El Comercio
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Fecha: junio, 2013
Las tres calles más antiguas del Sabugo histórico
Alberto del Río Legazpi 30-06-2013 | 8:08 | 8

Sabugo, desde los orígenes de Avilés, siempre ha sido punto y aparte.

Situado en una pequeña colina, a la que no podía llegar el agua del mar, que penetraba entre Sabugo y la Villa amurallada hasta el parque de Las Meanas… ni tampoco el agua de las marismas del Campo del Faraón (donde hoy está el parque del Muelle), ni del Campo de Caín, en cuyos terrenos, junto con los de Las Aceñas, se levanta la actual plaza del mercado.

Calle de La Estación, a la izquierda, vertiendo hacia la actual Avda. Los Telares. A la derecha la estación de FF CC

El núcleo urbanístico, medieval de Avilés se organizaba en torno a las calles de La Ferrería,La Fruta y El Sol, estando las dos primeras unidas por esta última, componiendo una perfecta ‘H’. Y de otra letra idéntica disponían en Sabugo las De Adelante (D’alante) y Atrás (D’atrás), unidas por la calle de En Medio (D’enmedio).

Siempre llevaron estos nombres hasta 1892, en que se cambió el callejero, apasionante deporte municipal muy practicado, al menos en Avilés.

Y, a partir de entonces, la De Atrás, se llamó Bances Candamo, en homenaje al escritor (dramaturgo de Cámara de Carlos II) nacido en ella.

La de Enmedio, pasó a ser la del artista avilesino Carreño Miranda, el pintor asturiano más famoso de todos los tiempos, con obra en los principales museos del mundo. Hoy esta calle es un homenaje artístico a él, con un conjunto mural cerámico de Ramón Rodríguez, y una escultura de ‘Favila’.

Calle Carreño Miranda. La que une 'la movida'

Bances Candamo y Carreño Miranda, fueron todo un lobby intelectual avilesino en el Madrid del siglo XVII y, por eso y por más cosas, son episodio aparte.

Y, finalmente, la calle de Adelante paso a ser La Estación, por motivos obvios (el tren había llegado en 1890), nombre que –después de un largo paréntesis a favor de General Zubillaga– recuperó en 1979

Sabugo fue siempre, hasta hace unos años, pueblo de pescadores. No hace tanto que de aquí salían sus hombres a la mar y sus mujeres a la Villa, coronándose con un rodete la cabeza para colocar en ella una caja de pescado y enfilar con desparpajo, a vender, al grito de «¡Sardines fresques! ¡Que rebrinquen! ¡Mirai que bocartinos, muyeres, tan vivos!».

En Irlanda se hizo famosa una pescadera, Molly Mallone, que iba cantando su mercancía, allá por el siglo XVII, por la zona portuaria de Dublín, «¡Mejillones y berberechos! ¡Vivos!». Una canción la inmortalizó y una escultura, en aquella ciudad, la recuerda.

En Sabugo –aparte de un pub que lleva el nombre de la legendaria pescadera irlandesa– también hay una estatua, aunque está dedicada a Eugenia Martinez Vallejo (‘La Monstrua’, personaje de la Corte del Rey Carlos II). Somos tan clásicos como orondos.

Calle Bances Candamo. Tipismo puro.

Y, también, vamos sobrados de canción y bailes, desde que –hará unos cincuenta años– a tres entusiastas sabugueros (Román L. Villasana, José María G. Alonso ‘Chemari’ y Abelardo González) les dio por bautizar a un grupo folklórico como ‘Sabugo ¡Tente Firme!’. Aquello, cosa histórica, fue el principio de un acabose en toda una Fundación que concede Sardinas de Oro a notables españoles en todos los campos. Y todo esto sin abandonar gaita, tambor, jota de Pajares y habaneras cosa fina.

Sabugo es famosa zona de copas desde mitad del pasado siglo, en que dejó de ser barrio de pescadores, de mareantes, y pasó a serlo de pecadores en comidas y bebidas. Es muy visitado por su tipismo urbano y por su oferta hostelera. Ya tengo escrito que, actualmente, más que de mareantes viene a ser de mareados de sidra, vino y demás familia etílica.

Anécdotas aparte, Sabugo es incomparable, siempre lo fue, y hablar de él es hablar de la historia de Avilés en carne viva.

Ya escribía James Joyce, tan dublinés como la pescadera Molly Mallone, que no hay pasado ni futuro, que todo fluye en un eterno presente.

Por tanto decir: ‘Sabugo eternamente a la vera de Avilés’, es una verdad que rebrinca.

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El marchoso tranvía eléctrico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 23-06-2013 | 8:08 | 6

El poeta Antonio Machado rimaba entusiasmado, rememorando un viaje en tren por ‘Campos de Castilla’, de esta guisa: «El tren camina y camina / y la máquina resuella / y tose con tos ferina / ¡Vamos en una centella!».

En Avilés también todo empezó a ir muy rápido desde aquel domingo 6 de julio de 1890, cuando llegó el tren por primera vez. Fue la señal para que, como una centella, se disparase una red de caminos de hierro, por las calles del centro de la ciudad y poblaciones de alrededores. Llegaba el tranvía.

Avilés. Calle de La Cámara.

El tren siempre ha tenido ese halo de fascinación, tan de libro y de cine. Y en eso le sigue el tranvía, que al fin y al cabo es un tren de andar por casa y a los escritores les suele invitar a la nostalgia, exceptuando casos como el de Armando Palacio Valdés, que se fracturó una cadera al bajar de un tranvía, cosa que, la verdad, no da para romanticismos.

Sépase que el primer tranvía de Asturias, funcionó en Avilés, a partir de 1893. Era de vapor y su pequeña locomotora ‘lucía’ un gigantesco y asfixiante penacho de humo marrón. Era ‘La Chocolatera’. Sus cinco kilómetros de vía, unían la Villa del Adelantado con Salinas, siguiendo lo que hoy es carretera nacional.

Pero el tranvía fetén, el clásico, era el eléctrico. Y comenzó a funcionar el domingo 20 de febrero de 1921. Quédense con esta fecha que hay confusión, cosa fina, con ella.

Salinas. 'La Cantina', hoy 'La Toldilla'

Ese día y después de los obligados actos protocolarios, ante el Ayuntamiento, ya entró en funcionamiento el tramo Salinas-San Juan de Nieva-Avilés-La Texera.

Posteriormente fueron entrando los demás: el 15 de enero de 1922 lo hizo el de Salinas-Arnao y el 12 de febrero el que unía La Texera con Villalegre. Finalmente, el 19 de agosto de 1923, el de Arnao-Piedras Blancas.

Desde los extremos del recorrido, la parada de El Foco, en Villalegre –entonces barrio residencial de mucho pisto– hasta la de Casa Zapico, en Piedras Blancas, el trazado de vía se acercaba a los 15 kilómetros y el tiempo utilizado en recorrerlos era de hora y media.

El tranvía (en un viaje virtual, partiendo de Villalegre, sin citar las paradas) pasaba por Los Canapés y atravesaba el casco urbano de Avilés: calle Rivero (encajonado), El Parche (encantado), calle La Cámara (acojonado, por el despendole bajando y abrumado por la fatiga subiendo), giraba 90 grados (con cierto  ‘canguele’) a La Muralla  y volvía a hacerlo (cuidadín, cuidadín… otra vez) para llegar al paseo del parque del Muelle donde tenía parada, y ‘fonda’ si quería el viajero (‘Casa Máximo’, el ‘Santander’, etc.). Cruzaba luego el paso a nivel de Larrañaga, para enfilar la gran recta por la carretera de San Juan, llegar a la dársena portuaria y continuar hasta Salinas, por el antiguo y maravilloso pinar. Posteriormente, y paralelo a la playa, atravesaba el túnel para llegar a Arnao y finalmente a Piedras Blancas.

El tramo Avilés-Arnao, era fundamental para el traslado de los trabajadores –de la Real Compañía y portuarios de San Juan– quienes tenían un bono especial. Los domingos era muy utilizado, gran parte del año, por los aficionados al fútbol, mientras el campo del Real Avilés estuvo en Las Arobias (que fue hasta la mitad del siglo XX). Los domingos también, y por el verano, y con hasta cuatro vagones-jardineras, iba a hasta los topes con usuarios de las playas, principalmente, de San Juan y Salinas.

El tranvía eléctrico, primer medio de transporte colectivo comarcal, significó avance y progreso. Tenía chispa y era alegre y divertido,  o sea marchoso. Hasta que los autobuses entraron en danza y el domingo 31 de diciembre de 1960 el tranvía capotó. Sus unidades ocupaban mucho espacio en unas calles que reclamaban miles de automóviles. La chispa de los troles era derrotada por los tubos de escape, o sea veneno por un tubo.

El tren llegó un domingo a Avilés, día de la semana en que también comenzó a circular el tranvía y, nuevamente domingo, cuando dejó de hacerlo.

Y domingo es hoy, cuando publico este episodio, donde anda suelta la nostalgia de mis domingos infantiles, asociada al binomio tranvía-playa, Avilés-Salinas (cuarenta minutos de trayecto). Entonces era más niño que ahora, aunque más bajín. Y más ingenuo, que ya es decir.

Entonces no imaginaba que los tranvías volverían, como lo están haciendo últimamente, a las ciudades de Europa.

Y mola.

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Graiño es nombre de algunos hombres de ciencia, en Avilés
Alberto del Río Legazpi 16-06-2013 | 8:08 | 6

La semana pasada, revolviendo papeles, me encontré escritos sin amortizar. Y di con un personaje de nombre Francisco Graiño Obaño, nacido en Avilés, en1867, que fue militar, ingeniero y astrónomo. Que revisó y realizó las cartas hidro­gráficas de varias provincias españolas, en­tre ellas un Atlas completísimo de las Islas Baleares. Que también fue profesor de Astronomía de la Escuela Naval Militar. Y que en 1921 se le nombró director del Observatorio Astronómico de San Fer­nando, máximo centro científico de su especialidad en España.

Por cierto, que es cosa curiosa esta de los hombres de ciencias locales y su relación con los ejércitos, pues este Graiño, astrónomo, se retiró como contralmirante de la Armada y, quiero recordar que, el destacado matemático Pedro Lucuce (1692-1778) lo hizo como mariscal de campo.

El caso es que aquel Graiño me llevó a José María Graiño Obaño, nacido en Villaviciosa, en1872, que en junio de 1915 fue nombrado ingeniero director dela Juntade Obras del Puerto de Avilés, debiéndosele el tra­zado del moderno puerto. Posteriormente desempeñó otros altos cargos fuera de Asturias. Apasionado del periodismo colaboró, con el seudónimo de ‘Juan dela Cosa’, en el semanario avilesino ‘El Progreso de Astu­rias’.

Celestino Graíño Caubet (1873-1942)

Y seguí insistiendo hasta encontrar a otro y este si que me rompió esquemas. Hablo de Celestino Graiño Caubet, nacido en Oviedo en 1873, que estudió farmacia en Madrid y puso una botica, al punto, en Avilés. Pocos establecimientos de éste gremio han llegado ha alcanzar el nombre y la categoría –excedía los límites regionales–  como el que Graiño Caubet logró para el suyo.

Su farmacia, no se limitó a las fórmulas magistrales tradicionales, sino que en la rebotica desarrolló una labor investigadora de tal categoría que consiguió acreditar algunos productos far­macéuticos, que él se encargaba de comercializar y de publicitar en prensa nacional. Remedios medicinales, podríamos decir, ‘Made In Avilés’.

La prensa fue otra de sus muchas devociones, pues llegó a fundar, el diario ‘El Avilesino’ en mayo de 1897, que tuvo corta vida, cosa habitual en aquella época llena de sarpullidos periodísticos. Pero el caballero Graiño Caubet era de largo recorrido y no se arredró. Así que aumentó el volumen de sus colabo­raciones en publica­ciones especializadas y diversos diarios regionales y nacionales. La cosa era de no parar.

Todas las fuentes consultadas destacan su gran categoría –en calidad y en cantidad– en su faceta de conferenciante en temas de vulgariza­ción científica. Dio cientos de charlas, convencido de las bondades de la ciencia.

Es por todo lo anterior y por algo que queda por decir, por lo que su labor intelectual y divulgadora puede calificarse de extraordinaria. Y no se limitó al campo científico, pues entró en otros como el etnográfico, estudiando y difundiendo las costumbres asturianas.

Fue un tipo innovador por encima de todo. Era la modernidad de la época. Estaba, al loro de cualquier novedad, y por eso cuando un medio de transporte recién inventado como la motocicleta, se comercializó en España, quedó fascinado. Daba independencia y permitía conocer, con cierta rapidez otras tierras y ciudades. Y tanto la utilizó que terminó por ser un problema, porque tanto fue el gusto le tomó al invento motorizado que le creo adicción, lo que trajo consigo un abandono del resto de sus febriles actividades. El asunto le ocasionó una depresión de la que salió, al hacerle ver un médico de Luarca (seguramente el mejor ‘diagnóstico’ que dio en su vida) que valiéndose precisamente de la moto, podría hacer turismo a la par que publicitaba sus productos fuera de Avilés. O sea que aprovechara el viaje. Algo tan sencillo como eso volvió en paz a Celestino con su vorágine habitual.

 

 

Que Graiño Caubet estaba como una moto, creativamente hablando, lo demuestra el hecho de que pusiera todas las bases, y el material, para que en Avilés llegara a funcionar un museo, el primero que hubo, en Avilés y en Asturias. Tome nota el personal, de este episodio aparte.

El museo de Historia Natural lle­gó a reunir una importante co­lección, que contenía especies de mamíferos, aves, invertebra­dos, plantas y algunos ejemplares raros de mineralogía. El museo lo inauguró, en 1944 su hijo Celestino Graiño Cors, que, aparte de suceder a su padre en labores farmacéuticas, fundó en 1945, la Escuela de Maestría Industrial de Avilés, también conocido como FP ‘Juan Antonio Suances’.

Su padre ya había fallecido, en febrero de 1942. Aunque antes había sido declarado «Hijo Adoptivo y Predilecto de Avilés» por el Ayuntamiento que también le había dedicado una céntrica calle que lleva por nombre ‘Doctor Graiño’.

Por ello, sin olvidarme ni del astrónomo, ni del ingeniero, me llama mucho la atención el boticario  Graiño Caubet, caballero que a lomos de una moto, pasó por la vida descubriendo y patentando medicamentos en su rebotica, que publicitaba y vendía, en toda España, que se dice muy pronto. Coleccionaba flora y fauna. Difundía ciencias, por un tubo, en charlas y conferencias. Y lo mismo fundaba un periódico que inventaba un museo.

De todo, como en botica.

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Esa 'Peña del Caballo' no es una peña cualquiera
Alberto del Río Legazpi 09-06-2013 | 8:08 | 5

Por el estuario avilesino, tanto las fábulas como las certezas andan tan sueltas que, donde menos lo esperas, salta un caballo. Pero no un caballito de mar, sino de ría. Una especie única en el mundo, conocida en cartas marinas, libros y documentos disparejos, como ‘Peña El Caballo’ de Avilés.

La Peña del Caballo, en la margen derecha de la ría, antigua zona de baños. (Foto Archivo FRAN)

Plantada en San Juan de Nieva y llamada así por su caprichoso perfil equino, tiene como prolongación submarina la temible ‘Rechalda del Mar’, peñasco encabronado que fue un tremendo obstáculo para la navegación, al limitar el calado, en la bajamar, a 3 metros(datos de la ‘Revista de Navegación y Comercio’. 1894). Tanto se tardó en darle matarile que algunos creían, a pies juntillas, que la Rechalda era una piedra que crecía.

La cosa dio mucho que hablar y hasta un semanario satírico y un grupo folklórico llevaron su nombre. Y cuando alguien demostraba firmeza se solía decir: «Ye más duro que La Rechalda».

Aunque a base de dinamita y de afeitados de dragas –el último se lo dio ‘D’Artagnan’ en 2008– terminó trasquilada y ‘cedió’ un calado de cerca de 13 metros.

Uno de los cruceros que últimamente hacen escala en la dársena de San Agustín, a un costado del Centro Niemeyer, visto desde uno de los ‘ojos’ de la Peña del Caballo cuando salía del puerto de Avilés, navegando rumbo a Southampton (Inglaterra).

Pero más popular fue la ‘Peña El Caballo’, referenciada en planos de la obra portuaria de 1903 que recogen el proyecto inicial, anterior, de Pérez dela Sala. A su costado hay dibujado un embarcadero y los rótulos: ‘Balneario’ y ‘Playa de baños’. El sitio también era conocido como ‘Baños de Abadil’ y parece que funcionaron, como tales, desde 1875

Y es que, en el tercio final del siglo XIX, cuando empezaron a ponerse de moda los baños públicos en Avilés –publicitados como ‘mitad higiene y mitad salud’– fue la margen derecha dela Ría, la zona escogida por el personal más ‘moderno y rompedor’, que no comulgaban con aquellos versos de Vital Aza:

«Me manda el doctor tomar

baños de mar sin cesar,

pero me falta el valor,

¿Zambullirme yo en el mar?

¡Que se zambulla el doctor!»

Al lado de la Peña funcionó el ‘balneario’ primitivo de Avilés y hasta él llegaban, en lancha de alquiler, los que se atrevían a bañarse públicamente. Algo cuenta Eloy Fernández Caravera en su novela ‘Mayita’ (Ediciones Azucel. Avilés, 1987).

El famoso teatro circo avilesino ‘La Peña’, hoy desaparecido. (Foto gentiliza de Cástor G. Ovies)

‘El Caballo’ se puso de moda y a su alrededor surgieron famosos restaurantes como ‘Casa Tamón’ y ‘La Rosa’… hasta que se montó en Salinas un balneario con instalaciones adecuadas. Eso y un más cómodo transporte, a partir de 1893, en aquel tranvía de vapor conocido como ‘La Chocolatera’.

Aunque la ‘Peña El Caballo’ no cedió en popularidad, tanto que el famoso teatro-circo ‘Somines’, hoy desaparecido y entonces en la calle Cuba, pasó a llamarse ‘La Peña’ y un artista -que firmaba como ‘Borda de Agua’- la pintó en el telón de boca del escenario, de forma que la célebre roca marina protagonizaba el interior del local.

Y ahí sigue, hoy, ‘El Caballo’, pastando en la Ría, tan campante, mientras a su vera pasan buques de más de 60.000 toneladas de carga, o cruceros que transportan cerca de mil pasajeros.

¡Manda ‘calao’!

 

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Eduardo Carreño Valdés famoso científico, desaparecido a los 23 años de edad
Alberto del Río Legazpi 02-06-2013 | 8:07 | 8

En Avilés, a lo largo de su historia, ha habido científicos como Pedro Lucuce Ponte (que aparte de matemático fue mariscal de campo, y a ver quien mejora imagen tan novelesca), dos de apellido Graiño (Celestino Graiño Caubet, farmacéutico revolucionario y Francisco Graiño Obaño, astrónomo), Blas Aznar González (medicina legalista), y unos cuantos más. Aparte de los investigadores actuales, claro, que son episodio aparte. Pero, de todos aquellos, ninguno como Eduardo Carreño Valdés.

Porque era de una realidad tan fabulosa como breve, tan entrañable como complicada y tan magistral como ignorada.

Suena un triste concierto de advertencia a nuestras civilizadas, ciudad y región, que dándoselas de cultas, generalmente ignoran que este avilesino ha sido una eminencia científica europea a pesar de que tan sólo duró, biológicamente, veintitrés años.

Nació en Avilés el 13 de octubre de 1819 y falle­ció en París en 1842. Echen cuentas.

Histórica imagen del científico avilesino, Eduardo Carreño Valdés, pues fue el primer daguerrotipo, que se conoce, hecho a un personaje asturiano. F. CRABIFOSSE.

De familia numerosa (tres de sus hermanos: Eladio, Feliciano y Pedro, son episodio aparte) cur­só en la villa natal los estudios elementales con tal brillantez, que a los doce años de edad, un tío paterno suyo,  lo llevó consigo a Santiago de Compostela, para procurarle la mejor educación. Posteriormente, tío y sobrino traslada­ron su domicilio a Madrid donde Eduardo cursó, como un meteoro, medicina.

Sin embargo, dedicó su vida a las ciencias naturales Y particularmente a la Botánica. Con tal intensidad que fue el alumno predilecto de Lagasca, el más destacado sabio hispánico en la materia.

Mas tarde se trasladó a Francia donde residía e investigaba el por entonces más reconocido botánico mundial: Pierre-Edmond Boissier. Otro que quedó trastocado y fascinado por los conocimientos y la capacidad de trabajo de aquel colega español tan joven, al que había conocido en Madrid.

Tan grande fue su popularidad entre los científicos, que el gran Boissier le dedicó un nuevo género de flor bautizada como ‘Carregnoa’. Y Filippo Parlatore hizo lo mismo con su nueva especie ‘Anthoxanthum carrenianum’. Nunca un botánico, entonces con 21 años, gozó en vida de mayores honores entre sus colegas.

Murió en Francia y sus restos mortales fueron inhumados en el cementerio parisino del Pére Lachaise en un panteón costeado por maestros y discípulos. Y digo bien, porque parece mentira, pero ya tenía discípulos a sus años.

La prensa francesa le dedicó homenajes un tanto insólitos para un científico y además extranjero: ‘España ha perdido uno de sus más esclarecidos genios, y Fran­cia uno de los hijos adoptivos que más la hubieran honrado’.

Tiene, Eduardo Carreño Valdés, una calle en Avilés a él dedicada, justicia callejera que se le hizo, por fin, en 1985. La calle, que termina en una empinada cuesta, corre paralela a la vida del personaje, que muriendo tan joven, y tan hondo de sabiduría, consiguió llegar casi a la cima, en medio del reconocimiento internacional por su trabajo a sus –casi burlescos– veintitrés años, o sea cuando llevaba solo cuatro o cinco ejerciendo en el campo científico. Un caso casi increíble. La excepción que confirma la regla.

Eduardo Carreño donó (hasta eso) a su muerte va­rias colecciones zoológicas clasificadas al Museo de Historia Na­tural de Madrid. Pero sobre todo legó su brillante trayectoria.

Inusitada precocidad la de éste relámpago científico que alumbra la historia de Avilés. Flores para este vencedor, derrotado en la batalla de la vida. Y que sean ‘carregnoas’ y ‘carrenianum’.

Otro tipo diez. Mira tú.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta