img
Fecha: diciembre, 2013
Tirso de Avilés o el periodismo asturiano hace 500 años
Alberto del Río Legazpi 29-12-2013 | 11:11 | 2

Cuentan que contaba Tirso de Avilés, allá por el siglo XVI, que los peregrinos cuando cruzaban el Pajares cantaban: «O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura». Y lo hacían para acceder a la catedral de Oviedo o a la inversa, si venían de la capital de Asturias para reincorporarse al camino principal de Santiago, una vez cruzado el Pajares. La socarronería asturiana, tan ‘coñona’, al escuchar esto susurraba: «No hay mayor puerto que el de la puerta de casa».

El canónigo Tirso de Avilés (nacido hacia 1516 y muerto en 1599) fue un gran cronista o recopilador de hechos y también historiador. Pero su mérito es haber captado la información de su tiempo y exponerla con soltura. Narra lo que investiga o lo que ve. Es escritor. Hoy sería, también, periodista.

Decía Francisco Umbral que ‘el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al gobierno inquieto’. Para G. K. Chesterton: ‘El periodismo consiste esencialmente en decir «lord Jones ha muerto» a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo’. Yo creo, como dice Juan Cruz, que el ‘periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente’, pero hay que saber decirlo.

Tirso de Avilés, era hijo de Gaspar de Avilés, un vecino de la Villa que se marchó soltero a Las Regueras, donde casó y tuvo descendencia. Aunque algunos autores, como el marques de Teverga y también Simón Fernández Perdones, nacen a Tirso en Avilés.

Y no es así, pero tres narices importa. Lo que vale es que es que el canónigo es un cronista extraordinario y su pluma una luz en la oscuridad informativa de por aquel entonces. Martín Andreu dice que ‘describe con auténticos trazos, de inapreciable riqueza, cuadros de vida ovetense y del resto de la región’. Narra, tanto maravillas caóticas, como desdichas terribles.

En su libro ‘Armas y linajes de Asturias y antigüedades del Principado’, ilustra la hondura de la trágica hambruna de 1573, con un asesinato: «Una moza del concejo de Avilés, mató a otra con un palo para tomar un cesto de pan cocido que llevaba a vender a dicha villa».

En ‘Asturias: Referencias geográfico-históricas’, relata los más grandes sucesos acontecidos en la región hasta su siglo XVI: Desde las epidemias de 1573 a 1576 a que «en la noche del 11 de noviembre de 1578, apareció en el hori­zonte un cometa de extraña grandeza, que se presentaba hacia la media noche y fue visto durante dos meses» (…) O «el diluvio del año 1586» (…) Cuando no «un terremoto de aires en 1590»’

También fue testigo y notario de hechos como el entierro de Pedro Menéndez de Avilés ‘llevado por cuatro rexidores de la dicha vi­lla, á ser sepultado con la autoridad que se re­quería de lumbres de cera y misas’.

Genealogista de relumbrón, es famosa su interpretación del escudo de la familia Las Alas, donde teje una leyenda digna del mejor García Márquez. Básicamente cuenta que conquistada Avilés por los árabes, el caballero Martín Peláez se refugió en el castillo de Raíces, de dos torres, donde lo cercaron los invasores, pero acabó dándoles matarile con la ayuda de un ángel. El mismísimo Don Pelayo, fascinado por esta historia –según Tirso– le concedió a Martín un escudo basado en esta aventura y un nuevo apellido: De las Alas.

A propósito de su apellido escribe que «…en Avilés ha habido muchos y muy principales hombres y muy señalados especialmente por la Mar, que parece que el clima de esta villa los dicta ser buenos Pilotos y Mareantes (…) como en nuestros tiempos Reinando el Rey don Felipe II, lo fue Pedro Menéndez de Avilés adelantado de la Florida… el cual tuvo cargo General en dicha Carrera de Indias 13 o 14 años y la navegó sobre 50 veces … e después conquistó… la provincia de la Florida que es en la Yndias…y el dicho Rey le hizo titulo de Adelantado de dicha Provincia… »

Tanto ‘oficio’ tenía Tirso que, precursor hace 500 años en las tareas informativas, hasta nos dejó una ‘foto’ suya, en forma de talla, que podemos ver en la girola de la catedral de Oviedo, incrustada en un retablo, por él donado. Una hemeroteca para la eternidad.

Era un cuco.

‘O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura’.

Ver Post >
El paradigma de Faustina Álvarez, una maestra adelantada a su tiempo
Alberto del Río Legazpi 22-12-2013 | 11:11 | 5

 

Faustina Álvarez (1874-1927)

Podía haber quedado enterrada, su memoria, como la de tantos buenos maestros que se dedican a dejar, para siempre, huella en las vidas de otras personas.

Pero hubo suerte y la labor pionera realizada por Faustina la ha venido agigantando el tiempo y hoy es una figura histórica. Así que no ha de extrañar que el nombre de Faustina Álvarez rotule calles, desde la ciudad de León a la parroquia avilesina de Miranda.

Su vida está recogida en el libro ‘Biografía y escritos de Faustina Álvarez García (Madre de Alejandro Casona) durante su estancia en Miranda 1910-1916’, de la editorial avilesina Azucel, y del que es autor José Manuel Feito.

En él consta que nació en León, y estudió magisterio terminando la carrera cuando contaba 21 años. Tuvo su primer destino en Busdongo, pueblo leonés, famoso hoy por ser lugar de nacimiento de Amancio Ortega ‘el de Zara’, la tercera fortuna del mundo. Un tipo afortunado.

Como afortunados fueron –en el sentido moral– los alumnos que Faustina fue formando en su peregrinar por distintos pueblos de la geografía leonesa y asturiana. En Busdongo, también, conoció a quien fue su marido: el maestro Gabino Rodríguez Álvarez.

Ya casados, uno de los sacrificios habituales impuesto por la profesión de magisterio es conver­tir a quien lo ejerce, y a los suyos, en nómadas. Por lo que sus cuatro hijos fueron naciendo en distintos destinos: En Canales (parroquia del concejo leonés de La Magdalena) y en los asturianos de Cangas del Narcea (parroquia de Besullo), Luarca (Barcia) y Avilés (Miranda), donde llegó con su familia en la primavera de 1910.

Avilés, contaba entonces con 13.661 habitantes y vivía tiempos, tanto de expansión industrial y urbana, como de conflictividad laboral.

Faustina venía destinada (ella lo había solicitado) como maestra al grupo escolar de Miranda, el más singular de los barrios avilesinos, el de los alfareros, el de los artesanos del cobre, el poseedor de una jerga idiomática propia. Y aquí estaría ejerciendo su labor hasta 1916. El recuerdo que dejó su labor es imborrable.

Por ejemplo, fundó en 1914, las primeras Mutua­lidades Escolares de Asturias, en cola­boración con el entonces maestro de niños José Artime, también ejerciente en Miranda. Menuda pareja de educadores. Menudo lujo para la sociedad avilesina.

Trasciende de la pura anécdota la pasión que la maestra de Miranda tenía por su profesión, la fe que en ella ponía por su convencimiento que el beneficio que la cultura les traería a sus alumnos. Tanta, que hasta la muchacha que tenía contratada para realizar faenas domésticas terminó estudiando y ejerciendo el magisterio.

La maestra de Mirada no para. Y prepara, en su estancia avilesina, las oposi­ciones para inspectora de Enseñanza. Cosa que logró y de hecho, el hecho figura en la historia tal que así: fue la primera mujer que en España alcanzó este titulo, hasta entonces exclusivo de varones.

Era una persona humilde, con una capacidad de trabajo fuera de lo común, obsesionada por extender la cultura sobre todo en los ámbitos humildes.

Faustina de las de la minoría, de aquella época, que hizo bandera de los derechos de la mujer, que entonces no es que rechinasen es que ni estaban. En la hemeroteca de LA VOZ DE AVILÉS se pueden leer sus escritos que firmaba como ‘La maestra de Miranda’.

Convencida de que la educación es un arma poderosa para cambiar la sociedad fue una de las adelantadas en la enseñanza de su tiempo en España. Pero pocas, muy pocas, por su entrega a la educación de los demás, como Faustina Álvarez García, que durante seis años enseñó –y predicó con el ejemplo– en el barrio de Miranda donde su hijo ‘el universal autor literario Alejandro Casona aprendió a leer’.

Así consta, en una placa, colocada en la vieja escuela mirandina, hoy una casona. Pero Casona  –el alumno más famoso de Faustina– es caso aparte.

Y, de momento acabo, porque con tanto magisterio se me han quedado los dedos en blanco.

Ver Post >
Cara y cruz de cuatro templos en los cuatro puntos cardinales
Alberto del Río Legazpi 15-12-2013 | 11:11 | 0

Cuatro, son cuatro, los templos, además parroquiales, que coincidiendo con los puntos cardinales, dibujan –como no– una cruz sobre el mapa comarcal, ayudando así a demarcar los confines del municipio de Avilés, pues todos ellos son limítrofes con los concejos vecinos.

A tal ‘descubrimiento’ geográfico, conviene un pellizco histórico sobre estos templos, que son los de San Juan de Nieva, Llaranes, La Magdalena y Valliniello.

Norte y sur (San Juan y Llaranes) marcan la vanguardia artística religiosa. Y este y oeste (Magdalena y Valliniello) la retaguardia de estilos arquitectónicos  tradicionales.

Al norte, y a orillas de la Ría (mayúscula ella) se encuentra el edificio de la que fue parroquia del Carmen, aquella iglesia de San Juan de Nieva, actualmente  cerrada, desacralizada, acosada y materialmente estrangulada por montañas de mineral, camiones y grúas. Aquello es un infierno, si se me permite la expresión. Y tiene un aire, aparte de fantasmal, terriblemente contaminado.

Su construcción terminó en 1951 –en terrenos de mando portuario– siguiendo planos del arquitecto asturiano Ignacio Álvarez Castelao (1910-1985). Su originalidad radica en el diseño, ya que la iglesia es la quilla de un barco invertida. Está catalogada en el inventario del Patrimonio Arquitectónico de Asturias, aunque no se yo si eso le servirá para evitar que algún día –así, como por casualidad ¿no?– tropiece contra sus ennegrecidas paredes alguna de las máquinas y artefactos que trajinan a su alrededor, y se venga abajo todo el invento.

Cambio.

Al sur, en las antípodas de San Juan, en terrenos del antiquísimo Llaranes (en las riberas, también, de la Ría de Avilés), se levantó, igualmente a mediados del pasado siglo, el templo de Santa Bárbara. Construido por ENSIDESA, la gigantesca siderúrgica que cambió la historia de Avilés, está situado en lo alto de una colina desde la que domina el poblado de Llaranes, una joya urbanística que es episodio aparte.

Quien no conozca el templo, jamás podrá imaginar el tesoro que guarda en su interior, luminoso como ninguno: un conjunto de frescos, vidrieras y mosaicos, de quitar el hipo. Obras de Javier Clavo, artista madrileño, que el día menos pensado será llevado a los altares del arte.

Yo, a esta iglesia, la tengo definida –ya hace años y en prensa escrita– como la ‘Capilla Sixtina del vanguardismo religioso del norte de España’ y veo que, ahora, en Internet una enciclopedia se ha apropiado de esa denominación como si tal cosa. Lo que no hace, por ejemplo, ‘In Situ’, un cuidado blog artístico comarcal, que merece consultarse (http://insitu96.blogspot.com.es/). Cara y cruz.

Cambio.

Por el oeste está Santa María Magdalena de Corros, llamada así por estar al lado del, parece ser, lazareto medieval conocido como Corros y vinculado al Camino de Santiago. El templo, uno de los de más antigua construcción en Avilés, conserva en su interior algunos restos románicos.

Cambio.

Por el oste está la iglesia de San Pedro de Navarro, en Valliniello, otra medieval, que como la de La Magdalena, está vencida por tropelías arquitectónicas y de las otras. Ambas están hechas un cristo.

Y para más inri, los cuatro templos son inéditos (y conste que el de Llaranes es pecado cultural no conocerlo) para la mayoría de los avilesinos. Me hago cruces.

Cambio, corto y cierro.

Ver Post >
La plaza de Camposagrado, en la cumbre del casco histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 08-12-2013 | 11:11 | 2

La plaza de Camposagrado es singular por continente y contenido. Pocas, tan grandiosamente pequeñas como esta de Avilés, donde el arte esté harto, hasta decir basta.

En 700 metros cuadrados, conviven un palacio de estilo barroco, una escuela de arte, otra –hasta el otro día– de cerámica que es única en Asturias, una escultura que homenajea a un pintor universal y un mural que también es fuente ¿Quién da más?

Está emplazada dentro de lo que fue villa amurallada –calles de La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo– pero no fue lugar público hasta el siglo XIX.

La plaza limita, al norte, con la calle Cuesta de La Molinera y con un palacio que desparrama barroco cosa fina y al que muchos consideran como la joya de la corona del casco histórico de Avilés; al sur con la fresca, refrescante y refrescada calle de La Fruta; y al este y al oeste con la de San Bernardo, que cruza la plaza como un cuchillo, sin romperla ni mancharla, para terminar a los pies del edificio más antiguo de Avilés: la iglesia llamada de los Padres (siglo XII).

El palacio tiene su origen en el siglo XIV, como residencia de la familia de Las Alas. Pero en el XVII –su nuevo dueño, el marqués de Camposagrado– hizo una reforma a lo bestia y ahí surge su espectacular fachada barroca, la que da a la plaza y que tanta admiración causa.

Durante siglos la calle de La Fruta se dividió en dos tramos. Uno, ‘La Rúa Nueva’, desde la confluencia de la calle El Sol hasta la puerta la muralla (que uniría, hoy, con la plaza de España). Otro, el que terminaba en la calle San Bernardo (entonces desviada respecto al trazado actual) al chocar contra un paredón que delimitaba la propiedad privada de los dueños del palacio. Ese tramo, en forma de embudo era conocido como ‘Calle Oscura’.

Pero La Fruta vio la luz en 1876 (ya se habían cepillado las murallas), cuando el derribo del dichoso paredón hizo posible la unión con la calle La Muralla, mediante una corta y empinada pendiente bautizada como calle de La Unión, pero que el personal –arre con el erre que erre– como quiera que se estableciera en ella una tienda de venta de harina, rebautizó como Cuesta La Molinera. Y así sigue hoy, salvando el paréntesis (1938-1979) cuando fue calle del Comandante Caballero.

La liquidación del jardín-huerta del marqués, también hizo posible un nuevo espacio protagonizado, faltaba más, por el palacio y por una vieja casa usada por la servidumbre. Según Justo Ureña, fue construida en el siglo XVII, así que mal puede ser –como sostienen algunos– la casa natal de Pedro Menéndez de Avilés, nacido en 1519.

El tiempo fue pasando, hasta que en 1972 se levantó, frente a la mansión palaciega, un edificio que alojó a la Cámara de Comercio y a una entidad bancaria. Y, en 1983, terminó de conformarse la plaza, cuando se rehabilitó la vieja casa de servicio del palacio y se le dio una honorable utilidad: Museo–Escuela Municipal de Cerámica. Un episodio aparte.

En 1993, al conmemorarse el centenario de las fiestas de El Bollo, se le encargó, con ese motivo, a Ramón Rodríguez un panel de cerámica. En su parte inferior ‘actúa’ como fuente que arroja agua por la cabeza de cuatro leones.

Y en 2000, Vicente Santarúa sentó, en bronce, al más grande pintor asturiano de todos los tiempos: Juan Carreño Miranda. Allí está el artista avilesino, del siglo XVII, con  pelambrera alborotada, como dibujando frente al impresionante retablo barroco que supone la fachada de Camposagrado, también del siglo XVII, y que en el XXI se convirtió –fue una resurrección gloriosa– en sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias. Es difícil saber quien inspira a quien.

Apoyado en la esquina derecha de Camposagrado ves, allá, al fondo, el barroco palacio de Ferrera y girando la vista a la izquierda: la portada románica de la iglesia de los Padres.

Sorprende este sitio tan exiguo y de arte tan abundante. Y si el saber no ocupa lugar, el arte si que lo hace. Por ejemplo en esta avilesina plaza de Camposagrado, acoquina. O casi.

No le demos más vueltas: Estamos ante un espacio mágico y sanseacabó.

Ver Post >
Aquel verano del 85, cuando el Museo del Prado expuso en una iglesia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 01-12-2013 | 11:11 | 5

En la plaza del Carbayo, policías nacionales estuvieron vigilando ‘ostentóreamente’, durante las veinticuatro horas de cada uno de aquellos veinticuatro días. Nunca se vio despliegue tal, en el antiguo barrio marinero medieval. Fotos cantan.

El suceso ocurrió entre el verano y el otoño de 1985 y lo que hacían era proteger un tesoro artístico –exhibido al público, en horas hábiles, en Avilés– en la pequeña iglesia consagrada, en el siglo XIII, al santo inglés Tomás de Canterbury.

Se trataba de trece grandes lienzos del artista avilesino Juan Carreño de Miranda (siglo XVII).

El Ayuntamiento de Avilés había echado, primero imaginación y luego la casa por la ventana, atreviéndose a acometer una de esas empresas que algunos –tristes que ven la botella medio vacía– califican como imposibles. Tal que pedirle a una de las mejores pinacotecas del mundo (Museo del Prado de Madrid) cuadros del artista asturiano, para su exhibición temporal en Avilés, con motivo del tricentenario de su muerte.

Y la cosa funcionó. Se acondicionó la ‘vieja’ iglesia de Sabugo, para cumplir con las estrictas medidas exigidas por el museo, en las contadísimas ocasiones, en que da autorización para acontecimientos de este tipo. Se aisló la nave central de la iglesia, donde se iban a colgar los lienzos, se sellaron puertas y ventanas de forma y se desplegó la cacharrería tecnológica necesaria para que el grado de humedad fuera el exigido para la correcta conservación de la obra pictórica.

Y vinieron diez cuadros, en transporte especial y con toda la parafernalia de medidas de seguridad propias de estos casos, excepcionales repito. También, las gestiones, hechas con el Principado, resultaron y tres obras más del Carreño, propiedad del Museo de Bellas Artes de Asturias viajaron hasta el Sabugo avilesino.

Y hete, aquí, que se celebró una exposición antológica de uno de los mejores pintores del barroco español, que fue visitada por más de 10.000 (diez mil) personas. Hemerotecas cuentan.

Muestra que fue complementada con la edición de dos libros (‘Carreño’ de Alfonso Pérez Sánchez y ‘Aspectos del Barroco: el ámbito de Carreño’), un curso sobre el artista en la Escuela Asturiana de Estudios Hispánico (léase La Granda), un documental titulado ‘Carreño, 300 años después’ y un ciclo de música de compositores del siglo XVII.

El pintor, el más importante artista plástico asturiano de todos los tiempos, nació en Avilés en 1614 de donde partió a los 11 años. Su legado artístico se conserva en los principales museos del mundo: El Prado de Madrid, el Louvre de París, L’Ermitage de San Petersburgo y otros etcéteras. En su obra, realizada en Madrid, no hay paisajes, ni retratos, que delaten su procedencia avilesina. Nadie que no conociese al sucesor de Velázquez, como pintor de cámara de la corte real española, hubiese sospechado de su procedencia asturiana partiendo de su obra pictórica. Este es un episodio aparte.

Digo esto porque se escuchan opiniones contra el artista por este desapego, hacia su villa natal que, faltaba más, oye, le ha rendido honores por doquier, dedicándole una calle, ‘historiada’ con un mural de cerámica, de Ramón Rodríguez, y una reproducción en bronce de uno de sus lienzos más famosos: ‘La Monstrua’, realizada por ‘Favila’. Aparte de haber bautizado el primer Instituto de Enseñanza Media de la ciudad como ‘Carreño Miranda’. O dedicarle una estatua, obra de Santarúa, en la plaza de Camposagrado.

También, en 1982, importantes artistas asturianos interpretaron a Carreño. Y así Pelayo Ortega, Camín, Alejandro Mieres, Galano, Consuelo Vallina, Ramón Rodríguez, Acosta y Paredes, hicieron revivir (con motivo del ‘Día de Asturias’) al pintor del siglo XVII bajo formas actuales, que se conservan en la Casa de Cultura, colgadas en el hall del auditorio.

El tricentenario de la muerte de Juan Carreño de Miranda, fue uno de los mayores acontecimientos culturales, de finales del siglo XX, en Avilés. Ojalá, el año que viene, el 2014 –cuatrocientos aniversario del nacimiento del artista– pudiera ser recordado igual.

Si se le conmemoró por su fallecimiento, razón de más para hacerlo por su nacimiento, digo yo, amparándome en Arthur O’Shaughnessy, poeta británico, cuando escribe que  ‘cada época es un sueño que agoniza o un sueño que está por nacer’.

En cualquier caso es una nueva ocasión para reavivar la figura del extraordinario artista (el Aula de Cultura de ‘La Voz de Avilés’ ya ha dado el primer paso) esparciendo su obra a los cuatro vientos, con los medios, modo y maneras que se estimen oportunos. En horas hábiles y en Avilés.

 

 

OBRA DE JUAN CARREÑO DE MIRANDA. EXPUESTA EN AVILÉS.

(Del 16 de septiembre al 6 de octubre de 1985)

-Retrato de Carlos II (cuerpo entero).

-Retrato de Carlos II (Busto).

-Doña Mariana de Austria.

-Santa Ana y la Virgen.

-San Sebastián.

-El embajador Potemkin.

-La monstrua vestida.

-La monstrua desnuda.

-La Virgen de Atocha.

-El bufón Francisco de Bazán.

-La Magdalena.

-San Hermenegildo.

-Carlos II.

 

(Los diez primeros pertenecen al Museo del Prado de Madrid.

Los tres últimos al Museo de Bellas Artes de Asturias).

Ver Post >
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta