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Fecha: marzo, 2013
Valparaíso, la madre histórica del agua dulce de Avilés, en la ruina
Alberto del Río Legazpi 24-03-2013 | 8:08 | 15

Si digo que Avilés tiene agua bendita, quiero decir que Avilés ha sido bendecido por las aguas, que en su caso son dos: salada y dulce; que se mezclan, delante de nuestras narices, en esa maniobra física tan propia de la rías.

Así que quedémonos con la copla, de que la historia de Avilés está escrita en y sobre su Ría (que por lo tanto es mayúscula).

La población, agrupada en torno a su puerto de agua salada, siempre tuvo a mano agua dulce para saciar su sed y procurar una higiene elemental. Y provenía de la zona alta de la Villa, del lugar conocido como Valparaíso, ‘desde por lo menos el siglo XIII’  afirma José Jorge Argüello en su libro «Abilles».

Valparaíso, para que se hagan una idea espacial, es un ‘pequeño vallecito’ (como escribe Madoz en su histórico «Diccionario») situado, entre el Corte Inglés y el Hospital de Avilés. O sea, que está incrustado entre la modernidad. No merecía menos.

En este valle (del paraíso) brota un manantial ‘de purísimas, sanas y cristalinas aguas’ escribe el doctor Villalaín en «Topografía médica de Avilés», que desde que tenemos noticias abastecieron a Avilés, hasta tiempos relativamente recientes, que requirieron traídas de agua más complejas (la principal desde Beifar, en la desembocadura del río Narcea) para satisfacer las necesidades de una población que se había multiplicado por cien.

Las primeras referencias escritas, sobre Valparaíso (al que se alude como fuente de ‘Albarparayso’) datan de 1488. El agua bajaba por una conducción, especie de reguero de cauce enlosado. que se deslizaba, serpenteante durante dos kilómetros, hasta la villa amurallada, donde se centralizaba en una arqueta que había en la hoy calle de La Fruta y en las llamadas ‘Casas del Ayuntamiento’ (el edificio que alberga el Ayuntamiento actual no se construiría hasta unos trescientos años más tarde).

Pero el sistema era insalubre y poco funcional. Y en 1570, se decidió realizar una nueva traída de aguas que constituyó de las mayores obras en la historia avilesina.

Costó una fortuna, pero fue una canalización monumental. Una obra de arte. Según Cristina Heredia –en su tesis doctoral sobre traídas de aguas en las ciudades del Cantábrico occidental– ‘pocas ciudades podían llevar, en aquellos años, este tipo de obras que suponían una inversión tremenda’. Costó 4.300 ducados. Muchísimo dinero, por entonces, que da idea de la pujanza de la Villa avilesina.

Miserable estado de un manantial histórico

La histórica traída de aguas desde Valparaíso, de finales del siglo XVI, dio agua saludable a la Villa y originó otras fuentes, algunas monumentales como la de La Cámara, Caños de San Nicolás (calle La Ferrería) y la de los Caños de San Francisco. Las dos primeras, ya desaparecidas y la última, hace poco restaurada y con sus caños capados.

En la gran obra –proyectada y dirigida por Gonzalo de Bárcena– se había implicado a la gran industria de alfarería que por entonces había en Miranda. Ellos fabricaron los tubos de barro cocido para la conducción del agua. De esto tiene escrito Enrique Tessier, un apasionado de este tema, en ‘La Voz de Avilés’ (29 enero 1995).

Pero los tubos de barro resultaron frágiles y, en 1723, se sustituyeron por cañería de piedra, dadas las pérdidas de agua. Y esta suplida, a su vez, en 1866, por cañería de hierro. Y la fuente seguía manando

En 1927, en Valparaíso se construye un lavadero y una fuente. Que, años más tarde, les cayó encima el abandono y ahora está instalada, allí, la desolación material y el ultraje histórico. Pero la fuente sigue manando.

Justo Ureña, el recordado Cronista Oficial de La Villa de Avilés, dejó escrito en el último artículo publicado en la revista ‘El Bollo.2010’ que, el manantial y su entorno, «deberían ser conservados como conjunto histórico y monumental». Pocas villas o ciudades pueden enorgullecerse de poder mostrar tan venerable testigo del pasado como Valparaíso.

Mítico lugar donde, hasta este 24 marzo de 2013 –y desde el siglo XIII, que se sepa– la fuente sigue manando.

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Luis Bayón, el primer pintor contemporáneo de Avilés
Alberto del Río Legazpi 17-03-2013 | 8:08 | 7

Al famoso Ernest Gombrich, historiador de arte inglés, le tengo leído, que ‘el arte no existe, solo existen los artistas’. Cita que hoy saco del baúl, de los apuntes, para tratar de armar este boceto biográfico de un artista avilesino, al que me parece que le viene al pelo. O mejor dicho: al que la cita le queda clavada.

En un principio su nombre oficial y con el que circuló por el mundo fue el de Luís González Iglesias. Nació en Avilés en 1894, año de otros curiosos nacimientos ciudadanos: el del café más popular que hubo en Avilés: El ‘Colón’ y enfrente suyo, en el recién plantado parque del Muelle, surgió aquel año también, el elegante templete musical que ahí sigue. De igual forma, que en la parte alta de la Villa –que en vida tanto quiso y pintó Luís González Iglesias– nacía una nueva capilla, la más popular de la Villa: la de ‘Jesusín’ de Galiana. Y, por terminar con los alumbramientos, también fue el año en el que Avilés lució la primera iluminación eléctrica pública de Asturias.

'Porches de Rivero' 1931

Avilés brillaba, al menos por las noches, más que nadie en toda la región.

Miembro de una familia numerosa, Luís hacía el número once entre sus hermanos. Su infancia y estudios, transcurrieron en Avilés, donde después de la larga espera, que se adueña del que sabe que sabe, le llegó la oportunidad del estudio académico de Madrid.

Y eso fue después de presentarse a la Exposiciónde Artistas Avilesinos en 1921, en la que obtuvo una pensión para estudiar enla Escuela de Bellas Artes en Madrid, becado por el Ayuntamiento de Avilés y por la Sociedad de Amigos del Arte avilesina. Allí coincidió, anecdóticamente que conste, con Salvador Dalí, y estudió hasta 1926. Ese mismo año, cuando ya firmaba sus cuadros como Luís Bayón, expuso en los Salones de la Sociedad Española de Amigos del Arte, junto con los más destacados artistas asturianos del momento, entre ellos Piñole y Evaristo Valle.

Y a partir de Madrid, la trayectoria artística del joven Bayón le lanzó hacia Europa. Y viajó, en peregrinaje obligado para descubrir el talento de los clásicos: Génova, Milán, Florencia, Venecia y Roma. Luego en París, donde tiene la suerte de alojarse en el limbo artístico de Montparnasse, adentrándose en la bohemia de los años veinte. Quien lo pillara.

Esta estancia dejó una profunda huella en Bayón, ya que el impresionismo que ‘allí vivió’, y sobre todo el trío (artístico) formado por Monet, Pisarro y Cézanne estará, a partir de entonces, presente en toda su producción pictórica.

'El Parche' 1934

Pero incluso en la capital francesa, llegó a pintar temas avilesinos, con imágenes generadas por el recuerdo. A veces las remembranzas son la leche. Porque añorar Galiana, donde vivió, hasta pintarla con esa mezcla de fuerza y ternura con que la que lo hizo, estando en el parisino en Montparnasse… tiene cosa.

Yo conocía de un modo bastante vago su obra. Y eso merced al magnetismo que ejercieron sobre mí, dos de sus cuadros: ‘Amanecer en Galiana’ y ‘Porches de Rivero’, que me habían llegado de un modo y manera que no viene ahora a cuento, pero de los que me enamoré instantáneamente y cuyas reproducciones tuve colgadas, un tiempo, en mi cuarto de trabajo, hasta que se destiñeron sus colores fotocopiados. A esos cuadros, y también a mi amistad con su sobrino, Francisco Iglesias, más conocido por ‘Paco’ Iglesias o, mejor: por el querido y recordado ‘Don Paco’, que algunas cosas me sopló de su admirado tío.

Pero el que me enseñó la categoría artística de Luis Bayón, fue Ramón Rodríguez, cuando puso en marcha, en 1997, su impagable colección ‘Arcos’ –sobre artistas avilesinos que se nos estaban escurriendo de la memoria y que muchos descubrimos entonces– y cuyo primer libro está dedicado, precisamente, a Bayón.

'Amanecer en Galiana' 1931

El amor del artista avilesino por su ciudad y por todo lo asturiano, siempre estuvo presente en su obra, desgraciadamente interrumpida con su muerte, prematura, en Barcelona en el año 1945.

Bayón fue un trascendente aire renovador dentro de la pintura asturiana, entonces orientada hacia el regionalismo puro y duro. Cosa bastante áspera, generalmente y un tanto monótona.

Fue, al libro de Ramón me remito, el primero entre los pintores avilesinos con un cierto aire de modernidad.

Y Bayón es hoy, internacionalmente, en el campo artístico uno de los más destacados pintores asturianos y españoles del siglo XX. Se ganó a pulso, de pincel depurado, tanto su lugar en la historia plástica, como su categórica y brillante condición de autor.

He aquí un artista avilesino con lustre europeo.

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Francisco Menéndez Camina, que eran dos y alarifes ambos
Alberto del Río Legazpi 10-03-2013 | 9:09 | 7

Por dejar las cosas en su sitio, desde un principio, convendría que quedase claro que estos dos señores, son los primeros asturia­nos que presentan un conocimiento desta­cable de la arquitectura en la historia regional.

El apellido Menéndez, tan frecuente en gentes de Avilés, es apellido galano, si acaso algo empalidecido, por haberlo portado más de un sonado personaje histórico. Pero si al Menéndez cosemos un Camina, resulta ya un apelativo de mejor recordar.

Francisco Menéndez Camina, padre, hijo, y espíritu artístico en ambos, me pintan, a mi, como una especie de santísima trinidad arquitectónica avilesina.

Tan afanados estuvieron en sus muchos proyectos, que dejaron tras ellos cierta confusión sobre la autoría certera de algunos (cosa por otro lado frecuente en pasadas épocas, donde se ignoraba al maestro), realizados entre los siglos XVII y XVIII. Un tiempo dominado, arquitectónicamente, por el barroco. Estilo artístico que singularizó calles avilesinas (Galiana y Rivero) y buena parte de los palacios de la villa. Una pasada.

Palacio de Camposagrado. Fachada sur. (Hoy Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias)

La obra de los Menéndez Camina, abarca casi toda Asturias: iglesias de Latores y de San Martín de Laspra; también las pertenecientes a la abadía de Muñón, San Martín de Proaza, Agüeras y Casares, del concejo de Quirós; el conjunto monás­tico de Cornellana o, en Gijón, el diseño del palacio del marqués de San Esteban del Mar y la Colegia­ta de San Juan Bautista y etcétera, etcétera.

Pero aparte de estas obras citadas, pregúntese el lector –si le da la gana– ¿porqué razón el mayor poderío religioso arquitectónico de Asturias, léase Catedral de Oviedo, encarga a los Menéndez Camina la construcción de una de sus capillas? La respuesta está tirada: porque estos trabajos siempre fueron encargados a los artistas más afinados, a los arquitectos más destacados, a los alarifes más distinguidos.

El 23 de agosto de 1690 los Menéndez Camina y el obispo de Oviedo, Simón García Pedrejón, suscriben contrato para la construcción de una nueva capilla en la catedral, la destinada a acoger las reliquias de Santa Eulalia, patrona del templo y de la ciudad de Oviedo, y servir de panteón funerario a dicho obispo. Y allí está la monumental capilla para quien quiera gozarla artísticamente. Es la primera, a la izquierda, entrando a la catedral.

Aunque, si no quieren gastar gasolina, tampoco es necesario salir de Avilés para admirar obras suyas, que el tiempo ha conservado, como la espectacular fachada sur del palacio de Camposagrado, para muchos especialistas el mejor ejemplo del barroco asturiano.

Palacio de García Pumarino (o de Llano Ponte).

O la mansión que les encargó el indiano gozoniego García Pumarino, más tarde adquirida por los Llano Ponte, y finalmente –en los años cuarenta del pasado siglo XX– ser destruido su espléndido interior para ser convertido en sala cinematográfica. Un ejemplo de rotundo desastre artístico, que –menos mal– no trasluce al exterior. Es un bello edificio, de arquitectura similar al vecino palacio municipal, conservado en aceptable buen estado y que sirvió de inspiración al universal escritor asturiano Armando Palacio Valdés –que vivió parte de su niñez y primera juventud en una casa situada frente al palacio– para su conocida novela “Marta y María”. Así fue bautizado el cine y también así conocido, mayormente, el palacio.

También a los Menéndez Camina se deben monasterios como el –hoy desaparecido– de La Merced, que ocupaba parte de los terrenos donde hoy se asienta la iglesia Nueva Sabugo. El convento fue sufragado por el marqués de Camposagrado, familia a la que tan unidos estuvieron los arquitectos avilesinos ya que realizaron buena cantidad de obras en las propiedades asturianas del marqués.

Otro ejemplo, que estamos cansados de ver, cuando no de admirar, es el pórtico de la iglesia de San Nicolás de Bari, que luce, porque esa fue la intención constructiva, a imagen y semejanza del trazo del palacio municipal, situado prácticamente enfrente, lo que –junto con el palacio, anteriormente citado de Llano Ponte– ayuda a potenciar el entorno de la monumental plaza de España, ‘El Parche’ para los avilesinos.

Probado está, pues, que esta ingeniosa estirpe de alarifes, hermanó lo civil y lo religioso. Y la verdad es que fueron incansables en el derroche de trazas y planos que devinieron en espléndidos edificios.

Ni tiempo ni hora se atan con soga. Y así la saga de los Menéndez Camina, sigue entre nosotros porque sus obras están sembradas por la villa. Sales a la calle y las ves y hasta –si quieres– las palpas. Lujuria artística.

A estos caballeros, de talento singular, debe la villa de Avilés buena parte de su aspecto monumental. Cosa tan sabida por los historiadores como ignorada por muchos avilesinos.

En Avilés, Francisco Menéndez Camina, quiere decir algo así como alarifes al cuadrado. O que tenemos arquitectos, de igual nombre, a pares y tan sueltos como resueltos en sembrar el arte por Asturias.

Conviene estar al loro. Que esto es Historia y lo demás son cuentos.

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En Raíces, Castrillón busca sus raíces
Alberto del Río Legazpi 03-03-2013 | 9:09 | 2

Raíces, población situada en el municipio de Castrillón, comarca de Avilés,  es topónimo que hace justicia a su nombre. El pueblo, partido por la carretera general Gijón-Ribadeo (N-632), se divide en dos barrios: Raíces Nuevo y Raíces Viejo.

Y en este último había tesoros escondidos –por la incuria y el abandono– que fueron y están siendo, desvelados, por decisión de su Ayuntamiento. Que, aparte de transformar el núcleo urbano, y recuperar un complejo religioso, mantiene unas trascendentales excavaciones arqueológicas en el Peñón de Raíces, para destapar el castillo de Gauzón, fundamental en la historia asturiana. Cada año se avanza más en lo que allí se descubre.

Muestras de los resultados son enviadas a laboratorios norteamericanos, donde después de ser sometidas a minuciosos radioanálisis (carbono 14, una especie de medidor del ADN de restos orgánicos) están facilitando unos datos –fiables el 95%– que vienen a descuajeringar los parámetros históricos tradicionales de Asturias. Tanto, tanto, que donde poníamos siglo IX habrá que empezar a poner siglo VII. O sea que, los asturianos, somos bastante más históricos de lo que éramos.

Pero lo de Raíces, ya viene de antiguo. Y por escrito, en una bula dada el 11 de enero de 1413, por el Papa Benedicto XIII (el ‘Papa Luna’) concedía indulgencias «A un vecino de Avilés y a cuantos le echen una mano en la construcción de la iglesia y casa para uso de los frai­les menores, en el eremitorio de Santa María de Raíces». No es frecuente que un todo Papa cite a lo que hasta hace poco, creíamos un pequeño pueblo, sin más.

Raíces (Castrillón) en 2005. De dcha. a izda.: Iván Muñiz, Alberto del Río, Justo Ureña y Alejandro García.

Raíces está resultando, un punto cardinal en la historia de Avilés y de Asturias. Y ello se debe a la querencia, maravillosa, del Ayuntamiento de Castrillón por recuperar sus señas de identidad. Y a pesar de los vaivenes políticos que hicieron desfilar gobiernos locales de distinto signo y generalmente muy divididos, nunca –con mayor o menor intensidad– renunciaron a recuperar su pasado. Y eso merece un respeto. Considerable, creo.

Fue en tiempos del alcalde Francisco Arias cuando se empezó a barajar un proyecto para recuperar una zona en la que pudieron estar asentadas las raíces del Principado de Asturias.  La cosa tomó forma en 2001, cuando la Corporación presidida por José María León presentó un plan oficial para recuperar el entorno del desaparecido Castillo de Gauzón, que se creía (entonces) estaba emplazado en El Peñón de Raíces, a la par que el monasterio ubicado en las inmediaciones cuyos restos estaban camuflados en cuadra y tenada (bucólica y abracadabrante estampa). Pocos tomaron aquello en consideración.

Era difícil aceptar que darían ese paso, tan sencillo como colosal, que supone pasar de la teoría a la práctica. El descreimiento estaba fundado en tantos y cuantos proyectos que periódicamente se anuncian de ayer para hoy, y luego de hoy para mañana. Aquí y allí. Y luego tararí que te vi.

Pero el caso es que dieron el paso y aquello funcionó y la cuadra ‘moderna ’volvió a ser iglesia medieval. Y se descubrió una zona palaciega en el monasterio que fue de franciscanos y mercedarios. Y el arquitecto Luis Gordillo planificó la reurbanización del antiguo Raíces.

Como también triunfó la reivindicación castrillonense, casi paralela en el tiempo, sobre su patrimonio industrial, al dar –a finales de 2004– el Principado, luz verde a la declaración de Conjunto Histórico Industrial para el poblado de Arnao, tal y como había solicitado el Ayuntamiento, entonces presidido por Ángela Vallina, en su primer período como alcaldesa.

Y así, a fecha 2013, estamos ante un excepcional rescate del pasado, acometida, a veces en solitario, por el Ayuntamiento de Castrillón, en una horquilla que abarca todas las Corporaciones, desde la –que dio el primer paso rehabilitador– presidida por el alcalde José María León, a la actual alcaldesa Ángela Vallina, que pelea, con molinos burocráticos, por rematar dos –de los tres proyectos– y facilitar la apertura al público, tanto del castillete minero de Arnao, como del complejo religioso en Raíces. Al igual que continúan las importantísimas excavaciones en el Peñón para completar el puzzle, ya palpable, del castillo de Gauzón, donde se labró –hace más de mil años– la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias.

Con la perspectiva que da el tiempo, ahora se puede apreciar -aparte del empeño de los gobiernos locales en este rescate- la importancia que tuvo la decisión de haber puesto, en la dirección de los proyectos arqueológicos, a unos historiadores tan competentes como Iván Muñiz y Alejandro García.

Lo de Raíces es toda una historia dentro de la Historia. Parece de cine, pero es una realidad comprobable en la carretera general N-632, entre Avilés y Salinas. Allí se está demostrando que las raíces asturianas son más profundas de lo que creíamos.

El rótulo vial pone: Raíces. Pocas veces un topónimo fue tan profundo y verdadero.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta