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Fecha: enero, 2014
Siguiendo el rastro de Carreño Miranda, por Avilés, 400 años después
Alberto del Río Legazpi 26-01-2014 | 11:11 | 2

 

Calle Carreño Miranda.

El aniversario del pintor Juan Carreño Miranda servirá como homenaje, supongo que continuado a lo largo de todo el año, al artista plástico más universal en la historia de Asturias, divulgando su figura y obra a los cuatro vientos, cuatrocientos años después de su nacimiento.

En el fondo, esto de los aniversarios también trae reivindicaciones sobre el homenajeado, por ejemplo natalicias, que en el caso de Carreño no están suficientemente claras.

Así que pongamos, que es posible que haya nacido en Avilés –como afirma su primer biógrafo y amigo, Antonio Palomino–  porque, lo que es el propio Carreño Miranda –en dos ocasiones distintas y puesto por escrito– se confiesa «natural de Carreño en Asturias» en una, y «natural del concejo de Carreño» en otra.

Dejando esta circunstancia natal en suspenso, hay que decir que el homenaje hacia quien fue uno de los más destacados pintores españoles del siglo XVII, ha venido siendo constante en Avilés, a lo largo del tiempo.

Se puede pasear por la ciudad y con frecuencia toparse con lugares o motivos que nos recuerdan su figura y obra.

Empezando por la casona de La Lleda, fundada en 1555 (junto con otra en la calle La Ferrería) por una rama de sus antepasados que, procedentes de Guimarán (Carreño), se estableció en Avilés.

La vivienda de La Lleda (lugar donde también está situado el depósito municipal de aguas), está desviada unos metros a la derecha en la carretera que partiendo del antiguo asilo (hoy comisaría de policía) va hacia Miranda. Tiene capilla propia (llamada ‘De los Santos Mártires’) con un tan pequeño como excelente retablo barroco. En la finca también hay una placa que reproduce un texto del escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala y que dice: «En Miranda de Avilés nació un discípulo de Velazquez, pintor de corte de Mariana y Carlos II: Juan Carreño Miranda»

En el barrio de El Carbayedo, y en republicanos tiempos de 1934, se inauguró un nuevo edificio destinado a Instituto de Segunda Enseñanza. Era el primero, de los centros de ese tipo, en la historia de la ciudad y había sido bautizado como ‘Instituto Carreño Miranda’. Años después fue necesario trasladar las enseñanzas a otra sede más amplia sin perder el nombre, por lo que generaciones de avilesinos han recordado, recuerdan –y seguirán haciéndolo– su paso por ‘el Carreño’.

En la plaza de Álvarez Acebal, está la Escuela de Artes y Oficios, donde estuvo provisionalmente la sede de dicho instituto, hasta que se terminó de construir el edificio del Carbayedo, que hoy ocupa el colegio público ‘Palacio Valdés’.

Sin salir de la, en otros tiempos, plaza de San Francisco y en la Casa Municipal de Cultura se pueden contemplar cuadros –colgados en las paredes de dos de sus plantas– de destacados artistas plásticos asturianos que ‘interpretaron’ a Carreño Miranda, pintando en público motivos con él relacionados. Fue el acto central entre los celebrados con motivo del  ‘Día de Asturias’, que en 1982 tuvo lugar en Avilés. El resultado de aquella demostración creativa es que desde 1989 (año en el que se inauguró la Casa de Cultura) pueden verse en ella obras que homenajean al gran maestro, de los siguientes autores (por orden alfabético): Acosta, Alba, Camín, Favila, Galano, Lombardía, Alejandro Mieres, J. R. Muñiz, Pelayo Ortega, Paredes, Ramón Rodríguez, Sanjurjo y Consuelo Vallina.

En el salón de recepciones del Ayuntamiento de Avilés hay tres cuadros, gran formato, que son copias de los originales, que de Carreño, se exhiben en el Museo del Prado. Aparte de un retrato suyo, obra de Gonzalo Espolita.

En la plaza de Camposagrado, una estatua, sobre peana, de Vicente Santarua, muestra a Carreño como queriendo abocetar el monumental palacio del siglo XVII.

Y en el antiguo barrio medieval de Sabugo, una calle –de las más historiadas de Avilés– lleva su nombre y cuenta con una estatua de Favila, basada en uno de los lienzos del gran maestro del barroco («Dña. Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’»), así como un destacado mural de cerámica de Ramón Rodríguez titulado «Homenaje a Carreño Miranda».

Por tanto se puede hacer entretenido paseo cultural a propósito de este artista cuya vida cubre casi todo el siglo en el que se desarrolla el Barroco europeo. Nadie como él, con sus amplias dotes para el retrato, logró plasmar la atormentada corte de Carlos II, en cuadros capitales como las series dedicadas al rey Carlos II o personajes cortesanos desde Mariana de Austria, el embajador Potemkim o ‘La Monstrua’, por citar algunos, aparte de su obra en bóvedas de iglesias y catedrales.

Hay que citar (tiene ya un episodio dedicado) la impresionante exposición montada en 1985 por el Ayuntamiento avilesino en la iglesia vieja de Sabugo y donde se colgaron cuadros cedidos, para la ocasión, por el museo de El Prado.

Estamos, pues, ante el más importante pintor asturiano de todos los tiempos. De eso no tengo duda.

Sí la tengo, como otros, sobre el nacimiento del pintor en Avilés. Y lo dejo aquí como apunte de un, quizá, futuro pespunte de otra costura y en otra fecha. Porque es un ‘detalle’ que sería bueno clarificar –y quizá sea esta una buena ocasión– por puro rigor histórico, aparte de que genere controversias a veces demasiado acaloradas por parte de algunos. Y, como diría Teo López-Cuesta –uno de los mejores rectores que tuvo la Universidad de Oviedo– ‘tampoco ye pa ponése así’. 

En cualquier caso el año 2014 es otra excelente ocasión para reavivar la importancia artística de Juan Carreño Miranda, que según Joaquín Vaquero Turcios fue «persona buena, mesurada, digna, modesta e ingenua».

Y que en gloria está. Artística, quiero decir.

 

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El casco histórico de Avilés y un caballero llamado José Francés
Alberto del Río Legazpi 19-01-2014 | 11:11 | 4

A tenor de lo que tengo leído sobre él, si hay alguien a quien seguro le hubiese entusiasmado la proximidad de la arquitectura vanguardista del centro cultural Oscar Niemeyer –tan solo separadas por un estrecho brazo de agua– con la arquitectura tradicional del casco histórico, ese alguien sería José Francés Sánchez-Heredero.

Madrileño, escritor, periodista, crítico de arte y unas cuantas cosas más, pasaba sus temporadas veraniegas en nuestra ciudad, donde participaba con entusiasmo indisimulado en la vida cultural avilesina: creación de la Sociedad de Amigos del Arte, mecenazgo de artistas plásticos locales, artículos periodísticos sobre Avilés en prensa nacional, etc. Y todo esto con tal alarde de calidad y cantidad, como para que, ya en 1926, el Ayuntamiento avilesino lo nombrara hijo adoptivo de la villa avilesina.

Pero hoy, José Francés, no está aquí en función de sus cualidades artísticas, literarias o periodísticas –que ese es un episodio aparte– sino por su ponencia, apasionadamente favorable acerca del informe presentado –en los años cuarenta del pasado siglo– por el conservador de monumentos de la zona cantábrica, el arquitecto ovetense Luis Menéndez-Pidal Álvarez, sobre la categoría monumental de la villa de Avilés y la necesidad urgente de su protección.

La ponencia que elaboró José Francés, en base a ese informe, y el seguimiento que hizo de la misma por los vericuetos burocráticos –labor facilitada por su cargo de secretario perpetuo de  la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando– hizo posible que el tesoro patrimonial de Avilés quedara blindado para siempre. Algo impagable, creo yo.

Él, por tanto, fue para uno de los ‘culpables’ (el otro ya quedó dicho que Luís Menéndez-Pidal) de que gran parte del casco antiguo de Avilés fuera declarado Conjunto Histórico-Artístico por el Estado español, según decreto publicado en el periódico de mayor tirada de España (o sea el Boletín Oficial del Estado) el 27 de mayo de 1955 y firmado por el jefe del Estado, Francisco Franco, y su ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Jiménez.

Tal acontecimiento, por aquellos años, pasó algo desapercibido, quizás por la fiebre industrial que se había adueñado de la villa avilesina, señalada por el Estado español, en 1950, para instalar en la margen derecha de su Ría, una gigantesca factoría siderúrgica. Fue aquella, de los cincuenta, la década más trabajosa de cuantas vivió Avilés en su trabajada historia.

La implantación de la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) coincidió, casi, en el tiempo con la de una factoría de aluminio (ENDASA) y otra de vidrio (CRISTALERIA ESPAÑOLA). Todas ellas vinieron a complementar la factoría de zinc –luego sería Asturiana de Zinc S.A. (AZSA) – que tenía la histórica Real Compañía Asturiana de Minas, protagonista principal de la industrialización del Avilés del siglo XIX.

Total, que en la segunda mitad del pasado siglo XX, en Avilés el paisaje empezó a cambiar a toda mecha, a la vez que recibía miles de inmigrantes por un tubo. Venían de toda España. La ciudad no estaba ni de lejos socialmente preparada para lo que se le vino encima y las débiles infraestructuras cantaron la Traviata. Adecuadas a una población de 21.340 habitantes se hicieron trizas. Pero no hubo catástrofe y mal que bien, Avilés soportó como pudo aquel tsunami demográfico que la haría cuadruplicar con creces su población (en 1978 ya había alcanzó los 90.458 habitantes).

Una cifras de mareo. Un vértigo que quizá se hubiese llevado por delante a cualquier otra villa por muy recoleta que fuera y por mucha colección de edificios y lugares artísticos que tuviera. Pero no a la monumental Avilés, entre otras cosas, y en gran parte, por la intervención de José Francés.

«Visto el informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a propuesta del Ministro de Educación Nacional y previa deliberación del Consejo de Ministros, DISPONGO (…) declarar conjunto histórico artístico las siguientes zonas de la villa de Avilés: Las murallas (…); antigua plaza de la Constitución, hoy llamada Plaza de España; antigua calle de La Herrería (…) con el interesante Palacio de Valdecarzana (…); calle de San Bernardo, con el Palacio de Camposagrado (…) calle del Rivero, con el palacio de Ponte (…) calle de Galiana (…) plaza de San Nicolás con la Iglesia de San Nicolás y la capilla de Las Alas; plaza de San Francisco y la iglesia parroquial; plaza del Carbayo con la iglesia de Santo Tomas de Canterbury; la antigua cárcel y el Canapé»… (Extractos del texto del decreto de 1955)

Quizás haya que preguntarse que hubiese sido del casco histórico avilesino si no hubiese tenido ésta carta de ley, este escudo protector.

Sobre todo teniendo en cuenta que por aquellos tiempos la especulación inmobiliaria era terrible y la urgencia social de albergar a miles de personas desplazadas a Avilés, para trabajar en sus factorías, más terrible todavía.

¿Hay que mirarse en el espejo que proporciona el cataclismo urbanístico de Gijón, por ejemplo, para responder a esto? Creo que sí. Y, añado, que no me extrañaría un bledo que el centro urbano de  Avilés hubiera sido, prácticamente, borrado del mapa de no haber contado con el arma legal del decreto aquí tratado y por aquel intelectual madrileño enamorado de Avilés, ‘trabajado’.

A José Francés (1883-1964), personaje al que fascinaba la mixtura entre lo antiguo y lo moderno, ya decía más arriba, que le hubiese encantado el complejo de arquitectura vanguardista del Niemeyer que, ubicado en la margen derecha de la Ría, ‘dialoga’ con el casco histórico de Avilés, situado en la margen izquierda, de la misma, y dotado de un monumental repertorio arquitectónico tradicional.

Casco histórico que, algunos vemos, de tan contrastada calidad como para intentar acceder a que sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Título que concede, o no, la UNESCO (siglas en inglés que corresponden a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).

Siempre y cuando este organismo internacional haya recibido una petición oficial al respecto.

Que no consta. Y en esas estamos, como la ‘Eleanor Rigby’ de John Lennon y Paul McCartney, esperando tras la ventana.

Que lo urgente es esperar.

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Valdecarzana, un palacio que nació como comercio y terminó en Archivo Histórico
Alberto del Río Legazpi 12-01-2014 | 11:11 | 2

Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar de una mansión versátil, que te transporta al período más fértil de la Edad Media, cuando la Villa vivía, principalmente,  de su puerto donde se realizaban importantes negocios de cabotaje, que llegaban a puertos internacionales, pero sobre todo el más importante del Atlántico europeo: el francés de La Rochelle.

Un cosmopolitismo que fue, es y será una bendición histórica para Avilés.

Así que no sería de extrañar, que el proyecto arquitectónico de Valdecarzana (como el de la capilla de Las Alas) haya venido por mar. En el sur occidente francés, las casas de ricos mercaderes –y las capillas por ahí le andan– tenían la pinta que luce el edificio avilesino.

Se construyó entre los siglos XII y XV, aunque es en el XIV donde coinciden más autores. No es una fortaleza ni una residencia noble con carácter defensivo, como entonces se acostumbraba, sino la de una vivienda y negocio de  comerciante, de los que menudeaban en aquel Avilés.

Valdecarzana tiene muchas leyendas, que incluso implican a reyes, pero lo contrastado es que nació como lonja de un comerciante y que siglos después, en el XVII, y por el mero hecho de comprarlo el marqués de Valdecarzana se convirtió en palacio (la Real Academia, en una de las acepciones del término, dicta que palacio es la ‘casa solariega de una familia noble’). Los Valdecarzana lo mantuvieron como una más de sus residencias en Asturias (junto con las de Oviedo, Quirós, Teverga y Grado, que eran las principales) hasta 1849.

Ese año adquirió la casa junto con su holgada huerta –si consideramos que estaba en el centro de la Villa– Fernando Ochoa que amplió al doble la cabida del antiguo palacio al comprar la casa vecina. Ochoa, que fue alcalde de Avilés desde 12 de enero de 1861 al 31 de diciembre de 1864, hizo de ella su residencia familiar, donde nació, en 1864, su hijo Juan, que sería un escritor famoso.

Posteriormente, el inmueble, entra en alquiler incluso como local comercial, y como centro educativo provisional de ‘Escuela manjoniana’, hasta que en 1933 lo adquiere la ‘Sociedad de Transportes Marítimo Terrestres’ vincula­da a las casas consignatarias avilesinas.

En 1939 pasó a depender del Ministerio de Trabajo, como sede provisional de organismos dependientes del mismo,  y también dio cobijo al servicio sindical portuario, a sus oficinas e incluso su dispensario clínico. Para coronar, los bajos de Valdecarzana, fueron sede de economatos laborales.

Finalmente la cosa se enredó y terminó a finales del siglo XX, tiempos del alcalde Agustín González, en las redes del municipio, que lo destinó a Archivo Histórico. Y en esas está.

Valdecarzana también es conocido, aunque cada vez menos, como ‘Casa de La Baragaña’. Y eso tiene explicación en que las dos puertas, que hoy conocemos de la calle La Ferrería, daban acceso a la lonja comercial, mientras que a la vivienda de la planta alta se accedía por la, hoy, calle El Sol atravesando una antojana, terreno –generalmente con vegetación– que estaba delante de la casa. Y como también, en Asturias, a la huerta pequeña, estrecha y alargada, se la conoce como baragaña, así dieron en llamar al histórico edificio. E incluso a la plaza que hubo delante de él y que es episodio aparte.

Y a la historia, a veces, parece que la cargase el diablo. Pues resulta que uno de los últimos inquilinos que utilizaron Valdecarzana como vivienda, fue a finales del siglo XIX, un personaje apellidado Baragaña, cosa que descubrió la avilesina María Josefa (Pepa, para los amigos) Sanz, catedrática de Paleografía de la Universidad de Oviedo, hurgando entre la documentación del RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos). Caso singular.

Otra cosa es el plural, al menos para otro historiador también amigo, que montaba en cólera, cuando oía o leía ‘casa de Las Baragañas’, como algunos autores y publicaciones nombran a este palacio. Decía que, aparte de falso, era indecente porque le parecía el nombre de una casa de putas. Y ponía verde –color acorde con el lenocinio terminológico que nos ocupa– a quienes bautizaban de tal guisa a la joya arquitectónica.

Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar del edificio civil más antiguo, que aguantó el paso del tiempo sufriendo dueños y daños, pero nunca perdiendo su cara gótica, una fachada de órdago, con vistas a La Ferrería, la pequeña gran calle medieval que terminaba en el puerto internacional de Asturias durante siglos.

O sea, Avilés.

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Las iglesias medievales del Cabo Peñas, tan inesperadas como desamparadas
Alberto del Río Legazpi 05-01-2014 | 11:11 | 0

 

San Jorge de Manzaneda (siglos XII-XIII)

El gran Francisco de Paula Mellado escribe, entre asombrado y pomposo: «Presentóse por fin a nuestra vista la inmensa mole del Cabo de las Peñas, cual corpulento gigante que avanza con osadía en el mar Océano, desafiando impávido su terrible cólera (…) a la derecha se ven en lontananza los altísimos y siempre nevados Picos de Europa que separan a Asturias de la Liébana. (…) y al frente el inmenso piélago en que marchando en línea recta no se encuentra tierra hasta Inglaterra».

Lo que muchos lectores del enciclopedista granadino ignoran, asturianos incluidos, es que esta zona sea un sembrado de construcciones medievales religiosas, de tan notable singularidad que se las puede agrupar como ‘Románico rural del cabo Peñas’.

Son: San Jorge de Manzaneda, Santa María de Piedeloro, Santa María de Logrezana, San Félix de Candás, San Juan de Pervera, Santa Eulalia de Nembro y Santa Dorotea de Susacasa.

Excepto San Félix, parroquial de Candás, el resto son pequeños templos, diseminados por Gozón y Carreño, con valiosas singularidades arquitectónicas del pasado, que sufren el desprecio del presente.

Por ejemplo San Jorge de Manzaneda, pequeña joya arquitectónica de portada gloriosa y ábside dichoso, que actualmente ‘forma parte’ de una factoría eléctrica. La iglesia está cercada por muro que se adorna con el detalle de un contenedor de basuras encastrado en el mismo, tal que si fuera un trono. En la cerca hay –aparte del templo– postes de hormigón armado, torres de alta tensión, cables por doquier y hasta un transformador. Proliferan chapas, con un rayo dibujado, advirtiendo “Peligro de muerte”. También es verdad que el cementerio está contiguo a la iglesia.

Por todo ello San Jorge es casi una variedad del románico, un románico eléctrico, podríamos decir. No es de extrañar que suba constantemente la tarifa de la luz. Quizá las empresas eléctricas estén investigando para  dar a luz –Manzaneda es el caso– a un nuevo arte basado en el románico hace mil años por el Imperio Romano:. En Asturias, hoy y en Manzaneda, sería: Románico a 220 voltios.

Lo contrario ocurre en Santa María de Piedeloro, una maravilla arquitectónica en lo alto de una colina, ausente de iluminación eléctrica sufciente, de forma que se si te hace tarde, por la contemplación o la liturgia, y te abandona el sol, te puedes romper la santísima –o pecadora– crisma.

El templo –con sorprendentes decoraciones esotéricas o mágicas–  es magnífico, a pesar de que su principal portada tenga enfrente una tapia abracadabrante, plantada allí para protegerla de los vientos racheados del oeste. Un paredón de cemento, en detrimento de una solución vegetal.

Además a este lugar, llegas casi de milagro, cosa que los cristianos han de agradecer a la Virgen. Su deficiente señalización es un grave pecado cultural.

Tanto la de Piedeloro –declarada Monumento de Interés Nacional– como la de Manzaneda –Bien de Interés Cultural (BIC) – están benditas, civilmente, por el Principado de Asturias. Merecen conocerse y cuidarse.

Tengo escrito, que el patrimonio artístico asturiano está descuidado a conciencia –ya no hablo del excelso prerrománico, sino de éste románico del Cabo Peñas– al igual que aquella moza maltratada, por pena de amores no correspondidos. La que la copla canta que:

‘Deja que la niña pene

 que pene sus penas de amor

que para la pena que tiene la niña 

mientras más pene mejor’.

Una pena, lo de Peñas. Pero cantando y contando las penas se van aliviando, y no puede haber tristeza que borre las maravillas artísticas de La Manzaneda y Pie del Oro.

Hoy, sus templos se me antojan patos aunque sean cisnes.

Mañana será otro día.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta