El Comercio
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Fecha: noviembre, 2012
David Arias Rodríguez del Valle, el poeta que fue alcalde dos veces
Alberto del Río Legazpi 25-11-2012 | 12:12 | 9

Siempre que se hable de David Arias, conviene añadir el segundo apellido, ya que hay dos personajes relevantes así llamados, padre e hijo, que por esta razón son confundidos. Un asunto ya aclarado en episodio publicado, en este periódico, el 5 de agosto de 2012.

Hoy escribo sobre David Arias Rodríguez del Valle (hijo de David Arias García) que nació en Avilés el 20 de enero de 1890 y estudió en el colegio de La Merced, cursando luego Derecho en Oviedo y Madrid hasta que, en 1913, regresó a Avilés y abrió bufete de abogado.

 Heredó de su padre, aparte de la profesión, la afición a la literatura y la condición política de liberal, en el Partido Reformista, aunque en 1934 dimitiera para afiliarse a Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña. Fue alcalde de Avilés en dos ocasiones y en ambas elegido democráticamente. En la primera de ellas, que comenzó 1 de abril de 1922 fue desalojado a la fuerza, por la dictadura del general Primo de Rivera, el 1 de octubre de 1923.

Caricatura de CÁSTOR, en 1931

En su segunda etapa –del 26 de febrero de 1930 al 21 de septiembre de 1934, en que dimitió– su labor se centró en modernizar la ciudad, destacando la impagable consecución del primer Instituto de Enseñanza Media (llamado ‘Carreño Miranda’) y que construido en El Carbayedo, irradió educación, aparte de en Avilés, hacia el occidente asturiano.

Persona muy popular, este David Arias, también fue presidente del Casino de Avilés.

En su trayectoria literaria destaca la novela ‘Después del gas’, editada en Madrid en 1934 y reeditada en Avilés, por Azucel, en 2003. En México publicó otra novela en 1944: ‘Llegará del mar…’ Buena parte de su obra poética, su faceta preferida como autor, se recoge en el libro ‘Sendero’, igualmente editado en México en 1968.

Su dedicación a las tareas literarias, espe­cialmente la poesía, comenzaron en sus años de estudiante y nunca cesarían. Destacan también sus colaboraciones periodísticas: ‘Anales de la Universidad de Ovie­do’, ‘España Nueva’ de Madrid, ‘El Progreso de Asturias’, ‘El Bollo’, pero principalmente las del diario ‘La Voz de Avilés’.

David Arias y Rodríguez del Valle, fue una persona –otra más, entre muchas– desgarrada por las tragedias históricas de la política española de los años treinta del siglo XX. A las que hizo frente hasta donde pudo.

Muchas veces las anécdotas ilustran más que los grandes hechos: En septiembre de 1937, al entrar las tropas de Franco en Avilés, embarcó en San Juan de Nieva rumbo a la ciudad francesa de Saint-Nazaire, desplazándose desde allí a Paris, para entregar, en la embajada española en Francia, los fondos monetarios y el libro de la  Junta de Obras del Puerto de Avilés de la que durante años fue secretario. Las cuentas claras.

David Arias R.del Valle (1890-1975)

Luego volvió a España, a Barcelona, con su familia (con la que había huido desde Avilés), acabando todos en el humillante exilio francés, antes de emprender viaje a México, en la más absoluta pobreza. Su correspondencia con otro escritor avilesino, Luís Amado-Blanco, que vivía en Cuba, da cuenta de su angustiosa situación para sacar adelante a su familia, lo que finalmente logró trabajando exitosamente como abogado en México D.F., donde pasaría el resto de su vida –con la excepción de una breve visita a su villa natal en 1964– hasta su muerte, en la capital azteca, el 2 de febrero de 1975.

Pero en 2003, regresó definitivamente a la memoria de Avilés, cuando ante sus hijas y nietas, el Ayuntamiento avilesino le rindió público homenaje que quedó plasmado en el parque de Las Meanas –que él modernizó en 1934– dedicando, su avenida central, al alcalde poeta.

En ese céntrico parque se suele celebrar la anual feria del libro. Por tanto es alameda honrada, tanto por el autor que ahora le da nombre, como por la enriquecedora exposición cultural. Las circunstancias (siendo alcalde David Arias urbanizó parte de Las Meanas, como zona de exposición ganadera, ausente de edificación) han hecho posible que hoy allí –lo que son las cosas– se ubique la plaza de La Exposición, dotada de canchas deportivas y espacios infantiles. Una bendición urbana rematada, en 2006, siendo alcalde Santiago Rodríguez Vega.

A dicha plaza se llega por distintos caminos, aunque el principal es el «Paseo del Alcalde David Arias». Aquel alcalde que creía en la poesía. Y la escribía.

Algo, venturosamente, inaudito.

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Los tres puentes de San Sebastián de la Ría de Avilés
Alberto del Río Legazpi 18-11-2012 | 11:12 | 1

En Avilés, como en Pernambuco, está perdido en la noche de los tiempos esto de procurar no mojarse, cuando en el camino te encuentras con un buen cauce de agua.    

Imagino que serían tantas las artimañas, como variados los artilugios, utilizados para cruzar la Ría (que entonces ya era mayúscula) y terminar seco en el intento.

Pero sabemos, a ciencia cierta, que tanto aquí como en Lima, el camino más corto siempre ha sido la línea recta, que en cuanto puede se apoya, con el nervio debido, en las curvas. Que la ingeniería siempre tuvo su cosa erótica, pese a lo que diga John Dos Passos.

Y así, recta sobre curvas, fue concebido –sabe Dios donde y cuando– el puente. Un invento sencillamente maravilloso.

Primer puente de San Sebastián. Avilés

Aquí, en Avilés, siempre hubo pasarelas, más o menos estables, pero no fue hasta los tiempos de Felipe II (aquel rey que envió a Pedro Menéndez de Avilés a fundar San Agustín de La Florida, la –hoy– ciudad más antigua de los USA ) cuando se levantó el gran puente de piedra de San Sebastián, cerca del barrio, venta y ermita, que de ese nombre, había en la margen derecha de la Ría.

Los viaductos de San Sebastián fueron tres: uno de piedra y posteriormente dos metálicos.

Los escritos citan, ya en 1348, el antecedente al primero de estos puentes: un rudimentario paso conocido como de Corujedo (o Coruxedo). Según el historiador Jorge Argüello se trataría de una estructura de madera sobre pilares de piedra,  de ahí el nombre ‘de los Pilares’ que recibió cuando fue construido el primer puente de piedra –a partir de 1573– y que, formando parte del Camino Real de Grado a Gozón, funcionó durante siglos salvando la Ría. Daba nombre a la puerta de la muralla conocida como la de Los Pilares o Del Puente, ubicada en la, hoy, calle de Los Alfolíes (contigua a la iglesia de los Padres).

La denominación de puente de Los Pilares, fue vencida con el tiempo, por la de San Sebastián, dada la popularidad de la ermita de este santo ubicada en la margen derecha de la Ría. Baste decir que era la que mayor número de cofrades aportaba a la Semana Santa avilesina.

Segundo puente de San Sebastián.

Siglos más tarde, en 1893, se abandonó este histórico puente (luego demolido) construyéndose un segundo de hierro –diseñado por el ingeniero Francisco Writz– de cuarenta y tres metros de largo por nueve de ancho, ubicado a unos30 metrosdel anterior, Ría arriba. La sustitución se hizo por lo estrecho que se había quedado, el viejo puente, para el paso de los nuevos medios de transporte, cada vez más sofisticados.

El personal se tomó muy a mal la modernidad del nuevo puente  y abundaron comentarios despectivos del calibre de «parece una torre de Eiffel echando la siesta», cuando no coplas, como la firmada por Juan Francés, en ‘El Diario de Avilés’:

«Puente Metálico… 

Mucho hierro por arriba, 

mucho hierro por abajo, 

y si todo en el hierro estriba…

 ¡Que lastima de trabajo!»

Pero este primer puente metálico, fue crucial –aparte de para la tradicional comunicación con Gozón– en los inicios de la obra civil de ENSIDESA. Pero a partir de 1953, una vez construido el puente Azud (no Azul) y luego el de Llaranes, solo mantuvo el servicio peatonal para terminar cerrándose en 1992, por decrepitud con alevosía.

Tercer puente, antes de su inaguración, en 2006

Después de años de abandono, en 2006, la ruina fue sustituida por una réplica, operación que financió el Principado, quien tuvo –como ya tengo escrito– el acierto de encargarle el proyecto cromático al artista Ramón Rodríguez.

Hoy, este tercer puente de San Sebastián, es uno de los iconos de Avilés actual, aparte de ser el principal acceso peatonal al Centro Niemeyer, actualmente en pausa por decirlo de alguna forma.

Así que una cosa son los puentes de Madison, de Clint Eastwood, y otra los puentes de San Sebastián, de Avilés, el último de los cuales también lo cruzó –el 25 de marzo de 2011 día de la inauguración del Niemeyer, y como lo vienen haciendo desde entonces miles y miles de personas– el peatón Woody Allen, un clarinetista de Manhattan que hace cine.

Es historia. No son películas. Doy fe.

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La importancia del carbayo (roble) en Avilés… y más madera que es la guerra
Alberto del Río Legazpi 11-11-2012 | 3:08 | 0

Cuesta imaginárselo. Pero hubo un tiempo en que Avilés era solamente una Ría, mayúscula eso si. Luego surgió una villa amurallada de unos 45.000 metros cuadrados (algo así como la mitad del parque Ferrera), y un barrio marinero, extramuros, de nombre Sabugo (donde curaban todo con ‘fervidiellos’ o infusiones de la flor de saúco, que abundaba por allí).

El resto: bosques y más bosques. No había ni Parche, ni Cámara, ni Galiana, ni su tía. Árboles, sólo árboles.

Por allí, por cuando solo había Ría, andaba la primitiva sociedad avilesina con sus ritos, donde tenían un protagonismo importante dos árboles: robles y tejos –que en Asturias también conocemos como carbayos y texos– que destacaban por sus grandes dimensiones.

Avilés no era ajeno a la costumbre de otros pueblos que también consideraban al carbayo un árbol sagrado: los griegos los consagraban al dios Júpiter y las siete colinas de Roma (una de ellas llamada El Quirinal, por cierto) fueron recubiertas de carbayos. Los druidas celtas utilizaban hojas y muérdago del mítico árbol para preparar las pociones utilizadas en sus ceremonias.

Pero dejo de andar por las ramas de los carbayos y cojo la cuestión de que, en Avilés, heredamos el mayor número de topónimos derivados del carbayo del mundo entero.

Empezando por la recoleta plaza del Carbayo, centro del medieval barrio marinero de Sabugo, y llamada así porque tenía plantado un carbayo frente a su iglesia del siglo XIII. Era un homenaje a la madera carbayona, materia prima en la construcción de barcos en las ‘carpinterías de ribera’ –que así se llamaban, entonces, los astilleros– del Campo de Bogaz, situado donde ahora está la estación central de Avilés, y donde se fabricaron multitud de embarcaciones de madera, desde simples barcas hasta galeones durante los siglos XVI al XVIII.

Otra es la espectacular plaza del Carbayedo, situada en la parte alta de la ciudad y famosa históricamente, por su bosque de carbayos, por cobijar durante años la mayor feria de ganado de Asturias. Hoy es un deseado vergel donde se liban vinos, sidras y demás familia.

También están Los Carbayedos, barrio situado en la margen derecha de la ría, donde termina resbalando por una colina para quedar atracado, casi a pie de muelle. Pertenece a la parroquia San Pedro Navarro, donde hay un centro de enseñanza, en cuyo patio se levanta un monumento en memoria de Fernández Carbayeda, histórico maestro de Valliniello.

'El Arbolón'. Un árbol de leyenda.

Y también están: La Carbayeda, pequeño núcleo rural encajado entre Llaranes y Corvera. O Los Carbayos, que es un caserío de San Román de Naveces, muy cerca del aeropuerto.

Y no sigo. Porque entre los topónimos y los nombres de negocios o de apellidos,  o motes, relacionados con él, esto se puede convertir en una guía telefónica. La sombra que ha dejado el carbayo, árbol totémico de Avilés, es tan gruesa y alargada como él.

Otra es que la principal exportación que se hizo, durante siglos, por el puerto avilesino fue la maderera y dentro de esa categoría, mayoría de carbayos.

Pero, coime, si en Avilés la madera ha llegado hasta el mismísimo fútbol. No se si estaba de madre o no, pero hasta no hace mucho estuvo compitiendo un equipo de fútbol que llevaba por nombre ‘Histórico Carbayedo’, en el barrio del mismo nombre, claro.

En el de Bustiello hay cuatro calles con la siguiente rotulación: Pino, Laurel, Castaño y Álamo.

El colmo es que hasta tenemos un barrio, sitio o lugar ciudadano, totalmente identificable, llamado el Arbolón. Es un clásico en Avilés, allí al final de Rivero, aunque hoy es Arbolón sin árbol, porque el olmo que le daba nombre se murió –de viejo y ayudado por una tormenta– y en su lugar plantaron un par de edificios en un pís-pás, no fuera a ser que prendiera un arbolín que generara otro arbolón.

Esta abundancia de topónimos vegetales es un termómetro de la importancia que los árboles siempre han tenido aquí y, de paso, otra singularidad Made in Avilés. La marca, el recuerdo que han dejado en el callejero, es algo que difícilmente se encuentra en otra población del mundo entero.

Hoy ya no exportamos madera, no por nada, sino porque casi no nos queda, razón por la que destruir  un árbol, en plena ciudad, es una violación social en toda regla.

¿Más madera que es la guerra? Pues claro que sí ¡Jolines!

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Luz Rodríguez-Casanova y su titánica labor humanitaria
Alberto del Río Legazpi 04-11-2012 | 3:26 | 5

Luz vio la luz en Avilés el 28 de agosto de 1873 y se le apagó en Madrid el 8 de enero de 1949. Nueve años más tarde, la Iglesia Católica Apostólica Romana inició su proceso de beatificación.

El estudio de la ingente obra benéfica puesta por ella en marcha y el minucioso examen de la misma, aparte de que, como se sabe, las cosas de palacio van despacio, han hecho que los sumarios se hagan exhaustivos.

Luz Rguez.-Casanova (1873-1949)

Es por tanto muy arriesgado predecir, cuando se tomará una decisión al respecto. Según las normas establecidas por la Iglesia, la persona beatificada recibe el apelativo de bendecida, lo que  generalmente supone un paso hacia la canonización que lleva a la condición de santidad.

Por aquel año de 1873, cuando Luz nació, Avilés, que contaba con más de 4.000 habitantes, finalizaba la desecación de las marismas –foco de enfermedades y barrera para ensanchar la ciudad– lo que haría posible la edificación del nuevo parque del Muelle y de la ‘plaza de los Siete Nombres’ (La Plaza, Plaza Nueva, de Las Aceñas, del Mercado, de Abastos, de Julián Orbón y de Hermanos Orbón).

Y también aquel año, fue cuando José García San Miguel, primer marqués de Teverga y alcalde avilesino, consiguió agilizar las obras de canalización de la Ría. Y en España se había declarado la primera República, que apenas duraría dos años.

El primer marqués de Teverga fue su abuelo y el segundo (el famoso Julián García San Miguel), que luego sería ministro, fue su padrino de bautizo. Luz, era hija de una hermana de éste último, y había nacido en la residencia familiar, en el número 30 de la calle de La Cámara, esquina con La Muralla y San Bernardo. Un hermoso edificio, hoy desgraciadamente desaparecido.

Ya de joven dedica gran parte de su tiempo al trabajo parroquial en San Nicolás de Bari. Y es aquí, donde quedan sus últimas huellas religiosas avilesinas, ya que la muerte repentina de su padre cambia totalmente su vida al trasladarse con su madre a vivir a Madrid.

Luz Rodríguez-Casanova comienza, allí, a demostrar que tenía muy claro lo que quería. Así que a los 22 años y con la mayoría de edad cumplida –y tener la  facultad para hacer con el dinero heredado lo que considerara conveniente– inicia su intensa actividad benéfica.

Labor febril y de desgaste, y nunca mejor dicho, porque hace que a los 26 años desparezcan la mayor parte de sus bienes. Lo hizo en beneficio de quienes no gozaban de ninguno. Conste en acta.

Es en 1902 cuando abre el primer colegio para albergar niños pobres. Dos años más tarde pone en marcha un patronato para enfermos, e incluso se adelantó a la Iglesia al crear un hogar para recoger a sacerdotes ancianos. Treinta años más tarde asombra comprobar que había abierto 106 escuelas, que acogían a 14.000 niños. Parece ser que aquí finiquitó las propiedades que le quedaban.

Casa natal de Luz R. Casanova,en Avilés

Es en 1920 cuando fundó la congregación de las Damas Apostólicas del Corazón de Jesús. Abriendo, posteriormente, varias casas en otras ciudades. En 1943 el Papa Pío XII firma el documento erigiendo a dicha Congregación como institución de derecho pontificio.

La última datación, a finales del siglo XX, es que contaba con veinte casas en España, dos en Roma y cinco en América del sur.

Mujer dotada de una más que notable personalidad, al terminar la guerra civil y comprobar que se había arrasado mucho de lo que ella había construido manifestó: “Volveremos a empezar”. Su tenacidad, que contagiaba a quienes la seguían, hizo que lo consiguiera.

Y hasta un joven sacerdote, José María Escrivá, que años más tarde fundaría el controvertido Opus Dei, fue capellán de una de las iglesias del “Patronato de enfermos” de Luz Rodríguez-Casanova.

Persona de una contagiosa fortaleza moral y dotada de –por lo que cuentan los que la trataron– una impresionante presencia de ánimo, es alguien sobre quien el tiempo parece haber tendido un manto, que quizá, cualquier día, el soplo de una noticia procedente de Roma consiga destapar.

Si es así, Luz puede ver otra luz.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta