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Fecha: febrero, 2014
El castillo de Gauzón, la raíz cuadrada de Asturias
Alberto del Río Legazpi 16-02-2014 | 11:11 | 5

La del castillo de Gauzón es una toda una historia, de la Historia de Asturias, que demuestra que sus raíces son bastante más profundas que lo que hasta ahora habíamos imaginado o mitificado, cuando no inventado.

Este baluarte –poderoso guardián defensivo enclavado a orillas de la Ría de Avilés para proteger su puerto de los piratas vikingos y árabes– nos está siendo mostrado por los mismos arqueólogos que antes nos habían demostrado que estaba en Raíces, municipio de Castrillón,  comarca de Avilés.

La arqueología nos está sacando de pobres, a efectos históricos del nacimiento de Asturias Patria Querida.

Ya decía Agatha Christie que un arqueólogo es el mejor esposo que puede tenerse. Y razonaba, la novelista inglesa, que el arqueólogo a medida que su mujer envejece más se interesa por ella.

Lo del castillo de Gauzón era una cicatriz que no cerraba y ahora es toda una resurrección histórica, un puzle que los datos van completando a medida que avanzan los descubrimientos en las excavaciones.

Fue como una película de Indiana Jones. Se sabía que la Cruz de la Victoria, el símbolo de Asturias, estaba fabricada en el castillo de Gauzón (dato que figura en el reverso de la joya y que es todo un anticipo del ‘Made In Spain’) en el año 908 de la era cristiana, pero se desconocía el emplazamiento exacto de este castillo donde se labró el santo grial, cívil, de los astures.

¿Donde demonios estaría emplazada la mítica fortaleza de Gauzón? Esa fue pregunta y discusión que distrajo, y que trajo de cabeza, a historiadores, cronistas y demás familia. Los hubo que acertaron de pleno, a pesar de hacer la apuesta hace cinco siglos. Ese el caso de  Luis Alfonso de Carballo cuando escribe –en el siglo XVI– que «el castillo de Gauzón debía de estar hacia la barra de la ría de Avilés, en donde llaman El Castrillón». Había teorías para todos los gustos, por ejemplo que la edificación estaba en la península de Nieva, cerca de donde hoy se levanta el faro de Avilés.

Y entre dimes y diretes, fueron pasando los años, que se hicieron siglos, hasta que entre finales del XX y principios del XXI la decisión política –de distintas corporaciones de Castrillón y de diferente signo político, cosa tan loable como infrecuente en estos menesteres de investigación histórica– de apoyar las excavaciones propuestas por los arqueólogos en Raíces, el emplazamiento más probable, señalado por los estudiosos en la materia, del castillo.

Y comenzaron a trabajar en la zona antigua de Raíces, donde había cuatro casas, una cuadra y un peñón.

Y en unos años la cuadra se convierte en lo que fue: un monasterio medieval, de frailes franciscanos y mercedarios calzados, al que la incuria había convertido en cobertizo (episodio ya descrito). Y a partir de 2007 comenzó a mostrarse el castillo de Gauzón. Allí, en el peñón.

Las excavaciones arqueológicas arrojan resultados impactantes. Por ejemplo, permiten realizar una secuencia de la ocupación del castillo de Gauzón que se inicia entre los siglos VII y VIII (mucho antes de lo que se venía suponiendo), lo que hace bambolearse los tan escasos, como endebles, datos sobre los orígenes de la historia de Asturias y su monarquía. Aparecen espacios de murallas, estancias, etc., que arman el rompecabezas.

Lo posible era real. Y resultó que las raíces estaban en Raíces, donde la Historia y Asturias están a partir un piñón. No conozco topónimo tan rotundo como éste.

Los hallazgos del castillo de Gauzón quizás tengan consecuencias, también, sobre la historia de Avilés, que –como se sabe– ignora su fecha de nacimiento. Puede que, de ésta, consiga no solo su partida de bautismo sino hasta la de la confirmación.

Está regresando el castillo de Gauzón, fortaleza defensiva del puerto y la villa de Avilés y de Oviedo, capital del Reino de Asturias. Retorna el singular centro de orfebrería de aquel reino asturiano teñido de visigodo. Es una reconquista en toda regla, una raíz cuadrada histórica.

Son catorce mil, los metros cuadrados que abarca este yacimien­to arqueológico –siempre bajo la excelente dirección de Iván Muñiz y Alejandro García– donde están desnudando, con celo y delicadeza, la fortificación.

En los inicios del siglo XXI, lo del castillo de Gauzón es una excitante erección del tiempo pasado. Porque éste levantamiento de la más importante edificación medieval asturiana, mostrando sus secretos, apasiona cada vez más  a medida que avanzan las campañas arqueológicas efectuadas en tiempos de verde y calor –primavera y verano de cada año– en la roca de Raíces.

Pura lujuria histórica la de ésta fortaleza roquera.

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Pedro Menéndez de Avilés es festejado a lo grande en los Estados Unidos de América
Alberto del Río Legazpi 09-02-2014 | 11:11 | 4

Escrito está, en los manuales de historia que Pedro Menéndez de Avilés nació en la histórica villa asturiana, situada en la costa norte atlántica española el 15 de febrero de 1519, y que falleció en Santander, también a orillas del Cantábrico, el 17 de septiembre de 1574.

En sus 55 años de vida hizo bastantes cosas. Fundamentalmente fue navegante, pero también soldado, gobernador de la isla de Cuba y atinado cartógrafo, pero sobre todo –y por ello es famoso– fue Adelantado del Rey de España en La Florida. Y Adelantado triunfante –fue el quinto, antes hubo cuatro anteriores que lo intentaron sin conseguirlo– que logró fundar, en 1565, el primer asentamiento europeo en los Estados Unidos de América al que puso por nombre San Agustín, porque de aquella eran tantos los ‘descubrimientos’, que los españoles hacían por el continente americano, que tenían que echar mano del santoral católico para bautizar tantos lugares. El escritor colombiano Gabriel García Márquez se hubiese puesto las botas.

La fundación fue el 28 de agosto de 1565, cuarenta y dos años antes de que los ingleses establecieran la colonia de Jamestown (Virginia) y cincuenta y cinco años antes de que desembarcaran los colonos ingleses a bordo del ‘Mayflower’, a los que se venía  considerando, erróneamente, como los fundadores de la primera ciudad norteamericana.

San Agustín fue el primer poblado europeo en los, actuales, Estados Unidos de América. Un santo y una seña con protagonismo asturiano Made In Aviles.

Aquel poblado está, hoy, considerado como su ciudad más antigua. Situada en el turístico estado de Florida –una mina para el negocio del ocio– es una atracción por su vetusta historia y es uno de los vértices del circuito turístico triangular, junto con Orlando (‘magia’ Disney) y Cabo Cañaveral (tecnología espacial)

Los habitantes de San Agustín que no esconden el orgullo por su pasado español, del que hay continuos vestigios permanentes en el paisaje urbano, no olvidan su pasado, el de más pedigrí de los USA, y por eso celebran el día que nació el fundador de la madre del cordero o sea Pedro Menéndez de Avilés. Fecha muy señalada en su calendario y conocida como ‘Menendez Day’ (‘Día de Menéndez’).

La fiesta recrea la expedición española que el marino comandó en 1565, y desembarcó en las costas del Nuevo Continente, con un desfile por las calles de la ciudad en el que participantes intentan revivir todos los aspectos de la vida en dicha ciudad durante aquel periodo colonial.

En este regreso al siglo XVI participan numerosos actores, y habitantes de la ciudad norteamericana, en los papeles de magos, soldados, bailarines, músicos, amen de artesanos coloniales. Todos ellos forman el séquito de Pedro Menéndez, papel que suele interpretar un actor de renombre en el mundo del teatro, cine o televisión.

A estos actos asisten como invitados representantes de sectores políticos, económicos y sociales norteamericanos, ataviados con trajes típicos del siglo XVI, como cortesía al marino español. También suele haber representación diplomática a cargo del cónsul general de España en Miami. En alguna ocasión tiene asistido alguna delegación de Avilés, lugar de nacimiento del famoso.

Así están las cosas, con los norteamericanos celebrando por todo lo alto el cumpleaños de un ciudadano nacido en la calle de La Ferrería (y no en la plaza de Camposagrado, como dicen algunos), de Avilés.

La celebración (que, por motivos prácticos, suele tener lugar un fin de semana de la segunda quincena de febrero), culmina con una multitudinaria cena y baile de gala y la velada llega a su fin, en torno a la medianoche, con la interpretación de los himnos nacionales de España y Estados Unidos y dejándose oír las ya tradicionales aclamaciones de ¡Viva Avilés! y ¡Viva San Agustín!

Y todo esto ocurrirá a miles de kilómetros de Avilés –también conocida como la Villa del Adelantado– y donde es prácticamente desconocido este agasajo multitudinario, en honor de un ciudadano nacido y enterrado aquí y cuya figura y aventura son celebradas allí.

¡Más gorda no entra en prao! que se dice por Asturias.

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Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis
Alberto del Río Legazpi 02-02-2014 | 11:11 | 6

Cuando Armando Fernández Cueto, con 12 años de edad, comenzó a trabajar, como chico para todo, en el taller de carpintería que el industrial Galo Somines tenía en Las Meanas –entonces a las afueras de Avilés– corría el año 1869.

Contaba la villa con poco más de siete mil habitantes y la industria que generaba más empleo era la Real Compañía Asturiana, que aquel año construía un poblado de viviendas en Arnao, el primero en la historia de Avilés. En el centro de la ciudad se trabajaba en desecar las marismas de Las Aceñas (llamadas así porque en ese terreno, desde tiempos medievales, hubo aceñas, o sea molinos movidos por la fuerza de las mareas) para levantar allí la gran plaza del mercado, una obra capital en el urbanismo avilesino, que uniría la Villa con Sabugo extendiendo la ciudad.

Armando Fernández Cueto –cuya familia respondía al mote cariñoso de ‘Los Parafusos’– tuvo que empezar a trabajar de niño porque, de aquella, en su casa no daba para vivir con lo que ganaba su padre, carpintero de profesión.

Pero era un tipo tan listo como trabajador, que compaginó el curro con los estudios. Al constituirse Artes y Oficios, acudió a sus clases impartidas, provisionalmente, en dependencias de la iglesia de San Nicolás de Bari.

Si se quisiera trazar una semblanza meteórica de este personaje, diría que Armando fue de los primeros alumnos de Artes y Oficios (institución creada en 1879) y que mira tu lo que son las cosas, fue Fernández Cueto, quien en 1891 diseñó y construyó la sede de la Escuela en la plaza Álvarez Acebal, donde más tarde ejerció de profesor. Todo en el mismo paquete, o tres en uno.

Personaje polifacético donde los haya, cuesta, pero gusta, abreviar sus múltiples actividades, con independencia de su oficio de maestro de obras y de haber sido técnico –por un tiempo– y también concejal, ay que caray, del Ayuntamiento de Avilés.

Resumiendo, fue: profesor, pintor, escultor, constructor de las primeras carrozas de las fiestas de ‘El Bollo’, cantor en actos públicos tanto civiles como religiosos… Pero no quiero que se me olvide cuando, en 1900, diseñó y dirigió un original espectáculo nocturno de carrozas acuáticas en la ría de Avilés, estando presente el rey de España, Alfonso XIII, festejo tan deslumbrante que dejó, al monarca y acompañantes, haciéndose cruces. Tanto es así que, días después, recibiría Fernández Cueto, la Gran Cruz de Carlos III.

Pero Armando está en la historia de Avilés, por ser el autor de relevantes edificios. Fue un autodidacta que terminó siendo maestro de obras, algo así como aparejador. De aquella estaban autorizados para presentar proyectos. Su labor, como creador y constructor, fue ciertamente brillante.

En el cambio urbano que produjo en Avilés y comarca, entre finales del siglo XIX y principios del XX, destacan las edificaciones diseñadas por Manuel del Busto, Antonio Alonso Jorge, Juan Miguel de la Guardia, Tomás Acha, Luis Bellido, Ricardo Marcos Bausá y Luis Galán, todos ellos arquitectos y a las que hay que sumar las del maestro de obras, Armando Fernández Cueto, el más prolífico de todos estos creadores.

Su labor principal abarca desde edificios unifamiliares, como el bautizado como ‘La Perla’ (hoy Centro de Salud) frente a La Curtidora, construido en 1873 para los Maribona, familia que también le encargó un gran inmueble (1898), el más alto de Avilés entonces, en la calle de La Cámara dedicado, en sus bajos, a actividades bancarias.

Diseñó y construyó un palacete monumental, hoy en estado de ruina, conocido como ‘Chalé de don Fulgencio’, magnífica casa de indiano, situada cerca de la actual comisaría de policía, donde antiguamente estuvo el primer asilo de ancianos de Avilés, obra también de Fernández Cueto.

Muy popular fue el pabellón ‘Iris’ (1908), construido totalmente en madera, en la calle de La Cámara y donde se comenzó a proyectar cine (nuevo invento, entonces) con regularidad, aparte de ofrecer espectáculos de varietés.

Pero quizá la obra más vistosa (1917) esté en la inmediaciones del parque El Muelle, y es el edificio construido para ser el ‘Gran Hotel’. «Que solo reconoce rival en dos o tres capitales de la Nación» decía la prensa de la época.

Armando Fernández Cueto, fallecido en 1933, dejó su herencia en forma de destacados edificios a lo largo de Avilés.

Si sales desde la plaza Álvarez Acebal, donde está la Escuela de Artes y Oficios, y bajas por la calle La Cámara, fíjate en el elegante edificio de cinco plantas que hace esquina con la calleja de Los Cuernos (uy, perdón, calle de  Alfonso VII) para llegar al parque El Muelle –y haciendo esquina entre dos calles del barrio de Sabugo– y admirar la fenomenal edificación coronada por espectacular cúpula.

Son diseño y construcción de Armando Fernández Cueto, un maestro al que por sus obras conoceréis.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta