El Comercio
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Fecha: octubre, 2012
Llaranes y su Capilla Sixtina
Alberto del Río Legazpi 28-10-2012 | 1:49 | 0

En torno a 1950, Avilés sufrió una colosal transformación industrial y social, sin duda el acontecimiento más importante de su larga historia. Y comenzó a fabricar cristal, zinc, aluminio, fertilizantes, hierro y acero.

Aquello fue una orgía productiva prodigiosa, sin muchos precedentes en España, que convirtió a la ciudad asturiana en la meta de miles de españoles, una tierra de promisión, donde emigrar para conseguir un empleo.

Y surgieron barrios, que cercaron la vieja e histórica villa  con  edificios clónicos y de carencias crónicas, en el aspecto social. Las consabidas deficiencias educativas, sanitarias, etc., tan típicas de todo aquello que se hace en plan tente-mientras-cobro.

La excepción, que confirma lo anterior, fue el poblado construido por la gigantesca empresa siderúrgica ENSIDESA, en Llaranes, en la margen izquierda de la Ría de Avilés.

Mucha gente cree, equivocadamente, que fue entonces cuando nació este pueblo de nombre tan singular.

Pero Llaranes tiene señas del imperio de Roma en monedas encontradas en sus predios. Y también su cupo de misterio medieval, alumbrado por un fogonazo conservado en piedra, en forma de ventana prerrománica en su capilla de San Lorenzo de Cortina.

Y fue, en este idílico valle, entre la ría y las suaves colinas por donde discurría la antigua carretera de Avilés a Oviedo, donde se construyó un conjunto modélico.

Arquitectónicamente era algo fuera de norma -para lo que, entonces, se llevaba – y su proyecto fue firmado por Juan Manuel Cárdenas y Francisco Goicoechea. El poblado fue tan vanguardista en su trazado como excepcionalmente inusual en los servicios sociales de los que gozaron sus habitantes. Su originalidad, en todos estos aspectos, ha merecido que hoy figure en los tratados de urbanismo internacional, como referencia obligada.

Y en la mayor colina del nuevo poblado –y dominando como manda la tradición– fue plantada la iglesia de Santa Bárbara, que inaugurada en 1957, es, aparentemente un edificio religioso más. Pero ya, ya.

Interior de la Iglesia de Llaranes. Avilés

El continente no augura para nada el contenido. Porque lo que alberga es un grandioso festival artístico que te deja patidifuso. Te acoquina. Y, al margen de gustos, no deja indiferente.

Todo este fantástico conjunto ornamental –a excepción de un retablo del siglo XVI– es obra del polifacético artista madrileño Javier Clavo (1918-1994), cuya trayectoria vital y artística ha sido estudiada por Jorge Bogaerts. Sobre la obra de Clavo en la iglesia avilesina, tambien hay estudios de José María Murias, Amador Álvarez y María José Lodos.

Clavo lo clavó. Y reinterpretando la tradición, creó más de cuatrocientos metros cuadrados de pinturas al fresco con claras influencias de su admirado Pablo Picasso, aparte de mosaicos, figuras, vidrieras, e incluso un magistral Vía Crucis.

Escribí hace diez años, y mantengo, que ‘En Llaranes está la Capilla Sixtina del arte vanguardista religioso del norte atlántico español’, frase que hizo fortuna.

Y hoy, añado, parodiando la famosa frase donde se alude a París, que ‘Llaranes bien vale una misa’.

Por todo ello –y tomado en cualquier sentido– termino afirmando que el interior del templo de Santa Bárbara de Llaranes es la de Dios.

Ver para creer.

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Una Infanta de España y una estatua de Avilés
Alberto del Río Legazpi 21-10-2012 | 1:38 | 4

Pedro Menéndez de Avilés, quinto Adelantado de La Florida, donde fundó, en 1565, San Agustín deLa Florida, –hoy, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América– tuvo su recuerdo histórico, un tanto en tinieblas, hasta finales del siglo XIX.

Fue entonces cuando, el famoso erudito, y académico granadino Aureliano Fernández-Guerra –el mismo que le negó autenticidad al Fuero de Avilés (controversia kilométrica de episodio aparte)– desempolvó la figura del avilesino, escribiendo aquello de: «Al Adelantado y Con­quistador deLa Florida, Pedro Menéndez de Avilés, el más excelente y atrevido marino del siglo XVI, España le debe un monumento, la historia un libro y las musas un poema».

A partir de ahí, la figura histórica del navegante entró en un proceso de aceleración. Poemas no me constan, pero si unos cuantos libros que trazaron su semblanza. Y una estatua.

En Avilés, los persistentes escritos del periodista Julián Orbón (hermano del compositor musical Benjamín), sobre la necesidad de honrar –con un monumento– a Pedro Menendez, dan fruto en 1916 cuando el Ayuntamiento se implica en el proyecto y decide levantarle una estatua en el parque del Muelle.

Convocado un concurso, resultó elegido el boceto presentado por el artista valenciano Manuel García Gonzá­lez (‘Garci-Gonzá­lez’), un conjunto escultórico, de 60 m2, con cuatro zonas ajardinadas sobre las que reposan cañones de época, que rodean a la peana sobre la que se yergue la estatua, en bronce, del Adelantado, de 2,5 m. de altura y 436 kilos de peso.

Se inauguró el 23 de agosto de 1918. Un acto que presidió la Infanta de España Isabel de Borbón (más conocida como ‘La Chata’, personaje muy popular por sus gustos llanos y espontaneidad). Venía en representación de su sobrino, el Rey Alfonso XIII, y acompañada de un séquito donde destacaba José Francos Rodríguez, ex-ministro y ex-alcalde de la capital española.

La Infanta se trasladó desde el palacio de Ferrera, lugar de pernoctación, a la iglesia de Santo Tomás de Canterbury, donde a las 10 de la mañana se celebró una misa de réquiem en memoria del Adelantado, oficiada por el Obispo de Oviedo, Francisco Baztán, y asistido por los párrocos de San Nicolás y Sabugo, Gumersindo González y Manuel Monjardín.

A continuación se encaminaron al parque del Muelle para proceder a la inauguración.

Hay que decir que el nuevo templo de Sabugo y sus alrededores no estaban tal como los conocemos ahora. Era un lugar descampado, de constante paso del ganado, que si cuadraba hacía sus necesidades, como fue el caso. Por allí enfiló la Infanta y su séquito.

Llegados a este punto tengo que resumir, en uno, los tres testimonios (escrito y orales) con los que cuento.

Fue todo muy rápido: Un avispado funcionario del Ayuntamiento, que iba en la avanzadilla, marcando el recorrido del desfile, avistó ‘peligro en tierra’ y girándose avisó, con la voz bastante más alta de la cuenta:

-¡Señor Alcalde! ¡Mierda en suelo!

Los ayudantes de la Infanta lo fulminaron con la mirada, sin tiempo a reaccionar ante lo que vino a continuación, y que fue cuando la primera autoridad municipal –José Antonio Guardado Muñiz– acercándose más de la cuenta a la ilustre visitante, la cogió del brazo, al tiempo que le advertía, de modo no sujeto al obligado trato de protocolo (o sea Alteza Real):

-¡Cuidado, Isabel! ¡Apártese, que hay boñiga en el suelo!

Y la ilustre dama –que contaba, entonces, con 67 años de edad– consiguió, por el tirón del Alcalde, evitar el emplaste vacuno. Gracias a la diligencia municipal. Que conste. Para que luego digan.

23 de agosto de 1918. Inauguración.

Por fin alcanzaron las terrosas y ‘nuevas’ calles de La Cámara,La Muralla y finalmente el parque del Muelle.

Por lo demás la inauguración transcurrió con la pompa y boato acostumbrado y la Infanta Isabel y acompañantes regresaron a Madrid como vinieron: en tren, moderno medio de transporte con el que contaba la ciudad, desde 1890.

Cuentan, que desde entonces, Avilés empezó a ser conocida, también, como ‘La Villa del Adelantado’.

Y colorín colorado, este episodio ha terminado.

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La de Galiana, ejemplo español de calle porticada
Alberto del Río Legazpi 14-10-2012 | 9:09 | 2

Escribió Antonio Muñoz Molina, en su ‘Invierno en Lisboa’ que «una ciudad se olvida más rápido que un rostro». Y suele ser verdad en aquellas poblaciones que no están singularizadas por su paisaje urbano, como es el caso de la misma capital de Portugal o de Avilés, donde hay mucho para no olvidar. Por ejemplo la calle Galiana.

Y eso lo testifica gente como Torrente Ballester, Woody Allen o Gonzalo Suárez. Pero los concreto en el entusiasmo de Fernando Fernán Gómez, cuando –en diciembre de 1982– paseábamos por el casco antiguo y descubrió Rivero, pero sobre todo Galiana. Lo fascinó. Aún años después lo oí, en la radio, hablar de la calle Galiana de Avilés.

Armando Palacio Valdés contribuyó a hacer famosa –literariamente– esta espectacular calle porticada, levantada en el siglo XVII. En ‘La novela de un novelista’, le dedica un capítulo específico: ‘La batalla de Galiana’, donde narra las rivalidades entre jóvenes de Sabugo, Rivero y Galiana.

Ya se sabe que lo de Palacio Valdés con Avilés fue un amor a primera vista. Ciudad y autor siempre se agradecieron mutuamente, y una de las concreciones fue Galiana. El nombre de la calle (sinónimo de cañada), oficialmente nunca cambió, excepto entre el 3 de mayo de 1918 y el  19 de julio de 1945, en que llevó el del gran escritor asturiano.

Para generaciones de avilesinos, la zona porticada de la calle, fue camino diario, de su casa al edificio del Instituto de Enseñanza Media, hoy reconvertido en Colegio Público ‘Palacio Valdés’. En fin.  

La calle Galiana (siglo XVII)

La calle tiene252 metrosde soportales, apoyados en más de un centenar de columnas, con pavimentaciones originales: una empedrada, para animales irracionales (generalmente caballería) y otra con loseta para animales racionales, mayormente así considerados.

Casi empieza en una iglesia (San Nicolás) y por poco no termina en una capilla (conocida como ‘Jesusín’ de Galiana). Y en su mitad está la hornacina de la Virgendel Carmen, colocada en 1812 por José Corominas (‘Pepín el Jardinero’), vecino de la calle, que atribuyó a dicha imagen el salir con vida del incendio de su casa.

La calle se conserva como puede. Por ejemplo, sobran alturas de edificios recién restaurados y también unas horribles barandillas metálicas en las escalerillas de accesos a soportales, algunos de los cuales (entre los números 40 y 44) todavía exhiben astutas trampillas –originales del siglo XVII– que comunican piso con soportal.

El encanto, a Galiana, le viene por la variedad del conjunto porticado, por el mágico juego de la luz solar en según que horas y estaciones, y por la curva, la traza sinuosa de los soportales en su ascenso hacia la zona alta de Avilés.

Vista desde su inicio, asemeja un maravilloso laberinto. Y desde un lateral, un estuche de piedra que, milagrosamente, contiene una calle.

Eso es Galiana. Nada menos.

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El ‘Españolito’, Constantino Suárez, que terminó siendo escritor famoso
Alberto del Río Legazpi 07-10-2012 | 2:35 | 3

Una tarde de un día otoñal, de 1913, se recibió en la redacción del ‘Diario Español’ deLa Habana–donde trabajaba el avilesino Constantino Suárez Fernández– una carta furibunda, donde se ponía de chupa de dómine a España. Estaba firmada con el pseudónimo de ‘Cubanito’.

Cuba, había sido provincia española de ultramar, hasta que en 1898 se independizó. Y como poco antes lo habían hecho Filipinas y Puerto Rico, aquel año marcó a la sociedad española y ‘el98’pasó a ser, en España, sinónimo de crisis social, política y cultural. Año gafe, pero también regeneracionista. Este fue el caso de la generación literaria del 98, que remite directamente a la luna en verso y prosa, de Antonio Machado, Valle-Inclán o Pío Baroja.

El primero de ellos, es autor del famoso verso, publicado en 1912 en su libro ‘Cantares de Castilla’: «Españolito que vienes 

al mundo te guarde Dios. 

Una de las dos Españas 

ha de helarte el corazón».

Con toda probabilidad el avilesino Constantino Suárez, un joven escritor de –entonces– 22 años de edad, ávido lector, estaría influenciado lógicamente por todos estos acontecimientos, cuando siguiendo la orden del director del ‘Diario Español’, rebatió brillantemente los argumentos de la carta antiespañola, que remitida por ‘Cubanito’ había llegado al periódico.

Lo firmó como ‘Españolito’, un pseudónimo que jamás abandonaría.

Constantino Suárez 'Españolito'

Había nacido en Avilés (Miracielo la llamaba él), trabajó en Cuba y en España, escribió a todo trapo y fue a morir en Madrid en 1941. Corta vida, enorme legado.

 ‘Españolito’ (o sea Constantino Suárez) tiene publicadas novelas, ensayos, artículos de prensa, etc… Pero todo ello vive a la sombra de su magistral enciclopedia, ‘Escritores y artistas asturianos. Índice biográfico-bibliográfico’.

El mérito de tan colosal, ilustre e ilustrada obra, se me antoja impagable por la utilidad de conocimientos, muchos de ellos inéditos, hasta el momento de su publicación, en la historia de Asturias. Y de España.

Era ese tipo de proyectos que no acomete ni Rita la portera, por el enorme trabajo de investigación, aparte de las necesarias dosis de erudición, que llevan aparejado. Y además pensemos que cuando lo acometió, no existían ni bases de datos de Microsoft Office, por ejemplo, ni Google que lo fundó.

Pero el de Miracielo (o sea el de Avilés) tiró para adelante, con aquellas montañas de datos y publicó tres, de los siete tomos de su enciclopedia, en vida. Los cuatro restantes, cuyo texto había dejado mecanografiado y con las ilustraciones preparadas, fueron editados después de su muerte, bajo la dirección (con el consentimiento de la viuda del autor) del –entonces– profesor universitario ovetense José María Martínez Cachero, por el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), actualmente RIDEA.

En esta enciclopedia caben todos: desde el novelista, dramaturgo y poeta hasta el ingeniero, jurista y médico que traten temas de su especial incumbencia. Todos, o casi todos, los asturianos que escribieron sobre cualquier materia. Para el natural de Miracielo, todos merecen la consideración de escritores y por tanto su consiguiente inclusión en la monumental enciclopedia sobre todos los autores asturianos, de cualquier materia.

La vida de Constantino Suárez fue ajetreada. Emigró, a los dieciséis años a Cuba, que era donde muchos avilesinos intentaban ‘hacer las Américas’. Allí residió hasta 1921 trabajando de pinche, dependiente y viajante de un almacén de La Habana. Muy joven comenzó a colaborar en periódicos primero de la capital cubana, y más tarde de Avilés, España y países americanos. Nunca paró de escribir y de hacer política a favor de la instauración de la República, que se realizó en 1931.

Placa dedicada a 'Españolito'

«Hizo periodismo, novela, erudición (…) Hombre bueno y generoso, la caridad intelectual constituye una de sus virtudes» afirma el catedrático Martínez Cachero.

Miracielo es, repito, como literariamente bautizó ‘Españolito’, en una de sus novelas, a su ciudad natal de Avilés, donde tiene una calle y una placa dedicadas a su memoria. La plancha de piedra está colocada en la casa de la calle de La Fruta donde nació el escritor el 10 de septiembre de 1890.

Tengo escrito que tan difícil es, encontrar dicha placa –por lo camuflada que está la condenada– que si el lector se toma la molestia de tratar de localizarla y lo consigue, tendrá ganado –ya no voy a decir que el cielo– pero a lo mejor sí Miracielo.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta