de la comunicación local a la provincial.

            En 1915 la compañía de Tartiere traspasó el negocio, que avanzaba con dificultades, a una sociedad formada por los industriales locales Juan Oria (propietario de la fábrica Harinas El Aguila que se alzaba, y allí sigue, en El Arbolón) y David García Somines (del célebre y celebrado Teatro–Circo).

            Poco tiempo después la Interurbana de Teléfonos de España se hizo cargo del tinglado telefónico avilesino y comenzó una campaña comercial más efectiva abriendo unas modernas oficinas en el número 6 de la calle Marqués de Teverga, hoy La Muralla.

            Pero cuando comenzó a notarse la expansión telefónica, muy dificultosa por su alto coste (150 pesetas por teléfono cuando el salario medio de un peón era de 1,50), fue en 1924 al crearse la Compañía Telefónica Nacional de España en Avilés engulló a la Interurbana y potenció los servicios telefónicos que comenzaron a extenderse a industrias, negocios y profesiones liberales.

            Hay que decir que el teléfono trajo consigo la singularidad de que las centrales, que comunicaban a los abonados entre sí, estuvieran atendidas por mujeres siguiendo el ejemplo norteamericano, país donde comenzó a funcionar en 1876 aquel invento del emigrante italiano Antonio Meucci y no del emigrante escocés Graham Bell.

            En 1925 los abonados a la Red Telefónica Urbana de Avilés era de 260 encabezada (con el teléfono número 1) por el comerciante Victoriano Fernández Balsera y sin embargo «El señor marqués de Ferrera» (sic) tiene el número 33, otra señal más de que la rancia nobleza había capotado ante industriales de nuevo cuño que les comieron la tostada. El listín telefónico de 1925 es todo un mapa sociológico del Avilés de entonces.

Segunda central, 1953. Calle Dr. Graiño.

Segunda central, 1953. Calle Dr. Graiño.

            A principios de 1950 el número de abonados alcanzaba los 500, atendidos por veinticinco operarias, a cuyo frente estaban Alvarina Muñiz García y Ángeles González Sánchez. Los abonados tenían que llamar, a golpe de manivela, a la centralita para que las telefonistas (que trabajaban en régimen de turnos) les comunicaran con el número deseado. El resto de la población tenía que, si quería comunicarse telefónicamente con alguien, acercarse a la central de la calle Marqués de Teverga y solicitar conferencia. Podían pasar horas, e incluso días, de espera.

            Pero en aquella década de los cincuenta el servicio telefónico de Avilés ‘sufrió’ un gran tirón con la llegada de miles de personas al rebufo del aluminio de Endasa, el vidrio de Cristalería y el acero de Ensidesa, empresa que llegó a crear su propia central telefónica, un original edificio felizmente rescatado hace poco de la piqueta merced a una valiosa iniciativa de asociaciones vecinales de Llaranes.

            La llegada de los gigantes metalúrgicos y los avances tecnológicos que supuso el automatismo en las comunicaciones telefónicas requerían la construcción de un edificio ex profeso. El alcalde avilesino Román Suárez–Puerta ofreció, el 12 de julio de 1950, parte del solar recién adquirido por el Ayuntamiento del antiguo palacio de Suárez Inclán (hoy parcialmente ocupado por instalaciones de Cruz Roja y Correos) en la calle de La Ferrería. Pero 142,5 metros cuadrados eran una anécdota solariega, así que la Telefónica maniobró y consiguió que el Ayuntamiento pagase un solar, propiedad de José María Maqua, en la calle Dr. Graiño donde levantó un edificio de tres pisos inaugurado el 11 de julio de 1953.

            La técnica se agiliza, desaparece la telefonista ya que el usuario puede marcar directamente el número deseado desde nuevos aparatos con disco giratorio cuya instalación abarató notablemente el precio generalizando su uso. A finales de siglo XX eran 31.000 el número de líneas telefónicas de Avilés, cifra que da cuenta del crecimiento espectacular de los aparatos fijos o sea los teléfonos inmóviles.  22-telefono-img_7022-jpg-tris

            Pero en el siglo XXI entró en avalancha –aquí y en todo el planeta– ‘el móvil’, teléfono celular sin hilos, con múltiples funciones, venta libre, pequeño tamaño (lo abarca la palma de la mano) que acabó con la telefonía tradicional y está transformando usos y costumbres. Algunos dicen que es una parte más del cuerpo humano.

          Se espera que en 2020 haya en el planeta más personas con un teléfono móvil que con agua corriente o electricidad. Un mundo donde España es el país con más móviles por habitante (lo poseen un 96% de ciudadanos), le siguen Jordania e Israel (95%), China (93%) y Estados Unidos (85%). Estos aparatos arrasan, hasta Leonard Cohen canta que «He perdido un teléfono con tu olor en él» y yo le añado al maravilloso poeta canadiense que además los números que él no guardó en la memoria de la tarjeta SIM se perderán para siempre como lágrimas en la lluvia. Aunque hay quien mantiene que si tu móvil se moja hay que meterlo en un recipiente lleno de arroz, porque de noche el arroz atraerá a los chinos y ellos te lo arreglarán.

            Una amiga de Santiago del Monte define a la naturaleza salvaje como aquel sitio donde el móvil tenga menos de dos barras de cobertura. Y un amigo del Carbayedo cree que los móviles terminarán por hacer a los hombres mear sentados y sabe Dios qué cosas más. Al respecto tengo leído que en algunas iglesias italianas, a la entrada, cuelga un cartel que dice que «El Señor se comunica con vosotros de muchas formas pero seguramente no os llamará nunca al móvil, así que apágalo». Tal vez pronto tengan que cambiar el texto del aviso o descolgar el cartel.

            Porque el del teléfono móvil es un proceso que no cesa, como la crisis del Real Avilés, aunque éste se está quedando sin cobertura.

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La Atlética y su edad de oro
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Alberto del Río Legazpi | 08-06-2017 | 10:43| 0

La Asociación Atlética Avilesina (AAA) desde su fundación en 1932 ha sido una sociedad modélica en la formación de deportistas especialmente siendo presidente Fructuoso Muñiz ‘Toso’.

            Si alguna vez oyes a alguien pronunciar el término ‘La Atlética’ es muy probable que se esté refiriendo a un club deportivo de Avilés, al igual que si allí escuchas citar el nombre de ‘Toso’ alguien está hablando, casi fijo, del histórico dirigente de una las sociedades deportivas más destacadas de Asturias patria querida y España de mis amores.

Directivos y atletas de la AAA en Campeonatos de Asturias. Oviedo, 1964

Directivos y atletas de la AAA en Campeonatos de Asturias. Oviedo, 1964

            Tengo escrito que la Asociación Atlética Avilesina es una modélica institución deportiva dirigida, en su época dorada, por Fructuoso Muñiz Suárez ‘Toso’ con la colaboración desinteresada de directivos de muchos bemoles que se aglutinó en torno a él y que no solo revalorizó el deporte base local sino que consiguió proyectar el nombre de la ciudad a nivel internacional a través de la organización de prestigiosas pruebas atléticas.

            La Atlética había sido fundada en 1932 por gente joven que debatió sobre sus fines en bancos (elemento del mobiliario urbano) del parque del Muelle pues fue necesario juntar varios de la zona central del parque para poder discutir sin andar a voces. Anécdota que tiene escrita, con gracia y en verso, Agustín Espolita en la revista El Bollo 1989.

             Los fundadores de la Atlética de Avilés, según la lista oficial enviada en 1932 al Gobierno Civil, fueron: José Aguirre, Eduardo Díaz Pérez, Ramón Granda Alonso, Ismael Espolita, José Suárez Ovies, Jesús Suárez Blanco, Hermógenes Solís Vigil, Celestino Arias, Ángel Rodríguez P. de la Draga, Cayetano Prada, Policarpo Riego Cuervo, Carlos Suárez, José Tamargo, Leopoldo y Julián Lorda Arbesuk, En­rique F. Llorián, Abelardo González Miguélez, Luis Gutiérrez González, Ramón González Oliver y José Ramón Cuervo.

Primera salida Grupo Montaña. 15 agosto 1971 a Las Hoces del Río Aller. (Foto Ramón Gago)

Primera salida Grupo Montaña. 15 agosto 1971 a Las Hoces del Río Aller. (Foto Ramón Gago)

            Desde su fundación desarrolló una actividad deportiva notable y, aunque con altibajos, en ello sigue según detallaremos en otro episodio, porque hoy voy a centrarme en su época de mayor esplendor, su edad de oro, y que es la que corresponde a la desarrollada bajo la presidencia de ‘Toso’ Muñiz y sus impagables, en todos los sentidos, colaboradores. Cito a los que yo conocí: José Antonio Suárez ‘Pepete’, Vicente ‘Tente’ Gómez, los hermanos Gago (Enrique, Marcelo, Ramón y Patxi), Acacio F. Puente, Agustín González (que en 1995 sería alcalde de Avilés), Jorge García Pravia, Paco Mellén, Margarita Cuervo–Arango (esposa del presidente), Román L. Villasana, Pepín Redondo, Miguel Sama, ‘Poldo’ González, Agra, Ramón Núñez y Armando Benítez. Pero había más… Mérito de Toso fue aglutinar conocimiento y voluntarismo de todos ellos para facilitar la práctica del deporte a la población avilesina.

Román L. Villasana

Román L. Villasana

            Basándose en su particular principio de Arquímedes de: «Dadme una palanca y moveré el deporte en Avilés» Toso cogió a la Atlética en 1960 y la presidió hasta 1991. El crecimiento fue extraordinario, los trofeos se acumularon incluida la copa Stadium ‘al mejor club deportivo español de 1987’.22-atletica-el-rey-copa-stadium

            La palanca cundió lo suyo y Toso nunca la aflojó, siempre aceleró. Lo sé en carne propia porque no tuve forma de resistir (un año duró el ‘cerco’) a su pretensión de que pusiera en marcha una nueva actividad: el grupo de montaña de la Atlética.

            Hubo tiempos anteriores en que el estadio Suárez Puerta se llenaba para ver fútbol de segunda división los domingos por la tarde. Por la mañana algunos ya habían estado en La Pista de la Exposición viendo partidos de balonmano (modalidad deportiva activada por Román López Villasana) o de baloncesto (coordinado por Juan Alustiza) de la Atlética y otros en algunos sábados–noche, emboscados en la penumbra iban a La Pista Cubierta a ver boxeo especialmente cuando subía al ring ‘Dacal’ el primer deportista de la Atlética que trajo una medalla olímpica para Avilés, algo que luego repetirían otros. Episodio aparte son los atletas.

            Hoy quise escribir sobre ‘Toso’ Muñiz para que a nadie se le vaya de la memoria uno de esos personajes que dan carácter y personalidad a la ciudad y por tanto son parte de la Historia de Avilés.22-atletica-la-voz-de-aviles-a-200

 

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Hábiles de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 08-06-2017 | 10:39| 0

(Fotomatón de algunos personajes importantes en la historia de Avilés que pueden ser avilesinos bien de nacimiento, bien ‘de pación’ e incluso de pasión).

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Armando Palacio Valdés

              En una ocasión me preguntaron en la radio, creo que fue en la RPA, acerca de los personajes más destacados de la ciudad a lo largo de la historia y a los que yo –por cuestión onomatopéyica a la que soy adicto– denomino Hábiles de Avilés basándome en la segunda acepción que del término ‘hábil’ se puede leer en el diccionario de la Real Academia: ‘dotado del talento para actuar adecuadamente o lograr su objetivo’. 

              Avilés, con una historia tan estirada, es muy fértil en hábiles personajes. En próximos episodios pienso detallarlos por gremios, actividades o por lo que se me ocurra, pero hoy como muestra doy una relación que abarca diversos campos y acoge no solo a los que aquí nacieron o a los que aquí pacieron, también a quienes de fuera vinieron y hablaron de Avilés en distintos ámbitos aparte, por supuesto, de los que, de aquí o de allá, tomaron medidas que favorecieron a la ciudad.

              La respuesta que di en la radio creo recordar que empezó con el rey castellano Alfonso VII que junto con su abuelo Alfonso VI fueron los muñidores del Fuero de Avilés que el primero confirmó en 1155 lo que el segundo había dispuesto ya en 1085. El Fuero, que dio carta de naturaleza a la villa asturiana, fue una suerte de privilegio legal de la que gozó la población avilesina y su territorio durante siglos y que pone a las claras la importancia que tuvo la villa durante la Edad Media cuando su puerto llegó a ser, durante un tiempo, el más importante del norte atlántico de la península ibérica.

            Bartolomé Carreño (Avilés, hacia 1503–Sevilla, 1568). Cuando usted escuche el término Bermudas asociado a paraíso fiscal universal o a triángulo geográfico pavoroso, acuérdese de que fue el marino avilesino Bartolomé Carreño quien primero exploró, en 1538, estas islas Bermudas descubiertas por el andaluz Juan Bermúdez quien sin embargo no logró desembarcar. Fue Bartolomé un destacado marino que llegó tener el mando de la flota de la Carrera de Indias compuesta por seis barcos de guerra.

            Pedro Menéndez de Avilés (Avilés, 1519–Santander, 1574) marino de guerra y también primer indiano de Avilés. Desde que fundó San Agustín de La Florida, la hoy mayormente considerada como la más antigua ciudad norteamericana, a este avilesino la historia lo tuvo escondido en buena parte por la leyenda negra que le endosaron ingleses y franceses. Pero desde inicios del siglo XX su trayectoria marina fue conocida y reconocida incluso más en los Estados Unidos de América que en España, lo que lo dice casi todo. Quien antes fue el coco hoy es héroe de manual.

            Juan Carreño Miranda, nació en 1614 en Carreño (según manifestó expresamente en dos ocasiones) lo que también quiere decir que es natural de Avilés, pues por entonces el concejo de Carreño formaba parte del alfoz avilesino de donde su fue siendo niño. Fue pintor de cámara del Rey Carlos II y su obra se halla repartida en museos de casi todo el mundo y también en iglesias como es el caso de la impresionante bóveda del templo madrileño de San Antonio de los Alemanes. Puede que sea el  artista asturiano más importante de todos los tiempos. Falleció en Madrid en 1685.

            Francisco Bances Candamo (Avilés, 1662–Lezuza, 1704) hijo de un sastre de Sabugo, de niño también se tuvo que ir de Avilés y la vida terminó llevándolo por el camino de las letras destacando como poeta y dramaturgo, aunque en el terreno personal deslices propios y envidias ajenas lo despeñaron de tal manera que pasó de ser escritor favorito en la Corte a los infiernos burocráticos muriendo, sospechosamente por envenenamiento, siendo funcionario de segunda de Hacienda en un pueblo albaceteño en cuyo cementerio casi no se alcanza a distinguir su tumba. Un drama que como autor puede que le hubiese gustado escribir.

            Pedro Lucuce Ponce (Avilés, 1692–Barcelona, 1778) fue ingeniero militar, matemático y cosmógrafo. Solo diré que en una exposición sobre las ciencias, organizada en Oviedo por el Gobierno del Principado en 2008, un panel que mostraba a los doce científicos asturianos más importantes de la historia estaba encabezada por Pedro Lucuce al que seguían Severo Ochoa, Menéndez Pidal, Grande Covián… No sigo.

            Armando Palacio Valdés (Entrialgo. Laviana, 1853–Madrid, 1938) sí que es más conocido y admirado. Escritor universal, traducido a considerable número de idiomas, fue el mayor publicista literario que ha tenido Avilés.

            Julián García San Miguel (Avilés, 1841–Olmedo. Valladolid), segundo marqués de Teverga, fue líder durante muchos años del partido liberal y está en la historia local por lograr que, en 1890, llegara el ferrocarril a Avilés. También destacó, junto con otros, en la mejora del puerto local.

            Luz Rodríguez Casanova (Avilés, 1873–Madrid, 1949), sobrina de García San Miguel, dedicó su vida a la beneficencia en la que gastó la fortuna que había heredado de su familia. En 1902 abre el primer colegio para albergar niños sin recursos para estudiar y treinta años más tarde ya eran 106 el número de centros que acogían a 14.000 pequeños. En 1920 fundó la congregación de las Damas Apostólicas del Corazón de Jesús, extendida por España, Italia y América. En 1958 la Iglesia inició el lento proceso de su beatificación que ha sido reactivado hace unos meses por el Papa Francisco al nombrarla “venerable”, algo que tradicionalmente suele ser paso previo a la beatificación.

            José Francés (Madrid 1883–Arenys d’Empordà 1964) fue un intelectual madrileño enamorado de Avilés donde pasaba temporadas estivales con su esposa. Aparte de su más que notable actividad cultural en la villa fue el autor, como secretario de Bellas Artes, de la ponencia que sirvió de base para que el Estado español declarase en 1955 a gran parte del casco antiguo de Avilés como Conjunto Histórico–Artístico lo que blindó calles y edificios históricos ante la especulación desmadrada en tiempos de Ensidesa y compañía.

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Fernando Morán López

            Juan Antonio Suanzes (El Ferrol, 1891–Madrid, 1977). Ingeniero naval que fue Ministro de Industria y posteriormente fundador del INI (Instituto Nacional de Industria). Desde ambos cargos fue quien decidió, a mitad del siglo XX, instalar en Avilés una gran factoría siderúrgica (Ensidesa) que causaría la mayor transformación, en todos los órdenes, de la historia de la ciudad.

            Fernando Morán (Avilés, 1926) compaginó la diplomacia con la literatura pero donde alcanzó mayor relieve fue en la política como ministro de Asuntos Exteriores del primer gobierno socialista de Felipe González. Hace poco Jaume Collell escribía en LA VANGUARDIA de Barcelona que «Ahora que Europa se balancea en la incertidumbre conviene recordar al ministro español [Fernando Morán] que en 1985 contribuyó a abrir las puertas para que este país [España] entrara en lo que entonces se conocía como Comunidad Económica Europea». Morán vive actualmente en Madrid.

            Estos son algunos de los personajes hábiles de Avilés y es el momento de recordar las palabras del inolvidable poeta Ángel González  cuando afirma que «la historia de España es como la morcilla de mi pueblo que se hace con sangre y se repite». Por lo que no conviene olvidar que de la misma forma que hubo, y hay, personas hábiles también hubo, y hay, personas viles en Avilés.

            Es condición humana

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Un palacio con mala estrella
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Alberto del Río Legazpi | 07-05-2017 | 09:24| 0

Residencia de familias pudientes, centro educativo, cuartel, convento, cine… anuncian que ahora será un asador.

          Juan de Llano Ponte fue un personaje que nació en Avilés (1727) de familia originaria de Soto del Barco, ejerció de obispo en Oviedo y que cuando murió (1805) en Contrueces, barrio de Gijón, las campanas de la catedral tañeron durante dos horas sin descanso, récord fúnebre que es improbable ostente otro avilesino, entre otras cosas porque ninguno más fue obispo de Oviedo. Hubo otros que, nacidos en Avilés, ejercieron de obispos de Ibiza, Santander o Canarias, pero de Oviedo solo Llano–Ponte.

          Fue un prelado fuera de norma para aquella época, por ejemplo tenía amistad con el ilustrado Jovellanos, fue Académico de Historia y un entusiasta colaborador del ‘Diccionario Geográfico–Histórico de Asturias’, proyecto de su amigo Francisco Martínez Marina que no llegó a culminarse. El obispo Llano–Ponte puso a trabajar a muchos párrocos en la recogida de datos sobre sus territorios y coordinó las monografías sobre distintos concejos que desgraciadamente permanecen inéditas en los archivos de la Academia de Historia. Vaya por Dios.

          El obispo venía con mucha frecuencia al palacio familiar de Avilés, un magnífico edificio que los Llano–Ponte habían adquirido en 1774, con permuta del suyo en Sabugo, a los herederos de Rodrigo García Pumarino, quien lo había mandado construir en los inicios del siglo XVIII, a su regreso de Lima (Perú) después de 30 años ausente de España. Detalles pormenorizados sobre el indiano y su casa-palacio están publicados en LA VOZ DE AVILÉS 15 de septiembre de 2013 (episodio ‘Un palacio de novela’) y en la del 12 de abril de 2015 (episodio ‘La película de los cines de Avilés’).

          Quizá la circunstancia de los continuados viajes del obispo a Avilés hizo que aportase dinero para realizar obras en la calle Rivero, donde está plantado el palacio. El historiador David Arias García tiene escrito en su ‘Historia General de Avilés y su concejo’ que «En 1794 ofreció a la villa empedrar la calle de Rivero a sus expensas y construir un trozo de carretera que faltaba a la entrada de la misma calle. Entonces se realizó una importante reforma: la calle de Rivero ‘parecía miserable calleja de un barrio’ y el municipio, contrayendo empréstitos, quitó los so­portales de un lado; de tal modo, entre el obispo señor Ponte y el Ayuntamiento ensancharon y hermosearon el antiquísimo Rivero». Otros noticias nos dicen que el obispo ayudó poniendo dinero pero también exigiendo el ensanche (supresión de una de las dos hileras de soportales) para que pasara sin pesares, en sus ‘ires y venires’, su moderna carroza tirada por caballos. Sabe Dios.

Obispo Llano-Ponte, óleo de autor desconocido propiedad familia Cores Uría.

          Aparte del obispo hubo otro Juan de Llano Ponte, sobrino del prelado, que siendo abogado no ejerció como tal dada la fortuna que heredó de su familia. Si lo hizo como escritor en temas científicos y técnicos que firmaba como ‘Juan de las Carreteras’ por los muchos artículos que publicaba en ‘El Faro de Asturias’ sobre las vías terrestres del Principado. Dicen que a sus escritos periodísticos se debe la carretera de Avilés a Grado. Ya se pueden imaginar que tratándose de Asturias el tema de infraestructuras le pudo haber dado, a ‘Juan de las Carreteras’ para media eternidad de no haberse muerto a los 58 años de edad. Antes de eso había cedido la mayor parte del terreno que ocupaba la extensa huerta de su palacio (de largo llegaba casi hasta la Ría y de ancho hasta la plaza de los Oficios) para el ensanche de la ciudad y así nacerían luego las calles Palacio Valdés, las travesías de Rivero (Pablo Iglesias, Libertad y Las Artes) y la que se llamó, en su honor, Llano–Ponte. Vive Dios que merecido fue.

          El tiempo fue pasando hasta que al casarse otro miembro de la familia, Rodrigo de Llano–Ponte (último inquilino nobiliario) con la marquesa de Ferrera abandona el palacio de Rivero que permanecerá cerrado hasta que en 1928 lo adquiere, con la ayuda del obispado, el sacerdote Cándido Alonso Jorge que lo dedicará a centro de Enseñanza (El Liceo Avilesino) hasta 1936 en que cierra al estallar la Guerra Civil.

          Durante el conflicto y hasta que entraron las tropas de Franco en Avilés la República lo convirtió en Cuartel de Milicias. 

          En la nueva circunstancia política sirvió de convento a las monjas Carmelitas de Oviedo hasta que reconstruyeron su convento en 1945.

Interior del palacio. Foto tomada antes de 1945.

          Ese mismo año lo compra la empresa Prafel (Armando Rodríguez del Valle e Ignacio Menéndez Berjano) que demuele el interior del edificio para convertirlo en salón de cine que llamaron ‘Marta y María’, en homenaje a la novela de Palacio Valdés. Fue una lamentable obra (bien es verdad que antes no había legislación que prohibiera destrozar el patrimonio de tal forma) que solo dejó en pie la fachada del inmueble, algo que Justo Ureña en LA VOZ DE AVILÉS del 21 de enero de 2008, siendo ya Cronista Oficial de Avilés, calificó como «una de tantas atrocidades urbanísticas que reiteradamente nos sorprenden, con las que en aras de intereses económicos, poco a poco van desapareciendo los hitos y señales de nuestro pasado». El cine cerró en septiembre de 2013.

          Visto ha quedado que a lo largo de los años este palacio, uno de los tres vértices (junto con el Ferrera y el Ayuntamiento) del triángulo del monumental Parche, corazón del casco histórico de Avilés, ha sido mansión para todo: residencia de familias pudientes, liceo, cuartel, convento, cine… y ahora se anuncia que un grupo hostelero gallego lo compra para abrir un gran asador.

          De acuerdo en que hay que darle uso, pero este edificio emblemático merecía otra cosa aparte de más atención y respeto por parte de quienes controlan económica y políticamente la ciudad. Las cosas del querer.

          Uno confiesa su perplejidad ante lo del asador pero no olvida que el disparate mayor se cometió en 1945 al destruir las estancias palaciegas (capilla incluida) para instalar 995 butacas, taquilla justamente donde estuvo la capilla, cabina con proyector, gran pantalla, bar en el intermedio y servicios al fondo a la derecha.

          Y así el público de Avilés pudo ver a las estrellas mientras el palacio de Llano–Ponte vio las estrellas.

          Cultura a la plancha.

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Rula que te rula
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Alberto del Río Legazpi | 30-04-2017 | 09:15| 0

Avilés es una potencia nacional dentro del sector pesquero, algo que desconocen muchos avilesinos.

              Cuando se decidió que Avilés tuviese murallas, hace cerca de mil años, fue por defenderla de los que venían por mar con bandera pirata y con planes de saqueo y destrucción de sus riquezas que el mar, su puerto, le había facilitado.

              Por entonces la villa asturiana ya comenzaba a figurar en los principales ‘circuitos’ comerciales medievales lo que va a explicar toda su futura polarización económica hacia el comercio y la pesca. Se importaba sal pero también se exportaba pescado salado (salazón) que la daba cierta seguridad de conservación.

Pescaderas y personal de la Rula, hace 50 años

              Ese pescado lo obtenían los marineros del pueblo de Sabugo situado a un costado de la pujante Villa comercial amurallada, cuyo esqueleto eran las calles Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo.

              La pesca de los de Sabugo, sin muralla que los defendiera, fue durante siglos artesanal y los pescadores se agrupaban en gremios, cofradías, sociedades de mareantes que se reunía en el exterior de la iglesia situada en el centro del pueblo. Las ventas de lo pescado se hacían en la cubierta de los barcos al atracar en puerto, en la rampa del muelle y también en las calles de Sabugo. Un episodio aparte.

              Pasados los siglos y con la llegada de los barcos de vapor y la adopción de nuevas artes de pesca aumentan considerablemente las capturas, el mercado pesquero necesita organizar su comercialización. Así nacen las lonjas o rulas, que son locales donde subastarlo y que en Avilés fueron nada menos que cinco, un record que pocos puertos (si es que hay alguno) presentan en España.

              En 1920, los pescadores avilesinos, capitaneados por Tadeo Fernández (padre de Ramón Fernández ‘El Morenito’ director, que fue, del Orfeón de Avilés) decidieron constituir una cofradía que llamaron El Crepúsculo parece que porque ‘el crepúsculo es la hora más favorable para pescar la sardina’ y su primera rula (20 de mayo de 1920) fue de madera, en terreno cedido por Victoriano F. Balsera entre sus famosas naves y el paso a nivel de Larrañaga. En aquel tendejón los pescadores pudieron subastar, por fin, el pescado bajo techo y estuvo funcionando hasta 1928 cuando un plan de ensanche de vías de ferrocarril obligó a derribarlo.

Al fondo Rula 3 (1943-1980)

              Fue entonces cuando, cerca del anterior y también en terrenos cedidos por Balsera (primer presidente de la Junta de Obras del Puerto, hoy Autoridad Portuaria) al lado de las vías del tren, se levantó un edificio ya en condiciones, proyectado y dirigido por el maestro de obras Ma­nuel Fernández Díaz ‘El músico’. Allí siguió aumentando la venta de pescado, con el paréntesis de la Guerra Civil. Al poco de entrar las tropas de Franco en Avilés la Cofradía de Pescadores El Crepúsculo cambia su nombre por el de Virgen de las Mareas, ya utilizado siglos antes.

              Fue en 1944 cuando se produjo un nuevo traslado a un peculiar edificio, soportales incluidos, a orillas de la ría, diseñado por el arquitecto  I. Sánchez del Río, siendo Patrón Mayor de la Cofradía Emilio Cortes con quien comienza la expansión de la industria pesquera avilesina que allana el camino de la época dorada que gestionará su sucesor (en 1971) Clemente Muñiz Guardado.

Será éste personaje, clave en la historia pesquera avilesina, quien ponga en marcha en 1980 una gran lonja (o rula) que hacía la número cuatro –situada a medio camino entre el anterior edificio y los muelles de San Juan– que marcará la entrada en la modernidad, informática incluida, como demandaba el constante aumento de barcos pesqueros que descargaban sus capturas a Avilés. Y el viejo edificio de soportales incluidos demolido para facilitar el paso de la arteria terrestre del puerto.

Rulas 4 (1980-2009) y 5 (la actual)

              Y el negocio pesquero sigue progresando tanto que en mayo de 2009 entrará en servicio, después de una larga crisis que es episodio aparte, la rula número cinco prácticamente pegada a la anterior y cuyas instalaciones ya casi tocan los muelles de San Juan de Nieva. Se construyó, según planos del arquitecto Fernando Barroso, siendo presidente de la Autoridad Portuaria Manuel Ponga (ex alcalde socialista de Avilés) y su gestión ya no estará controlada por la Cofradía de Pescadores Vir­gen de las Mareas. «Marinerito arría la vela, que está la noche tranquila y serena» dice la canción.

              No sé ahora mismo, pero hace dos años la actual rula (o lonja de pescado) por su avanzada tecnología era todo un referente internacional de calidad y gestión de comercialización de 15.000 toneladas de capturas anuales que suponían una facturación que superaba los 30 millones de euros.

               Y esta es, rula que te rula, la apretadísima historia de las cinco lonjas que ha tenido el puerto de Avilés quien, por volumen de pesca desembarcada, está entre los cinco primeros puertos pesqueros de España.

              Conviene saberlo.

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Históricas invasiones de ingleses, franceses, belgas y ‘coreanos’
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Alberto del Río Legazpi | 23-04-2017 | 09:16| 0

            Avilés fue invadida por marinos de la Armada inglesa. Años después por la caballería de Napoleón Bonaparte. Más tarde –y por fortuna– por ciudadanos belgas que dominaban la técnica del carbón, del zinc y del vidrio y hace 60 años por una avalancha  de miles de españoles a los que algunos avilesinos, llamaron ‘coreanos’. Hoy eso es Historia.

              Una invasión es la acción y efecto de invadir que, a su vez y según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (estos días tengo en reparación el María Moliner) tiene varias acepciones. Yo las interpreto libremente desde aquella en la que invadir es entrar por la fuerza hasta la que toma la invasión de forma más pacífica, o sea entrar y propagarse en un lugar. 

Ruinas del castillo de San Juan de Nieva. (Dibujo de Cástor)

               Lo de irrumpir por la fuerza lo hicieron los ingleses en 1762 en el castillo de San Juan de Nieva y en 1809 tropas francesas en toda la comarca de Avilés. Luego está la otra invasión, entre comillas, la de entrar y propagarse por Avilés. De esa tenemos otros dos casos: la de ciudadanos belgas en el siglo XIX y, un siglo más tarde, la de miles de ciudadanos españoles, a los que algunos avilesinos, otros dicen que bastantes, les adjudicaron el nombre de ‘coreanos’.

              Fueron unas horas pero están en la Historia porque consta que reinando desde sus islas, al este de Europa y tal, la Majestad británica de Jorge III del Reino Unido y en España Su Católica Majestad Carlos III ocurrió que la Armada del primer monarca ocupó una pequeña parte de la península de Nieva (Avilés) territorio del segundo soberano. El hecho ocurrió en el verano de 1762 y en el trascurso de una pequeña batalla naval librada a la entrada de la Ría (mayúscula ella) de Avilés donde un galeón ‘San Joseph’ de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, con cargamento de cacao, es atacado, y posteriormente hundido por un buque de la marina inglesa, que fue más allá desembarcando tropas que tomaron el castillo de San Juan de Nieva (fortaleza defensiva de Avilés) durante unas horas hasta que refuerzos venidos de la villa, unidos a los habitantes de Nieva, les obligaron a hacerse a la mar de nuevo. El relato detallado de estos hechos fue publicado en LA VOZ DE AVILÉS del 8 de mayo de 2016 en el episodio titulado ‘El castillo de San Juan y la invasión inglesa de Avilés’.

              Pero ya gravísimo fue lo ocurrido el 21 de mayo de 1809 durante la Guerra de la Independencia, cuando advertida la población que llegarán a Avilés procedentes de Luanco tropas francesas, cerca de mil avilesinos con poco y flojo armamento suben hasta Los Carbayedos en los altos de Valliniello, con la intención –gravísimo error estratégico– de repeler con apenas armamento a la caballería francesa compuesta por soldados profesionales curtidos en cien batallas, que cargando contra ellos terminaron matando más de 200 personas lo que constituye una de las mayores tragedias (entre las conocidas) de la historia local. A continuación las tropas de Napoleón Bonaparte cruzan a galope el puente [entonces de piedra] de San Sebastián y entrando por la puerta del Puente (una de las cinco que tenía la muralla de Avilés) se adueñan de la ciudad, eligiendo como cuartel general el palacio de Camposagrado izando la bandera tricolor que allí estuvo ondeando hasta 1811, año en el que evacuaron sus tropas de la villa. Un episodio aparte.

Tropas francesas ante el palacio de Camposagrado. (Dibujo de Gaspar Meana)

              Por fortuna veinte años más tarde comenzó la pacífica ‘invasión’ de ciudadanos belgas en la comarca de Avilés. Tal hecho ocurrió a partir de 1833 cuando una empresa de capital belga, con técnicos de aquella nacionalidad, abrió la primera explotación minera subterránea de Asturias, y submarina de España, en la localidad de Arnao, término municipal de Castrillón. De igual forma cuando se pusieron en marcha las dos primeras vidrieras avilesinas (ver en LA VOZ DE AVILÉS de 19 abril de 2015 el episodio ‘Avilés de cristal’) en El Arbolón (en 1844) y en Sabugo (1883) vinieron a trabajar especialistas también de nacionalidad belga que dominaban la técnica del soplado. Sobre la estancia de los belgas en Avilés (amistades, diversiones, lugares de reuniones que frecuentaban, etc.) corre un tupido e inexplicable velo de ignorancia con la excepción de Adolfo de Soignie que se integraría en la vida social y cultural avilesina, casándose aquí, donde siguen viviendo muchos de sus descendientes.

              Precisamente una biznieta de este ingeniero belga, Mercedes de Soignie (compañera literaria en LA VOZ DE AVILÉS), ha editado hace unos meses un exitoso libro, ya va por la segunda edición, titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’ donde expone su asombro e indignación al enterarse, siendo estudiante en el Instituto, que los miles de emigrantes llegados en trenes y camiones de toda España (Asturias incluida) ‘invadiendo’ Avilés para trabajar en una nueva y enorme siderúrgica (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 2 de agosto de 2015 el episodio ‘La década furiosa’) llamada Ensidesa eran conocidos por ‘los de Avilés de toda la vida’ como ‘coreanos’. Nombre, según relata Juan Antonio Cabezas en su libro ‘Asturias. Biografía de una región’ «que [en Avilés] les dan a los inmigrantes porque eran los días de la guerra en aquella pequeña y lejana península del Extremo Oriente».

            Término que terminó haciendo historia, y tanta que merece un episodio aparte.

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Cástor, el músico que pintaba
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Alberto del Río Legazpi | 16-04-2017 | 09:22| 0

Fue una persona fuera de norma que vivió intensamente su pasión por el arte tanto siendo músico, como pintor, librero o profesor.

            Cuando a Ana de Valle le preguntaron, en una entrevista, que donde centraba su vida en Avilés respondió que «iba del Rivero de Lumen a la Herrería de Castor y del Sabugo de Marcos del Torniello a la calle Galiana que es la mía».

Castor y su esposa Josefina Ovies, en el trasatlántico 'Iripinia' rumbo a América.

            La histórica poeta avilesina veía una figura literaria en cada una de las –para ella– más emblemáticas calles de la villa, en la Herrería (La Ferrería, hoy) ‘mandaba’ Cástor, no por pintor ni músico, sino por la original librería que montó en dicha calle.

            Por lo demás fue en Rivero donde Cástor González Álvarez nació el 11 de noviembre de 1913 y luego fue viviendo –hasta su fallecimiento en la de Llano Ponte el 9 de marzo de 2001– por más de medio Avilés: calleja Los Cuernos, Galiana (cuando esta se llamó Palacio Valdés) o San Bernardo. No es de extrañar que haya compuesto una ‘Suite avilesina’ pieza musical que lleva los títulos de Galiana, Rivero y Sabugo.

            Cástor fue alguien que pudiendo ser personaje, en vida, prefirió ser persona. Ocurre que el tiempo, con la perspectiva que da, nos lo rebota ahora convertido en un personaje o sea en persona singular y peculiar.

            Ramón Rodríguez, en su excelente libro ‘Cástor. Una sinfonía’ escribe que podía considerársele tanto «un músico que pintaba como un pintor que hacía música».

            Quizá por eso, en personaje tan polifacético como Cástor, yo empiezo resaltando su faceta musical que debió nacer con él pero que se la afinaron en el Conservatorio de Música de Oviedo. Nunca le abandonaría, tocando generalmente el piano y el violín, pero también otros instrumentos como lo demuestra el que durante años fue viola primero en la Orquesta Provincial de Cá­mara, antecedente de la Sinfónica del Principado de Asturias y que fue miembro, como compositor musical, de la Sociedad de Autores. Y también, claro, profesor de música en el Instituto.

            Pero escarbando descubres que también tocó en orquestas de bailables, lo mismo que en un sexteto (tocando el violín) que ponía voz musical en las salas de cine cuando las películas eran mudas.

            Decía, a las claras, que «con la música he sentido muchas veces crispárseme los nervios de emoción y con la pintura nunca me han ocurrido esas cosas». Su vida estuvo atravesada, como la de tantos millones, por la trágica Guerra Civil española. Formó parte de un batallón del bando republicano vencido en 1938, y Cástor fue internado en varios centros de reclusión hasta llegar al Campo de Concentración de San Marcos, en León, donde estuvo preso cerca de dos años.

            Y ni en aquellas lamentables condiciones, el artista avilesino dejó de ejercer música y pintura.

            Pero Castor más que como músico es conocido como pintor. Un campo donde había empezado destacando ya desde muy joven y con el tiempo mostrando su obra en exposiciones individuales (Avilés, Gijón y León) y colectivas (Avilés, Oviedo, Madrid,  Santa Cruz de Tenerife y Cuba obteniendo diversos premios). Dibujo, acuarela, óleo, caricatura…

'Ría de Avilés'

            Abundan estampas y rincones tradicionales de su ciudad hasta que un día, de 1974, da un giro radical a su obra cuando le encargan una exposición que ilustre un ciclo sobre brujería que se iba a celebrar en la Casa de Cultura. Fue un éxito de crítica y de felicitaciones variadas empezando por dos de los conferenciantes de aquel ciclo: Pío Caro Baroja y Álvaro Cunqueiro.

'Desde El Parche'

            Para la posteridad dejó unos excelentes murales en la factoría de zinc de Arnao.

            Para el recuerdo su exquisita librería instalada, bajo soportales, en el número 8 en la calle de Marqués de Pinar del Río, que es como se llamó un tiempo la calle de La Ferrería. Funcionó entre 1958 y 1987 y le dio un toque de exotismo modernista impagable a la calle medieval, por excelencia, de Avilés. Estaba complementada por un pequeño salón de exposiciones y tengo escrito que fue la viva representación de la modernidad cultural en el Avilés de entonces. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo ya que, entre otras joyas literaria, exhibía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina recopilación de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

            Cumpliéndose, en 2013, el centenario del nacimiento del artista se celebró una exposición comisariada por Ramón Rodríguez y Cástor G. Ovies,  hijo del músico–pintor–librero y guardián de la memoria de su padre con especial incidencia en las redes sociales. La inauguración fue un acontecimiento multitudinario como no recuerdo haber visto en ninguna otra muestra celebrada en Avilés.

              Cástor. El pintor que hacía música.

 

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El marqués que iluminó Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 09-04-2017 | 09:20| 0

Fue una década prodigiosa, aquella de 1890 a 1900, porque llegaron casi al tiempo, pisándose el protagonismo unos a otros, el tren, el tranvía a vapor, el nuevo puerto (dársena de San Juan de Nieva), el teléfono, unas  fiestas nuevas que llamaban del Bollo, algunos etcéteras más y el alumbrado eléctrico.

Ningún acontecimiento expresa mejor –al menos para el gobierno local de entonces– la modernización de Avilés que la instalación de luz eléctrica, pública y privada en la ciudad. Aparte de ser un avance, es que era algo que no tenían ni Oviedo ni Gijón y eso manda calao. Encima no costó ni un duro. Gratis total. Pagó el marqués de Pinar del Río, empresario tabaquero ejerciente en Cuba pero que había nacido en la avilesina calle La Ferrería el 29 de mayo de 1838 y quedó registrado a efectos civiles y religiosos como Leopoldo González–Carbajal Zaldúa. Haría historia.

Después de terminar estudios en la Universidad de Oviedo hizo las maletas y se marchó a Cuba en primera clase. No era un emigrante al uso, pues procedía de familia de comerciantes y navieros lo que en el Avilés de entonces equivalía a decir millonarios.

En la provincia española de ultramar se integró en la fábrica de tabacos de su tío Manuel González-Carbajal. Era un tipo, Leopoldo, brillante para los negocios (había crecido a gatas entre ellos) así que pronto comenzó a ascender de manera fulgurante en el mundo empresarial americano, más tarde lo haría en diversos ámbitos, incluido el político (senador del Reino de España por La Habana) y el militar con el grado de coronel de un batallón de voluntarios contra los independentistas cubanos.

Entre una cosa y otra se casó con su prima carnal Carmen, hija de su tío Manuel y de María Jesús Cabañas, cuyo padre era un terrateniente de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba y donde se asentaba el 80 % de la industria tabaquera cubana. Cabañas, mítico fabricante de cigarros puros, dejó al morir toda su fortuna a su hija, o sea a la suegra de Leopoldo. Del matrimonio de Leopoldo y Carmen nacieron dos hijos: Jorge y Manuel.

Multimillonario ya, Leopoldo establece su residencia en un edificio neoclásico de la zona noble de La Habana. Sin embargo no era bien visto por sus vecinos, los de pedigrí nobiliario, que no aceptaban –actitud que bien se libraban de mostrar en público– a aquel asturiano que multiplicaba dinero por un tubo. Lo llamaban despectivamente ‘El Tabaquero’. Cuenta Ciro Bianci –en el periódico cubano ‘Juventud Rebelde’– que su vecino frente por frente en la habanera Calzada del Cerro era el conde de Fernandina, grande de España, el hombre, y como tal tenía emplazados dos leones a la entrada de su casa. A Leopoldo le gustó el adorno y encargó unos iguales colocándolos a la entrada de su domicilio. Fernandina experimentó tal cabreo por el atrevimiento del ‘Tabaquero’ que mandó retirar los suyos y trasladarlos al interior de su residencia a fin de que no sufrieran la humillación de los leones espurios del industrial avilesino.

Es 'DE PINAR DEL RIO' y no 'DEL PINAR DEL RÍO'

No sabía aquel pobre grande de España con quien se jugaba los cuartos. Si la fortuna fue generosa con Leopoldo, él fue un ‘tipo a raudales’ repartiendo pesos y pesetas a diestro y siniestro. Una de sus donaciones, muy considerable, fue a parar al Estado español que le ‘pagó’ con un título nobiliario: marqués de Pinar del Río.

Entre sus millonarias dádivas algunas alcanzaron a su ciudad natal. Destaco la siguiente: Compró un solar en la calle González Abarca (hace años desaparecido al ser borrado para trazar la calle de José Manuel Pedregal) e instaló allí una nave que albergó un complejo industrial que comenzó a generar luz eléctrica a farolas instaladas en las calles más céntricas. A renglón seguido donó todo el tinglado, solar y ‘fábrica de luz’ –así la llamaba la gente en Avilés– al Ayuntamiento local.

Aquel ‘gratis et amore’ de modernidad luminosa encendió el entusiasmo de la Corporación local de una forma que no veas. El Ayuntamiento proclamó ‘hijo ilustre y predilecto de esta villa’ al marqués de Pinar del Río y cambió el nombre de la calle con más solera de la villa, la de La Herrería (La Ferrería) por el de Marqués de Pinar del Río (en sesión de 8 de julio de 1891) «en recuerdo de haber hecho a Avilés el magnífico y espléndido regalo de dotar a la población de luz eléctrica y para el alumbrado público».

En otra ocasión enterados los munícipes de una nueva visita del marqués, acordaron oficialmente el 5 de julio de 1893 «Que el Señor Secretario y una comisión nombrada al efecto lo esperen en Villabona y en esta Villa [lo hagan] el señor Alcalde-Presidente y demás concejales con la banda de música lo esperen en la estación del ferrocarril, disparándose cohetes en el momento de la llegada del tren y que por la noche se le dé una serenata por la expresada banda de música».

Berlanga y su ‘Bienvenido Míster Marshall’ se quedaron cortos. Y lo de la serenata quedará en los anales de homenajes y lisonjas varias de la historia local.

Ya digo que alcalde y concejales tan estaban pasados como pasmados con lo de la luz eléctrica. La cosa llegó al punto de que enterados, basándose en lo que decían malas lenguas de que Leopoldo González-Carbajal juzgaba que le quedaba corto el título de marqués, solicitaron al Gobierno de Su Majestad, el 24 de mayo de 1893, el título de Conde de Avilés para el marqués. Y como estaba ocupado por otra persona (que cosas) pues rebajaron la solicitud a Marqués de Avilés que mira tu, vaya por Dios, también estaba ocupado. Razón por la que entre voy y vengo de expedientes cargado y para que el asunto no quedara en falso se les ocurrió solicitar el título de Marquesa de Avilés (y le fue concedido) para su esposa Carmen a la que un cronista, frenéticamente cursi, describió como «Una hija del ardiente sol de los trópicos» por su condición de cubana. La marquesa de Avilés participó en 1900, junto con Leopoldo Alas ‘Clarín’ y otras personalidades, en la ceremonia de colocación de la primera piedra del que sería el teatro Palacio Valdés.

En 1909 falleció en La Habana Leopoldo González–Carbajal Zaldúa, aquel marqués de Pinar del Río que encendió la luz en Avilés pero le apagaron, en 1979, la calle con más solera de la ciudad que alumbraba su nombre. Y le dieron una calle chata (tres portales) y extraña pues une en ángulo recto dos calles: Quirinal y Uría. Para más inri el rótulo de dicha vía adolece de una errata. Parece como si a efectos municipales la historia del marqués fuese eléctricamente de una histórica serenata a una sonada errata.

 Tal parece una confabulación que quisiera hacer buena la infame coplilla medieval de «No hagas nada por los pueblos, ni nada a los pobres des, ni tengas tratos con putas, porque te joden los tres».

Total que a dos velas, del callejero, se quedó aquel marqués que iluminó Avilés.

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El Bollo, la comilona y El Guinness
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Alberto del Río Legazpi | 02-04-2017 | 09:14| 0

Las fiestas del Bollo de Avilés, declaradas de Interés Turístico Nacional, buscarán este año pasar al libro Guinness por el record  participativo de la Comida en la Calle del lunes de Pascua.

           Al mediodía de aquel lluvioso domingo,2 de abril de 1893, solo los pocos que no llevaban paraguas, pudieron aplaudir cuando el escritor y periodista Antonio María Valdés (‘Aneroyde’) desde uno de los balcones centrales del Hotel La Serrana, al lado del palacio de Camposagrado, terminó de leer su discurso con un ¡Viva la fiesta del Bollo!

            El remate de ‘Aneroyde’ sonó un tanto cómico a algunos de los asistentes, pero no a los miembros de la nueva Cofradía del Bollo formada con la pretensión de organizar una fiesta donde participase toda la población avilesina, enganchando al personal con lo que siempre funciona (comida y bebida) aunque fuera tan elemental como un bollo mantecado y una botella de vino blanco.

            La cofradía estaba compuesta por gente de diversa ideología y procedencia y presidida por el médico castropolense Claudio Luanco, simpatizante del Partido Progresista, que ha pasado a la historia local –quien se lo iba a decir a algunos estirados de casino y sacristía que tanto lo despreciaron– como un personaje destacado de la misma (ver ‘La historia de Claudio Luanco, un médico que inyectó alegría y cultura’ en LA VOZ DE AVILÉS del 1 abril de 2013, o buscar en Google).

            La Cofradía, según tiene publicado el periodista Venancio Ovies, estaba formada, aparte de Luanco, por Wenceslao Carreño (coronel de artillería, fascinante personaje descrito en ‘El coronel si tiene quien le escriba’ ver en LA VOZ DE AVILÉS 18 enero de 2015, o en Google), Bernardino Ca­brera, Javier Carreño, Pío Arines (Vista de Aduanas destinado en Avilés), Luis Solís, Ramón Car­cedo (Ingeniero industrial gijonés), Florentino Guardado, Francisco Rodríguez Maribona, Federico Trapa y Joviniano R. Pumariega. Y como ‘adjuntos’ sin querer figurar pero sí trabajar: Armando Fernández Cueto (autor del diseño arquitectónico de destacados edificios avilesinos, ver ‘Por sus obras lo conoceréis’ en LA VOZ DE AVILÉS del 2 abril de 2014, o en Google), el poeta ‘Marcos del Torniello’, (ver ‘El popular y bienquisto poeta Marcos del Torniello’ en LA VOZ DE AVILÉS del 10 febrero de 2014, o en Google) y el ya citado Antonio María Valdés.

          Claudio Luanco se basó en el festejo ovetense de La Balesquida para poner en marcha el del Bollo «una fiesta que olvi­dara las abstinencias, ayunos y vigilias de la Cuaresma, para entregarse en la Pascua de Resurrección a festejar el sabroso cabri­to».

          Y aquello que comenzó casi como una broma se fue convirtiendo en un festejo multitudinario cuyo plato fuerte, dicho sea en todos los sentidos, es actualmente ‘La Comida en la Calle’ en la que miles de participantes ocupan miles de metros de mesas, sentados en miles de sillas de tijera, a lo largo de calles y plazas del Casco Histórico para dar cuenta del menú que traen preparado de sus domicilios.

          Comilona popular donde las haya, fue ‘instituida’ en 1993 por Mariví Monteserín (actual alcaldesa) y concejala [entonces] de la Corporación presidida por el socialista Santiago Rodríguez Vega.

            Fue un triunfo clamoroso. El Bollo había dado un salto cualitativo importantísimo más allá del desfile de carrozas y el folklore, que sigue siendo lo clásico de la fiesta.

Entrega del Bollo en el parque del Retiro (hoy Las Meanas).Foto hecha hace más de 100 años.

            La participación en la banquete callejero es tan espectacular que se quiere medir oficialmente (en el cómputo se excluirán a los comensales del parque Ferrera, si es que el Ayuntamiento autoriza –imprudentemente creo yo– la Comida en el parque), este año de 2017, para entrar en el Guinness World Records, que es como se conoce ahora El libro Guinness de los Récords.

            Y todo esto ocurre 124 años después de la fundación de una fiesta del Bollo a la que muchos miraron de reojo cuando nació, actitud repetida cuando se creó La Comida en la Calle.

            La Balesquida ovetense es tradición de ‘bollo preñao’ y botella de vino en un Martes de Campo. El Bollo avilesino es una tradición que ha progresado desde un bollo mantecado y vino a comida multitudinaria al aire libre que va camino de figurar en el Guinness.

            Convengamos que en Avilés una tradición, al menos en el caso del Bollo, ha resultado un progreso.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta