El Comercio
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Fecha: septiembre, 2013
El misterio de San Balandrán, en la Ría de Avilés
Alberto del Río Legazpi 29-09-2013 | 11:11 | 11

El martes pasado, 24 de septiembre, la agencia France Press, informaba que una isla brotó súbitamente en el mar Arábigo, tras un violento terremoto en la provincia de Baluchistán, al sudoeste de Pakistán. Miles de personas lo observaban atónitos desde la orilla de la ciudad de Gwadar.

La noticia finalizaba informando que un suceso similar ocurrió, en ésta misma zona, en 1945.

Precisamente fue por aquel año cuando consta que ya no quedaban ni las raspas de una isla existente, en la Ría de Avilés y de superficie parecida a la pakistaní. Llevaba por nombre San Balandrán, al igual que el pequeño lugar de la margen derecha del estuario donde estaba plantada.

Isla de San Balandrán de Avilés. Dibujo de Ricardo García Iglesias.

Si la isla pakistaní llega a nacer en tierra de cristianos seguro que se hubiera  montado un pifostio mediático, de muchos perendengues, con algunos historiadores blandiendo el pendón de San Brandán, o San Borondón, o San Balandrán.

Porque una de las leyendas más famosas de la cristiandad, es la originada en torno a un obispo irlandés del siglo VI que realizó un viaje por mar dando lugar a una novela de aventuras, la ‘Navegación de San Brandan’, que a su vez hizo aparecer en varios mapas una imaginaria isla de San Brandán o San Borondón o San Balandrán. Según donde.

En Avilés, se han barajado teorías varias a propósito de cómo el topónimo San Balandrán ancló en la ria avilesina. Una de ellas sostiene que algún marino o monje de las islas de la Gran Bretaña –en algún viaje a la Villa asturiana– bautizó así a la isla y por extensión, a la pequeña playa que tenía enfrente. Esta teoría se apoya en el cosmopolitismo del puerto avilesino que, hacia el siglo XIV, llegó a ser el más importante del norte peninsular, comerciando con puertos ingleses y franceses. Por tanto era frecuente la estancia en Avilés de marinos y comerciantes de esas nacionalidades.

Tampoco falta quien se remonta al siglo VI para atribuir, directamente, el topónimo avilesino a los legendarios monjes navegantes.

El otro día, charlando con Ricardo García Iglesias –ingeniero industrial y capitán de Navío– y que es un pozo de sabiduría sobre los detalles de la Ría, me decía que un anciano del lugar le había comentado que el nombre de la isla venía de un barco, llamado San Balandrán que, a finales del siglo XIX, estuvo allí varado largo tiempo.

El caso es que el puerto de Avilés, en su cartografía del estuario nunca denomina a la isla como San Balandrán, sino como La Llera. Sin embargo el Ayuntamiento de Avilés si que reconoce el topónimo, dándole nombre de dos calles, ‘San Balandrán’ por la margen derecha de la Ría y ‘Playa de San Balandrán’ por la izquierda.

Por lo demás hay un San Balandrán, santo aragonés –de Basbastro, capital del vino somontano y cuna del fundador del Opus Dei– que no parece tener más fundamento que la leyenda o la tradición oral. También tenemos ‘La isla de San Balandrán’, una zarzuela citada por Palacio Valdés y ‘Clarín’ en alguna de sus obras.

Pero conviene dejar sentado que la isla avilesina lo fue a tiempo parcial, ya que un delgado istmo la unía a tierra firma. Únicamente en pleamares vivas (contados días al año) era una isla como Dios manda.

Playa de San Balandrán, hacia 1960. Foto José Ramón Álvarez

Desapareció entre 1941 y 1943, al comérsela la draga para ensanchar el canal de navegación de la Ría. Pero hoy sabemos, gracias a los cálculos y dibujo, del antes citado marino avilesino, Ricardo García Iglesias (hijo de Ricardo García Fernández ‘Rico’ extraordinario personaje del Avilés marinero) que la isla medía 130×56 m, con escasa vegetación: eucaliptos, tamarises, juncos, y un pequeño huerto de patatas. Y también hierba, porque las vacas pastaban en la isla, entrando y saliendo a diario.

O sea: una isla de andar por casa.

Lo que es imborrable, para generaciones de avilesinos, es la pequeña playa de San Balandrán, con su bosque, Club de Mar, aguas tranquilas y la aventura del transporte en barca motora, que zarpaba de la rampa del muelle local, frente a la casa Larrañaga, cruzando la Ría hasta los arenales.

A la playa la mató la contaminación de la difunta ENSIDESA. Y luego, mientras isla y lugar esperaban, en el limbo de los justos, que alguien documentase científicamente su nombre, vienen –quien quiera que sea– del Principado y derivan el topónimo a ‘Samalandrán’. Grotesca denominación que hoy ‘luce’ en las señalizaciones de tráfico.

Éramos pocos y parió el Principado, borrando de la historia avilesina, asturiana, española y europea a San Balandrán. No se como, pero habría que decirles que no pasarán.

Un respeto. Que tampoco es que esto sea Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Pero casi.

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Los Franciscanos abandonan Avilés, a donde habían llegado en el siglo XIII
Alberto del Río Legazpi 22-09-2013 | 11:11 | 0

Explicar la historia de la villa de Avilés, sin que en ella no aparezcan los Franciscanos, es como pedirle cerezas a un magnolio.

Porque la famosa orden religiosa –fundada en Italia por Francisco de Asís– llegó a esta villa, entonces defendida por una muralla, en el siglo XIII. Los franciscanos solamente se instalaban en poblaciones muy destacadas (antes lo hicieron en Oviedo) y Avilés lo era, estaba protegida por un Fuero real y su puerto marítimo destacaba entre los del norte peninsular por su comercio con Francia e Inglaterra.

Se ubicaron, según su costumbre, en las afueras de la ciudad. En una colina boscosa muy próxima a la muralla, casi frente a una de sus puertas, la conocida como ‘La del Reloj’ (actual inicio de la calle deLa Fruta). De ahí, de construir en el pequeño alto, le viene lo de convento de San Francisco del Monte, actualmente iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

Convento San Francisco del Monte (S XIII) actual iglesia de San Nicolás de Bari

Desde allí, el convento y sus franciscanos –consta que en 1753, por ejemplo, tenía 46 frailes– fueron, cuando no protagonistas, testigos del transcurso histórico avilesino a lo largo de los siglos.

Yo lo veo, a éste edificio religioso, como un poderoso imán en torno al cual brotaron toda clase de milagros urbanos. Pongamos que hablo del siglo XVII.

Fue por entonces, cuando entre al convento y la muralla, nació una nueva plaza (el actual ‘Parche’ o plaza de España) y en ella tres palacios y dos calles soportaladas.

Y a los pies del monasterio rompió aguas una fuente de seis caños, un prodigio de simetría arquitectónica y de vitalidad urbana.

Por las mismas también comenzó a crecer, prácticamente delante de las narices del convento, un maravilloso estuche formado por arcos de piedra que contenían la calle conocida como Galiana, que llegaba hasta la zona alta de Avilés, en el bosque del Carbayedo, arrabal donde estaba la ermita de San Roque y hoy está plantado ‘Jesusín’ de Galiana.

Los franciscanos han estado alrededor de ochocientos años en Avilés, excepto un paréntesis de ochenta y cuatro, ya que en 1835 tuvieron que marcharse, a raíz del decre­to de exclaustración de todas las órdenes religiosas (suceso conocido como ‘Desamortización de Mendizábal’)  volviendo en 1920, pero a la iglesia de la calle La Ferrería.

A este, su nuevo destino, el edificio más antiguo de Avilés, se le conoce desde entonces, sencillamente, como la iglesia de ‘Los Padres’. Unos clásicos en la historia local, los franciscanos.

En aquel lapso de tiempo, con los frailes exclaustrados, las autoridades habían ordenado (en 1849) permutar el convento franciscano –que quedó convertido en sede parroquial de San Nicolás de Bari– por la iglesia tradicional que había venido ejerciendo esa función desde el siglo XII y que se había quedado pequeña para los muchos fieles que había en el siglo XIX. Hoy, en el XXI, se queda pequeña de fieles. Y también de frailes.

Su sello también queda en el portentoso lugar (por sus importantes descubrimientos arqueológicos) de Raíces, en Castrillón, donde un restaurado eremitorio medieval da fe.

Antigua iglesia de San Nicolás de Bari (S XII), actualmente conocida como 'La de los Padres Franciscanos'.

Otro ejemplo de huella inagotable: Una de las calles más espectaculares de Avilés está rotulada como San Francisco. Es monumental por sus columnas y edificios, y la única que mantiene –en el casco histórico– soportales continuados en toda su extensión, en la acera de la derecha.

En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio de dos escudos, hoy con cinco estrellas. Luego una fuente increíble, bautizada como la de Los Caños de San Francisco, uno de los iconos de la ciudad. Y finalmente, una vieja iglesia, fundada como convento franciscano en el siglo XIII, y hoy reconvertida en parroquia. Una calle de cine, ésta de San Francisco (referencias: Woody Allen o José Luis Garci, por ejemplo).

Hablando de calles avilesinas, dice la conocida copla: «Calle la del Rivero / calle del Cristo/ la pasean los frailes/ de San Francis­co».

Pues a ver como arreglamos la canción. Porque ahora, los frailes de San Francisco ya no pasearan más, ni por la calle de Rivero, ni por la ribera de la Ría. Que los mandan a paseo. A Galicia, nada menos.

Llegaron hace unos ocho siglos y eran los únicos franciscanos que quedaban en Asturias. Por eso y aunque tenga un sentido lógico su marcha –tal y como van de despeñadas las ideologías– no deja de ser, históricamente al menos, una marcha muy sentida.

Digo.

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Un palacio de novela, donde se proyectaron miles de películas
Alberto del Río Legazpi 15-09-2013 | 11:03 | 2

Avilés no es que ‘sea solo un pueblo de indianos’ como afirma –con tintes despectivos– Luis Morote (1862-1913) en su publicación ‘Una mina bajo el mar’. Lo que si es cierto es que Avilés es villa con tradición indiana.

Hubo un tiempo, entre siglos XIX y XX, en que la sangría de la emigración (miles y miles de jóvenes huyendo hacía el Nuevo Mundo, que era América) producto de la pobreza que había en Asturias, trajo más tarde el regreso de indianos (alguno de aquellos emigrantes que hicieron fortuna) que se implicaron en la reforma urbana de Avilés y en su industrialización.

El indiano cuando regresaba se hacía construir una gran y ostentosa casa, símbolo público de su triunfo, plantando una palmera en sus aledaños, todo un símbolo vegetal que indicaba donde se había trabajado ese triunfo.

Uno de los primeros –y ya hay que retroceder al siglo XVII– indianos que tuvo Avilés, y Asturias, fue Rodrigo García Pumarino (Pumariño, escriben otros).

Rodrigo nació en el año 1643 casi ‘a la vera del Cabu Peñes, xunto la mar’ como canta la habanera, en el lugar conocido como Pumarín, entre los pueblos gozoniegos de Vioño y Manzaneda. Puede que Rodrigo García fuese pumarino, porque antes los apellidos eran cosa del capricho, la veneración o una indicación geográfica de nacimiento.

Aunque de familia campesina con posibles, Rodrigo se marcho de muy joven, con su hermano mayor Fernando al Perú, nada menos. Y en Lima vivió treinta años. Regresó a Asturias, en 1688, junto con dos hijos de su fallecido hermano. Y con doblones, con muchos doblones.

Al principio se estableció en su Pumarín natal, reparando y ampliando la casa solariega, pero las malas relaciones con otra familia pudiente de la zona (los Valdés-Coalla) lo decidió a establecerse en Avilés, donde construyó, en 1700, un palacio próximo –nada menos– al del marqués de Ferrera y al municipal, los dos poderes reales del Avilés de aquel momento.

Lo diseñaron los mejores arquitectos asturianos de la época, los avilesinos Menéndez Camina, autores de relevantes obras arquitectónicas, por ejemplo en Avilés: la fachada sur de palacio Camposagrado; y en Asturias la capilla de Santa Eulalia, en la catedral de Oviedo.

El palacio, levantado en una finca que llegaba hasta la actual calle de Llano-Ponte, tenía un patio interior rodeado por estancias de dos pisos. Otra singularidad es que tenía capilla abierta al público. Poco disfrutó de todo esto el indiano, que falleció en 1706.

Sus herederos permutaron la mansión, recién construida, con una casa que la familia Llano-Ponte tenía en Sabugo y que todavía se puede ver: es la número 20 de la actual calle de La Estación. A esta familia perteneció el obispo avilesino Juan Llano Ponte quien, en 1795, costeó el alcantarillado de ese tramo de Rivero, suprimiendo de paso algunos soportales que estrechaban en exceso la calle impidiendo el tránsito de su carroza.

Con los años el palacio fue decayendo como vivienda y cumplió otros cometidos: primero como colegio (‘El Liceo Avilesino’), luego convento (de monjas carmelitas) y finalmente sala cinematográfica, en 1949, que funcionó hasta principios de septiembre de 2013.

Este palacio es el colmo de la inspiración encadenada, pues sus arquitectos se inspiraron en el Ayuntamiento para construirlo; más tarde al escritor Armando Palacio Valdés (Laviana, 1853 – Madrid, 1938) el edificio inspirole para escribir su novela ‘Marta y María’ y finalmente a la propiedad de la mansión la influyó esta novela hasta el punto de bautizar con su título la sala del negocio cinematográfico.

Quien le iba a decir a Rodrigo que su palacio terminaría siendo el último cine público urbano que quedaba en Avilés. Visionar algunas películas allí era la pera, por ejemplo yo vi ‘Il Gattopardo’ de Visconti. Aquello fue un sándwich de imaginaciones tremendo: El barroco cinematográfico italiano, basado en novela de Lampedusa,  proyectado en un palacio barroco de Avilés.

Pero del palacio solo dejaron la fachada, interiormente lo vaciaron totalmente para instalar una gran sala con butacas, mira tu. Aquello fue una barbaridad ética y estética y si no vean la foto que acompaña este escrito, para hacerse una idea de la calidad del interior. Lo poco que se salvó fue el retablo de la capilla, que se encuentra en la casa-palacio de Manzaneda, según tiene escrito Enrique Tessier.

Y así son algunas cosas, oiga, y lo demás son películas. Fueron, mejor dicho, películas que amueblaron sueños. Y los sueños, películas son.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta