El Comercio
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Fecha: abril, 2013
Tomás Acha Zulaica, arquitecto de escuelas, hospital, casas y cosas
Alberto del Río Legazpi 28-04-2013 | 8:08 | 8

En Arnao, concejo de Castrillón y comarca de Avilés, se recorta en el horizonte un original y legendario castillete minero de madera. Con paredes y zona superior revestidos de zinc, está diseñado por el arquitecto Tomás Acha Zulaica.

Emplazado al borde de un pequeño acantilado sobre la playa de Arnao, su silueta de aspecto nórdico se divisa perfectamente –una de las cualidades elementales para ser símbolo de algo es su visibilidad–  desde tierra, mar y aire.

Y hoy es un símbolo de muchos perendengues y por doble motivo. Por un lado, homenaje a la industrialización asturiana (fue la primera mina de extracción vertical de carbón de Asturias y además submarina) y pronto se abrirá como museo. Y por otro, porque es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, edificaciones de patrimonio que, ejemplarmente, el Ayuntamiento de Castrillón ha conseguido birlarle a la mediocridad y al óxido del tiempo. Dentro de ese conjunto patrimonial están incluidas las escuelas del Ave María, también diseñadas por el arquitecto Acha.

Tomás Acha Zulaica (Bilbao, 1876-Salinas, 1970) llegó para trabajar en la Real Compañía Asturiana de Minas en 1902. Se estableció en Salinas, casándose posteriormente con la corverana Mª Trinidad (‘Aminta’) Fernández-Blanco. Dejaron numerosa descendencia: ocho hijos, diecinueve nietos, unos cuarenta biznietos, y un número de tataranietos difícil de cuantificar. Yo conozco a uno de sus nietos: Javier Vallaure de Acha, embajador de España y ‘Sardina de Oro’ de Sabugo. Tanto él como su hermano Tomás (con quien mantengo correspondencia) veneran al gran patriarca.

Su abuelo desarrolló una labor frenética. Su trabajo no se limitó a la Real Compañía. Ya que fue autor de muchos y variados proyectos que van desde destacados casas particulares –un ejemplo es la casa número 97 de la calle Rivero– hasta panteones en el monumental cementerio municipal de La Carriona.

Pero de su numerosa obra, yo destacaría la que va unida a edificios destinados a funciones públicas. Es el caso del primer hospital moderno de Avilés, espectacular edificio que se alza en el barrio de El Carbayedo y que diseñaron, en 1920, entre Tomás Acha y Manuel del Busto (arquitecto, éste, del teatro Palacio Valdés).

Luego están los edificios dedicados a la enseñanza, en los que Acha se ‘especializó’, como las Escuelas Nacionales de Avilés, en terrenos que hoy ocupa la Casa Municipal de Cultura, las escuelas de Arnao (antes mencionadas) y la de niñas de Miranda.

Hospital de Avilés. 1927

Diseñó edificios y casas, ya digo, y le pasaron cosas. Por ejemplo que por negarse a dejar de vivir en Salinas, fue rechazado, dos veces, para optar a la plaza de arquitecto oficial del Ayuntamiento avilesino. Pero le crearon el puesto especial de arquitecto-consultor, porque era profesional de mucho fuste.

Adoraba Salinas (el balneario antiguo de madera, fue obra suya) y le gustaba mucho el cine, los pasteles de Galé y la comida de Casa ‘Lin’. Sus nietos le recuerdan, tocando el piano en su casa de Salinas, tocada –su cabeza– con txapela, mientras entonaba viejas canciones en euskera. Sentido ceremonial. Genio y figura.

Gran parte de su obra civil e industrial, desarrollada entre 1902 y 1960, la seguimos teniendo entre nosotros. Un privilegio.

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La Muralla, calle que surgió de las aguas
Alberto del Río Legazpi 21-04-2013 | 8:31 | 10

 Hasta hace unos 150 años la población de Avilés estaba ‘colocada’, más o menos, así: la Villa, amurallada, sobre una colina y el pueblo marinero de Sabugo sobre otra. Y luego, encumbrados, los barrios de Rivero, La Magdalena, El Carbayedo y, coronando: Miranda.

 La Villa y Sabugo estaban unidas por un puente –a la altura del palacio de Camposagrado– que durante siglos fue de mírame y no me toques, y encima tan ahogado que apenas cabía una caballería con alforjas. Y aunque luego se modernizó, aquello no era plan, ya que Avilés se quedaba pequeño para una población en aumento, porque la industrialización ya se había instalado en Arnao, con la extracción de carbón y la fabricación de zinc. Y aunque la emigración, atizada por la miseria, se llevó a muchos a América, el progreso demográfico exigía un revolcón urbanístico.

Que se hizo soldando La Villa y Sabugo, previo traslado del puerto –una vez canalizada la Ría– y la construcción –en aquel lugar ocupado por muelles, aguas y marismas– de dos grandes espacios: el parque del Muelle y una plaza fetén.

 Cuando se construyó ésta Plaza Nueva (actual del mercado) se urbanizó sus alrededores y así fue como se prolongó la calle de La Cámara y nacieron la plaza de Pedro Menéndez y las calles de Rui-Pérez y La Muralla.

Puerto antiguo de Avilés (Dibujo de CÁSTOR)

 Esta última era conocida como ‘La de la Sal’ (ya que a su final estaban los alfolíes o almacenes de sal), y también como ‘Camino de Las Aceñas’ (por aquí se accedía a estos molinos, movidos por la fuerza de las mareas, que había en la zona donde luego se construiría la plaza Nueva).

Su primer nombre oficial fue ‘Alameda Nueva’ (pues existía la Alameda Vieja, que era la plaza, hoy popularmente conocida como ‘De la Pescadería’), posteriormente se la llamó La Muralla (porque iba en gran parte, paralela a la muralla medieval que se había derribado entre 1813 y 1821). Posteriormente, en 1892, se le puso Marqués de Teverga (cuya vivienda no era casualidad que estuviera al inicio de esta calle). Y mantuvo ese nombre hasta que, en 1979, se la volvió a renombrar como La Muralla.

 La calle transcurre por donde circuló el río Tuluergo que desembocaba en donde, durante siglos, estuvo el puerto de Avilés: al pie de la capilla de los Alas, de la iglesia de San Nicolás (hoy de ‘Los Padres’) y de la parte trasera del palacio de Camposagrado.

 Ya urbanizada, fue calle de mucho postín, que le procuraron su paseo del Bombé y negocios como el hotel-restaurante ‘La Serrana’ y los mejores cafés de Avilés: Colón e Imperial, ambos con privilegiada terraza en la primera planta. Así como casa Galé, local de espirituosos, que complementaba a su famosa confitería de La Cámara. Y comercios un tanto históricos como ‘La Parisien’ o ‘El Puntillero’.

También de peluquerías muy populares: Chelona y Espolita. Y de la Comandancia de Marina (que estaba de madre que domiciliara aquí). Aparte de la farmacia Graiño, célebre en el norte de España, por sus pócimas milagrosas ‘made in Aviles’. O  Salat que hacía gala de exóticas conservas, difíciles de encontrar en otro lado, y también bacalao de las islas ‘Ferodes’ (sic).

Hubo muelle, hasta no hace mucho, de autobuses de transporte nacional e internacional -los famosos ALSA- pero los ‘cosmenautas’ fueron cambiados de estación a finales del siglo XX.

Esta de La Muralla, que fue calle -como se ve- de muelles, desemboca actualmente en la calle del Muelle, con un final visualmente espectacular: la cúpula del Centro Niemeyer, a uno de cuyos costados, está el muelle donde, actualmente, atracan los cruceros que meten al pasaje en el centro de la ciudad, a ‘turistear’.

Por su historia, aunque hoy su nombre suene a piedra, La Muralla siempre ha sido la calle más embarcada, por marinera, de Avilés.

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Aquella plaza de San Nicolás es, hoy, el trigémino histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 14-04-2013 | 8:37 | 8

En la villa amurallada y en tiempos medievales, había cinco calles. Las –hoy– de La Ferrería, El Sol, San Bernardo y La Fruta entonces dividida en dos: Cimadevilla y calle Oscura. Y tres plazas: Baragaña (al costado de la fachada de Valdecarzana que vierte a El Sol), la plaza de la Rúa Nueva o ‘de la Villa’ (hoy inexistente, estaba  situada en el entronque de La Fruta y El Sol) y, la plaza de San Nicolás delimitada, por la histórica iglesia de igual nombre (hoy conocida como ‘la de los Padres’) y La Ferrería.

Esta plaza –durante siglos llamada de San Nicolás fue, en 1920, rebautizada (vaya por Dios) con el nombre del alcalde Carlos Lobo– era la más importante, el centro dinámico de Avilés, por ser la antesala del puerto, situado a unos metros (durante siglos estuvo en la calle La Muralla), lo que la convertía en un zoco y lugar de transacciones.

Y también estaban aquí los alfolíes (almacenes de sal) que, aparte de ser inagotable fuente de riqueza –por su alto valor como conservante alimenticio– extendieron por los mares la fama de Avilés como uno de los puertos más importantes y salerosos de la costa norte atlántica europea.

En esta plaza, hubo mucho poder y también mucho difunto. Durante siglos, en sus predios, se reunieron mandamases religiosos y civiles, ya que la iglesia de San Nicolás de Bari, era la ‘catedral’ del alfoz avilesino y el Ayuntamiento se reunía –no busquen el chiste fácil– en el cementerio, que estaba junto a la capilla de Las Alas, hoy situada en un patio de luces lucido de gótico. Con tendales, eso sí.

Ya decía Cervantes que es ligero el tiempo y no hay barranco que lo detenga. Como al agua que manaba de la fuente de los Caños de San Nicolás, hoy desaparecida. Y si en otros lugares el tiempo confunde, en esta plaza funde. Porque contiene el pasado arquitectónico más remoto de Avilés (iglesia del siglo XII) a la vez que es plaza con vistas –en un ángulo que abarca desde el templo, románico, hasta la Casa, barroca, de Lobo– al presente más inmediato, a unos metros de distancia en el otro margen de la ría, de un complejo vanguardista de muchos pistones, diseñado por el famoso arquitecto Oscar Niemeyer. Es el lugar, del casco histórico, más cercano al nuevo espacio artístico.

San Nicolás, templo, tuvo protagonismo de vigía, pues desde su espadaña se oteaba el horizonte por ver si por la Ría aparecían piratas vikingos o árabes, buscando tomar Avilés al abordaje.

Y templo y plaza, fueron testigos de cargo, mediado el siglo XX, del nacimiento de una de las más grandes siderúrgicas de Europa. Precisamente en el edificio nº 29, de la calle Ferrería, que da a esta plaza (y en el solar donde estuvo la casa natal de Pedro Menéndez de Avilés, lo que son las cosas) se instalaron las primeras oficinas de aquella ENSIDESA. Y también al lado, en el nº 31, vivió el bendito filósofo, ‘maldito’ en España, Estanislao Sánchez-Calvo, muy leído en países centroeuropeos.

Y, en el nº 1 de la plaza fue donde nos nació la imprenta, en 1866, de la mano de Pruneda. En este mismo recinto, pero un siglo después, se inauguró un sofisticado café, ‘Dulcinea’, que marcó época en Avilés, ya que lo mismo servía cubatas, que despachaba debates culturales o música a la carta. Muy cerca del ‘Dulcinea’ y especializado en vinos y tapas de cecina y queso, estuvo el ‘Llagarón’ (1932-2007), un clásico, no tan finolis de modales y engalanado con tantos kilos de auténticas y vetustas telas de araña, que me siguen  asaltando dudas sobre la verdadera nacionalidad de ‘Spider-man’. Ambos locales (un episodio aparte) son muy añorados por generaciones de avilesinos.

Próximamente –con la iglesia limpia de polvo y paja, conventual– está a punto de incorporarse, a este paisaje impagable, otro edificio que, desde su fachada de La Ferrería, mirará hacia lo que hay aquí, porque este es el sitio ideal para explicar la historia local, que de eso va el contenido del Museo de la Historia Urbana avilesina.

Por sus tres elementos temporales: pasado, presente y futuro, la plaza [de Carlos Lobo] antigua de San Nicolás es, hoy, el trigémino histórico de Avilés.

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Las Naves de Balsera, atracadas en la Ría de Avilés desde 1910
Alberto del Río Legazpi 07-04-2013 | 8:08 | 8

Llevan, en la margen izquierda de la Ría de Avilés, más de un siglo y están ligadas a aquella revolución de los muelles, cuando a las aguas se las hizo entrar en cauce.

Fueron construidas por Victoriano Fernández Balsera, comerciante de origen humilde, nacido en el barrio de Sabugo, en 1860, precisamente el año en que comenzó a canalizarse la ría, bajo la dirección del ingeniero y escritor ovetense, Pérez de la Sala.

Hombre muy avispado, Victoriano supo estar al loro y aprovechar la ocasión cuando –con la ayuda de su acaudalado cuñado, Antonio Gutiérrez Herrero– consiguió poner en marcha un pequeño comercio de ultramarinos. El tesón e inteligencia de Balsera para los negocios –aliados con circunstancias históricas, como la primera guerra mundial donde España, al ser neutral, abastecía a los dos bandos– hicieron el resto y lo convirtieron en el dueño de un emporio comercial.

Lo logró cuando, cumplidos los 48 años, adquirió terrenos de relleno entre la estación de ferrocarril, inaugurada en 1900, y los nuevos muelles de la Ría. Allí levantó unos grandes almacenes –conocidos como las Naves de Balsera– dedicados al comercio ultramarino de importación / exportación. Estaban estratégicamente situadas entre los dos grandes medios de transportes de la época, tren y barco. El sabuguero fue uno de los principales exportadores de España y de paso, como el que no quiere la cosa, internacionalizó el nombre de la Villa por medio mundo, pues todos los productos llevaban el sello del distribuidor: Balsera-Avilés-Spain. Chapó.

Sus naves –más de 3.000 m2 de superficie– tan ejemplarmente funcionales, tenían un elegante –infrecuente en arquitectura industrial– diseño arquitectónico, como aún se puede apreciar hoy, pese a su pochoso estado.

Pero a mitad de siglo cerraron. Y tuvieron usos diversos, incluso como contenedoras de banquetes como el servido, en 1952, por el restaurante madrileño ‘Jockey’, con motivo de la inauguración de Cristalería Española o –aisladamente– espectáculos culturales.

En Avilés, Balsera, tiene mucho eco. Si hablas de comercio ultramarino, él fue lo máximo en Asturias, incluso a nivel internacional, aparte de ser el segundo presidente que tuvo la Cámara de Comercio, después de Carlos Larrañaga. Y si lo haces del puerto, donde su negocio originaba gran parte del tráfico marítimo, baste con saber que fue el primer presidente de la Junta de Obras del Puerto. En cuanto al sector pesquero, cedió terreno, al lado de sus naves, donde se instaló la primera rula de pescado de la historia avilesina.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina

En el aspecto urbano, Fernández Balsera es el nombre de una de las principales calles comerciales (claro) de la ciudad. Si hablas de patrimonio artístico, ahí está su palacio-vivienda (un episodio aparte) que también te remite a cultura porque, hoy, alberga el conservatorio municipal de música. Si lo haces de patrimonio industrial, sus naves son el no va más.

Nunca se atrevieron a desguazarlas porque, entre otras cosas, están catalogadas por Patrimonio. Pero como sigan poniendo la proa al abandono o se las lleva la marea o se  hunden ellas solas. Lo que sería un naufragio social imperdonable.

Envidia, tengo envidia –como canta Antonio Machín– de no poder contar, como Federico Fellini, aquello de ‘E la nave va’… porque estas de Balsera no están para muchos boleros, a pesar de que siguen siendo de película.

A mi también me gustaría creer –basándome en un bello poema recitado por el Nobel de Literatura, Seamus Heaney, en el Niemeyer y que recuerda Esperanza Medina en su blog– que hay cosas que jamás podrá llevarse la marea.

Por ejemplo, las Naves de Balsera.

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La historia de Claudio Luanco, un médico que inyectó alegría y cultura en Avilés
Alberto del Río Legazpi 01-04-2013 | 7:05 | 7

Una vez, en el último cuarto del siglo XIX, llegó desde Castropol, para trabajar en Avilés, un ciudadano llamado Claudio Fernández-Luanco y Riego.

Había nacido allí. Y luego estudiado el bachillerato en Oviedo, licenciándose en medicina en Santiago de Compostela y doctorándose en la Universidad de Madrid.

Y aquí, en Avilés, se haría famoso como Claudio Luanco y pasaría a la historia local, no como médico eminente, sino como ciudadano de reconocido relieve social.

Decía, que es conocido –y así se le cita en libros, publicaciones y medios de comunicación– como Claudio Luanco. Tanto es así que, oficialmente y con tal nombre, adelgazado de apellidos –por iniciativa suya respecto al oficial– tiene dedicadas dos calles. Una es de las conocidas como ‘cul de sac’, o sea con calle sin salida, aunque ésta de Avilés tiene un desahogo peatonal, al contar al final con un pasaje escalonado que la une con la de Fernández-Balsera. Es la calle ‘Dr. Claudio Luanco’, entre las calles Avilés, quizá la más extraña.

Y otra calle más –caso casi insólito– también se refiere a él. Una placa, así lo testifica: ‘En este lugar, donde existió la fonda La Serrana, fundó el doctor Claudio Luanco la fiesta de El Bollo en el año de1893’. Es la llamada, en el callejero municipal, ‘Calle del Pasaje del Bollo’ y enlaza las de La Muralla y San Bernardo. A un costado tiene una medianera del monumental palacio de Camposagrado. No tiene asignada ninguna vivienda y su suelo está salpicado de artísticos azulejos todos ellos distintos lo que la convierte en la calle más original de Avilés Y es totalmente escalonada.

Castropol es un pueblo escalonado, como casi todo pueblo marinero.

Allí nació, el 16 de febrero de 1838 y, al día siguiente bautizado en la iglesia de Santiago, el niño Claudio José Fernández de Luanco y del Riego. Sus padres eran de Luanco y la procedencia de sus abuelos (citados en el acta bautismal) también nos ayuda a comprender los apellidos de Claudio (entonces no había normativa legal al respecto). Los paternos eran de la villa y puerto de Luanco y los maternos vecinos de Muros de Nalón.

Después de haber estado ausente, largo tiempo, por sus estudios, Claudio volvió a Castropol donde ejerció, durante años, la carrera de medicina por poblaciones y aldeas del occidente (de Figueras a Taramundi, pasando por Ribadeo), hasta que obtuvo plaza en el Ayuntamiento de Avilés, como médico de ‘Asistencia Pública Domiciliaría’ durante el mandato del alcalde Bonifacio Heres (1874 a1879). Por extraño que parezca,  entonces, la medicina era municipal.

Llegó en tiempos de transformación, social y urbana de la ciudad, alojándose, en la –por entonces– fonda ‘La Serrana’ (no tendría la denominación de hotel hasta 1917), situada en el puerto de Avilés, de la que estaba separada por el paseo del Bombé.

Con querencia periodística demostrada, el doctor estaba en el mejor sitio para tomar la temperatura a la sociedad avilesina. Además, sabido es, que la historia verdadera de Avilés está escrita en el agua de su ría. Estuario donde estaba, entonces, anclado el antiquísimo y famoso puerto avilesino, que ocupaba parte de lo que hoy es parque del Muelle y la actual calle de La Muralla.

 El doctor pudo asistir en directo –lo tenía prácticamente delante de su habitación en ‘La Serrana’– a cuando, en 1876, el Ayuntamiento instaló nueve estatuas que compró a la firma francesa Hauts Fourneaux et Fonderies del Val D’Osne, basadas en motivos mitológicos de la antigua Grecia. Efigies que fueron plantadas el paseo del Bombé y que posteriormente, cuando éste desapareció a principios del siglo XX, pasarían al nuevo parque del Muelle. Un suceso conocido como ‘El baile de las estatuas’.

En aquel tiempo, la población avilesina apenas llegaba a los 9.000 habitantes y sufría, como toda Asturias, una brutal crisis económica, lo que generaba un colosal y penoso fenómeno migratorio hacia América y una de loss principales puntos de embarque era el puerto avilesino.

Esto, unido al comercio generado de las importaciones de productos ultramarinos, hizo que el negocio naviero fuera tal que el marqués de Ferrera (sustentada su fortuna en posesiones inmobiliarias) había dejado de ser la persona, tradciionalmente, más rica de Avilés, en detrimento del industrial naval José García San Miguel (Marqués de Teverga) que lo había sobrepasado en poderío económico.

Los nuevos ricos –donde estaban incluidos, con mucha fuerza, los indianos– le ganaron la partida a la amojamada nobleza tradicional, hasta entonces propietaria del ordeno y mando. Y el poder local comenzó a cambiar de manos, circunstancia que, afortunadamente, comenzaría a notar la ciudad.

Unos años antes, en 1833, ya se había iniciado la industrialización cuando la Real Compañía Asturiana de Minas se estableció en Arnao, para explotar la riqueza carbonífera y dedicarse también a la producción de zinc.

Igualmente ganaba peso de la industria agropecuaria, que convirtió al barrio alto del Carbayedo en lugar de celebración semanal del mercado de ganados que con el tiempo sería el más importante de Asturias.

Como se ve, Claudio Luanco, llegó en tiempos de gran efervescencia en Avilés, que estaba gestando entonces uno de los mayores cambios urbanos y sociales de su larga historia.

Los dos núcleos urbanos más importantes de Avilés, La Villa y Sabugo, estaban separados por el mar y las marismas. Y aquella fue la hora de poner remedio a este estrangulamiento, que aparte de impedir la expansión urbana generaba graves epidemias entre la población.

Se desecaron marismas insalubres que dividían Avilés hasta decir basta. Y así, sustituyendo líquido por sólido, nacieron la nueva plaza de mercado, el parque del Retiro (Las Meanas) y, posteriormente, el parque del Muelle. Detrás de esta operación de desecación y relleno, vendría, con el tiempo, el desarrollo urbano posterior de gran parte de la ciudad.

Aquello fue un enorme avance. Quedémonos con la copla de que hasta hace unos ciento cuarenta años, el mar llegaba hasta lo que hoy conocemos como Las Meanas. Y la fuerza con la que entraba, en el que hoy es el centro de la ciudad, se ilustra con el hecho de que el nombre inicial de la plaza del mercado fue Plaza de las Aceñas, porque en este espacio estuvieron funcionando, desde el siglo XIII,  aceñas, o sea molinos que utilizan las mareas como fuerza motriz. Conviene valorar el hecho –y lo digo en serio- de que Avilés fue una adelantada, y ya desde la Edad Media, en la hoy, tan ponderada, energía alternativa.

La plaza es un espacio arquitectónico compuesto, en origen, por 28 solares dispuestos en rectángulo. El recinto tiene cuatro entradas. Consta, para que nos conste, que el rectángulo central de la plaza estaba destinado a zona ajardinada. Pero una serie de acuerdos, posteriores, hicieron posible que se construyera en ese espacio un pabellón dedicado al mercado, que centralizara el que, desde el reinado de los Reyes Católicos (y por privilegio expreso de estos a Avilés), se desparramaba anárquicamente por calles y plazas de la Villa.

Puerto antiguo de Avilés. A la derecha el palacio de Camposagrado, a continuación la Fonda de La Serrana. Al pie de ambos el Paseo del Bombé. (Dibujo de Juan de la Cruz Espolita)

Luego, la mañana lluviosa del 6 de julio de 1890 llegó el tren. El recibimiento fue tan festejado que se gastaron 17.749,38 pesetas. Una pasta, para la época, pero la ocasión lo merecía, porque el ferrocarril y las obras de la canalización de la ría, que trabajosamente se llevaban a cabo, eran lo más –de lo más– en el progreso industrial. Los caminos de hierros pasaron a formar parte del paisaje urbano avilesino, pues poco después se puso en marcha un tranvía de vapor entre Avilés y Salinas. Y mas tarde uno eléctrico que unía Avilés con Arnao y también con Villalegre.

La verdad es que a finales de aquel siglo XIX, a Avilés, se le vino encima una catarata de modernidades de no veas, cine incluido.

Por ejemplo el servicio telefónico, fue otro gran invento que llegó a la ciudad, aunque cubriese, solamente, las comunicaciones con Gijón y Oviedo.

También el alumbrado eléctrico público, el primero que lució en ciudad asturiana. Un regalo del, indiano, marqués de Pinar del Río.

Y un nuevo puente de San Sebastián, a la última moda de la arquitectura de hierro, que ‘tal parece una torre Eiffel tumbada’, según se escribió entonces.

Pero el plato fuerte fue, en 1893, cuando ya canalizada la ría, entró en servicio la nueva dársena de San Juan de Nieva y ahí nació el moderno puerto industrial de Avilés que desplazó al histórico, que no volvería a estar, en el centro de la Villa, a la vera de la iglesia medieval y del palacio de Camposagrado.

Desde aquel momento los clientes de la fonda ‘La Serrana’ ya no tuvieron enfrente el mar, sino un magnifico parque, adornado con las estatuas de fenecido Bombé, y bautizado, claro, como el de El Muelle.

 Estos años, Claudio Luanco, los vivió tan dedicado a su profesión médica, como a la profesión ciudadana que le fascinaba tanto o más. Se había integrado en la sociedad avilesina y era persona que descollaba por su cordialidad y por su visión humanista de la vida.

No cabe duda que el ambiente frenético de tantos cambios, como se estaban produciendo en la sociedad avilesina traía consigo tensiones ciudadanas, por ejemplo en las discusiones sobre el emplazamiento de la nueva estación de ferrocarril, donde por haber, hubo más que palabras.

La ciudad crecía y crecía, pero con ausencia de alegría.

El doctor era escritor y a su pasión por la literatura unía su gusto por las  tertulias. No es de extrañar, que convocara a un grupo de, sus numerosos, amigos para darles cuentas de los planes que tenía sobre fundar una Cofradía que se llamaría ‘El Bollo’ y que debería organizar una fiesta sonada el día de la Pascua florida, primer domingo después de la festividad religiosa de Semana Santa.

 La Cofradía quedó fundada en un salón de la fonda ‘La Serrana’ y constituida, por gente variopinta de la sociedad avilesina de entonces, con el fin de pasarlo bien en torno a una fiesta laica multitudinaria. Sobre todo teniendo en cuenta que Avilés nunca había tenía ese tipo de festividades. 

En la revista ‘Filandón’ el periodista Venancio Ovies, gran conocedor –y un apasionado– de las fiestas pascuales avilesinas tiene escrito que «estaba formada por Claudio Luanco, como presidente, Wenceslao Carreño (Coronel del Ejército), Bernardino Ca­brera, Javier Carreño, Pío Arines (Vista de Aduanas, destinado entonces en Avilés), Luis Solís, Ramón Car­cedo (Ingeniero industrial gijonés), Florentino Guardado, Francisco Rodríguez Maribona, Federico Trapa y Joviniano R. Pumariega. Figurando como ‘adjuntos’ por decisión propia (pues nunca quisieron aparecer en Comisión alguna), Armando Fernández Cueto (‘El Parafuso’, constructor de carrozas), José Benigno García (‘Marcos del Torniello’), Antonio María Valdés (escritor que utilizaba el pseudónimo de ‘Aneroyde’) y como Consiliario el sacerdote Manuel Álvarez Sánchez».

Finaliza Venancio Ovies su comentario de esta descacharrante  manera: «así que eso de que ‘El Bollo’ (que además, se escribe en castellano y no en bable) fue creado para unir a gentes supuestamente desavenidas, ¡nanay de nanay! ¡Tururú, tararí, que te vi!»

El propio Claudio Luanco, en la revista de La Balesquida de Oviedo de 1912, lo tiene explicado: «Apenas contaba yo quince años, cuando por vez primera presencié en el Campo de San Francisco de Oviedo la clásica fiesta del gremio de los alfayates, asociados como cofradía por doña Valesquita Giráldez, allá por el siglo XIII… Más tarde, cuando yo ya estaba lleno de canas y cansado de mi profesión, me vinieron los recuerdos de otros tiempos y, asumiendo ideas pasadas, me vinieron a la imaginación de niño dos luces: el unir el pasado con el presente, la respetuosa antigüedad con el ridículo modernismo e instituir en Avilés una fiesta del Bollo a imitación de la del martes de Pentecostés en Oviedo, repartiendo vino y bollo para olvidar abstinencias, ayunos y vigilias cuaresmales y así entregarse en la Pascua de Resurrección al sabroso cabrito».

El caso es que aquello fue una idea genial que fraguó con tal fuerza, que aún la seguimos celebrando y está oficialmente declarada fiesta de Interés Turístico Nacional e Internacional. Es una explosión de alegría y una exaltación del folklore asturiano.

Hoy, incluso, aumentada con la multitudinaria Comida en la Calle (instaurada en 1993, por el Ayuntamiento, para celebrar el centenario). Pero en el fondo la fiesta ya nació como celebración de una comida en la calle, modesta eso sí: bollo mantecado (repostería original avilesina) y vino blanco.

El primer día de celebración, domingo de Pascua, día 2 de abril de 1893, leyó el pregón festivo, el escritor Antonio María Valdés (‘Aneroyde’). Lo hizo desde un balcón de la fonda La Serrana.

Y luego comenzó el festejo. Lo narra L. Legazpi: «Después de una Misa de Cofrades, en San Nicolás, hubo desfile con banda de música, carro de ‘esquirpia’ (al estilo de cesto) portando los bollos de cuatro cuernos y vino de Nava del Rey. Cerraba la directiva en flamante coche de caballos. Sólo un pero, el tiempo infernal de lluvia y viento, pero, como no hay mal que por bien no venga, incluso el temporal contribuyó al jolgorio: Al entrar la comitiva en la calle de la Cámara el presidente Luanco saluda cortésmente a las gentes destocándose del bombín en el momento preciso que una ventolera le arrebata su postizo peluquín».

El reparto del bollo y vino, tuvo lugar en el parque del Retiro (hoy de Las Meanas) sitio despejado y relativamente alejado (entonces) del centro de Avilés. Y allí se haría durante unos años, pasando luego al parque del Muelle y luego ya a toda la ciudad.

La Fiesta no solo arraigó sino que se prolongó al Lunes de Pascua y para soporte y altavoz de la misma, Claudio Luanco fundó la revista gráfica ‘El Bollo’, muy al hilo de su querencia periodística. Una publicación que hoy en día es un clásico, ya que durante más de un siglo ha venido publicando textos históricos, relatos y poemas relacionados con la villa de Avilés.

Pocos personajes han sido tan celebrados, desde todos los rincones avilesinos, como aquel ‘Don Claudio el médico’ que, con tan buen ‘ojo clínico social’ le procuró una fiesta perdurable, a la ciudad de Avilés y a la que acudía gente de toda Asturias.

El doctor participó en muchas iniciativas tomadas en la Villa como la formación de una única banda de música, fundiendo las existentes , de ‘Santa Cecilia’ y ‘la Industria’. Pero, sobre todo, promoviendo la sociedad para la construcción del nuevo teatro, que no abrió sus puertas hasta 1920, cuando ya había fallecido Claudio Luanco, y que lo hizo con el nombre de Palacio Valdés.

Aquello fue como sigue: Cuando terminaba el siglo, se acariciaba la idea de construir un nuevo teatro acorde con la categoría ciudadana que estaba adquiriendo Avilés, pero nadie se atrevía con una empresa de tal magnitud, ante el temor al fracaso, o incluso a quedar en ridículo. Y entonces, como no, aparece Claudio Luanco  convocando una reunión en Ayuntamiento, de la que sale una comisión presidida por él mismo y como compañeros de fatigas: Alberto Solís, Cándido Pérez, Luciano Vidal y Santos Arias. Esta comisión o Junta (oficializada como «S.A. Del Teatro») lanzó acciones de quinientas pese­tas, que Claudio Luanco fue ‘vendiendo’ puerta a puerta por las casas de los notables de la ciudad. En mayo de 1900 quedó oficializada en el Registro Mercantil como «S.A. Del Teatro».

Teatro 'Palacio Valdés', en obras.

 Y así, se logró poner, en aquel año de1900, la primera piedra al teatro (hoy ‘Palacio Valdés’). Acto en el que Claudio Luanco firmaría –junto a Leopoldo Alas ‘Clarín’ y otros notables- con pluma de oro. En dicha jornada, el catedrático ovetense Adolfo Álvarez-Buylla (uno de los padres de Extensión Universitaria) sugirió que el teatro debería llevar el nombre de Claudio Luanco…

Es algo que no cayó en saco roto, en prosa o en verso, como el de Marcos del Torniello, en 1901:

  ¡¡ VIVA LUANCO !! / Tengo de subir al alto / a char a don Claudio un viva / tengo decir  ¡¡viva Luanco!! / diga el mundo lo que diga. / Tengo decir  ¡¡ viva Luanco!! / y tambien  ¡¡ viva el galeno!! / tengo decir  ¡¡ viva el bollo!! / y  ¡¡ viva el teatro nuevo!! / 

Si se fay el teatro / nes nueves calles, / ye que amestó don Claudio / les voluntades ¡¡ ay doctor!! / que buen viento te traxo / de Castropol.  

O la prosa de Florentino Mesa (Alcalde de Avilés de 1897 a 1908) «Tengamos presente que hubo un tiempo en que Avilés se dormía y D. Claudio Luanco la despertó. ¡Bien haya él! (…) Que hay un teatro más, no importó nada en ninguna población que progresó como nuestra villa. Hay margen para todo… ¡Lástima de Luanco! ¡Cuánto valía!» (Texto escrito en 1917)

 Juan González Wes (Director de ‘La Voz de Avilés’) escribe en 1944: «Mi padre, que le había tratado [a Claudio Luanco] como amigo me dijo que ‘era un hombre culto, animoso, rendido ante Fémina, amante del progreso, buen médico, cordialísimo… pero tomado un poco a broma por quienes carecen del sentido del humor, por ausencia de cultura’ (…) Dicen que don Claudio, el creador del nuevo Teatro, el que donó el milagro de estas fiestas de Pascua de resurrección, se fue de Avilés a fundir su amargura en el encantador retiro de Castropol. Pero su amargura sería más honda e infinita si sus ojos humanos pudieran haber alcanzado este gran pecado de olvido e ingratitud [se refiere a la falta de reconocimiento oficial hacia Claudio Luanco, sobre el papel capital que jugó en la construcción del  teatro ‘Palacio Valdés’]. Aunque ahora es fácil que desde la gloria de su descanso se ría de tan agobiante insensatez y se recree con ver desde la altura el paso por las calles avilesinas de la Cabalgata de Primavera, diciendo ‘¡Así era como yo lo soñé!’ Porque en sus tiempos todo era pobre, mezquino y estrecho».

 Aquel doctor Luanco era hombre tan incansable como efectivo. Lo cuenta Joaquín Graña en ‘La Semana’: «También organizó aquella cabalgata que en los últimos carnavales recorrió las calles de la villa, y fue la admiración de Asturias; dando a Avilés tal realce aquel espectáculo, que, sin apasionamiento pudo asegurarse y decirse de los carnavales del año de mil novecientos, que estuvieron en Avilés a la altura de los de las principales capitales de España».

En el año 1908 Claudio Luanco cesa como médico municipal en Avilés y se retira a Castropol, donde funda y dirige el periódico ‘Castropol’. En 1914 viaja, por última vez, a Avilés para participar en su fiesta y agradecer el nombramiento de Presidente de Honor de la Cofradía del Bollo. Falleció el 7 de octubre de 1916.

En la revista ‘El Bollo’, aparece este poema, anónimo, firmado por X:

Castropol es residencia /de Luanco, que en Avilés / nos dejó el Bollo y… después / un teatro de… apariencia. / De ambas cosas a mi ver / está Luanco satisfecho, / por dejar el Bollo hecho, / y el teatro sin hacer.

Y el bueno de D. Claudio desde su retiro de Castropol escribe: 

Fiesta que así me enloquece, / dispensa, si en El Retiro, / no reparto el pan y el vino / como hice tantas veces./ Nuestros lazos no están rotos, / sépalo todo Avilés, /de la cabeza a los pies / siempre estaré con vosotros. / Y en este oscuro rincón, /donde vivo en santa calma, / os tengo al lado del alma / y dentro del corazón.           

Por eso no busquéis reconocimiento social, en Castropol, hacia aquel Claudio Fernández-Luanco y Riego (hoy Claudio Luanco), que allí el que lo tiene es su hermano José Ramón, quizá porque fue Rector de la Universidad de Barcelona. 

Claudio Luanco, donde se ganó la gloria fue en Avilés, donde encima le cayó el pelo (su bisoñé fue famoso) y también, aquí, se desprendió de parte de su primer apellido (Fernández) así como el guión que lo enlazaba a Luanco y el mismo camino siguió la conjunción que lo aproximaba a Riego.

Avilés recuerda todos los años, el día de la Pascua florida, a este castropolense que ha pasado a ser personaje notable en la Historia de la ciudad. Pero también debería ser recordada por su iniciativa e impulso para la construcción del teatro ‘Palacio Valdés’. Por esto, por lo otro y por lo demás allá.

Y dejo un dato para el que dude de su importancia social: Solamente dos personas tienen, por duplicado, su nombre en el callejero de la Villa: Pedro Menéndez de Avilés –fundador de la ciudad más antigua de los Estados Unidos: San Agustín de la Florida– y Claudio Luanco, fundador de las fiestas del Bollo, que se celebran en la Pascua florida.

Así fue aquel médico tan simpático, al decir del personal, de barba rala,  peluquín estrafalario, aspecto un tanto desaliñado, que usaba frecuentemente un ‘paletó’ tres cuartos, con cuello de terciopelo, para abrigar su cuerpo de persona menuda… ¡Menudo personaje!

Fascinante.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta