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Fecha: diciembre, 2012
Armando Palacio Valdés y su querencia por Avilés
Alberto del Río Legazpi 30-12-2012 | 11:21 | 4

          En Avilés, el año 1853 está marcado por dos hechos importantes. Uno, que la Real Compañía Asturiana de Minas, ubicada en Arnao y presidida por el financiero belga Raphael Jonathan Bischoffsheim, comienza a dedicarse a la producción de zinc.

          El otro fue la llegada –cuando la Villa apenas tenía 8.000 habitantes– del bebé Armando Francisco Bonifacio Palacios Rodríguez, nacido meses antes en Entralgo (Laviana).

          Y aquí fueron creciendo la industria del zinc y el rapacín. Y hoy ambos contribuyen a hacer famosa a Avilés, una como AZSA (una de las mayores factorías de zinc del mundo) y otro como el escritor conocido como Armando Palacio Valdés, que pasó aquí parte de su niñez, hasta que empezó a rodar y a escribir por el mundo.

          Pero nunca abandonó ‘su ciudad’. Con frecuencia pasaba en Avilés pequeñas temporadas, hospedándose en el hotel ‘La Serrana’, entonces frente al parque de El Muelle. Y desde 1941 sus restos están alojados, por expresa voluntad, en el monumental cementerio avilesino de La Carriona.

Armando Palacio Valdés (1853-1938)

            Lo que Palacio Valdés ha hecho por Avilés, desde el punto de vista divulgativo, es impagable. Pocas ciudades tienen el privilegio de ser contadas y cantadas por un escritor de ámbito universal.

            Quiso mucho a esta ‘ciudad singular’, como la llamaba, ya desde niño. Lo cuenta en ‘La novela de un novelista’: «La primera vez que me di cuenta de la existencia o me reconocí como un ser viviente fue en Avilés, debajo de una mesa. Estaba allí oculto, silencioso y trabajando. ¿En qué trabajaba? En abrir un agujero a un gran pan de cuatro libras que había logrado hacer descender desde la mesa hasta mis manos». Tenía entonces, la criatura, unos dos años de edad.

          Cualquier medio o lugar siempre fue bueno para que Palacio Valdés ensalzara a Avilés, tanto en declaraciones a la prensa, como en sus multitudinarias conferencias, pero sobre todo en algunas de sus novelas, como ‘Marta y María’, ‘El Cuarto Poder’ y en ‘La novela de un novelista’.

          Al ser sus obras traducidas al inglés, francés, ruso, sueco, checo, etc., bien podemos decir que Avilés quedó inmortalizada con sus costumbres y paisajes más característicos, gracias a este caballero de elegantes trajes, recortada barba y exitosa pluma literaria, cuya obra fue propuesta por dos veces al Nóbel de Literatura.

            En justa correspondencia la ciudad ha puesto su nombre a un teatro, a una calle, a un grupo escolar, le ha erigido una estatua, le ha dedicado una placa y hasta un cine llevó por nombre el de una de sus novelas más conocidas, ‘Marta y María’ que también tienen -obra de Favila- su representacion escultórica. A tal señor, tal honor.

            Amigo íntimo de Leopoldo Alas ‘Clarín’ quien lo llegó a calificar de maestro literario por ser «dueño de si mismo y de su genio y admirable tanto por lo que escribe como por lo que calla, por lo que economiza».

            El ‘terrible’ Valle Inclán dejo escrito que «Con ser tan grande mi admiración al escritor, casi la supera mi admiración al hombre grave y esquivo ante el adocenado aplauso de la crítica y de la prensa».

            También Miguel de Unamuno conoció y trató a Palacio Valdés «y entonces al conocer al hombre, encontré al escritor. Comprendí el encanto de sus escritos y el aroma de honradez que de ellos se desprende. En nuestra literatura no abunda ni mucho menos, la nota íntima y recogida, el tono apacible (…) casi todo en el fondo es violento. Y así me explico que Palacio Valdés sea uno de nuestros escritores más gustosos. Y de los de hoy el más gustado tal vez».

            Escrito está que los más significados críticos europeos y americanos dudaban sobre quien sería mejor novelista, si el ruso Tolstoi o el español Palacio Valdés.

            Cuenta con apasionados partidarios y también con furibundos detractores. Desde luego no son los tiempos actuales los más favorables a su estilo literario. Su obra, como la de Pérez Galdós, Blasco Ibáñez y otros, está hoy un tanto arrumbada, pero yo no diría que derrotada, quizá aletargada.

            Juan L. Alborg (Valencia,1914-Bloomington.USA,2010), famoso crítico e historiador literario , publicó un voluminoso tomo en el que dedica al estudio de la obra de Palacio Valdés cerca de quinientas páginas, cosa que solo ha hecho con otros nueve autores universales.

            Sus sencillas, pero sólidas, tramas novelescas que tanto éxito tuvieron, no es difícil que vuelvan al primer plano, aprovechando la actual revalorización de autores de historias bien contadas. Otros argumentan, para su ‘resurrección’, en que la literatura, como casi todo, es cuestión de modas. Lo del péndulo histórico y todo eso.

            Lo que nadie, nunca, le va a quitar es haber sido, entre los autores clásicos españoles uno de los más favorecidos por el ‘invento’ del cine. Son trece las películas que se han basado en sus novelas y ese es todo un episodio aparte.

            Este gran novelista ‘avilesino’ ha dejado retratado en sus libros, como pocos autores hicieron –entre los clásicos de la literatura española– la época de entre siglos XIX y XX.

            Pintó magistralmente la sociedad de su tiempo. Ojala, a su obra, le pintaran bien los tiempos actuales. Y los venideros.

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El quesiqués de los símbolos de Avilés
Alberto del Río Legazpi 23-12-2012 | 10:10 | 7

Conviene dejar por sentada –y en una banqueta a ser posible– esa realidad tan incómoda como singular, de que los símbolos oficiales de la Villa, o sea su bandera y escudo, no tengan sanción legal.

Acoquina constatar la molicie de cientos de corporaciones avilesinas que, heredando desde siglos este desaliñado baldón, no han sabido, podido o querido solucionar ésta incómoda situación, tanto de la bandera como del pendón.

Menos mal que tenemos otros símbolos que se mueven entre lo gigantesco y lo exótico.

Chimenea del Sinter

Se puede ver desde muchas calles de Avilés y es el símbolo más omnipresente –tiene cien metros de altura– de la ciudad.

Está situada en las antiguas instalaciones de ENSIDESA, gigantesca empresa pública que nos cayó encima, en 1950, y cuyo nombre callaron, en 1994, cambiándoselo por otros, al tiempo que borraban instalaciones, hasta llegar a la actual Arcelor-Mittal.

La chimenea de hormigón armado, ejercía labores de sinterización y es el único elemento -y el único recuerdo- que queda de la industria de cabecera de ‘la empresa’ (como conocían sus trabajadores a ENSIDESA), después de ser demolidas valiosísimas piezas de patrimonio industrial (central térmica, hornos altos, etc.) que fueron a tomar por donde se empiezan los cestos, sin estudio previo ni previsión de reaprovechamiento que valga. Dinamita y a otra cosa mariposa.

Hoy, la chimenea del Sínter, de propiedad privada, no echa humo ni echa nada. Ella solo se limita a medir 100 metros y a estar allí, parada, a juego con los tiempos que corren.

La foca

Un 5 de diciembre de 1951, llegó al puerto pesquero avilesino –entonces frente al parque del Muelle– una foca. Unos dicen que desnortada y otros que como precursora de los beneficios que traería a Avilés la construcción de una de las mayores siderurgias mundiales (que grandones somos, coime), o sea la citada ENSIDESA.

Lo de la foca, fue un amor a primera vista, y desde entonces forma parte de la historia local, convirtiéndose en un símbolo ciudadano. Y a pesar de que, su estancia duró solo unos meses, su familia no la olvida. De ello da fe su estatua, en el parque del Muelle, que homenajea a este animal tan simpático como exótico, tan contrastada con esa España cañí de toros y cabestros, o con la Asturias pastoril de vacas lecheras, cantadas incluso por Leopoldo Alas ‘Clarín’.

Escultura 'Avilés' y al fondo el Niemeyer

 

En Avilés nada de eso, faltaba más. Aquí bigotes de foca en vez de cuernos de toro. Y aletas en lugar de tetas, de vaca.

El tricornio de la Ría

La escultura, llamada oficialmente ‘Avilés’, de Benjamín Menéndez, se emplazó en 2005, por iniciativa de la Autoridad Portuaria, entonces dirigida por Manuel Ponga, en el recién inaugurado paseo de la Ría.

Es un espectacular conjunto escultórico de 30 metrosde altura compuesto por tres gigantescos conos, de acero ‘corten’, dispersos en otras tantas direcciones.

La prensa, resaltó su carácter simbólico, como una especie de unión de la ciudad con su fachada marítima y sondearon al personal al respecto, por ver si daba con algún nombre que fuera más identificable que el oficial, tan prodigado.

No hubo forma, y eso que se barajaron apodos que iban de la alabanza al sarcasmo, pero ninguno cuajó como definitivo. Surgieron los de: ‘Oricio’, ‘Orición’, ‘Tricuerno’, ‘Tricono’, ‘Tricornio (a secas), ‘Ojalá’ (a secas, también), ‘Los Pirulís’, ‘Mamotreto’, ‘Los Pinchos’, ‘Las Púas’, ‘El Encuentro’, ‘Acero cornudo’ y también, claro: ‘Acero cabrón’… Pero, aunque sin entusiasmo, el más usado es ‘El tricornio de la ría’.

La escultura, un serio candidato como símbolo del Avilés moderno, lo tiene muy crudo desde la construcción del Centro Niemeyer.

El Niemeyer

El Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, nuevo en esta plaza desde 2011 y única obra del mítico arquitecto brasileño en España, es ya prácticamente el icono del Avilés moderno.

Tanto por la espectacularidad arquitectónica, como por haber sabido llamar la atención con sus actividades –aún antes de su inauguración– de los medios nacionales e internacionales, tiene todas las papeletas para que la silueta de su conjunto, o aisladamente la de cualquiera de las piezas que lo componen, se convierta en el símbolo avilesino –y puede que asturiano– más internacional.

Resumiendo que…

 El quesiqués, que es cosa que se pregunta y es difícil de averiguar o de explicar, de los símbolos de Avilés –todos ellos en torno a la Ría– está tal que así: por un lado una espectacular escultura sin nombre con gancho, junto con la de una foca, animal exótico en tierra de vacas roxas, lobos abatidos y osos que no ligan. Y por otro: una chimenea en paro ahumado y un centro cultural en pausa, entre lo que pudo haber sido y sabe Dios lo que será.

Así está, esto del quesiqués de los símbolos modernos de Avilés. Y si algún romántico languideciese por ello, no sufra, haga el favor, que siempre nos quedará el casco histórico.

Y París, por supuesto.

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La, hoy, desarbolada plaza ‘del Pescado’…
Alberto del Río Legazpi 16-12-2012 | 11:30 | 2

La historia de muchas zonas de Avilés, es la de tierras rescatadas al mar. A medida que avanzaban los siglos y la población crecía, aumentaba su demanda de tierra firme donde edificar y esparcir. Y de esta necesidad hicieron virtud –nuestros antepasados– transformando zonas húmedas en secas y cambiando el agua salada por la dulce. Esta plaza es una muestra.

La plaza, en 2011. Antesala del Centro Niemeyer

 Su rescate se selló en 1866, cuando plantaron aquí un paseo bautizado como la Alameda Vieja.Posteriormente, en 1892, el lugar fue rebautizado como plaza de San Sebastián, hasta que en 1929 se sustituye por el pomposo nombre de ‘Plaza de la Reina Doña María Cristina’ y en 1938 –vuelta la burra al trigo– se le asigna, a petición de los consignatarios navieros locales, el nombre ‘Santiago López. Marqués de Casa Quijano’, que era un industrial y comerciante carbonero bilbaíno.

Pero en todo el tiempo que viene desde 1918 –cuando el Ayuntamiento desplumó el lugar talando numerosos árboles y ajardinando el terreno en torno a una, entonces, moderna nave que sería mercado de pescados– hasta hoy, muy pocas personas la han conocido por los nombres citados, a excepción de los carteros y supongo que los vecinos de los tres únicos portales del lugar, sino como plaza del Pescado y también de La Pescadería.

En 2010 sufrió otro bamboleo urbanístico, al ser elegida como partida de comunicación peatonal (a través de una pasarela aérea) de la ciudad con el recién construido Centro Niemeyer. Y nuevamente la plaza volvió a ser pelada de vegetación. Esta vez un corte al cero.

Guste o no, la pasarela –un episodio aparte– da solución urgente a un problema difícil, a falta de las obras fetén (que ni están ni se las espera, de momento) como son el desvío, fuera de la ciudad, de las vías férreas y terrestres.

Aspecto de la plaza durante el siglo XX

Hoy, la desarbolada plaza ‘del Pescado’ (o de Santiago López) es lugar importante, por ser el punto de llegada más rápido al Niemeyer desde el centro de Avilés (o sea ‘El  Parche’, porque así es conocida la Plaza de España) y desde allí el peatón baja por la calle de ‘La Cárcel’ (que así llama el personal a la de Ruiz Gómez) llegando a la plaza del Pescado (ya saben, la de Santiago López) que es la antesala del Centro Niemeyer.

Por todo lo anterior se deduce, si es que aún no le ha dado, a usted, un soponcio, que el callejero oficial es papel mojado y que lo tiene muy crudo en Avilés.

Por lo demás la plaza del Pescado (la de Santiago López), aquella de gran tradición arbolada, melenuda, se ha quedado calva, aunque llena de pasarela de acero ‘corten’ y de un blanco refulgente en su antigua pescadería, transitada hoy por multitudes.

Y aún dicen –gente como Sorolla– que el pescado es caro.

No conocen Avilés.

 

 

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El tan honrado como respetado y muy viajado, fray Valentín Morán
Alberto del Río Legazpi 09-12-2012 | 10:38 | 3

La empinada Cabruñana de Avilés, hoy calle céntrica de la ciudad, nunca fue una cuesta cualquiera.

Su categoría le viene de siglos, como obligado, y difícil, lugar de paso del Camino Real –una autopista medieval– que comunicando Grado y Pravia con Luanco, atravesaba aquel Avilés amurallado siguiendo el trayecto urbano de Fuente de La Cámara-San Bernardo-Puente de San Sebastián. Y viceversa.

En Cabruñana, hasta mediados del siglo XIX, las noticias nos dicen que había muy pocas casas. En una de ellas nació, en 1694, Valentín Morán Menéndez.

Pasada su niñez, recibió educación en el –entonces– nuevo convento de La Merced (levantado, en buena parte del lugar, hoy ocupado por la iglesia nueva de Sabugo) de los Mercedarios Calzados, que habían dejado su residencia de Raíces para establecerse en Avilés. El joven Valentín, inició allí sus estudios y terminó profesando como mercedario.

Fray Valentín Morán (1694-1766)

 El nuevo fraile, que pronto se reveló como persona muy competente, comenzó una frenética actividad que lo llevaría a viajar sin descanso –cosa fatigosa teniendo en cuenta los medios de transporte de la época– por diversas ciudades de España y Europa, ejerciendo altos y comprometidos cargos de su Orden religiosa. También en América, pues estuvo trabajando, cuatro años, en el Perú.

Y a este continente estuvo a punto de volver, en 1750 cuando fue preconizado obispo de Panamá, pero no llegó a tomar posesión por razones hoy confusas, pero si lo hizo como obispo de Canarias. O sea, que del barco no lo libraba nadie.

Fray Valentín, había residido –desde 1738– ocho años en Roma, ocupando cargos de prestigio en el Vaticano, cuando pontificaba Benedicto XIV, el papa más erudito del siglo XVIII, que distinguió al mercedario avilesino con su amistad personal.

Hombre de carácter recogido, muy culto y de una humildad sin cuento que valga, concitaba grandes simpatías. Así que no fue nada extraño la que se armó en Canarias –hasta allí había su fama– en 1751, tanto cuando llegó para ejercer durante diez años como obispo, como en la multitudinaria despedida que le montaron cuando se marchó de las islas, obligado por su estado de salud, hacia Avilés.

Lo hizo en un barco danés que salió de Santa Cruz de Tenerife con destino a San Sebastián, haciendo escala en Gijón, donde llegó el obispo mercedario después de 40 (cuarenta) días de una navegación azotada por tormentas interminables.

«Hizo su entrada en esta villa, que le recibió con voladores, ‘chupinos’ y disparos de la campana del reloj» cuenta el historiador David Arias García. El atípico obispo mercedario, regresó a sus orígenes, alojándose en el convento de La Merced. 

Justo Ureña, el recordado Cronista Oficial de la Villa de Avilés.

En las islas, su carácter infatigable le había hecho visitar, a lomos de cabalgadura, gran parte de los pue­blos de su diócesis, cosa inusual por entonces.

Valentín Morán, al igual que vivió con intensidad aquello en lo que creyó, también contribuyó al progreso de su villa, pagando de su pecunio, reparaciones de caminos y calzadas (entre ellas Cabruñana) e insuflando el dinero necesario para terminar el nuevo puente que unía (en parte de lo que hoy es la calle de La Cámara) la Villa con Sabugo.

En el convento mercedario -donde residía en una celda- fabricó, a su costa, la capilla de la Soledad.

Murió en 1766, cuando contaba 72 años de edad, y fue enterrado en ‘su’ capilla de La Soledad, adosada al convento. Pero en 1903 se construyó la actual iglesia de Sabugo, en gran parte sobre las ruinas del convento de La Merced y sus restos fueron trasladados a la iglesia vieja de Sabugo.

Después de diversas peripecias, hoy se puede ver –a los pies de la imagen de la Virgen de La Soledad de la nueva iglesia de Sabugo (en lugar muy próximo, geográficamente, a donde había estado la capilla del convento) –en el suelo una lucida lápida donde reposan sus restos. Fue una gestión de diversas personas, Justo Ureña (Cronista Oficial de Avilés) entre ellas, empeñadas en hacerle justicia a este fraile, ciudadano del mundo, empeñado en descansar para siempre en Avilés.

Fue persona respetada por respetable, con ganada fama de honrado en los cargos con los que cargó. Que fueron abundantes.

Y en Sabugo descansan sus restos… ‘pa’ los restos. Amén.

 

 

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Aquel convento de La Merced
Alberto del Río Legazpi 02-12-2012 | 11:01 | 5

Ha dejado, por escrito, el segundo marqués de Teverga que «Debíóse el convento de la Merced á la esplendidez de su patrono el Sr. Marqués de Camposagrado para complacer á su piadosa madre Doña Eulalia, último vástago directo de la noble familia de las Alas».

De tal cosa también había dado cuenta Jovellanos, cien años antes, con mágico estilo: «Los Mercedarios (de Raíces) venían a la Villa de Avilés con ocasión de entierros, etc… Una noche se quedaron en una barraca que tenían, donde ahora el convento, y a la mañana siguiente amaneció en ella campana y capilla».

Un texto digno de Gabriel García Márquez, solo que dos siglos y pico antes que lo hiciera el Nóbel colombiano.

Calle 'La Cámara'. Al fondo el convento de La Merced.

Pero costó Dios y ayuda, de trámites engorrosos, conseguir permiso de construcción del nuevo convento –cosa lograda en 1668– y con razón, porque tal parece que a los prohombres de Avilés, de aquel tiempo, les hubiera hecho la boca un fraile.

La Villa tenía alrededor de 3.500 habitantes (la mayoría en el recinto amurallado, aparte de los de Sabugo, el arrabal de Rivero y Miranda), un reducido número de población para tanta práctica de religión,  ya que contaba con dos y considerables conventos (monjes Franciscanos y monjas Bernardas) aparte de las iglesias y del eremitorio de Raíces, donde estuvieron los Mercedarios, a pie de Peñón, hasta su traslado a su nueva residencia de Sabugo.

Las obras fueron peliagudas, ya que el terreno sobre el que se edificó estaba sujeto a las mareas y hablamos de un edificio de 70 metros de largo por 37 de ancho, con patios y claustros interio­res e iglesia adosada, de 37 por 13, más una capilla conocida como de La Soledad.

En el convento, que llegó a contar con 26 religiosos (datos del año 1758), profesaron dos avilesinos que pasaron a la historia como destacados obispos: González Abarca y Valentín Morán.

Cuando en 1876 cierra sus puertas, obligado por la ley desamortizadora de Mendizábal que penaba los ‘bienes eclesiásticos improductivos’,  el edificio pasa a ser regido por el Ayuntamiento, etapa civil que duró 19 años.

Entonces el gigantesco caserón fue reconvertido en lo que hoy llamamos Hotel de Empresas, pero a lo bestia. Porque allí habitó de todo cuando los del hábito mercedario fueron expulsados.

Convirtióse, el antiguo convento, en un abrumador mil usos, en un gigantesco cajón de sastre que alojó: casa-cuartel de la Guardia Civil, oficina de telégrafos, Asilo de Ancianos, mercado de ropa vieja, cuadras de caballería, fábrica de tejidos, picadero (de equitación, se entiende), escuela de náutica, cuadras de bueyes municipales (entiéndase ganado propiedad del Ayuntamiento), oficina de rentas y muchos etcéteras más. Aparte de escuelas infantiles y un par de academias: la Preparatoria de Bachiller, dirigida José Benigno González ( ‘Marcos del Torniello’) y la popular y afamada ‘Cátedra” fundada por los hermanos Domingo y Cástor Álvarez Acebal.

La zona sombreada indica la situación del convento (Infografía: Foto-estudio Angelín)

También fue ‘cercado’ por dos cementerios, uno de ellos clausurado por insalubre, pero el otro aguantó como necrópolis municipal hasta construirse el de La Carriona.

En 1895 derruyeron aquel viejo cascarón –había aguantado en pie 187 años– porque Avilés se modernizaba y en parte del terreno que ocupaba se construyó una iglesia nueva para Sabugo, en la que se utilizó mucha piedra del arruinado edificio conventual.

Del interior, poca cosa, que se fue desperdigando por distintos edificios religiosos, incluido un cementerio (San Cristóbal), como no.

Por lo que, hoy, de aquel convento de La Merced y su variopinto contenido, solo nos queda una vaga estela, digna de ser o filmada por un Visconti o firmada por García Márquez. Le harían una merced.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta