El Comercio
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Fecha: marzo, 2014
En busca del tiempo perdido, entre La Magdalena y Versalles
Alberto del Río Legazpi 30-03-2014 | 10:11 | 1

El lunes pasado estuve charlando con personas, en torno a los siete años de edad, entre La Magdalena y Versalles. Una gozada.

Y conste que ocurrió en Avilés. Porque dicho así parece que anduviese uno sentado en los jardines parisinos de Versalles, leyendo ‘En busca del tiempo perdido’ la gigantesca obra literaria de Marcel Proust, donde, como se sabe, rememora recuerdos de su infancia al comer una magdalena. Le salieron siete tomos, a este caballero francés. A mí me sale folio y medio, pero conste que estoy escribiendo en ayunas.

Fui al colegio ‘Marcos del Torniello’ para a hablar sobre las calles de Avilés, aunque no niego que puede que aprovechase la invitación del centro, como una perfecta excusa para camuflarme en el tiempo perdido de mis siete años.

Situado entre los barrios avilesinos de Versalles y La Magdalena, este colegio te recibe con un mural impresionante donde, en forma de banderas se reflejan las nacionalidades de los alumnos. Realizado con la intención de que los niños de otros países se sientan aquí como en casa, es una magnifica información visual sobre la mezcla de razas y nacionalidades que hoy se funden y confunden en Avilés.

Mis contertulios habían nacido, ya digo, hace unos siete años, edad húmeda, de esponjinas que todo lo succionan. Un tiempo en el que todo te moja y te mojas en todo y con todo.

Moló mogollón. Me quedé con la espontaneidad. Y con las ‘confidencias’ que te sueltan por lo bajini, por ejemplo uno me sopló al oído, que lo de las calles era un rollo. Hubo de todo, pero destaco a otros que querían saber el porqué había calles llamadas Concordia o Amistad, las que más conocen por ser de su barrio. Este fue uno de los mayores aciertos en los cambios de los nombres efectuados por la primera Corporación democrática en 1979, y que aquí en Versalles se tradujo en cambiar nombres de calles con batallas de guerras (Brunete o Ebro) por otros que remitieran a la avenencia. En sustituir la guerra por la paz. Glorioso.

Y es que los diversos nombres que a lo largo del tiempo han tenido las calles de Avilés son, generalmente, un reflejo del tiempo histórico español.

Pero la ciudad ha sido tan rigurosa a la hora de colocar en paralelo su callejero con los acontecimientos sociopolíticos nacionales, que muchos, estudiosos y curiosos, acaban hasta el moño de tanta nomenclatura alterada y trastornada, con calles que cambiaron hasta cinco veces de nombre.

En Avilés (en cuyo centro y radiales hay 238 calles, 16 avenidas, 22 plazas, 11 travesías, 22 caminos, 3 callejas y 1 pasaje) el asunto de los nombres viarios es a veces conflictivo y pone a algunos al borde de un ataque de nervios.

Por ejemplo, cuando, en 1892, el Ayuntamiento cambió el nombre a una calle transversal de La Cámara (que la gente ya había bautizado como ‘De Los Cuernos’) para ‘dignificarla’ con el nombre de Alfonso VII, monarca castellano que refrendó el Fuero medieval de Avilés. La medida originó un pifostio cuyo reflejo, en la prensa de entonces, fue una encendida soflama rimada por José Martín Fernández –un escritor tan ingenioso y divertido como ignorado– y que titulada ‘Alfonso VII’ rimaba con coña el cabreo de algunos:

Calle Alfonso VII (Calleja Los Cuernos)

‘Alfonso VII es nombre

que han querido dar

a una estrecha travesía.

No hay avilesino hoy día

que la quiera así llamar,

pues, lector, como sabrás

hay nombres que son eternos

y calleja de los cuernos…

¡será por siempre jamás!’.

Un encabronado asunto callejero este, si encimas damos por cierta la teoría de que esta estrecha calle fue llamada así, más que por un matadero que dicen allí ubicado, por los cuernos que una joven ardorosa, residente en la calle y de conocida familia (y este es el morbo de la cosa) le ponía a su marido.

También hubo pintorescos comportamientos como el de quien habiendo sido distinguido  con una calle, dijo que con una calella iba que chutaba. Es el caso del popular y sardónico poeta local  ‘Marcos del Torniello’ (cuyo nombre lleva el colegio del que hablo) quien en la inauguración de su calle celebrada en un caluroso día, dio las gracias a las autoridades armonizadas de esta guisa:

‘Con este calor que fai

azúmbame la pellella,

con este guirigay

d’honráme con una cai

sobrándome una calella’.

Calle Ruiz Gómez (Calle La Cárcel)

Luego está la calle Ruiz Gómez, un ministro avilesino que ha pasado a la historia del callejero, pero no de la popularidad. Porque a la calle que le dedicó el Ayuntamiento, casi nadie la conoce por su nombre, sino por el de ‘La Cárcel’, asunto que tiene coña, para dar y tomar, sobre todo cuando se sabe que en dicha calle hubo un establecimiento penitenciario –construido en el siglo XIX con piedras de la muralla– que hoy en día es Oficina de Turismo, y a la que los empleados municipales se refieren –o se referían hasta no hace mucho– entre ellos, familiarmente para nombrarla, como la cárcel.

Tuve yo, hace años, un conocido empeñado en que Avilés se internacionalizara valiéndose de iniciativas como ponerle el nombre de calles a famosos universales, y la primera en la lista era su idolatrada María Callas. Y pasó una temporada mandando cartas a los periódicos, razonando que si Avilés era la Atenas de Asturias, que menos que dedicarle una calle a la gran diva de la ópera griega que incluso tenía un museo en Atenas. Fíjate.

La cosa acarreaba las consiguientes dosis de coña, cuando le preguntábamos, con retintín: ¿Qué? ¿Calle Callas? Y él contestaba iracundo, siempre lo mismo: ¡Cállate! Y reventábamos a carcajadas.

Total, que el otro día volví a darle un bocado a la magdalena de Proust, aquí en La Magdalena de Avilés, lugar en el que nunca cayó el novelista francés.

Y ya me callo. Que hoy los como. Ya dije antes que estaba en ayunas.

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‘Guantanamera’, el gran éxito de un son cubano con retoque avilesino
Alberto del Río Legazpi 23-03-2014 | 10:11 | 4

Si les digo que ‘soy un hombre sincero de donde crece la palma y antes de morirme quiero echar mis versos del alma’ no les estoy cantando nada, sino contando algo sobre una de las canciones –en lengua castellana– más famosas que se conocen. Y en eso han tenido un considerable protagonismo el español, Julián Orbón, y el cubano José Martí.

Echo mano de un par de apuntes. Uno, sobre José Martí Pérez (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895), hijo de emigrantes catalanes en Cuba, que lo enviaron a España a cursar Derecho y Filosofía en Madrid y Zaragoza. Fue un importante político y un gran escritor con una destacada labor poética. Está considerado uno de los padres de la independencia cubana y su figura es venerada. Esto por un lado.

Plaza José Martí, en Avilés.

Que por el otro, está Julián Orbón de Soto (Avilés, 7 de agosto de 1925 – Miami. USA, 21 de mayo de 1991), llegado muy joven a Cuba, donde fue un destacado músico, profesor y sobre todo compositor de música clásica. En 1986 se le concedió el título de “hijo predilecto” de Avilés, donde el Conservatorio municipal lleva su nombre.

Pero las sinfonías, sonatas y cuartetos de Julián Orbón están bajo la larga sombra de una popularísima canción. Se trata de una antigua tonada cubana –‘La guantanamera’ la llamaban– que fue aireada por el músico Joseíto Fernández en programas radiofónicos en La Habana. Julián Orbón –que era un gran estudioso de la música popular– adaptó la tradicional canción a unos hermosos versos, por él escogidos, de José Martí.

Cintio Vitier escribe en su libro ‘Lo cubano en la poesía’: «Era una experiencia inolvidable oír a Orbón cantar los versos de Martí con la música de La Guantanamera».

Y así estaban las cosas hasta que, en 1962, llegó a Cuba Pete Seeger, a quien en una visita a un campamento escolar, los niños le pidieron que interpretara una canción que les había enseñado uno de sus instructores. Se referían a Héctor Angulo, un alumno aventajado de Julián Orbón. Al mítico cantante folk le fascinó el son y a partir de ahí ‘Guantanamera’, con su ritmo pegadizo, prendió y comenzó a volar.

Y la incorporan a su repertorio multitud de intérpretes, de Pete Seeger a Julio Iglesias pasando por Plácido Domingo, de Joan Baez a José Feliciano o de Celia Cruz a Luciano Pavarotti.

Los Corleone con música guantanamera.

Pero también trasciende a ellos y se convierte en ritmo espontáneo de multitudes en los campos de fútbol, con miles de aficionados (peñas, hooligans, ultrasur, etc) que la utilizan, generalmente, para desalentar al contrario. Se puede oír, constantemente, de fondo en la retransmisión de los grandes eventos deportivos.

Por ejemplo, el estribillo ‘Guantanamera, guajira, guantanera’, lo sustituyen miles de voces en el Camp Nou, de Barcelona, por ‘Vete a la mierda, Mourinho, vete a la mierda’. O en el Santiago Bernabeu, de Madrid, corean latiguillos como: ‘Sal de armario, Guardiola, sal de armario’. Es moda nacida en Irlanda, que pasó a Inglaterra y luego saltó al continente. En América más lo mismo. Un fenómeno socio-musical.

Está en varias películas, pero destaco la, hoy, considerada como una de las mejores de todos los tiempos, ‘El Padrino’, de Francis Ford Coppola y en su ‘Parte II’ (1974), suena –con altibajos– ‘Guantanamera’, cerca de tres minutos, como música de fondo en un parque [ambientado como] de La Habana donde –a la sombra de un sombrilla de encaje y seda– están Michael Corleone (Al Pacino) y su hermano Fredo (John Cazale), tomando una soda y un ‘banana daiquiri’, mientras hablan de chantajes, venganzas y de su padre, Vito Corleone (Marlon Brando). Se puede localizar, esta secuencia, a partir de 1 hora, 24 minutos y 36 segundos del inicio de película. Docenas de decenas de millones de personas han visto, ven y verán este clásico cinematográfico, donde ha quedado archivada la Guantanamera ‘pa’ los restos.

Julián Orbón

En Avilés, hay una reciente plaza formada por la trasera de un edificio del siglo XIX, una pawlonia, un paredón y una medianera, cubiertos estos dos por espléndidos murales –de Ramón Rodríguez– y tal parece aquello un islote caribeño. La plaza, ubicada aledaños del casco histórico, lleva por nombre José Martí y su busto está al pie del mural ‘Cubavilés’, gigantesca recreación de la hoja de la palma caribeña y del carbayo asturiano. Esta estampa –que deja a sus espaldas el gótico palacio de Valdecarzana (siglo XIV) – mira hacia la armonía arquitectónica, tan sensual la condenada, del Centro Cultural Internacional “Oscar Niemeyer” (siglo XXI).

Cualquier visitante que descubra este espacio urbano valorará, de sopetón, el bendito cosmopolitismo del que ha gozado esta ciudad a lo largo de su historia y también de su estrecha relación con Cuba, meta de miles de emigrantes avilesinos en el pasado. Y fue el dinero de los indianos avilesinos en la isla del Caribe, el que hizo posible gran parte de la antigua industrialización de Avilés, donde también hay una calle dedicada a Cuba. A la fuerza tiene que haber ritmo, chispa, compás, cadencia, destello o fulgor –al derecho o al revés– entre Cuba y Avilés.

Y dejo de contar porque me pongo a cantar aquello de… guantanamera, guajira, guantanamera…

¡Aire!

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Marta y María, famosas hermanas de mucho realce en Avilés
Alberto del Río Legazpi 16-03-2014 | 11:11 | 0

Este diario que tiene usted entre las manos, o que le sostiene virtualmente su ordenador, es nada menos que el vicedecano de la prensa asturiana.

LA VOZ DE AVILÉS nació el domingo 26 de enero de 1908. Su primer número fueron cuatro páginas en formato sábana, donde se entremezclaban parabienes, editoriales, noticias locales y unas ‘pingaratas’ de nacionales, que entonces la información estaba tan cara como estrecha de cauces por donde discurrir. Pero el signo de calidad (dejando aparte el carácter pionero de LA VOZ), la guinda de aquel histórico pastel informativo, fue la publicación del primer capítulo de un folletín  de Armando Palacio Valdés «el mas grande novelista español y el más conocido en el extranjero» según el nuevo diario.  El folletín (elemento, entonces, muy usado por la prensa) transcribiría diariamente y hasta el 17 de septiembre la famosa novela ‘Marta y María’. Y el autor –al que tiene tan estudiado Francisco Trinidad– era por entonces escritor de relumbrón nacional e internacional.

Marta y María de Betania, son nombres de resonancia religiosa, a cuyo hermano Lázaro, según los Evangelios, resucitó Jesucristo. Por ello el arte se ha preocupado de la figura de estas dos mujeres de Judea, siendo motivo de maravillosos cuadros de pintores geniales como Tintoretto o Caravaggio, aunque ninguno, creo yo, como el Velázquez, autor de un magnífico ‘Cristo en casa de Marta y María’.

Pero regresemos a la tierra de Carreño Miranda, donde también  son famosas otras dos hermanas del mismo nombre, aunque de apellido Elorza, por el hecho de ser las protagonistas de la segunda –y una de las más famosas– novela de Armando Palacio Valdés: ‘Marta y María’.

La escribió en 1893 y la acción –que transcurre en un Avilés disfrazado para la ocasión con el nombre de Nieva– recuerda en cierto modo el episodio evangélico, que Palacio Valdés traspone de tal forma que María representa el amor místico, mientras su hermana Marta tiene un sentimiento más ajustado a la realidad. Al final, será Marta la que se lleve el gato al agua, casándose  con el antiguo prometido de María.

El escritor, que había pasado su niñez en Avilés, situó el escenario principal de la obra en el palacio de García Pumarino (también conocido como de Llano Ponte) situado frente a su anterior domicilio avilesino, en el número 8 de la calle Rivero, cosa de la que intenta informar una placa ilegible, allí colocada. El libro abunda en la descripción de diversas zonas de la Villa que el autor tanto y tan bien conocía. En 2010 ha sido reeditado, sépanlo quienes quieran, que al tiempo que gozar de una buena lectura pueden conocer un poco más Avilés.

En su estreno fue un éxito de crítica y público. Y no fue llevada al cine, como muchas de las novelas de Palacio Valdés, pero el cine vino a ella, en 1949, cuando un empresario avilesino tuvo la idea de dedicar el antiguo palacio –que también fue colegio y convento– a sala cinematográfica. Claro, que a costa de arrasar el interior palatino, artística capilla incluida.

Yo creo, y algo tengo escrito, que esta mansión es el colmo de la inspiración encadenada, ya su arquitectura está imbuida por la del cercano municipal, y si para Palacio Valdés fue uno de los motivos de inspiración para escribir su novela al propietario del inmueble le influyó tanto la obra literaria que bautizó el nuevo local de exhibición cinematográfica como ‘Marta y María’.

Antes de eso, cuando el coliseo avilesino (llamado ‘Palacio Valdés’, como se puede imaginar quien no conozca Avilés) abrió sus puertas en agosto de 1920, el público se preguntaba por la gran pintura plasmada en el telón del escenario. Pocos sabían que había sido obra del andaluz Manuel Marín Magallón (1866-1933), escenógrafo y profesor de Bellas Artes de San Fernando, que reprodujo una escena de la novela, en la que María interpreta un fragmento de ‘La Traviata’. Y ahí sigue –sube y baja– el telón.

Marta y María han entrado también en el mundo de la escultura, de la mano de Amado González Hevia ‘Favila’. Es una obra realizada en 1999 e instalada en la calle Constantino Suárez ‘Españolito’, en un entrante del hotel ‘Silken’ de Avilés ya que es propiedad del dueño del edificio. Su sitio quizá debería ser otro, más cercano a la vivienda que en la calle Rivero habitó Palacio Valdés y al palacio situado frente a la misma, tan ligado por su nombre –como sala de cine– al gran autor asturiano. Pero las cosas son como son, estas esculturas de bronce y a tí te encontré en la calle.

Caso notable, el de este palacio que por ser dedicado a cine se quedó solo en fachada, y que ahora que ya no hay cine – cerró en septiembre de 2013– le vendría al pelo una estatua allí delante, aunque solo sea para que aquel espacio siga recordando a Palacio Valdés, cosa que no hace una desgracia de placa, que no hay su tía que la lea, cosa que intentan mascullando improperios los, nativos y forasteros, que pasean y admiran el casco histórico de Avilés.

Con lo fácil que sería aplacarlos.

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El alfolí de Avilés, aquel fabuloso salero medieval
Alberto del Río Legazpi 09-03-2014 | 11:11 | 2

El puerto de Avilés era la principal puerta de mercancías por vía marítima del norte atlántico. Una ruta comercial, de la que formaban parte en el interior peninsular las entonces ciudades más importantes: Oviedo, León, Astorga y, por un pelín, Valladolid. Por Avilés entraba y salían la mayoría de los productos destinados, o procedentes, de dichas poblaciones.

Así estaban las cosas hace unos 600 o 700 años, cuando el más importante puerto asturiano era –tanto por la seguridad que procuraba a las embarcaciones su situación al fondo de una ría ausente de oleaje bravo, como por su cercanía a los centros de poder de las poblaciones citadas– uno de los más activos del Cantábrico.

Rutas del comercio de la sal (Gráfico de J. I. Ruiz de la Peña)

Por si esto fuera poco disponía, Avilés, en el muelle de unos importantes almacenes de sal o alfolíes. Y esto ya era el acabóse.

Tener sal en abundancia era riqueza por un tubo. El recordado Cronista Oficial de la Villa de Avilés, Justo Ureña, lo ilustraba diciendo que ‘Avilés fue entonces una especie de Kuwait medieval’.

Ya los emperadores romanos, siempre tan espabilados –menos algún piernas como Nerón– pagaban a sus legionarios con pequeños saquinos de sal, era el llamado ‘salarium’, o sea el salario. El valor de la sal venía dado, no solo por su uso como condimento de las comidas o en la industria curtidora de pieles, sino –y principalmente– como conservante.

Quien tenía sal podía almacenar alimentos sin que se le pudrieran y eso comercialmente hablando era un pozo sin fondo, de dinero. O sea, de poder. Un poder que duró hasta que inventaron la electricidad y llegaron congeladores, frigoríficos y demás familia.

Para explicar el Avilés salado y resalado, hay que bajar hasta el siglo XII, cuando ya tenía murallas que la defendían y espadaña sobre una iglesia de traza románica bajo la advocación de San Nicolás de Bari, santo turco cuyas cenizas fueron llevada a Italia que, como no, exportó su devoción. Por entonces, en Inglaterra, era asesinado, por orden de Enrique II, el arzobispo de Canterbury, Tomas Becket (1118-1170) que se enfrentó al poder real y Real. Y como la cosa va de santos, pues también fue el siglo en que Francisco de Asis (1182-1226) fundó la orden de los franciscanos, que llegarían a Avilés en la centuria siguiente, justo cuando en el pueblo de Sabugo -separado de la Villa por los muelles del puerto y el río Tuluego, pero sobre todo por eso tan de siempre llamado clases sociales- comienza a construir su iglesia dedicada Tomás de Canterbury, santo inglés, de película protagonizada por Richard Burton y Peter O’Toole.

Saco a relucir el santoral para que a través de él se vea que en Avilés, en aquel siglo XII, ya estábamos a la última. Teníamos información y contacto con otros países por vía marítima, la más rápida que había, una especie de Internet a remo o con vela.

No es que fuera como las moderneces de Bill Gates o de Steve Jobs, pero la comunicación del puerto de Avilés con otras de aquí y del extanjero, procuraba cosmopolistismo cosa fina. Es decir: conocimientos e ideas, y el correspondiente intercambio con otros pueblos y culturas. Intelectualmente estábamos en la pomada.

Al lado de la histórica iglesia y al fondo, en el lugar que hoy ocupan el grupo de casas, estuvieron situados los alfolíes avilesinos.

Materialmente, de todos los productos con los que traficaba Avilés, sin duda fue la sal la que provocó un mayor desarrollo comercial en la población. Muy pronto se demostró su valor estratégico en lo económico y muy poco tiempo tardó la Corona en hacerse con el monopolio de su almacenamiento y distribución, por el que percibiría sustanciosas rentas.

Teníamos el más importante almacén de sal de Asturias. Y de él dependían el resto de los núcleos de almacenaje más próximos (Villaviciosa, Llanes, Luarca, Gijón y Pravia), fijándose desde Avilés las normas e incluso las unidades de medida para el comercio de sal, que tenía variada procedencia, por ejemplo la que nos llegaba desde el puerto francés de La Rochelle, la famosa sal de Saint Nazaire, hoy ciudad hermanada con Avilés.

Los alfolíes, estaban a pie de obra, o sea en el muelle tradicional de Avilés, donde sazonaban el pescado para su traslado al interior peninsular que también necesitaba de sal empaquetada, para sazonar las carnes.

Los almacenes salíferos estaban en el meollo urbano del poder medieval avilesino. Unos escasos metros donde se amontonaban el puerto, dos puertas de la muralla (la del Mar y la del Puente), la casa palacio de Los Alas y también luego Camposagrado, la iglesia de San Nicolás de Bari (hoy ‘De los Padres’), plaza de Carlos Lobo (entonces plaza San Nicolás), capilla de los de Las Alas (delante de la cual se reunía el Ayuntamiento) y el tramo final de la calle mayor, o sea La Ferrería.

Fue una época dorada para Avilés. Y a efectos de ‘grandeur’, de poderío, para ver algo parecido a la riqueza generada por los alfolíes de la sal, hubo que esperar a que en el siglo XX nos cayera una ENSIDESA encima y nos hiciera líderes europeos en la industria del acero.

Pero ‘La Empresa’ –como llamaban sus trabajadores a la siderúrgica– también desapareció y con ella empleos a millares. Y en la calle de Los Alfolíes, una de las mas cortas de Avilés, cerraron, el otro día como el que dice, ‘La Parra’ (Merluza a la avilesina) y ‘El Llagarón’ (Rioja quinto año Berberana). Hoy solo quedan cuatro faroles y a media luz, por lo que te puedes topar de sopetón con la crisis en cualquier esquina, sin comerlo ni beberlo.

Son tiempos de sangre, sudor y lágrimas. Elementos del cuerpo humano, todos ellos, con sabor a sal. Lo que son las cosas, oiga.

Menos mal que después de una semana de aguaceros y huracanes, hoy, aquí en Avilés, donde estuvo el fabuloso alfolí de la sal, salió el sol.

El que no se consuela es porque no quiere. 

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Cuatro, de los trece, hijos de Pantaleón Carreño y Dominica Valdés
Alberto del Río Legazpi 02-03-2014 | 11:11 | 3

Pantaleón Carreño García vivía en la calle de La Ferrería, casi en su inicio, en la zona porticada de la derecha. El inmueble –integrado en el conjunto de casas, con estrecho soportal, que todavía hoy podemos ver– era conocido como ‘Casa de Carreño’. Por entonces, a principios del siglo XIX, la gente rica (excepto los marqueses con palacio bajo y plantas, capilla adosada y bosque privado) residía, en esta calle, la principal de Avilés desde la Edad Media.

Pantaleón, cuando casó con Dominica Valdés siguió viviendo en ella y allí nacieron los hijos del matrimonio. Carreño era un destacado hombre de negocios relacionados con el sector naval. También fue alcalde, en 1833, histórico año en el que llegó la industrialización a la comarca avilesina de la mano de la Real Compañía Asturiana de Minas, que se estableció en Arnao para sacar carbón bajo el mar.

Pantaleón y Dominica educaron a sus trece hijos con indudable provecho y al menos cuatro de ellos fueron gente de llamar la atención. Para muestra, no un botón sino cuatro bautizados como Feliciano, Eduardo, Pedro y Eladio. Unos chavales que demostraron ser de una pasta especial cogiendo el petate y largándose a Francia, Inglaterra o a Cuba, que entonces era una provincia más de España, pero que estaba en casa el carajo a semanas de navegación a bordo de barcos canijos.

Fue gente que pasó por esta vida viento en popa a toda vela, destacando en diferentes ámbitos: científicos, pedagógicos, políticos y literarios. Y el colmo es que dos de ellos, Eduardo y Eladio, fueron de los primeros asturianos que pasaron a la historia visual al ser registrada su cara en papel (‘daguerrotipo’) gracias al invento fotográfico, nacido entonces.

Pasen y lean.

Feliciano Carreño Valdés (Avilés,1813–San Diego de los Baños. Cuba, 1847) fue de muy joven a Inglaterra estudiando en la universidad de Oxford, donde adquirió una completa formación humanística. Cuando terminó regresó a Avilés, y dos años más tarde cogió otro barco que lo llevó a Cuba. Allí fracasó en los negocios, que no era lo suyo, y entonces se dedicó de lleno a la enseñanza, tanto de ciencias como de letras, porque Feliciano  le daba a los dos palos. Pronto se convirtió en un personaje, por sus colaboraciones literarias y su participación en la creación de sociedades educativas por la isla caribeña. Obsesionado por las bondades de la cultura, reunió una fabulosa biblioteca, en la que se incluían libros editados en los Estados Unidos de América y parte de la cual parece que fue donada a la Escuela de Artes y Oficios de Avilés, por su hermano Pedro a quien se la había dejado Feliciano en herencia, y que fue encontrada el otro día (febrero de 2014), en el cuarto de los trastos de dicho centro. Bienvenida sea la valiosa colección de Feliciano Carreño Valdés, restáurense los libros con diligencia y cuélguense en el tendal de la cosa cultural.

Luego está Eduardo Carreño Valdés (Avilés, 1819–París, 1841), médico y botánico, dedicado a la investigación. Para darse una idea, cuando murió, en Paris a los 23 años de edad, ya era un científico de prestigio que trabajaba con los padres la ciencia botánica, figuras universales del calibre del español Mariano Lagasca o el suizo Pierre Edmond Boissier. Tanta era ya su reputación (repito: 23 años) en esa ciencia, que el gran Boissier homenajeó a Carreño bautizando una planta con el nombre de ‘Carregnoa’. En Avilés, una calle lleva el nombre de Eduardo Carreño Valdés, personaje al que LA VOZ DE AVILÉS dedicó un episodio el 2 de junio de 2013 (en la edición digital se localiza en http://blog.elcomercio.es/episodios-avilesinos/tag/eduardo-carreno-valdes/)

Su hermano, Pedro Carreño Valdés (Avilés, 1821–1879) fue un escritor que también emigró a La Habana, al cobijo de su hermano Feliciano. Allí se dio a conocer como periodista y también como autor teatral, representándose sus obras en diversas ciudades cubanas, tarea que continuó al regresar a a Gijón, al cobijo de su [otro] hermano Eladio. Colaboró en diversos medios asturianos entre ellos ‘El Eco de Avilés’ (primer periódico de la historia local) y ‘La Luz de Avilés’. Su autoría teatral fue tan fecunda como poco conocida; tiene publicadas y representadas nueve comedias, siete dramas y hasta una zarzuela, con título de tesina sociológica, ‘El industrial de nuevo cuño’. Dejó inédito un volumen de poesía y cuatro comedias.

Otro que se las traía fue Eladio Carreño Valdés (Avilés 1834 – Gijón, 1901) médico, periodista y político. Siendo apenas un adolescente, su hermano Feliciano –nuevamente–  le animó y convenció para que emigrase a Cuba. En La Habana completó estudios y posteriormente cursó medicina. Pero Eladio tenía morriña, así que dejó el Caribe y regresó al Cantábrico, tocando puerto en Gijón donde aposentó. Ejerció de médico en el Hospital de Caridad de Gijón y de profesor en el Instituto Jovellanos. Al igual que sus hermanos fue incansable en sus actividades, que tan febriles fueron que me obliga a resumir las más notorias, como que fundó el Partido Republicano Federal (de trazas liberales) y en 1873 –tiempos de la Primera República española– llegó a ser Alcalde de Gijón. Y luego siguió fundando, que es gerundio, tres periódicos y un semanario. Formó parte del grupo de notables que puso en marcha el famoso Ateneo Obrero, la mayor referencia asturiana de la cultura popu­lar. En la polémica portuaria tomó partido por la construcción de un gran puerto en El Musel y también acertó. Gijón, donde fue persona muy querida, le ha dedicado una céntrica calle, al lado del paseo marítimo de San Lorenzo.

Tremenda estirpe, al menos la navegante aquí narrada. De los que quedaron en tierra hay noticias de Emilio Carreño Valdés que fue alcalde de Avilés de1881 a1887 y Atanasio Carreño Valdés que también lo fue y por duplicado: de1872 a1874 y de1887 a1891.

Tiene dicho el filósofo que «hay que volar a todos los vientos de todos los mares, pero hay que procrear en un nido». El que hicieron Pantaleón Carreño y Dominica Valdés, en la calle La Ferrería de Avilés, fue de restallo.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta