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Fecha: octubre, 2013
Bances Candamo, el más grande escritor de la historia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 27-10-2013 | 11:11 | 5

Misterio, secreto, sigilo, enigma, incógnita, ocultación. Son términos que ayudan a explicar las sombras que siguen rodeando la vida de este caballero avilesino. Su obra literaria está bastante más clara.

Es Bances Candamo, autor teatral, con especial dedicación a la dramaturgia. Le avalan veintitantos dramas –destacando ‘El esclavo en grillos de oro’– sin que ello le impidiese dedicarse, con reconocido éxito, al género lírico. Y un excelente poeta –en su tiempo el teatro se hacía, mayormente, en verso– que tenía una habilidad especial para la ironía rimada. Pero el estudio, detallado, de su obra será otro episodio aparte.

Francisco Bances Candamo (1662-1704)

Fue escritor de éxito, en Madrid. Sus obras, muy celebradas, lo llevaron a ser nombrado ‘Dramaturgo de Cámara del Rey’. Y tan apreciado que, se cuenta, que delante de su casa (en la calle de Alcalá de florista viene y va), altas instancias oficiales, ordenaron que se extendiera paja por el pavimento, al objeto de que el ruido de los carruajes, no distrajera la inspiración del autor en su creación literaria. Mola ¿eh?

Que tiempos aquellos. En el que un rey español (Carlos II) se rodeaba de intelectuales avilesinos: uno, Francisco Bances Candamo y otro, Juan Carreño Miranda, como su Pintor de Cámara. Un lobby avilesino, con tintes de Sabugo, donde ambos tienen calles, dedicadas, que se cruzan. Mira tú que curiosidad.

Pero cuando Bances estaba en la cumbre literaria oficial, de repente le vino el cataplum, y dio con él en funcionario de tesorería y administración, con destinos ambulantes por villas y villorrios del sur de España.

Con Bances, las incógnitas ya comienzan con su año de nacimiento, porque han desaparecido las páginas correspondientes en el archivo eclesiástico. Aunque se cree como más probable que fue 1662, el año en que Francisco Antonio de Bances y López-Candamo vino al mundo en el pueblo de Sabugo, muy cercano a la histórica y amurallada villa de Avilés.

Hijo de humilde sastre, fallecido joven, y tan menesteroso que fue ‘enterrado de limosna’. El óbito del alfayate trajo consigo la emigración forzosa de nuestro personaje, todavía un niño, a casa de parientes sevillanos. Y fue allí, en la tierra de María Santísima, cuando con el tiempo vería la luz su genio para el ingenioso arte del teatro versificado, que entonces -siglo XVII- ya estaba en crisis. Adviertan ustedes que no es un invento actual lo del aprieto teatral.

Calle Bances Candamo. Avilés

Gerardo Diego en su ‘Antología poética en honor de Góngora’ dice que: ‘Si queremos encon­trar un verdadero poeta en la época del último Austria (Car­los II), hemos de trabar conoci­miento con Bances Candamo. De los autores de teatro ‘postcaldero­nianos, es el más fino’.

El escritor avilesino Constantino Suárez ‘Españolito’, para quien Bances es una de las más altas y legítimas glorias puramente literarias de Asturias, escribe, sin citarlos –porque siguen en zona de sombra– acerca de ‘los puntos oscu­ros de su vida calamitosa y amar­ga’ y se refiere a la caída en desgracia, del sabuguero en la Corte madrileña como ‘el accidente’, que ‘Españolito’ achaca a rivalidades amorosas o peligrosas sátiras contenidas en los versos del poeta.

Se dice que cuando murió el rey de España, el comediógrafo quedó a merced de sus enemigos, que lo persiguieron hasta la muerte porque no le perdo­naron las burlas que –tanto en poemas como en comedias satíricas– les fue asestando en vida. Quizá un ripio lo llevó a RIP.

Avilés le tiene dedicada la calle donde nació, en el barrio de Sabugo, y la biblioteca municipal lleva su nombre. También una comedía de Bances Candamo, «El imposible mayor, en amor le vence amor», con música de Sebastián Durón, fue rescatada del olvido y escogida para la reinauguración del teatro Palacio Valdés, el 14 de noviembre de 1992.

Santiago García-Castañón

El escritor avilesino –enseñante en los Estados Unidos– Santiago García- Castañón, es un especialista en la obra de su paisano. El RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) sacó a la luz dos comedias de Bances en ediciones de Santiago García-Castañón: ‘Sangre, valor y fortuna’ (1990) y ‘Por su rey y por su dama’ (1997). Y también, con motivo del tercer centenario de la muerte del dramaturgo y poeta, García-Castañón editó su ‘Poesía selecta’ (2004).

Bances Candamo es, por supuesto, personaje recomendable como autor literario. Pero para jóvenes licenciados en busca de una tesis doctoral de impacto, aquí tienen la ocasión de su vida, investigando la vida tan mal parada del literato asturiano del Siglo de Oro, degradado como personaje del mundo teatral español, reconvertido en funcionario del tres al cuatro y muerto, misteriosamente, en el pueblo albaceteño de Lezuza, a los 42 años de edad. Y no por navaja, herramienta tan típica de aquella hermosa tierra, parece ser que por veneno.

Así acabó la azarosa vida de un escritor de la Corte que compuso afilados versos de este corte:

‘Mi consuelo es que de mí

no ha de sacarme mi suerte;

el rey puede hacer hidalgos,

pero Candamos no puede.’

Ya ven que, aun siendo más reconocido como dramaturgo que como poeta, Bances Candamo hacía gala de un hábil manejo del bisturí satírico.

Nació pobre y murió igual.

Su existencia fue todo un entresijo teatral con mezclas imposibles tales como literatura y burocracia, chocolate y ajo, aceite y agua. Esta mezclas quiméricas señalan las dos épocas, tan distintas, en su vida. Vida que terminó, para su desgracia, en burocracia y ajo y agua.

La realidad, una vez más, superando a la ficción. Y, en este caso, con demasiada aflicción.

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“El Llagarón”, aquella famosa taberna que quedó varada en el tiempo
Alberto del Río Legazpi 20-10-2013 | 11:11 | 5

Establecimientos titulados como Llagarón hay bastantes, incluso fuera de Asturias, pero como el de Avilés seguro que ninguno.

Al igual que ‘La Perla’ fue el chigre (allí frente al teatro ‘Campoamor’) más original de la capital del Paraíso Natural, ‘El Llagarón’ de Avilés, lo fue en taberna. Mal que les pese a las del Cimadevilla gijonés.

En el corazón del casco histórico avilesino, al lado de la iglesia medieval ‘De los Padres’, centro de gravedad histórico avilesino, estaba ‘El Llagarón’ uno de los más singulares recursos turísticos hosteleros de Avilés y últimamente –hasta su cierre en junio de 2007– de Asturias.

Había vinos con etiquetas de ‘puturrú de fuá’, inmaculadamente cubiertas algunas por telarañas, pero la clientela habitual –o los que habían sido iniciados– sabían que pedir un vino allí, era beber un rioja ‘Quinto año Berberana’, acompañado de cecina o de un, condenadamente sabroso, queso curado, de nueve meses y un día.

Desde que abrió –y lo estuvo durante 75 años– sus dueños fueron (padre e hijo) José Ramón Ovies Álvarez. Para la clientela: Ramón, a secas.

Ramón Ovies, último propietario de 'El Llagarón'

La historia comenzó cuando el padre, que había emigrado a Cuba –sabido es que los de Avilés no iban a America, marcando diferencias se decía que iban a La Habana– regresó con ‘los cuartos’ suficientes para montar un negocio en la Villa, donde se casó –con Purificación Álvarez– y puso en marcha, en 1932, ‘El Llagarón’.

Ramón, tenía la intención de montar una taberna, pero se lo impidieron las ordenanzas municipales que fijaban el número de locales de este tipo en relación con el número de habitantes (16.000 por entonces). Así que tuvo que ponerse a la cola, negociando entre tanto con comestibles y suministros de víveres y pertrechos para pesqueros vascos o gallegos, que descargaban en la rula local, entonces a un palmo de distancia de su tienda.

Fue en 1944 cuando consiguió una licencia de taberna mixta (tienda y despacho y consumición de licores), al tiempo que su hijo, Ramón, se incorporaba al negocio.

Y así entre unas cosas y otras, que hay que ver como pasa el tiempo, oye, nos plantamos en 1950, que fue cuando nos cayó ENSIDESA encima. Gran golpe del que, algunos creen, Avilés no se ha recuperado, todavía.

De repente todo cambió en la Villa, en todos los aspectos y a velocidades vertiginosas. Pero siempre hay excepciones a la regla, y ‘El Llagarón’ fue una de ellas. Y se quedó como estaba.

A partir de entonces, para la taberna, el tiempo lo fueron midiendo las telas de araña, una de las  señales de identidad de este local, cruce de chigre, llagar y bodega, que se quedó viejísimo de repente. Lo que lo hizo, automáticamente, famoso como testigo de una oferta hostelera y de sociabilidad, que ya no es de este tiempo, por no decir de este mundo.

Por no cambiar, ni los aseos lo hicieron, taza turca y papel de periódico, en vez de higiénico, sujeto por una punta clavada en la pared (‘la puga’), refrescado todo con olor a ‘zotal’.

Foto del 30 de junio de 2007, día del cierre. De izda. a dcha: J.M. Garcia 'Roxin', Vicente Gómez 'Tente', Benjamín Quirós, Alberto del Río, Armando Arias y J.L. Ibañez.

No era lugar de medias tintas, no. Tampoco es que generase amor u odio, pero si te gustaba, lo era a tope y si te disgustaba no volvías a entrar.

Para sus muchos tertulianos, era un sitio entrañable. Un eslabón perdido con multitud de cosas intactas: licores añejos, carteles de todo tipo, incluidos taurinos o del Real Madrid. También un sitio acogedor para quienes querían saber algo de como era un Avilés distinto al actual. Incluso llegó a tener su propio medio de comunicación: ‘Ecos del Llagarón’. Y premios con su nombre.

Lugar caliente de cotilleo. En algunos ambientes avilesinos se decía: «Si quieres información corta el pelo en El Gorrión, come en La Eritaña o toma un vino en El Llagarón»

‘La Perla’ aquel chigre de Oviedo igualmente desaparecido, y  esta taberna de Avilés, tenían una sola característica en común, aparte de su popularidad: no estaban a ras de suelo, o sea que no estaban al nivel, dicho sea en todos los sentidos. Porque por lo demás, a ‘La Perla’ para entrar, había que hacerlo descendiendo unos escalones. Al ‘Llagaron’ se subía, se ascendía.

Siempre hubo clases.

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Llano Ponte, o la pequeña historia de la calle más trajinada de Avilés
Alberto del Río Legazpi 13-10-2013 | 11:11 | 7

Llano Ponte es calle que se inicia y termina en dos de los lugares más conocidos de Avilés: la ‘plaza del Pescado’ (o de la ‘Pescadería’) y ‘El Arbolón’, que así denomina el personal, respectivamente, a la plaza de Santiago López y a la zona donde se cruzan las calle de Llano Ponte y Gutiérrez Herrero. Aunque también es verdad que en la plaza, hoy ya no hay pescado, sino peaje gratuito al Centro Niemeyer; y que el Arbolón –un olmo negrillo de considerable envergadura– ya viejo y carcomido, lo remató un rayo, en 1974, y hoy da nombre a la zona donde estuvo plantado.

En 1852 ya se habían establecido, entre la calle Rivero y la ría avilesina, algunas fundiciones, por eso bautizaron la calle, en primera instancia, como ‘De la Industria’. Gran parte de los terrenos (la llamada ‘Huerta de los Ponte’) habían sido cedidos por la familia Llano Ponte, propietarios del palacio de ese nombre (también conocido como de García Pumarino), pero identificado popularmente –y lo que te rondaré morena– como ‘cine Marta y María’, aunque ya tampoco sea cine.

Edificio del antiguo cuartel de la Guardia Civil. También fue sede provisional de los servicios de Medio Ambiente municipales. En ese solar se levanta, hoy, un Centro de Salud, con aspecto de fortín.

El Ayuntamiento rectificó, agradecido por la cesión, y renombró en 1892, la calle como ‘Llano Ponte’. Posteriormente, con los años, se formarían la calle Palacio Valdés y las tres travesías (hoy calles de Pablo Iglesias, Libertad y Las Artes) que unen Llano Ponte con Rivero.

También fue lugar de mercados como ‘el de los gochos’ (aunque Palacio Valdés escribiese, con retranca, ‘que nunca vio, en su vida, un gocho en Avilés’). Y en 1921, cuando comenzó a funcionar, el tranvía eléctrico, que convirtió un solar de la calle en su central operativa.

Llano Ponte, que nació con la primera modernidad industrial de Avilés –la de mediados el siglo XIX– fue capital en la segunda, aquella del ‘boom ENSIDESA’. Por la calle circularon cientos de miles de camiones, que entraban y salían del puente de San Sebastián, con material para la construcción de la siderúrgica.

A partir de entonces, su función de circunvalación se vio ampliada, convirtiéndose el tráfico, endemoniado, en su mayor cruz. Su cara, fue ser protagonista del Seguro y la seguridad.

Porque aquí estaba el Ambulatorio, el primer gran centro local de la Seguridad Social, que atendía a miles de personas. Anteriormente, en los años 40, se había construido un edificio para cuartel de la Guardia Civil.

Derribo del ambulatorio de la Seguridad Social, un original edificio muy familiar para generaciones de avilesinos. A día de hoy, el solar que ocupaba sigue vacío.

Luego, un día, el cuartel fue derribado, por viejo, y allí quedó el solar asolado. Otro día, de diciembre de 2004, demolieron el ambulatorio central (más conocido como ‘el Seguro’) de Avilés y cuyo agujero, hoy, sigue allí cantando que se mata. Pero, la cosa sanitaria se ve que estaba latente, porque en aquel solar militar levantaron un centro de salud, eso sí con filosofía arquitectónica de fortín o bunker. Que cosa.

Llano Ponte tuvo tres locales clásicos hosteleros (la sidrería ‘Medero’, el bar ‘La Estaca’ y ‘Casa Cabrera’ y su recordado, por celebrado, ‘pixín alangostado’)

Hoy, la calle se inicia dejando a la izquierda la pasarela principal peatonal al Centro Niemeyer y a la derecha sigue luciendo un sensacional grupo de edificios de principios del siglo XX. Al avanzar cuenta con la bendición de una zona ajardinada antes de entrar en la zona más reciente, más angosta y más poblada.

No es calle del casco histórico –que en Avilés son, casi todas ellas, tan antiguas como el toser– pero si es la primera calle industrial de la historia local. Y hoy puede presumir de ir de vanguardia a vanguardia. Porque comienza en el acceso principal al Centro Internacional Oscar Niemeyer y termina en el Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE).

Arte de cabo a rabo ¿No?

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La plaza de La Merced, milagroso jardín cinematográfico
Alberto del Río Legazpi 06-10-2013 | 11:11 | 3

Puede parecer cosa bíblica, pero no lo es. Me refiero a que la actual plaza de La Merced fue desde los tiempos de Maricastaña, el ‘Campo de Caín’.

Hasta que, allí, se construyó (siglo XVII) un convento llamado de La Merced, que tanto llamó la atención, por su tamaño, del ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos. Y lo raro es que, siendo así, no le hubiese quedado ‘el conventón’. Pero bueno, oye… el caso es que en 1876 deja de ser edificio religioso y, a finales de siglo, derribado para alzar la nueva iglesia de Sabugo: Santo Tomás de Canterbury (o Cantorbery), consagrada en 1903.

Y luego entra el cine, invento que había llegado a la Villa en 1886, pero fue en 1905, cuando comenzó a proyectarse de forma más o menos regular, a dos pasos de la plaza de La Merced (calle Cuba) en el ‘Teatro-Circo Somines’ (1877-1937).

En 1909, con una de sus fachadas a la plaza de La Merced, abre sus puertas el pabellón ‘Iris’ que, aparte de varietés, ofrecerá cine hasta 1959.

Plaza de La Merced. Los números corresponden a la ubicación, en la plaza y aledaños, de los siguientes locales cinematográficos: 1) ‘Somines’ (a dos pasos de la plaza, en la calle Cuba). 2) ‘Iris’. 3) ‘Florida’. 4) ‘Clarín’. 5)’Almirante’ (a unos metros de la plaza, en calle Marcos del Torniello)

Observen la histórica aproximación –o cerco, según se mire o quien lo mire– de las grandes salas cinematográficas a la iglesia de la plaza. Porque este lugar, y proximidades, fue un jardín sembrado de creencias espirituales e ilusiones materiales. A mitad de siglo XX, existía en La Merced, la mayor concentración de cines, por metro cuadrado, conocida, incluido probablemente el dichoso Broadway de Nueva York.

Porque después del ‘Iris’ brotó, a un costado de la iglesia, el cine ‘Florida’ (1941-1983). Local, que a su cierre se dedicó a otros usos como discoteca, café e, incluso lugar de ‘alterne’, con señoritas de honra distraída. Fue demolido en 2006.

Dos pasos más atrás y en la esquina de las calles La Cámara y José Cueto, se situó el ‘Clarín’ (1949-1974), cine de sonados estrenos, de mucho postín con porteros de abrigo, charreteras y gorra de plato.

Finalmente surgió el ‘Almirante’ (1973-2002), a unos metros de la plaza de La Merced, en la calle de Marcos del Torniello, uno de los mayores salones de cine de Asturias, aunque con el tiempo fue reformado y redistribuido su espacio en cuatro minisalas.

El 'Iris', con la iglesia nueva de Sabugo al fondo.

Con el ‘Almirante’ parecía que había naufragado la cosa cinematográfica en La Merced, pero nanay. Porque, en la plaza, nacieron dos comercios con reminiscencias fílmicas: el Iris (joyería) y ‘Desayuno con Diamantes’ (cerró en 2011) negocio –titulado como la famosa película, interpretada por la británica Audrey Hepburn– dedicado a complementos glamurosos.

En fin, que los cines de la plaza de La Merced habrán deducido, allá en la gloria, que con la iglesia (Nueva de Sabugo) se toparon. Y que lo suyo no fue nada, si se compara con lo del cine ‘Canciller’, en Versalles (Avilés), que cerró en 1986, y en un pispás, el local se convirtió (en todos los sentidos) en parroquia del barrio.

Y esto son realidades históricas. Nada de películas ni cuentos chinos.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta