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Fecha: noviembre, 2013
Avilés en América: Menéndez del norte y Menéndez del sur
Alberto del Río Legazpi 24-11-2013 | 11:11 | 7

El estado norteamericano de Florida lleva todo el año conmemorando el 500º aniversario de la llegada de los europeos a sus costas, comandados por el español Juan Ponce de León, un vallisoletano de Santervás de Campos, que bautizó a la ‘nueva tierra’ como La Florida, por haber llegado a ella el Domingo de Resurrección, día de la Pascua Florida.

La conmemoración giró alrededor de la exposición ‘Imaginando La Florida’, comisariada por el historiador e hispanista, estadounidense, Michael J. Francis. Un enamorado de Avilés, por cierto.

Estatua de Pedro Menéndez de Avilés, delante del ayuntamiento de St.Augustine.USA. (Foto: Nardo Villaboy)

Aquello de Ponce de León, en 1513,  (que también buscaba por aquellas tierras la ‘fuente de la eterna juventud’ y no la encontró, vaya por Dios) fue histórico, pero no quedaron vestigios palpables hasta que, años más tarde, un Adelantado (título concedido a una persona a quien el rey de España confiaba el mando de una expedición marítima, concediéndole de antemano el gobierno de las tierras que descubriese o conquistase) y que hacía ya el número cinco, de los enviados por España a Florida, logró en 1565, fundar y asentar poblado. El hombre se llamaba Pedro Menéndez de Avilés y a la población la bautizó como San Agustín de la Florida (porque se fundó el 28 de agosto, día en que el santoral católico lo conmemora) y es, hoy, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América. Tela.

Tan famosa es la cosa, de Pedro, que a la ciudad Avilés se la conoce como la Villa del Adelantado.

De Avilés, también partió, en 1860, para hacer la carrera de Indias, otro chaval de 14 años (Pedro se había echado a la mar con 13) llamado José María Menéndez Menéndez, nacido en el histórico barrio avilesino de Miranda. Su familia pagó 45 duros (un pastón para la época) por su viaje –que duró 45 días– a Cuba, en el velero ‘Francisca’.

Trabajó en La Habana, Buenos Aires y en 1875 se fue a La Patagonia. Un lugar entre los Andes y la Tierra del Fuego, donde zumba un silencio, frío y yermo. Y donde con los años, fundó un imperio: ganado lanar por millones, financiero, armador de cincuenta buques mercantes…

Antiguo puerto de Avilés, de donde partieron, en siglos diferentes, Pedro y José, ambos apellidados Menéndez (Dibujo de Cástor))

Lanzó al progreso a Punta Arenas, ‘la ciudad más austral del mundo’ (según las empresas turísticas), donde vivía, en la ribera del estrecho de Magallanes, una vía marítima capotada desde que, en 1914, se inauguró el canal de Panamá.

Tanta influencia llegó a tener, José Menéndez, que actuó de mediador entre los presidentes de Chile y Argentina, que se llevaban a matar, como suelen. No extrañe que se le conozca como ‘Rey de la Patagonia’ porque lo hace hasta el diccionario Espasa, que ya tiene tela. Aunque haya un quijotesco ciudadano francés, al que algunos adjudican este título. Un episodio aparte.

José Menéndez, honrado con honores por el rey Alfonso XIII, nunca se olvidó de Avilés, que visitaba con frecuencia y donaba dinero destinado, principalmente, a la enseñanza pública.

Gómez de la Serna lo calificó de «indiano victorioso». Pérez de Ayala exclama:’ ¡Qué gran modelo para una novela de Balzac!’. El historiador Mateo Martinic, afirma que ‘la proyección de la obra, del avilesino, tuvo carácter continental’.

A lo mejor el historiador chileno ilumina al Ayuntamiento de Avilés para que tienda lazos con el de Punta Arenas, por compartir un personaje como José Menéndez. Tal y como lo tiene establecido, a propósito de Pedro Menéndez, con San Agustín de La Florida. Aunque en este caso la iniciativa, fue de los americanos que en 1924 se plantaron en Avilés por conocer la Villa de ‘su’ Adelantado.

Dos estatuas hay en América, que tienen que ver con los Menéndez. Una dedicada a Pedro (regalo de Avilés) delante del ayuntamiento de San Agustín. Y otra, monumental, en Puerto Arenas, que José financió a la memoria del gran navegante Magallanes.

Dos Menéndez, avilesinos universales en América, tan aplaudidos como discutidos, generadores de encendidas polémicas que serán episodio aparte.

El mar separa tanto como une. Temporales incluidos.

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Jovellanos, calle que une el Casco Histórico con la modernidad del Niemeyer
Alberto del Río Legazpi 17-11-2013 | 11:11 | 4

Para una ciudad tan antigua, como Avilés, la calle de Jovellanos nació el otro día, como el que dice. La cosa ocurrió en 1932 al unir la de La Ferrería con Ruiz Gómez. Se la bautizó como Gumersindo Azcárate, intelectual republicano de prestigio.

Así que ya se pueden imaginar que terminada la guerra civil la calle fue renombrada como Ruiz de Alda, pionero aeronáutico y co-fundador de Falange Española. Fue el 18 de julio, pero de 1979, con la llegada del primer ayuntamiento democrático, presidida por el socialista Manuel Ponga, cuando la calle fue rebautizada con el nombre del histórico intelectual asturiano.

La calle Jovellanos, vista desde una ventana del gótico placio de Valdecarzana (siglo XIV). Al fondo la pasarela del Niemeyer.

La calle Jovellanos es tan corta en espacio como larga en la categoría social de los edificios que en ella se ubican.

Fue naciendo por partes. Primero se derribaron las casas bajas anexas a la actual oficina de Turismo y así unir Ruiz Gómez con la de calle Los Alas. En 1934 se inauguró el edificio (dos plantas) que albergó la Biblioteca Popular Circulante con un importante fondo de libros –dirigida magistralmente por el poeta Luis Menéndez ‘Lumen’– y que fue la primera que permitió el préstamo a domicilio. Un enorme avance cultural.

En 1960 el edificio ganó dos alturas, para instalar en él la Casa Municipal de Cultura que, integró a la Biblioteca, entonces rebautizada como ‘Bances Candamo’. Los dos nuevos pisos fueron destinados a salas de exposiciones, conferencias y proyecciones cinematográficas. Desde aquí se desarrolló una frenética labor de difusión cultural, que con el apoyo de José Martínez, concejal de Cultura, llevó a cabo un equipo de técnicos especializados en diferentes áreas (José María ‘Chema’ Martínez, Alberto del Río, Antonio Ripoll y Ramón Rodríguez). Eso ocurrió en las décadas de los años 70 y 80 y es un episodio aparte.

La calle también acogió, junto con La Ferrería, al nuevo edificio de Correos y, en 1962, se inauguró el hospital de la Cruz Roja que complementaba el único existente, entonces, el Hospital de Caridad.

En la calle Jovellanas está insertada la plaza José Martí, que luce murales de Ramón Rodríguez. A la izda. 'Pasionarias' (2002) y la dcha. el gigantesco 'Cubaviles' (2007)

Jovellanos es calle de muchos posibles. A principios del siglo actual, tuvo sitio para acoger una nueva plaza (dedicada al poeta cubano José Martí) y que acotada por dos medianeras con dos grandes murales de Ramón Rodríguez (‘Pasionarias’ y ‘Cubavilés’) y la trasera de un edificio de 1845 (antigua cárcel y hoy Oficina de Turismo), constituye una especie de islote caribeño, en la recta calle de Jovellanos que enlaza, peatonalmente –incluida pasarela final ‘de la Pescadería’– la arquitectura gótica y románica de la medieval calle de La Ferrería con la vanguardista del conjunto del brasileño Oscar Niemeyer.

Avilés es tierra de riqueza pero hay que saber buscarla. Porque «la tierra no produce, para los ignorantes, sino malezas y abrojos», escribió el ilustre ilustrado, Gaspar Melchor de Jovellanos.

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Los teatros de Avilés
Alberto del Río Legazpi 10-11-2013 | 11:11 | 6

Por favor, apague el móvil. Porque es necesario concentrarse y saber que, aparte de musical, Avilés tiene fama de teatrero, de lo que da fe la cantidad de locales -públicos o privados- que ha dedicado a las artes escénicas, así como el detalle de ser la cuna de un clásico del teatro español, del Siglo de Oro : Francisco Bances Candamo.

Históricamente, aparte de cómicos de la legua y titiriteros, nos quedan retazos dispersos de espectáculos teatrales, por aquí y por allá.

Por ejemplo, que en el claustro del convento de San Francisco hubo representaciones teatrales aisladas, desde tiempos muy antiguos. Que en 1658 existió en Avilés una compañía de comediantes. Y en 1707, a una compañía leonesa que propuso dar funciones teatrales, se le contestó que aquí solo se le ofrecía «carruaje y patio».

Fue en 1733, cuando el Ayuntamiento, empezó a subvencionar representaciones dramáticas a ‘empresarios ingeniosos’ (sic).

La primera sede teatral estable estuvo en el solar, hoy ocupado por el edificio número 8, de la calle de La Cámara. Era un antiguo centro escolar, que había quedado vacío al trasladarse –enseñantes y enseñados– al convento de La Merced, en Sabugo. Así quedó, en La Cámara instalado, hacia 1840, el llamado ‘Teatro de Avilés’. El primero y además municipal.

Lo que de él sabemos, nos llega por acuerdos públicos, adoptados para su acondicionamiento y seguridad. Por ejemplo el aforo: 60 butacas, 6 palcos y 100 entradas de general. Un ‘gallinero’ como Dios manda.

Armando Palacio Valdés, comienza su novela ‘El cuarto poder’ tal que: «En Sarrió [así ficcionaba el escritor a Avilés], villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus pacíficos e industriosos moradores. Estaba construido, como casi todos, en forma de herradura. Constaba de dos pisos, a más del bajo…».

Las representaciones eran variopintas. Aunque, se sabe, que una compañía de aficionados avilesinos proporcionaba, esporádicamente, re­presentaciones teatrales. Pero el edificio era una ruina y el Ayuntamiento determinó su cierre en 1876. Año en el que nació enfrente, en la otra acera de la calle de La Cámara, una confitería que pronto se haría famosa en toda Asturias: ‘Galé’.

Por entonces la población de Avilés, rondaba los 9.200 habitantes.

Al año siguiente, 1877, se inaugura en la calle Cuba, el Teatro–Circo Somines, de capital privado, más conocido como ‘La Peña’ (al estar su telón decorado con una pintura de la avilesina Peña del Caballo) y que funcionó, hasta que lo cachifolló un bombardeo aéreo, en 1937.

‘La Peña’, que será episodio aparte, fue el único que acogió espectáculos –incluido el cinematógrafo que comenzó a ofrecerse a principios de siglo XX– hasta que el pabellón ‘Iris’ abrió sus puertas en 1909. En ambos se representaban funciones teatrales, espectáculos de varietés o se alquilaban para actos públicos,  e incluso para celebración de banquetes.

Pero faltaba el teatro de gala, al uso, donde se llevaran a cabo representaciones teatrales de categoría,  zarzuela y ópera. Así que las fuerzas vivas y tal, pusieron la primera piedra de un nuevo coliseo en 1900. Empezaría a funcionar en 1920 y llevaría el nombre de ‘Palacio Valdés’.

La razón del bautizo, la describe Vidal de la Madrid (en el libro ‘Palacio Valdés, asturiano universal’. Edición del Excmo. Ayuntamiento de Laviana, 2007) como «un capítulo más de la estrecha relación mantenida entre el novelista y su villa de adopción [Avilés], que se sentía reflejada muy favorablemente en sus escritos y quiso entregarle el símbolo por excelencia de la cultura local. De este modo, el teatro, pieza imprescindible de la ciudad imaginada por la burguesía avilesina, se fundía con la persona que mejor había descrito este ideal urbano».

En la segunda mitad del siglo XX, algunos de los muchos cines construidos en Avilés, se publicitaban –al ofrecer representaciones teatrales aunque aisladamente– como teatro–cine (por ejemplo, el ‘Marta y María’ o el ‘Almirante’). Sin embargo, el único teatro-teatro (‘Palacio Valdés’) ofrecía, mayormente, cinematografía. A todo trapo y en sesión continua.

Hoy, el ‘Palacio Valdés’ –un episodio aparte– una vez rescatado de la calamidad por los poderes públicos, y reinaugurado en 1989, es teatro de referencia nacional.

Cae el telón. Y ovación final.

Encendamos el móvil, oiga. No sea que nos vaya a dar algo.

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Miranda es lugar sorprendente y facedor de personajes notables
Alberto del Río Legazpi 03-11-2013 | 11:11 | 8

Miranda tampoco es que esté tan alta (112 metros sobre Avilés) pero si lo suficiente como para mirar por encima a la Villa, que está allí abajo donde la mar salada.

El agua dulce, a Avilés siempre le bajó, de Miranda; antes del manantial de Valparaíso y ahora de La Lleda.

Sin embargo, los habitantes de Avilés han subir a Miranda para curar sus heridas, pues es en la antigua finca mirandina de La Vaniella, donde desde 1976 está ubicado el Hospital San Agustín, donde viene naciendo gran parte de la población avilesina.

Plaza de Santa Ana. A la izquierda escultura-homenaje a los caldereros, a la derecha la iglesia de Santo Domingo.

Catalogado como barrio, o como parroquia de Avilés, Miranda, es un pozo sin fondo de historia que solo se descubre si se consigue mirar más allá de su apariencia similar a la de muchos pequeños núcleos rurales asturianos. Nanay.

Ya en 1794 era una referencia histórica: «todo Avilés, con Sabugo y Miranda, tenía 900 vecinos», dejó escrito González Posada.

Ha sido lugar de establecimiento de potentes gremios artesanales, como los caldereros que vendían, principalmente por Asturias, Galicia y Castilla.

También numerosos alfares (hasta treinta, tiene contados Jovellanos) proliferaron por Miranda. Y sus piezas de cerámica negra «se las arrebataban, en Vizcaya y en Galicia, de las manos a los fabricantes» según relata en sus ‘Diarios’.

Alejandro Casona (Besullo,1903-Madrid,1965)

De personajes, que aquí nacen o se moldean (se es de donde se nace, o de donde se pace, o de donde aprende uno a leer, e incluso de donde se estudia el bachillerato) tengo ejemplos a pares.

Aquí nació el pintor asturiano más universal, Juan Carreño de Miranda, pintor de cámara del rey Carlos II, cuyos cuadros se exhiben en pinacotecas mundiales. También, natural de aquí, es José Menéndez ‘El rey de la Patagonia’ que llegó a poseer, allí, una de las mayores haciendas del mundo. Ambos ya han sido tratados en episodios aparte.

Y si usted se da un garbeo –física y químicamente recomendable– por Miranda deténgase ante el edificio de las antiguas escuelas (pagado por el indiano rey patagónico) y podrá ver una placa que recuerda que «En esta escuela, aprendió a leer, Alejandro Casona. 1915».

El famoso dramaturgo vino, de niño, cuando destinaron aquí a su madre –y maestra– Faustina Álvarez, mujer muy notable, que hoy ocupa lugar de honor en la historia pedagógica española.

José Manuel Feito.

¡Pero si en Miranda tienen hasta dialecto propio!: el bron. Una jerga que utilizaban hace siglos los caldereros y que, hace no mucho, se intentó popularizar a través de Radio Miranda, emisora pionera de FM, de aficionados, en la comarca.

La parroquia mirandina fue de las primeras, en el norte de España, que puso en marcha ya hace años una página WEB. Ahora estas cosas –FM, Internet y tal– son moneda habitual, pero antes tenerlas, era la monda, la modernidad.

Y detrás –de todo esto y bastante cosas más– está el párroco, José Manuel Feito, persona de gran erudición, académico del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), autor prolífico en prosa y también –según le tengo leído a José Luis García Martín– ‘uno de los pocos memorables sonetistas que aún nos quedan’.

En Miranda, históricamente, moldean barro, doman cobre de calderas y si falta bronce tienen bron.

Por esto y por aquello, hoy, estoy aquí, admirando a Miranda.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta