El Comercio

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El otoño del patriarca Menéndez
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Alberto del Río Legazpi | 04-12-2016 | 10:48| 0

          Pedro Menéndez nació en invierno, murió en verano y últimamente se le recuerda en otoño porque en estas fechas (en concreto el cuarto jueves de noviembre) se celebra en los Estados Unidos de América el Día de Acción de Gracias, una de las tradiciones más populares de dicho país tan ayuno de ellas por descaradamente joven.

          En tal día conocido como «Thanksgiving Day», las familias se reúnen en una comida especial para dar  gracias por todo lo recibido a lo largo del año.

          Un festejo que viene siendo cada vez más discutido que fuera ‘inventado’ por los colonos ingleses en 1621 en la colonia de Plymouth, en el actual estado de Massachusetts, al desembarcar (básicamente explicado) del ‘Mayflower’ y compartir sus alimentos con los nativos.

‘Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565’ (en el centro Pedro Menéndez). Florida Museum of Natural History

          Porque tal acto de fraternidad entre civilizaciones ya habría ocurrido 56 años antes en las costas de Florida cuando desembarcaron los españoles al mando de Pedro Menéndez de Avilés. Tesis expuesta, hace años, por el profesor de la Universidad de Florida, Michael Gannon, que cada otoño gana más partidarios.

          La semana pasada los medios se hicieron eco de que los  arqueólogos del Florida Museum of Natural History daban por hecho que no fueron los peregrinos ingleses quienes celebraron el primer Día de Acción de Gracias, sino la expedición española al mando del marino asturiano.

          De sus investigaciones se deduce que los españoles asistieron a una misa especial «para dar gracias a Dios», tal como solían hacer al llegar a un nuevo territorio, y acto seguido se sentaron a comer invitando a los nativos americanos ‘en lo que constituyó toda una fiesta de acción de gracias’, manifestó Kathleen Deagan, comisaria de investigación de Arqueología Histórica de dicho museo.

          Y nada de pavo como hicieron los colonos ingleses en Plymouth, sino jamón curado y otros productos típicos españoles como vino tinto, aceitunas y garbanzos.

          Datos que derrumban la historia de los orígenes de uno de las tradiciones norteamericanas más populares, que hasta ahora había sido vista exclusivamente desde el prisma británico que le dieron los historiadores ingleses empeñados en leyendas negras.

          Paralelamente cada vez cobra más valor el protagonismo de la expedición española muy poco conocida en su composición.

          Eugene Lyon en su libro ‘Florida Entreprise’ (aún por publicar la versión española, que sabe Dios cuando) relata algunas de las personas y oficios que se embarcaron (las naves salieron de Avilés, Gijón, Santander y Cádiz proyectando reunirse en las Canarias para continuar a América) en aquella aventura de 1565 y donde estaban representados virtualmente todos los oficios de la España del siglo XVI.

          Escribe Lyon que «había 10 canteros, 15 carpinteros, 21 sastres, 10 zapateros, 8 herreros, 5 barberos y 2 cirujanos. Había fabricantes de calzas, fundidores de metales, fabricantes de telas y esquiladores. Dos especialistas en la fabricación de cal y argamasa estaban a bordo, además de curtidores, herradores, cardadores, un sombrerero, un librero y un bordador. Había expertos en armas en las personas de tres espaderos, un armero y un ballestero. Había toneleros, panaderos, jardineros, un traficante de sedas, un fabricante de mantas y dos hombres especializados en fabricar lino. Un boticario y un cervecero (…). Un escribano público, notario que registraría todas las acciones formales junto con 24 resmas de papel y una cantidad de tinta. Además, 117 soldados estaban en la lista como labradores o granjeros; estos hombres estaban preparados para trabajar la tierra cuando sus deberes militares lo permitiesen. 26 de ellos llevaban a sus esposas e hijos».

          Toda una planificación para transferir la civilización española.

          En una ocasión escribí que el marino avilesino, de acuerdo con su biografía, puede que sea un ejemplo de manual de hombre hecho a sí mismo y que por tanto no tendría nada de extraño que llevara a los USA la semilla del ‘Self Made Man’.

          En un cuadro que se expone en el citado museo de Florida se puede ver al patriarca Menéndez presidiendo la primera comida de Acción de Gracias celebrada en Norteamérica con menú a base de jamón, productos de la huerta española y vino. De Rioja, matizan los norteamericanos.

          El otoño del patriarca Menéndez es un brindis a la Historia.
 

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Los Telares, avenida
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Alberto del Río Legazpi | 27-11-2016 | 10:26| 0

Una calle que cuenta con una instalación viajera que tienen muy pocas ciudades de España.

          Los Telares es avenida de límites singulares y contenido difícil  de ver en cualquier otro sitio, no solo de Avilés sino de Asturias y en España habría que ver cuántas. Me estoy refiriendo a la conocida como estación intermodal.        

          La avenida comienza, en su margen derecha, con una elegante mansión (Casa de Larrañaga) y termina en un restaurante (San Félix) facedor de una lubina al champán de chuparse los dedos. Por la acera izquierda empieza con sidra (Casa Lín) y termina con agua que mana en una fuente–lavadero de 1925, hoy remozado y única muestra de los que hubo antaño por la villa.

          En el siglo XIX la industria se instaló en esta Los Telares y en Llano Ponte, porque eran calles nuevas hechas a la carta para levantar naves por ejemplo de fabricación de telares tan importantes como para bautizar al barrio con esta actividad industrial textil. Los Telares también es nombre de una cadena comercial hoy desaparecida, de momento, con tiendas en toda España por obra y gracia de Julián Rus Cañibano uno de los empresarios más comprometidos socialmente con Avilés, mérito que nadie le podrá quitar.

          También se estableció aquí, en 1883, una vidriera (la de Ibarra, Galán y Compañía) que complementaba la producción de otra (propiedad de Antonio Orobio) situada al final de Llano Ponte al lado del popular Arbolón. En esta de Sabugo, instalada frente a la actual estación, al cesar el negocio sus naves fueron aprovechadas durante años (hoy se levanta en el solar una manzana de viviendas) por la firma García Fernández distribuidora de artículos ferreteros,  cuyos dueños tenían lazos de parentesco con el famosa comercio de ‘Los Castros’ incrustado en el palacio de Camposagrado, hoy Escuela Superior de Arte del Principado. Lo que son las cosas.

          Pero fue la llegada del tren, el 6 de julio de 1890, la que acabó dándole rango singular a la avenida al instalar en ella la estación de aquel revolucionario invento que vino por caminos de hierro. Ciento seis años más tarde, en 1996, se le añadió una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (Feve). El conjunto es llamado estación intermodal algo que, como ya dije, se ve en muy pocas poblaciones y que además añade un espectacular mural del artista Carlos Suárez titulado ‘El bosque encantado’ ganador de un concurso convocado en 2001 al efecto por el Rotary Club de Avilés. Los veinte paneles del mural, de 3,5 por 5 metros cada uno, delimitan la estación. Tela.

          La estación avilesina con el tiempo tuvo, y tiene, una cantina como pocas en España. Arsenio Fernández ‘Tito’ hizo posible que durante una época (el último tercio del pasado siglo) tuviera un restaurante de mucho postín; me acuerdo de ver allí al presidente del Real Madrid, entonces Ramón Mendoza, acompañado de gente como Gento, mito del fútbol español. Hoy, como el que tuvo retuvo, es uno de los establecimientos hosteleros más frecuentados de la ciudad.

          En aquel año de cuando el tren, de 1890, Manuel Solís Solís, al que los conocidos llamaban Manolín y sus amigos más cercanos ‘Lin’ puso en marcha un negocio hostelero que con el tiempo se convirtió en un clásico en la lista de sidrerías asturianas tradicionales. En Lin se tiene visto escanciar culinos (dicho sea en el mejor de los sentidos) a estrellas cinematográficas como los actores Brad Pitt o Kevin Spacey.

          Y casi frente a Casa Lin, y antes de que terminara aquel siglo XIX, el Ayuntamiento avilesino concedió al ingeniero y empresario vasco Carlos Larrañaga Onzalo, director de buena parte de las obras de canalización de la Ría, licencia para construir su casa.

          Larrañaga vivió literalmente entre vías, pues les pasaban por delante, por detrás y por un costado. El tren por un lado y el tranvía llamado La Chocolatera por el otro ya que salía del parque del Muelle e iba por la actual avenida de Los Telares hasta Raíces donde se desviaba a Salinas. Este tranvía a vapor convivió varios años con el eléctrico que, procedente de Villalegre y atravesando Avilés, pasaba también por un lateral de la mansión para cruzar el paso a nivel –que hoy lleva el nombre del empresario vasco– y enfilar a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

          Estando en una ciudad como Avilés milagro sería que no hubiera por aquí algún rastro medieval. Estaba en el solar hoy ocupado por la estación y era conocido como Campo de Bogaz, donce trabajaban los carpinteros de ribera (astilleros artesanales) fabricantes de naves con las que se ganaba la vida la gente de Sabugo. Tela marinera.

          La avenida actual, fue antiguamente Camino de Pravia, pero cuando los tiempos le trajeron urbanización fue rebautizada como Carretera de Pravia y más tarde Los Telares, por la industrialización antes citada. En 1937, en plena guerra civil, y para agradecerle a la ciudad de Lugo sus ayudas  a la población de Avilés (alimentos y ropa) fue oficializada como Avenida de Lugo la que discurría entre el paso a nivel de Larrañaga y Raíces, población que marca por carretera el final del concejo avilesino e inicios del de Castrillón. En 1979 al tramo de la avenida que va desde el paso a nivel citado hasta la fuente–lavadero volvió a recuperar el nombre de Los Telares y el resto hasta Raíces siguió con el de Lugo.

          Tela la de Los Telares.

 

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Un Carreño en Bermudas
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Alberto del Río Legazpi | 20-11-2016 | 12:16| 0

Bermudas territorio británico en alta mar, a mil kilómetros de la costa este de Estados Unidos, fue explorado por primera vez por el marino avilesino Bartolomé Carreño hace cerca de 500 años.

          Bermudas viene de Bermúdez, apellido de un marino andaluz natural de Palos de la Frontera en la provincia de Huelva.

          Este Bermúdez, de nombre Juan, parece que ya había formado parte de la histórica expedición que, en 1492, al mando de Cristóbal Colón y financiada por los Reyes Católicos de España descubrió América para los europeos.

          Después de aquella legendaria aventura el pionero Juan Bermúdez se dedicó al transporte marítimo de personal, vituallas y aprovisionamientos entre el nuevo continente y España, lo que se llamó Carrera de Indias.

          En uno de estos viajes y al regresar a Sevilla, habiendo partido de la isla La Española (donde hoy se asientan la República Dominicana y Haití) parece que su nave fue desviada de su rumbo habitual por un tremendo vendaval que la arrastró hacia el norte (frente a la costa este de los, hoy, Estados Unidos) topándose con una isla tan desconocida, para la navegación de entonces, como considerable. Estaba rodeada de peligrosos arrecifes y los marinos españoles rendidos por la tormenta no desembarcaron, pero el aplicado capitán Bermúdez tomó nota del hallazgo y bautizó al nuevo territorio como ‘La Garza’ que era el nombre de su barco. De poco le sirvió porque la autoridad competente, a la que dio cuenta una vez llegado a puerto español, a la isla descubierta por Bermúdez decidió que ni Garza ni leches, que era más fácil llamarla Bermuda constando así por primera vez –y ya para siempre– en la ‘Legatio Babylonica’ obra y cartografía publicada en 1511 por Pedro Mártir de Anglería, cronista de Indias.

          Pero si Juan Bermúdez nunca puso un pie en la isla que descubrió, quien sí lo hizo fue el marino asturiano Bartolomé Carreño, capitán de una expedición que por mar y tierra exploró aquella Bermuda en 1538. Salvando los endiablados arrecifes, desembarcó y estudió durante cerca de un mes el territorio descubriendo que no era una sola, sino que había 149 Bermudas más. El archipiélago está formado por tan considerable número de islas e islotes, de las cuales sólo seis cobran mayor importancia: Bermuda o isla Main; Somerset; Ireland; Saint George’s; Saint Davids, y Boaz.

          Todo lo que descubrió lo plasmó en un Memorial titulado ‘Descripción de la isla de la Bermuda y sus puertos y de las islas y bajos circunvecinos a ella’ que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla.

          El diccionario geográfico de Antonio de Alcedo (Madrid, 1789) afirma entre otras cosas que en Bermudas casi todo el año es primavera… que se recogen dos cosechas de frutos al año… pero que los relámpagos y truenos cuando hay tempestades son tan terribles como los huracanes… aunque el clima es tan sano que rara vez se ve morir allí ninguna persona que no sea de vejez.

          Hoy Islas Bermudas es territorio británico y sus cerca de 70.000 habitantes tienen uno de los mayores índices de renta per cápita del mundo. Viven en uno de los más conocidos paraísos fiscales y en ese aspecto toca el cielo monetario, pero desciende a los infiernos con el asunto del famoso Triángulo de las Bermudas (del que es uno de los vértices junto con Miami y Puerto Rico), una especie de inquietante agujero negro que para algunos succiona naves y aviones y también base de extraterrestres. Este virtual triángulo ciertamente inquietante, al menos climatológicamente, fue inventado en 1953 por varios escritores y desde entonces goza de gran éxito en la literatura y medios de comunicación amarillistas.

          Bartolomé Carreño había nacido en Avilés, en fecha imprecisa, hacia el año 1503 y ya de niño se buscó la vida, Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574) haría pocos años después algo parecido. Una publicación de la Historia Naval de España dice de Bartolomé Carreño que «Muy joven y atrevido, abandonó su casa paterna y viajó por sus medios, que no eran muchos, hasta la ciudad de Sevilla donde se embarcó, teniendo datos de hacerlo por primera vez en el año de 1514». Que se sepa nunca volvería a Avilés, muriendo hacia 1568 en Sevilla donde residía cuando no estaba en América o navegando.

          Bartolomé es un marino tan desconocido en su tierra natal donde poco se habla de él, hasta el enciclopédico Constantino Suárez ‘Españolito’ reconoce no tener aportaciones propias. Entre los historiadores actuales a Helena Carretero Suárez sí que la he oido hablar de este Carreño marino a propósito de la nobleza avilesina en los siglos XVI y XVII, en una magnífica conferencia, donde criticaba con acierto que en lo tocante a los siglos en cuestión todo se limita, prácticamente, a Pedro Menéndez de Avilés.

          Sin embargo Bartolomé no paraba. Era hiperactivo. Combatía a los corsarios franceses que atacaban naos españolas en aguas caribeñas; sometía con severidad a los indios caribes, caníbales ellos que se merendaban españoles a las primeras de cambio, y nada menos que 33 viajes efectuó entre la península ibérica y las islas del Caribe. Fue ascendiendo en rango hasta llegar, en 1552, a hacerse cargo de la flota de la Carrera de Indias compuesta por seis barcos de guerra.

          Pero tuvo que reclamarle al monarca, en otros dos Memoriales, pues que no veía una perra (entonces ducados eran las monedas) por sus servicios a la corona «habiendo servido padres, hijos, abuelos y antecesores a S.M. sin haberles hecho meced alguna hasta entonces».

          Los reyes de la dinastía Austria, en especial Carlos I y Felipe II, eran tacaños, ya lo cantaba Luis de Góngora en su famoso poema: «Cruzados hacen cruzados, Escudos pintan escudos, y tahúres muy desnudos, con dados ganan condados, Ducados dejan ducados, y coronas Majestad, ¡Verdad, verdad!». 

          Generalmente y en todas sus aventuras y desaventuras, mercantiles o guerreras, Bartolomé se hizo acompañar de su hijo mayor Francisco Carreño –un episodio aparte– que llegaría a ser Gobernador de Cuba y que fue uno de los capitanes que envió a la Amazonía, el rey Felipe II, a reprimir el sarao sangriento montado por Lope de Aguirre y sus cimarrones, que tanto juego literario y cinematográfico ha dado posteriormente.

          Cuando escuche, que lo hará a espuertas, el término Bermudas asociado a paraíso fiscal o a triángulo geográfico pavoroso, acuérdese de que el marino avilesino Bartolomé Carreño fue quien primero exploró las islas Bermudas y las dio a conocer. El término va a asociado históricamente a él.

          Además, y esa es otra, ¿quién no tiene unas bermudas como prenda de vestir para navegar en los veranos de las calles de Nueva York, París, Singapur o Piedras Blancas? Solo una minoría que no va con las modas triunfantes.

          No somos nada.

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La vuelta a Avilés en 80 minutos
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Alberto del Río Legazpi | 13-11-2016 | 11:13| 0

La expo de Julio Verne plantada en el Niemeyer da pie, dicho sea en todos los sentidos, a recorrer el casco histórico de Avilés en una hora y veinte minutos.

      En ‘La vuelta al mundo en ochenta días’ Julio Verne narra las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout para ganar una apuesta consistente en dar la vuelta al mundo en ochenta días del año 1872.

      En este otoño de 2016 el espíritu del escritor francés debería teñir Avilés de proyectos fantásticos o de aventuras visionarias.

      Autor de novelas como la citada o del ‘Viaje al centro de la tierra’ la expo de Verne puede ser una excusa para partiendo del centro del casco histórico avilesino dar una vuelta al mismo en ochenta minutos.

Calle de La Ferrería.

      Se puede lograr partiendo de la plaza de España (El Parche), centro del casco histórico avilesino, para trasladarnos ala Edad Media, o sea a La Ferrería calle de viejos soportales y casas gastadas por el tiempo que ha trabajado borrando de alguna de sus fachadas escudos nobiliarios. También es residencia del palacio gótico de Valdecarzana y aledaña a la capilla de igual estilo de la familia de Las Alas, aunque todavía más antigua (siglo XII) es la portada románica de la iglesia de San Antonio, conocida hasta el otro día como la de Los Padres.

      Esta calle desemboca en lo que fue durante siglos puerto de Avilés y hoy es un parque modernista con un semillero de estatuas copias de originales expuestos en el Louvre. Atravesado este jardín se regresa a tiempos medievales en Sabugo, antaño pueblo de pescadores, donde manda su pequeña iglesia del siglo XIII presidiendo una plaza encantadora.

      Tomando una estrecha calle de gastadas columnas dedicada al escritor y dramaturgo Bances Candamo, nacido en ella y muerto en Lezuza, se llega a la antigua zona veneciana de la villa, donde se edificó la plaza del mercado, espacio muy singular con cuatro entradas y perímetro completamente rodeado de galerías sostenidas por columnas de hierro adornadas con rejería; fue construido en 1873, año de publicación de ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne.

      Pero de ahí –el tiempo apremia– viajamos, subiendo por la Cuesta La Molinera, hasta 1696 para quedar pasmados ante la fachada sur del palacio de Camposagrado, un monumental retablo barroco. Cuando compatriotas de Julio Verne, entonces al mando de Napoleón Bonaparte, invadieron sangrientamente la ciudad en el siglo XIX, lo convirtieron en su cuartel general.

      Desde aquí volvemos, aunque sea en espíritu, ala Edad Media por la calle de La Fruta, hoy totalmente modernizada y en la que ya no se ven soportales, cosa rara en Avilés. Por esta rúa llegamos a la plaza de España, lo que supone un nuevo regreso al siglo XVII ya que fue entonces cuando en este espacio se levantaron los palacios de Ferrera, el municipal y el de Gª Pumarino (o Llano Ponte). Las mansiones se fueron cosiendo entre si por viviendas con soportales hasta formar una plaza que es hoy uno de los parches más artísticos del mundo.

      De él se sale a la calle San Francisco, un catálogo al natural de edificios modernistas de distintas escuelas arquitectónicas europeas de principios del siglo XX. Pero aquí hay un nuevo retroceso para viajar a tiempos medievales propiciado por la iglesia de San Nicolás de Bari (siglo XIII) antiguo convento franciscano que tiene a sus pies una hermosa fuente del siglo XVII conocida como Los Caños de San Francisco, parcialmente escoñada al haberle sido capados los caños, con permiso municipal eso sí.

Calle Galiana.

      Pero no se distraiga y siga ascendiendo para llegar a la plaza de Álvarez Acebal compuesta mayormente por muestras culturales que van desde un claustro renacentista de finales del siglo XVI a un palacio modernista –hoy sede del conservatorio local de música– pasando por la Casa Municipal de Cultura (siglo XX) más importante de Asturias y una Escuela de Artes y Oficios del siglo XIX.

      Sin pausa hay que volver a descender al siglo XVII justo en el momento en el que ascendemos por Galiana, calle construida por entonces y dotada de una increíble zona soportalada de 220 metros, una ‘cordonata coperta’ que dejó hechizado al ingeniero italiano Luigi Salandra en el siglo XVIII cuando visitó la villa, al igual que poco antes había hecho el médico inglés Joseph Townsend (ver LA VOZ DE AVILÉS de 7 de junio de 2015).

      Calle serpenteante con piso con dos firmes inundado de barriles vacíos, chocante con sitio tan pródigo en locales expendedores de líquidos espirituosos. Las centenarias columnas de sus soportales tamizando la luz en días de sol sesgado es un triunfal y prodigioso espectáculo que demuestra que ‘la poesía viene de un lugar que nadie controla y nadie conquista’ como nos dijo, hace cinco años en Oviedo, Leonard Cohen. 

      Por Galiana ingresas en un gran bosque colonizado por un jardín inglés y también por otro francés que lo han transfigurado en el llamado parque Ferrera, bendición vegetal de uso público en pleno centro de la ciudad industrial.

      Atravesándolo llegas a Rivero calle del siglo XVII también porticada –el soportal es la filosofía arquitectónica del casco histórico de Avilés– muy transitada y con un rincón de carboncillo, acuarela y óleo, donde se mezclan árboles, galerías, porches, fuente y capilla. Recorriendo Rivero hacia su inicio llegas a la mansión de Gª Pumarino, antes citada, aledaños de la plaza de España. Es un elegante edificio hasta hace poco disfrazado de cine donde se proyectaron películas como ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ o ‘La vuelta al mundo en 80 días’.

      Se han cumplido 80 minutos de caminata dando la vuelta al casco antiguo de Avilés después de subir y bajar por los siglos de su historia. A unos metros del antiguo cine desciende una calle que lleva –se divisa al fondo– al Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer donde estos días se puede conocer, con detenimiento, la obra de monsieur Jules Gabriel Verne.

      Y sanseacabó. 

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El de Teverga, aquel marqués del progreso de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 05-11-2016 | 23:32| 0

         En 1856 por primera vez después de mucho tiempo, el marqués de Ferrera dejó de ser el tipo más rico de Avilés. Aquel año, las cifras cantaron que el industrial naval José García San Miguel había sobrepasado al terrateniente local en poderío económico.          

           Pocos años después, la situación rozó lo inaudito cuando el naviero se iguala, en condición social, con el de Ferrera.

          Y todo por no invitar, éste, a su palacio, -como tradicionalmente hacía con los monarcas de apellido Borbón- al entonces rey de España, Amadeo I de Saboya, cuando visitó Avilés el 15 de agosto de 1872. San Miguel anduvo listo y le ofreció su mansión, situada en la esquina de las calles La Cámara con La Muralla. Y así fue, primordialmente, como le cayó un título de marqués a José García San Miguel, de origen campesino y nacido en Quiloño (Castrillón).          

Julián García San Miguel. (Óleo de D. Fierros)

          Los nuevos ricos -incluidos los indianos- le ganaron la partida a la amojamada nobleza tradicional, hasta entonces propietaria del ordeno y mando. Y el poder local cambió de manos.          

          El industrial José San Miguel -también alcalde de Avilés en dos ocasiones- había amasado una considerable fortuna con su flota de barcos. El negocio estaba basado en el transporte, por entonces en lamentables condiciones de riadas de emigrantes con destino a Cuba y México y en aprovechar el regreso con las bodegas llenas de productos americanos. Comercio ultramarino, le decían.

En la esquina de La Cámara con La Muralla, estuvo la casa de los marqueses de Teverga.

            Su hijo Julián, heredó título y negocio en 1885. Más avispado culturalmente que su padre José, el nuevo marqués navega fortuna en popa y a toda vela por la procelosa política estatal terminando anclado -en el Gobierno del liberal Sagasta- como ministro de Gracia y Justicia, en 1902.          

         En su larga carrera política, Julián García San Miguel, estuvo vinculado a empresas y proyectos asturianos, pero sobre todo a la llegada del ferrocarril a Avilés en 1890, ala canalización y dragado dela Ría(donde también jugó un importante papel Estanislao Suárez-Inclán, ver LA VOZ DE AVILÉS del 7 de febrero de 2016) y a la construcción de la dársena de San Juan de Nieva. Gigantescas obras para la ciudad.

          Aunaba teoría y práctica, que dicen que era cosa bendita verlo. Uno de sus libros ‘Avilés: Noticias históricas’ (reeditado por el Ayuntamiento avilesino en 2011) aireó la historia avilesina hasta entonces bajo las siete llaves de la ignorancia, con la excepción de los ‘Anales de Avilés’ de Simón Fernández Perdones. Aunque para ello contó con abundantes datos, cosa que reconoció el marqués, del impagable estudio que por entonces David Arias García había realizado, pero no publicado.          

         Julián García San Miguel fue diputado a Cortes por el distrito de Avilés, desde 1869 hasta 1907, y senador vitalicio hasta su muerte en 1911 en Olmedo (Valladolid) cuando contaba setenta años de edad.    

      El largo monopolio electoral del marqués fue pudriendo la situación en sus filas políticas, apareciendo esas desgracias del caciquismo y corruptelas al por mayor. Aquello fue el acabóse político de San Miguel.  

        En la defunción política, también tuvo que ver la aparición de otros brillantes personajes públicos de apellido Pedregal –un episodio aparte- que le merendaron la empanada liberal.          

          Pero en el cómputo general hay que reconocer el protagonismo de Julián García San Miguel en el progreso de Avilés.          

          Aquel marqués.

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 15 de julio  de 2012)

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Calle de La Estación
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Alberto del Río Legazpi | 30-10-2016 | 14:01| 0

          Cuando el 6 de julio de 1890 llegó por primera vez el tren a la ciudad, Avilés quedó bendecido por la modernidad y el callejero municipal tomó nota, aunque con año y medio de retraso.

          El 15 de enero de 1892 a la calle De Adelante (D’Alante), del barrio de Sabugo, el Ayuntamiento avilesino decide cambiarle el nombre por el de La Estación que llega hasta hoy, con un paréntesis de mas cincuenta años (de 1925 a 1979) cuando se lo cambiaron por el de General Zubillaga gobernador de Asturias (nombrado durante la Dictadura del general Primo de Rivera) que ayudó en la modernización del puerto y la canalización del río Tuluergo.

          La nueva estación de ferrocarril enclavada en la entonces avenida de Pravia, hoy Los Telares, tenía enfrente a la calle sabuguera D’Alante, vía ligeramente empinada que la comunicaba con la plaza Nueva (la actual del mercado) entonces camino de ser el centro de la villa de Avilés, cosa que no cumplía la avenida de Pravia ya que entonces toda la zona del actual parque del Muelle, y aledaños, era un campo de batalla de obra civil.

Desde los soportales de la calle de La Estación, a la izquierda la iglesia vieja de Sabugo y a la derecha y al fondo la estación.

          La más practicable, para los viajeros, era dicha calle D’Alante una de las tres históricas del medieval barrio de pescadores, situado en una pequeña colina de Sabugo junto con la d’Atrás (hoy Bances Candamo) y la de Enmedio (hoy Carreño Miranda).

          Vista desde su inicio, en la plaza de Pedro Menéndez, la calle de La Estación comienza en su acera izquierda con una casa de arquitectura sencilla (hoy en lastimosa situación de ruina) pero con un pequeño escudo en su fachada que remite al desaparecido convento de La Merced, que ocupaba gran parte del solar donde hoy se levanta la iglesia de Sabugo nueva. Termina la calle 250 metros más allá en la, actualmente cerrada, fonda El Norte, tan típica en todas las estaciones adonde llegaban los trenes de la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España. Una casa en ruinas y otra con negocio acabado no deben inducirnos a engaño ni llevarnos a pensar que la calle es un desastre, todo lo contrario ya que es rica y alegre como pocas de Avilés.

          Arquitectónicamente destaca un edificio, hoy de acogida a personas sin hogar,  construido en 1923 como sede de los Grandes Almacenes de Ferretería y Quincalla de García Fernández y Cía. Francisco Casariego diseñó su bella fachada art déco y empleó en su construcción hor­migón armado, principalmente, una originalidad por aquellos años.

Zona central de la calle.

          Más adelante, en el centro de la calle, se concentran edificios de notables viviendas sobre todas las del arquitecto Manuel del Busto, autor de singulares edificios en Avilés entre los que destaca el teatro Palacio Valdés. En el ‘Diario de Avilés’ de 6 de julio de 1898 se puede leer que «dentro de breves días comenzarán a fabricarse dos casas de nueva planta en la calle de la Estación las cuales por su esbeltez embellecerán aquella parte de Sabugo… son de gusto poco común… unen elegancia con sencillez causando agradable sorpresa». Se refiere a los números 19 y 21 actuales.

          Es muy destacable el abundante negocio hostelero que brilla particularmente en esta parte central. Hay tanta sidra por metro cuadrado que bien se podría decir que en este antiguo barrio de mareantes de Sabugo los que abundan hoy son los mareados.

Luego está ese plus histórico-artístico que supone el viejo templo de Santo Tomás de Canterbury, el monumento medieval mejor conservado de Avilés, que la calle comparte con la plaza del Carbayo.

          En la acera de la derecha se conservan dos zonas aisladas de soportales, muestra de los que antiguamente tuvo –y en los dos márgenes de la calle– estrechándola tanto que apenas cabía un carro con tracción animal. Luego, entre finales del siglo XIX e inicios del XX sufrió, como gran parte de Avilés, una gran transformación urbana.

          En el entonces número 8, estuvo la famosa fonda La Celesta donde trabajó Serrana Gutiérrez Pumarino que luego fundaría el hotel La Serrana, uno de los más famosos de Asturias en su tiempo.

          Un poco más allá y en el cruce con la calle Carreño Miranda se avista el cercano parque del Muelle. Por el invierno, con los acatarrados árboles desnudos de hoja, se divisan los muelles del puerto para que no olvidemos que estamos en barrio marinero y pescador. También aquí se comparte esquina, visualmente, con una popular estatua de bronce, obra de Favila (siglo XX) basada en un cuadro homónimo del pintor Juan Carreño Miranda (siglo XVII), dedicada a Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’ que tanto excita el artilugio fotográfico de muchos, generalmente turistas.

Tramo inicial de la calle, hace más de 100 años.

          En el número 10 vivió y enseñó uno de los maestros más populares de la historia avilesina de nombre Marcos del Torniello, celebrado también como chispeante poeta en bable. Tanto el edificio que antecede al del rimador como los que le suceden son de llamar la atención por su singular arquitectura, especialmente el número 14.

          También tiene su cosa la casa número 20 por el escudo en su fachada. Perteneció a la familia Llano Ponte, de título en ristre, que consiguió permutarlo por una casa–palacio que hay en un extremo de la plaza de España ya en el inicio de Rivero (fue cine Marta y María) propiedad del indiano García Pumarino. Fallecido en 1706, su heredero (un sobrino suyo que era sacerdote) accedió a la petición de Juan de Llano Ponte, a la sazón obispo de Oviedo. Total que el prelado al Parche, el cura a Sabugo y punto.

          La rúa desemboca en la avenida de Los Telares, anteayer camino de Pravia, ayer camino de la estación, hoy camino de tres estaciones y, desde hace siglos, parte del  Camino de Santiago a su paso por Avilés.

          Un caso de memoria histórica.

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El gigantesco ‘Americanín de Romadorio’
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Alberto del Río Legazpi | 23-10-2016 | 12:14| 0

José Villalaín Fernández (Navia 1878–Salinas 1939) es uno de los más brillantes, y desconocidos, personajes de la historia de Avilés.

          Hay una parroquia en el concejo de Castrillón llamada Pillarno que es casi tan grande, en superficie, como el concejo de Avilés. Pero no la cito aquí por eso.

Autógrafo de José Villalaín Fernández, bajo el pseudónimo 'El Americanín de Romadorio'

          Ni tampoco porque su actual iglesia fuese  construida en los años 40 siguiendo planos del célebre Manuel del Busto (cuyo padre era natural de Pillarno) arquitecto de espectaculares edificios como el banco Herrero de Oviedo o el teatro Palacio Valdés de Avilés.

          Ni tampoco porque en dicha iglesia se conserve exenta una ventana prerrománica (encontrada entre las ruinas de la anterior, destruida en 1936) que remite a un pasado remoto (y no quiero hablar de las Cuevas de Arbedales porque son episodio aparte) que le valió ser expuesta en la gigantesca muestra ‘Orígenes’ celebrada en la catedral de Oviedo en 1993.

          Ni tampoco (que pesadez, por favor) lo cito porque dicha pieza arquitectónica revele la antigüedad histórica de Pillarno al igual que la de algunos de sus vecinos como es el caso de Diego Suárez, quien en 1484 llegó a ser alcalde de Avilés cuando la Edad Media cantaba las diez de últimas.

          Pero, y acabamos, al lado de la iglesia hay una placa (colocada en 2015) donde se puede leer «El pueblo de Pillarno, con cariño y gratitud a Dña. Concepción Díaz Menéndez (1883–1964) ‘Concha la partera’ por su labor solidaria y altruista hacia el prójimo, considerando maravillosa su labor de partera…» dice la parte inicial del texto que homenajea a una persona que sirvió a sus vecinos. No es una excepción.

          A poco más de 1 Km. de allí, en Romadorio, una de las quince poblaciones que forman la parroquia de Pillarno, hay otra placa (colocada en 2002) dedicada al «humanista, médico y escritor que utilizó el seudónimo ‘El Americanín de Romadorio’ en su obra literaria».

Placa colocada en el jardín de Romadorio (Pillarno).

          Aparte de su nombre oficial, José Villalaín Fernández, usó mucho más este pseudónimo que el resto de los que utilizó a lo largo de su vida: ‘Dr. Schauspiel’, ‘H.C.’, ’’Romadorio’ y ‘El Corresponsal de Pillarno’.

          Nació en Navia en 1878, pero siendo niño su familia traslado el domicilio a Castrillón. Su padre era funcionario de Aduanas y ejerciendo la función de aduanero vino a la de Avilés, aunque luego ingresaría, como alto empleado administrativo, en la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnao.

          El niño Villalaín asistió a la escuela de San Martín de Laspra y estudió el bachiller en el colegio avilesino de La Merced donde quedó marcado por la personalidad pedagógica de Domingo Álvarez Acebal, tanto fue así que cuando fue a Santiago de Compostela a cursar Medicina no se cortaba un pelo ante sus nuevos compañeros, y profesores, poniendo por las nubes al maestro avilesino que lo educó. Esta lealtad, conmovedora, a sus paisajes y a sus personajes es una de las virtudes de Villalaín.

          En Galicia solo estuvo un año pues el resto de la carrera la cursó en el histórico Caserón de San Carlos de Madrid donde se licenció en 1900.

          A partir de entonces comienza a ejercer como médico rural en Castrillón, concejo que recorrió mil veces a pie,  dos mil a caballo y tropecientas mil en un Ford que compró en 1929 a Ibañez, único concesionario automovilístico por entonces en Avilés, domiciliado en la calle Ruiz Gómez, popularmente conocida como calle La Cárcel.

          Antes, en 1915, comenzó a compaginar su trabajo de médico rural con el de empresa en el Hospital que la Real Compañía tenía en el poblado de Arnao.

          En 1923 se casó con María Menéndez Galán en la iglesia de San Miguel de Quiloño, localidad natal del marqués de Teverga. El matrimonio tuvo varios hijos, pero tanto su familia como la obra del padre son episodios aparte.

          El Ayuntamiento de Castrillón ha reconocido a José Villalaín Fernández como hijo adoptivo así como dedicado una estatua en Piedras Blancas (obra de Ignacio Bernardo), una calle en Salinas y una placa en la aldea de Reborio.

          Falleció en Salinas en 1939 sin haber tenido la fortuna de que su obra se amplificase como se merece, algo que nos estamos perdiendo todos, los asturianos en primer lugar. Gran parte de ella, que pide a gritos una antología, está dispersa por periódicos y revistas de España y América.

          Respecto al estudio de su trabajo, destaco la publicación, en 2001, de Esther García López titulada ‘Averamientu a la vida y obra de José de Villalaín Fernández’, al igual que un análisis aproximativo a la obra de este hombre genial, publicado por Antonio García Miñor en el Boletín del RIDEA de 1979 y una detallada biografía de Ramón Baragaño en LA VOZ DE AVILÉS del 14 de agosto de 2010.

          Con la ironía por bandera fue escritor, médico, botánico, dibujante, periodista, músico… Era un virtuoso del violín que le enseñó a tocar a su hermano, Martín Marino, quien con el tiempo llegaría a ser primer violinista en la Orquesta Nacional de España.

          En la vida y obra de este hombre todo parece como milagroso, a veces creo ver a un personaje salido de una novela de García Márquez, con Castrillón como fondo en vez de Macondo.

          Lo que voy descubriendo de José Villalaín –amigo de Joaquín Sorolla– y al que llevo tiempo siguiendo su  rastro, tan difuminado, es impresionante. Como persona y como médico, a la par que creador científico un aspecto que le alabó Gregorio Marañón. Luego está su faceta de ensayista de excelencia y su autoría de novelas y muchas crónicas y muchos cuentos. Me acuerdo del Chéjov cuentista, otro galeno.

          Tengo al polifacético José Villalaín Fernández por uno de los personajes más fascinantes de la historia de Avilés.

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La leyenda de la calle salada
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Alberto del Río Legazpi | 16-10-2016 | 09:44| 0

          Una de las acepciones, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, del término leyenda es «aquella cosa admirada que se recuerda a pesar del paso del tiempo».

          Le viene al pelo a la calle de Avilés que lleva por nombre Los Alfolíes, palabra de procedencia árabe que remite a almacén de sal, valioso producto entonces –aparte de para el guiso para la conservación de los productos alimenticios– y que fue una de los capitales del Avilés medieval con un Fuero concedido por el Rey y líder en el tráfico portuario del norte peninsular.

Antiguo puente de piedra de San Sebastián. Al fondo calle Los Alfolíes.

          Los almacenes de sal, de los que Avilés tenía el monopolio en Asturias, estaban al costado izquierdo de esta calle, dando a los muelles y al lado de la iglesia, entonces de San Nicolás de Bari, luego de Los Padres y hoy de San Antonio.

          Por entonces las denominaciones de vías y lugares no eran oficiales y variaban según quien escribía los documentos que hoy podemos leer. La calle, que terminaba en una de las cinco puertas de la muralla, tuvo varios nombres al igual que su vecino puente de piedra de San Sebastián. Antes de generalizarse el nombre de Alfolíes fue calle Real (formaba parte del Camino Real que comunicando Grado con Gozón cruzaba Avilés), también calle ‘So la Iglesia’ –por su proximidad al templo– y calle Corugedo, por su cercanía a la fuente de ese nombre. Fueron pasando los siglos y el 4 de mayo 1897 fue denominada oficialmente como Sánchez–Calvo en homenaje al escritor y filósofo que vivió muy cerca de aquí. El 22 de abril de 1993 recuperó el nombre de Los Alfolíes.

          Nace en la plaza de Carlos Lobo y termina en la calle del Muelle. A pesar de ser una de las más cortas de Avilés (91 metros) da lugar al nacimiento de otra, también calle muy antigua y nombrada como Las Alas, que termina en la plaza de España.

          En el siglo XX, la rúa medieval volvió a coger salero al domiciliarse en ella un establecimiento hotelero y sobre todo dos hosteleros muy populares como El Llagarón y La Parra.

          En la ‘Guía General de Asturias. 1904–1905’ vemos que en Avilés había, entre otras muchas cosas,  dos librerías, cuatro periódicos (Diario de Avilés, El Porvenir de Avilés, El Heraldo de Avilés y El Pueblo) y cuatro fondas (La Iberia, Las Cuatro Naciones, La Serrana y La Celesta). Las Cuatro Naciones fue, sucesivamente, fonda, casa de huéspedes, pensión y hotel hasta que, no hace mucho, fue derribado el edificio que ocupaba para levantar una casa de arquitectura no concordante con la de esta zona.

          En 1932 nació de la mano de Ramón Ovies (padre), y como tienda para surtir a los barcos pesqueros, El Llagarón que con el tiempo se convertiría en un referente local y regional como chigre tradicional. Fue regentado en su época dorada por Ramón Ovies (hijo) que lo cerró en 2007 al jubilarse.

          Situado en la acera de la derecha, en los bajos de la barroca y enorme casa de Carlos Lobo, El Llagarón llegó a figurar en las guías de turismo. Fue todo un fenómeno social (ver en LA VOZ DE AVILÉS, de 20 de octubre de 2013 ‘El Llagarón, famosa taberna que quedó varada en el tiempo’) que incluso generó una publicación, gratuita que conste, fundada en 1999 por José Fernández que llevaba por nombre ‘Ecos del Llagarón’ y que estuvo cocinada periodísticamente por Venancio Ovies, Antonio María García Rodríguez del Valle, José Francisco Álvarez–Buylla y Pepe Galiana, entre otros. Los Ecos cesaron cuando quedó silenciado por cierre del negocio este referente hostelero, una rareza muy celebrada por el público en general. Chigre de tomo y lomo. Y cecina como tapa.

De izquierda a derecha: Gerardo Flórez, Antonio María García, Ramón Ovies, José María León, Marcelo y Ángel Préstamo.

          Poco antes de la llegada de Ensidesa, suceso histórico ocurrido en 1950, Jesús Díaz y Josefa Suárez pusieron en marcha –en la acera izquierda de la calle– la sidrería y restaurante La Parra que alcanzó enseguida gran popularidad. En Avilés mucha gente sigue recordando a Mary ‘La de La Parra’ mujer de marcada personalidad, hija de Jesús y Josefa, cocinera en jefe y referente del establecimiento.

          Este local, que duró sesenta años, y que conservó la tradición de cocinar ‘merluza a la avilesina’ guardaba también la singularidad, poco conocida de tener, en su almacén y entre cajas de sidra, visibles restos de la muralla que rodeó Avilés durante siglos.

          Hoy no queda hotelería, ni hostelería, ni sal, ni la madre que la fundó. Pero no quedó sosa, la calle.

Plantilla de La Parra. Mary Díaz, segunda por la izquierda.

          Porque no hay otra en Avilés que ejerza un tan poderoso y fantástico enlace visual entre la más antigua arquitectura medieval de la ciudad –representada por el templo de San Antonio y la calle de La Ferrería– y la vanguardista del siglo XXI encarnada, sus curvas me llevan a ese término, en un centro cultural diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer e instalado –con muchos humos siderúrgicos de fondo– en la otra margen del estuario por decisión del Principado de Asturias, siendo presidente Vicente Álvarez Areces.

          Los Alfolíes, que antes almacenaban sal, atesoran ahora la unión a ojos vista, de las dos épocas históricas más extremas de Avilés que van del siglo XII al XXI.

          Desde ese punto de vista no hay calle que dé más, porque no se puede y además es imposible.

          Una leyenda salada.

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Caray con Garay
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Alberto del Río Legazpi | 09-10-2016 | 09:15| 0

(Ramón Garay Álvarez, intérprete y compositor musical hasta hace poco desconocido, nació en Avilés en 1761) 

           El 27 de enero de 1756 es fecha celebrada por los amantes de la música, pues en tal día de tal mes nació el mesías sinfónico Wolfgang Amadeus Mozart. El hecho tuvo lugar en Salzburgo. Austria.

          Seis años más tarde, o sea en 1761, y en igual día y mes, nació en Sabugo (Avilés. España) Ramón Fernando de Garay Álvarez. Y el mismo día fue llevado por su familia a la iglesia [vieja] de Sabugo, en la plaza del Carbayo, donde fue bautizado.

          Mozart está considerado por muchos como el no va más del pentagrama educado de la cultura cristiana. En tal ámbito musical al asturiano–andaluz Garay lo empiezan a considerar hoy (no olvidemos que lo descubrieron como compositor el otro día) como el padre del sinfonismo español.

          No intento establecer paralelismos aunque pueda parecerlo. Otra cosa es que escudriñes con ganas y te encuentres casualidades.

          Por aquel entonces Avilés iba de cataclismo en cataclismo habiendo pasado por la hecatombe del tsunami sufrido el 1 de noviembre de 1755, aquel espanto sísmico europeo que unió en línea quebrada a Lisboa con Estambul y que al cruzar la villa asturiana (LA VOZ DE AVILÉS de 1 de noviembre de 2015) originó un maremoto o tsunami.

          Los siniestros no cesaban, pues no se había cumplido ni un mes de la llegada al mundo de Ramón Garay cuando Avilés sufrió otro terremoto. Aquel tiempo de desastres por todas las esquinas precisaban de armonía y a eso debieron venir al mundo –justo en aquel momento– gentes como Mozart o Garay.

          El primero es, según una amiga mía ‘casi tan famoso como los Rolling Stones’ y el segundo está empezando a sacar cabeza después de dos siglos y medio de haber nacido en Avilés y compuesto música ,por un tubo, en Jaén.

          Ramón era hijo del matrimonio formado por Ramón Garay del Río y María Álvarez. Su padre era músico y no uno cualquiera, pues con el tiempo llegaría a ser organista de la Colegiata de Covadonga. Y como lo que se hereda no se compra, su hijo se educó en humanidades y también como ‘niño cantor’ en el convento de La Merced (hoy desaparecido y en gran parte del solar que ocupó se alza hoy la actual iglesia nueva de Sabugo).

          Su formación en el conventos le valió para ingresar a los 18 años en la catedral de Oviedo como salmista «con cuatro reales de salario» y comenzar su aprendizaje como organista, carrera que terminaría en Madrid. Al poco ganaría, en oposiciones en 1787, la plaza de Maestro de Capilla de la Catedral de Jaén.

           Y allí se quedaría para los restos desarrollando una labor musical gigantesca compuesta por más de 300 obras, que se conservan archivadas en la ciudad andaluza, y entre las que se incluyen una ópera y, sobre todo, diez sinfonías que ha grabado (tres CD) en 2011 la Orquesta Sinfónica de Córdoba bajo la dirección de José Luis Temes. No hay que olvidar que para llegar aquí fueron fundamentales estudios como los llevados a cabo por Pedro Jiménez Cavallé, catedrático de Música de la Universidad de Jaén.

            En cuanto a Avilés, que yo sepa, el primer artículo sobre la importancia real del hasta entonces apolillado Ramón Garay lo publicó ‘Papeles Cine’ periódico de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, en enero de 1982, y estaba firmado por el archivero de la Catedral de Oviedo, Raúl Arias del Valle, que lo había escrito a petición de José María [Chema] Martínez responsable del Área de Música de dicho centro cultural avilesino y director, también, del conservatorio local. Más tarde, en mayo de 2005, también Justo Ureña publicó en este periódico cuatro artículos, basados en las citadas investigaciones de Arias del Valle.

          Veinte años más tarde, lo que son las cosas, Chema Martínez dirigiría a la Orquesta Julián Orbón de Avilés en la interpretación, por primera vez en Asturias, de cinco de las sinfonías del resucitado Ramón Garay. Y lo hizo –dato que queda para la historia– en la iglesia nueva de Sabugo, barrio donde nació y fue bautizado Ramón Garay (en la iglesia vieja) y donde hoy Chema Martínez es organista, en la iglesia nueva. La casualidad es la décima musa, decía Jardiel.

          A pesar de su frágil salud, el organista Garay, hizo desde su estancia andaluza algunos desplazamientos a tierras asturianas, lo que entonces era toda una aventura pues la ruta entre Jaén y Asturias suponía una semana de viaje, sin GPS y por caminos tortuosos, empedrados unos y polvorientos otros, teniendo que salvar además los puertos de Despeñaperros, Los Leones de Castilla y Pajares. Se sabe de algunos de esos desplazamientos, por ejemplo uno que hizo a Covadonga, donde se habían trasladado a vivir sus padres. Y otro a Avilés, para reponerse de una enfermedad, que desconozco; corría el año 1814 y el músico pudo comprobar que se habían derribado gran parte de las murallas medievales destrozando el paisaje urbano de la villa. Villa que desde mayo de 1985 (la publicación en ‘Papeles Cine’ fue en 1982) le concedió su nombre a una calle en la zona conocida como El Reblinco, entre las avenidas de Lugo y Conde de Guadalhorce

          Pero su vida estuvo en Jaén y a esta ciudad andaluza su nombre y obra siguen ligados. No es solo que el Conservatorio de Música de Jaén lleva el nombre de Ramón Garay; hay más cosas y de un modo constante; por ejemplo hace poco el libro que han escrito Clara Melisa y Rafael Sánchez titulado ‘Un músico como una catedral: Ramón Garay’.

          Llama la atención la monumental labor creadora de este organista y compositor musical que últimamente está siendo sacado, con fórceps, del baúl de los recuerdos. Por lo que no me queda más remedio que repetir algo que escribí hace años y que sonaba tal que: ¡Caray, caray! Con don Ramón de Garay.

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Alejandro Casona y Palacio Valdés aprendieron a leer en Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 02-10-2016 | 16:29| 0

          Es cosa poco sabida que dos grandes escritores españoles fueron a la escuela –por primera vez– en Avilés donde aprendieron a leer y también a escribir. Hoy figuran en lugar destacado de la Historia de la Literatura nacional.

          Me refiero a Alejandro Rodríguez Álvarez, que con el tiempo se haría famoso con el pseudónimo de Alejandro Casona, que fue Premio Nacional de Literatura y Premio Lope de Vega. Y a Armando Palacio Valdés, uno de los escritores españoles más leídos y con más obras traducidas a otros idiomas. Fue candidato al Premio Nobel de Literatura.

          La trayectoria vital de este último comienza en 1853 cuando nace en Entrialgo (Pola de Laviana) y sigue en Avilés donde estuvo desde los seis meses de edad hasta los doce años en que se trasladó a Oviedo. La vida también le llevó a residir fundamentalmente en Madrid, donde falleció en 1938.

          Alejandro Casona, hijo de maestros, nació en Besullo (Cangas del Narcea). Parte de la niñez la pasó en Avilés, en la singular parroquia de Miranda. También residió por media España terminando en Madrid. El final de la Guerra Civil lo mandó al exilio y después de un éxodo por medio continente americano terminó en Buenos Aires donde siguió impartiendo magia literaria este escritor ‘misterioso a la asturiana manera’ como escribió Max Aub. En 1962 regresó a Madrid  donde  fallecería en 1965.

          De la estancia de Casona en Avilés, entre 1910 y 1916, las noticias que tenemos están ligadas a su madre Faustina Álvarez (colaboradora de LA VOZ DE AVILÉS donde firmaba sus artículos como La Maestra de Miranda), persona de una talla social extraordinaria que fue la primera mujer que alcanzó el título de Inspectora de Enseñanza. De condición humilde luchó por extender la cultura, convencida de que la educación es el arma para cambiar la sociedad. Al respecto es muy recomendable leer el libro, de José Manuel Feito, ‘Faustina Álvarez García’.

          A la sombra de esta gran mujer aprendió Alejandro a leer en la escuela de Miranda. Una placa, limpia y clara, colocada en la fachada del viejo edificio escolar lo recuerda.

Caso nº 8 de la calle Rivero.

          Palacio Valdés también tiene una placa en la casa número 8 de la calle Rivero, donde vivió de niño. En ella se lee, muy dificultosamente, que «En esta casa transcurrieron los años de niñez y de primera juventud del glorioso novelista don Armando Palacio Valdés». 

          Sobre su educación, Palacio Valdés, se extiende en su obra ‘La novela de un novelista’. Uno de los personajes protagonistas de sus recuerdos de niñez es precisamente su educador Juan de la Cruz Alonso. Maestro de escuela de la facción ‘La Letra Con Sangre Entra’ por lo que se deduce de determinadas alusiones del novelista, que tira de su sentido del humor, creo yo, cuando escribe: «…recibí los zurriagazos de aquel famoso maestro don Juan de la Cruz, de venerable memoria».

          Incluso le dedica un capítulo titulado ‘La vara de Falaris’ donde describe a un Juan de la Cruz que «Nos tajaba las plumas, que eran de ave, en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel, parecía que nos estaba haciendo reverencias».

Placa en antigua escuela de Miranda.

          En el jardín de la plazuela de San Francisco (actual de Álvarez Acebal) fué inaugurado en 1907 un monumento a Juan de la Cruz, obra del escultor Manuel Garci-Fernández (autor también del de Pedro Menéndez en el parque del Muelle). El homenaje a este maestro fue una iniciativa de Julián Orbón (personaje que fue perejil en todas las salsas de aquel tiempo) costeada por antiguos alumnos. En 1923 fue sustituida por la del pedagogo Álvarez Acebal y la del controvertido maestro se instaló a pocos metros, en un edificio escolar, cercano al de Artes y Oficios, y que sería derribado más tarde para construir en el solar la nueva Casa Municipal de Cultura. El monumento a Juan de la Cruz terminó en los almacenes municipales.

           Palacio Valdés está muy homenajeado en Avilés donde un teatro lleva su nombre, al igual que una calle y un colegio público. Y también la citada placa de la calle Rivero, de difícil (para algunos imposible) lectura. ¿Metáfora municipal? No sé. Pero con seguridad total una vergüenza el no poder leer datos sobre un autor clásico de renombre universal que aprendió a leer precisamente aquí, en esta ciudad donde sus restos reposan (según sus deseos) en el cementerio de La Carriona, por cierto que monumental.

          Alejandro Casona tiene escrito que «En Miranda, junto a aquellos carbayos, asomándose al humilde caserío de La Carriona… En aquella escuela, fundada desde la lejana Patagonia por José Menéndez, aprendí yo a leer».

          Qué cosas estas, las de La Carriona y las de los escritores Alejandro Casona y Armando Palacio Valdés, cuando de rapacinos vivieron en Avilés… Donde los enseñaron a leer.

          Y a escribir.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta